La fe mueve montañas

Si crees en la fe, un día no muy lejano serás libre de viejas cadenas que nunca pensaste superar.

Por: P. Mariano de Blas LC | Fuente: Catholic.net

 
Siempre que tuviste fe como un grano de mostaza, se realizaron las cosas. Tuviste que adiestrarte en el arte de creer lo imposible. La corta experiencia adquirida te lanza a creer con fuerza aun mayor en el porvenir. La fe funciona.

Debes aplicar esta fe curativa a tus enfermedades del cuerpo y del alma, para sentirte sano.

Debes lanzar tu fe como catapulta contra tus temores y problemas hasta pulverizarlos.

Debes creer en tus metas, creer en tu santidad, creer en tu nada unida a Cristo. Busca sorpresas, revoluciones dentro de ti y a tu alrededor. Aplasta tus pensamientos viejos, todos los ‘no sé’, ‘no puedo’, ‘es imposible’ con el mazo de tu nueva fe.

Está por comenzar un nuevo día con sus problemas, incógnitas y retos; los temores viejos andan inquietos, se agarran a la presa y no la quieren soltar, pero la fe es más fuerte que el miedo.

Si crees en la fe, un día no muy lejano te verás libre de viejas cadenas que nunca pensaste superar. El hombre nuevo abre brecha en tu espíritu con fuerza imbatible; cree en ese hombre nuevo que está emergiendo de las cenizas.

La fe mueve montañas, pero sólo las que uno se atreve a mover.

 

 

 

 

No es fácil vivir en medio de la lucha

La lucha crea tensiones, provoca miedos, nos lleva al cansancio, pero encontramos la paz.

Por: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net

 
No es fácil vivir en medio de la lucha, de la guerra, del combate cuerpo a cuerpo. Casi todos deseamos la paz. Pero la batalla está por llegar, el miedo nos domina, la incógnita por lo que ocurrirá nos llena de angustia.

Rendirse para superar la prueba, dejar las armas para evitar el combate, pactar con el enemigo, aunque sea a costa de renunciar a nuestros principios. Es una tentación fuerte, que pasa por el corazón de mil soldados, que lleva a la humillante paz del que se rinde.

En la guerra del corazón también es grande el deseo de pactar, de huir del combate, de rendirnos. No es fácil luchar día a día contra la gula, contra un disfrute sexual deshonesto, contra la soberbia que nos hace buscar siempre los aplausos de los hombres.

La lucha crea tensiones, provoca miedos, nos lleva al cansancio. Si, además, ya hemos saboreado cien veces la derrota, si hemos visto lo difícil que es volver a levantarnos para iniciar de nuevo, se hace más fuerte la tentación de ceder “porque es inútil cualquier esfuerzo, porque no es posible resistir en esta prueba”.

Existe una extraña paz en la derrota. Es la paz del cementerio, de la muerte, del silencio de las espadas y de los cañones. Es la paz de quien ya no puede luchar porque ha muerto.

Pero también es extraña la paz de quien se rinde, de quien abandona toda lucha, todo esfuerzo. Quizá, piensa, evitará la tensión psicológica de enfrentarse cada día con esa pasión fuerte, que excita a cada hora, que provoca en los momentos de cansancio, que presenta como bueno ese amargo placer obtenido a través de la venganza.

Es la paz del esclavo, que deja su libertad, su razón, su posibilidad de luchar por ideales. Es la paz de quien se deja aprisionar por las cadenas del placer o del orgullo. De quien prefiere no estar triste porque hoy no ha “tomado” sus cervezas para pactar con ese alcohol que carcome neuronas, que daña corazones, que destruye familias. De quien cede a un pequeño robo en la oficina, porque piensa que así, con ese dinero en el bolsillo, estará más tranquilo, si lo puede estar quien se acostumbra a ser ladrón de guante blanco…

Es una paz que engaña. Nos engaña, porque la pasión, como un monstruo de mil cabezas, no se conforma con lo ya conseguido. Siempre pide más, y más, y más.

