De la fe al amor

En muchos corazones se vive una crisis de amor. No hay capacidad de darse, de pensar en los demás, de salir de uno mismo para servir, para dar.

Por: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net

 

 
San Agustín decía que cuando uno se aparta de la fe se aleja de la caridad, pues no podemos amar lo que no sabemos si existe o no existe. En otras palabras, desde la fe reconocemos y aceptamos a otros en su bondad, en sus valores y riquezas personales, y sólo a partir de esta aceptación podemos amarlos (cf. De doctrina christiana I, 37, 41).

En muchos corazones se vive una crisis de amor. No hay capacidad de darse, de pensar en los demás, de salir de uno mismo para servir, para dar. Esta crisis de amor es consecuencia de una crisis de fe. Quizá nos faltan ojos para descubrir en cada hombre, en cada mujer, la presencia del Amor de Dios, un Amor que dignifica cualquier existencia humana.

Es verdad que algunas malas experiencias en el trato con otros nos hacen desconfiados, precavidos, “prudentes”. No resulta nada fácil ofrecer nuestro tiempo o nuestro afecto a alguien que nos puede engañar o tal vez podría llegar a darnos una puñalada por la espalda. Pero más allá de esos puntos negros que nos hacen desconfiados ante los extraños, existe la posibilidad de renovar la fe y de abrir ventanas al mucho bien presente en los otros.

Además, cientos de hombres y mujeres que caminan a nuestro lado nos miran con fe, con afecto, confían en nosotros. A veces lo hacen por encima de algunas faltas que hayamos podido cometer contra ellos. Su mirada nos dignifica, nos hace redescubrir esos valores que hay en nosotros, ese amor que Dios nos tiene, también cuando somos pecadores. ¿No vino Cristo a buscar a la oveja perdida? ¿No hay fiesta en el cielo por cada hijo lejano que vuelve a casa?

Hemos de pedir, cada día, el don de la fe. Una fe que nos permita crecer en el amor. Una fe que sea entrega, lucha, alegría, a pesar de los fracasos. Fe en el esposo o la esposa, fe en los hijos, fe en el socio de trabajo, fe en quien busca romper el ciclo de la corrupción con un poco de honradez. Hay que renovar esa fe que nos lleve a crecer en el amor.

Es cierto que en el cielo ya no hará falta tener fe. Pero ahora, mientras estamos de camino, la fe nos hace mirar más allá, más lejos, más dentro. Nos permite vislumbrar que el amor es más fuerte que el pecado y las miserias de los hombres. Nos permite entrar en un mundo de bondades que hacen la vida hermosa y que nos preparan para recibir el don del paraíso, el don del amor eterno del Dios Padre nuestro.

 

 

 

 

 

De nuevo, perdón

No fui capaz de poner un freno a mi corazón ni a mis palabras. Desprecié al otro, y me destrocé a mí mismo.

Por: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net

 
Otra vez falté a la caridad. Dejé que la pasión creciera en mi alma. Miré solo en el otro lo que para mí eran faltas, ofensas, insultos. Pensé que era el momento para responder, para defender mi “fama”, para rebelarme contra lo que yo consideraba una injusticia.

Respondí con dureza. El ambiente se calentó más y más. Y cuando el otro, herido por mis palabras, alzó la voz, yo también opté por gritar, por insultar, por hundirme en la rabia.

El fracaso ha sido grave. He ofendido a un hermano, a un familiar, a un amigo. He sido un necio, un miserable, un cobarde. No fui capaz de poner un freno a mi corazón ni a mis palabras. Desprecié al otro, y me destrocé a mí mismo.

No es el momento para una lamentación vacía, para un falso sentimiento de culpa, para una autocompasión como si yo fuera la víctima cuando fui el verdugo.

Es el momento para pedir, desde Dios y con Dios, perdón. Perdón porque no fui humilde. Perdón porque preferí la “justicia” a la misericordia. Perdón porque me faltó paciencia. Perdón, sobre todo, porque pensé más en mis sentimientos que en el corazón de mi hermano.

Sí, es la hora de pedir perdón, porque Dios me perdonó primero. Porque Dios tuvo paciencia conmigo. Porque Dios no está siempre condenando. Porque Dios desea, casi suplica, que vuelva a estar en paz con el familiar o el amigo ofendido.

Pido, de nuevo, perdón. No lo merezco, por la falta que he cometido. Pero precisamente es ahora, según dicen, cuando más lo necesito.

