Satán hoy

Meditación. Alimentar nuestra fe

Por: Miguel Rivilla San Martin, Alcorcón | Fuente: Catholic.net

Desde que el mundo es mundo ha existido el mal y la personificación del mismo, Satanás. Tengo la impresión, no obstante, que en tiempos pasados estaba como agazapado y oculto. Al presente se ha hecho manifiesto, desvergonzado y hasta provocativo.

En los muros de algunas iglesias se ven pintadas blasfemas, invocando abiertamente a Satán. ¿Quién por otra parte, no ha visto en las grandes ciudades, lugares de copas, discotecas o chiringuitos con rótulos satánicos?.. Este hecho causa perplejidad, indignación y preocupación crecientes. La presencia del Anticristo en nuestro mundo no es algo irreal. Van proliferando por todas partes seguidores suyos, que descaradamente le invocan. Hay grupos que confiesan practicar culto a Satanás y sectas que ocultan sus influencias. Resulta indiscutible en multitud de grupos esotéricos y ocultistas. Es asimismo preocupante el auge que va teniendo el satanismo en algunos medios de enorme irradiación social, como el caso de los intérpretes de rock. Ante esta avalancha que pretende anegarnos a todos en el odio a Dios y a su Sma. Madre, los cristianos tenemos que reaccionar. Tomar partido abiertamente por Cristo y la Virgen, recurrir a la oración y a los sacramentos. Hemos de despertar del sopor e indiferencia religiosa y cobrar conciencia que es mucho lo que nos estamos jugando todos. Es necesario alimentar nuestra fe en Dios con la escucha atenta de su Palabra y luego testimoniarla valientemente en el ambiente en que vivimos, sin miedo a nada ni a nadie.

Las palabras de Jesús en el Evangelio son alentadoras al respecto.”No tengáis miedo. Yo he vencido al mundo. Yo estaré con vosotros hasta el final de los tiempos”.

 

 

 

 

 

 

 

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Dios te necesita

Cada día te vuelve a recordar que tiene necesidad de tu tiempo, de tus cualidades, de tu persona.

Por: P. Mariano de Blas LC | Fuente: Catholic.net

Dios te necesita, porque ha querido necesitarte, y, porque te necesita, te lo está pidiendo desde el día que te llamó por tu nombre.

Cada día te vuelve a recordar que tiene necesidad de tu tiempo, de tus cualidades, de tu persona. Sin falsa soberbia, con humildad verdadera, entiende que, si Dios te necesita, lo mínimo que debes hacer es ponerte a su entera disposición; le debes tanto, le has costado tanto, que tu gloria consiste en corresponderle un poco; y debes sentirte tan humildemente grande, tan profundamente feliz de poder ayudar a un Dios Todopoderoso y en una tarea eterna.

Es como si Dios te pidiera ayuda para mover una estrella, para componer una galaxia; más que eso, es para salvar un alma inmortal que vale más que todas las estrellas y galaxias juntas.

Tú le ayudas a Dios; y, si no le ayudas, Él no puede, no puede solo. Dile con profunda convicción: “Aquí están mis manos, aquí están mis pies, aquí está mi lengua, déjame ayudarte, Creador de mundos; enseguida vengo a echarte una mano, Redentor de las almas”.

 

 

 

Olvidar, don de Dios

Es una forma que Él nos concede de sanarnos interiormente, cuando el dolor o la culpa nos arrasan el alma.

Por: www.reinadelcielo.org | Fuente: Catholic.net

 
Mientras miraba una pequeña herida que me hice hace pocos días en mi mano, observaba como el daño en mi piel iba hora a hora desapareciendo, borrándose. Las células de a poco se iban regenerando para dejar mi piel exactamente como era antes del corte. ¿Acaso alguien puede dudar de la existencia de Dios, al observar como se suelda un hueso quebrado, o se cicatriza una herida?. Los médicos, testigos cotidianos de tantos milagros de sanación, debieran ser los primeros evangelizadores, como lo fue San Lucas. ¿Qué extraña fuerza interior puede producir la recomposición de las fibras, la regeneración de lo lastimado, si no es Dios?.

