El amor

Meditación sobre el amor

Por: Pedro García, Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net

No hay modernamente palabra más gastada en nuestros labios que la palabra AMOR. Es, por otra parte, la palabra más sagrada, desde el momento que Dios quiso definirse a Sí mismo diciendo que Él es amor. ¡Lástima que se profane tanto una palabra tan divina! ¡Lástima que se le cambie el sentido sagrado que tiene para llamar amor a lo que es egoísmo del placer! Nosotros queremos pensar del amor, hablar del amor y vivir el amor tal como del amor piensa Dios, tal como de él nos habla Dios, y tal como Dios quiere que vivamos el don que nos ha hecho con el amor.

– ¿Qué piensa usted del amor?
Una revista hizo esta pregunta a una joven artista europea, símbolo de sus tierras, y la chica respondió emocionada:
– ¿Qué pienso del amor? Un bien inmenso. ¡Tengo veinte años!

Podríamos lanzar ahora nosotros esta misma pregunta ante cualquier auditorio: ¿Qué piensa usted del amor?, y recibiríamos todos, sin que titubeara nadie, la misma respuesta: ¡Un bien inmenso!Y es cierto.

Pero, con tal que no asociemos el amor a los años de la vida, sino a la juventud del corazón.

Aman el niño, el adolescente y el joven con amor primaveral.
Aman el hombre y la mujer maduros con serenidad profunda.
Aman el ancianito y la viejecita, que han gastado su vida en el amor, y ahora están ya a punto de sumergirse para siempre en el amor infinito y bienaventurado de todo un Dios.

Pero, si no hemos de asociar la idea y la realidad del amor a los años de la vida, mucho menos hay que asociarla a la idea del placer. Pensar que amar y gozar son una misma cosa es un tremendo error, que hoy causa tantos estragos en muchas vidas. Amar es dar. Amar es entregarse. Amar es vivir para el otro. Amar es olvidarse de sí. Y todo esto no es más que la renuncia a todo placer que no sea el placer de dar placer a los demás.

Y otro aspecto del amor. Tomando la comparación del barco de carga, diríamos que el amor es, a la vez, el peso y el timonel de la vida.
Es el peso, el valor, de toda la carga que llevamos dentro. ¿A cuántos millones asciende la mercancía que encierran las bodegas de mi corazón? El peso de mi amor da el valor a todo lo que soy y llevo dentro. Yo valgo lo que vale mi amor. Si amo mucho, valgo mucho. Si amo poco, valgo poco. Si no amo, no valgo nada, no sirvo para nada…

Mis acciones valen tanto cuanto vale el amor que pongo en cada una de ellas. ¡El amor es el peso de mi vida! Me basta esta reflexión para poner un empeño grande en saturar de amor todas las cosas que hago.

Por otra parte, el amor es el timonel que guía el barco. ¿A dónde va a parar toda la riqueza que atesoro? ¿Dónde descargaré la fortuna que llevo dentro? Esa mercancía que llena las bodegas de mi corazón, ¿a qué puerto irá a parar, quién se hará con ella?… No tengo más que mirar cómo gobierno el timón y hacia dónde enfilo la proa, para saber mi paradero final, que ojalá sea mi Dios…

Es decir –y dejando ya la comparación del barco–, el amor es quien dirige nuestra vida. Vamos a parar siempre allí hacia donde nos lleva el corazón. De aquí la importancia de escoger bien las metas de nuestro amor: ¿qué debemos amar, a quién debemos amar?…

Todo esto que decimos nosotros no es más que dar la razón al Señor Jesucristo, que nos lo dijo en el Evangelio con una frase lapidaria e inmortal a la par que divina:
– Donde está tu tesoro, allí también está tu corazón.

Por eso escogemos bien las metas de nuestro amor, sabedores de que el amor nos engrandecerá cada vez más.

Amor a la Naturaleza, que es amor muy bello, porque afina el espíritu y lleva al Creador.
Amor a la novia, amor al novio, que es el amor más idílico y encantador.
Amor a la familia, que es el amor más limpio.
Amor a los demás, que es amor altruista, amor generoso, amor enriquecedor.
Amor a Dios, que es el amor supremo, amor divino, amor de Cielo…

Cuando el amor sube a grandes alturas, el amor no rebaja nunca a la persona, sino que cada vez la perfecciona más y la realiza más y mejor.

El amor, bien inmenso, es un regalo de Dios, y Dios regala sólo cosas muy buenas…
El amor, bien inmenso, no tiene edad ni es egoísta. Si es puro, el amor es, como el de Dios, un amor siempre joven y generoso.
El amor, bien inmenso, es de un valor incalculable y es el timonel que nos lleva al mismo Dios.

Cuando Juan definió a Dios diciendo que Dios es amor, nos venía a decir que también el cristiano es amor, porque los hijos y las hijas han salido iguales que su Padre. Sí; porque Dios nos ha dado el amor personal de Dios, el Espíritu Santo, derramado en nuestros corazones. Dios no se queda corto en sus regalos, ¡y vaya regalazo que nos ha hecho con el don del Espíritu Santo!…

¡El amor, un bien inmenso!, dijo la artista.