Ojalá mi mano tendida se una a la tuya. Entonces podremos recitar, los dos juntos, desde lo más profundo del alma, las palabras del Padrenuestro: “perdónanos… como también perdonamos…”.

 

 

 

 

Esa fe que tanto anhelamos

Dios quiere darla a mi corazón, a pesar de mis dudas, de mis caídas, de mis fracasos, si abro mi corazón, si me dejo tocar.

Por: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net

Tienes razón: la fe parece un regalo difícil, que pocos reciben, que resultaría inalcanzable para algunos.

Hay quienes creen con naturalidad, como el pez que nada en el agua. Otros viven en un desierto interior: no encuentran (o no reconocen) señales para saber dónde está el agua, para iniciar el camino que les lleve al encuentro con Dios.

Es cierto que duele vivir sin fe. Pero también es cierto que Dios quiere dar la fe a todos, pues de lo contrario no sería ni justo ni bueno.

La quiere dar a mi corazón, a pesar de mis dudas, de mis caídas, de mis fracasos. La quiere dar al tuyo, al de todos, si nos abrimos, si nos dejamos tocar, si quitamos andamios de racionalismo y empezamos a mirar las cosas con ojos nuevos.

Es fácil decirlo, pero el camino a veces se hace largo. Además, hay tantos obstáculos… El primero, quizá el más difícil, es ese egoísmo que exige agarraderas firmes y satisfacciones inmediatas, cuando la fe me pide que deje lo fácil y lo seguro para empezar un camino hacia lo desconocido, como Abraham, como Moisés, como Elías, como María de Nazaret.

La mentalidad moderna, además, nos dice que la fe pertenece a un mundo superado, a corazones débiles, a personalidades inmaduras y manipulables. En realidad, como explicaban los Padres de la Iglesia, quien renuncia a servir a Dios, el Señor, termina encadenado a muchos “señores” (dinero, alcohol, aplausos, poder, sexo, triunfos profesionales, técnicas psicológicas, medicinas y consultorios, dietas y métodos de relajación).

Al final, uno que deseaba ser independiente, maduro, realizado, acaba por vivir atento a la báscula, a la cuenta del banco, a los niveles de colesterol. Como si todo fuese bueno mientras las cosas están en los cauces que esperamos, y como si todo perdiese su sentido cuando inicia el declive o cuando un golpe de la vida (accidente, crisis económica, fracaso familiar) nos hace descubrir que no éramos invulnerables.

No sé si con estas líneas te pueda abrir un horizonte a la esperanza y un camino para la fe. Estoy seguro de que Dios ya está tras tus huellas, como lo está tras las mías, con un respeto y un cariño que no imaginamos. Porque también Dios, en modos que para nosotros son desconocidos, “espera”, sin límites de lugares, de tiempo, de historias personales.

Te dejo así estas ideas, un poco incompletas y pobres. Estoy seguro de que Dios hará el resto. Rezaré por ti. No dejes de pedir por mí, pues todos somos del mismo barro: tarde o temprano nos llegan momentos de oscuridad y de tristeza, y necesitamos ese apoyo sincero del hermano, del amigo, del compañero de viaje.

El resto, y siempre es lo más importante (es todo), lo hará Dios, en quien creo, en quien espero, a quien amo, con mis heridas y mi flaqueza. Ojalá que pronto lo descubras también tú, y podamos, entonces, decir juntos, pausadamente, “Padre nuestro.

Cuando un corazón se convierte

La Iglesia entera, la que vive aquí en la Tierra y la que ya ha cruzado las fronteras de la muerte, vibra de emoción y de alegría.

Por: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net

Cuando un corazón recapacita y abre los ojos ante la maldad del pecado, ante la ingratitud que se produce cuando ofendemos a Dios y a los hermanos.

Cuando un corazón descubre que Dios espera un día sí y otro también el regreso de un hijo que ha perdido el sendero.

Cuando un corazón escucha que hay fiesta grande en los cielos cada vez que un pecador rompe con el mal y vuelve a la casa del Padre.

Cuando un corazón siente un empuje profundo, que viene del mismo Dios, gracias al cual hace un examen de conciencia, denuncia sus pecados, se duele profundamente de ellos y acude a confesarse a una iglesia.

Cuando un corazón se deja lavar de todo pecado por la Sangre de Cristo, se abre a los consejos de la Iglesia, se decide a romper con sus faltas para vivir el Evangelio.