Hoy, meditando con inmenso dolor en muchas cosas no muy buenas que he hecho en mi pasado, he pensado que el poder olvidar es también un Don de Dios, es el equivalente a la cicatrización de las heridas. Es una forma que El nos concede de sanarnos interiormente, para poder seguir viviendo pese a los golpes que sufrimos en el transcurso de los años. Cuando el dolor o la culpa nos arrasan el alma, castigando nuestra mente con recuerdos dolorosos, sentimos una conmoción interior, una necesidad de apretar los dientes, una sacudida que nos dice, nos grita, ¡qué me ha pasado, qué he hecho!. Cuando estas arremetidas del pasado asaltan mi alma, suelo gritarle al Señor en mi interior: ¡piedad, Hijo de David!. Una y otra vez, le pido piedad a Jesús. Siento que estoy a la vera del camino de la vieja Palestina, mientras mi Señor pasa junto a mí, y le grito otra vez, ¡piedad, Hijo de David!. Sé que el dolor es parte de la sanación, pero cuando el Señor nos ha perdonado los pecados en el Sacramento de la Confesión, ¡El si que los ha olvidado!.

Cómo nos cuesta entender y creer que Jesús realmente perdona y olvida nuestros pecados. Solemos confesar una y otra vez el mismo pecado cometido años atrás, demostrando falta de fe en nuestro Dios, que ya ha dado vuelta la página y nos ha lavado con el agua de Su Misericordia. Sin embargo, nosotros, seguimos volviendo a sentir esa espada que atraviesa nuestro corazón con ese recuerdo.

Es en ese momento que debemos pedirle a Dios el Don de olvidar, de dejar atrás esa mancha oscura de nuestra alma, borrarla totalmente. Que hermoso es conocer gente que tiene ese Don, esa capacidad de levantarse pese a las más profundas caídas, y puede mirar una vez más el futuro con optimismo y esperanza. ¡Dejando el pasado totalmente enterrado detrás de sí!. Y viviendo la alegría de los hijos de Dios, que se saben perdonados, y acogidos nuevamente en los brazos amorosos de María, nuestra Madre Misericordiosa.

El Señor nos ha dado todo lo que somos, ha impregnado nuestra naturaleza humana de dones, herramientas que debemos llevar por la vida como sostén de nuestro cuerpo y alma. El poder olvidar, dar vuelta la página de las etapas más dolorosas de nuestra vida, es también una herramienta que El nos concede. El poder olvidar es abrir las puertas a la cicatrización de las heridas del pasado, aceptando con fe, esperanza y alegría el perdón de nuestro Buen Dios.

Jesús, como el Gran Médico de las almas, quiere que vivamos de cara al futuro, con esperanza, confiados en Su perdón, felices de tenerlo como Dios y Amigo. Sé que tienes dolores, que los recuerdos te asaltan como un ladrón en la noche, cuando menos los esperas. Que quisieras volver al pasado, y cambiar tu historia. No quisiste vivir tanto dolor, es demasiado fuerte para poder soportarlo. ¡Pero se ha ido!. Mira la luz, mira el día, mira a la Madre de Jesús que te invita a amarla, que te ofrece sus brazos amorosos para cobijarte, para tenerte allí, junto a Ella, como lo hizo Jesús. ¿Acaso no te ha perdonado tu Dios?. Da vuelta la página, ilumina tu rostro con una hermosa sonrisa, para que Jesús pueda mirarte, sonreír, y decirte:

¡Abrázame, dame tu amor, tu amistad, tu afecto, deseo tenerte en Mi, porque te quiero feliz de saber que te amo!

Vengo a pedirte una limosna

Sé que estás muy ocupado, sé que tienes muchas cosas que hacer. Tan sólo dame un minuto de tu tiempo

Por: P. Mariano de Blas LC | Fuente: Catholic.net

 
A ti, que puedes dármela. En nombre de miles de jóvenes, que no han sido tan afortunados como tú; en nombre de cientos de muchachos y niños entre los 12 y 20 años, que intentaron suicidarse, y en nombre de los cientos de chicos y chicas que no sólo lo intentaron, sino que se quitaron la vida. Dame una limosna de esperanza para los cientos de jóvenes entre los 12 y 25 años, que un día me han dicho llorando de desesperación: “No encuentro sentido a mi vida”.

Un niño de 14 años me dijo un día: “Me quiero morir”. Una limosnita de caridad para los miles de gentes que no creen en Dios, que no creen en nada, que viven sin ilusión, gente sin esperanza, que camina por ahí sin rumbo. Una limosnita por amor de Dios. No te pido que me des todo lo que tienes, dame un poquito de lo que te sobra, las migajas de tu fe, de tu esperanza, de tu ideal.

