Sobre la vida y la muerte.

En la vida hay dos palabras importantes: amor y muerte.

Por: P. Llucià Pou Sabaté | Fuente: Catholic.net

El mes de noviembre, con el caer de las hojas y el sentido del otoño, nos recuerda que todo se acaba. Precisamente noviembre es el mes de los difuntos. Pero ¿qué es la muerte? Algunos dicen que no existe, que es algo sin consistencia. En cierta forma, no es más que la ausencia de vida, y por tanto sólo es, sólo tiene sentido, en relación con la vida. Jorge Manrique decía aquel “nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar que es el morir”. Pero en realidad, no hay que aprender a morir sino a vivir, a vivir a gusto, y así se morirá uno a gusto. Parece que en el mundo de hoy no se quiere hacer referencia a esta verdad. “Hablemos de cosas agradables…” y queremos alargar la vida, sin pensar en la muerte, con lo cual se convierte en un “tabú”, es decir al quererlo olvidar se aumenta el miedo, no se hace más que aumentar el trauma, y al quitar el sentido de la muerte en el fondo estamos quitando el sentido de la vida. Sustituimos la palabra por otras más dulces, aunque también son formas bonitas de decir que reflejan la realidad del más allá: “nos ha dejado”, “se ha dormido en el Señor”…

La fe hace cantar a Joan Maragall: “Sia´m la mort una major naixença” (“sea la muerte para mí un nacimiento más alto”). Esto nos hace dar un paso que parece un salto en el vacío: dicen que la fe embellece la muerte y la hace dulce, alegre, preciosa y deseable si se despoja de toda idea de destrucción, que tan espantosa la hace a la mayoría de los hombres. Vista así, no hay que maquillar esos momentos de la vida. A. Pou, monje de Montserrat, dice: “la fe no es una anestesia contra el dolor de la separación de quienes amamos. La fe, sin embargo, es capaz de convertir la percepción de la realidad que vivimos, que a menudo es trágica, desesperante y sin sentido, en una visión dramática de la vida: ‘Es dura esta situación por la que paso, pero no es la última palabra de la realidad. Recobraré la esperanza, el aliento y las ganas de vivir…, porque tengo a alguien que está siempre a mi lado, Jesucristo, la razón de mi vivir y de mi morir y la persona que me ayudará a superarlo’”. No se trata de un camino de superación del dolor, sino la conciencia de que –dentro del misterio- todo tendrá un sentido. Y no se trata de un consejo piadoso o de algo marginal, sino que pertenece al centro de la fe cristiana, como dice S. Pablo: Dios resucitó a Jesús, y “si es cierto que los muertos no resucitan, Dios no ha podido resucitarlo. Porque si los muertos no resucitan, Cristo no ha resucitado tampoco” (1 Cor 15,15).

En la vida hay dos palabras importantes: amor y muerte. “Es fuerte el amor como la muerte”, dice la Escritura, y comenta Balduino de Cantorbery: “Es fuerte la muerte, que puede privarnos del don de la vida. Es fuerte el amor, que puede restituirnos a una vida mejor. Es fuerte la muerte, que tiene poder para desposeernos de los despojos de este cuerpo. Es fuerte el amor, que tiene poder para arrebatar a la muerte su presa y devolvérnosla. Es fuerte la muerte, a la que nadie puede resistir. Es fuerte el amor, capaz de vencerla, de embotar su aguijón, de reprimir sus embates, de confundir su victoria”. En el fondo, el amor es la vida, la muerte es la ausencia de vivir, pero hay gente que vive sin amor, y entonces no vive, y es que el amor es la esencia de la vida, y donde no hay amor hay muerte, y donde hay amor no hay muerte aunque uno se muera.