Cuando un corazón se convierte de veras, entonces se produce uno de los milagros más hermosos y más grandes: triunfa el Cordero, vence el Hijo encarnado, se alegra el Padre, es acogido el Espíritu Santo.

La Iglesia entera, la que vive aquí en la Tierra y la que ya ha cruzado las fronteras de la muerte, vibra de emoción y de alegría. Un hijo acaba de decir no al pecado y sí a la gracia. Dios ha vencido, nuevamente, en esa lucha continua y misteriosa entre el mal y el bien, entre la mentira y la verdad, entre el egoísmo y el amor.

 

 

 

 

Más allá de los fallos de los cristianos

Si dejamos de vigilar, si permitimos que el mal entre en los corazones, sucumbimos.

Por: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net

Un hombre recibió el bautismo, fue a catequesis, hizo la Primera comunión, se casó por la Iglesia. Un buen día, deja a su esposa y a sus hijos, se escapa con el dinero y va a vivir con una amante.

Otra persona recibió una buena formación católica hasta la adolescencia. Luego, dejó de lado lo que había aprendido, acogió nuevas ideas, tomó posturas radicales, y terminó en un grupo terrorista donde cometió decenas de asesinatos.

Una mujer, de niña y adolescente, se confesaba, comulgaba, rezaba, leía el Evangelio. Pasados los años, se casó. Cuando inició el embarazo de su tercer hijo, fue al hospital para abortarlo.

Un gobernante conoció, durante su infancia y juventud, a buenos sacerdotes, leyó libros con sanos contenidos. Pero el poder poco a poco creció en su alma. Un buen día, apoyado por algunos militares que también habían sido católicos, decidió empezar una terrible e injusta guerra contra el país vecino.

La lista podría aumentarse hasta el infinito. Porque son muchos, muchísimos, los católicos que un día dejaron de lado el Evangelio y prefirieron vivir bajo la esclavitud de la avaricia, la lujuria, el odio, la envidia, la sed de venganza, el miedo a las presiones del mundo.

¿Qué ha ocurrido? ¿Por qué hay tantos católicos que manchan la belleza del mensaje cristiano? El motivo es sencillo: porque si dejamos de vigilar, si permitimos que el mal entre en los corazones, sucumbimos.

Por eso vale siempre la invitación de Cristo: “Velad y orad, para que no caigáis en tentación; que el espíritu está pronto, pero la carne es débil” (Mc 14,38). Sólo desde Dios es posible conservar fielmente el mensaje recibido del Señor sin que nos perdamos por el camino. “Por tanto, es preciso que prestemos mayor atención a lo que hemos oído, para que no nos extraviemos” (Hb 2,1).

Los fallos de los cristianos, nos duele reconocerlo, quedan escritos como parte de la historia humana. Frente a aquellos hermanos nuestros que han caído, frente a las propias faltas (no podemos decir que no tenemos pecados sin alejarnos de la verdad, cf. 1Jn 1,8-10), necesitamos renovar la confianza, recurrir con humildad y arrepentimiento al sacramento de la confesión, y abrirnos al gran milagro: donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia (cf. Rm 5,20).

Si de verdad nos dejamos curar por Cristo, si le permitimos entrar a fondo para que limpie las tinieblas de nuestros corazones, podremos amar mucho, porque se nos perdonó mucho (cf. Lc 7,47). Entonces nos convertiremos en miembros vivos y sanos de la Iglesia, regeneradores del mundo, transmisores de esperanza a quienes necesitan encontrar a su lado testigos fieles y buenos de la belleza del Evangelio.

 

 

 

 

Gratitud, amor, fidelidad

Un corazón agradecido busca maneras concretas para corresponder a quien nos lo ha dado todo.

Por: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net

Hemos recibido regalos maravillosos de Dios: su misericordia, su Amor, su Hijo. Esta verdad toca el corazón de cada bautizado, es el centro de nuestra fe, enciende la esperanza, alimenta la caridad.

Cuando abrimos el alma a los dones de Dios, cuando reconocemos que nos libró del pecado, que nos sacó de las tinieblas, que nos condujo a la luz, que nos abrió las puertas del cielo, surge casi espontánea, gozosa, la gratitud.

Desde la gratitud, ¡qué fácil sería vivir los mandamientos, huir del pecado, enraizar en el amor! Porque un corazón agradecido busca maneras concretas para corresponder a quien nos lo ha dado todo.