Te pido una limosna en memoria de los que han muerto en pecado mortal, y se han condenado para siempre. No te la pido para ellos, ya que les llegaría demasiado tarde, te pido una limosna de oración para los que están en la fila. Una limosna para los que, hartos de todo, se arrancaron la vida violentamente, porque nadie les tendió la mano a tiempo.

Sé que estás muy ocupado, sé que tienes muchas cosas que hacer. Tan sólo dame un minuto de tu tiempo, una sonrisa, una palabra de aliento. Tú que pareces feliz, dime: ¿crees que puedo ser feliz en este mundo?

Tú que te sientes tan sereno, ¿cómo le haces? Tú que hablas de un Dios que te alegra la vida, ¿podrá alegrar también la mía? Tú que pareces tener un por qué vivir, ¿no quieres dármelo a mí? Date prisa, porque ya me estoy hartando de seguir viviendo, de seguir pudriéndome en esta vida sin sentido. Y, posiblemente, si tardas, ya me habré ido al otro lado.

Una limosna pequeña. Mira esta mano extendida, es mi mano, pero esta mano representa muchas manos; por ejemplo, la de aquél que dijo: “Y sigo pensando en mi Cristo Místico, compuesto por cada uno de mis hermanos. Y escucho su voz que clama: Tengo hambre y no me das de comer: hambre de Dios; tengo sed y no me das de beber: sed de vida eterna; estoy desnudo y no me vistes, no me defiendes de mis enemigos. Y me convenzo de que esta hambre de Dios puede convertirse en desesperación, esta sed puede convertirse en rabioso frenesí, esta desnudez puede llegar a ser muerte”.

Y, si das esa limosna, en nombre de Dios y en nombre de todos esos infelices, ¡gracias!, ¡muchas gracias!

 

 

 

 

 

Hágase Tu Voluntad

Unir nuestro querer al querer de Dios, haciendo que nuestro interés personal sea reemplazado por el interés de Dios.

Por: Oscar Schmidt | Fuente: reinadelcielo.org

 
¿Cuántas veces hemos rezado “hágase Tu Voluntad, así en la tierra, como en el Cielo”?. ¿Y hemos realmente entendido el profundo sentido de esta oración hecha por Jesús, Dios hecho Hombre, a Su Padre?.

Quizás hemos escuchado alguna vez que el crecimiento espiritual verdadero pasa por borrar nuestro ego, llegar a la muerte de nuestro yo, vencer a nuestra propia voluntad, reemplazándola por nuestra total entrega a la Voluntad de Dios.

Ser instrumentos de Dios en la tierra implica vencer a nuestro propio interés, haciendo que nuestros pensamientos y nuestras acciones estén totalmente inspiradas por la Voluntad Divina, por el deseo de obrar en beneficio del interés de Dios, ya no el nuestro. Sin dudas que esto implica dejar atrás todos los apegos que tenemos al mundo, ya que por allí pasa toda la manifestación de nuestro interés personal. Cuando uno llega a entender que sólo Dios cuenta, entiende que ni siquiera los afectos más profundos por nuestros seres queridos, pueden ser interpuestos a la realización de la Voluntad de Dios. ¿Por qué?. Porque solo Dios Es, solo Dios cuenta. Todo lo demás debe ser puesto a Su entera disposición, a Su Voluntad, uniendo nuestro querer al querer de Dios, haciendo que nuestro interés personal sea reemplazado por el interés de Dios.

¿Cuántas veces al día nos miramos a nosotros mismos desde los ojos de Dios?. ¿Entendemos que somos hijos, de entera Realeza, del mismo Dios?. Si actuamos haciendo honor a nuestro origen Real, somos verdaderos instrumentos de nuestro Creador, somos una manifestación de Él en la tierra.

Por eso, cuando recemos “hágase Tu Voluntad, así en la tierra como en el Cielo”, entendamos que estamos invitando a nuestro propio interés a desvanecerse, para poder nadar a pleno en el Divino Querer del mismo Dios, para compartir con Él Su Realeza, para ser parte de Su Reino, al unirnos plenamente a Su Voluntad, así en la tierra como en el Cielo.

 

 

 

 

Hacer que Cristo se note donde sea

Al estar llenos de Cristo, sin darnos cuenta ni siquiera nosotros mismos, esparcimos a Cristo por todas partes.