La Biblia, Palabra de Dios, dice mucho más y lo expresa de un modo más contundente: El amor es tan grande, que merecería el mayor desprecio quien quisiera comprarlo con todas sus riquezas. Porque vale más, mucho más… .

Mireille Mathieu – 1Jn. 4,16. Mat. 6,21. Prov. 8,7.

Llega Él… ¡Hay que dejar todo!

¡Todo! Aun las redes nuevas que se acaban de comprar; hasta la barca… Todo.

Por: P. Jose Luis Richard | Fuente: Catholic.net

 
Bordeando el mar de Galilea, vio a Simón y Andrés, el hermano de Simón, echando las redes en el mar, pues eran pescadores. Jesús les dijo: «Venid conmigo, y os haré llegar a ser pescadores de hombres». Al instante, dejando las redes, le siguieron.

El lago les presentaba ese día una fuente repleta de peces. Simón y Andrés estaban felices con su buena faena. Los dos hermanos podrían haber seguido pescando todo el día sin cansarse. El sol brillaba pero no había mucho calor, la brisa les rodeaba mientras trabajaban… Es decir, era uno de esos días en los que no resulta tan duro ser pescador.

Llega Él.

¡Hay que dejar todo! ¡Todo! Aun las redes nuevas que se acaban de comprar; hasta la barca; incluso la posibilidad de vender los pescados del día… Todo. Para seguirle a Él. A uno que les llama. ¿Y por qué le siguen? Por eso, porque les llama. Porque les invita con una autoridad que nunca habían visto antes, con una fuerza que les asegura: “podéis confiar en mí, podéis poner vuestra vida en mis manos sin temor”.

Hoy día sólo han cambiado las circunstancias, el paisaje por donde pasa Cristo. Entonces, en Galilea, fue un lago. Ahora podría ser una montaña de Suiza, un edificio en Londres o una playa en California. Pero es el mismo Jesucristo quien pasa por la vida de muchos inesperadamente, tal vez a una hora en que todo va muy bien, cuando aparece un nuevo trabajo con esperanzas de mucho éxito, o una oportunidad estupenda de descanso.

Cristo sigue llamando porque son muchos los hombres a los que aún no ha llegado su salvación y, sin embargo, “los operarios son pocos”. Necesita como nunca colaboradores para esa misión, colaboradores que no piensen en su propio bienestar, cuyos ideales sean más fuertes que el deseo de comodidad y cuyo amor resista al atractivo de una vida fácil y sin problemas.

Para esta misión Cristo llama cuando quiere. A unos les sugiere la donación total en la primavera de la vida, acabados los estudios, cuando están listos para darse de lleno a la tarea. A otros, después de unos años de crecimiento espiritual y humano, cuando han desarrollado ya ciertos talentos y tienen así la oportunidad de hacerlos fructificar para Él.

A cada uno le confía una responsabilidad particular. A los primeros apóstoles la fundación de su Iglesia. Luego invitó a otros muchos discípulos: obispos, laicos, hombres y mujeres consagrados… para continuar su obra y extender el Reino. A otros les invitó a darle a conocer por todo el mundo, en todos los continentes, en las selvas más remotas y en la isla más perdida… Pero la misión de todos es la misma: que los hombres sean felices después de haber conocido el amor de Cristo. Es una misión urgente como nunca. Y para la cual Jesús sigue pidiendo ayuda.

La vocación no es otra cosa que el ofrecimiento de Cristo a colaborar con Él, a trabajar en su viña, a luchar por su Causa, para extender su amor, anunciar su palabra… Vista con fe, ¿no es más preciosa que dominar la tierra entera?

Por eso, después de recibir el llamado, el agraciado sólo tiene que amar mucho. Nada más. El amor le mostrará el camino que no alcanza a divisar el egoísmo. El amor le indicará la voluntad de Dios cuando su sensualidad le grite “¡basta!” . El amor sabrá acallar esos gritos: es capaz de ver el blanco y el negro en un mundo de engaños, en un mundo que no entiende la vocación a trabajar por el Reino y que trata a toda costa de disuadir a los elegidos.

Los discípulos se sentían felices, sí, verdaderamente felices. Su respuesta inmediata les proporcionó la mejor parte en este mundo: el gozo del trabajo al lado de Jesucristo.

Al elegirnos para una misión tan grande como es la de extender su Reino entre los hombres, no lo hizo Cristo porque descubriera en nosotros capacidades o cualidades especiales, sino simplemente “porque nos amó más”, y ante ese misterio no hay otras razones, sino solamente actitudes de adoración, de agradecimiento, de correspondencia.

