El conductor imprudente

¿Cómo tratamos a nuestra alma?. ¿Acaso no somos como un conductor de automóvil irresponsable, que arriesga su vida?

Por: Oscar Schmidt | Fuente: www.reinadelcielo.or

 
Hace algunos años tuve la ocasión de conocer laboralmente a dos hombres que trabajaban en equipo largas horas al día. Una mañana nos enteramos que uno de ellos había fallecido en un accidente de automóvil la noche anterior. Con gran preocupación esperamos la llegada de su compañero, para darle la terrible noticia. Cuando se enteró, guardó un largo silencio, y luego dijo: “y…andaba muy fuerte…”. El hombre le había dicho muchas veces a su amigo que no manejara su auto de ese modo, que ponía a riesgo su vida y la de otros. Esta preocupación, que llevó en su corazón durante quien sabe cuanto tiempo, afloró como una espada cuando se concretó lo que tanto temía. No pudo dejar de ver la muerte de su amigo como una consecuencia esperable ante su imprudente modo de conducir. Todos quedamos sorprendidos ante tan extraña respuesta, por lo racional y fría de la misma, que reflejaba que lo ocurrido era un evento de algún modo anticipable.

Después de varios años ésta historia vuelve a mi recuerdo. Todos somos responsables de nuestros actos, respecto de nuestras familias y de quienes nos rodean. Muchas veces pedimos ayuda a Dios, o confiamos en la ayuda de Dios, mientras ponemos todo de nuestro lado para que las cosas nos resulten mal. ¿Y que se puede decir entonces cuando la tragedia llega a nuestra vida?. ¿A quien podemos culpar sino a nosotros mismos?. Muchas veces se dice: “ayúdate y Dios te ayudará”. Esto no significa negar la acción de Dios sobre nuestras vidas. ¡Todo lo contrario!. Dios actúa en nuestra vida cuando somos dignos Hijos suyos, cuando nuestras acciones son justas, responsables, medidas y orientadas a la caridad hacia los demás. Cuando actuamos irresponsablemente nos alejamos de lo que Dios espera de nosotros, ya que Dios es orden y mesura también. Dios no es desordenado, ni atolondrado, y mucho menos irresponsable. ¿Acaso no se advierte en la Creación Su sello de perfección, armonía, orden y disciplina?.

Mientras tanto, ¿cómo tratamos nosotros a nuestra alma?. ¿Acaso no somos como un conductor de automóvil irresponsable, que arriesga su vida y quizás la de su familia, frente al modo en que conducimos nuestra alma?. Es más fácil de advertir la falta de sensatez de quien arriesga físicamente la vida propia y la de otros, pero es mucho más sutil el accionar de quien arriesga la perdición de su alma o la de quienes lo rodean. Un padre o una madre que conducen mal una familia, ponen en juego las almas de sus hijos también, y las propias. Y recordemos que el alma, a diferencia del cuerpo que es corruptible, está destinada a la vida eterna o a la perdición eterna.

Entonces cuerpos y almas deben ser tratados con responsabilidad. El cuerpo es el Templo del Espíritu Santo. Nuestra alma, mientras tanto, es el tesoro más valioso que Dios nos da.

Seamos buenos conductores de almas, manejemos con delicadeza nuestras vidas, de tal modo de llegar a destino con la valiosa carga a salvo: nuestra propia alma y las de aquellos que nos han sido confiados.

 

 

 

 

 

 

 

A medio camino… empecemos hoy

Tal vez nos han pasado cosas inesperadas, dolorosas,o hemos encontrado obstáculos más fuertes de lo que esperábamos para poder realizar todo aquello que con tanto entusiasmo emprendimos.

Por: Ma Esther De Ariño | Fuente: Catholic.net

Nos encontramos a medio camino, en la mitad del año.

Ha transcurrido ya tiempo desde aquellos primeros días de enero en los que pisábamos el flamante camino con un paso un poco cauteloso, con una incógnita en el corazón pero también con una alforja llena de buenos propósitos. Empezábamos el camino nuevo, mejor dicho, no había camino, ahora se ha hecho camino al andar.

Es bueno volver la vista atrás y hasta quizá hacer un alto en este tan personal sendero para ver qué ha sido de todo “aquello” que nos propusimos con auténtico afán de mejorar. ¿Somos, aunque sea un poco, algo mejores? ¿Vamos cumpliendo con aquellas metas que se nos antojaron que podíamos alcanzar? ¿Los que nos rodean podrán decir que hemos cambiado, que se nos nota diferentes y que ahora nuestro trato y cercanía es una agradable realidad?

Tal vez nos han pasado cosas, muchas cosas inesperadas, quizá dolorosas, tal vez hemos encontrado muchos obstáculos, más fuertes de lo que esperábamos encontrar para poder realizar todo aquello que con tanto entusiasmo emprendimos pero… también quizá nos hemos ido dejando llevar por el cómodo “mañana” y ese, como es natural, aún no llega. No nos desanimemos.

El comienzo de un nuevo año no es elemento privativo de cambio. Siempre se puede cambiar. Nunca es tarde. Empecemos hoy, desde este instante. Nada importa que hayan pasado los meses…lo que pasó, pasó, y en este momento lo que estamos viviendo es el HOY.