Por: Pedro García, Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net

Dios nos ha confiado a los cristianos una misión que la Iglesia de nuestros días nos la recuerda con mucha frecuencia. Esta misión es la de llevar a Jesucristo a todas partes. Evangelizar. Anunciar la Buena Noticia de la salvación. Hacer conocer a Jesucristo…

Porque el mundo, anhelante de salvación, necesita saber quién es el único Salvador enviado por Dios y que no tiene sustituto posible.

Los que ya hemos recibido este don inconmensurable de la salvación, sentimos vivamente dentro de nosotros la necesidad de ser generosos. Queremos llevar la salvación a tantas almas sedientas de Dios y de su Enviado Jesucristo, y están sedientas porque quieren entrar en la vida eterna a la que Dios las llama.

No quiere decir otra cosa la palabra apostolado, al cual nos sentimos llamados todos.

Ser apóstol no significa otra cosa que llevar y dar Jesucristo a las almas.

Me voy a imaginar que salgo ahora mismo a la calle, al mercado, y lanzo esta pregunta:

– ¿Quién nos dio a Jesús en Belén?
Todos sabemos que cualquiera respondería sin titubear, y, hasta extrañado de una cuestión tan archisabida, diría sin más:
– ¡Pues, María!
Y es totalmente cierto. María recibió de Dios a Jesús en su seno para darlo al mundo, y se lo ofreció a los pastores, lo puso en manos de los Magos y nos lo sigue dando a cada uno de nosotros.

María, inseparable de Jesús, lleva Jesús adondequiera que va y lo ofrece a todos los corazones, lo deposita en ellos y en ellos lo hace crecer, hasta que lo ve totalmente desarrollado en cada uno de nosotros.

Esto es, en definitiva, lo que le pedimos en la Salve, la oración más bella que, junto con el Avemaría, ha inventado la Iglesia para invocar a la Virgen:
– Y después de este destierro muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre, ¡oh clementísima, oh piadosa, oh dulce Virgen María!…

Pero yo quisiera hacer otra pregunta:
– ¿Es sólo María quien da Jesús al mundo?…
Hago esta pregunta a propósito de una jovencita a la que no tuve el gusto de conocer, pero cuya historia me contaron con toda certeza.
La muchacha era muy sencilla. Tenía abierta una tiendecita cerca del mercado más importante de la ciudad, y en ella vendía más que cualquiera de los puestos del mercado grande. Y le preguntaron un día:
– Pero, ¿qué haces tú para atraer a tanta gente aquí?
Porque la jovencita angelical, de cara de rosa y de sonrisa eterna, no hacía detrás de su mostrador más que expender refrescos, jugos, panecillos dulces y bocadillos a todos los que acudían del próximo mercado. Y ahora, preguntada sobre su secreto, se limitó a contestar con su inocencia de siempre:
– ¿Yo?… Junto con las cosas que vendo, doy a Jesús y lo reparto a todos los que vienen a comprar.
No dijo más, pero tampoco dijo menos… Los clientes, gentes humildes del mercado, no sabían por qué, pero, entre tantas tiendas iguales, siempre iban a parar a la de la jovencita encantadora que les repartía a Jesús…

No es esto una imaginación. La chica sabía que tenía a Jesús en el corazón. Y que con su honradez, con su sonrisa inextinguible, con su oración, y con su amor sobre todo, estaba convencida de que comunicaba Jesús a los demás, que se lo daba, que hacía el oficio de María en Belén…

Nos podemos preguntar ahora a nosotros mismos:
– Y yo, ¿soy capaz de dar Jesucristo a los demás?

Es una cuestión de mucha actualidad. Lo ha sido siempre en la Iglesia. Porque no es otro el significado de las palabras del apóstol San Pablo cuando nos encarga ser el buen olor de Cristo. Esparcir a Cristo, como la rosa esparce su fragancia. Hacer que Cristo se note por doquier, porque, cuando se abre el frasco de nuestro corazón, inmediatamente se percibe a Cristo alrededor nuestro.

Y es así, puesto que el apostolado no consiste en otra cosa. Nos movemos, organizamos, trabajamos en un movimiento seglar, participamos en todas las actividades parroquiales… Todo está perfecto. Todo eso hay que hacerlo. Pero, si no estamos llenos de Cristo, no hacemos nada.

Mientras que, al estar llenos de Cristo, sin darnos cuenta ni siquiera nosotros mismos, esparcimos a Cristo por todas partes… Un predicador famoso y santo lo dijo con palabras que se hicieron muy notorias:
– El apóstol es un cáliz lleno de Cristo. Da lo que rebosa, pero él se queda siempre lleno.

