La fe mueve montañas

Si crees en la fe, un día no muy lejano serás libre de viejas cadenas que nunca pensaste superar.

Por: P. Mariano de Blas LC | Fuente: Catholic.net

 
Siempre que tuviste fe como un grano de mostaza, se realizaron las cosas. Tuviste que adiestrarte en el arte de creer lo imposible. La corta experiencia adquirida te lanza a creer con fuerza aun mayor en el porvenir. La fe funciona.

Debes aplicar esta fe curativa a tus enfermedades del cuerpo y del alma, para sentirte sano.

Debes lanzar tu fe como catapulta contra tus temores y problemas hasta pulverizarlos.

Debes creer en tus metas, creer en tu santidad, creer en tu nada unida a Cristo. Busca sorpresas, revoluciones dentro de ti y a tu alrededor. Aplasta tus pensamientos viejos, todos los ‘no sé’, ‘no puedo’, ‘es imposible’ con el mazo de tu nueva fe.

Está por comenzar un nuevo día con sus problemas, incógnitas y retos; los temores viejos andan inquietos, se agarran a la presa y no la quieren soltar, pero la fe es más fuerte que el miedo.

Si crees en la fe, un día no muy lejano te verás libre de viejas cadenas que nunca pensaste superar. El hombre nuevo abre brecha en tu espíritu con fuerza imbatible; cree en ese hombre nuevo que está emergiendo de las cenizas.

La fe mueve montañas, pero sólo las que uno se atreve a mover.

 

 

 

 

Esperanza ante lo difícil

Tras la tristeza del Gólgota viene la alegría de la Pascua. Esa es la gran esperanza que tenemos los cristianos que caminamos entre luces y sombras.

Por: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net

La esperanza “sirve” sobre todo cuando el corazón tiene ante sí dificultades y pruebas de importancia.

Lo fácil no es objeto de esperanza, porque sabemos que está a la mano, que se consigue en seguida, que las puertas están abiertas, que el espíritu y el cuerpo tienen la energía necesaria para alcanzar la meta.

Pero cuando vemos el objetivo rodeado de dificultades, cuando tocamos nuestra propia debilidad, cuando percibimos la acción de personas o de circunstancias que hacen difícil y lejano el triunfo, es cuando más necesitamos la virtud de la esperanza.

En la vida humana miles de deseos están acompañados por una auténtica nube de obstáculos. En ocasiones, el modo de pensar “realista” nos lleva a reconocer que es casi imposible dar un paso adelante, que no vale la pena seguir en la lucha por algo inalcanzable. En otras ocasiones, con un mayor esfuerzo, con un poco (o con un mucho de esperanza) seríamos capaces de reavivar la voluntad y reunir energías para seguir en la lucha por conquistar algo bueno y noble que merece lo mejor de nuestra vida.

La sociedad necesita corazones que no se rindan ante las pruebas, que no se acobarden ante los reproches, que no se hundan entre lamentaciones y “quisieras” sin decisiones concretas. El mundo necesita hombres y mujeres con una esperanza ardiente, llena de luz, llena de valentía, que sepan mirar más allá de las dificultades para renovar la lucha, a pesar de las heridas que la batalla va dejando en la propia carne.

Desde la fe cristiana, sabemos que la meta verdadera y feliz a la que todo ser humano es invitado se llama Dios, que es Padre y Redentor. Y porque reconocemos que el Hijo de Dios quiso pasar por el dolor humano, tomó nuestra carne débil y sufriente, recorrió nuestros caminos polvorientos y sintió la sed tras la larga marcha de la vida, también sabemos que la esperanza cuenta con el mejor de los Amigos, de los aliados, de los compañeros.

No somos peregrinos ilusos que van tras un espejismo de engaños. Somos bautizados tocados por una Cruz que no fue la última página de la historia, sino el culmen del Amor bañado de esperanza.

Tras la tristeza del Gólgota viene la alegría de la Pascua. Esa es la gran esperanza que tenemos los cristianos, por la que caminamos entre luces y sombras, entre obstáculos y caídas.

Los ojos del alma miran hacia el frente, llenos de esperanza. Descubren así un horizonte en el que brilla la aurora que nos invita a dar nuevos pasos en la lucha por el bien, por la verdad, por la justicia, por el amor eterno.

