Olvidar, don de Dios

Es una forma que Él nos concede de sanarnos interiormente, cuando el dolor o la culpa nos arrasan el alma.

Por: www.reinadelcielo.org | Fuente: Catholic.net

 
Mientras miraba una pequeña herida que me hice hace pocos días en mi mano, observaba como el daño en mi piel iba hora a hora desapareciendo, borrándose. Las células de a poco se iban regenerando para dejar mi piel exactamente como era antes del corte. ¿Acaso alguien puede dudar de la existencia de Dios, al observar como se suelda un hueso quebrado, o se cicatriza una herida?. Los médicos, testigos cotidianos de tantos milagros de sanación, debieran ser los primeros evangelizadores, como lo fue San Lucas. ¿Qué extraña fuerza interior puede producir la recomposición de las fibras, la regeneración de lo lastimado, si no es Dios?.

Hoy, meditando con inmenso dolor en muchas cosas no muy buenas que he hecho en mi pasado, he pensado que el poder olvidar es también un Don de Dios, es el equivalente a la cicatrización de las heridas. Es una forma que El nos concede de sanarnos interiormente, para poder seguir viviendo pese a los golpes que sufrimos en el transcurso de los años. Cuando el dolor o la culpa nos arrasan el alma, castigando nuestra mente con recuerdos dolorosos, sentimos una conmoción interior, una necesidad de apretar los dientes, una sacudida que nos dice, nos grita, ¡qué me ha pasado, qué he hecho!. Cuando estas arremetidas del pasado asaltan mi alma, suelo gritarle al Señor en mi interior: ¡piedad, Hijo de David!. Una y otra vez, le pido piedad a Jesús. Siento que estoy a la vera del camino de la vieja Palestina, mientras mi Señor pasa junto a mí, y le grito otra vez, ¡piedad, Hijo de David!. Sé que el dolor es parte de la sanación, pero cuando el Señor nos ha perdonado los pecados en el Sacramento de la Confesión, ¡El si que los ha olvidado!.

Cómo nos cuesta entender y creer que Jesús realmente perdona y olvida nuestros pecados. Solemos confesar una y otra vez el mismo pecado cometido años atrás, demostrando falta de fe en nuestro Dios, que ya ha dado vuelta la página y nos ha lavado con el agua de Su Misericordia. Sin embargo, nosotros, seguimos volviendo a sentir esa espada que atraviesa nuestro corazón con ese recuerdo.

Es en ese momento que debemos pedirle a Dios el Don de olvidar, de dejar atrás esa mancha oscura de nuestra alma, borrarla totalmente. Que hermoso es conocer gente que tiene ese Don, esa capacidad de levantarse pese a las más profundas caídas, y puede mirar una vez más el futuro con optimismo y esperanza. ¡Dejando el pasado totalmente enterrado detrás de sí!. Y viviendo la alegría de los hijos de Dios, que se saben perdonados, y acogidos nuevamente en los brazos amorosos de María, nuestra Madre Misericordiosa.

El Señor nos ha dado todo lo que somos, ha impregnado nuestra naturaleza humana de dones, herramientas que debemos llevar por la vida como sostén de nuestro cuerpo y alma. El poder olvidar, dar vuelta la página de las etapas más dolorosas de nuestra vida, es también una herramienta que El nos concede. El poder olvidar es abrir las puertas a la cicatrización de las heridas del pasado, aceptando con fe, esperanza y alegría el perdón de nuestro Buen Dios.

Jesús, como el Gran Médico de las almas, quiere que vivamos de cara al futuro, con esperanza, confiados en Su perdón, felices de tenerlo como Dios y Amigo. Sé que tienes dolores, que los recuerdos te asaltan como un ladrón en la noche, cuando menos los esperas. Que quisieras volver al pasado, y cambiar tu historia. No quisiste vivir tanto dolor, es demasiado fuerte para poder soportarlo. ¡Pero se ha ido!. Mira la luz, mira el día, mira a la Madre de Jesús que te invita a amarla, que te ofrece sus brazos amorosos para cobijarte, para tenerte allí, junto a Ella, como lo hizo Jesús. ¿Acaso no te ha perdonado tu Dios?. Da vuelta la página, ilumina tu rostro con una hermosa sonrisa, para que Jesús pueda mirarte, sonreír, y decirte:

¡Abrázame, dame tu amor, tu amistad, tu afecto, deseo tenerte en Mi, porque te quiero feliz de saber que te amo!