Nos dejó Teresa de Ávila aquellas palabras que dan paz: “nada te turbe, nada te espante. Todo se pasa. La paciencia todo lo alcanza. Dios no se muda. Quien a Dios tiene nada le falta. Sólo Dios basta”. Pues, como dice san Juan de la Cruz, hay una sed de infinito que no se calma por mucha hermosura sino por un no sé qué que se tiene por ventura, toda miel es algo finito, no es eso lo que hay que buscar, ya que al fin cansa el apetito y empalaga el paladar. El río de la vida es camino de eternidad, y podemos decir: “Mis días se van río abajo, salidos de mí hacia el mar, como las ondas iguales y distintas (siempre) de la corriente de mi vida: sangres y sueños. / Pero yo, río en conciencia, sé que siempre me estoy volviendo a mi fuente” (Juan Ramón Jimenez).

 

 
Imagen: Surmedia

 

Esperanza ante lo difícil

Tras la tristeza del Gólgota viene la alegría de la Pascua. Esa es la gran esperanza que tenemos los cristianos que caminamos entre luces y sombras.

Por: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net

La esperanza “sirve” sobre todo cuando el corazón tiene ante sí dificultades y pruebas de importancia.

Lo fácil no es objeto de esperanza, porque sabemos que está a la mano, que se consigue en seguida, que las puertas están abiertas, que el espíritu y el cuerpo tienen la energía necesaria para alcanzar la meta.

Pero cuando vemos el objetivo rodeado de dificultades, cuando tocamos nuestra propia debilidad, cuando percibimos la acción de personas o de circunstancias que hacen difícil y lejano el triunfo, es cuando más necesitamos la virtud de la esperanza.

En la vida humana miles de deseos están acompañados por una auténtica nube de obstáculos. En ocasiones, el modo de pensar “realista” nos lleva a reconocer que es casi imposible dar un paso adelante, que no vale la pena seguir en la lucha por algo inalcanzable. En otras ocasiones, con un mayor esfuerzo, con un poco (o con un mucho de esperanza) seríamos capaces de reavivar la voluntad y reunir energías para seguir en la lucha por conquistar algo bueno y noble que merece lo mejor de nuestra vida.

La sociedad necesita corazones que no se rindan ante las pruebas, que no se acobarden ante los reproches, que no se hundan entre lamentaciones y “quisieras” sin decisiones concretas. El mundo necesita hombres y mujeres con una esperanza ardiente, llena de luz, llena de valentía, que sepan mirar más allá de las dificultades para renovar la lucha, a pesar de las heridas que la batalla va dejando en la propia carne.

Desde la fe cristiana, sabemos que la meta verdadera y feliz a la que todo ser humano es invitado se llama Dios, que es Padre y Redentor. Y porque reconocemos que el Hijo de Dios quiso pasar por el dolor humano, tomó nuestra carne débil y sufriente, recorrió nuestros caminos polvorientos y sintió la sed tras la larga marcha de la vida, también sabemos que la esperanza cuenta con el mejor de los Amigos, de los aliados, de los compañeros.

No somos peregrinos ilusos que van tras un espejismo de engaños. Somos bautizados tocados por una Cruz que no fue la última página de la historia, sino el culmen del Amor bañado de esperanza.

Tras la tristeza del Gólgota viene la alegría de la Pascua. Esa es la gran esperanza que tenemos los cristianos, por la que caminamos entre luces y sombras, entre obstáculos y caídas.

Los ojos del alma miran hacia el frente, llenos de esperanza. Descubren así un horizonte en el que brilla la aurora que nos invita a dar nuevos pasos en la lucha por el bien, por la verdad, por la justicia, por el amor eterno.

 

 

 

 

Poder compartir, poder escuchar

Es hermoso encontrar a alguien dispuesto a acogernos. Como también es hermoso aprender nosotros mismos a escuchar a otros

Por: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net

Llevamos en el corazón recuerdos, experiencias, reflexiones, ideas profundas o pensamientos ordinarios, sin importancia.

Algunos recuerdos nos permiten evocar hechos sencillos, alegres, cotidianos. Otros nos hacen suspirar por la juventud que se aleja, por aquellas esperanzas destruidas, por sueños nunca realizados. Otros provocan nuestra sonrisa, ante hechos simpáticos o ante triunfos maravillosos. Otros preferiríamos no tener que recordarlos, no haber pasado por días o meses de dolor, de pena, de enfermedad, de fracasos.