 

 

 

 

De la fe al amor

En muchos corazones se vive una crisis de amor. No hay capacidad de darse, de pensar en los demás, de salir de uno mismo para servir, para dar.

Por: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net

 

 
San Agustín decía que cuando uno se aparta de la fe se aleja de la caridad, pues no podemos amar lo que no sabemos si existe o no existe. En otras palabras, desde la fe reconocemos y aceptamos a otros en su bondad, en sus valores y riquezas personales, y sólo a partir de esta aceptación podemos amarlos (cf. De doctrina christiana I, 37, 41).

En muchos corazones se vive una crisis de amor. No hay capacidad de darse, de pensar en los demás, de salir de uno mismo para servir, para dar. Esta crisis de amor es consecuencia de una crisis de fe. Quizá nos faltan ojos para descubrir en cada hombre, en cada mujer, la presencia del Amor de Dios, un Amor que dignifica cualquier existencia humana.

Es verdad que algunas malas experiencias en el trato con otros nos hacen desconfiados, precavidos, “prudentes”. No resulta nada fácil ofrecer nuestro tiempo o nuestro afecto a alguien que nos puede engañar o tal vez podría llegar a darnos una puñalada por la espalda. Pero más allá de esos puntos negros que nos hacen desconfiados ante los extraños, existe la posibilidad de renovar la fe y de abrir ventanas al mucho bien presente en los otros.

Además, cientos de hombres y mujeres que caminan a nuestro lado nos miran con fe, con afecto, confían en nosotros. A veces lo hacen por encima de algunas faltas que hayamos podido cometer contra ellos. Su mirada nos dignifica, nos hace redescubrir esos valores que hay en nosotros, ese amor que Dios nos tiene, también cuando somos pecadores. ¿No vino Cristo a buscar a la oveja perdida? ¿No hay fiesta en el cielo por cada hijo lejano que vuelve a casa?

Hemos de pedir, cada día, el don de la fe. Una fe que nos permita crecer en el amor. Una fe que sea entrega, lucha, alegría, a pesar de los fracasos. Fe en el esposo o la esposa, fe en los hijos, fe en el socio de trabajo, fe en quien busca romper el ciclo de la corrupción con un poco de honradez. Hay que renovar esa fe que nos lleve a crecer en el amor.

Es cierto que en el cielo ya no hará falta tener fe. Pero ahora, mientras estamos de camino, la fe nos hace mirar más allá, más lejos, más dentro. Nos permite vislumbrar que el amor es más fuerte que el pecado y las miserias de los hombres. Nos permite entrar en un mundo de bondades que hacen la vida hermosa y que nos preparan para recibir el don del paraíso, el don del amor eterno del Dios Padre nuestro.

 

 

 

 

 

Una fe que cambia el mundo

Habrá que dejar lo malo, esa “nada” que ahoga y destruye, que encierra y que atemoriza; para optar por lo bueno, lo bello, noble y justo.

Por: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net

 
Nos quejamos de que el mundo está mal. Matrimonios que naufragan, abortos que destruyen a miles de hijos y a miles de madres, pobreza que amordaza y mata las ilusiones y los cuerpos, opresión de dictaduras sutiles o manifiestas, mentiras que dominan las conciencias anestesiadas en los mal llamados países desarrollados.

¿Existe una fórmula sencilla, clara, aplicable, para cambiar el mundo? ¿Podemos emprender un camino que rompa con esta situación de injusticias, de pecados, de egoísmo, de cansancio y desesperanza?

No hay fórmulas mágicas para controlar la libertad humana. Sólo existen verdades que, acogidas seriamente, provocan una revolución en los corazones y en las sociedades.

La verdad más importante, la más profunda, la más completa, está en Dios y en su amor hacia el hombre. Sólo cuando abrimos los corazones a Cristo, sólo cuando acogemos su Evangelio, sólo cuando le dejamos iluminar nuestras sociedades, nuestra historia, el mundo avanza en el camino hacia la salvación, hacia la justicia, hacia la paz.