Lo grande, lo difícil, lo bello, es decirle “no”, con firmeza, con audacia. Será un “no” que llevará a la guerra, a heridas, a pequeñas derrotas. Será un “no” que nace de un amor más grande: a mí mismo, a mi familia, a alguien que me quiere, al Dios que se preocupa por cada uno de sus hijos. Será un “no” que me llevará a vivir, quizá, en una lucha constante contra las mil astucias de ese mal que todos llevamos dentro.

Es sana la tensión de quien sabe que lucha por algo grande y bello. De quien dice no a la falsa paz que se obtiene a través de rendiciones. De quien lucha para conquistar esa otra paz, más profunda, más intensa, más apasionante, de quien quiere ser fiel, en cada instante, a su conciencia.

 

 

 

 

 

 

 

A medio camino… empecemos hoy

Tal vez nos han pasado cosas inesperadas, dolorosas,o hemos encontrado obstáculos más fuertes de lo que esperábamos para poder realizar todo aquello que con tanto entusiasmo emprendimos.

Por: Ma Esther De Ariño | Fuente: Catholic.net

Nos encontramos a medio camino, en la mitad del año.

Ha transcurrido ya tiempo desde aquellos primeros días de enero en los que pisábamos el flamante camino con un paso un poco cauteloso, con una incógnita en el corazón pero también con una alforja llena de buenos propósitos. Empezábamos el camino nuevo, mejor dicho, no había camino, ahora se ha hecho camino al andar.

Es bueno volver la vista atrás y hasta quizá hacer un alto en este tan personal sendero para ver qué ha sido de todo “aquello” que nos propusimos con auténtico afán de mejorar. ¿Somos, aunque sea un poco, algo mejores? ¿Vamos cumpliendo con aquellas metas que se nos antojaron que podíamos alcanzar? ¿Los que nos rodean podrán decir que hemos cambiado, que se nos nota diferentes y que ahora nuestro trato y cercanía es una agradable realidad?

Tal vez nos han pasado cosas, muchas cosas inesperadas, quizá dolorosas, tal vez hemos encontrado muchos obstáculos, más fuertes de lo que esperábamos encontrar para poder realizar todo aquello que con tanto entusiasmo emprendimos pero… también quizá nos hemos ido dejando llevar por el cómodo “mañana” y ese, como es natural, aún no llega. No nos desanimemos.

El comienzo de un nuevo año no es elemento privativo de cambio. Siempre se puede cambiar. Nunca es tarde. Empecemos hoy, desde este instante. Nada importa que hayan pasado los meses…lo que pasó, pasó, y en este momento lo que estamos viviendo es el HOY.

Veamos al fondo de nuestra alforja de peregrinos, de caminantes hacia la casa del Padre. ¿Todavía están aquellos propósitos, aquellos buenos deseos?. Pues empecemos hoy. Ahora. Si era el dejar de fumar, el beber en demasía y sin control, el comer desordenadamente, el abatir la pereza, etcétera, hoy es el momento.

No olvidemos que nunca es tarde para decir: te quiero, para perdonar, para llamar al amigo o a la amiga que teníamos en el olvido, para visitar a una persona que está sola o enferma, para ser más comprensivos, más tolerantes, para ser más generosos, más desprendidos, más cariñosos, más alegres, más puntuales, más responsables de nuestros deberes y obligaciones, más cordiales, más humildes, más serviciales, más honestos, más pacientes, más serenos, más limpios de corazón, más auténticos, más firmes en el cumplimiento de las leyes de Dios, en resumen: más FELICES. No olvidemos a Dios en nuestro diario caminar, Él es el único que nos dará esa fuerza para cumplir nuestros propósitos, que nos ayudará a amar más y mejor, Él es quien nos da la verdadera alegría. No olvidemos su gran amor por nosotros.

Porque vivir empeñados en todo esto nos traerá la PAZ y con la paz en nuestra vida iremos haciendo el camino nuevo, que día a día, marcan nuestros pasos, pero siempre con el esfuerzo y el empeño de ser cada día mejores. EMPECEMOS HOY.
Preguntas o comentarios al autor   Ma. Esther de Ariño

La tierra del amor

Los fuertes y los débiles, bien cultivados, pueden crecer y ayudarse mutuamente en el camino del existir humano.