Es una temeridad pretender ser apóstol sin llenarse antes de Jesucristo por la oración, por la intimidad con Él, por la unión que nos lleva a ser una sola cosa con nuestro Señor.

Porque somos apóstoles, damos el Evangelio para que otro lo lea.
Porque somos apóstoles enseñamos el Catecismo para hacer conocer a Cristo.
Porque somos apóstoles trabajamos por la Iglesia para que el Reino de Jesucristo avance.

Todo está magnífico. Pero, hecho sin ruido, como María en Belén. Como la jovencita en el mostrador.

Quien más adentro lleva a Cristo en el corazón –como una concha la perla– es también quien más y mejor sabe darlo a todos….

 

 

Vive el momento presente … para la eternidad

El valor de nuestro tiempo se lo damos nosotros. Todos los instantes de nuestra vida son aprovechables.

Por: Ma Esther De Ariño | Fuente: Catholic.net

El hecho de ser, de estar presentes en esta vida, de poder disponer de un tiempo que se nos da, trae consigo una responsabilidad de infinitas dimensiones que muchas veces no queremos o no sabemos aquilatar.

Estamos conscientes de que solo el presente, el momento presente nos pertenece. El pasado lo vivimos, si, pero se nos fue como agua entre las manos dejándonos tan solo la humedad perfumada de un grato recuerdo o de un triste llanto. Se nos fue como el viento que pasa y pasa para no regresar jamás. Los instantes, las horas, los años vividos se fueron y no volverán. El futuro es tan incierto como el más grande de los misterios. Indescifrable e impenetrable

No nos pertenece el mañana, ni siquiera el próximo minuto, que tan solo será nuestro si alcanzamos a vivirlo. ¿Y qué hacemos con nuestro tiempo? Ese, el del momento presente, el que Dios nos está regalando gota a gota, hora tras hora, día tras día… ¿Cómo empleamos nuestro tiempo.? A veces dejamos transcurrir esas horas, horas que no volveremos a tener, sin hacer nada, con una dejadez tonta, con un desperdicio imperdonable y falto de cordura.

Pensemos frecuentemente en esto: el gran tesoro del tiempo lo tenemos en nuestras manos. Es el momento presente el que no se nos puede ir sin darle su valor y de muchos presentes hacemos nuestro pasado y también estamos haciendo un puente hacia ese futuro que está por llegar. Ese puente que nos va a conducir a la eternidad.

El valor de nuestro tiempo se lo damos nosotros. Si empleamos ese tiempo en crecer espiritualmente, en ser mejores, en ir limando las aristas de nuestro carácter y temperamento con las que lastimamos a los que nos rodean, ese tiempo será rico, lleno de paz y de alegría.

Será de un extraordinario valor si no lo usamos con la avaricia de vivirlo para nosotros solos, sin que generosamente se lo obsequiemos a los demás. Así ese tiempo jamás será un desperdicio y cuando nos hayamos ido siempre habrá alguien que nos recordará porque llevará en su vida el regalo de nuestro tiempo, el regalo de nuestra propia existencia.

Todos los instantes de nuestra vida son aprovechables.

No los malgastemos en críticas malsanas, en chismes, en arropar rencores, en maldecir con envidia la suerte de otros, en herir de obra o de palabra, en lastimar sentimientos o menospreciar al más débil

Por el contrario, valoremos y amemos esos instantes presentes para vivirlos con intensidad, con profundidad, haciéndolos fecundos dándoles su justo valor enriquecidos por la fe y la confianza en Dios y repartiéndolos siempre entre nuestros semejantes.

Somos dueños de nuestro tiempo, pero no olvidemos que daremos cuenta de él cuando ese tiempo se termine y empiece la ETERNIDAD.

Fe de Erratas
En el nuestra Reflexión del jueves pasado “Oración al Espíritu Santo frente al Santísimo” del mismo autor, hubo un error en la frase: – El Hijo fue creado y se hizo hombre- debiendo decir: -El Hijo fue engendrado y se hizo hombre –
¡Muchas Gracias!

 

 

Preguntas o comentarios al autor    Ma. Esther de Ariño

Con doce solamente…

¿Valoramos a nuestra Iglesia? ¿Estamos orgullosos de nuestra fe católica? ¿Nos apegamos cada vez con más fuerza a nuestros pastores, el Papa y los Obispos?