Para no dejar de hacer lo bueno

No podemos dejar escapar una ocasión inmediata de hacer el bien con el engaño de que miramos a cosas más grandes y más buenas.

Por: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net

 
Deseamos mejorar el mundo, extirpar las injusticias, aliviar dolores, eliminar el hambre, curar la malaria, y tantas otras cosas buenas.

Soñamos muchas cosas buenas. Pero luego, en la vida cotidiana, no somos capaces de barrer el pasillo de casa, limpiar los platos, ayudar a recoger la comida, llamar por teléfono a un familiar o amigo necesitado de consuelo.

Es un peligro que nos acecha a todos: queremos hacer grandes cosas, pero no somos capaces de empezar cosas pequeñas.

Desde luego, vale la pena todo esfuerzo por participar en proyectos grandes. Pero lo grande inicia con actos de voluntad en lo pequeño. Como decían los antiguos: nada se convierte en alto de modo repentino, los edificios altos se levantan poco a poco.

No podemos vivir de sueños ni de buenas intenciones. Hay que ir a lo concreto, a lo cercano, a lo que está en nuestras manos.

No podemos dejar escapar una ocasión inmediata de hacer el bien con el engaño de que miramos a cosas más grandes y más buenas. Al final, como advierte santa Teresa de Jesús, no haremos ni lo uno ni lo otro.

En el Reino de los cielos no entra el que llena su boca de grandes exclamaciones y repite “¡Señor, Señor!”, sino el que pone en práctica los consejos que nos ofrece Jesucristo y se pone a trabajar (cf. Lc 6,46-49).

Con uno, cinco o diez talentos (no importa si podemos poco o si podemos mucho) hoy tenemos ante nosotros un día magnífico, lleno de ocasiones concretas para vivir el Evangelio, para aprender que el primero en el Reino de los cielos es aquel que vive como servidor alegre y generoso, en lo grande y en lo pequeño (cf. Mt 25,14-30).

 

 

 

 

 

¿Cómo reconocer lo que es bueno para mí?

Ante los conflictos de cada día, ¿cómo encontrar el camino correcto? ¿Qué es lo bueno para mí en esta hora, en estas circunstancias?

Por: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net

 
Si decimos que una cosa es buena, ¿qué queremos decir? Tal vez que nos gusta, o que nos sirve, o que conduce a la perfección de lo más específico de nuestra condición humana (la propia y la de otros).

Las tres posibilidades apenas mencionadas fueron encuadradas ya desde el mundo griego, que distinguía entre bienes deleitables (placeres), bienes útiles, y bienes honestos.

La pregunta, sin embargo, tiene que ir más a fondo: ¿de donde le viene a algo el que se presente como bueno para mí?

Miramos por unos minutos el vuelo de una golondrina. Notamos la belleza de su forma, las acrobacias en el aire, el toque de sus giros imprevistos. Percibimos que es bueno mirarla, que ella misma es buena, que el tiempo que estamos allí, arrobados, vale la pena.

Surgen, sin embargo, problemas, incluso conflictos. Al mirar el vuelo de la golondrina sustraigo tiempo que podría dedicar a resolver algunos problemas en la casa. Al emplear más tiempo para el estudio noto que me faltan horas para escuchar a un familiar que necesita ayuda.

Ante los conflictos de cada día, ¿cómo encontrar el camino correcto? ¿Qué es lo bueno para mí en esta hora, en estas circunstancias, en el círculo de personas más cercanas o respecto de las que viven tal vez lejos?

Las preguntas muestran la dificultad de encontrar lo bueno concreto para mí. Cerrar los ojos al problema y seguir simplemente el primer impulso puede llevarme a callejones sin salida, a daños en la propia vida o a penas en quienes me rodean.