Vivir a fondo la gratitud nos aparta, por lo tanto, del mal. Muchos de nuestros pecados surgen porque no somos plenamente agradecidos. En otras palabras, casi no haría falta la penitencia (confesión) si viviésemos a fondo la gratitud.

El Concilio de Trento lo explicaba así: “Si tuviesen todos los reengendrados tanto agradecimiento a Dios, que constantemente conservasen la santidad que por su beneficio y gracia recibieron en el Bautismo; no habría sido necesario que se hubiese instituido otro sacramento distinto de este, para lograr el perdón de los pecados” (Los sacramentos de la penitencia y de la extremaunción, capítulo 1).

La debilidad humana, unida a tantas distracciones que nos impiden reconocer y agradecer a fondo lo que significa ser redimidos, explica ese pecado que nos aparta de Dios, que nos hace ofender al prójimo, que nos destruye internamente.

Por eso, uno de los mejores antídotos contra el pecado radica precisamente en la gratitud. La invitación de san Pablo vale para cada generación cristiana: “Y sed agradecidos. La palabra de Cristo habite en vosotros con toda su riqueza; instruíos y amonestaos con toda sabiduría, cantad agradecidos, himnos y cánticos inspirados. Y todo cuanto hagáis, de palabra y de boca, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias por su medio a Dios Padre” (Col 3,15b-17).

La gratitud, al mismo tiempo que nos aleja del mal, nos lleva a la fidelidad, a la entrega, a la búsqueda del bien y de la justicia. Quien es agradecido, no traiciona al Amigo.

Somos fieles, perseveramos firme en la fe, avanzamos en el amor, si continuamente damos gracias a Dios “porque es bueno, porque es eterna su misericordia” (Sal 118).

 

 

 

¿Qué hacer cuando tienes heridas?

¿Te sientes moralmente enfermo? ¿Está aún viva alguna herida que te da rabia, te avergüenza y te hace sufrir? Ora más, ora con fe, ora con más humildad.

Por: P Evaristo Sada LC | Fuente: www.la-oracion.com

 
Una de las experiencias más fuertes en mi vida sacerdotal es constatar cuánto sufrimiento hay en el mundo. Es difícil encontrar personas que no carguen con heridas. En la niñez, en la adolescencia, la juventud, la edad adulta, la ancianidad, se padecen heridas. En la vida matrimonial, familiar, social, laboral, moral, religiosa, se padecen heridas. Heridas que pesan hondo sobre la propia psicología, el estado de ánimo y la conciencia. Heridas que condicionan y que hacen sufrir mucho.

¿Qué puede ayudarnos a sanar?

1. Deseo de sanar. Ante todo debemos reconocernos enfermos y querer sanar.

2. El perdón. El perdón es un bálsamo para la herida. Podemos reconocer nuestras limitaciones y miserias y acudir a la penitencia para pedir perdón. Podemos y debemos también perdonar y perdonarnos. En materia de perdón, el modo en que se comporta Dios Padre con nosotros es nuestro punto de referencia. Cuando arrepentidos vamos a pedir perdón a Dios con humildad, una y otra vez escuchamos que nos dice: “Te sigo amando igual, vete y no peques más.”

3. La fe. Por la fe reconocemos a Cristo como médico capaz de sanarnos. Debemos creer que Él puede curarnos. Sólo Él que nos creó, sólo quien sabe de qué barro estamos hechos puede reparar las heridas de nuestro corazón. Bendito sea Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre misericordioso y Dios de toda consolación, que nos consuela en toda tribulación nuestra. (2a. Corintios 1, 3-4)

4. La Eucaristía. La Eucaristía tiene el poder de reparar en nosotros la imagen de Cristo. San Ignacio de Antioquía define la Eucaristía como antídoto para no morir.

