La vida a una carta

Meditación. El amor condicionado no llega a nacer

Por: José Luis Martín Descalzo, | Fuente: Catholic.net

En el primer volumen de las Memorias de Julián Marías leo una frase que me conmueve y que comparto hasta la última entraña. Escribe después de su boda, en la cima de la felicidad, y dice: «Siempre he creído que la vida no vale la pena más que cuando se la pone a una carta, sin restricciones, sin reservas; son innumerables las personas, muy especialmente en nuestro tiempo, que no lo hacen por miedo a la vida, que no se atreven a ser felices porque temen a lo irrevocable, porque saben que si lo hacen, se exponen a la vez a ser infelices.»

Efectivamente, una de las carcomas de nuestro siglo es ese miedo a lo irrevocable, esa indecisión ante las decisiones que no tienen vuelta de hoja o la tienen muy dolorosa, esa tendencia a lo provisional, a lo que nos compromete pero no del todo», que nos obliga «pero sólo en tanto en cuanto». Preferimos no acabar de apostar por nada, o si no hay más remedio que hacerlo, lo rodeamos de reservas, de condicionamientos, de «ya veremos cómo van las cosas».

Ocurre esto en todos los terrenos. Por de pronto, la vida matrimonial. Cuando en España se discutía la ley del divorcio, yo escribí varias veces que no me preocupaba tanto el hecho de que algunas parejas se separasen como el que se difundiera una mentalidad de matrimonios-provisionales, de matrimonios-a-prueba. Hoy tengo que confesar que mis previsiones no carecían de base: en España, como en todos los países donde la ley del divorcio se introdujo, éstos no fueron muy numerosos en la generación que se casó con la idea de perennidad, pero empieza a crecer y no dejarán de aumentar hoy que tantos jóvenes comienzan su amor diciéndose: «Y si las cosas no van bien, nos separamos y tan amigos.» Esto, dicen, es más civilizado. Pero yo no estoy nada seguro de que ese amor con reserva sea verdadero amor.

El «miedo a lo irrevocable» llega incluso a lo religioso y lo más intocable, que es el sacerdocio. En mis años de seminarista -y no soy tan viejo-, lo del sacerdos in aeternum, sacerdote para la eternidad, era algo, simplemente, incuestionable. Es que ni se nos pasaba por la cabeza dejar de ser aquello que libremente elegíamos. Sabíamos, sí, que había quienes fracasaban y derivaban hacia otros puertos; pero eso, pensábamos, no tenía que ver con cada uno de nosotros; era, cuando más, como un accidente de circulación, en el que no se piensa cuando se empieza un viaje y que, en todo caso, no se prevé como una opción voluntaria. Por eso a mí me asombró tanto cuando empecé a oír a algunos teólogos eso del sacerdocio ad tempus, eso de que uno podía ordenarse sacerdote para cinco, para siete años, prestar ese servicio a la Iglesia y luego replantearse si seguir en esa misma tarea o regresar a otros cuarteles. Me parecía, en cambio, a mí, que el sacerdocio o era para siempre o no era sacerdocio; que si la entrega a Cristo y a la Iglesia era una entrega de amor, no cabían ya planes quinquenales. Uno podía fracasar y equivocarse, es cierto, pero ¿cabía mayor fracaso que lanzarse a volar con las alas atadas por toda una maraña de condicionamientos?

Y lo que ahora más me preocupa del problema es que parece que este pánico a lo irrevocable se ha convertido en una de las características espirituales de la mayor parte de nuestra juventud y de un buen porcentaje de adultos. La gente, tiene razón Marías, no es amiga de jugarse la vida a una carta en ningún terreno; prefiere embarcarse hoy en el barco de hoy y mañana ya pensará en qué barco lo hace.

Y, repito, lo más grave es que esto se está presentando como un ideal, como «lo inteligente», como «lo civilizado». ¿Con qué razones? Te dicen: todo es relativo, comenzando por mí mismo. Yo sé cómo es hoy el hombre que yo soy; pero no sé cómo seré mañana. Todos cambiamos de ideas, de modos de ser. ¿Por qué comprometerlo todo a una carta cuando el juego de mañana no sé cómo se presentará?

