Puesto de rodillas

Meditación. Mi mal es ser un pobre pecador

Por: Cristianda.org | Fuente: Catholic.net

Y apartándose de ellos como la distancia de un tiro de piedra, puesto de rodillas, hacía oración, diciendo: Padre mío, si es de tu agrado, aleja de mí este cáliz. No obstante, no se haga mi voluntad, sino la tuya (Lucas, XXII, 41-42)

Los hombres no aman fácilmente la Verdad por sí misma, y como los salvajes o los niños, huyen cuando la ven venir, no sabiendo si les permitirá vivir a su antojo, y continuar con sus pequeños tráficos, y se refugian en los bosques.

Mira, Señor, que estoy cansado de huir ante esa Verdad paciente, tenaz, inevitable. Sé muy bien que un día saldrá a mi encuentro, en la hora en que, bloqueado por la muerte y cortadas todas las retiradas, la veré ganar terreno, y agarrarme para pedirme cuentas. Estoy cansado de esta estrategia pueril que para conservar la libertad de la fantasía y del capricho rehúsa la disciplina y las sujeciones saludables. Y como todos esos a quienes tu gracia acaba por acorralar, yo también caigo de rodillas no pudiendo substraerme más, ni huir de ti.

Positis genibus – En esta actitud es en la que tu pueblo fiel te espera en la iglesia, y en ella también es en la que ora en secreto. Y cuando faltan las palabras y las frases y las ideas, para demostrarte bien que te pertenece, te ofrece espontáneamente el homenaje de sus rodillas dobladas. He repetido este gesto millares de veces, tal vez sin comprenderlo bien, por imitación, por rutina, como se saluda descubriéndose, como se estrecha la mano, como se piden excusas. No he parado mientes en las muchas lecciones saludables que contenía este humilde gesto tradicional, desde aquel atardecer de Getsemaní, en que Cristo por todos nosotros se puso de rodillas – positis genibus -. Si lo hubiese comprendido bien, si aun hoy penetrase su sentido, no diría nunca que me abandona la oración y que han sido cortados los pasajes entre Dios y yo.

De rodillas, sin intentar huir, me dejo agarrar por el que me alcanza. Señor, mis espaldas están demasiado cargadas; ¿cómo podría, pues, echarme a correr por el desierto y escaparme todavía de ti? Mira que el peso de mis mentiras gravita sobre mi debilidad. ¡Es tan penoso llevar consigo errores fabricados trabajosamente; es tan difícil correr cuando se está embarazado con los ídolos, y se tienen los brazos cargados de falsos dioses! ¡Es sobre todo tan imposible arrastrar un corazón pesado – gravi corde -, un alma abrumada de reiterados deseos, que yo mismo te pido de rodillas, Rey pacífico, que me libres! Las bestias de carga orientales, los camellos del desierto, de los que tú hablabas a tus discípulos, se ponen también de rodillas cuando llega la hora de ser descargados de su albarda. Mi fatiga sucumbe también bajo el peso de mis errores. Al arrodillarme, me pongo a tu disposición. Ten piedad de mí.

Positis genibus – No pasaré adelante. Aquí es donde tu gracia tiene que venir a buscarme. No me levantaré hasta que no hayas cambiado mi nombre de infiel, y me hayas devuelto tu luz. – Non dimitiam te donec benedixeris mihi (1) -. Cada vez que doblo las rodillas, te pongo humildemente en el trance de escucharme. Es la única manera que tengo de obligarte, y hay en ella algo que no puedes rehusarme, cuando con todos mis hermanos me pongo de rodillas sobre el suelo. Esta actitud, tan humilde, es omnipotente, no por vil, sino por verdadera. Tú nunca has fulminado al hombre que está de rodillas; nunca le has hablado con severidad: el flagellum de funiculis, el azote de cuerdas de fino mordente, lo han experimentado solamente los grandes mercaderes ante sus mesas, y los traficantes ocupados en sus pingües negocios. El hombre que está de rodillas se halla protegido por tu misericordia, y la mirada que echas sobre él es una promesa y una resurrección.