A todos nos ayuda sentirnos acompañados cuando estamos enfermos. Jesús nos acompaña siempre y sufre con nosotros. Jesús no es ajeno a nuestras heridas. Más aún, las asumió y se quedó con ellas. Cuando Cristo resucitó, mostró a los discípulos las heridas de sus manos, de sus pies y de su costado. Y de esa herida más profunda, la del costado traspasado, salió sangre y agua y es fuente fecunda de gracias. Cuando la persona herida recibe los sacramentos y hace oración con fe y confianza, lo que hace es acudir a los pies de Cristo Resucitado para que el Agua viva le sane. Por sus llagas hemos sido curados (1 Pe 2,24)

5. La oración. En la oración acudimos a Dios para pedirle que cure nuestras heridas. Dios quiere sanarnos pero espera que nosotros acudamos a Él y le digamos que le necesitamos como médico y que confiamos en el poder curativo de su misericordia. Dios no nos receta nada a la fuerza, respeta siempre nuestra libertad, espera la actitud humilde del orante que acude a Él libremente y le suplica con confianza que le sane:Todo aquello que pidáis con fe en la oración, lo recibiréis (Mt 21,22

Y una vez que le pedimos la gracia de sanar, terminar la oración con la certeza de que Él se hará cargo. Debemos pedir con fe, como la hemorroísa a la que Jesús le dijo: Tu fe te ha sanado (Mt 9,22). Esta mujer creía firmemente que lo que pedía en la oración podía darlo por recibido: Todo aquello que pidáis en la oración, creed que ya lo habéis recibido. (Mc 11,24)

La oración es condición para que Cristo Médico nos cure. La oración es una medicina. La oración tiene el poder de llenarnos de paz, de hacer que la luz de Cristo brille donde hay tinieblas y así ayudarnos a superar el resentimiento, la angustia, la tristeza y la desesperación.

Cuando el alma herida ora, se centra en Cristo y su oración es antídoto contra los pensamientos que andan en busca de culpables, lo que equivale a seguir rascando la herida. Hemos de centrar la memoria en los dones de Dios, no en las heridas ni en los culpables. El recuerdo de Dios es curativo. El recuerdo de las heridas y de sus causas nos hunde más en la amargura. La herida del orante sana; la otra gangrena. Sea cual sea su agravio, no guardes rencor al prójimo, y no actúes guiado por un arrebato de violencia (Eclesiástico 10, 6) Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo. No juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados. Dad y se os dará; porque con la medida con que midáis se os medirá. (Lucas 6, 36-38)

¿Te sientes moralmente enfermo? ¿Está aún viva alguna herida que te da rabia, te avergüenza y te hace sufrir? Ora más, ora con fe, ora con más humildad. Y si no puedes o no te sale, simplemente acude a Él y pídele que te sane

En ti, Dios, me cobijo,
¡nunca quede defraudado!
¡Líbrame conforme a tu justicia,
tiende a mí tu oído, date prisa!

Sé mi roca de refugio,
alcázar donde me salve,
pues tú eres mi peña y mi alcázar,
por tu nombre me guías y diriges.

Sácame de la red que me han tendido,
pues tú eres mi refugio;
en tus manos abandono mi vida
y me libras, Yahvé, Dios fiel.

Me alegraré y celebraré tu amor,
pues te has fijado en mi aflicción,
conoces las angustias que me ahogan;
ten piedad de mí, Dios,
que estoy en apuros.

La pena debilita mis ojos,
mi garganta y mis entrañas;
mi vida se consume en aflicción,
y en suspiros mis años;

pero yo en ti confío, Yahvé,
me digo: «Tú eres mi Dios».
Mi destino está en tus manos, líbrame
de las manos de enemigos que me acosan.

Que brille tu rostro sobre tu siervo,
¡sálvame por tu amor!
Dios, no quede yo defraudado
después de haberte invocado;

¡qué grande es tu bondad, Dios!
¡Y yo que decía alarmado:
«Estoy dejado de tus ojos»!
Pero oías la voz de mi plegaria

cuando te gritaba auxilio.
¡Tened valor, y firme el corazón,
vosotros, los que esperáis en Dios!

(Salmo 30)

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¿Qué esconde y qué revela el corazón de un hombre?

A través del corazón podemos entrar a lo más profundo y genuino de cada persona. Siempre está en busca de amar y de ser amado

Por: P Evaristo Sada LC | Fuente: www.la-oracion.com

Juan Pablo II dijo a los jóvenes en París el 1 de julio de 1980: “Toda la historia de la humanidad es la historia de la necesidad de amar y de ser amado. El corazón humano es un buscador apasionado. Siempre está en busca de amar y de ser amado. Si conoces lo que busca, lo que sueña, a qué se adhiere, entonces conocerás lo que esconde. Su búsqueda lo revela.” Donde está tu tesoro, allí estará tu corazón (Lc 12, 34)