 

Tomar lo que ayuda y dejar lo que no

Meditación sobre los sentimientos negativos

Por: Reflexiones siglo XXI | Fuente: Catholic.net

¿Quién no sabe o sintió alguna vez, en qué medida estamos inclinados a ver mucho más las cosas negativas que las positivas en nosotros mismos y en la vida? Y cómo, incluso sin hacer una evaluación de la vida, a veces nos embargan sentimientos muy fuertes de desánimo, tristeza, desilusión.

Pensamos en lo que nos salió mal, en lo que perdimos, en lo que no tenemos, en los fracasos, en lo que desaprovechamos. En esos momentos lo negativo se agranda. Perdemos la objetividad. Lo malo se agiganta porque estamos mal y vemos todo negro. Todo lo negativo se junta como una inmensa bola de nieve que nos aplasta. Nos hace mal.
Puede ser que sea cierto y real lo negativo. Pero aunque sea cierto no nos ayuda, nos frena en la vida, nos cierra el horizonte, nos quita la fuerza.

Por eso tenemos que rechazar los pensamientos y los sentimientos negativos por más reales y verdaderos que sean o parezcan, porque no nos ayudan. Rechazarlos es no aceptarlos, no darles calce, no quedarse en ellos. Por el contrario, en un verdadero ejercicio espiritual, tenemos que ponernos a trabajar buscando las cosas buenas y lindas de la vida. Buscando razones para darle gracias a Dios, porque en medio de las dificultades y problemas su amor siempre nos brinda una oportunidad. Las cosas buenas y lindas de la vida nos ayudan, nos dan fuerzas, nos abren el horizonte; fortalecen el corazón, lo ensanchan, nos hacen andar libres el camino de Dios.

Las puertas de la casa del Padre Dios están siempre abiertas. Siempre Jesús está ofreciendo la oportunidad de la reconciliación.

Porque Tú lo dices

Meditación sobre la primera pesca milagrosa

Por: Jose Luis Richard | Fuente: Catholic.net

Estaba Él a la orilla del lago Genesaret y la gente se agolpaba sobre Él para oír la Palabra de Dios, cuando vio dos barcas que estaban a la orilla del lago. Los pescadores habían bajado de ellas, y lavaban las redes. Subiendo a una de las barcas, que era de Simón, le rogó que se alejara un poco de tierra; y, sentándose, enseñaba desde la barca a la muchedumbre.

Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: «Boga mar adentro, y echad vuestras redes para pescar». Simón le respondió: «Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos pescado nada; pero, en Tú palabra, echaré las redes». Y, haciéndolo así, pescaron gran cantidad de peces, de modo que las redes amenazaban romperse. Hicieron señas a los compañeros de la otra barca para que vinieran en su ayuda. Vinieron, pues, y llenaron tanto las dos barcas que casi se hundían. Al verlo Simón Pedro, cayó a las rodillas de Jesús, diciendo: «Aléjate de mí, Señor, que soy un hombre pecador». Pues el asombro se había apoderado de Él y de cuantos con él estaban, a causa de los peces que habían pescado. Y lo mismo de Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Jesús dijo a Simón: «No temas. Desde ahora serás pescador de hombres». Llevaron a tierra las barcas y, dejándolo todo, le siguieron.

Cuando Jesús terminó de hablar a la multitud, le dijo a Pedro con tono insinuante y decidido: Rema mar adentro. Vamos a pescar.

De sobra sabía Jesús que Simón (¡qué cara mostraría el pobre!) se había afanado toda la noche pescando con sus compañeros sin haber cogido ni un ridículo charalillo. Ya lo sabía. Entraba en su plan.

Rema mar adentro. Cristo no puede quedarse en la barca tranquilito, sin hacer nada. Una vez que Pedro le ha acogido dentro, comienza su obra de profundización, de exigencia. Así recompensa Jesús la generosidad de Pedro al prestarle la barca.

Pedro se queda perplejo un momento (fruto benéfico del sueño), pero percibe en la mirada profunda y sincera de Cristo la fuerza para realizar algo grande. Y Pedro acepta el reto, aunque no deja de informar a Cristo de la inutilidad del intento. No en vano ha trabajado durante muchos años en este lago. Lo conoce muy bien: sus bellezas, secretos y caprichos. “¡Si lo sabré yo!”, concluye Pedro sonriendo.

Ya no se ve la orilla. Es la ocasión esperada por Jesús para revelarse, para actuar en el alma de los discípulos. Lejos del ruido, de las miradas curiosas.

Echad las redes a la derecha.

Jesús les está pidiendo para realizar su milagro lo que pide siempre: un poco de fe, que confíen en Él. Quizás algún discípulo se asomó hacia el lado indicado y no vio banco de peces por ninguna parte. De eso se trataba: ningún mérito tendría su obediencia si lo hubiese visto.

Pedro es el primero en vencer la extrañeza y en secundar la orden. “Aunque yo sé que no hay nada que hacer”. “Aunque ya he tirado las redes arriba y abajo, a derecha e izquierda como si fuera un molino de viento”. “Aunque… las tiraré de nuevo porque Tú lo dices”.

