¿Está de moda la humildad?

Cada uno podemos mirarnos el corazón y preguntar: ¿soy humilde? ¿Reconozco mis debilidades, mis flaquezas, mis fracasos?

Por: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net

 
¿Está de moda la humildad? Quizá deberíamos preguntarnos: ¿lo ha estado alguna vez?

El siglo XX ha habido pensadores que se dedicaron a levantar la tela que cubría mil miserias humanas. Nos han dicho que somos un casual y no muy perfecto producto de la evolución, un puntito en el universo, muy débiles ante la acción de virus y bacterias microscópicas, llenos de cobardía y de complejos, con una fuerte tendencia a la traición e incapaces de respetar nuestras promesas.

A pesar del trabajo demoledor y crítico de psicoanalistas, sociólogos y antropólogos, en todos los seres humanos se esconden restos de orgullo, de vanidad, de egoísmo. Tendríamos que reconocer que algunos pensadores dedicados a desenmascarar lo más bajo del hombre estaban llenos de esa soberbia que querían destruir en los demás, porque creían saber más, porque se sentían superiores respecto de sus pacientes, de las pobres personas psicópatas y enfermos…

Cada uno podemos mirarnos el corazón y preguntar: ¿soy humilde? ¿Reconozco mis debilidades, mis flaquezas, mis fracasos? A la vez, ¿soy capaz de ver los puntos positivos, las cualidades, los gestos de amor y de entrega con los que a veces quiero mejorar mi vida y la vida de los que viven a mi lado?

Es cierto que algunos proyectos educativos no promueven la humildad. Piden un esfuerzo por ser mejores, por destacar por encima de los otros. A veces incluso quienes piensan llevar una profunda vida cristiana se sienten superiores a los demás, desprecian a quien no va a misa, se divorcia o se deja arrastrar por el amor al dinero.

Un sano espíritu de superación es siempre útil. Pero caemos en pequeños o grandes estados de soberbia cuando todo lo buscamos para ponernos por encima de los demás, para sentirnos superiores por haber conquistado metas que, pensamos a veces con demasiada presunción, muchos otros ni siquiera han pretendido para sus vidas.

Hay que redescubrir y defender el valor de la verdadera humildad, su sentido profundamente cristiano. La humildad nos pone delante de Dios. Desde su mirada somos capaces de ver nuestra vida de modo distinto, pleno, verdadero. Descubriremos mucho barro, mucha debilidad, mucho pecado. A la vez, nos daremos cuenta de que Dios no condena ni desprecia, sino que acepta y acoge a todos los hijos que, con un corazón contrito y humilde, piden perdón y confiesan sus faltas con sinceridad y con amor.

Dios nos llama a la humildad, a reconocer con sencillez nuestra riqueza y nuestro barro, a acoger a todos, a ser buenos, a dar gracias por sus dones y a pedir, a veces desde lo más profundo del pecado, que nos perdone, que nos levante, que nos acoja como hijos pródigos. Quien es humilde sabrá rezar con sencillez, mirará a todos con ojos buenos: los que viven a nuestro lado también tienen barro mezclado con una llama divina.

Todos estamos invitados a caminar, desde los éxitos y los fracasos de cada día, hacia el Dios Padre de todos. Un Dios que se hizo Hombre humilde, un sencillo carpintero, que no condenó, sino que ofreció, a quien se acercaba al Maestro, un gesto de respeto, de cariño, de salvación profunda.

 

 

 

 

 

Lo débil de mis puntos fuertes

En medio de la preocupación y las prisas, descubrimos que sólo queda, que sólo dura, que sólo vale, aquello que se escribe en el Reino de los cielos.

Por: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net

 
Buscamos, en el camino de la vida, agarraderas firmes, puntos de apoyo estables. Deseamos cualidades, amigos, objetos y circunstancias que ofrezcan seguridades, que generen optimismos, que nos lancen a emprender el trabajo con más energía.

Pero casi todos los puntos fuertes tienen una debilidad intrínseca, ineliminable, que nos sorprende cuando menos lo esperamos.

Porque quien confía en su salud y su fuerza física puede encontrarse, en pocas horas, o en pocos segundos, sometido bajo el peso de la enfermedad o resquebrajado por las heridas de un accidente.

Porque quien se apoya en sus cualidades intelectuales, en su ingenio, en su lógica, en su habilidad para convencer a otros, tarde o temprano descubrirá que ha cometido un error ridículo que lo lleva a la ruina.

Porque quien siente tener amigos fieles, poderosos, dispuestos a sacarle de apuros o a auparlo en la propia carrera profesional, un buen día tiene que reconocer que más de un “amigo” le ha clavado un cuchillo (basta una simple calumnia) por la espalda, y que muchos otros le abandonan en el momento de la desgracia.

Porque quien mira una y otra vez el dinero almacenado en el banco, las escrituras de un piso que vale mucho en el mercado, el motor y las ruedas de un coche último modelo, se encuentra de repente con que la quiebra del banco, el engaño de un funcionario sin escrúpulos o la habilidad de un ladrón permiten que lo material desaparezca del horizonte de las propias seguridades.

¿Qué queda, entonces? ¿Vivimos una existencia frágil, donde nada permanece, donde todo cambia? ¿Tenía razón el famoso Heráclito con su teoría del flujo continuo? ¿Hay que abandonarse a la deriva, en medio de un mar inseguro y siempre peligroso?

Es verdad que muchos de nuestros “puntos fuertes” nos salvan de peligros y nos permiten superar momentos de prueba. Al mismo tiempo, en el camino ocurren hechos imprevistos que resultan agradablemente favorables. Una deuda, de repente, ha quedado perdonada. Un enemigo que había jurado venganza implacable, nos tiende la mano en el momento en el que más lo necesitábamos. El coche viejo, precisamente por estar casi destartalado, nos ha salvado la vida ante un criminal que, al vernos, desistió de matarnos por algo que no valía la pena.

Nuestra vida es un camino lleno de sorpresas. Hay cosas que pasan, que mudan, que se “evaporan”. Otras, las más íntimas, las más profundas, permanecen y nos acompañan durante más tiempo.

En medio del frenesí y de las prisas, descubrimos que sólo queda, que sólo dura, que sólo vale, aquello que se escribe en el Reino de los cielos, lo que nace desde el Amor de Dios y nos conduce a amar más a Dios y a los demás hombres y mujeres que viven a nuestro lado.

Es entonces cuando reconocemos que lo débil según este mundo puede convertirse en lo más fuerte, si queda tocado y transformado por la gracia de Cristo que vino para rescatarnos del pecado y de la muerte (cf. 1Cor 1,26-31) y para ofrecernos el gran imponderable de Su Amor salvífico.