Tantas experiencias están allí, en lo más íntimo del alma. Quisiéramos, a veces, compartir parte de esos recuerdos, pues algunos podrían ayudar a quienes nos escuchen, y seguramente también nosotros mismos nos beneficiaríamos al compartir hechos del pasado.

Desde nuestras palabras, habrá quien aprenda qué errores hay que evitar, qué promesas hay que mantener, qué estudios vale la pena llevar hasta el final, qué amores duran más allá de las fiestas y de las emociones que dan origen a promesas hermosas pero vacías de compromisos auténticos.

Otros descubrirán que nuestro rostro, a veces inexpresivo, frío, calculador, encierra un tesoro de pequeños o grandes hechos, un cúmulo más o menos maravilloso de ideas y recuerdos que valen más allá de la contingencia de lo inmediato.

Pero a veces el mundo gira ahogado por las prisas. No encontramos tiempo para detenernos y mirar nuestro pasado, para sopesar lo bueno y llorar lo malo, para admitir que detrás de tantos hechos estaba la acción continua y respetuosa de un Dios que sabe esperar, ansiosamente, nuestra respuesta.

Entre quienes nos rodean, muchos no parecen tener tiempo o interés por nuestra historia. Otros nos escuchan quizá con educación o con paciencia, pero prefieren dedicarse a sus muchos asuntos, a sus correos electrónicos, a las prisas de la vida.

Gracias a Dios, en ocasiones encontramos a alguien que nos mira con afecto, nos escucha con interés, nos interpela con un deseo sincero no sólo de aprender algo (quizá muy poco, pues muchas veces hemos recorrido historias parecidas) sino para dejarnos tiempo para explayar, con palabras sinceras, eso que llevamos en lo más íntimo de nuestros corazones.

Es hermoso encontrar a alguien dispuesto a acogernos. Como también es hermoso aprender nosotros mismos a escuchar a otros, a dedicar una parte de nuestro tiempo para permitir que el alma de quien vive quizá en la misma casa, o en el puesto de trabajo, o en la banca de delante de la parroquia, nos comparta un poco de sus sueños, sus convicciones, sus ideas más profundas.

Mientras compartimos y escuchamos, mientras invertimos tiempo en ese hermoso gesto de escuchar y de dar, el cielo se llena de un tono especial de alegría. Porque Dios mismo es quien primero quiso compartirnos la belleza de su vida trinitaria, enseñarnos su amor apasionado por los hombres, acogernos de mil maneras tras la caída del pecado.

Ese mismo Dios hoy también tiene “tiempo”, un tiempo infinito, para escucharme, para acogerme, para hacerse casi como un viejo amigo que me pregunta, lleno de cariño, cómo sigo adelante en este maravilloso camino que lleva a su abrazo eterno.

 

 

 

 

El incendio

El fuego deja heridas, pero no debe quitarnos la esperanza.

Por: P. Fernando Pascual | Fuente: Catholic.net

En un bosque se concentran muchos años de historia. Matorral, árboles, animales y hombres han dejado aquí y allá sus huellas. Unos han sembrado, otros han vivido, de otros sólo quedan ramas secas y un recuerdo agradecido. La lluvia, todos los años, repartió sus caricias entre troncos y hojas que empezaban, poco a poco, a reunirse en un abrazo intenso.

De repente, un descuido, un gesto malévolo, y empieza el fuego. Primero se propaga, con pasos cortos pero rápidos, entre la hierba más seca, entre ramas secas por el suelo. Luego empieza a coger fuerza, a trepar por los arbustos, a rodear los troncos más vulnerables. Al final se convierte en un gigante que destruye en pocos minutos lo que había sido gozo para los niños y los grandes, para las serpientes y los jilgueros.

Pasó el fuego. Quedan, aquí y allá, rescoldos humeantes. Algunos troncos han caído al suelo. Otros siguen erguidos, negros, mudos, sin savia que los vivifique, o tal vez con un poco de vida escondida que espera lucir en primavera. Los pájaros no cantan como antes. Sólo se escucha, de vez en cuando, el chasquido de alguna piña que explota por el calor acumulado.