Por: Pedro García, Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net

Nadie duda de que la Iglesia Católica, aún mirada humanamente, es la institución más grande, disciplinada, robusta, autorizada e influyente del mundo. ¿Cómo se explica esto, si no tiene ningún poder temporal? ¿Quién fue el genio que la organizó y qué estructuras le dio para hacerla tan fuerte y tan robusta que es incapaz de deshacerse y desaparecer?

Cuando se le hacía esta observación a un filósofo malo, malo de verdad, y furioso perseguidor de la Iglesia con sus escritos y su propaganda, el conocido francés Voltaire -que se había propuesto la idea insensata de acabar nada menos que con la Iglesia-, comentó una vez furioso:
Ya estoy harto de escuchar que bastaron doce hombres para introducir el cristianismo en el mundo. Yo voy a demostrar por fin que basta un hombre para destruirlo.

Lo curioso es que Voltaire murió hace ya más de dos siglos, y la Iglesia, sin hacerle ningún caso, sigue tan lozana en el mundo y disfrutando de muy buena salud…

Nosotros lo entendemos muy bien, porque sabemos el Evangelio. En la Iglesia está toda la fuerza de Dios. Jesús, el carpintero de Nazaret, se lanza a predicar al mundo la presencia del Reino de Dios, que lo trae Él mismo y lo quiere dejar establecido de manera perenne, hasta el fin de los tiempos.

Escoge para ello a doce hombres, noblotes y buenos, pero sin estudios especiales, trabajadores humildes y sin ninguna influencia en la sociedad. Los tiene consigo durante tres años, haciéndoles compartir su propia vida, enseñándoles su doctrina, y los manda después con esta misión:

– Id y predicad lo que yo os he enseñado… Os doy mi autoridad… Dispongo para vosotros el Reino, igual que el Padre lo dispuso para mí… Comeréis y beberéis en mi mesa, y seréis vosotros los que juzgaréis al mundo, los que gobernaréis a las doce tribus de Israel, es decir, a mi Iglesia, el nuevo Israel de Dios…

Jesús muere, resucita, se sube al Cielo, y deja aquí a esos doce hombres sin más defensa que la fuerza de su palabra. Con todo, llevamos ya dos mil años sin que se desmorone la obra de aquel carpintero y de aquellos pescadores y campesinos de Galilea.

¿Por qué será, y quién nos sabe responder?…

La elección de los apóstoles estuvo revestida de especial importancia en la vida de Jesús. Se pasa la noche entera en oración. Habla con su Padre sobre todos y cada uno de los posibles candidatos. Piensa sobre sus cualidades, sobre su carácter, sobre las garantías que ofrecen.

Y llegado el día, escoge a doce entre los discípulos, se los queda consigo, los instruye, los forma, y les encomienda toda su obra. Los doce son iguales, aunque pone al frente de ellos a Simón Pedro, como roca visible de esa Iglesia de la que Él, Jesús, es el fundamento invisible e insustituible.

Morirá Jesús, morirán los apóstoles, morirá Pedro, y, sin embargo, la Iglesia sigue sobre los mismos fundamentos.

Jesús, el Señor, la gobierna invisiblemente por su Espíritu. Visiblemente, sigue su Vicario el Papa, sucesor de Pedro, como cabeza y lazo de unión de los Obispos, a los que confirma continuamente en la fe, como sucesores en bloque de los Apóstoles.

Y nosotros seguimos también descansando tan felices sobre una Roca que sabemos es indestructible…

Como hijos de la Iglesia, esta seguridad que tenemos se nos convierte en un compromiso. A nuestros pastores, el Papa y los Obispos, no solamente los admiramos y los amamos -sabiendo que en ellos admiramos y amamos al mismo Jesucristo a quien representan-, sino que los ayudamos en el cumplimiento de su misión. La Iglesia, por esos pastores nuestros, se mantendrá firme y estable, pero necesita siempre del trabajo de todos para su progreso y expansión. La Iglesia es de Dios, pero necesita de nosotros.

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Tiempo para Dios

Desechemos la tibieza, el espíritu tacaño para todo lo concerniente a las cosas de Dios.

Por: Ma Esther De Ariño | Fuente: Catholic.net

En nuestra vida tenemos muy bien programadas nuestras horas, nuestras semanas. Tiempo para trabajar, tiempo para el ejercicio, tiempo para tomar alimentos, de preferencia los que más nos gustan, tiempo para descansar o divertirnos, pero… ¿y el tiempo para Dios?.