Veamos al fondo de nuestra alforja de peregrinos, de caminantes hacia la casa del Padre. ¿Todavía están aquellos propósitos, aquellos buenos deseos?. Pues empecemos hoy. Ahora. Si era el dejar de fumar, el beber en demasía y sin control, el comer desordenadamente, el abatir la pereza, etcétera, hoy es el momento.

No olvidemos que nunca es tarde para decir: te quiero, para perdonar, para llamar al amigo o a la amiga que teníamos en el olvido, para visitar a una persona que está sola o enferma, para ser más comprensivos, más tolerantes, para ser más generosos, más desprendidos, más cariñosos, más alegres, más puntuales, más responsables de nuestros deberes y obligaciones, más cordiales, más humildes, más serviciales, más honestos, más pacientes, más serenos, más limpios de corazón, más auténticos, más firmes en el cumplimiento de las leyes de Dios, en resumen: más FELICES. No olvidemos a Dios en nuestro diario caminar, Él es el único que nos dará esa fuerza para cumplir nuestros propósitos, que nos ayudará a amar más y mejor, Él es quien nos da la verdadera alegría. No olvidemos su gran amor por nosotros.

Porque vivir empeñados en todo esto nos traerá la PAZ y con la paz en nuestra vida iremos haciendo el camino nuevo, que día a día, marcan nuestros pasos, pero siempre con el esfuerzo y el empeño de ser cada día mejores. EMPECEMOS HOY.
Preguntas o comentarios al autor   Ma. Esther de Ariño

Los caminos a Cristo

Elige un santo que te represente, con el que te sientas especialmente identificado, y ámalo. Conócelo, aprende sobre su vida, pídele su intercesión ante Dios.

Por: Oscar Schmidt | Fuente: Catholic.net

 
Todos tenemos dentro una fuerza que nos lleva a Dios. Pero esa fuerza, misteriosa y poderosa, toca nuestras almas en los lugares donde más provecho se puede obtener para beneficio de nuestra propia salvación, creando el camino que nos abre a la gracia y a la luz. ¿Existe entonces un sólo camino para llegar a Jesús?. Si, y no. Si, porque el camino del amor es el único sendero que nos lleva al Reino. Angosto y empinado, ondulante y lleno de dificultades, pero luminoso y claro para quienes buscan hacer la Voluntad del Creador. Y también no, porque cada uno de nosotros tiene una esencia que le indica distintos modos de manifestar su espiritualidad.

De este modo vemos claramente que existen distintos tipos de espiritualidad, distintos modos de manifestar nuestro deseo de hacer la Voluntad de Dios. ¿Dónde podemos ver claramente manifestadas estas distintas espiritualidades, en su plena diversidad?. ¡En la vida de los santos!.

La espiritualidad de los que se aproximaron a la perfección que Dios nos pide, nuestros amados santos, se muestra variada e iridiscente. Como una joya que brilla en sus diversas tonalidades, pero siempre hermoso a los ojos de Dios. Rubíes, diamantes, amatistas, esmeraldas, zafiros. Todas estas distintas formas de manifestar la gloria de Dios nos muestran los caminos que se nos ofrecen como ejemplo a imitar. ¿Quién puede decir que el Padre Pío (¡San Pío!), o que Santa Rita, o Santa Teresita, o San Francisco, o el Santo Cura de Ars, o San Pablo son idénticos?. No lo son, y sin embargo todos ellos son hermosos y fascinantes a los ojos de los que los admiran en su santidad. Algunos impetuosos y llenos de fuerza evangelizadora, otros humildes y pequeños en su entrega a Dios, unos buenos y caritativos hasta el infinito, otros abnegados y entregados en su sufrimiento a los dolores que Dios les dio como misión de vida. Todos tienen puntos de comparación con algún aspecto de la vida de Cristo, pero ninguno es tan perfecto como el propio Hijo de Dios lo fue en Su vida de Hombre-Dios.

De este modo, podemos ver que las distintas espiritualidades que los santos nos han enseñado y nos enseñan (porque santos han habido siempre y los hay en nuestro tiempo), son espejos en los que cada uno de nosotros se puede buscar. Es muy importante encontrar cual es la espiritualidad que mejor se adapta a los dones que Dios nos ha dado, a la esencia de nuestra alma. Y si podemos amar al santo que representa esa espiritualidad, tendremos un punto de apoyo y un mapa que facilitará nuestro crecimiento en la fe y el amor. Ese santo representará la meta que debemos buscar, como camino de llegada a Cristo. Pero también es importante comprender y respetar la existencia de otras espiritualidades, otras formas de santidad que conviven en armonía en la gracia de Dios.

El Señor se adapta a nosotros, porque Su Amor es infinito. El es el amor, y en su inmensa caridad se amolda a nuestras necesidades y debilidades. Porque nuestras fortalezas (nuestras virtudes naturales) también acarrean nuestras debilidades. Si tuviéramos un balance perfecto entre todas las virtudes Divinas, seríamos como Cristo. Pero sólo El puede lograrlo.