El luto ha cubierto la colina. Años de esperanza y de alegría han desaparecido tras el humo. Una nostalgia infinita llena el corazón de los que tantas veces posaron sus pies bajo la sombra fresca de pinos, encinas o robles centenarios.

También en nuestras vidas puede llegar el fuego. Años de trabajos, de fidelidad, de amor sincero, pueden perderse, pueden “quemarse”, por culpa de un momento de pasión, de rabia o por un capricho deshonesto. Todo ocurre de prisa, como si no hubiesen barreras, como si nuestros principios o promesas no fuesen capaces de detener un chispazo que, al inicio, parecía tan pequeño.

El fuego no debe quitarnos la esperanza. Es cierto que el mal deja huellas que no pueden ser borradas: un esposo o una esposa que ha burlado la fidelidad conserva una cicatriz que no se limpia con una sonrisa. Una traición a Dios hiere hasta en lo más profundo del alma, nos hace derramar lágrimas profundas por lo que hicimos, por aquello que no puede ser eliminado de la historia. Pero un gesto de humildad, de perdón, de amor sincero, dan inicio a una vida nueva.

Una semilla rompe su corteza entre los árboles calcinados. Recibe la caricia de un rayo de sol, mientras el bosque, lleno de cenizas, empieza a levantar banderas verdes, signos de esperanza y de vida.

La herida es honda, pero el corazón quiere latir, ahora más humilde y más sincero, con un amor renovado, fresco, entre cenizas.

Te quiero, a pesar de todo, y te pido, Dios mío, que perdones y limpies mi pecado…

 
Preguntas o comentarios al autor

Alíate con María para orar mejor

Dios nos ha regalado en María una aliada para nuestro caminar, para nuestra oración. La presencia de María siempre ha sido un bálsamo.

Por: P. Juan Antonio Ruiz J., L.C. | Fuente: www.la-oracion.com

Si se levantan los vientos de las tentaciones, si tropiezas en los escollos de las tribulaciones, mira a la estrella, llama a María. Si eres agitado de las ondas de la soberbia, si de la detracción, si de la ambición, si de la emulación, mira a la estrella, llama a María. Si la ira, o la avaricia, o el deleite carnal impele violentamente la navecilla de tu alma, mira a María. Si, turbado a la memoria de la enormidad de tus crímenes, confuso a vista de la fealdad de tu conciencia, aterrado a la idea del horror del juicio, comienzas a ser sumido en la sima sin suelo de la tristeza, en el abismo de la desesperación, piensa en María. En los peligros, en las angustias, en las dudas, piensa en María, invoca a María. No se aparte María de tu boca, no se aparte de tu corazón; y para conseguir los sufragios de su intercesión, no te desvíes de los ejemplos de su virtud. No te descaminarás si la sigues, no desesperarás si la ruegas, no te perderás si en ella piensas. Si ella te tiene de su mano, no caerás; si te protege, nada tendrás que temer; no te fatigarás, si es tu guía; llegarás felizmente al puerto, si ella te ampara. (San Bernardo, Sobre la excelencias de la Virgen Madre, 2, 17).

La mayor parte de mi tiempo suelo pasarlo, por la misión que se me ha confiado, delante de una computadora. Horas y horas en las que el monitor me va mostrando diferentes mundos y a través de los cuales estoy intentando también transmitir a muchos el Evangelio. Prueba de ello son estas líneas que ahora mismo estás leyendo.

Pues bien, toda esta labor sería imposible sin la ayuda de mi buen amigo Renato, el informático de aquí del seminario. ¿Por qué? Su presencia es importantísima en los momentos en que algo le pasa a mi computadora, en los que internet no funciona, cuando parece que un virus amenaza con entrar… En cada una de estas circunstancias marco un número y el acento italiano de Renato me responde desde la otra línea para solucionar mis problemas: «¿Qué pasa ahora, padre?».

La última vez que le llamé para que viera por qué no podía ver unos videos que me habían mandado, se me vino a la mente que en la oración tendríamos que tener un “Renato”, alguien que, cuando las cosas vayan mal, podamos llamarle por teléfono y decirle: «no siento nada, me aburro, qué tengo que hacer si…, etcétera». Y aquí es cuando San Bernardo viene en nuestra ayuda y nos deja el hermosísimo texto sobre María que he querido compartirles.