Y hay en este raciocinio algo de verdad: es cierto que hay muchas cosas relativas en la vida, muchas ante las que un hombre debe permanecer y en las que hasta será bueno cambiar en el futuro, cuando se vean con nueva luz. Pero, relativizarlo todo, ¿no será un modo de no llegar nunca a vivir?

En realidad, esas cosas permanentes son pocas: el amor que se ha elegido, la misión a la que uno se entrega, unas cuantas ideas vertebrales y, entre ellas, desde luego, para el creyente, su fe.

En éstas, lo confieso, mis apuestas siempre fueron y espero que sigan siendo totales. Por esas tres o cuatro cosas yo estoy dispuesto a jugar a una sola carta, precisamente porque estoy seguro de que esas cosas o son enteras o no son. Así de sencillo: o son totales o no existen. Un amor condicionado es un amor putrefacto. Un amor «a ver cómo funciona» es un brutal engaño entre dos. Un amor sin condiciones puede fracasar; pero un amor con condiciones no sólo es que nazca fracasado, es que no llega a nacer.

 
Fuente www.interrogantes.net
Tomado de “Razones desde la otra orilla”, Atenas, p. 133-134.

 

Sobre la vida y la muerte.

En la vida hay dos palabras importantes: amor y muerte.

Por: P. Llucià Pou Sabaté | Fuente: Catholic.net

El mes de noviembre, con el caer de las hojas y el sentido del otoño, nos recuerda que todo se acaba. Precisamente noviembre es el mes de los difuntos. Pero ¿qué es la muerte? Algunos dicen que no existe, que es algo sin consistencia. En cierta forma, no es más que la ausencia de vida, y por tanto sólo es, sólo tiene sentido, en relación con la vida. Jorge Manrique decía aquel “nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar que es el morir”. Pero en realidad, no hay que aprender a morir sino a vivir, a vivir a gusto, y así se morirá uno a gusto. Parece que en el mundo de hoy no se quiere hacer referencia a esta verdad. “Hablemos de cosas agradables…” y queremos alargar la vida, sin pensar en la muerte, con lo cual se convierte en un “tabú”, es decir al quererlo olvidar se aumenta el miedo, no se hace más que aumentar el trauma, y al quitar el sentido de la muerte en el fondo estamos quitando el sentido de la vida. Sustituimos la palabra por otras más dulces, aunque también son formas bonitas de decir que reflejan la realidad del más allá: “nos ha dejado”, “se ha dormido en el Señor”…

La fe hace cantar a Joan Maragall: “Sia´m la mort una major naixença” (“sea la muerte para mí un nacimiento más alto”). Esto nos hace dar un paso que parece un salto en el vacío: dicen que la fe embellece la muerte y la hace dulce, alegre, preciosa y deseable si se despoja de toda idea de destrucción, que tan espantosa la hace a la mayoría de los hombres. Vista así, no hay que maquillar esos momentos de la vida. A. Pou, monje de Montserrat, dice: “la fe no es una anestesia contra el dolor de la separación de quienes amamos. La fe, sin embargo, es capaz de convertir la percepción de la realidad que vivimos, que a menudo es trágica, desesperante y sin sentido, en una visión dramática de la vida: ‘Es dura esta situación por la que paso, pero no es la última palabra de la realidad. Recobraré la esperanza, el aliento y las ganas de vivir…, porque tengo a alguien que está siempre a mi lado, Jesucristo, la razón de mi vivir y de mi morir y la persona que me ayudará a superarlo’”. No se trata de un camino de superación del dolor, sino la conciencia de que –dentro del misterio- todo tendrá un sentido. Y no se trata de un consejo piadoso o de algo marginal, sino que pertenece al centro de la fe cristiana, como dice S. Pablo: Dios resucitó a Jesús, y “si es cierto que los muertos no resucitan, Dios no ha podido resucitarlo. Porque si los muertos no resucitan, Cristo no ha resucitado tampoco” (1 Cor 15,15).

