El Tercer Milenio

Meditación sobre los diferentes milenios

Por: Pedro García, misionero claretiano | Fuente: Catholic.net

¡El Tercer Milenio! Nosotros lo pronunciamos casi con orgullo. Consideramos como un honor el haber tenido la suerte de abrir el Tercer Milenio del Cristianismo. El año 2.000 se ha convertido para la Historia en una fecha de arranque magnífica, con muchos sueños, aunque también plantee al mundo interrogantes cargados de inquietud.

Ahora nosotros lo vamos a mirar únicamente en su aspecto religioso, y bajo la óptica de la Iglesia Católica, comparándolo con los dos milenios anteriores. Nadie nos impide discurrir y soñar un poco…

Los mil primeros años, a partir de la Resurrección de Jesús y de Pentecostés, vieron el nacimiento de la Iglesia, la persecución despiadada del Imperio Romano, la conversión de los pueblos bárbaros del Norte, y la delimitación de las fronteras de la Cristiandad.

Este primer milenio viene a ser como el germinar de la simiente que Jesús depositó en la tierra. No ofrece nada espectacular, aunque cuenta con la gloria de los Mártires, la sabiduría de los grandes Padres y Doctores, y con la obra ingente de un San Benito.

Pero apenas deja ver la planta que asoma. Se centra en una parcela de campo muy pequeña, lo que eran territorios del Imperio Romano poco más o menos, y el resto del mundo quedaba todavía en las sombras del paganismo. Se cumplía al pie de la letra la parábola de Jesús: “semilla que germina poco a poco, aunque lo hace con fuerza incontenible”.

El segundo milenio, muy diferente, ha sido conflictivo por demás.

Es el milenio en el que la Iglesia sufre dos desgarrones trágicos: el cisma de las Iglesias Ortodoxas Orientales y la herejía protestante con Lutero.

El empuje del Islam, nacido en el milenio anterior, mantiene a la Iglesia en alerta y en luchas continuas.

El Renacimiento paganiza la sociedad, antes tan cristiana, y abre los caminos al Iluminismo, al Racionalismo, a la Masonería, a la Revolución, al Capitalismo, al Comunismo, al Nacional-socialismo…, muy malos todos cara a la fe católica, y que producen a su vez las grandes guerras de los últimos siglos.

Mirando sus grandes bienes, el milenio segundo se abrió con una Edad Media en el apogeo de su gloria, y descubrió los imperios del Oriente y el continente americano, que abrieron un campo inmenso para las Misiones.

La Iglesia celebró los trascendentales Concilios de Trento y los dos del Vaticano.

Ha tenido Santos gigantes de trascendencia universal, como Francisco de Asís, Domingo de Guzmán, Tomas de Aquino, Ignacio de Loyola, Teresa de Jesús o Vicente de Paúl.

El Concilio Vaticano II cierra el milenio segundo de la Iglesia y abre el siguiente de una manera espléndida, y, al decir espléndida, nos dejamos de triunfalismo infantiles y miramos objetivamente la realidad histórica que vivimos.

Los Papas últimos, impresionantes por su grandeza, nos han llevado con paso seguro hacia el Tercer Milenio, tan prometedor.

¿Como miramos, entonces, el Tercer Milenio bajo el aspecto de la fe? Sólo el Dios omnisciente puede darnos la respuesta, pero nosotros estamos dispuestos y facultados para discurrir.

Ante todo, hemos heredado un mundo sin el absolutismo de los reyes, sin dictaduras odiosas, con la democracia implantada y suprimidas las colonias, que han dado paso a las nuevas naciones libres.

Así el mundo tiende a su unión –más allá incluso de los grandes bloques actuales–, barriendo fronteras raciales y comerciales, que han resultado fatales siempre. El desplome del comunismo fue el primer indicio esperanzador.

En esa unión de los pueblos florecerá la libertad religiosa, derecho inalienable del hombre. Y ésta será también la gran ocasión de la Iglesia. Con libertad se puede conseguir todo.

El Espíritu Santo ha soplado hacia el Ecumenismo, y será un hecho lento, pero seguro, imparable la unión de todas las iglesias en la única Iglesia Santa, católica y apostólica, que se fragmentó lastimosamente en el segundo milenio.