El corazón nos habla de todo lo que es propio de un hombre. A través del corazón podemos penetrar todo nuestro ser (Sal 102,1), lo más profundo y genuino de cada persona. Si conocemos y tocamos el corazón de una persona, llegamos a su centro, a lo más íntimo. A “todo lo que se expresa como persona única e irrepetible en su yo íntimo y, al mismo tiempo, en su trascendencia.” (Juan Pablo II, Vancouver, 1984)

Vamos al corazón de Jesús de Nazaret. Si tomamos los evangelios y si hacemos memoria de cómo es Él con nosotros, encontramos un corazón manso, que escucha, que acompaña, que se conmueve, que conecta con los sentimientos más profundos del que tiene delante y se compadece, un corazón que sufre; un corazón profundo, que es todo entrega.

En el caso de Jesús, Dios hecho hombre, su corazón humano esconde el misterio de la Trinidad y nos revela el amor de Dios, la intimidad y la trascendencia del amor divino. Por eso, la devoción al Sagrado Corazón de Jesús nos propone contemplar el amor divino en el corazón humano de Jesús.

“¡Si los hombres de hoy, y especialmente los cristianos, llegasen a descubrir de nuevo las maravillas que se pueden conocer y gozar en la celda interior, y más aún en el Corazón de Cristo! ¡Entonces, sí, el hombre volvería a encontrarse a sí mismo, las razones de su dignidad, el fundamento de cada uno de sus valores, la altura de su vocación eterna!” (Juan Pablo II, 29/IV/1980)

Nuestra oración ha de estar centrada en el corazón de Cristo. ¿Lo está? En la meditación diaria tomamos los evangelios, nuestra propia experiencia junto a Él y la de tantos otros, y buscamos conocer quién es Jesús, cómo es, cómo siente, qué le hace sufrir y cómo sufre, qué le gusta, cuáles son sus ilusiones, cómo trata a sus amigos y a sus enemigos, en qué sueña, qué le preocupa, cuándo se aflige, qué le conmueve, qué busca, a quién busca, con quién se detiene, cómo reacciona, cuándo se alegra, cuándo llora, cómo llora, a quién ama, cómo ama… ¿Es así nuestra oración?

En la meditación nos detenemos a mirar y contemplar la mirada de Jesús. Mirándole descubrimos que él nos estaba mirando primero y que “el Señor mira el corazón” (1 S 16,7) Su mirada es pura, infunde paz y seguridad. Y ese intercambio de miradas entre tú y Jesús en la oración, te introduce en el conocimiento interno de Jesús, bajo la acción del Espíritu Santo, y despierta en ti una fascinación y un deseo de ser su amigo, de amarle y seguirle. Así, la contemplación del corazón humano de Jesús en la oración es la puerta para entrar en la intimidad de la comunión trinitaria.

De nuevo nos encontramos con el costado traspasado: Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado (Jn 20, 27) Es una invitación a escrutar la intimidad del amor de Dios que se encarnó, murió yresucitó. Y ya verás, si en la oración introduces la mano, la mente y el corazón en el amor del corazón de Cristo, encontrarás que su bondad es poderosa; a esa omnipotencia en el manar de su bondad la llamamos: Misericordia.

Sagrado Corazón de Jesús, en tí confío

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Un corazón libre es un corazón luminoso

Se puede tener sólo con los tesoros del cielo: el amor, la paciencia, el servicio a los demás, la adoración a Dios.

Por: SS Francisco | Fuente: vativan.va

 
Fragmento de la homilía del Papa Francisco el viernes 20 de junio de 2014

Dinero, vanidad y poder no hacen feliz al hombre.

Los auténticos tesoros, las riquezas que cuentan, son el amor, la paciencia, el servicio a los demás y la adoración a Dios.

No atesoréis para vosotros tesoros en la tierra, donde la polilla y la carcoma los roen y donde los ladrones abren boquetes y los roban. Haceos tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni carcoma que los roen, ni ladrones que abren boquetes y roban. Porque donde está tu tesoro allí está tu corazón». (Mateo 6, 19-23).

No acumuléis tesoros en la tierra. Es un consejo de prudencia. Tanto que Jesús añade: «Mira que esto no sirve de nada, no pierdas el tiempo».