Elige un santo que te represente, con el que te sientas especialmente identificado, y ámalo. Conócelo, aprende sobre su vida, pídele su intercesión ante Dios, no te apartes de el. Dios lo ha enviado para ayudarte y socorrerte cuando la tempestad del mundo te sacuda como una hoja en el viento. El es tu ancla, tu brújula y tu vela. Deja que su viento te lleve a tierras de paz espiritual y amor fraterno. Si lo haces bien, te encontrarás en el Reino con todas las demás espiritualidades, con todos los santos que han llegado a merecer contemplar la Luz del Rostro de Dios.

 

 

 

 

 

¿Por qué tanta prisa?

Me gustaría detenerme en este mismo instante. ¿Por qué tanta agitación? Ya no se detenerme. Me he olvidado de rezar, se me olvida que estás ahí.

Por: Ma. Esther De Ariño | Fuente: Catholic.net

Un día y otro día regreso a Ti, Señor. A veces no es continuo mi acercamiento porque hay “otras cosas” que me entretienen, que me ocupan y me olvido de Ti. Y hay ando queriendo ser yo la que arregla las cosas, ser yo la que les doy solución a los problemas pero sin tu ayuda….porque me creo suficiente.

Paso por momentos difíciles , me entra la angustia, el miedo, la tristeza, me veo débil, vulnerable, y es entonces que me acuerdo de Ti y se que tu siempre me estás esperando. Por fin, rendida de mis afanes, de mis luchas y muchas veces de mis equivocaciones… regreso a Ti. Vuelvo a recordar tus palabras: “ Vengan a mi, todos los que estén fatigados y agobiados por la carga, que yo les daré alivio” Mt.11, 28.

Hay días que todo parece hecho para sacarnos de quicio! Hay días que uno y mil detalles, pequeños quizá, nos ponen con los nervios de punta y sentimos que la paciencia se nos termina ante tanta contrariedad.

Hoy, Señor, es uno de esos días…. Necesito que me ayudes, que des sosiego a mi alma, paz a mi mente que parece caballo desbocado y esa impaciencia me hace mucho daño.

Al abrir los ojos ante un nuevo día lo primero que debí hacer es poner mi mente y mi corazón para darte gracias, después pedirte. Pedirte sin temor de abrumarte. Es la manera de involucrarte en nuestro diario vivir. Tu como Padre bueno nos escuchas y sabes de todas nuestras necesidades, aún mejor que nosotros, pero quieres que te lo pidamos y así hacemos un diálogo directo contigo. “Pedid y recibiréis , llamad y se os abrirá”- nos dices.

No siempre se cumplen nuestros deseos al pie de la letra pero hemos de estar seguros que alguna gracia nos llegará en lugar de aquello que pedimos con todo el corazón y no se nos dio porque los planes de Dios no siempre coinciden con los nuestros. Lo que siempre debemos de pedir con gran fe es que nos llene de paciencia para vivir el nuevo día que se abre ante nosotros.

La paciencia es una virtud que hace que soportemos los males con mucha más aceptación. Dicen que la paciencia es más útil que el valor. Nos da la cualidad de saber esperar con tranquilidad las cosas que tardan en llegar y nos hace más llevadero todo aquello que nos alcanza y nos hace sufrir: enfermedades, reveses de fortuna, momentos de dolor y prueba, impotencia ante una amarga situación, etcétera. Todo esto con paciencia será mejor llevado y dará a nuestro diario vivir la paz anhelada.

Mil cosas vendrán que pondrán a prueba nuestra dosis de paciencia. Por eso hay que tener un verdadero caudal, fuente inagotable de la que siempre podamos beber. ¡Qué no se nos acabe la paciencia! porque si ella se nos termina rápidamente ocupará su lugar en nuestra alma la desesperación, la irritación, el mal modo, el abatimiento, el enojo y tal vez la ira. La ira es uno de los pecados capitales que más nos desgarra el alma, nos convulsiona, nos enloquece hasta perder toda dignidad y compostura. Voy a ejercitar en todas las cosas mi paciencia.

En este mundo actual es una de las virtudes más difíciles de poseer y sin embargo es de las más necesitadas precisamente por la forma de vivir tan compulsiva y apremiante que tenemos.

La paciencia y la paz van siempre unidas. En mi caminar por la vida, si tu me ayudas Jesús, voy a encontrar y poseer una paciencia a prueba de todo y la paz se me dará por añadidura. Sé que no es fácil, ante ciertas circunstancias y personas tener paciencia, pero hay que pedírtela.

Señor ¿por qué a veces se me olvida que estás ahí? Todo el día corriendo para acá y para allá. Debo detenerme…

“ Señor, me gustaría detenerme en este mismo instante. ¿Por qué tanta agitación? ¿Para qué tanto frenesí?. Ya no se detenerme. Me he olvidado de rezar. Cierro ahora mis ojos. Quiero hablar contigo, Señor. Quiero abrirme a tu universo pero mis ojos se resisten a permanecer cerrados. Siento que una agitación frenética invade todo mi cuerpo, se agita, esclavo de la prisa. Señor, me gustaría detenerme ahora mismo. ¿Por qué tanta prisa? ¿Por qué tanta agitación?. (Hasta aquí una parte de su escrito para terminar así). Mi corazón continua latiendo pero de una manera diferente. No estoy haciendo nada, no estoy apurándome. Simplemente, estoy ante Ti, Señor. Y qué bueno es estar delante de TI. Amén.” P. Ignacio Larrañaga

Ayúdame mi Señor, en todas las pruebas que me salgan al paso.