Por: P. Fernando Pascual L.C. | Fuente: Catholic.net

 
Esta es la historia de dos garbanzos. Uno era genéticamente deforme, débil, enclenque, destinado a un futuro incierto, quizá a una muerte prematura. El otro era fuerte, lleno de vida, con un DNA lleno de perfecciones y conquistas evolutivas. Un supergarbanzo, en pocas palabras.

La cosa es que el primer garbanzo cayó en manos de un campesino atento, que reconoció en seguida los defectos de su semilla. No quiso lanzarlo sin más; decidió darle el cuidado conveniente. Lo sembró en un invernadero de calidad, le dio fosfatos y vitaminas, lo regó con más atención que a las demás plantas, y lo sacó al aire puro en el momento más propicio del año.

El “supergarbanzo”, sin embargo, con ser tan bueno, cayó en manos de un campesino despistado, que se confió en la potencialidad de aquella semilla extraordinaria. La sembró en el primer rincón de su campo, la regó poco, no la protegió de los caprichos del tiempo, ni le dedicó un dólar para abonos o sustancias estimulantes.

Los resultados, como era de esperar, “contradijeron” los datos de partida. El garbanzo deficiente se desarrolló en una planta no extraordinariamente bella, pero lo suficientemente fecunda como para premiar los esfuerzos del campesino previsor. El otro, debido a dos granizadas y a no pocos inconvenientes, quedó tan herido que daba más pena que descendencia fecunda…

Desde luego, la historia podría ser invertida totalmente. Lo que nos pueden enseñar estos garbanzos, sin embargo, transciende con mucho las leyes de la biología, desde luego sin contradecirla, cuando lo aplicamos al mundo de los hombres.

Platón, antes de que se descubriesen las leyes de la genética o se empezase a soñar en el control del genoma humano, ya había intuido que una naturaleza humana dotada de cualidades excepcionales en un ambiente de corrupción, podría dar lugar a personas pervertidas, dañinas, quizá incluso criminales o delincuentes.

Podemos añadir nosotros que también una naturaleza “mediocre”, puesta en condiciones educativas adecuadas (una buena familia, una escuela con maestros y compañeros honestos y solidarios) puede llegar a resultados no sólo “aceptables”, sino buenos en lo que se refiere a la educación de un ciudadano honesto, de un esposo o esposa fiel, de un padre o madre de familia entregado a sus hijos y de un profesionista cualificado.

Por desgracia, hoy se está difundiendo una mentalidad que busca la mejora “genética” de la especie humana, que llega incluso a proponer el aborto y el infanticidio de quienes tienen graves deformaciones cromosómicas o físicas, como si el ser hombre se redujese al tener una buena dotación de ADN (DNA en inglés).

El hombre, es verdad, depende de la estructura corporal, pero es mucho más que eso. Con amor y con un seguimiento educativo adecuado, es posible que personas que podrían vivir relegadas lleguen a integrarse en la sociedad como seres profundamente “útiles” y fecundos. No ofrecerán siempre prestaciones materiales: habrá discapacidades que impidan realizar cualquier trabajo productivo o cultural. Pero el testimonio de una vida de sufrimiento interpela, llama a todas las conciencias, y nos pone ante el misterio del vivir.

¿Es que no hay personas sanas que sufren psicológica o afectivamente mucho más que otros seres que viven buena parte de su existencia entre hospitales y sillas de ruedas? ¿Es que no hay artistas que viven, incluso en la cumbre del éxito y del clamor popular, una extraña soledad y vacío profundo, en esos momentos en los que consideran el valor de su existencia?

Una vida social no puede prescindir de la virtud de la solidaridad. Esta virtud tiene siempre una doble dirección, también ante el dolor y la discapacidad: del “fuerte” hacia el “débil”, y del “débil” hacia el “fuerte”.

Hace falta reconocer que los “fuertes” necesitan el apoyo de los “débiles”, pues no tiene precio el cariño que un ser humano puede otorgar a otros. También el enfermo puede y debe amar. Impedírselo “en nombre de la piedad” es señal de no haber entendido lo que significa ser hombre.