Son tres, en particular, los tesoros de los cuales Jesús pone en guardia muchas veces:

 

 

 

  • El primer tesoro es el oro, el dinero, las riquezas. Y, en efecto, «no estás a salvo con este tesoro, porque quizá te lo roben. No estás a salvo con las inversiones: quizá caiga la bolsa y tú te quedes sin nada. Y después dime: un euro más ¿te hace más feliz o no?. Por lo tanto, las riquezas son un tesoro peligroso.
    Cierto, pueden también servir «para hacer tantas cosas buenas», por ejemplo: para poder llevar adelante la familia. Pero, si tú las acumulas como un tesoro, te roban el alma. Por eso Jesús en el Evangelio vuelve sobre este argumento, sobre las riquezas, sobre el peligro de las riquezas, sobre el poner las esperanzas en ellas.
  • El segundo tesoro del que habla el Señor «es la vanidad», es decir, buscar “tener prestigio, hacerse ver”. Jesús condena siempre esta actitud: Pensemos en lo que dice a los doctores de la ley cuando ayunan, cuando dan limosna, cuando oran para hacerse ver. Por lo demás, tampoco la belleza sirve, porque también… se acaba con el tiempo.
  • El orgullo, el poder, es el tercer tesoro que Jesús indica como inútil y peligroso. Una realidad evidenciada en la primera lectura de la liturgia tomada del segundo libro de los Reyes (11, 1-4. 9-18. 20), donde se lee la historia de la «cruel reina Atalía: su gran poder duró siete años, después fue asesinada». En fin, «tú estás ahí y mañana caes», porque «el poder acaba: cuántos grandes, orgullosos, hombres y mujeres de poder han acabado en el anonimato, en la miseria o en la prisión…».

    He aquí, pues, la esencia de la enseñanza de Jesús: «¡No acumuléis! ¡No acumuléis dinero, no acumuléis vanidad, no acumuléis orgullo, poder!
    ¡Estos tesoros no sirven!».

    Más bien son otros los tesoros para acumular. Hay un trabajo para acumular tesoros que es bueno». Lo dice Jesús en la misma página evangélica: «Donde está tu tesoro allí está tu corazón».

    Este es precisamente «el mensaje de Jesús: tener un corazón libre». En cambio «si tu tesoro está en las riquezas, en la vanidad, en el poder, en el orgullo, tu corazón estará encadenado allí, tu corazón será esclavo de las riquezas, de la vanidad, del orgullo».

    Un corazón libre se puede tener sólo con los tesoros del cielo: el amor, la paciencia, el servicio a los demás, la adoración a Dios. Estas «son las verdaderas riquezas que no son robadas». Las otras riquezas —dinero, vanidad, poder— «dan pesadez al corazón, lo encadenan, no le dan libertad».

    Hay que tender, por lo tanto, a acumular las verdaderas riquezas, las que «liberan el corazón» y te hacen «un hombre y una mujer con esa libertad de los hijos de Dios». Se lee al respecto en el Evangelio que «si tu corazón es esclavo, no será luminoso tu ojo, tu corazón».

    Un corazón libre es un corazón luminoso, que ilumina a los demás, que hace ver el camino que lleva a Dios, que no está encadenado, que sigue adelante y además envejece bien, porque envejece como el buen vino: cuando el buen vino envejece es un buen vino añejo. Al contrario, el corazón que no es luminoso es como el vino malo: pasa el tiempo y se echa a perder cada vez más y se convierte en vinagre.

    Pidamos al Señor para que nos dé esta prudencia espiritual para comprender bien dónde está mi corazón, a qué tesoro está apegado. Y nos dé también la fuerza de «desencadenarlo», si está encadenado, para que llegue a ser libre, se convierta en luminoso y nos dé esta bella felicidad de los hijos de Dios, la verdadera libertad».

María conservaba todas las cosas en su corazón

Corazón Inmaculado de María. Que como María, nuestra vida sea un peregrinar en la fe cuando no entendamos los por qué de la vida.

Por: Misael Cisneros | Fuente: Catholic.net

Del santo Evangelio según san Lucas 2, 41-51
María y José iban todos los años a Jerusalén a la fiesta de la Pascua. Cuando tuvo doce años, subieron ellos como de costumbre a la fiesta y, al volverse, pasados los días, el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin saberlo su padres. Pero creyendo que estaría en la caravana, hicieron un día de camino, y le buscaban entre los parientes y conocidos; pero al no encontrarle, se volvieron a Jerusalén en su busca. Y sucedió que, al cabo de tres días, le encontraron en el Templo sentado en medio de los maestros, escuchándoles y preguntándoles; todos los que le oían, estaban estupefactos por su inteligencia y sus respuestas. Cuando le vieron, quedaron sorprendidos, y su madre le dijo: Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira, tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando. Él les dijo: Y ¿por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre? Pero ellos no comprendieron la respuesta que les dio. Bajó con ellos y vino a Nazaret, y vivía sujeto a ellos. Su madre conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón.