En la vida hay dos palabras importantes: amor y muerte. “Es fuerte el amor como la muerte”, dice la Escritura, y comenta Balduino de Cantorbery: “Es fuerte la muerte, que puede privarnos del don de la vida. Es fuerte el amor, que puede restituirnos a una vida mejor. Es fuerte la muerte, que tiene poder para desposeernos de los despojos de este cuerpo. Es fuerte el amor, que tiene poder para arrebatar a la muerte su presa y devolvérnosla. Es fuerte la muerte, a la que nadie puede resistir. Es fuerte el amor, capaz de vencerla, de embotar su aguijón, de reprimir sus embates, de confundir su victoria”. En el fondo, el amor es la vida, la muerte es la ausencia de vivir, pero hay gente que vive sin amor, y entonces no vive, y es que el amor es la esencia de la vida, y donde no hay amor hay muerte, y donde hay amor no hay muerte aunque uno se muera.

Nos dejó Teresa de Ávila aquellas palabras que dan paz: “nada te turbe, nada te espante. Todo se pasa. La paciencia todo lo alcanza. Dios no se muda. Quien a Dios tiene nada le falta. Sólo Dios basta”. Pues, como dice san Juan de la Cruz, hay una sed de infinito que no se calma por mucha hermosura sino por un no sé qué que se tiene por ventura, toda miel es algo finito, no es eso lo que hay que buscar, ya que al fin cansa el apetito y empalaga el paladar. El río de la vida es camino de eternidad, y podemos decir: “Mis días se van río abajo, salidos de mí hacia el mar, como las ondas iguales y distintas (siempre) de la corriente de mi vida: sangres y sueños. / Pero yo, río en conciencia, sé que siempre me estoy volviendo a mi fuente” (Juan Ramón Jimenez).

 

 
Imagen: Surmedia

 

Vive el momento presente … para la eternidad

El valor de nuestro tiempo se lo damos nosotros. Todos los instantes de nuestra vida son aprovechables.

Por: Ma Esther De Ariño | Fuente: Catholic.net

El hecho de ser, de estar presentes en esta vida, de poder disponer de un tiempo que se nos da, trae consigo una responsabilidad de infinitas dimensiones que muchas veces no queremos o no sabemos aquilatar.

Estamos conscientes de que solo el presente, el momento presente nos pertenece. El pasado lo vivimos, si, pero se nos fue como agua entre las manos dejándonos tan solo la humedad perfumada de un grato recuerdo o de un triste llanto. Se nos fue como el viento que pasa y pasa para no regresar jamás. Los instantes, las horas, los años vividos se fueron y no volverán. El futuro es tan incierto como el más grande de los misterios. Indescifrable e impenetrable

No nos pertenece el mañana, ni siquiera el próximo minuto, que tan solo será nuestro si alcanzamos a vivirlo. ¿Y qué hacemos con nuestro tiempo? Ese, el del momento presente, el que Dios nos está regalando gota a gota, hora tras hora, día tras día… ¿Cómo empleamos nuestro tiempo.? A veces dejamos transcurrir esas horas, horas que no volveremos a tener, sin hacer nada, con una dejadez tonta, con un desperdicio imperdonable y falto de cordura.

Pensemos frecuentemente en esto: el gran tesoro del tiempo lo tenemos en nuestras manos. Es el momento presente el que no se nos puede ir sin darle su valor y de muchos presentes hacemos nuestro pasado y también estamos haciendo un puente hacia ese futuro que está por llegar. Ese puente que nos va a conducir a la eternidad.

El valor de nuestro tiempo se lo damos nosotros. Si empleamos ese tiempo en crecer espiritualmente, en ser mejores, en ir limando las aristas de nuestro carácter y temperamento con las que lastimamos a los que nos rodean, ese tiempo será rico, lleno de paz y de alegría.

Será de un extraordinario valor si no lo usamos con la avaricia de vivirlo para nosotros solos, sin que generosamente se lo obsequiemos a los demás. Así ese tiempo jamás será un desperdicio y cuando nos hayamos ido siempre habrá alguien que nos recordará porque llevará en su vida el regalo de nuestro tiempo, el regalo de nuestra propia existencia.