Y Cristo realiza el milagro. A su manera, con su impronta original, personal. No les hace llover bacalaos del cielo. Ni los bonitos se introducen en la barca saltando y juntando las aletas beatíficamente. Cristo produce el milagro a través del esfuerzo de los apóstoles. Es un milagro en el que las manos sudan y las cuerdas escuecen.

Sin embargo, los apóstoles se dan cuenta de que no son ellos los que han obrado el prodigio. Apártate de mí, que soy un pecador – le dice Pedro, arrodillándose a sus pies. Y nos refiere el evangelio que los demás estaban sobrecogidos de temor al ver la gran redada de peces que habían cogido.

Pero Jesús les exhorta a la confianza. No hace milagros para asustarles sino para que confíen en su poder, en su bondad, en su palabra. Para confirmar la vocación de sus amigos que, en adelante, se internarán en una nueva aventura. Pero en la que contarán siempre con la fuerza y el apoyo del Maestro.

Y dejándolo todo, le siguieron.

Tiraré, Señor, mis redes, y lo haré con todas las reglas del arte, es decir, poniendo en juego toda mi voluntad y mi esfuerzo. Pero no esperaré la mínima parte del fruto de mi esfuerzo o destreza, sino, como lo hizo san Pedro, que descubrió en tu voz el secreto: “En Tú nombre”.

El amor y Teresa de Calcuta

Meditación sobre el amor del cristiano

Por: Reflexiones siglo XXI | Fuente: Catholic.net

Pequeñita, llena de arrugas, pero con una sonrisa grande y con toda la fuerza del amor y la fe, la madre Teresa de Calcuta pasó entre los pobres y los enfermos haciendo el bien; liberando de la orfandad y el desamor, como el mismo Jesús. Así, la madre Teresa nos dio un testimonio extraordinario de la caridad y el amor cristiano. Ese amor tan grande del que se llenan los corazones generosos, no haciendo de tripas corazón, sino buscando el amor en las mismas entrañas de Dios.

“El cristiano es alguien que se dona; que se da a sí mismo” decía la madre Teresa de Calcuta.

Así, con esta sencillez entendía ella el cristianismo y lo vivía con intensidad, con alegría y con libertad.

“Dios se dona en su Hijo –decía-, María nos dona a su Hijo, y Jesús, el Hijo, se nos dona en la Eucaristía. Esta donación de sí es el amor y hay que amar hasta que duela, porque si no, no es amor”.

El recuerdo de esta mujer que nos dejó por septiembre de 1998, cuestiona nuestro modo de entender el cristianismo y también de vivirlo.

Si Dios me ha dado y me da tanto, ¿yo qué doy?
Como cristiano, ¿estoy dando mi vida a los demás, especialmente a los más necesitados? ¿Entiendo que el cristianismo es dar el tiempo y la vida trabajando por la felicidad de los que quiero y de los que necesitan amor?, ¿Soy capaz de donarme a mí mismo hasta que duela, para encontrar allí la fecundidad y la alegría de la vida?
Señor, libéranos del espíritu de orfandad, y danos el espíritu de hijos tuyos y hermanos de los demás. Danos la libertad del amor capaz de donarse a sí mismo hasta que duele

 

Pacificadores del hogar

Meditación sobre la paz

Por: Pedro García, misionero claretiano | Fuente: Catholic.net

No habrá muchas palabras en el diccionario que se usen tanto modernamente como la palabra Paz, una palabra que ahora la vamos a llevar al seno de nuestras familias, como un regalo de Dios.

¡La paz!… Al oír esta palabra, ya nos estamos figurando una paloma con el ramito de olivo en el pico.
O estamos oyendo a Jesús, que dice:
– ¡Dichosos los que trabajan por la paz!…
O nos ponemos a repetir mentalmente la oración inmortal de Francisco de Asís:
– Señor, hazme un instrumento de tu paz…

La palabra paz nos dice muchas cosas cuando estamos metidos en un mundo destrozado por guerras fratricidas.

Pero no vamos a pensar ahora en la paz mundial.
Vamos a limitar el horizonte de nuestra mirada a un campo de batalla en el que podemos trabajar ardorosamente por la paz.

Si ganamos esa batalla, habremos conseguido la felicidad más grande que se da en este mundo.
¿Está fuera de lugar el pensar en la paz para nuestros hogares? ¿No se libra en ellos ninguna batalla? ¿No creemos que hacer en los hogares la paz, trabajar por la paz en los mismos, vivir en ellos la paz, es una empresa que vale la pena acometer?…

En el hogar, no hay que hacer enmudecer los cañones.
En el hogar, no hay que lanzar discursos como en el foro mundial de las Naciones Unidas.
En el hogar, basta poner corazón y hacer que el fuego del amor no se apague nunca.

Al hablar Jesús de la paz, de los trabajadores de la paz, no se refiere sólo y precisamente a los campos de batalla, sino también a otras guerras: a las guerras domésticas, a las guerras de grupo, a las guerras libradas entre nosotros mismos. Y proclama dichosos y felices, porque son los mejores hijos de Dios, a los que trabajan por la paz de los corazones.