El empuje decisivo

¿Por qué somos tan débiles? ¿Por qué no ponemos en práctica ideales buenos? ¿Por qué dejamos que el pecado carcoma nuestras vidas?

Por: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net

 
Conocemos las normas y entendemos su sentido, pero a veces preferimos el capricho, decidimos vivir a nuestro aire.

Sabemos que existe un castigo para la injusticia, pero no faltan momentos en los que creemos que podremos evitar de algún modo las penas que merecen nuestras faltas.

Creemos que Dios lo ve todo, pero ante un dinero fácil o un placer prohibido escogemos el mal camino, arriesgamos el futuro eterno.

Queremos, incluso, ser honestos, justos, buenos, pero el mal nos aturde de mil maneras y con facilidad dejamos de ayudar a un amigo para disfrutar de un “plato de lentejas” o de tantos gustos que nos ofrece el mundo en el que vivimos.

¿Por qué somos tan débiles? ¿Por qué no ponemos en práctica ideales buenos? ¿Por qué dejamos que el pecado carcoma nuestras vidas? ¿Por qué nos encerramos en pensamientos egoístas, en rencores destructivos, en avaricias que empobrecen nuestras almas?

Hace falta una fuerza enorme para vencer el peso del pecado, la energía de las malas costumbres, la corriente de un mundo desquiciado, el empuje de las pasiones desatadas.

Esa fuerza sólo puede llegar desde una presencia superior, de una mano divina, de un Amor que no tenga miedo a mis miserias, de una Misericordia que pueda lavar mis faltas. Sólo la gracia vence al pecado.

Sí: sólo Dios nos permite romper contra la nube de mal que ciega los corazones de los hombres. Porque Dios es omnipotente y bueno, porque es Padre, porque no puede olvidar que somos hijos suyos, débiles y pobres, y por eso muy necesitados de su gracia.

Si recibimos a Dios, si le dejamos tocar nuestras almas y limpiarlas con el sacramento de la Penitencia, si lo acogemos presente y vivo en la Iglesia, si lo gustamos en la Eucaristía, si entramos en su misterio desde la Sagrada Escritura, recibiremos ese empuje definitivo que tanto necesitamos en el camino de la vida.

No faltarán momentos de fragilidad, no seremos invulnerables ante el pecado. Pero al menos habremos dado ese paso decisivo que separa al mediocre del cristiano verdadero. Seremos parte de aquellos esforzados que luchan, en serio, por entrar en el Reino de los cielos… (cf. Lc 16,16).

 

El camino del grano de trigo

El grano de trigo que con su muerte hoy será mañana espiga llena de frutos y alegrías.

Por: P. Fernando Pascual | Fuente: Catholic.net

Pasa más a menudo de lo que imaginamos. Un corazón busca a Dios, quiere servir a sus hermanos, estudia el Catecismo, lee escritos de grandes santos. Dedica tiempo a la oración, va a misa los domingos y varios días entre semana, empieza a rezar el rosario o a hacer otras oraciones de la espiritualidad cristiana. A pesar de todo, está inquieto. Como si su esfuerzo espiritual no valiese nada; como si estuviese ante un muro de silencios que le deja confundido, perplejo, lleno de zozobras.

Otras veces, el desasosiego nace espontáneamente, en vidas grises que no trabajan ni para el bien ni para el mal. O en otras vidas que iban “bien”, en corazones que creían tener cualidades y energías para afrontar los retos de la vida. De la noche a la mañana, un problema personal, un pleito en la familia, un suspenso en la universidad, una pelea con el novio o la novia, o simplemente el cambio de clima… y todo se vuelve oscuro, triste, vacío, misteriosamente absurdo.

Buscamos, entonces, desesperadamente, la paz del alma. A veces con un mayor esfuerzo en los compromisos cristianos. O con lecturas de más libros que puedan darnos algo de luz. O a través de un sacerdote al que presentamos nuestras zozobras, nuestras inquietudes, ese extraño cansancio ante la vida que puede sorprendernos a todos: al adolescente, al adulto, al anciano, al sano o al enfermo.

Buscamos la paz, anhelamos la paz. Casi como si Dios estuviese obligado a curarnos, como si el ir a una iglesia para rezar con el corazón abierto fuese suficiente para que la paz volviese al alma, como si la confesión o el diálogo con un sacerdote llevase, automáticamente, a la recuperación de la serenidad.

Es casi inevitable que actuemos así. Pero a veces podríamos preguntarnos si Dios no nos estaría pidiendo un paso más. Quizá la prueba, la dificultad, el abatimiento, son señales de un vivir frío, sin amor, sin esperanza, sin fe. Entonces habría que revisar cómo va, de verdad, nuestra vida de gracia; para extirpar cualquier sombra de pecado que nos paralice; para arrancar un egoísmo que todo lo domina, que todo lo dirige, que todo lo sopesa; para encender hogueras de fervor con el recurso serio, decidido, a todo lo que es propio de la vida cristiana.