Por eso resulta urgente permitir que cualquier vida, sana o enferma, blanca o negra, rica o pobre, pueda crecer en buena tierra, pueda desarrollarse en la tierra del amor. Así será posible que tanto el garbanzo “perfecto” como el garbanzo “defectuoso” sean tratados de modo correcto, y cada uno contribuirá a la maravillosa armonía de un mundo abierto a todos.

Una conciencia que siempre habla

Podemos escuchar la voz del mismo Dios, que nos pide romper con el egoísmo, dejar vicios que destruyen, superar miedos que paralizan.

Por: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net

La conciencia nos acompaña siempre, nos habla de mil maneras. Antes de tomar una decisión, para sugerirnos lo que es bueno y para alertarnos sobre lo que es malo. Mientras llevamos adelante nuestros propósitos, como una luz que está siempre a nuestro lado. Después de que hicimos lo que hicimos, como una voz que aprueba o que condena, que pide justicia o que aplaude por el bien realizado.

No podemos olvidar nunca, en el camino de la vida, esa voz interior de la conciencia que puede resultar decisiva, para el bien, si está bien formada, o para la propia ruina y el daño de los seres cercanos, si está herida por deformaciones de gravedad.

La conciencia es esa potencia de juicio que indica, cuando funciona correctamente, dónde está el bien, dónde está el mal, cómo romper con el pecado, cómo avanzar hacia la virtud.

De una manera sencilla y cercana, en la conciencia podemos escuchar la voz del mismo Dios, que nos pide romper con el egoísmo, que nos lanza a dejar vicios que destruyen, que nos exige superar miedos que paralizan.

Si la escuchamos, si la seguimos, podremos entrar en el mundo de la justicia, de la belleza, de la verdad, del bien, del amor que inicia en el tiempo y que dura para siempre.

Quien escucha a su conciencia, quien la acoge en sus buenos consejos, quien la educa a través de lecturas sanas, de la ayuda de personas maduras y buenas, de las luces que Dios ofrece en momentos de oración o simplemente mientras vamos de una habitación a otra, tendrá en ella un faro que ilumina toda la vida, que ayuda a tomar decisiones buenas, que aparta de la oscuridad de las pasiones y de las influencias negativas de falsos amigos. Se adentrará, entonces, en un mundo luminoso y bello, en una existencia llena de alegrías auténticas.

Tener una conciencia buena, sana, fuerte, bien formada, es el camino imprescindible para entrar en el mundo del Evangelio, para vivir en gracia, para crecer en el amor auténticamente cristiano.

Hoy, como siempre, necesitamos valorar el papel de la conciencia, para no sucumbir en un mundo de prisas, de superficialidades, de consumismo, de soberbia. Así tendremos, en esa voz interior de la conciencia, una aliada buena, enérgica y luminosa, en los mil cruces de caminos que pasan ante nuestros ojos mientras seguimos en marcha hacia el encuentro eterno con Dios Padre.

 

 

 

 

Salir de las trincheras

Hay que dar a conocer a los hombres que el Amor es hermoso, que la Bondad existe, que las lágrimas pueden ser consoladas.

Por: P. Fernando Pascual | Fuente: Catholic.net

Existe el peligro, en muchos católicos, de vivir a la defensiva, de esconderse en las trincheras para resistir cientos de ataques que llegan por todos lados.

¿Atacan al Papa? Hay que buscar argumentos para defenderlo. ¿Critican las “riquezas” del Vaticano? Hay que explicar que tales “presuntas riquezas” son patrimonio de la Iglesia y, en cierto modo, de la humanidad. ¿Se ríen de la moral sexual católica? Hay que estudiarla y refutar críticas a veces ridículas. ¿Nos acusan de fundamentalistas e intolerantes? Respondemos con ejemplos del pasado y del presente que muestran la profunda actitud de respeto hacia todos los hombres que nace de nuestra fe católica.

El cristianismo surgió en un ambiente hostil. Cristo mismo nos dijo que muchos nos odiarían, nos excluirían, nos atacarían. No es de extrañar, por tanto, que hoy, como en tantos momentos del pasado, haya numerosas personas e instituciones dedicadas, a veces con energías y medios desproporcionados, a atacar, marginar, incluso destruir la fe de los corazones, el respeto hacia la Iglesia, la pujanza de sus instituciones y obras de caridad.