Todos los instantes de nuestra vida son aprovechables.

No los malgastemos en críticas malsanas, en chismes, en arropar rencores, en maldecir con envidia la suerte de otros, en herir de obra o de palabra, en lastimar sentimientos o menospreciar al más débil

Por el contrario, valoremos y amemos esos instantes presentes para vivirlos con intensidad, con profundidad, haciéndolos fecundos dándoles su justo valor enriquecidos por la fe y la confianza en Dios y repartiéndolos siempre entre nuestros semejantes.

Somos dueños de nuestro tiempo, pero no olvidemos que daremos cuenta de él cuando ese tiempo se termine y empiece la ETERNIDAD.

Fe de Erratas
En el nuestra Reflexión del jueves pasado “Oración al Espíritu Santo frente al Santísimo” del mismo autor, hubo un error en la frase: – El Hijo fue creado y se hizo hombre- debiendo decir: -El Hijo fue engendrado y se hizo hombre –
¡Muchas Gracias!

 

 

Preguntas o comentarios al autor    Ma. Esther de Ariño

¿Dónde invierto mi vida?

La mejor inversión de mis energías, de mi tiempo y de mi vida es: amar a Dios, amar a mis hermanos.

Por: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net

Cada día me presenta diversos retos. Puedo acoger o rechazar. Puedo construir o destruir. Puedo amar u odiar.

¿En qué invierto mi vida? ¿A dónde van mis energías? ¿Qué queda de todo lo que pienso, lo que digo, lo que hago?

El médico trabaja en los cuerpos, pero la vejez o las enfermedades acaban, tarde o temprano, con la vida de sus pacientes.

El arquitecto y los albañiles levantan edificios. Pero basta un terremoto o un incendio para que una casa quede en ruinas.

Los empleados de oficinas transcriben datos y datos, almacenan y clasifican informaciones. Pero un día hay que tirar carpetas inútiles a la basura o borrar los archivos viejos de la computadora.

En la casa, sacudimos el polvo, barremos el suelo, lavamos la vajilla. Al poco tiempo, la suciedad reconquista el terreno perdido y parece que lo realizado no ha servido para nada.

¿Es mi vida un juego, un pasatiempo, una pasión inútil, como decía algún filósofo? ¿Es mi trabajo una inversión sin fondo, un desgaste por levantar torres de arena que sucumben ante el avance de las olas?

Hay un modo distinto de invertir la propia vida. Lo que hacemos por amor, lo que dedicamos para servir al familiar cansando, al amigo angustiado, al desconocido que espera una mano amiga, no se pierde.

Todo acto bueno, todo gesto sencillo de servicio, queda escrito en el corazón de Dios. Porque sabemos que el vaso de agua fresca dado al necesitado recibirá algún día su recompensa (cf. Mt 10,42).

Esa es la mejor inversión de mis energías, de mi tiempo, de mi vida: amar a Dios, amar a mis hermanos. Porque incluso la fe y la esperanza, algún día, dejarán de ser necesarias. Pero el amor dura para siempre, porque viene de Dios, y Dios, Amor, es eterno.

La vida es demasiado breve para ser mediocre

La vida es breve, para ti, para mi, para todos… ¿Cuál es tu prisa? es ahora o nunca.

Por: P. Mariano de Blas LC | Fuente: Catholic.net

Que la vida es breve, lo sabemos todos; quizá los jóvenes se imaginan que sí es larga, pero a la medida que pasan los años va penetrando en la mente la irrefutable sensación de que los años pasan, vuelan y no retornan.

Cuando una persona es abuelo por primera vez, es agridulce sorpresa, dulce por el nieto, agrio por lo de abuelo; pero… no hay más remedio que aceptarlo.