Dios nos ha regalado en María una aliada para nuestro caminar, para nuestra oración. Por ello, siempre es hermoso, además de ponerse en la presencia de Dios, pedirle a María que nos acompañe en cada oración que hacemos. Como si Ella pudiese tomar nuestras súplicas y decirle a Dios, con esos ojos de Madre, que nos escuche. Después de todo, San Maximilian María Kolbe tenía mucha razón cuando dijo que a María «ha confiado Dios toda la economía de su misericordia» porque «la voluntad de María, no hay duda alguna, es la voluntad del mismo Dios».

¿Nunca lo han experimentado ustedes? Personalmente, la presencia de María siempre ha sido un bálsamo en muchos momentos. Y en ocasiones no me doy cuenta sino hasta después de que Ella estuvo ahí. ¿Me permiten compartirles algo muy personal? Las fechas más importantes en mi vida en preparación al sacerdocio se dieron en fechas marianas: recibí el uniforme para el noviciado un 15 de septiembre, día de la Virgen de los Dolores; hice mi primera profesión de votos un 15 de agosto, día de la Asunción de María; mi profesión perpetua fue en el mes de octubre, mes del Rosario; mi ordenación sacerdotal fue el 12 de diciembre, día de la Virgen de Guadalupe. ¿Verdad que es descarado el amor de María?

Les invito a leer una vez más el texto de San Bernardo; lentamente, con calma. Mientras escuchan todo lo que María es capaz de hacer, denle las gracias y pídanle que nunca les deje solos. Que como a Cristo camino del Calvario (y Mel Gibson lo pintó bellísimamente en esa conmovedora escena de su película “La Pasión”) Ella también les acompañe en los claroscuros de su vida: que ría con ustedes en los momentos alegres y llore con ustedes en los tristes. Aunque, créanmelo, incluso si no se lo pidiesen, Ella lo haría…

¿A que ahora la oración parece un poco más sencilla? Es lo mismo que le digo yo a Renato con el tema de las computadoras. Cuando viene él, todo parece muy sencillo… pues él es el especialista. Como María lo es en la oración.

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Anclado en la esperanza

A veces quedamos anclados en el pasado, inmovilizados por la pena ante lo sucedido. Una y otra vez nos lamemos la herida.

Por: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net

Ocurrió. Cometí ese pecado que tanto daño me hizo. Falté a una promesa dada. No ayudé a un familiar que me necesitaba. Traicioné la confianza de un amigo. O, simplemente, fui víctima de los actos que otros cometieron con una malicia que me llena de rabia.

Ocurrió. A veces quedamos anclados en el pasado, inmovilizados por la pena ante lo sucedido. Una y otra vez nos lamemos la herida. La pena domina nuestras almas.

Vivir así, con la mirada puesta en los errores pasados, puede llevarnos hacia la apatía y la desgana, hacia tristezas enfermizas, hacia reproches continuos hacia otros o hacia uno mismo.

Tenemos, sin embargo, un presente en nuestras manos y un futuro abierto a mil posibilidades. Miradas de amigos y familiares me invitan a dar un paso hacia adelante, sin dejarme apresar por las arenas movedizas de un pasado que no puedo cambiar.

Incluso Dios mismo me mira con un afecto particular, intenso. Me busca para lavar mis faltas. Me invita a perdonar a quien me haya traicionado. Me lanza a edificar mi vida no desde lágrimas amargas sino desde una esperanza que viene de lo alto.

Necesito dejar de lado actitudes malsanas que me arrastran a la pereza. Sólo entonces empezaré a vivir anclado en la esperanza.

Amanece un nuevo día. Dios me renueva su amor de Padre y me regala su gracia. Tomado de su mano puedo emprender esta jornada con el deseo de dar mi tiempo, mis cualidades y mi corazón al servicio de quien necesita a su lado una mano amiga y llena de esperanza.