Y la Iglesia será además con su opción preferencial por los pobres y la predicación constante de la justicia la que conseguirá resolver en la medida posible la espinosa cuestión social, no conseguida ni por el capitalismo liberal, ni por el comunismo marxista, ni por el neoliberalismo salvaje, para llegar a una sociedad más próspera, justa y pacífica.

¿Que todo esto es soñar demasiado? No lo creamos. Si examinamos los indicios actuales, vemos que el Espíritu Santo tira hacia estas metas. Y el Espíritu Santo, a su paso divino, porque no tiene prisas, al fin lo consigue todo.

No le faltarán a la Iglesia las dificultades, y quizá persecuciones peores de lo que pensamos, porque la lucha entre el Reino de Jesucristo y el de Satanás no conoce tregua.

Pero el bien va a recorrer un camino muy largo, más largo que el camino del mal, en este Milenio Tercero.

¿Estamos seguros de todo esto? Sí, muy seguros. Nos basta aplicar el programa del Papa Juan Pablo II cuando nos dice:
contemplar los sueños convertidos en una gran realidad… .

Si, un día me hablaron de Dios

Cuando esa experiencia personal con Cristo llega, ya no cabe ninguna duda, vas tras sus huellas, lo acompañas…te enamoras de Él.

Por: María Esther de Ariño | Fuente: Catholic.net

Señor, a mi también me hablaron de Ti.

Si, un día me hablaron de DIOS.

Nací de unos padres casados por el Sacramento del Matrimonio. Me contaron que me habían bautizado para entrar en el seno de la Iglesia Católica y desde entonces soy hija de Dios. Mis padres eran católicos practicantes y en mi hogar se rezaba.

De mis primeros años tengo el recuerdo de mi madre tomando mi manita y enseñándome a persignarme con el signo de la cruz. Y las primeras oraciones hacia un Dios que había sido mi Creador y que llegado su tiempo, una mujer, que se llamaba María, que era virgen y que ahora era también mi Madre en el Cielo, que fue la Madre de Jesús y que Jesús era hombre y también Dios y ÉL era el HIJO DE DIOS y su PADRE ERA TAMBIÉN NUESTRO PADRE y que a si empezaba la más bella de las oraciones… Y también me habló del Espíritu Santo al que había que pedirle: luz y consuelo…

Hice mi Primera Comunión y creo recordar que estaba más entusiasmada con mi vestido blanco que por lo que iba a hacer… Yo también era una católica practicante por eso, tan solo porque me habían hablado de TI.

Pero todo esto….¡no basta!

Hay fe, pero esa fe es como una herencia que recibimos de labios y del corazón de nuestros padres, como un camino a seguir y que nos pusieron en él para que fuésemos felices.

Caminar por él… no basta…

Se necesita…¡una experiencia personal con Dios!.

Y cuando esa EXPEREINCIA PERSONAL CON CRISTO llega, ya no cabe ninguna duda, vas tras sus huellas, lo acompañas en los pasajes de su vida aquí, en la Tierra, subes con El a la montaña de las Bienaventuranzas, te acercas a la Santísima Virgen María y a San José en una noche estrellada y te rindes de rodillas ante el Nacimiento del Salvador.

Estás con El en la Última Cena y por eso sabes “que estaba triste”… Te acercas a El en el Huerto de los Olivos y con El aprendes a decir, aunque tengas miedo, aunque estés llorando, !Hágase tu Voluntad!.

Y lo ves luego, cuando los azotes caen sobre su espalda desnuda y su piel se rasga… Y te duele el corazón y le sigues por el camino donde lleva la Cruz sobre sus hombros y entonces es cuando tu cruz o tus cruces te parecen pequeñas y ya no te quejas.

Ves los ojos de María, su madre, que luego será también nuestra porque Jesús antes de morir nos la regala, y sabes que no puede haber ojos con tanto dolor como los de Ella.