Porque en realidad de verdad – positis genibus – el hombre arrodillado se convierte casi en tu dueño, y la criatura que te llama silenciosamente para convertirse en más sincera y en menos débil, siempre triunfará. La bendición que te pido de rodillas no es la de los hijos de Jacob. No merezco tales privilegios, y no sé si la opulencia no me haría esclavo de una turba de deseos infieles: los Filisteos invadirían mi alma, y sus gritos profanarían su santuario. No te pido que me eximas de las cargas comunes, ni que me dispenses de las grandes fatigas humanas, ni que acortes mis jornadas de trabajo, ni que permitas que ande vagando, cuando los demás están desangrándose y muriendo. No te pido que no envejezca, ni que suprimas el invierno, ni que me ahorres las tempestades y las ruinas, y ese sufrimiento íntimo de la vida empleada en tareas de poca importancia y de los días devorados por legiones de importunos. Acepto todo lo anejo a mi rudo oficio de hombre; quiero cumplir mi parte en la labor común, y no quiero derramar compañeros de viaje y lucha. Acepto que me sacudan violentamente, me resigno de corazón a sufrir, pero, Dios mío, te pido de rodillas que me libres de lo malo que hay en mí. – Libera nos a malo! – Tú mismo no nos habrías enseñado esta oración, si no hubieses querido escucharla sin reservas.

Sé muy bien que todos los días debo ponerme de rodillas, y que por lo tanto cada día, en cada hora, tú me librarás de un mal que pulula incesantemente. Bien sé que no es de un golpe, como cuando se saca una muela, como vas a librarme de mi miseria; sé que esa miseria es condición de mi virtud, y que a través de las resistencias es como crecen y se elevan mis energías sobrenaturales.

Por eso, sin pedirte que me transformes por un milagro repentino, te suplico que me protejas contra mí mismo, que te acuerdes de que mi enfermedad de nacimiento consiste en llevar en mi alma una voluntad herida y loca, que se contradice sin saber por qué, que huye sin decir adónde, y que cambia sin decir cómo. Mi mal de nacimiento consiste en hastiarme de lo bueno y desear siempre lo mediocre; es ser deslumbrado, como los niños, por todo lo que brilla y absorbido por ridículos pasatiempos. Mi mal es ser un pobre pecador sin consistencia y sin mérito.

Y cuando me veas de rodillas, silencioso, no atreviéndome a continuar el inventario de mi penuria, ni a echar la cuenta de mis desastres; cuando delante de ti, con los ojos cerrados y las manos juntas, no esté más que yo, sin frases y sin gestos, con mi alma vestida de miseria, dime, Dios mío, que entonces vas a acordarte de que eres mi Salvador, y que si yo fuese alguna cosa por mí mismo, en la medida exacta en que lo fuese, no tendría necesidad de ti.

La vida a una carta

Meditación. El amor condicionado no llega a nacer

Por: José Luis Martín Descalzo, | Fuente: Catholic.net

En el primer volumen de las Memorias de Julián Marías leo una frase que me conmueve y que comparto hasta la última entraña. Escribe después de su boda, en la cima de la felicidad, y dice: «Siempre he creído que la vida no vale la pena más que cuando se la pone a una carta, sin restricciones, sin reservas; son innumerables las personas, muy especialmente en nuestro tiempo, que no lo hacen por miedo a la vida, que no se atreven a ser felices porque temen a lo irrevocable, porque saben que si lo hacen, se exponen a la vez a ser infelices.»

Efectivamente, una de las carcomas de nuestro siglo es ese miedo a lo irrevocable, esa indecisión ante las decisiones que no tienen vuelta de hoja o la tienen muy dolorosa, esa tendencia a lo provisional, a lo que nos compromete pero no del todo», que nos obliga «pero sólo en tanto en cuanto». Preferimos no acabar de apostar por nada, o si no hay más remedio que hacerlo, lo rodeamos de reservas, de condicionamientos, de «ya veremos cómo van las cosas».

Ocurre esto en todos los terrenos. Por de pronto, la vida matrimonial. Cuando en España se discutía la ley del divorcio, yo escribí varias veces que no me preocupaba tanto el hecho de que algunas parejas se separasen como el que se difundiera una mentalidad de matrimonios-provisionales, de matrimonios-a-prueba. Hoy tengo que confesar que mis previsiones no carecían de base: en España, como en todos los países donde la ley del divorcio se introdujo, éstos no fueron muy numerosos en la generación que se casó con la idea de perennidad, pero empieza a crecer y no dejarán de aumentar hoy que tantos jóvenes comienzan su amor diciéndose: «Y si las cosas no van bien, nos separamos y tan amigos.» Esto, dicen, es más civilizado. Pero yo no estoy nada seguro de que ese amor con reserva sea verdadero amor.