Es entonces cuando la fe ilumina la propia vida. Dejamos las tinieblas y pasamos a la luz. Nos dejamos coger por Cristo, y despertamos. “Despierta tú que duermes, y levántate de entre los muertos, y te iluminará Cristo” (Ef 5,14).

Es entonces cuando tomamos en serio a Cristo y lo acogemos plenamente, sin miedo. Desde la voz de Juan Pablo II y de Benedicto XVI, nos llega la invitación a quitar miedos: “ ¡No tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo. Quien se da a Él, recibe el ciento por uno. Sí, abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo, y encontraréis la verdadera vida” (Benedicto XVI, 24 de abril de 2005).

Habrá que dejar lo malo, esa “nada” que ahoga y destruye, que encierra y que atemoriza. Pero será para optar por lo bueno, por lo bello, por lo noble, por lo justo.

Entonces empezaremos a vivir “en Cristo”, desde una fe que provoca reformas, que lleva a la auténtica revolución, la de tantos santos que, como explicaba Benedicto XVI a miles de jóvenes, “son los verdaderos reformadores. Ahora quisiera expresarlo de manera más radical aún: sólo de los santos, sólo de Dios, proviene la verdadera revolución, el cambio decisivo del mundo” (20 de agosto de 2005).

 

 

 

 

Esa fe que tanto anhelamos

Dios quiere darla a mi corazón, a pesar de mis dudas, de mis caídas, de mis fracasos, si abro mi corazón, si me dejo tocar.

Por: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net

Tienes razón: la fe parece un regalo difícil, que pocos reciben, que resultaría inalcanzable para algunos.

Hay quienes creen con naturalidad, como el pez que nada en el agua. Otros viven en un desierto interior: no encuentran (o no reconocen) señales para saber dónde está el agua, para iniciar el camino que les lleve al encuentro con Dios.

Es cierto que duele vivir sin fe. Pero también es cierto que Dios quiere dar la fe a todos, pues de lo contrario no sería ni justo ni bueno.

La quiere dar a mi corazón, a pesar de mis dudas, de mis caídas, de mis fracasos. La quiere dar al tuyo, al de todos, si nos abrimos, si nos dejamos tocar, si quitamos andamios de racionalismo y empezamos a mirar las cosas con ojos nuevos.

Es fácil decirlo, pero el camino a veces se hace largo. Además, hay tantos obstáculos… El primero, quizá el más difícil, es ese egoísmo que exige agarraderas firmes y satisfacciones inmediatas, cuando la fe me pide que deje lo fácil y lo seguro para empezar un camino hacia lo desconocido, como Abraham, como Moisés, como Elías, como María de Nazaret.

La mentalidad moderna, además, nos dice que la fe pertenece a un mundo superado, a corazones débiles, a personalidades inmaduras y manipulables. En realidad, como explicaban los Padres de la Iglesia, quien renuncia a servir a Dios, el Señor, termina encadenado a muchos “señores” (dinero, alcohol, aplausos, poder, sexo, triunfos profesionales, técnicas psicológicas, medicinas y consultorios, dietas y métodos de relajación).

Al final, uno que deseaba ser independiente, maduro, realizado, acaba por vivir atento a la báscula, a la cuenta del banco, a los niveles de colesterol. Como si todo fuese bueno mientras las cosas están en los cauces que esperamos, y como si todo perdiese su sentido cuando inicia el declive o cuando un golpe de la vida (accidente, crisis económica, fracaso familiar) nos hace descubrir que no éramos invulnerables.

No sé si con estas líneas te pueda abrir un horizonte a la esperanza y un camino para la fe. Estoy seguro de que Dios ya está tras tus huellas, como lo está tras las mías, con un respeto y un cariño que no imaginamos. Porque también Dios, en modos que para nosotros son desconocidos, “espera”, sin límites de lugares, de tiempo, de historias personales.

Te dejo así estas ideas, un poco incompletas y pobres. Estoy seguro de que Dios hará el resto. Rezaré por ti. No dejes de pedir por mí, pues todos somos del mismo barro: tarde o temprano nos llegan momentos de oscuridad y de tristeza, y necesitamos ese apoyo sincero del hermano, del amigo, del compañero de viaje.