Cuando centramos nuestra mirada en el hogar, vemos lo doloroso que resulta vivir en un hogar en guerra. Así como vemos lo feliz que resulta el vivir donde todos nos amamos, todos rezamos juntos, todos trabajamos, todos velamos por la felicidad de cada uno de los que nos apretamos en el nidito del hogar.

Parece que estas dos palabras: hogar y paz, debieran ser inseparables.
Porque no podemos imaginar un hogar en guerra. Ni podemos imaginar la paz reinando en otro lugar más apropiado que en el hogar.
Si la familia no se siente unida en el amor, el hogar se convierte, tarde o temprano, en un campo de batalla. Y será una batalla que no acabará con la victoria de ninguna de las partes en liza, sino con la derrota de todas las partes. La paz, entonces, será un imposible para siempre en el seno de esa familia. Todos se sentirán dolidos y humillados con la derrota.

Mientras que cuando existe el amor en la familia, se apagan como por ensalmo los primeros ruidos de las armas, a las que se les hace callar siempre con energía y decisión, de modo que no se alcen nunca contra ese don inapreciable de la paz en el hogar.

El hogar de la tierra debe ser tal que nos adelante ya, de algún modo, el hogar en que esperamos pasar nuestra vida eterna, con un Dios por Padre, con María como Madre, con todos los Santos como hermanos, y con la multitud de los Angeles como la mejor compañía…

Encontré por ahí la famosa oración de San Francisco de Asís acomodada al hogar. Me la copié. Me la hice mía con libertad. Y quiero acabar este mensaje de hoy con esa aspiración tan bella, dirigida a Dios en nombre de todos los hogares a los que llegan los mensajes de nuestra Emisora. Que nuestras voces, unidas todas en el amor a nuestras queridas familias, se claven ardorosas en el corazón de Dios:

Haz, Señor, de nuestro hogar un rinconcito de tu amor, un nido acogedor y caliente.
Que no haya en él injuria, porque Tú nos das comprensión.
Que no haya amargura, porque Tú nos bendices con la suavidad de tu gracia.
Que no haya egoísmo, porque Tú nos alientas a ayudarnos unos a otros generosamente.
Que no haya rencor, porque Tú nos enseñas a perdonarnos nuestras diferencias.
Enséñanos a marchar hacia ti en nuestro caminar diario.
Haz que cada amanecer nos encuentre el sol con la ilusión de la entrega y la sonrisa a flor de labios.
Bendice nuestro amor de esposos y padres.
Bendice a nuestros niños pequeños.
Guarda puros e ilusionados a nuestros hijos adolescentes y jóvenes.
Derrama la mejor de tus gracias sobre los ancianos y enfermos de la familia.
Que nos ayudemos todos, que nos consolemos siempre, que vivamos en felicidad ininterrumpida.
¡Virgen nazarena, que nuestro hogar sea como aquel tu hogar bendito!…

Cuando Jesús proclamó como dichosos hijos de Dios a los que trabajan por la paz, ¿tendría ante todo presentes a los que hacen de su hogar un nido de amor?
¿No pensaría también en María su Madre y en el bueno de José?… Pensase o no pensase, lo cierto es que no se ha dado en la tierra una mansión de paz como aquella de Nazaret, en que le tocó vivir a Jesucristo, el Príncipe de la Paz….

¿Caprichosos en la Iglesia?

Somos cristianos, no importan las críticas

Por: Pedro García, Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net

Caminaba Jesús tranquilo con el grupito de los apóstoles y se detuvo en el parque del pueblo para contemplar a los niños, que jugaban a practicar una fiesta de boda. Con unas flautas desgañitadas entonaban cantos alegres a sus compañeros, pero éstos, ¡que si quieres!, no tenían ganas de bailar…

Los que desempeñaban la orquesta cambiaron de táctica y se pusieron a remedar un cortejo fúnebre, con tonadas lastimeras. Pero los otros, ¡ni por esas quisieron formar alrededor del trozo de madera que hacía de ataúd!… Y vinieron las quejas:
– Hemos tocado la flauta, y no habéis bailado; entonamos lamentaciones, y no queréis llorar.

Jesús contempla la escena con fruición, y se lo comenta a sus eternos criticones los fariseos:
– Sois como los chiquillos que nos se contentan con nada. Vino Juan el Bautista, austero, duro, penitente, que ni comía ni bebía, y decíais: Ese Juan es un loco, que tiene dentro un demonio… Vengo yo, que como y bebo como cualquier hombre normal, y vais diciendo de mí por ahí: ¡Mirad a ese comilón y borracho, amigo de publicanos y pecadores!… ¡Cualquiera os entiende a vosotros! Total, que nadie del pueblo sabe a qué atenerse con dirigentes tan chismosos…

Nos podríamos preguntar nosotros ahora:
– Esta escena del Evangelio, ¿fue escrita como un simple recuerdo del Señor, o la inspiró el Espíritu Santo para orientación nuestra, para que en la Iglesia no hagamos nosotros otro tanto, como aquellos fariseos? Porque las cosas se siguen repitiendo.
Ya nos previno Jesús: os tratarán como me han tratado a mí.