Otras veces, lo que Dios nos pide es que dejemos de buscar esa misma paz como si fuese lo único importante para nosotros. Sería triste que viésemos nuestra fe católica como si fuese una garantía para solucionar problemas, como un seguro anti-balas contra depresiones y cansancios que, tarde o temprano, pueden llegarnos a todos. Ver así nuestra fe, desear que Dios siempre nos dé el caramelo cuando levantamos el dedo en medio de la tormenta, es olvidar que también es Evangelio la lección del grano de trigo.

No nos resulta nada fácil comprender que es parte del dinamismo cristiano, que es la esencia de cualquier vida humana, vivir según el grano de trigo. Si el grano no cae, si no muere, si no rompe sus defensas para ponerse en manos de la acción divina, no da fruto; porque el que ama su vida la pierde, mientras que el camino hacia la vida plena consiste, precisamente, en aceptar la muerte, a veces lenta, a veces dolorosa (cf. Jn 12,24).

En otras palabras, aunque nos cueste aceptarlo, también es vida cristiana la de quien, en medio de angustias y miedos, en medio de caídas involuntarias o voluntarias pero aborrecidas, en medio del dolor físico o de profundas penas morales, en medio incluso de depresiones y de apatías en el espíritu, coge cada día el arado y se pone a caminar. Sin mirar hacia atrás, sin lamentarse por lo que le falta, sin pensar si es justo vivir así, entre tantas inquietudes, sin un poco de paz en la propia vida.

Es triste ver cómo pululan aquí y allá métodos más o menos pseudocientíficos y pseudoespirituales que prometen una y otra vez devolver la paz interior, dar seguridades psicológicas, abrir horizontes de autorrealización. No pocas veces esos métodos buscan sugestionar a las personas para hacerlas pactar con sus pequeñeces, o para pensar que son mucho más de lo que hasta ahora habían pensado, o para invitarlas a “crecer” basadas simplemente en la propia voluntad y en sentimientos “positivos”, llenos no pocas veces de egoísmos y vacíos, profundamente vacíos, de Dios.

El camino del Evangelio, en cambio, es otro. Abnegación, renuncia, cruz, muerte. Para llegar a la vida hay que seguir el camino del Calvario. A la mañana de Pascua se llega a través del Viernes Santo. Es cierto, hemos de recordarlo siempre, que Cristo no deja de comprender que estamos hechos para esperar premios, para abrazar felicidades, para encontrar la paz profunda. Las bienaventuranzas tienen que iluminar y dirigir nuestros pasos. Pero todo ello llegará como regalo, como fruto maduro de quien empieza a decir no a su autorrealización y sí al camino del grano de trigo.

El mundo no sabe entrar en esta lógica, no comprende el camino del Evangelio. Existe el peligro, muy real, de que muchos cristianos tampoco pasemos por la puerta estrecha. Nos parecen duras las palabras del Maestro, y pensamos entonces en caminos más fáciles. Pero Cristo es claro: quien no toma su cruz, no podrá ser su discípulo, no podrá seguir las huellas del Señor Resucitado, que es también el Señor Crucificado (cf. Mt 16,24-26).

El camino está allí. Escogerlo es cosa de almas sencillas, que no desean grandezas demasiado humanas, que no miran si están más o menos satisfechas con su “grado de santidad”. Su sencillez, su obediencia, su renuncia, permiten el milagro. Al no querer ser nada, empiezan a serlo todo. Porque triunfan con Cristo glorioso, porque entran en el camino de la Vida verdadera, en el camino del grano de trigo que con su muerte hoy será mañana espiga llena de frutos y alegrías.

Compañeros de viaje

Todos, lejanos o cercanos, vamos hacia adelante, nos acercamos, inexorablemente, a una meta común: el cielo.

Por: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net

En tren, en autobús, en coche, en avión o en barco, viajamos juntos.

Desde que cruzamos la puerta, comenzamos a ser compañeros de viaje. Quizá solo por unas horas, en ocasiones durante varios días. Luego, cada uno seguirá su camino, hasta alcanzar la meta que esperaba.

Mientras dura el viaje, estamos juntos. Tal vez en silencio, por respeto a los pensamientos del otro. Tal vez en una conversación intrascendente, hablando del tiempo, del fútbol o del mal estado de las carreteras. Tal vez, en un diálogo profundo, porque logramos conectar en un interés común.

El tiempo no perdona. Llega la hora de separarnos. Si el viaje ha permitido un encuentro feliz y fecundo, queda en el corazón algo de tristeza. Quizá nos volveremos a ver más adelante, en una de esas misteriosas casualidades de la vida. O tal vez hemos intercambiado teléfonos y mails, deseosos de seguir nuestro diálogo.

¿Qué significó ese encuentro casual? ¿Fuimos simplemente dos extraños que estaban juntos durante el viaje? ¿Había algo dentro de cada uno que nos permitía compartir intereses, ideales, sueños, temores y esperanzas?

Si alargamos la mirada, seremos capaces de reconocer que somos compañeros de camino de cada ser humano. Algunos están lejos, a miles de kilómetros de distancia. Otros están muy cerca, en el piso de arriba o de abajo, aunque en ocasiones no sabemos sus nombres…

Todos, lejanos o cercanos, vamos hacia adelante, nos acercamos, inexorablemente, a una meta común: la que inicia tras la muerte.