El «miedo a lo irrevocable» llega incluso a lo religioso y lo más intocable, que es el sacerdocio. En mis años de seminarista -y no soy tan viejo-, lo del sacerdos in aeternum, sacerdote para la eternidad, era algo, simplemente, incuestionable. Es que ni se nos pasaba por la cabeza dejar de ser aquello que libremente elegíamos. Sabíamos, sí, que había quienes fracasaban y derivaban hacia otros puertos; pero eso, pensábamos, no tenía que ver con cada uno de nosotros; era, cuando más, como un accidente de circulación, en el que no se piensa cuando se empieza un viaje y que, en todo caso, no se prevé como una opción voluntaria. Por eso a mí me asombró tanto cuando empecé a oír a algunos teólogos eso del sacerdocio ad tempus, eso de que uno podía ordenarse sacerdote para cinco, para siete años, prestar ese servicio a la Iglesia y luego replantearse si seguir en esa misma tarea o regresar a otros cuarteles. Me parecía, en cambio, a mí, que el sacerdocio o era para siempre o no era sacerdocio; que si la entrega a Cristo y a la Iglesia era una entrega de amor, no cabían ya planes quinquenales. Uno podía fracasar y equivocarse, es cierto, pero ¿cabía mayor fracaso que lanzarse a volar con las alas atadas por toda una maraña de condicionamientos?

Y lo que ahora más me preocupa del problema es que parece que este pánico a lo irrevocable se ha convertido en una de las características espirituales de la mayor parte de nuestra juventud y de un buen porcentaje de adultos. La gente, tiene razón Marías, no es amiga de jugarse la vida a una carta en ningún terreno; prefiere embarcarse hoy en el barco de hoy y mañana ya pensará en qué barco lo hace.

Y, repito, lo más grave es que esto se está presentando como un ideal, como «lo inteligente», como «lo civilizado». ¿Con qué razones? Te dicen: todo es relativo, comenzando por mí mismo. Yo sé cómo es hoy el hombre que yo soy; pero no sé cómo seré mañana. Todos cambiamos de ideas, de modos de ser. ¿Por qué comprometerlo todo a una carta cuando el juego de mañana no sé cómo se presentará?

Y hay en este raciocinio algo de verdad: es cierto que hay muchas cosas relativas en la vida, muchas ante las que un hombre debe permanecer y en las que hasta será bueno cambiar en el futuro, cuando se vean con nueva luz. Pero, relativizarlo todo, ¿no será un modo de no llegar nunca a vivir?

En realidad, esas cosas permanentes son pocas: el amor que se ha elegido, la misión a la que uno se entrega, unas cuantas ideas vertebrales y, entre ellas, desde luego, para el creyente, su fe.

En éstas, lo confieso, mis apuestas siempre fueron y espero que sigan siendo totales. Por esas tres o cuatro cosas yo estoy dispuesto a jugar a una sola carta, precisamente porque estoy seguro de que esas cosas o son enteras o no son. Así de sencillo: o son totales o no existen. Un amor condicionado es un amor putrefacto. Un amor «a ver cómo funciona» es un brutal engaño entre dos. Un amor sin condiciones puede fracasar; pero un amor con condiciones no sólo es que nazca fracasado, es que no llega a nacer.

 
Fuente www.interrogantes.net
Tomado de “Razones desde la otra orilla”, Atenas, p. 133-134.

 

Listos para resucitar

Meditación. Hoy puedes elegir

Por: P. Mariano de Blas | Fuente: Catholic.net

La gran noticia para los hombres necesitados de redención, para los hombres muertos, es: ¡Cristo ha resucitado! Cristo ha muerto y ha resucitado también para cada uno de los hombres.

Al hablar de los hombres muertos, no me refiero a los que duermen en la paz de los cementerios, sino a los que caminan por las calles con el alma muerta, con las ilusiones rotas, a los que han perdido toda esperanza. No sé si decir, que semiviven o semimueren.

Para ellos, Cristo ha venido en esta Pascua a abrirles la puerta de su sepulcro y a gritarles: “¡Sal fuera!” – como a Lázaro -, “¡sal a la luz, a la paz, a la felicidad!”