Sin salirnos de nuestras tierras, ¿qué ocurrió hasta hace poco bajo regímenes militaristas? Si un obispo, un sacerdote o religiosa se dedicaba a catequizar y ayudar a pobres especialmente, venía la acusación irremediable: ¡Comunista, no hay duda! Quedaba fichado, y las balas no se equivocaban ni por casualidad…

En los regímenes contrarios de ideología marxista era la cosa al revés, y decían:
– ¡Esos curas reaccionarios, que no se meten en la revolución del pueblo! Que no se encierren en la sacristía, y que vengan a luchar…

Cualquier predicador que enseña la moral cristiana en toda su verdad, ya puede prepararse para oír esta crítica acerada: ¡Qué anticuado, qué retrógrado, con qué teorías que nos viene ahora!…

Y al revés también. Si avanza a la par del tiempo y actualiza el Evangelio de siempre a formas nuevas, se dirá de él: ¿A dónde nos va a llevar ese cura atrevido?…

Como esos cristianos comprometidos organicen retiros y se entreguen con generosidad a un apostolado, se dirá de ellos a lo mejor: ¡Mira, mira, cómo quieren lucir y prosperar, y vete a saber con qué intenciones lo hacen, y de dónde sacarán y a dónde irá a parar ese dinero!…

El mismo Papa no se ve libre de la crítica, y quizá la más astuta. Si sale en viaje misionero, con el que hace tanto bien en muchas almas, se dirá de él: ¡Pues, vaya salidas y con semejantes gastos!…

Y si no saliera dirían: ¡Ya podría venir a vernos a nosotros, que también le queremos, pues a verlo a él en Roma sólo pueden ir los ricos!…

Total, que la historia de Jesús se repite continuamente. Todo eso lo dicen los enemigos de la Iglesia o católicos que se tambalean en su fe, y no es extraño.

Por cierto, y ya que sale esto de los viajes del Papa. Quien tuvo la suerte de acompañar como periodista a Juan Pablo II en su viaje a Australia, tan fatigoso y tan caro, le preguntó con confianza:
– Santo Padre, ¿vale la pena tanta fatiga y tanto gasto en un viaje como éste?
Y el Papa, sabedor de las críticas, contesta convencido:
– Sí, claro que merece la pena, porque soy portador para el mundo de un mensaje de salvación. Un mensaje que ha costado nada menos que la Sangre de Cristo. No hay cansancio ni dinero suficiente para pagarla.

Así el Vicario de Jesucristo. ¿Podemos nosotros pensar diferente? Los hijos de la Iglesia no somos como los niños aquellos de las flautas y las lamentaciones.

Nosotros sabemos valorar los carismas y los dones de Dios. Es el Espíritu Santo quien suscita en la Iglesia diversos ministerios, y formas de vida y maneras de actuar, para que todos encontremos nuestro puesto en el Pueblo de Dios.

Sin pastores que avanzan, la Iglesia se detendría en su caminar y no estaría a la altura de los tiempos.
Sin pastores que frenen, los impacientes se desbocarían en la carrera.
Sin carismáticos, sin cursillistas, sin catecúmenos, sin comunidades de base…, muchos católicos se sentirían desplazados y sin saber qué hacer.

Ahora, con tantos y tan diversos carismas y dones, todos encontramos un puesto u otro que nos viene como vestido a la medida. Lo único que nos pedirá el Señor: ¡Fidelidad, fidelidad a los Pastores! Al Papa, Obispos y Sacerdotes que yo os he puesto al frente para vuestro bien.

¡Señor Jesucristo! Tú nos enseñaste a ser niños en la fe, pero adultos en nuestra conducta. ¿Cuándo aprenderemos a ser tan normales como Tú, que comías y bebías y te rodeabas de todos, hasta de los peores, para ganarlos a todos y llevarlos a todos a la salvación?….

Mat. 11, 16-19. Mat. 10,25. Paloma Gómez Borrero, Juan Pablo, amigo, pág. 125.

El jubileo no ha terminado

Meditación. La alegría del año jubilar

Por: Fernando Pascual | Fuente: Catholic.net

El año jubilar todavía no se acaba. Nos quedan varios meses para disfrutar del Gran Jubileo.

La palabra “jubileo” viene de una palabra hebrea, yobel, que significa “júbilo”, que según el diccionario , es “viva alegría, y especialmente la que se manifiesta con signos exteriores”.

Pero no todos han visto en el año 2000 un año de alegría. Enfermos desesperados, pobres abandonados, ricos amargados, hambrientos enfermizos, ¿son felices? ¿Pueden ser felices sólo porque se encuentran en el año 2000?