Pero ese cristianismo, perseguido, arrinconado, despreciado, tomó, desde sus orígenes, una actitud claramente conquistadora. Se convirtió en un movimiento espiritual que no se limitó a unas fronteras estrechas, que no cerró las puertas a cal y canto para evitar las heridas de los posibles agresores, de los enemigos de la luz.

Al contrario, los primeros cristianos buscaron mil caminos para irradiar, entre quienes vivían a su lado, una experiencia, una fe, un amor, que da sentido a la existencia humana, que ilumina de esperanza la mirada de los corazones, que alivia las penas profundas y las heridas que la vida deja inexorablemente en nuestras vidas.

El cristiano no vive, por lo tanto, para defenderse. Estudiará, desde luego, su fe, su historia, su riqueza doctrinal. Sabrá reconocer también que ha habido errores y fallos en no pocos católicos durante los 2000 años de nuestra historia. Respetará la dignidad de los “adversarios”, a los que ofrecerá una respuesta justa y, más profundamente, una mano respetuosa y llena de afecto sincero.

Pero, de modo especial, tendrá la alegría y el arrojo de comunicar algo que ni el dinero, ni el poder, ni la belleza, ni la medicina, ni la ciencia, es capaz de dar: la verdad del Evangelio, la certeza de que Dios nos ama en Jesucristo.

El mundo necesita y pide, quizá sin saberlo, testigos de la bondad de Dios, mensajeros de una Buena noticia, heraldos de un Amor que arranca del Padre de los cielos y pone su tienda entre los hombres con la llegada del Hijo.

Hay que salir de las trincheras. No podemos guardar un tesoro que es para todo el mundo. Hay que poner la lámpara sobre el celemín, hay que dar a conocer a los hombres que el Amor es hermoso, que la Bondad existe, que las lágrimas pueden ser consoladas, que la muerte no es la última palabra de la historia humana.

Sabemos que el Sepulcro de Cristo está vacío. Percibimos su presencia continua, como Señor Resucitado, entre nosotros. Dar testimonio de su Cruz salvífica y victoriosa es una urgencia que todos debemos sentir en lo más profundo de nuestra identidad cristiana. Porque muchos hombres viven en tinieblas y sombras de muerte (cf. Lc 1,79). Porque muchos desean, profundamente, descubrir que son amados, reconocer que la salvación de Cristo también es para ellos.

 

 

 

Donde sea y siempre

La Iglesia tiene el deber de anunciar siempre y en todas partes el Evangelio de Jesucristo.

Por: Juan Rafael Pacheco | Fuente: Catholic.net

 
Hace ya más de tres años me sentí inclinado a comprar un libro sobre Jesús de Nazaret, de la autoría de Benedicto XVI, en su primera edición.

Claro, el tema me motivaba, pero más aún el autor. Joseph Ratzinger aún era el Papa nuevo, el que había venido a ocupar el cargo dejado vacío por el paso al Padre de Juan Pablo II, el Papa. Pretendía leer sobre Jesús de Nazaret, pero al mismo tiempo y sobre todo, conocer un poco el pensamiento del nuevo Papa, el teólogo que se dejaba sentir en todos los documentos papales de las últimas décadas.

Abordé el libro con una cierta curiosidad temerosa de no entenderlo. No soy teólogo ni nada que se le parezca. Empecé a recorrer sus páginas y me fui dejando llevar por una prosa fluida, hermosa, sencilla, clara, asequible al lector normal y corriente, que me fue dejando conocer a un Jesús a partir de su comunión con el Padre. Y es así como tranquilamente, en paz, en armonía, Benedicto XVI me fue presentando “al Jesús de los Evangelios como el Jesús real, como el -Jesús histórico-… una figura históricamente sensata y convincente”.

Y pude igualmente identificarme con el Papa –dejaba ya de ser nuevo para mi—en su “búsqueda personal del rostro del Señor”.