No encontramos tiempo para Dios, para orar. Teniendo comunicación con Él que es quién precisamente nos da ese tiempo que repartimos en nuestro muy personal plan de vida.

Y llega el domingo… Si estamos en un lugar de descanso, de monte o de playa ¡qué difícil es programarnos para ir a misa! Si nos hemos quedado en la ciudad, ¡con qué mezquindad le damos a Dios la media hora de misa de los domingos!

Para ir al cine , al teatro o a un evento deportivo nos ponemos diligentes y contentos. Queremos llegar y llegamos antes de que empiece la función, buscamos el mejor lugar para poder ver y oír lo mejor posible, ¡no nos queremos perder ni un solo detalle!. Pero la misa, y eso que la entrada es gratis, no importa llegar cuando ya está empezada la ceremonia y no nos interesa ver o no ver lo que el celebrante hace o dice en el altar y nos quedamos en la entrada para que en el momento de que nos den la bendición nos podamos ir rápidamente, como el que termina un cometido fastidioso y poco grato.

Sabemos que la misa es el sacrificio incruento en que bajo las especies de pan y vino convertidas en el Cuerpo y Sangre de Jesucristo ofrece el sacerdote al Eterno Padre. La misa es el acto esencial del culto católico por ser el milagro del misterio Pascual del Hijo de Dios. Como acto de culto a nuestro Creador es la adoración a la Divina Majestad, la acción de gracias por los beneficios recibidos, la reparación de nuestros pecados y de toda la humanidad, para oír su palabra y la petición de la mediación de Cristo

Por todos nosotros. Es poder estar en la Cena del Señor la noche del Jueves Santo en el espacio y en el tiempo. Es poder llegar con nuestro corazón hasta Dios y si lo recibimos, es alimentarnos de El y pedir que nos acompañe en el camino que estamos recorriendo aquí hasta el final de nuestros días.

Tarde o temprano ese día llegará y no queremos presentarnos a El con la frase tan conocida de “las manos vacías” sino con algo mucho peor: con el corazón vacío de amor.

No le hemos querido, no le hemos amado como El nos amó hasta dar la vida por nuestra salvación eterna. Vamos viviendo indiferentes a ese gran amor y no sabemos corresponder. Cuando estemos en su presencia ¡qué ansias de volver a empezar, qué ganas de tener todo el tiempo del mundo como ahora, otra vez, toda una vida para amarlo!.

Pensaremos, aunque ya demasiado tarde, en cómo desperdiciamos los minutos, las horas, los años en pequeñeces, en minucias que nos absorbieron, que nos quitaron todo nuestro tiempo para al pasar por una Iglesia entrar, dejando todos la preocupaciones afuera, y frente al Sagrario decirle a Cristo simplemente: -“Te amo y aquí estoy”.

Pasamos la vida corriendo tras las cosas vanas y perecederas mientras que apenas tenemos unas migajas de oración para Dios y con la media hora escasa de los domingos en la Iglesia tenemos la conciencia tranquila porque ya cumplimos. ….

Cambiemos radicalmente la forma de vivir nuestra religión.

Seamos radicales en este cambio. Desechemos la tibieza, el espíritu tacaño para todo lo concerniente a las cosas de Dios y amémosle con generosidad, empezando por cumplir con el primer Mandamiento que es: Amar a Dios sobre todas las cosas.

¡Qué se nos note que lo amamos, para que en los ojos de Cristo encontremos, un día, el reconocimiento del encuentro con el amigo, al llegar a su presencia!.

Preguntas o comentarios al autor  Ma. Esther de Ariño

 

¿Soy ciudadano del Reino de Dios?

En la Iglesia Católica nacimos por el Bautismo para el Reino. En la Iglesia vivimos y en la Iglesia queremos morir.

Por: Pedro García, Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net

Jesús empezó la proclamación del Evangelio, apenas salido del Jordán, clamando por todos los poblados de Galilea:

– ¡El Reino de Dios ha llegado! ¡El Reino de Dios está ya presente!…

Está presente, decía Jesús ya en su tiempo. Cuánto más lo diría ahora.