Y es que hay dos modos de vivir alegres. El primero, dando nuestra alegría a los demás. El segundo, recibiendo y compartiendo la alegría ajena. El año jubilar que iniciamos indica, precisamente, que Alguien quiso participar su alegría con nosotros. Nos llena de un especial consuelo el ver que una persona querida nos dedica tiempo, nos da su cariño, nos acompaña en un momento de dolor y sufrimiento.

El año 2000 nos dice precisamente que un Alguien divino ha roto los agujeros de nuestra atmósfera para caminar bajo los mismos rayos de sol que nos queman en la playa o nos hacen sudar en una oficina sin aire acondicionado, para beber de las aguas que alegran las fuentes de nuestros pueblos y aldeas, para sufrir, como nosotros, las injusticias y vencerlas con el perdón y el amor de la cruz.

El año 2000 encierra un momento jubilar para todos y cada uno de los que empolvamos nuestros pies en este planeta multicolor. Quien recibe la alegría del verse amado por Dios no puede no contagiar a los que viven amasados junto al carro de la propia vida. El amor es contagioso, como la alegría.

En los primeros siglos de la era cristiana alguien dijo que el bien “se difunde por sí mismo”. En el segundo milenio un autor medieval, Ramón Llull, no dudada en escribir: “Si no supiera qué es amor, sabría qué cosa es trabajo, tristeza y dolor”. Y es que sólo cuando no se ama todo comienza a ser pesado, y el “júbilo” no puede entrar en nuestras vidas.

En el siglo XX ha habido mucho trabajo, mucha tristeza, mucho dolor. Quizá no hemos aprendido a amar. Pero quien se ha lanzado por el camino del amor, ha podido correr, volar, difundir un fuego que difícilmente se podía detener.

Cada noche se ven en el cielo millones de estrellas que brillan. Cada día susurran sobre nuestras cabezas miles de pequeños insectos que vienen y van, alocados, para conseguir un segundo más de existencia. Cada minuto tomamos decisiones que nos dejan satisfechos o descontentos, felices o amargados.

En el año jubilar deberíamos poder orientarlo todo con la mirada puesta en esa estrella que no gira, por más que cambien las demás constelaciones de sitio cada noche. Cristo sigue allí, con su paz infinita, con el señorío de la Cruz, con la esperanza de la Resurrección.

No es un sueño. Por una ilusión no se da la vida. Por Cristo hasta la muerte, la calumnia, el fracaso, la enfermedad, puede recibir una nueva luz, una nueva forma, una sonrisa jubilar.

El año 2000, desde luego, acabará. Pero Cristo seguirá en todos aquellos corazones que le hayan dejado el lugar de honor. Y así el júbilo del jubileo continuará, quiéralo Dios, durante muchos días, meses y años del milenio que iniciaremos bajo el signo de la cruz de Cristo.

Los seglares somos sacerdotes

Meditación sobre el sacerdocio de los seglares, hombres y mujeres.

Por: Pedro García, Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net

No es la primera vez que en nuestro Programa sale un tema siempre actual en la Iglesia, y más en nuestros días: el sacerdocio de los seglares. Es un tema que se hace cada vez más actual, mientras se discute el tan traído y tan llevado sacerdocio de las mujeres, sobre el que la autoridad suprema en la Iglesia ya nos ha dicho que eso ni se cuestiona, desde el momento que Jesucristo y los Apóstoles decidieron el sacerdocio ministerial sólo para los varones.

Pero, ¿quiere decir esto que los seglares, incluidas las mujeres, no somos sacerdotes?

Es cierto que no tenemos el sacerdocio ministerial, pero sí el sacerdocio real de Jesucristo, participado gloriosamente por todos los bautizados.

Siempre se ha considerado en la Iglesia como honor supremo el ser sacerdote. Y el pueblo cristiano ha tributado al sacerdote el honor correspondiente. Pero ha habido muchas veces un error de perspectiva.

¿Quién es sacerdote? Nosotros, los seglares, ¿somos sacerdotes? Y si somos sacerdotes, ¿cómo lo somos y cómo ejercemos nuestro sacerdocio?

Se cuenta muchas veces el dicho de San Francisco de Asís,
– Si me encontrara en un camino con un ángel y con un sacerdote, saludaría y dejaría el paso primero al sacerdote y después al ángel.

¿Tenía razón el bendito San Francisco? ¿Nos toca algo de esta dignidad a los seglares?…

Hoy la Iglesia, por el Concilio, nos ha recordado y enseña lo que siempre creyó y vivió. Con palabras de la Biblia nos ha dicho que Jesucristo, el Señor, ha hecho a su nuevo Pueblo un reino de sacerdotes para Dios su Padre. Porque somos una estirpe elegida, sacerdocio real, nación santa, pueblo que Dios se ha elegido para que proclamemos sus obras maravillosas.