Ante esta realidad de la brevedad de la vida, muchos toman sus precauciones, se apresuran desde la juventud a sacarle jugo a la vida; creen con fe ciega que esa es la mejor forma de aprovechar la juventud; y en realidad hacen una sola cosa, dedicar los primeros años de la vida a hacer infeliz el resto de ella, hacen alianza con el vicio: la botella, la droga, el sexo, uno de ellos o los tres a la vez…, mejor los tres que uno; se triplica el placer.

No es infrecuente en estos jóvenes la pereza y el abandono en el estudio, la ligereza e inmadurez en el amor con toda clase de experiencias y el abandono de los restos de fe y valores morales de la infancia. La “ley”, es el “placer”; a más placer más vida. Si uno es avanzado en años suele apresurarse aun más que los jóvenes, porque piensa: Estoy haciéndome viejo y no he disfrutado lo suficiente; comamos y bebamos, que mañana moriremos’, en el famoso adagio latino “Carpe diem”: “Sácale jugo a la vida”… Y dicho y hecho, se dan prisa en apurar las copas, porque la fiesta se acaba.

Pero algunos piensan que la vida es demasiado breve para ser pequeña, para ser mediocre; ellos también tienen prisa, pero otra clase de prisa y afán, y por eso, desde la misma juventud ponen las bases para hacer constructivo el resto de esa vida. No esperan a ser adultos para sentar cabeza y así: Aprietan en el estudio, aunque les llamen mataditos; no juegan con el amor, porque saben que se queman; no dan un puntapié a sus valores morales, porque saben que los necesitan. Si al llegar a la madurez se percatan de que van rezagados, aprietan el paso porque les queda menos tiempo para hacer algo grande en este mundo.
Y si han llegado a la tercera edad, y ven su tarea bastante incumplida en esta vida, se apresuran a hacer y completar lo que no hicieron en la juventud y en la madurez, porque saben, porque ven que ya no tendrán más tiempo y que, ahora o nunca.

Cuando llegan al final de la vida lo que se dieron prisa en divertirse y nada más, y los que se dieron prisa en cumplir su misión, ambos, miran hacia atrás; uno para decirse a sí mismo: Más me valiera no haber nacido, el otro para decir: Valió la pena vivir’

La vida es breve, para ti, para mi, para todos… ¿Cuál es tu prisa? ¿”Carpe diem” o “aprovecha el tiempo” porque la vida es demasiado breve para ser mediocre.?

Si la vida es breve y además la maltratas, eres un pobre hombre. Se vive una vez, se cumplen quince años sólo una vez. Tu sabrás lo que haces con esa pequeña vida.

 

 

 

 

Una conciencia que siempre habla

Podemos escuchar la voz del mismo Dios, que nos pide romper con el egoísmo, dejar vicios que destruyen, superar miedos que paralizan.

Por: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net

La conciencia nos acompaña siempre, nos habla de mil maneras. Antes de tomar una decisión, para sugerirnos lo que es bueno y para alertarnos sobre lo que es malo. Mientras llevamos adelante nuestros propósitos, como una luz que está siempre a nuestro lado. Después de que hicimos lo que hicimos, como una voz que aprueba o que condena, que pide justicia o que aplaude por el bien realizado.

No podemos olvidar nunca, en el camino de la vida, esa voz interior de la conciencia que puede resultar decisiva, para el bien, si está bien formada, o para la propia ruina y el daño de los seres cercanos, si está herida por deformaciones de gravedad.

La conciencia es esa potencia de juicio que indica, cuando funciona correctamente, dónde está el bien, dónde está el mal, cómo romper con el pecado, cómo avanzar hacia la virtud.

De una manera sencilla y cercana, en la conciencia podemos escuchar la voz del mismo Dios, que nos pide romper con el egoísmo, que nos lanza a dejar vicios que destruyen, que nos exige superar miedos que paralizan.

Si la escuchamos, si la seguimos, podremos entrar en el mundo de la justicia, de la belleza, de la verdad, del bien, del amor que inicia en el tiempo y que dura para siempre.