Oración introductoria
Señor, quiero ocuparme en tus cosas, quiero que seas Tú el centro de mi vida y, cumplir tu voluntad, el incentivo de todas mis acciones. ¡Ven Espíritu Santo! Ilumina mi mente y mi corazón en esta oración.

Petición
Espíritu Santo, dame la fortaleza para cumplir la voluntad de Dios.

Meditación del Papa Francisco

Jesús permaneció en esa periferia durante treinta años. El evangelista Lucas resume este período así: Jesús “estaba sujeto a ellos [es decir a María y a José]”. Y uno podría decir: ‘Pero este Dios que viene a salvarnos, ¿perdió treinta años allí, en esa periferia de mala fama?’. ¡Perdió treinta años! Él quiso esto. El camino de Jesús estaba en esa familia. “Su madre conservaba todo esto en su corazón. Y Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres”. No se habla de milagros o curaciones, de predicaciones —no hizo nada de ello en ese período—, de multitudes que acudían a Él. En Nazaret todo parece suceder ‘normalmente’, según las costumbres de una piadosa y trabajadora familia israelita: se trabajaba, la mamá cocinaba, hacía todas las cosas de la casa, planchaba las camisas… todas las cosas de mamá. El papá, carpintero, trabajaba, enseñaba al hijo a trabajar. Treinta años. “¡Pero qué desperdicio, padre!”. Los caminos de Dios son misteriosos. Lo que allí era importante era la familia. Y eso no era un desperdicio. Eran grandes santos: María, la mujer más santa, inmaculada, y José, el hombre más justo… La familia. (S.S. Francisco, Audiencia General del 17 de diciembre de 2014).

Reflexión
Quién mejor que una madre como María sabe lo que significa perder al Hijo de Dios, y a su propio hijo. Si en eso momentos Dios Padre le hubiese pedido cuentas a María de la educación de su hijo ¿qué hubiese respondido María? ¿Se me perdió y no lo encuentro o está cumpliendo tu voluntad? Por lo angustiada que estaba parecería que responderíase me perdió. Con esto no hay otra prueba más convincente de que María amaba a Jesús como tantas otras madres posiblemente amaban sus hijos. Era su hijo y como tal lo amaba y lo cuidaba. Sin embargo, el mismo amor de madre le llevó a callarse ante la respuesta de Jesús: tenía que ocuparme de las cosas de mi padre. ¿Que Jesús no sabía que María estaba dando su vida por Él? ¿No sabía que sin la ayuda de una madre no hubiese podido sobrevivir? ¿Y que si no moría de hambre moriría asesinado por los hombres de Herodes? Posiblemente lo sabía pero también tenía bien claro la misión que debía cumplir, y debía comenzar cuanta antes.

Pero detengamos por más tiempo nuestra mirada en María. Una madre que ha cuidado durante 12 años a su hijo y ahora su hijo le sale con esta respuesta tan desconcertante. Son los riesgos de una madre. A más amor por el hogar más sacrificios que debe afrontar.

Ojalá que en nuestra vida también se cumplan estas palabras que dijo Juan Pablo II de ella: toda su vida fue una peregrinación de fe. Porque caminó entre sombras y esperó en lo invisible, y conoció las mismas contradicciones de nuestra vida terrena.

Propósito
Que como María también nuestra vida sea un peregrinar en la fe cuando no entendamos los por qué de la vida y ofrecer un misterio del rosario por un miembro de mi familia que esté alejado de la Iglesia.

Diálogo con Cristo
Señor Jesús, la angustia que pasó la santísima Virgen al no encontrarte es la peor pesadilla de cualquier padre de familia. Qué difícil debe haber sido para ella el no entender tu aparente indiferencia a su sufrimiento. Permíteme crecer en tu gracia para que, al igual que María, sepa aceptar la angustia o el dolor, sin dejar mi oración, confiando siempre en tu Divina Providencia.

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La devoción al Inmaculado Corazón de María

Consulta también al P. Jesus Martí Ballester en su artículo El Inmaculado Corazón de María