El resto, y siempre es lo más importante (es todo), lo hará Dios, en quien creo, en quien espero, a quien amo, con mis heridas y mi flaqueza. Ojalá que pronto lo descubras también tú, y podamos, entonces, decir juntos, pausadamente, “Padre nuestro.

La píldora del optimismo

Lo negativo no puede ocultarnos tantos beneficios y alegrías que rodean nuestra vida cotidiana.

Por: P. Fernando Pascual | Fuente: Catholic.net

El desayuno estuvo frío. El día amaneció nublado. El coche no arrancó bien. Nos paró un policía. En el trabajo nos pusieron varias zancadillas. Y al llegar a casa la esposa o el esposo nos regañó porque hicimos un raspón en la mesa del abuelo…

Momentos malos todos los tenemos. Momentos peores también, pues a veces parece que todo lo malo viene junto, como si se tratase de una granizada de verano. Y entonces uno puede pensar que no está hecho para la vida, que nació en un día equivocado para una ciudad ingrata y entre hombres odiosos…

Puede ser que algún médico o empresa farmacéutica anuncie la existencia de “píldoras contra el pesimismo”. Pero es seguro de que hay personas que resisten las pruebas más inimaginables con una sonrisa de esperanza, y otras que se deshinchan apenas se enfila en su jornada una piedrita en el zapato o una mancha de tinta en el traje. ¿Qué distingue a unos y a otros? Una dosis de optimismo, que es como el prisma que cambia los colores y encuentra luces donde antes sólo se veían tinieblas y amarguras.

Alguien dijo que un pesimista es un optimista bien informado. Podríamos invertir la frase y decir que un optimista es un pesimista bien informado… Y es que el sucederse en cascada de hechos que nos contrarían no debería quitarnos los ojos de tantos y tantos beneficios y alegrías que rodean nuestra existencia cotidiana.

Me ha regañado mi esposo o mi esposa. ¿Pero no es de verdad hermoso saber que nos sigue amando, a pesar de todo? El desayuno estuvo frío, ¡pero tuve algo para comer, mientras que otros..! El día amaneció gris como la muerte, pero detrás de las nubes brilla el sol de los caprichos y quemaduras de verano, y en la noche siguen tintineando, en giros misteriosos e imprecisos, miles de estrellas que ni siquiera ponemos vislumbrar con los mejores telescopios de Estados Unidos… Cada momento “oscuro” de nuestra vida no es sino el negativo de una fotografía hermosísima que va escribiendo cada aventura humana.

Ahora que vivimos en el mundo de la “medicina de los deseos”, habrá quien anuncie algún día una esperada “píldora del optimismo”. Mientras llegue al mercado, tenemos todos los días la posibilidad de descubrir, tras los pliegues del telón de la existencia, la luz y el amor que dan sentido al dolor, al cáncer, la traición y los impuestos. Dios sigue, entre bastidores, con un amor que ilumina todo con una luz nueva. Para eso, hace 2000 años, Cristo vino al mundo. Por eso, desde que murió en la cruz, el dolor ha empezado a ser fuente de vida. Esta verdad es la fuente del optimismo cristiano. ¿Nos hemos dejado entusiasmar por esta certeza?

Preguntas o comentarios al autor

Cómo ofrecer el Evangelio

El mundo ha levantado mil barreras al Evangelio. No tienen ni tiempo ni deseos de escuchar la noticia que cambia: Cristo me amó y se entregó a sí mismo por mí.

Por: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net

La fe surge desde el don de Dios y desde la libertad de cada uno. No puede ser impuesta, ni se consigue por los méritos personales. No se gana como un premio, ni se conserva gracias a las cualidades que uno tenga.

La fe, además, es dinámica. No podemos acoger un regalo tan grande sin sentir, dentro del alma, el deseo de compartirlo a otros. Quisiéramos que familiares, amigos, compañeros de trabajo, personas que conocemos, puedan abrir sus corazones, encontrar a Cristo, recibir el don de Dios, dar un sí que les introduzca en la familia de los creyentes. De este modo, llegarán a ser parte del Cuerpo de Cristo, de la Iglesia.