Quien escucha a su conciencia, quien la acoge en sus buenos consejos, quien la educa a través de lecturas sanas, de la ayuda de personas maduras y buenas, de las luces que Dios ofrece en momentos de oración o simplemente mientras vamos de una habitación a otra, tendrá en ella un faro que ilumina toda la vida, que ayuda a tomar decisiones buenas, que aparta de la oscuridad de las pasiones y de las influencias negativas de falsos amigos. Se adentrará, entonces, en un mundo luminoso y bello, en una existencia llena de alegrías auténticas.

Tener una conciencia buena, sana, fuerte, bien formada, es el camino imprescindible para entrar en el mundo del Evangelio, para vivir en gracia, para crecer en el amor auténticamente cristiano.

Hoy, como siempre, necesitamos valorar el papel de la conciencia, para no sucumbir en un mundo de prisas, de superficialidades, de consumismo, de soberbia. Así tendremos, en esa voz interior de la conciencia, una aliada buena, enérgica y luminosa, en los mil cruces de caminos que pasan ante nuestros ojos mientras seguimos en marcha hacia el encuentro eterno con Dios Padre.

 

 

 

 

La vida hay que disfrutarla

Disfruto terminar la jornada cansado y satisfecho, y tantas cosas más… Y Dios disfruta vernos disfrutar la vida.

Por: P Evaristo Sada LC | Fuente: www.la-oracion.com

Disfruto caminar descalzo en la playa. Disfruto una cabaña con chimenea en la montaña. Disfruto el aroma de un buen café. Disfruto la mirada de un niño al recibir su primera comunión. Disfruto la gozada de Jesús al entrar en el corazón de ese niño.
Disfruto contemplar las estrellas. Disfruto la satisfacción de un padre en la graduación de su hijo más pequeño. Disfruto los aplausos en el funeral de un sacerdote fervoroso. Disfruto un buen filete asado a las brasas. Disfruto las lágrimas de un anciano cuando por fin recibe visita en el asilo. Disfruto ver que las heridas más hondas de la vida llegan a ser fecundas. Disfruto cuando todos los semáforos me tocan en verde. Disfruto beber la Sangre de Cristo cada mañana. Disfruto terminar la jornada cansado y satisfecho, y tantas cosas más…. Y yo creo que Dios disfruta vernos disfrutar la vida.

Me gusta conversar con Alois, el jardinero de nuestra casa en Roma. Un día le pregunté si disfrutaba lo que hacía. Me respondió que al inicio Dios dijo al hombre que trabajara y comiera. Y yo le dije: “Y que rezara”. Alois me aclaró que no, que Dios no le pidió a Adán que rezara. Le pregunté: “¿Entonces qué hacía Adán cuando salía a caminar con Dios por el jardín del Edén en la brisa de la tarde? ¿Trabajar o rezar?” Respondió: “Ninguna de las dos, se la pasaban bien juntos, era como un pasatiempo…”

Estoy de acuerdo con Alois: hay que pasarlo bien junto a Dios. El buen cristiano disfruta los dones de Dios en la creación, le alaba y le pregunta sorprendido: “¿qué es el hombre para que te acuerdes de él?” (Sal 8, 5). Y orgulloso de su Padre reconoce: “Bueno es el Señor para con todos, y sus ternuras sobre todas sus obras” (Sal 145,9) “Y vio Dios que era bueno… muy bueno” (Gn 1,4.10.12.18.21.31)

Disfrutar no es ceder a las tentaciones de pecado abusando de la bondad y la confianza de nuestro Creador. El pecado rompe la armonía y lo echa todo a perder. Pecar es fallar al amor.

En cambio, tocar el instrumento que más te apasiona en la sinfonía de la historia, y tocarlo con todo el corazón, te realiza y te hace feliz. Y tocarlo en la presencia de Dios es una forma de oración.

Creo que disfrutar las cosas buenas y bellas de la vida (aunque sean difíciles), acordarse de Dios en esos momentos y decirle: “¡Gracias!”, es una oración que arranca de Dios una sonrisa

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Este artículo se puede reproducir sin fines comerciales y citando siempre la fuente www.la-oracion

Dichosos los que saben vivir

Nuestra vida muchas veces va perdiendo el brillo. Vive de forma positiva todo lo que Dios permite y así serás una persona feliz y dichosa.