El camino hacia esa meta definitiva parece largo. Para algunos, el final llega de modo inesperado. Para otros, se retrasa más de lo que desearían. Para todos, esa meta nos une misteriosamente: al otro lado de esa frontera descubriremos que en cada uno había un alma llamada a lo eterno, hermanada, profundamente, con los demás seres humanos.

El viaje continúa, en este tren tranquilo o en ese camión que nos marea con sus curvas. Tú y yo estamos de camino. Somos compañeros, y es hermoso cuando logramos sintonizar en temas que deciden el presente y el futuro: Dios, el amor, la verdad, la justicia, la misericordia, la belleza de lo eterno…

Comentarios al autor P Fernando Pascual LC

¿Vivo como nómada o como peregrino?

El cristiano sabe de dónde viene y a dónde va… Cristo se ha convertido en el Camino.

Por: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net

Una comparación sugestiva muestra las diferencias entre el nómada y el peregrino.

El nómada gira y gira, sin metas fijas. Se adapta, como mejor puede, a los lugares, al clima, a las circunstancias. No fija morada en ningún lugar. Llega a un punto para luego reemprender la marcha.

El peregrino también se mueve, camina, incluso a veces con giros y más giros. Pero tiene ante sus ojos una meta, un lugar en donde espera establecerse. Sueña con una patria, en la medida de lo posible, “definitiva”.

¿Cómo vivo, como nómada o como peregrino? ¿Voy de ocupación en ocupación sin una meta fija, o escojo y decido según un objetivo que dé sentido a todos los esfuerzos?

El cristiano no vive como un nómada, girando sin metas, en caminos que se convierten en un fin en sí mismos. El cristiano sabe de dónde viene y a dónde va.

Por eso es como el peregrino. Cada día avanza hacia una nueva tierra, hacia un nuevo cielo, hacia la Jerusalén celeste (cf. Ap 21). Tiene clara su esperanza, porque ha recibido un Amor indestructible.

Para el bautizado, Cristo se ha convertido en el Camino. Su peregrinación tiene sentido, porque le lleva a la Patria verdadera (cf. Hb 11,14-16), al lugar donde nos espera Dios Padre con el Hijo en el Espíritu…

 

Comentarios al autor P Fernando Pascual LC

Que haya paz en esta casa

Mateo 10, 7-15. Tiempo Ordinario. La evangelización, en nuestro tiempo, sólo será posible por medio del contagio de la alegría.

Por: H. Gastón Vicuña | Fuente: Catholic.net

Del santo Evangelio según san Mateo 10, 7-15
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus Apóstoles: Id y proclamad que el Reino de los Cielos está cerca: curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios. Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis. No llevéis en la faja oro, plata ni calderilla; ni tampoco alforja para el camino, ni otra túnica, ni sandalias, ni bastón; bien merece el obrero su sustento. Cuando entréis en un pueblo o aldea, averiguad quién hay allí de confianza y quedaos en su casa hasta que os vayáis. Al entrar en una casa saludad; si la casa se lo merece, la paz que  deseáis vendrá a ella. Si no se lo merece, la paz volverá a vosotros. Si alguno no os recibe o no os escucha, al salir de su casa o del pueblo, sacudid el polvo de los pies. Os aseguro que el día del juicio les será más llevadero a Sodoma y Gomorra, que a aquel pueblo.

Oración introductoria
Jesús, creo que estás aquí conmigo, que me escuchas y me hablas al corazón. Creo que todo lo que soy es regalo tuyo y que me amas más que nadie en este mundo. Enséñame a tomarme de tu mano y a vivir más confiado en ti, porque contigo no existe mal alguno. Ayúdame a abrirte mi corazón en esta oración, para aceptar con gozo tu voluntad y amarte en el cumplimiento fiel de tu querer.

Petición
Jesús, que sea el apóstol que quieres de mí.

Meditación del Papa Francisco

El Señor quiere una Iglesia pobre que evangelice a los pobres. Cuando Jesús envió a los Doce, les dijo: “No os procuréis en la faja oro, plata ni cobre; ni tampoco alforja para el camino; ni dos túnicas, ni sandalias, ni bastón; bien merece el obrero su sustento”. La pobreza evangélica es una condición fundamental para que el Reino de Dios se difunda. Las alegrías más hermosas y espontáneas que he visto en el transcurso de mi vida son las de personas pobres, que tienen poco a que aferrarse. La evangelización, en nuestro tiempo, sólo será posible por medio del contagio de la alegría.

Como hemos visto, la Bienaventuranza de los pobres de espíritu orienta nuestra relación con Dios, con los bienes materiales y con los pobres. Ante el ejemplo y las palabras de Jesús, nos damos cuenta de cuánta necesidad tenemos de conversión, de hacer que la lógica del ser más prevalezca sobre la del tener más. Los santos son los que más nos pueden ayudar a entender el significado profundo de las Bienaventuranzas. (S.S. Francisco, Mensaje para la XXIX Jornada Mundial de la Juventud 2014).

Reflexión
Mateo ha grabado en su Evangelio estas instrucciones que Jesús dio a sus discípulos antes de enviarlos por los pueblos a predicar que el Reino de Dios estaba cerca. Los cristianos de todas las épocas han entendido que estas disposiciones no estaban dirigidas sólo a ellos, sino a todo cristiano que, en virtud de su bautismo, es también discípulo del Maestro y enviado a proclamar su mensaje a todos los hombres.