Es posible resucitar con Cristo. Resucitar significa dejar a sus pies todos los pecados, infidelidades, debilidades. Para todo esto, hay perdón.

Dejar a sus pies todas las dudas, problemas, dificultades, los “no puedo”, los “no sé que será de mí vida”. Para todo esto hay respuesta y hay ayuda:
‘Venid a mí todos los que andáis con problemas y dificultades. Yo os ayudaré’.

Resucitar significa también, dejar a sus pies todas las ilusiones muertas. ¡Qué fácil dejamos morir nuestros sueños e ilusiones más queridas! Él nos dice que todo se puede reparar mientras dura la vida: “Yo soy la resurrección y la vida”. Dejar a los pies del Maestro todos los propósitos, los buenos deseos de superación, de ser mejor. Él los convertirá en una realidad.

Resucitar es tener el alma llena de certezas: la certeza de que Él te ama. Jack Loew después de convertido, comienza así uno de sus libros: “Desde hace veinticinco años, la realidad más radiante de mi vida es esta: Dios existe, y me ama”. Tengo la certeza de que Él estará siempre conmigo, en las buenas y en las malas.
¿Qué es la Eucaristía sino esa presencia perpetua, un Dios para ti solo y a todas horas?
Es muy distinto caminar, sufrir y luchar en solitario, que estar acompañado por ese gran amigo. La certeza de estar perdonado, redimido, salvado; es muy reconfortante.

Hoy, las puertas de la eternidad feliz se han abierto para todos los hombres, el cielo es tuyo, si lo quieres. La certeza de triunfar en la vida si vives con Él, la seguridad de vivir alegre y feliz a pesar de todo.

La gran noticia de hoy, la gran nueva que llena los aires y los corazones de los hombres es: ¡Cristo ha resucitado para ti…!

Resucitar es vivir con aire, con estilo, con plenitud de resucitados. ¿Quién prefiere la soledad del sepulcro, la tristeza, la amargura de la muerte?.

Hoy puedes elegir el amor, la felicidad, la vida verdadera. ¡Hoy, Dios es tuyo. Debemos resucitar!

“No se les nota rostros de resucitados”, decía Niestzche de los cristianos. Si no estamos alegres es porque no amamos. Si no amamos, de cristianos no nos queda nada.

 

El matrimonio se estrena cada día

Meditación. El matrimonio debe tener la fuerza del primer amor

Por: P. Mariano de Blas | Fuente: Catholic.net

Dios hizo el matrimonio para que los hombres encontraran la felicidad en este mundo, pero la triste realidad es que muchos, por no decir demasiados matrimonios no sólo no encuentran la felicidad en él, sino la desesperación, la amargura y el fracaso. ¡Cuántos divorcios, infidelidades, quiebras por ahí, cuánta infelicidad!

En el matrimonio, si de algún modo se descubren las causas de los problemas, se podría poner la solución y, ciertamente, hay causas pequeñas que ayudan al fracaso, pero la causa grave, el verdadero verdugo del matrimonio, se llama “egoísmo”.

Una gran parte de los hombres y mujeres se casan por amor, pero luego viven el matrimonio con egoísmo. A las órdenes de ese monstruo que devora tanta felicidad en el hombre.

Salta a la vista el contraste entre el noviazgo y lo que sigue después: Los novios se quieren, se buscan, se adoran, son capaces de grandes sacrificios por el ser querido, no se aburren, no se cansan y si alguna vez se pelean, con un perdón sincero y lágrimas, restauran el cariño y siguen adelante. Es decir, el amor supera todos los obstáculos.

Hay amor y por eso hay soluciones. Pero luego en el matrimonio dan la impresión de que ya no son capaces de perdonar, aceptarse y de seguir adelante a pesar de todas las dificultades del mundo.

Se aburren, se cansan, se hartan y se creen muy justificados echándose la culpa el uno y el otro.
Se casaron por amor, pero ahora viven de egoísmo. El vino bueno del primer amor se ha ido convirtiendo en vinagre.

El amor que no se cultiva, que no se estrena cada día, tiende a desaparecer. Alguien dijo: “No me da coraje el haber perdido el amor, sino que se haya ido poco a poco”.

