Soy un pecador.

Lucas 18, 9-14. Domingo XXX tiempo ordinario. Ciclo C. ¡Ten compasión de mí, que soy pecador!

Por: H. Iván Yoed González Aréchiga LC | Fuente: www.missionkits.org

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Cristo, Rey nuestro. ¡Venga tu Reino!

Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)

Señor, quiero llevar siempre adelante la vida que me has regalado para amarte. Quiero aprender a vivirla, llenarme de Ti, llegar a Ti. Madre mía, María Santísima, que esta oración me transforme más el corazón para que llegue a ser como el de tu Hijo.

Evangelio del día (para orientar tu meditación)

Del santo Evangelio según san Lucas 18, 9-14

En aquel tiempo, Jesús dijo esta parábola sobre algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás:”Dos hombres subieron al templo para orar: uno era fariseo y el otro, publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: ‘Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos y adúlteros; tampoco soy como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todas mis ganancias’.

El publicano, en cambio, se quedó lejos y no se atrevía a levantar los ojos al cielo. Lo único que hacía era golpearse el pecho, diciendo: ‘Dios mío, apiádate de mí, que soy un pecador’.

Pues bien, yo les aseguro que éste bajó a su casa justificado y aquél no; porque todo el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido”.

Palabra del Señor

Medita lo que Dios te dice en el Evangelio.

Juzgar a los demás es constante aguijón en el hombre. Uno tiende a sentirse mejor que el otro. Tantas veces un prejuicio ha dañado lo que podría haberse convertido en una amistad. “Te doy gracias porque no soy como los demás”… y mientras tanto, la personas humilde diría “Señor, fortalece a mi hermano, a mi hermana, pues es frágil como yo”.

La persona humilde conoce su fragilidad, conoce su verdad y la reconoce ante Dios y ante los hombres. Y vive en conciencia tan constante de su debilidad, que no se permite juzgar a los demás. Se sabe tan necesitada de la misericordia de Dios, que la desea igualmente para sus hermanos. Presenta ante Dios una oración por sí misma, para poder servir mejor. Y coloca en las manos del Señor a sus hermanos, a sus amigos y a sus “enemigos” o aquellos que por cualquier razón no le simpatizan. Tiene un corazón grande, con lugar para Dios y en Dios para todos.          Señor, ¿puedo ser humilde yo también?, ¿puedo conocer mi miseria para mejor amarte a Ti y a los demás?, ¿puedo conocer mi verdad sin desesperar, sabiendo que aunque soy débil, siempre me encuentro en tus manos?, ¿puedo ser pequeño y al mismo tiempo ser grande? Puedo. Con tu gracia puedo.

“Dios mío, apiádate de mí, que soy un pecador” y enséñame a apiadarme como Tú de los demás.

“Él mira el “campo” de la vida de cada persona con paciencia y misericordia: ve mucho mejor que nosotros la suciedad y el mal, pero ve también los brotes de bien y espera con confianza que maduren. Dios es paciente, sabe esperar. Qué hermoso es esto: nuestro Dios es un padre paciente, que nos espera siempre y nos espera con el corazón en la mano para acogernos, para perdonarnos. Él nos perdona siempre si vamos a Él.”. (Homilía de S.S. Francisco, 20 de julio de 2014).

Diálogo con Cristo

Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.

Propósito

Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.

Buscaré hablar con aquella persona que menos me agrade, ofreciéndole un gesto de caridad que le pueda mostrar algo de tu amor, Señor.

Despedida

Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a Ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.

¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!

Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.

¿Pierdo la paz por cuestiones materiales?

Lucas 19, 1-10. Domingo XXXI. Tiempo ordinario. Ciclo C. Hoy ha llegado la salvación a esta casa

Por: H. Hiram Galán LC | Fuente: www.missionkits.org

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Cristo, Rey nuestro. ¡Venga tu Reino!

Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)

Señor, no sé cómo comenzar, pero con sencillez te digo que de verdad quiero rezar. Me pongo en tu presencia Señor, sólo quiero pasar este rato junto a Ti. Ayúdame a poner todas mis preocupaciones en tus manos y así alcanzar la paz interior que tanto anhela mi alma.

Evangelio del día (para orientar tu meditación)

Del santo Evangelio según san  Lucas 19, 1-10

En aquel tiempo, Jesús entró en Jericó, y al ir atravesando la ciudad, sucedió que un hombre llamado Zaqueo, jefe de publicanos y rico, trataba de conocer a Jesús, pero la gente se lo impedía, porque Zaqueo era de baja estatura. Entonces corrió y se subió a un árbol para verlo cuando pasara por ahí. Al llegar a ese lugar, Jesús levantó los ojos y le dijo: “Zaqueo, bájate pronto, porque hoy tengo que hospedarme en tu casa”.

Él bajó enseguida y lo recibió muy contento. Al ver esto, comenzaron todos a murmurar diciendo: “Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador”.

Zaqueo, poniéndose de pie, dijo a Jesús: “Mira, Señor, voy a dar a los pobres la mitad de mis bienes, y si he defraudado a alguien, le restituiré cuatro veces más”. Jesús le dijo: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa, porque también él es hijo de Abraham, y el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que se había perdido”.

Palabra del Señor.

Medita lo que Dios te dice en el Evangelio.

“Zaqueo, bájate pronto, porque hoy tengo que hospedarme en tu casa”.

Son las sencillas palabras, que le permiten a un hombre enamorado y distraído por los bienes terrenales, retomar el camino de la verdadera felicidad.

Sí, Señor, aunque a veces me cuesta aceptarlo, nada material colma mi corazón. A veces dudo si trabajo para vivir o si realmente vivo para trabajar. Mi vida se desenvuelve en una búsqueda continua de seguridades materiales, que entre más tengo más quiero.

Podría detenerme un momento y pensar…¿Cuántas veces durante esta semana he perdido la paz por motivos materiales? (Deudas, compromisos, colegiaturas, viajes etc…)

He perdido la paz interior porque esa búsqueda de bienestar material y de poder  me genera estrés, me roba la paz y tranquilidad del alma. Hasta cuándo, Señor, podré convencerme de que “Nos hiciste señor para Ti y nuestra corazón estará inquieto hasta que no descanse en Ti”.

Si bien es normal preocuparse por los compromisos personales, no por ello debemos perder la paz y tratar de solucionarlo todo por nuestra propia cuenta, sin importar los medios para lograrlo.

Hay cosas que yo no puedo cambiar o que se salen de mis manos.

Hasta cuándo Jesús seguiré poniendo mi seguridad en aquello que no eres Tú. Quiero hoy, subirme a mi árbol así como Zaqueo en este rato de oración, pero por favor, Señor, no me dejes mirando de lejos, pídeme que baje. Señor, ven a hospedarte en mi corazón para que yo pueda experimentar de verdad que la salvación ha llegado a mi vida.

“El episodio de Jesucristo y de Zaqueo nos enseña que por encima de los sistemas y teorías económicas y sociales, se debe promover siempre una apertura generosa, eficaz y concreta a las necesidades de los demás.Jesús no le pide a Zaqueo que cambie de trabajo ni denuncia su actividad comercial, solo lo mueve a poner todo, libremente, pero inmediatamente y sin discusiones, al servicio de los hombres”.
(Cf Homilía de S.S. Francisco, 9 de mayo de 2014, en santa Marta).

Diálogo con Cristo

Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.

Propósito

Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.

Trataré de responder con generosidad, como lo hizo Zaqueo, a la llegada de Jesús a mi corazón, eliminando de mi vida aquello que hoy me impide estar en amistad con Él.

Despedida

Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a Ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.

¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!

Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.