Por: P. Dennis Doren L.C. | Fuente: Catholic.net

Nuestra vida muchas veces va perdiendo el brillo. Los acontecimientos, las circunstancias, más que ayudarnos a crecer, en vez de ser oportunidades de maduración para nuestra persona, nos limitan, nos hacen sufrir y por lo tanto los rechazamos.

Toma la vida con filosofía, aprende de ella y sácale el jugo, exprime de forma positiva todo lo que Dios permite y así serás una persona feliz y dichosa.

DICHOSOS los que saben reírse de sí mismos, porque no terminarán nunca de divertirse.

DICHOSOS los que saben distinguir una montaña de una piedra, porque se evitarán muchos inconvenientes.

DICHOSOS los que saben descansar y dormir sin buscarse excusas: llegarán a ser sabios.

DICHOSOS los que saben escuchar y callar: aprenderán cosas nuevas.

DICHOSOS los que son suficientemente inteligentes como para no tomarse en serio: serán apreciados por sus vecinos.

DICHOSOS los que están atentos a las exigencias de los demás, sin sentirse indispensables: serán fuente de alegría.

DICHOSOS ustedes cuando sepan mirar seriamente a las cosas pequeñas y tranquilamente a las cosas importantes: llegarán lejos en esta vida.

DICHOSOS ustedes cuando sepan apreciar una sonrisa y olvidar un desaire: vuestro camino estará lleno de sol.

DICHOSOS ustedes cuando sepan interpretar con benevolencia las actitudes de los demás, aún contra las apariencias: serán tomados por ingenuos, pero es el precio justo de la caridad.

DICHOSOS los que piensan antes de actuar y rezan antes de pensar: evitarán muchas tonterías.

DICHOSOS ustedes sobre todo cuando sepan reconocer al Señor en todo los que se encuentran: habrán logrado la verdadera luz y sabiduría.

Con estos consejos, Santo Tomás Moro nos da algunas pautas de cómo vivir nuestro breve paso por esta tierra llevando un mensaje, unas actitudes y un modo de ser algo diferente de lo que hoy nuestra sociedad contemporánea nos ofrece.

Marca tú la diferencia, y enséñanos con tu ejemplo a vivir…

Preguntas o comentarios al auto  P. Dennis Doren LC

Puedes escuchar esta meditación en audio entrando al Podcast de Catholic.net aquí:

Blog, Sembrando Esperanza
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Twitter: @dennisdorenLC

Nubes y libertad

Podemos optar, cada segundo, por un mundo mejor.

Por: P. Fernando Pascual | Fuente: Catholic.net

Si las nubes hablasen, cuando pasan en vuelos caprichosos por encima de nuestras ciudades y pueblos, podrían contarnos la historia de sus viajes, los caminos recorridos, las subidas y bajadas a merced de los vientos.

Muchas nubes “nacen” gracias a la evaporación. Crecen con la ayuda de vientos y de corrientes de frío y de calor. Se mueven impulsadas por el viento, por una fuerza desconocida que va por delante y por detrás; que una veces sube y que baja, que otras veces da la sensación de detenerse de modo suave y misterioso. Una nube puede desatarse en una lluvia frenética o en una suave llovizna, o simplemente se deshace, sin pena ni gloria, ante los ojos indiferentes de un anciano que mira y mira el techo que está por encima de los techos humanos.

La vida de cada uno de nosotros no puede compararse con la historia de una nube. Nosotros no volamos, no nos extendemos por amplios espacios del cielo, no conquistamos cimas de montañas ni cubrimos como niebla los campos y las aldeas de los valles y llanuras.

Estamos condicionados por un cuerpo bastante pequeño y con proporciones bajas, que nos tiene casi siempre con los dos pies sobre la tierra y que nos permite “levantarnos” a pocos centímetros de altura en el espacio que corretean las brisas o los huracanes. Tenemos unos padres concretos (algunos, por desgracia, nunca los conocieron) y, seguramente, un nombre y un apellido. Hacemos planes para el mañana y recordamos con mayor o menor alegría las aventuras del pasado. Escribimos en el presente nuestra biografía, y vemos cómo otros las leen, con buenos o malos ojos, con simpatía o antipatía, con amor o con odio.