De allá para acá, ha llovido bastante. La Iglesia ha sido objeto de ataques inmisericordes por parte de los mega gigantescos intereses multinacionales, escudados en situaciones de por sí sumamente dolorosas, pero infladas a una proporción que llena de espanto. Y Benedicto XVI ha dado la talla. Mejor dicho, el Espíritu Santo ha guiado al Santo Padre por valles tenebrosos, sin temer mal alguno, porque su vara y su cayado le sosiegan.

En Octubre de 2010, Benedicto XVI nos hizo un hermoso y muy necesitado regalo. Nace una nueva institución pontificia, con un nombre que no deja lugar a dudas sobre sus funciones: El Consejo Pontificio para la Promoción de la Nueva Evangelización.

Y así, de inmediato, vuelve sobre el tapete Juan Pablo II y repiquetea su voz firme y vibrante del 1992, cuando en Santo Domingo insistió sobre la necesidad de una Nueva Evangelización, “nueva en su ardor, nueva en sus métodos, nueva en su expresión”, bendito sea el Señor, proclamando a María como la “estrella de la Nueva Evangelización”, loado sea el Señor.

En efecto, el Vaticano ha dado a conocer un nuevo documento papal, cuyo nombre en latín es el de Motu Proprio “Ubicumque et Semper”, siguiendo la tradición de la Iglesia de nombrar sus documentos por sus primeras palabras.

Traducido al español, es el título de este artículo, “Donde sea y siempre”: “La Iglesia tiene el deber de anunciar siempre y en todas partes el Evangelio de Jesucristo…” inicia el Santo Padre, continuando a seguidas con una hermosa reflexión sobre la necesidad de evangelizar y las particularidades de la evangelización actual.

La finalidad del nuevo Consejo Pontificio incluye estimular “la reflexión sobre los temas de la nueva evangelización” e identificar y promover “las formas y los instrumentos adecuados para realizarla… especialmente en esos territorios de tradición cristiana donde con mayor evidencia se manifiesta el fenómeno de la secularización.”

Igualmente, “estudiar y favorecer la utilización de las modernas formas de comunicación, como instrumentos para la nueva evangelización” quedando encargado de “promover el uso del Catecismo de la Iglesia Católica, como formulación esencial y completa del contenido de la fe para los hombres de nuestro tiempo”.

¡Manos a la obra! ¡Donde sea y siempre, ay de mí si no evangelizara!

Bendiciones y paz.

Puedes leer la CARTA APOSTÓLICA EN FORMA DE «MOTU PROPRIO» UBICUMQUE ET SEMPER, DEL SUMO PONTÍFICE BENEDICTO XVI, CON LA CUAL SE INSTITUYE EL CONSEJO PONTIFICIO PARA LA PROMOCIÓN DE LA NUEVA EVANGELIZACIÓN, entrando aquí

 

El camino del grano de trigo

El grano de trigo que con su muerte hoy será mañana espiga llena de frutos y alegrías.

Por: P. Fernando Pascual | Fuente: Catholic.net

Pasa más a menudo de lo que imaginamos. Un corazón busca a Dios, quiere servir a sus hermanos, estudia el Catecismo, lee escritos de grandes santos. Dedica tiempo a la oración, va a misa los domingos y varios días entre semana, empieza a rezar el rosario o a hacer otras oraciones de la espiritualidad cristiana. A pesar de todo, está inquieto. Como si su esfuerzo espiritual no valiese nada; como si estuviese ante un muro de silencios que le deja confundido, perplejo, lleno de zozobras.

Otras veces, el desasosiego nace espontáneamente, en vidas grises que no trabajan ni para el bien ni para el mal. O en otras vidas que iban “bien”, en corazones que creían tener cualidades y energías para afrontar los retos de la vida. De la noche a la mañana, un problema personal, un pleito en la familia, un suspenso en la universidad, una pelea con el novio o la novia, o simplemente el cambio de clima… y todo se vuelve oscuro, triste, vacío, misteriosamente absurdo.

Buscamos, entonces, desesperadamente, la paz del alma. A veces con un mayor esfuerzo en los compromisos cristianos. O con lecturas de más libros que puedan darnos algo de luz. O a través de un sacerdote al que presentamos nuestras zozobras, nuestras inquietudes, ese extraño cansancio ante la vida que puede sorprendernos a todos: al adolescente, al adulto, al anciano, al sano o al enfermo.