¿Sabemos la dignidad que nos confiere el ser sacerdotes? Cuando se reunió el primer Concilio de la Historia, asistían a él más de trescientos Obispos. El Emperador Constantino, que acababa de dar la paz a la Iglesia después de las persecuciones, acudió a él como invitado de honor.
– ¡Emperador, aquí!
Y le señalaron el primer puesto en la asamblea. Pero él, que ni estaba aún bautizado, replicó firme:
– ¡Oh, no! Ese puesto no me toca a mí. Soy el primero en el Imperio Romano, pero aquí soy el último. Vosotros sois sacerdotes de Dios, y yo no.

Nosotros recordamos ahora lo que nos dice la Iglesia con su magisterio sobre el Sacerdocio, el de Jesucristo, el de los ministros, el nuestro de los bautizados.

Empezamos por decir que Sacerdote no hay más uno: Jesucristo, que se ha ofrecido a Sí mismo como víctima sobre el altar de la cruz para dar toda gloria a Dios y para salvar al mundo.

Sin embargo, Jesucristo consagró a los apóstoles en la Ultima Cena, y dejó en su Iglesia el Sacramento del Orden, con el cual los Obispos, sucesores de los Apóstoles, imponen las manos y consagran sacerdotes ministros para servicio de la Iglesia.

¿Y los laicos? ¿Cómo somos sacerdotes?

Nosotros, por nuestro Bautismo y por la Unción del Espíritu Santo, tenemos un verdadero sacerdocio. Estamos consagrados como sacerdotes y participamos del único sacerdocio de Jesucristo.
Por medio de los sacerdotes ministros, ofrecemos a Dios la misma y única Eucaristía.
Con la recepción de los Sacramentos, junto con los sacerdotes ministros, ejercemos continuamente nuestro verdadero sacerdocio.
Con nuestra oración y acción de gracias, tributamos a Dios el sacrificio de alabanza.
Con nuestro trabajo y nuestro sacrificio, levantamos continuamente a Dios una hostia santa, fruto de nuestra abnegación y entrega.
Con la pureza de nuestros cuerpos y vida santa, somos continuamente una hostia viva, santa y agradable a Dios.
Con nuestro amor que actúa siempre y se prodiga a los demás, nos damos como Cristo en la Cruz para la salvación de todos.
Con nuestra vida metida en medio del mundo, y con nuestro testimonio, vamos consagrando el mundo para hacerlo más digno de Dios.

Todo esto –señalado expresamente por el Concilio– es el ejercicio de nuestro sacerdocio.

El ejercicio del ministerio puede ser muy honroso y meritorio, pero lo grande ante Dios es ser verdaderos sacerdotes, tanto el hombre como la mujer, por haber sido consagrados como tales por el Bautismo y la Confirmación, que nos comunicó abundantemente el Espíritu Santo.
¡Qué grande es el cristiano, siempre alzando la hostia de su oración y de su trabajo ante Dios!…
¡Qué grande es el cristiano, hecho hostia con Cristo con una vida pura!…
¡Qué grande es el cristiano, que junto con el ministro de la Iglesia ejercita su sacerdocio en la ofrenda de la Eucaristía!

El cristiano, todo cristiano, es mayor que un rey, un emperador o un presidente, y no envidia nada, ni a los Angeles del Cielo, porque con Cristo y en unión de Cristo asiste siempre ante el Altar de Dios para tributarle honor, alabanza, y para salvar con Cristo al mundo…

Como en un colectivo

Meditación sobre el rumbo de nuestra vida

Por: Reflexiones Siglo XXI | Fuente: Catholic.net

“En la gran ciudad me impresionan –dice José Pereira- esos grupos grandes de gente que se juntan a ciertas horas del día, esperando el micro, el colectivo, el tren . La gente que va al trabajo o vuelve a su casa, hace fila por donde pasan los colectivos cargadísimos de gente, cada uno con su recorrido de siempre, igual que el tren. Pienso –dice Pereira- que esto es como la vida misma. En la vida elegimos adónde queremos ir y nos juntamos con la gente que hace el mismo camino… Y es ésa la línea que nos lleva al lugar donde queremos llegar. El otro colectivo se va para otra parte, y nosotros sabemos adónde queremos ir.”

Usted mi amigo, ¿Sabe adónde quiere ir? ¿Sabe adónde quiere llegar?

La familia cristiana, la comunidad cristiana, es como un gran colectivo; como un inmenso colectivo o tren, en el camino de la vida. Elegimos un camino para llegar a Dios, y vamos juntos en el mismo transporte.
Por el amor de Dios, Jesús nos carga en su Corazón grande; él es nuestro transporte y también nuestro camino. Nuestra meta es la casa del Padre Dios.

Gracias Señor, porque tengo un lugar adonde ir, porque mi vida tiene sentido. Gracias porque pertenezco a una familia grande, la familia cristiana que tiene una misma meta. Una comunidad que peregrina unida, ayudándose en el camino. Te pido la gracia de estar bien integrado a esa familia, de actuar como el que ayuda a avanzar y no como el que frena; de sentirme amigo, de ser propiamente hermano en mi comunidad cristiana.