¿Cómo, entonces, reconozco lo bueno para mí? Con una mirada serena, con un corazón atento, con una disciplina que me aparte del capricho inmediato y me abra a la justicia. También con la ayuda de consejos de quienes, desde la madurez adquirida tras buenas elecciones, pueden ofrecerme algo de luz.

Sobre todo, encontraré lo bueno para mí (y para otros) con una oración sencilla, confiada, a Dios. En ella le pediré un corazón grande y una mente dispuesta a descubrir en cada momento ese bien que puedo realizar en los próximos pasos de mi caminar humano.

 

 

 

 

Discernir entre lo bueno y lo malo

Estar cerca de Dios nos da la posibilidad de discernir, con la ayuda de Dios, entre lo bueno y lo malo.

Por: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net

 

 
Lo decían los filósofos: conocer el bien implica conocer el mal. Porque la mente humana está siempre abierta hacia lo diferente, hacia lo contrario. Alto y bajo, grande y pequeño, verdadero y falso, bueno y malo,… son conceptos que comprendemos al mismo tiempo, porque tener la idea de una cualidad nos lleva a comprender la idea de su contrario (cuando exista).

Muchas personas no saben qué es el pecado, porque no han llegado a descubrir que existe una vocación al amor y a la verdad, porque no saben que necesitamos apartarnos del mal para buscar y realizar el bien.

Escuchamos, por eso, con frecuencia: “¿qué hay de malo en el aborto, en el adulterio, en el fraude fiscal, en la desidia en el trabajo, en la maledicencia, incluso en el abuso del alcohol o de la droga?” Encontramos, también con frecuencia, a miles de personas que parecen no percibir la maldad escondida en sus acciones.

No es fácil explicar cómo y por qué se ha llegado a esta situación, pues los motivos y las historias son diversas. Pero sí sabemos cómo salir de la misma: con una ayuda, humana y divina, que nos permita abrir los ojos, descubrir el bien verdadero, reconocer que hemos sido llamados al amor verdadero. Entonces sí es fácil identificar todo aquello que nos aparta del amor, denunciar el pecado que puede destruir nuestra vocación al amor.

Cuando un hombre o una mujer descubren los tesoros propios de la vida matrimonial y de la familia, la belleza de acoger los hijos enviados por Dios, la alegría de la búsqueda del hacer feliz al otro o a la otra por encima de uno mismo…

Cuando un político o un simple ciudadano reconocen el verdadero sentido de la sociedad y de la ley, la dignidad propia de cada ser humano (de cualquier raza, con o sin pasaporte, nacido o por nacer), la dignidad de los ricos y de los pobres…

Cuando nos abrimos al respeto de la honra de los otros, cercanos o lejanos, desconocidos o famosos, y descubrimos que nunca es justo considerar culpable al inocente, mientras que es hermoso cerrar los oídos a la calumnia para apreciar a cada uno en su justa medida…

Cuando acogemos la vocación a la entrega como lo más hermoso del ser humano, como aquello que nos lleva a dejar en segundo lugar nuestro egoísmo para recibir, escuchar, vestir, cuidar, perdonar a otros hombres y mujeres necesitados de justicia, y, sobre todo, de amor y simpatía profunda…

Entonces es cuando abrimos los ojos para reconocer tentaciones y pecados que nos apartan del camino de la vida y nos hunden en el mundo del mal. Porque el camino de la conversión nos permite denunciar las obras de las tinieblas a partir del descubrimiento (que es don de Dios y búsqueda sincera por parte de un corazón honesto) de los horizontes de bien que son propios de toda vida humana digna y bella.

Acercarse a Cristo nos permite entrar en la luz. “Porque en otro tiempo fuisteis tinieblas; mas ahora sois luz en el Señor. Vivid como hijos de la luz; pues el fruto de la luz consiste en toda bondad, justicia y verdad” (Ef 5,8-9).

El primer efecto de la luz es esa posibilidad de discernir, con la ayuda de Dios, entre lo bueno y lo malo. Lo cual, en un mundo de engaños relativistas, ya es mucho. Desde ese discernimiento, la voluntad encontrará fuerzas para dejar las obras del mal y para seguir el camino del amor que nos fue enseñado por Cristo en el Evangelio.