Pero el mundo ha levantado mil barreras al Evangelio. Unos simplemente no tienen ni tiempo ni deseos de escuchar la noticia que cambia: Cristo me amó y se entregó a sí mismo por mí (cf. Ga 2,20). Otros están aturdidos por los placeres, por las riquezas, por las preocupaciones de este mundo (cf. Lc 8,14).

Otros tienen miedo: miedo a ser ridiculizados, relegados, criticados, incluso despedidos y castigados (cf. Lc 8,13). Para evitar problemas en este breve tiempo dejan de lado el ofrecimiento más importante: el bautismo que salva (cf. 1Pe 3,21).

Mientras, el tesoro sigue escondido en un campo, la perla no ha sido descubierta (cf. Mt 13,44-46). Miles de corazones siguen tras placeres de espejismo, tras drogas para los corazones o para los cuerpos. Se dejan atrapar por la avaricia o la soberbia.

¿Cómo podemos ofrecer el Evangelio? ¿Cómo conseguir que la luz que ilumina a todo hombre llegue a más corazones (cf. Jn 1,9)?

Ante nuestra pequeñez, ante la gran cantidad de dificultades, sentimos la urgencia de rezar a Dios para pedirle que nos haga mensajeros convencidos, enamorados, coherentes, de su Evangelio. Para suplicarle que nos permita hablar con nuestros actos, con nuestra integridad, con nuestra alegría, con nuestra justicia. Para que nos dé fuerzas para que el amor esté siempre encendido, como lámpara que brilla sobre los techos (cf. Mt 5,15-16).

Así será posible que pronto, muy pronto, otros hombres y mujeres puedan confesar que Cristo Jesús es el Señor, para gloria de Dios Padre (cf. Flp 2,11).

La vida de fe, una gran aventura

La vida cristiana es una vida apasionante, de retos imposibles que sólo son posibles de lograr con la ayuda de un Dios todopoderoso

Por: Maleni Grider | Fuente: ACC – Agencia de Contenido Católico

Llámame y te responderé; te mostraré cosas grandes y secretas que tú no conoces.

Jeremías 33:3

Es del dominio público que hay que tener un propósito en la vida, una causa, un proyecto, una pasión, un rumbo específico, a fin de vivir una vida plena, no inútil y sin sentido. De modo que algunos se dedican al arte, otros a la política, otros a deportes extremos, otros a la acción social, otros a la ecología, otros a escribir libros, otros a la familia, etcétera.

Pero hay una clase de personas que han decidido encontrar el propósito divino para su vida, más allá del propósito humano, terrenal. La Biblia, desde su primer libro (el Génesis) está lleno de historias y ejemplos de gente que estuvo en contacto con Dios, bajo diferentes empresas o circunstancias, quienes tuvieron vidas apasionantes, con un propósito eterno cuyo legado persiste hasta nuestros días. El cristianismo es la continuación y culminación de todo ello.

Si bien, en el Antiguo Testamento, todavía Cristo no estaba presente, el plan de Dios ya estaba trazado desde el principio, y fue anunciado a la humanidad a través de los profetas (mayores y menores) de las Escrituras. El Espíritu Santo ya coexistía con el Padre y con el Hijo en las regiones celestes, como una Trinidad.

Adán, Noé, Moisés, Abraham, Josué, David, Salomón, Daniel, Ruth, Isaías, Jeremías, Ezequiel, Juan el Bautista, Pedro, Pablo, Juan, María y José, María Magdalena, etcétera, son personajes cuyas historias nos impactan cuando leemos la Biblia. En general, la gente que no conoce las Escrituras ni la vida cristiana, piensa que es un libro simplemente histórico, referencial, genealógico y doctrinal. La Biblia es todo eso y más, pero mucho más allá de todo eso la Biblia es la fuente principal de revelación de Dios al hombre, junto con el Espíritu Santo que nos enseña todas las cosas.

La vida cristiana es una vida apasionante, de retos imposibles que sólo son posibles de lograr con la ayuda de un Dios todopoderoso, cuyo amor es inconmensurable, quien entregó lo que más amaba: a su Hijo unigénito, para darnos redención. La vida cristiana para muchos puede parecer absurda, o pueden tener una idea de que la santidad es algo aburrido, una pérdida de tiempo o algo fanático, irracional y fantasioso.