Pero falta mucho todavía para el fin. Así lo entendió aquel príncipe ruso. Era diplomático al servicio del zar, y al morir éste fusilado con toda su familia cuando llegó el comunismo, el fiel servidor del rey fue detenido y sometido a juicio.
– ¿Da usted el voto al comunismo, renunciando a su difunto rey?
Fiel servidor del rey y más fiel servidor de Dios, el digno diplomático contestó ante el tribunal revolucionario:
– No; mi voto es solamente para el reinado de Dios en la Tierra.

Condenado y desterrado, murió como sacerdote de la Iglesia Católica. Aún antes de abrazar el catolicismo, cuando oía pronunciar el nombre del Papa se ponía en pie y hacía una reverencia. Para este mártir de su pueblo ruso, el Reino de Dios estaba confiado a la Iglesia Católica, puesta por Jesucristo en manos de Pedro como Vicario suyo, como lo presenta, progresivamente, el mismo Evangelio.

Cuando nota Jesús que el ambiente está maduro entre los apóstoles, le hace a Simón Pedro una promesa solemne:
– Tú eres Pedro, tú eres roca, y sobre esta Roca edificaré yo mi Iglesia.

Antes de morir, sabiendo que todos se van a dispersar y que iba a fallar hasta el mismo Pedro, le encarga Jesús:
– Cuando regreses después de tu caída, confirma tú en la fe a tus hermanos.

Y una vez resucitado, Jesús cumple la promesa a Pedro, y le encarga:
– Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas.

Al final, dice Jesús que volverá glorioso como Rey para juzgar al mundo, y a la Iglesia la meterá en el Reino definitivo de Dios:
– ¡Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del Reino que os está preparado desde el principio del mundo!

Pablo comentará como colofón de todo:
– Cristo entregará el Reino al Padre, para ser Dios todo en todas las cosas.

Y la Iglesia confiesa, conforme a la palabra del Señor, que su Reino no tendrá fin.

Como podemos entender, esta visión del Reino y de la Iglesia es imponente.

Estamos ya en este Reino, aunque todavía no se ha consumado, pues la victoria final no llegará hasta que el mundo termine. Ahora la Iglesia, anunciadora y portadora del Reino, tiene que sufrir las consecuencias de un mundo convulsionado por el pecado, y ha de aguantar persecución, porque el Reino de los cielos padece violencia, y solamente los esforzados se hacen con él.

Al llegar el Reino, esperado por los judíos de modo espectacular, Jesús aparece humilde, se ve rechazado hasta parar en la cruz, y les dice a los que querían un Reino glorioso:
– El Reino de Dios no viene espectacularmente, sino que está dentro de vosotros.

La Iglesia, sabiendo que encarna el Reino, sigue los mismos pasos del Señor. Cuando se ve perseguida, cuando anuncia la Buena Noticia a los pobres, cuando se derrama en mil obras de caridad, cuando camina en humildad y sencillez, cuando hace los prodigios de amor que Jesús…, entonces está cumpliendo su misión de establecer, consolidar y llevar adelante el Reino.

Pero nosotros no miramos el Reino solamente de un modo global –a nivel de toda la Iglesia–, sino de manera personal, individual, dentro de mí, de mi propia persona. Cada uno de nosotros se dice con plena convicción:
– Yo tengo la ciudadanía del Reino, vivo conforme acredita esta mi cédula de identidad, y crezco, crezco siempre en la gracia y la santidad del Reino, hasta que me llegue el momento de recibir el premio que el Rey me tiene prometido.

Porque Jesucristo cumple su palabra, tiene riquezas y las da. No hace como aquel rey persa de la antigüedad, que, en guerra contra su hermano, promete a sus soldados:
– Después de la victoria os repartiré riquezas sin cuento. Mi preocupación no es que no voy a tener que dar, sino que no voy a contar suficientes amigos para repartir tanto como voy a tener. Además, a cada uno de los griegos que lucháis por mí, os daré una corona de oro.

¡Qué bonitas palabras! Aquel rey fue derrotado, murió en la batalla, las riquezas prometidas no aparecieron por ninguna parte, y la corona de oro no se vio jamás…

Jesucristo, sí; Jesucristo promete y da. Lo que le faltan al Rey Jesús son más seguidores incondicionales a quienes dar después el Cielo, que será el Reino en su consumación final.

En la Iglesia Católica nacimos por el Bautismo para el Reino. En la Iglesia vivimos y en la Iglesia queremos morir. En la tierra estamos dentro del Reino que lucha, y nosotros no rehuimos formar parte en la batalla. Después estaremos en el Reino triunfante….