Hay que pagar un precio. Se paga el teléfono y si no te lo cortan, pagas el gas o un día no enciende la estufa, cargas el tanque de gasolina, si no quieres quedarte tirado. Pero, ¿cuánto pagas por recargar tu matrimonio?
Impresiona ver los esfuerzos y sacrificios que realizan algunos por llevar un trabajo floreciente, y qué poco o casi nada de empeño ponen por llevar un matrimonio, no digo floreciente, sino un matrimonio con vida.
Me atrevo a suponer que su matrimonio y su familia les interesa mucho más que su trabajo.
¿Qué inversión haces cada día para aumentar el capital de felicidad dentro de tu hogar? ¿Estrenas cada día el matrimonio? ¿Desde cuándo no tienes un detalle con tu esposo o esposa? ¿El matrimonio es una fecha relevante para los dos? ¿Te preocupas por dar a tu pareja una agradable sorpresa? Por ejemplo: en la comida. Cuando están juntos, ¿disfrutan como viejos enamorados o procuran estar lo menos posible en compañía?
La pregunta clave para saber si quieres a tu pareja es: ¿Lo que más te importa es hacerlo feliz?

En cuestiones de amor sucede lo que con el dinero: “Cuánto más dinero pongas a producir en el banco, más intereses obtienes. Cuánto más inviertes en detalles, delicadezas, comprensión y en todo lo que se llama amor verdadero, más intereses de felicidad para los dos. Pero si de tu cuenta de ahorros sacas más de lo que inviertes, un día te quedarás en ceros”.
Honradamente, ¿cuánto invertiste ayer en la cuenta el amor?

El matrimonio se estrena cada día. El amor de hoy debe tener la frescura, la fuerza, la delicadeza del primer día. El matrimonio debe tener la fuerza del primer amor.

El amor que se estrena es maravilloso, es el primer amor. Si tu quieres puedes estrenar cada día tu amor y convertirlo en un día de maravilla.

“No quiero dejar a mi amor envejecer. Quiero sentir la misma frescura y la misma totalidad en el amor”. A eso me refiero.

Sólo semillas

Dios no tiene más brazos que los nuestros, nos los dio precisamente para suplir los suyos.

Por: José Luis Martín Descalzo | Fuente: www.interrogantes.net

 
Cuentan que un joven paseaba una vez por una ciudad desconocida, cuando, de pronto, se encontró con un comercio sobre cuya marquesina se leía un extraño rótulo: «La Felicidad». Al entrar descubrió que, tras los mostradores, quienes despachaban eran ángeles. Y, medio asustado, se acercó a uno de ellos y le preguntó: «Por favor, ¿ qué venden aquí ustedes?» «¿Aquí? —respondió en ángel—. Aquí vendemos absolutamente de todo». «¡Ah! — dijo asombrado el joven—. Sírvanme entonces el fin de todas las guerras del mundo; muchas toneladas de amor entre los hombres; un gran bidón de comprensión entre las familias; más tiempo de los padres para jugar con sus hijos…» Y así prosiguió hasta que el ángel, muy respetuoso, le cortó la palabra y le dijo: «Perdone usted, señor. Creo que no me he explicado bien. Aquí no vendemos frutos, sino semillas.»

En los mercados de Dios (y en los del alma) siempre es así. Nunca te venden amor ya fabricado; te ofrecen una semillita que tú debes plantar en tu corazón; que tienes luego que regar y cultivar mimosamente; que has de preservar de las heladas y defender de los fríos, y que, al fin, tarde, muy tarde, quién sabe en qué primavera, acabará floreciéndote e iluminándote el alma.

Y con la paz ocurre lo mismo. Hay quienes gustarían de acudir a un comercio, pagar unas cuantas pesetas o unos cuantos millones y llevarse ya bien empaquetaditos unos kilos de paz para su casa o para el mundo.

Claro que a la gente este negocio no le gusta nada. Sería mucho más cómodo y sencillo que te lo dieran ya todo hecho y empaquetado. Que uno sólo tuviera que arrodillarse ante Dios y decirle: «Quiero paz» y la paz viniera volando como una paloma. Pero resulta que Dios tiene más corazón que manos.

Bueno, voy a explicarme, no vayan ustedes a entender esta última frase como una herejía.