¿Y qué nos dice este pasaje a nosotros, dos mil años después? Las palabras de Jesús siguen siendo tan actuales como entonces, ya que vivimos igualmente en un mundo necesitado de testigos de Dios, que busca desesperadamente dónde está la verdad y el amor. Nosotros, apóstoles de nuestro tiempo, estamos también llamados a entregarnos gratuitamente a nuestros hermanos, en la ayuda desinteresada, el servicio franco y la donación personal sin medida. Jesucristo nos sigue insistiendo en la necesidad de no perdernos en las cosas y los métodos, para que así brille la luz que llevamos en el corazón. Nos previene contra el peligro de no alumbrar este mundo por estar muy distraídos con nosotros mismos. Él quiere que vivamos una vida de amor, de paz, de alegría y confianza en Él, una vida que sencilla y centrada en lo fundamental. Este es el testimonio que transforma, que convierte. Este es el estilo de vida de los primeros cristianos que cambió todo un mundo para Cristo.

“Al entrar en una casa saludad; si la casa se lo merece, la paz que de deseáis vendrá a ella.” Ser hombres de misión, de saludo y de paz. Hombres que llevan a Dios en los labios y en el corazón, pero sabiendo que mucho antes que las palabras, es el testimonio de la propia vida lo que convence y lo que arrastra a los demás hacia Dios.

¿Cuál es el testimonio que irradio a los demás? ¿Sé dejar el buen olor a Cristo con mi presencia, testimonio y conversaciones?, ¿o el respeto humano puede más en mí, y no soy capaz de dar ese testimonio que Cristo me pide?, ¿es mi comportamiento distinto frente a Dios y frente a los demás, o soy un hombre auténtico que actúa siempre de cara a Dios?

Propósito
Daré testimonio de mi fe en una entrega alegre a los demás, siendo siempre un sembrador de paz.

Dialogo con Cristo
Jesús, sé que me escuchas y me amas. Quiero oír tu voz en estas palabras del Evangelio. Sé que me llamas a ser tu testigo, a ser más tuyo y menos del mundo. Enséñame a darte siempre el primer lugar en mi vida, y servirte con alegría y desinterés en los demás. Te pido la gracia de nunca defraudar tu amor por mí, sino vivir esta vida que me regalas cumpliendo la misión que me tienes encomendada.

«La misión de todos los apóstoles de Cristo, en todos los tiempos, consiste en ser colaboradores de la verdadera alegría.» Benedicto XVI, Miércoles 10 de septiembre de 2008

 

Preguntas o comentarios al autor  Gastón Vicuña

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Preparando el Nacimiento

Adviento. Purificar nuestra conciencia y nuestro corazón para que Cristo Niño lo encuentre bien dispuesto el día de Nochebuena.

Por: P. Sergio A. Córdova LC | Fuente: Catholic.net

Del santo Evangelio según san Lucas 3, 1-6

 

En el año quince del reinado del emperador Tiberio, siendo Poncio Pilato gobernador de Judea, Herodes rey de Galilea, su hermano Filipo rey de las regiones de Iturea y Traconítide, y Lisanias rey de Abilene, en tiempos de los sumos sacerdotes Anás y Caifás, la palabra de Dios vino sobre Juan, el hijo de Zacarías, en el desierto. Y fue por toda la región del Jordán predicando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados, como está escrito en el libro de las predicciones del profeta Isaías: Voz del que grita en el desierto: “Preparen el camino del Señor; hagan rectos sus senderos; todo barranco será rellenado y toda montaña o colina será rebajada; los caminos torcidos se enderezarán y los desnivelados se rectificarán. Y todos verán la salvación de Dios.”

Oración introductoria
Señor, Tú sabes que mi deseo de pasar este tiempo contigo en la oración es auténtico. Creo que estás aquí, a mi lado, porque nunca me abandonas. Eres mi Dios, mi Señor, mi Padre, mi Creador. Yo no soy nada. Tú lo eres todo, mas aún, Tú eres mi todo. Gracias por tu amor, tu perdón y tu gracia.

Petición
Jesús, ayúdame a responder generosamente a mi vocación como lo hizo san Juan el Bautista.

Meditación del Papa
El padre de Juan, Zacarías -marido de Isabel, pariente de María- era sacerdote del culto judío. Él no creyó de inmediato en el anuncio de una paternidad así inesperada, y por esto se mantuvo mudo hasta el día de la circuncisión del niño, al que él y su esposa dieron el nombre dado por Dios, es decir, Juan, que significa “el Señor da la gracia”. Animado por el Espíritu Santo, Zacarías habló así de la misión de su hijo: “Y tú, niño, serás llamado profeta del Altísimo / pues irás delante del Señor para preparar sus caminos, / y dar a su pueblo el conocimiento de la salvación / mediante el perdón de sus pecados”. Todo esto se hizo evidente treinta años más tarde, cuando Juan comenzó a bautizar en el río Jordán, llamando al pueblo a prepararse, con aquel gesto de penitencia, a la inminente venida del Mesías, que Dios le había revelado durante su permanencia en el desierto de la Judea. Por esto fue llamado “Bautista”, es decir, “Bautizador”.Benedicto XVI, 24 de junio de 2012.