Pero la vida de santidad es una vida llena de exigencias y retos cada día, en donde negarnos a nosotros mismos, a los deseos de la carne y la renuncia al pecado son la meta y la prioridad, a fin de poder permanecer en comunión con el Creador, y con Jesús, nuestro Maestro y Salvador, quien nos dijo que permaneciéramos junto a Él pues lejos de Él nada podemos hacer. La vida cristiana tiene como propósito el amor, la expansión del evangelio, el establecimiento de la paz, la restauración de vidas perdidas, la sanidad de los enfermos, la reconstrucción de familias, la salvación de las almas, la justicia divina en la tierra, la vida de plenitud. No sé si pueda existir algo más importante que eso.

Puede parecer una utopía bajo la opinión y la visión social. Pero es una realidad tan clara para quienes la vivimos, que sólo puede explicarse como una vida sobrenatural, de total dependencia en Dios. La humildad, la renuncia a los placeres del mundo, el sacrificio y el servicio a los demás son el propósito medular de los creyentes verdaderos, aquellos que lo han dejado todo para tomar la cruz y seguir a Cristo.

Hay gozo, pasión, plenitud, milagros, pero también hay dolor, sacrificio, persecución en la vida cristiana. Sin embargo, ésta es una vida llena de sentido porque nos transforma de manera individual, primeramente. Y luego nos lleva al servicio a los demás, a dar nuestra vida no sólo por una meta personal y egoísta, sino por una causa comunitaria, compasiva, constructiva, donde el amor es el motor y el amor es algo que provoca milagros inimaginables.

Una vez escuché a alguien decir que aún en el supuesto de que el cristianismo fuera un “cuento”, como muchos creen, no se imaginaba poder tener una vida mejor o más plena que seguir a Jesucristo. Yo apenas comenzaba a andar en este camino. Treinta y tres años después puedo decir que tenía toda la razón: la vida cristiana es una vida que vale la pena vivir, y no puede haber otra más intensa, llena de sentido y fruto que ésta.

Si tuvieran fe, nada sería imposible

Mateo 17, 14-20. Tiempo Ordinario. La fe, aunque es un don de Dios, debe crecer y fortalecerse con nuestra colaboración.

Por: P . Clemente González | Fuente: Catholic.net

Del santo Evangelio según san Mateo 17, 14-20
En aquel tiempo, se acercó a Jesús un hombre, que le dijo de rodillas: Señor, ten compasión de mi hijo, que tiene epilepsia y le dan ataques: muchas veces se cae en el fuego o en el agua. Se lo he traído a tus discípulos, y no han sido capaces de curarlo. Jesús contestó: ¡Gente sin fe y perversa! ¿Hasta cuándo os tendré que soportar? Traédmelo. Jesús increpó al demonio, y salió; en aquel momento se curó el niño. Los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron, aparte: ¿Y por qué no pudimos echarlo nosotros? Les contestó: Por vuestra poca fe. Os aseguro que, si fuera vuestra fe como un grano de mostaza, le diríais a aquella montaña que viniera aquí, y vendría. Nada os sería imposible.

Oración introductoria
Señor, me falta fe… para ser perseverante en mi oración, para amar mejor a los demás, para ser fiel a mi misión. Inicio mi oración haciendo silencio en mi corazón; no un silencio vacío, sino lleno de esperanza al estar ante ti, poniéndome humildemente ante tu presencia, con la seguridad que por el gran amor que me tienes, fortalecerás mi fe.

Petición
Jesús, dame la gracia de asimilar que la verdadera oración consiste en unir mi voluntad a la de Dios.

Meditación del Papa Francisco

La liturgia del día presenta el pasaje del evangelio en el que los discípulos no pueden curar a un niño; debe intervenir el mismo Jesús que se queja de la falta de fe de los presentes; y al padre del niño que pide ayuda le dice que todo es posible para el que cree.

Los que quieren amar a Jesús, a menudo no arriesgan demasiado en la fe y no se confían totalmente a Él. Pero ¿por qué esta falta de fe? Creo que es el corazón, que no se abre, el corazón cerrado, el corazón que quiere tener todo bajo control.