La vida del hombre, como la nube, recibe muchos influjos, muchos vientos, numerosos rayos de sol o de lámparas fluorescentes en oficinas llenas de humo y olorosas a café. Pero esos influjos no determinan lo que son las elecciones más profundas. Esas nacen, como los manantiales de las montañas, desde lo profundo de nuestro ser, desde ese núcleo interior que a veces los demás juzgan con demasiada facilidad, cuando nosotros mismos muchas veces no acabamos de conocerlo de veras. Esas decisiones forjan nuestra biografía, deciden nuestra historia, y marcan también el destino de otros seres que dependen de nosotros; unos, muy cercanos, que vemos todos los días; otros, desconocidos, que piden solamente un gesto de justicia o un acierto en una delicada decisión política o económica.

Las nubes siguen circulando, como hace miles de años, por encima de nuestra tierra encanecida y arrugada. También los hombres se siguen sucediendo, generación tras generación, para caminar por el suelo polvoriento de una carretera de provincia o para apretar el acelerador de un coche en una moderna autopista de tres carriles. Pero unos habrán dejado una huella de bondad y de justicia, mientras otros serán recordados entre el número de los que “el bien lo hicieron muy mal y el mal lo hicieron muy bien”.

Unos y otros, un día, tuvieron sus vidas en sus manos. Nosotros, cada segundo de nuestra existencia, podemos optar para hacer el mundo un poco mejor, o para seguir añadiendo dolor a quienes no tienen apenas tiempo de alzar la cabeza para ver las nubes pasar. Sólo con opciones justas habrá quien mire a las nubes y no piense en ellas, sino en la posibilidad de una humanidad algo mejor y más feliz…

Comentarios al autor fpa@arcol.org

Ha llegado una petición

Ha llegado una petición a las puertas de mi vida. Soy libre de dar una respuesta. Si amo, no podré cerrar nuevamente la mano.

Por: P. Fernando Pascual | Fuente: Corazones.org

Ha llegado una petición a la puerta de mi vida. Dar una mano, arreglar una computadora, acompañar en un paseo, ir a visitar a un amigo común, dialogar un rato sobre Dios.

La petición entra en mi vida. Tengo un programa lleno. Mis planes, mis deseos, han invadido los espacios de la agenda. Hay tanto que hacer. La lista de correos pendientes se alarga. Además, uno quiere ver aquel vídeo, escuchar esa música, poner mensajes en Facebook…

Una petición ha llegado. Puedo responder, como tantas veces, que no tengo tiempo. Me cierro en mis seguridades. Prefiero mis proyectos. Además, ¿no hay otros capaces de atender esa petición?

En mi corazón, sin embargo, algo cambia. Si tantas veces he dicho “no”, ¿por qué no dar un “sí”? Es cierto: dar un sí me obligará a ajustar mis planes, quitará tiempo a otros asuntos.

Hasta ahora he pensado en mí: lo que me costaría atender la petición, lo que perdería, lo que ganaría (hay peticiones que atiendo con gusto porque luego lograré una contrapartida…). ¿Y el otro?

La perspectiva cambia completamente cuando acojo la petición desde el otro lado. Alguien está ahí, a la puerta de mi vida. Espera que le dé tiempo, cariño, atenciones, respuestas, ayudas concretas (técnicas o materiales).

Ese alguien, lo sabemos por el Evangelio, es en cierto modo Cristo mismo. “A mí me lo hicisteis” (cf. Mt 25,40). Con humildad, con respeto, confía en que le dé una respuesta positiva, un gesto de ayuda en algo muy concreto.

Ha llegado una petición a las puertas de mi vida. Soy libre de dar una respuesta. Si amo, no podré cerrar nuevamente la mano. Ante mí unos ojos esperan palabras y gestos de afecto, de solidaridad, de amor sincero…