 

 

 

 

III Meditaciones Sembrando Esperanza

Mensajes que dan sentido, valor a nuestra vida. Mensajes de esperanza y de amor, para que por medio de ellos, encontraremos la verdad y el bien.

Por: P. Dennis Doren L.C. | Fuente: Catholic.net

II Meditaciones Sembrando Esperanza

Mensajes que dan sentido, valor a nuestra vida. Mensajes de esperanza y de amor, para que por medio de ellos, encontraremos la verdad y el bien.

Por: P. Dennis Doren L.C. | Fuente: Catholic.net

INTRODUCCIÓN
1. La victoria es el arte de seguir donde los demás paran
2. ¿Milagros?, ¿dónde? que no los veo
3. ¿Cuando tienes que lanzar el ancla?
4. La empresa de la vida, salvar el alma
5. Las paradojas en la vida
6. Cuando la raíz es el amor y la fe
7. Construye tu vida sembrando amor
8. Cuando se confunde el amor
9. Cuando te crees estrella pero eres cometa
10. Un error en el cielo
11. El secreto del amor abundante
12. El círculo del odio
13. Cuando en tu corazón hay un tesoro
14. Es el corazón quien habla
15. Las perlas que le damos a Dios
16. Tranquilidad interior
17. El águila que pesca y se ahoga…
18. Cuando tu vida brilla como una luciérnaga
19. La flor de la honestidad
20. Cuando tú quieres cambiar
21. Es urgente… ¿qué es urgente?
22. La corona que quieres llevar en tu vida
23. Nadie debe vivir sin cambiar
24. En medio de la tormenta, la sensatez
25. La lección de la mariposa
26. La vida, un lápiz que no para de escribir
27. Cuando buscas mejorar tu entorno
28. De regreso al hogar
29. Cuando el Gran Chef te pone a calentar
30. Los dos lobos…
31. Alimenta tu llama interior
32. La vida es como andar en bicicleta… te caes solo si dejas de pedalear
33. Alcanza tu sueño
34. El equipaje que va conmigo
35. Marque la tecla gato para continuar…
36. Corta tu rama
37. En medio de mi vida está Dios
38. La vasija agrietada

39. Las manos que me han moldeado

40. Cuando la alberca no tiene agua

41. Descubrir a Dios en cada momento de la vida

42. La historia maestra de la vida

43. El hogar feliz que todos queremos

44. Cuando eres candil de la calle, y de la casa…

45. Diez consejos para la amistad entre hermanos

46. Cuando Dios creó a los padres

47. El significado de ser padre

48. Se busca papá ideal… recompensa a quien lo encuentre

49. De profesión… mamá

50. Madre y maestra, una madre ideal

51. El amigo del hijo

52. Navidad eres tú

53. Qué hacer el último día del año

54. Dime qué siembras y te diré qué cosechas

55. Un deseo para cada mes

56. Ante el dolor que me toca vivir

57. Han roto el cascarón y está vacío: Resucitó…

58. La Resurrección de Cristo, el verdadero camino para arreglar el mundo

I Meditaciones Sembrando Esperanza

Mensajes que dan sentido, valor a nuestra vida. Mensajes de esperanza y de amor, para que por medio de ellos, encontraremos la verdad y el bien.