Sucedió en la última guerra mundial: en una gran ciudad alemana, los bombardeos destruyeron la más hermosa de sus iglesias, la catedral. Y una de las «victimas» fue el Cristo que presidía el altar mayor, que quedó literalmente destrozado. Al concluir la guerra, los habitantes de aquella ciudad reconstruyeron con paciencia de mosaicistas su Cristo bombardeado, y, pegando trozo a trozo, llegaron a formarlo de nuevo en todo su cuerpo… menos en los brazos. De éstos no había quedado ni rastro. ¿Y qué hacer? ¿Fabricarle unos nuevos? ¿Guardarlo para siempre, mutilado como estaba, en una sacristía? Decidieron devolverlo al altar mayor, tal y como había quedado, pero en el lugar de los brazos perdidos escribieron un gran letrero que decía:
«Desde ahora, Dios no tiene más brazos que los nuestros.»

Y allí está, invitando a colaborar con Él, ese Cristo de los brazos inexistentes.

Bueno, en realidad, siempre ha sido así. Desde el día de la creación Dios no tiene más brazos que los nuestros. Nos los dio precisamente para suplir los suyos, para que fuéramos nosotros quienes multiplicáramos su creación con las semillas que Él había sembrado.

Tomado de “Razones para la esperanza”

Dios te necesita

Cada día te vuelve a recordar que tiene necesidad de tu tiempo, de tus cualidades, de tu persona.

Por: P. Mariano de Blas LC | Fuente: Catholic.net

Dios te necesita, porque ha querido necesitarte, y, porque te necesita, te lo está pidiendo desde el día que te llamó por tu nombre.

Cada día te vuelve a recordar que tiene necesidad de tu tiempo, de tus cualidades, de tu persona. Sin falsa soberbia, con humildad verdadera, entiende que, si Dios te necesita, lo mínimo que debes hacer es ponerte a su entera disposición; le debes tanto, le has costado tanto, que tu gloria consiste en corresponderle un poco; y debes sentirte tan humildemente grande, tan profundamente feliz de poder ayudar a un Dios Todopoderoso y en una tarea eterna.

Es como si Dios te pidiera ayuda para mover una estrella, para componer una galaxia; más que eso, es para salvar un alma inmortal que vale más que todas las estrellas y galaxias juntas.

Tú le ayudas a Dios; y, si no le ayudas, Él no puede, no puede solo. Dile con profunda convicción: “Aquí están mis manos, aquí están mis pies, aquí está mi lengua, déjame ayudarte, Creador de mundos; enseguida vengo a echarte una mano, Redentor de las almas”.

 

 

 

La fe mueve montañas

Si crees en la fe, un día no muy lejano serás libre de viejas cadenas que nunca pensaste superar.

Por: P. Mariano de Blas LC | Fuente: Catholic.net

 
Siempre que tuviste fe como un grano de mostaza, se realizaron las cosas. Tuviste que adiestrarte en el arte de creer lo imposible. La corta experiencia adquirida te lanza a creer con fuerza aun mayor en el porvenir. La fe funciona.

Debes aplicar esta fe curativa a tus enfermedades del cuerpo y del alma, para sentirte sano.

Debes lanzar tu fe como catapulta contra tus temores y problemas hasta pulverizarlos.

Debes creer en tus metas, creer en tu santidad, creer en tu nada unida a Cristo. Busca sorpresas, revoluciones dentro de ti y a tu alrededor. Aplasta tus pensamientos viejos, todos los ‘no sé’, ‘no puedo’, ‘es imposible’ con el mazo de tu nueva fe.

Está por comenzar un nuevo día con sus problemas, incógnitas y retos; los temores viejos andan inquietos, se agarran a la presa y no la quieren soltar, pero la fe es más fuerte que el miedo.

Si crees en la fe, un día no muy lejano te verás libre de viejas cadenas que nunca pensaste superar. El hombre nuevo abre brecha en tu espíritu con fuerza imbatible; cree en ese hombre nuevo que está emergiendo de las cenizas.

La fe mueve montañas, pero sólo las que uno se atreve a mover.

 

 

 

 

No es fácil vivir en medio de la lucha

La lucha crea tensiones, provoca miedos, nos lleva al cansancio, pero encontramos la paz.