Buscamos la paz, anhelamos la paz. Casi como si Dios estuviese obligado a curarnos, como si el ir a una iglesia para rezar con el corazón abierto fuese suficiente para que la paz volviese al alma, como si la confesión o el diálogo con un sacerdote llevase, automáticamente, a la recuperación de la serenidad.

Es casi inevitable que actuemos así. Pero a veces podríamos preguntarnos si Dios no nos estaría pidiendo un paso más. Quizá la prueba, la dificultad, el abatimiento, son señales de un vivir frío, sin amor, sin esperanza, sin fe. Entonces habría que revisar cómo va, de verdad, nuestra vida de gracia; para extirpar cualquier sombra de pecado que nos paralice; para arrancar un egoísmo que todo lo domina, que todo lo dirige, que todo lo sopesa; para encender hogueras de fervor con el recurso serio, decidido, a todo lo que es propio de la vida cristiana.

Otras veces, lo que Dios nos pide es que dejemos de buscar esa misma paz como si fuese lo único importante para nosotros. Sería triste que viésemos nuestra fe católica como si fuese una garantía para solucionar problemas, como un seguro anti-balas contra depresiones y cansancios que, tarde o temprano, pueden llegarnos a todos. Ver así nuestra fe, desear que Dios siempre nos dé el caramelo cuando levantamos el dedo en medio de la tormenta, es olvidar que también es Evangelio la lección del grano de trigo.

No nos resulta nada fácil comprender que es parte del dinamismo cristiano, que es la esencia de cualquier vida humana, vivir según el grano de trigo. Si el grano no cae, si no muere, si no rompe sus defensas para ponerse en manos de la acción divina, no da fruto; porque el que ama su vida la pierde, mientras que el camino hacia la vida plena consiste, precisamente, en aceptar la muerte, a veces lenta, a veces dolorosa (cf. Jn 12,24).

En otras palabras, aunque nos cueste aceptarlo, también es vida cristiana la de quien, en medio de angustias y miedos, en medio de caídas involuntarias o voluntarias pero aborrecidas, en medio del dolor físico o de profundas penas morales, en medio incluso de depresiones y de apatías en el espíritu, coge cada día el arado y se pone a caminar. Sin mirar hacia atrás, sin lamentarse por lo que le falta, sin pensar si es justo vivir así, entre tantas inquietudes, sin un poco de paz en la propia vida.

Es triste ver cómo pululan aquí y allá métodos más o menos pseudocientíficos y pseudoespirituales que prometen una y otra vez devolver la paz interior, dar seguridades psicológicas, abrir horizontes de autorrealización. No pocas veces esos métodos buscan sugestionar a las personas para hacerlas pactar con sus pequeñeces, o para pensar que son mucho más de lo que hasta ahora habían pensado, o para invitarlas a “crecer” basadas simplemente en la propia voluntad y en sentimientos “positivos”, llenos no pocas veces de egoísmos y vacíos, profundamente vacíos, de Dios.

El camino del Evangelio, en cambio, es otro. Abnegación, renuncia, cruz, muerte. Para llegar a la vida hay que seguir el camino del Calvario. A la mañana de Pascua se llega a través del Viernes Santo. Es cierto, hemos de recordarlo siempre, que Cristo no deja de comprender que estamos hechos para esperar premios, para abrazar felicidades, para encontrar la paz profunda. Las bienaventuranzas tienen que iluminar y dirigir nuestros pasos. Pero todo ello llegará como regalo, como fruto maduro de quien empieza a decir no a su autorrealización y sí al camino del grano de trigo.

El mundo no sabe entrar en esta lógica, no comprende el camino del Evangelio. Existe el peligro, muy real, de que muchos cristianos tampoco pasemos por la puerta estrecha. Nos parecen duras las palabras del Maestro, y pensamos entonces en caminos más fáciles. Pero Cristo es claro: quien no toma su cruz, no podrá ser su discípulo, no podrá seguir las huellas del Señor Resucitado, que es también el Señor Crucificado (cf. Mt 16,24-26).