Por: P. Dennis Doren L.C. | Fuente: Catholic.net

ÍNDICE

1. El poder de la sonrisa
2. Dichosos los que saben vivir
3. El hombre de la ventana
4. La historia de Pepe
5. ¡Sacúdete y sal del pozo, pero…!
6. Compartiendo la Luz
7. Cuida a las personas que quieres
8. Descálzate por un momento, verás la diferencia
9. El elefante encadenado
10. Amansando animalitos
11. La historia de la naranja
12. La mariposa azul
13. El burro y su historia
14. ¿Dónde encontrar la felicidad?
15. Nunca subestimes el poder de tus palabras o acciones
16. La liebre y la tortuga ante un mundo globalizado
17. El poder del amor
18. El milagro del amor de Dios
19. Déjate fundir, no te resistas…cómo templar el acero
20. Era una vez un gran violinista
21. El Silencio de Dios
22. El inventario de las cosas perdidas
23. La mentira descubierta, un camino de crecimiento
24. Comienza haciendo lo que es necesario…conócete, acéptate y supérate
25. Un sastre con pinta de desastre
26. Dios no fracasa ¡y no patrocina fracasos!
27. El mendigo que confesó al Papa
28. El puente
29. Eres lo más importante…
30. Mi caminar con Dios
31. Cuando las galletas se equivocan de boca…
32. Cómo curarse la melancolía en 14 días
33. Dime cómo amas y te diré quién eres…conoce, vive y transmite el amor
34. ¿Por qué grita la gente
35. Todo lo que me falta aprender
36. Sin amor…la vida no tiene sentido
37. El verdadero amor…si me amas, dímelo con tu vida
38. Cuando la fidelidad marca la diferencia
39. ¿En qué mundo vives?
40. El corazón perfecto
41. Cuando la vida te llena de vida
42. Soñé que tenía marcada una entrevista con Dios
43. Cuando el corazón está frío como el hielo
44.Quiero volver a confiar
45. Las manos que una vez me ayudaron
46. Les deseo lo suficiente
47. Tanta prisa y al final ¿qué?
48. Cuando el amor te hiere
49. Cuando el odio quiso matar al amor
50. La vida, un tren que no para
51. El éxito: para ser un verdadero triunfador
52. Las papas que llevas en el costal de tu vida
53. El arte de vivir juntos
54. Madres invisibles
55. Consejos de un padre a su hijo
56.Gansos en la nieve
57.¡Alguien que estaría contigo para siempre!
58. No llegues con las manos vacías
59.El proyecto de Dios sobre cada uno
60. Desde mi Cruz, a tu soledad
61. Y después de nuestras vacaciones, ¿qué?
62. Se me nota…, quien resucita es diferente
63. Amor a la eternidad
64. El testamento de Jesús

¿Soy culpable de mí mismo?

Necesito abrir los ojos ante mi situación actual y verla con realismo y con esperanza.

Por: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net

Cada decisión deja una huella: en mi vida, en la de los seres cercanos, en otros corazones que no conozco pero que, de modos misteriosos, quedan bajo la influencia de mis actos.

Con el pasar del tiempo, las decisiones configuran un mosaico. Como enseñaba san Gregorio de Nisa, en cierto sentido somos padres de nosotros mismos a través de nuestros actos.

¿Qué imagen he trazado en mi alma? ¿Hacia dónde está dirigida mi mirada? ¿Qué busco, qué sueño, qué temo, qué lloro, qué me causa alegría? ¿Hacia dónde oriento el cincel cada vez que plasmo la estatua de mi vida?

Si los defectos dominan mi corazón, siento pena. Surge entonces la pregunta: ¿soy culpable de mí mismo? ¿Son mis decisiones las que me llevaron a esta situación de apatía, de tibieza, de orgullo, de envidia, de rencores?

En ocasiones busco la culpa fuera de mí. Incluso tal vez tenga algo de razón: hay personas que me han herido profundamente, que un día llegaron a provocar esa angustia o ese odio que me carcome a todas horas. Pero en otras ocasiones tengo que reconocerlo: la culpa es completamente mía.

Necesito abrir los ojos ante mi situación actual y verla con realismo y con esperanza. Sobre todo, necesito aprender a leer mi vida desde un corazón que me conoce como nadie: el corazón de Dios.

A Él puedo preguntarle si soy culpable de mí mismo, si me he dañado tontamente, si he permitido que me ahoguen asuntos insustanciales, si me he encerrado en un pesimismo dañino.

Luego, desde el diagnóstico del Médico divino, podré abrirme a su gracia para curar mi voluntad, para orientar mis pensamientos a un mundo nuevo y bello, para dar pasos concretos que me permitan perdonar y pedir perdón.

Será posible, entonces, que esa libertad con la que tantas veces he hecho daño, a otros y a mí mismo, empiece a ser usada para construir una vida nueva, desde la luz del Espíritu Santo y con la meta que embellece todo: amar a Dios y a los hermanos.

 

Preguntas o comentarios al autor   P. Fernando Pascual LC