Por: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net

 
No es fácil vivir en medio de la lucha, de la guerra, del combate cuerpo a cuerpo. Casi todos deseamos la paz. Pero la batalla está por llegar, el miedo nos domina, la incógnita por lo que ocurrirá nos llena de angustia.

Rendirse para superar la prueba, dejar las armas para evitar el combate, pactar con el enemigo, aunque sea a costa de renunciar a nuestros principios. Es una tentación fuerte, que pasa por el corazón de mil soldados, que lleva a la humillante paz del que se rinde.

En la guerra del corazón también es grande el deseo de pactar, de huir del combate, de rendirnos. No es fácil luchar día a día contra la gula, contra un disfrute sexual deshonesto, contra la soberbia que nos hace buscar siempre los aplausos de los hombres.

La lucha crea tensiones, provoca miedos, nos lleva al cansancio. Si, además, ya hemos saboreado cien veces la derrota, si hemos visto lo difícil que es volver a levantarnos para iniciar de nuevo, se hace más fuerte la tentación de ceder “porque es inútil cualquier esfuerzo, porque no es posible resistir en esta prueba”.

Existe una extraña paz en la derrota. Es la paz del cementerio, de la muerte, del silencio de las espadas y de los cañones. Es la paz de quien ya no puede luchar porque ha muerto.

Pero también es extraña la paz de quien se rinde, de quien abandona toda lucha, todo esfuerzo. Quizá, piensa, evitará la tensión psicológica de enfrentarse cada día con esa pasión fuerte, que excita a cada hora, que provoca en los momentos de cansancio, que presenta como bueno ese amargo placer obtenido a través de la venganza.

Es la paz del esclavo, que deja su libertad, su razón, su posibilidad de luchar por ideales. Es la paz de quien se deja aprisionar por las cadenas del placer o del orgullo. De quien prefiere no estar triste porque hoy no ha “tomado” sus cervezas para pactar con ese alcohol que carcome neuronas, que daña corazones, que destruye familias. De quien cede a un pequeño robo en la oficina, porque piensa que así, con ese dinero en el bolsillo, estará más tranquilo, si lo puede estar quien se acostumbra a ser ladrón de guante blanco…

Es una paz que engaña. Nos engaña, porque la pasión, como un monstruo de mil cabezas, no se conforma con lo ya conseguido. Siempre pide más, y más, y más.

Lo grande, lo difícil, lo bello, es decirle “no”, con firmeza, con audacia. Será un “no” que llevará a la guerra, a heridas, a pequeñas derrotas. Será un “no” que nace de un amor más grande: a mí mismo, a mi familia, a alguien que me quiere, al Dios que se preocupa por cada uno de sus hijos. Será un “no” que me llevará a vivir, quizá, en una lucha constante contra las mil astucias de ese mal que todos llevamos dentro.

Es sana la tensión de quien sabe que lucha por algo grande y bello. De quien dice no a la falsa paz que se obtiene a través de rendiciones. De quien lucha para conquistar esa otra paz, más profunda, más intensa, más apasionante, de quien quiere ser fiel, en cada instante, a su conciencia.

 

 

 

 

 

 

 

Vengo a pedirte una limosna

Sé que estás muy ocupado, sé que tienes muchas cosas que hacer. Tan sólo dame un minuto de tu tiempo

Por: P. Mariano de Blas LC | Fuente: Catholic.net

 
A ti, que puedes dármela. En nombre de miles de jóvenes, que no han sido tan afortunados como tú; en nombre de cientos de muchachos y niños entre los 12 y 20 años, que intentaron suicidarse, y en nombre de los cientos de chicos y chicas que no sólo lo intentaron, sino que se quitaron la vida. Dame una limosna de esperanza para los cientos de jóvenes entre los 12 y 25 años, que un día me han dicho llorando de desesperación: “No encuentro sentido a mi vida”.

Un niño de 14 años me dijo un día: “Me quiero morir”. Una limosnita de caridad para los miles de gentes que no creen en Dios, que no creen en nada, que viven sin ilusión, gente sin esperanza, que camina por ahí sin rumbo. Una limosnita por amor de Dios. No te pido que me des todo lo que tienes, dame un poquito de lo que te sobra, las migajas de tu fe, de tu esperanza, de tu ideal.