Reflexión
Ya hemos comenzado el período del adviento. Pero el adviento es muy breve y, en un abrir y cerrar de ojos, nos encontraremos ya en la Navidad. Por eso, es urgente preparar bien el nacimiento y el pesebre para la llegada del Niño Jesús.

Se cuenta que el gran estadista italiano, Alcide de Gasperi -fundador de la Democracia Cristiana y gran líder político después de la Segunda guerra mundial- solía preparar el nacimiento con particular devoción, junto con su mujer. De entre las ovejitas escogían a dos, a las cuales les ponían los nombres de las dos hijas: María Romana y Lucía. Cada día de la novena de Navidad, las niñas debían ofrecer un sacrificio especial al Niño. Si se portaban bien, la ovejita avanzaba un poco hacia el portal de Belén; de lo contrario, venían alejadas cada vez más de la gruta. Era la gran lección de mortificación y de acercamiento al Señor que les enseñaban sus padres.

También nosotros tenemos que preparar el pesebre de nuestra alma para cuando Jesús nazca. No es sólo una bonita tradición o una práctica piadosa para entretener a los niños. Si un acto importante se prepara con mucha anticipación –una gran fiesta, la celebración de un aniversario, una graduación, un matrimonio, etc.-, ¿con cuánta mayor razón no debemos preparar el nacimiento de todo un Dios, que se hace hombre -más aún, que se hace un niño pequeño- por amor a nosotros y que se encarna para salvarnos y darnos la vida eterna?

Éste es el mensaje del Evangelio de hoy. San Lucas nos refiere que Juan el Bautista recorría toda la comarca del Jordán predicando un bautismo de conversión. El color litúrgico de este período –igual que durante la cuaresma- es el morado, que es el símbolo de la penitencia y de la austeridad. El sacerdote se reviste con los ornamentos sagrados de este color en la Santa Misa para invitar a todos los fieles al sacrificio y a la conversión, pues sólo así podemos purificar nuestra conciencia y nuestro corazón para que Cristo Niño lo encuentre bien dispuesto el día de Nochebuena.

Pero, ¿qué significa conversión? ¿de qué o por qué tenemos que convertirnos? Todos, por lo general, nos creemos gente buena y pensamos que la conversión es sólo para los grandes pecadores. Sin embargo, el Papa Juan Pablo II nos decía que todos necesitamos convertirnos diariamente en nuestra vida. Porque convertirse significa “volver a Dios”, “cambiar” de actitudes y de comportamiento. El verbo hebreo que expresa este concepto es “sub” y significa, ni más ni menos, “volver”; el vocablo latino “cum-versio” indica la misma idea. Sin embargo, en griego se dice “metá-noia” -que quiere decir, literalmente, “cambio de mente”, “cambio de corazón”-. Convertirnos, pues, es acercarnos más a nuestro Señor, alejándonos del pecado y de las propias pasiones que nos apartan de Él; convertirnos para cambiar nuestra mentalidad mundana y sustituirla por unos criterios de fe, auténticamente cristianos; cambiar “nuestro corazón de piedra -como decía Ezequiel- por un corazón de carne”, lleno de amor, de compasión, de perdón y de caridad. ¿Nosotros pensamos igual que Cristo en todo? ¿Pensamos como Él piensa acerca de la fama, del poder, de la riqueza, del sufrimiento, del dolor? ¿Y nuestro corazón es como el Suyo para amar al Padre Celestial y todos los hombres sin excepción, como Él nos amó? Todo esto es convertirse.

Juan Bautista, con palabras del profeta Isaías, nos exhorta también hoy a cada uno de nosotros: “Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos; elévense los valles, desciendan los montes y colinas; que lo torcido se enderece y lo escabroso se iguale”. Estas imágenes bíblicas nos hablan de la necesidad de la conversión. Los montes, en este contexto, vienen a ser signo de la soberbia, del orgullo y de la prepotencia: ¡tienen que ser rebajados y anulados! Los valles son nuestros complejos, caídas, desconfianzas y depresiones, y tienen que ser rellenados. Lo torcido es toda forma de pecado y de desorden moral; lo escabroso son nuestras sensualidades, vicios, concesiones a la tentación y el juego con las pasiones que nos llevan al mal; ¡debe ser enderezado!

Propósito
Necesitamos “preparar el camino del Señor y allanar sus senderos”; o sea, rectificar todo aquello que tiene que ser corregido para que, cuando Cristo venga, nos encuentre con el alma limpia por la gracia y con el corazón bien dispuesto. Entonces la Navidad dejará de ser una fiesta más o un bello folklore religioso, para adquirir su verdadero sentido en nuestra vida. Sólo si Cristo nace en nuestro corazón, la Navidad tendrá un valor y comenzaremos a vivir el cielo en la tierra.

Diálogo con Cristo
Jesús, hazme darme cuenta de que de nada sirve la fama, ni los poderes, ni los bienes; que lo único que importa es permanecer unido a tu gracia y realizar la misión, así como lo hizo Juan el Bautista y como lo han hecho tantos hombres y mujeres que se han decidido a seguirte.

Preguntas o comentarios al autor P. Sergio Cordova LC