Es un corazón, por lo tanto, que no se abre, que no le da el control de las cosas a Jesús, y cuando los discípulos le preguntan por qué no podían sanar al joven, el Señor dice que aquella especie de demonios no pueden ser expulsados por nada, excepto por la oración.

Todos nosotros tenemos un poco de incredulidad en el interior. Es necesaria una oración fuerte, y esta oración humilde y fuerte hace que Jesús pueda hacer el milagro. La oración para pedir un milagro, para pedir una acción extraordinaria, debe ser una oración que involucre, que nos involucre a todos. (Cf Homilía de S.S. Francisco, 20 de mayo de 201, en Santa Marta).

Reflexión
Se puso de rodillas. ¿Te imaginas a un padre de familia, desesperado, poniéndose de rodillas delante de alguien que aparentemente es un hombre como los demás? ¿Qué le movió a hacerlo? El amor a su hijo.

Primero lo había intentado con los discípulos, pero ellos no pudieron curar al chico de los ataques de epilepsia. Luego ve al Señor, se acerca y cae de rodillas ante Él. No tiene ninguna vergüenza. No le importa lo que digan de él. Únicamente busca el bien de aquel a quien ama.
Jesús, conociendo el amor que brotaba del corazón de ese hombre, curó al hijo.

Por su parte, los discípulos no entendían en qué habían fallado. Jesús les respondió que les faltaba fe. No dice que no tienen fe, sino que aún es muy pequeña.

La fe, aunque es un don de Dios, debe crecer y fortalecerse con nuestra colaboración. Es como ir a un gimnasio: al levantar las pesas una y otra vez, nuestros músculos se desarrollan. La fe también debe ejercitarse, ponerse a prueba, alimentarse. Si nos conformamos con la fe que teníamos a los diez años, cuando hicimos la primera comunión, es lógico que nuestro “músculo” espiritual esté raquítico.

Necesitamos una fe adulta, resistente, alimentada con las lecturas adecuadas, con la oración diaria, con los sacramentos y con todo aquello que nos ayude a fortalecerla.

Propósito
Rezar con mucha fe, diariamente, la oración a mi ángel custodio

Diálogo con Cristo
El ingrediente secreto para tener éxito en cualquier cosa es la fe. No es necesario nada más. Jesús, ahora veo que la oración no es opcional, sino que es el medio por el cual podemos crecer en la fe. Sólo quien reza, es decir, quien confía en Dios, con un amor filial, puede sanarse a sí mismo y a los demás.

Jesús cura a los enfermos por su fe

Jesús cura a los enfermos por su fe

Por: H. Laureano López | Fuente: Catholic.net

Del  santo Evangelio según san Marcos 5, 21-43
Jesús pasó de nuevo en la barca a la otra orilla y se aglomeró junto a él mucha gente; él estaba a la orilla del mar. Llega uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo, y al verle, cae a sus pies, y le suplica con insistencia diciendo: «Mi hija está a punto de morir; ven, impón tus manos sobre ella, para que se salve y viva». Y se fue con él.
Le seguía un gran gentío que le oprimía. Entonces, una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años, y que había sufrido mucho con muchos médicos y había gastado todos sus bienes sin provecho alguno, antes bien, yendo a peor, habiendo oído lo que se decía de Jesús, se acercó por detrás entre la gente y tocó su manto. Pues decía: «Si logro tocar aunque sólo sea sus vestidos, me salvaré». Inmediatamente se le secó la fuente de sangre y sintió en su cuerpo que quedaba sana del mal. Al instante, Jesús, dándose cuenta de la fuerza que había salido de él, se volvió entre la gente y decía: «¿Quién me ha tocado los vestidos?» Sus discípulos le contestaron: «Estás viendo que la gente te oprime y preguntas: “¿Quién me ha tocado?”». Pero él miraba a su alrededor para descubrir a la que lo había hecho. Entonces, la mujer, viendo lo que le había sucedido, se acercó atemorizada y temblorosa, se postró ante él y le contó toda la verdad. El le dijo: «Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y queda curada de tu enfermedad».
Mientras estaba hablando llegan de la casa del jefe de la sinagoga unos diciendo: «Tu hija ha muerto; ¿a qué molestar ya al Maestro?» Jesús que oyó lo que habían dicho, dice al jefe de la sinagoga: «No temas; solamente ten fe». Y no permitió que nadie le acompañara, a no ser Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Llegan a la casa del jefe de la sinagoga y observa el alboroto, unos que lloraban y otros que daban grandes alaridos. Entra y les dice: «¿Por qué alborotáis y lloráis? La niña no ha muerto; está dormida». Y se burlaban de él. Pero él después de echar fuera a todos, toma consigo al padre de la niña, a la madre y a los suyos, y entra donde estaba la niña. Y tomando la mano de la niña, le dice: «Talitá kum», que quiere decir: «Muchacha, a ti te digo, levántate». La muchacha se levantó al instante y se puso a andar, pues tenía doce años. Quedaron fuera de sí, llenos de estupor. Y les insistió mucho en que nadie lo supiera; y les dijo que le dieran a ella de comer.