Te pido una limosna en memoria de los que han muerto en pecado mortal, y se han condenado para siempre. No te la pido para ellos, ya que les llegaría demasiado tarde, te pido una limosna de oración para los que están en la fila. Una limosna para los que, hartos de todo, se arrancaron la vida violentamente, porque nadie les tendió la mano a tiempo.

Sé que estás muy ocupado, sé que tienes muchas cosas que hacer. Tan sólo dame un minuto de tu tiempo, una sonrisa, una palabra de aliento. Tú que pareces feliz, dime: ¿crees que puedo ser feliz en este mundo?

Tú que te sientes tan sereno, ¿cómo le haces? Tú que hablas de un Dios que te alegra la vida, ¿podrá alegrar también la mía? Tú que pareces tener un por qué vivir, ¿no quieres dármelo a mí? Date prisa, porque ya me estoy hartando de seguir viviendo, de seguir pudriéndome en esta vida sin sentido. Y, posiblemente, si tardas, ya me habré ido al otro lado.

Una limosna pequeña. Mira esta mano extendida, es mi mano, pero esta mano representa muchas manos; por ejemplo, la de aquél que dijo: “Y sigo pensando en mi Cristo Místico, compuesto por cada uno de mis hermanos. Y escucho su voz que clama: Tengo hambre y no me das de comer: hambre de Dios; tengo sed y no me das de beber: sed de vida eterna; estoy desnudo y no me vistes, no me defiendes de mis enemigos. Y me convenzo de que esta hambre de Dios puede convertirse en desesperación, esta sed puede convertirse en rabioso frenesí, esta desnudez puede llegar a ser muerte”.

Y, si das esa limosna, en nombre de Dios y en nombre de todos esos infelices, ¡gracias!, ¡muchas gracias!

 

 

 

 

 

No se puede amar a quien no se conoce

Enamorarse de Jesús es la consecuencia lógica de conocerlo, de interesarse por Él.

Por: Oscar Schmidt | Fuente: www.reinadelcielo.org

¿Nunca te ha pasado que te formas un preconcepto sobre alguien, y cuando lo llegas a conocer a fondo te sorprendes de lo absolutamente distinta que es en realidad esa persona? A veces lo que sientes es mejor que lo que esperabas, y otras veces te decepcionas, porque habías generado mayores expectativas. Pero en cualquier caso lo que sientes ahora hacia una persona, es totalmente distinto de lo que te habías figurado.

Imagínate ahora que hablamos de Jesús, nuestro Dios. ¿Cuán a fondo lo conoces? ¿Te atreves a decir que tienes una cercanía con Él que te permita sentirlo vivo, presente, familiar, como Él realmente es?

¿Cómo podemos amar a Cristo, si no nos esforzamos en conocerlo? Cristo es la fuente del amor infinito, imagínate cuanto más podrás amarlo si lo conoces a fondo, como Él realmente es.

Enamorarse de Jesús es la consecuencia lógica de conocerlo, de interesarse por Él.

Para llegar a conocer a Cristo en profundidad puedes elegir varios caminos, pero la manera más perfecta y directa es a través de la lectura de los Evangelios. Su Vida entre nosotros es Su mayor testimonio de amor. Pero también estudiando la vida de muchos santos se llega a conocer a Cristo.

¿Por qué? Simple: cuando uno entiende que Jesús se dio de forma abierta y amorosa a las almas que se abrieron humildemente a Él,comprende también que ese amor está disponible para cualquiera que quiera ir a gozarlo. Y cuando el Señor da, da a mano abierta. Se manifiesta como un enamorado de Sus hermanos aquí, se brinda sin límites. Es entonces que uno toma conciencia que Jesús nos mira, y nos espera todo el tiempo. Siempre atento a un gesto nuestro, a un saludo, a un pensamiento. Un eterno enamorado de nuestra alma, que espera pacientemente ser reconocido, ¡Y es nuestro Dios!

Es imposible conocer a fondo a Jesús y no amarlo, si se hace con un corazón bien intencionado. El amor crecerá entonces como consecuencia lógica de entender que Él está allí, esperando que lo descubramos y le abramos nuestras puertas a Su amor.

¡Leemos y nos interesamos por tantas cosas intrascendentes en nuestra vida! Busquemos, por una vez, en el lugar correcto.

Jesús nos está esperando, quiere que nos hagamos primero Sus amigos, para luego enamorarnos perdidamente de Él, nuestro Dios.