El camino está allí. Escogerlo es cosa de almas sencillas, que no desean grandezas demasiado humanas, que no miran si están más o menos satisfechas con su “grado de santidad”. Su sencillez, su obediencia, su renuncia, permiten el milagro. Al no querer ser nada, empiezan a serlo todo. Porque triunfan con Cristo glorioso, porque entran en el camino de la Vida verdadera, en el camino del grano de trigo que con su muerte hoy será mañana espiga llena de frutos y alegrías.

Desde un susurro divino

Dios habla de muchas maneras y a veces puede pasar inadvertida, como si fuese un susurro que no interrumpe, no se impone.

Por: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net

Dios habla de muchas maneras. Una puede pasar casi inadvertida, como si fuese un susurro suave y discreto.

¿Cuándo ocurre eso? Cuando en lo íntimo de la conciencia escucho una voz tranquila y constante que me invita a dejar comportamientos dañinos para escoger el camino del Evangelio.

Esa voz no amenaza, no interrumpe, no se impone. Aparece y desaparece como una señal amable, como una invitación respetuosa.

De esta manera, Dios pone ante los ojos de mi alma un camino nuevo. Camino de esperanza, de fe, de amor, de alegría. Camino de renuncia: Cristo lo pide todo, porque antes lo ha dado todo.

Un susurro divino ha llegado a mi existencia. Puedo seguir como si nada hubiera ocurrido, pero también reconozco que Dios lo merece todo.

La invitación ha quedado sobre la mesa de mi corazón. Dios espera, sin prisas, con el anhelo de un Padre que suplica la respuesta de uno de sus hijos.

Si me atrinchero en mis problemas, si me sumerjo en mis planes personales, si me excuso bajo el escudo de mi personalidad, no se producirá el milagro. Dios llorará, en silencio, ante mi dureza y mi apatía.

En cambio, si acojo ese susurro, hoy será el día del gran cambio. Acoger la invitación de Dios me lanzará a un horizonte nuevo, me hará saltar hacia el misterio de la fe, me ayudará a romper con el egoísmo, empezaré la aventura del amor.

 

Comentarios al autor  P Fernando Pascual LC

 

Fidelidad como amor continuado

La fidelidad es la respuesta del auténtico enamorado, que sabe unirse a Cristo, Hijo del Padre y Salvador del mundo.

Por: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net

Ser fieles tiene sentido desde el amor y para amor. Porque la fidelidad no es simplemente seguir adelante en unos propósitos concretos: eso puede ser cabezonería. La verdadera fidelidad surge cuando existe un amor continuado.

Ese amor, en ocasiones, sufre heridas. En todos los seres humanos está agazapado un mal que nos lleva al egoísmo, a la avaricia, a la desgana, a la tibieza. Por eso caemos tantas veces en el pecado.

Pero el amor verdadero pide perdón, se levanta, reconstruye lazos, vuelve incluso con más entusiasmo a entregarse. Porque el ser amado lo merece todo, y porque la vida verdaderamente hermosa es la que mantiene encendida la llama del amor.

En un mundo lleno de divorcios, de traiciones, de engaños, de fraudes, de pseudoamores frágiles e inconstantes, produce una gran alegría encontrar esposos fieles, sacerdotes generosos, profesionistas que afrontan seriamente sus deberes de cada día.

Cristo alabó la hermosa virtud de la fidelidad, en lo pequeño y en lo grande. “¡Bien, siervo bueno y fiel!; en lo poco has sido fiel, al frente de lo mucho te pondré…” (cf. Mt 25,21). “Al vencedor, al que se mantenga fiel a mis obras hasta el fin, le daré poder sobre las naciones” (Ap 2,26).

Desde la fidelidad surge el testimonio: “La fidelidad de los bautizados es una condición primordial para el anuncio del Evangelio y para la misión de la Iglesia en el mundo” (“Catecismo de la Iglesia Católica”, n. 2044). Solo si somos fieles seremos creíbles.

La fidelidad, en definitiva, es la respuesta del auténtico enamorado, que sabe unirse a Cristo, Hijo del Padre y Salvador del mundo, para permitir que nuestro tiempo sea transformado por un torrente de esperanza, de belleza y de amor perenne y contagioso.

 

Comentarios al autor P. Fernando Pascual LC