Oración introductoria
Jesús, gracias porque te has hecho hombre y has querido venir al mundo para curar nuestras dolencias y sanar nuestras almas. Señor, alivia nuestras enfermedades, las de nuestros padres, familias y amigos. Te ofrezco esta meditación por todos aquellos que sufren, especialmente por los que no te conocen o no creen en tu poder sanador. Dios mío, aumenta mi fe para que Tú puedas entrar en mi corazón y curarme de todas mis enfermedades.

Petición
Señor, aumenta mi fe para que te conozca más en profundidad y te ame con más fuerza.

Meditación del Papa Francisco

Tampoco dudó en alertar de que incluso en el corazón del hombre de fe se alberga “algo de incredulidad”. El relato del evangelio de Marcos, dio pie al Papa Francisco para subrayar que los milagros siguen existiendo, pero para consentir al Señor que los realice es necesaria una oración valiente, capaz de superar esa incredulidad, con una oración que debe “poner la carne en el asador”, implicar nuestra persona y comprometer toda nuestra vida.» (L’Osservatore Romano, 20 de mayo 2013).

Una oración valiente, que lucha por conseguir tal milagro; no esas oraciones gentiles: ´Ah, voy a orar por ti´, y digo un Padre Nuestro, un Ave María y me olvido. No, sino una la oración valerosa, como la de Abraham, que luchaba con el Señor para salvar la ciudad, como la de Moisés, que tenía las manos en alto y se cansaba, orando al Señor; como la de muchas personas, de tantas personas que tienen fe y con la fe oran y oran. La oración hace milagros, ¡pero tenemos que creer! Creo que podemos hacer una hermosa oración… y decirla hoy, todo el día: «Señor, creo, ayúdame en mi incredulidad»…y cuando nos piden que oremos por tanta gente que sufre en las guerras, por todos los refugiados, por todos aquellos dramas que hay en este momento, rezar, pero con el corazón al Señor: «¡Hazlo!», y decirle: «Señor, yo creo. Ayúdame en mi incredulidad» Hagamos esto hoy. (Cf Homilía de S.S. Francisco, 20 de mayo de 2013, en Santa Marta).

Reflexión
La virtud de la fe es la llave que abre el corazón de Cristo que arde por derramar todas sus gracias sobre nosotros. Esforcémonos particularmente por acrecentar en nuestra vida esta virtud, pues Dios ha querido que le pidamos todo lo que necesitamos con fe y confianza. Transmitamos en nuestra familia esta actitud de fe, sobre todo cuando nos enfrentemos ante el sufrimiento físico o moral de un ser querido.

Propósito
Al iniciar las actividades del día haré un acto sincero de fe en Dios diciendo: “Creo en ti, Dios mío!”

Diálogo con Cristo

Jesús, me acerco a ti porque quiero tocarte con lo más profundo de mi alma para ser sanado. Sé que puedes curarme de todas mis enfermedades, sobre todo las del alma, pues tú has venido a traernos la salvación y el perdón de los pecados. Ayúdame a incrementar mi fe, con la oración, para poder acercarme más a ti con un corazón sencillo y abierto a tus dones.

“El Evangelio no es solamente una comunicación de cosas que se pueden saber, sino una comunicación que comporta hechos y cambia la vida”
( Benedicto XVI, Spe Salvi, n. 2)