Desearás muchas veces besar esas manos y esos pies que están atravesando unos clavos y luego lo miras y ya es una figura patética alzada en una cruz de madera, con una corona de espinas y unos labios pálidos y resecos que están pidiendo “el perdón por nuestros pecados”…

Y lo ves más tarde, ya muerto en los brazos de su Madre…

Para luego acompañarle camino de Emaús, ¡ya resucitado! Y como sus acompañantes le dices, le suplicas: ¡Quédate, se está haciendo tarde, se pasa la vida, se llega la cuenta, la eternidad… quédate conmigo, Señor!. ¡Y El se queda!

Y esa experiencia personal te hace saber que ya no te dejará, que siempre estará junto a ti, pase lo que pase, hasta el fin de tus días, hasta el momento de encontrarte cara a cara con El, que ahora si sabes que será el encuentro con quién tanto te amó, con quién dio la vida para que consiguieras que ese momento llegara, para el GRAN ENCUENTRO como a mi me gusta llamarle a la muerte…

SEÑOR, creo en TI, PERO AUMENTA MI FE.

 

 

 

Preguntas o comentarios al autor   Ma. Esther de Ariño

La oveja descarriada

Adviento. Tal vez depende de nuestra actitud el que otras ovejas regresen al redil de Cristo en este Adviento.

Por: Misael Cisneros | Fuente: Catholic.net

Del santo Evangelio según san Mateo 18, 12-14
En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: ¿Qué os parece? Si un hombre tiene cien ovejas y se le descarría una de ellas, ¿no dejará en los montes las noventa y nueve, para ir en busca de la descarriada?Y si llega a encontrarla, os digo de verdad que tiene más alegría por ella que por las 99 no descarriadas. De la misma manera, no es voluntad de vuestro Padre celestial que se pierda uno solo de estos pequeños.

Oración introductoria
Padre mío, sé lo importante que soy para Ti. Permite que esta meditación me ayude a darte el gozo de ser esa oveja perdida que vuelve al redil en esta Navidad. No quiero seguir ignorando tu mensaje, tu llamado a la santidad.

Petición
Jesús, que sepa proponer a los demás la alegría y la paz que da el esfuerzo por vivir en el redil de los que cumplen la voluntad de tu Padre celestial.

Meditación del Papa Francisco

Un Dios al que no le gusta perder, no es un buen perdedor y por esto, no pierde, sale de sí y va, busca. Es un Dios que busca: busca a todos aquellos que están lejos de Él. Como el pastor, que va a buscar a la oveja perdida. El trabajo de Dios es ir a buscar para invitar a la fiesta a todos, buenos y malos.

Dios no tolera perder a uno de los suyos. Pero esta será también la oración de Jesús, en el Jueves Santo: «Padre, que no se pierda ninguno de los que Tú me has dado». Es un Dios que camina para buscarnos y tiene una cierta debilidad de amor por los que están más alejados, que se han perdido… Va y los busca. ¿Y cómo busca? Busca hasta el final, como estos pastores que van en la oscuridad, buscando, hasta que la encuentra; o como la mujer, que cuando pierde la moneda enciende la lámpara, barre la casa y busca con cuidado. Así busca Dios. Pero este hijo no lo pierdo, ¡es mío, y no quiero perderlo! Este es nuestro Padre: siempre nos busca. (Cf. Papa Francisco, homilía en santa Marta, 7 de noviembre de 2013)

Reflexión
A los primeros a quien Cristo Jesús quiere salvar en este Adviento es a nosotros mismos. Tal vez no seremos ovejas descarriadas, pero puede ser que tampoco estemos en un momento demasiado fervoroso en nuestro seguimiento del Pastor. Todos somos débiles y a veces nos distraemos del camino recto.

Cristo nos busca y nos espera. No sólo a los grandes pecadores y a los alejados, sino a nosotros, los cristianos que le seguimos con un ritmo más intenso, pero que también necesitamos el estímulo de estas llamadas y de la gracia de su amor. Somos nosotros mismo los invitados a confiar en Dios, a celebrar su perdón, a aprovechar la gracia de la Navidad. El que está en actitud de Adviento es Dios para con nosotros. Él se alegrará inmensamente si volvemos a Él.

Pero también nos enseña el evangelio a salir al encuentro de los demás, a ayudarles a salir de su desierto del alejamiento de Dios. Tal vez depende de nuestra actitud el que otras ovejas regresen al redil de Cristo en este Adviento. No tanto por nuestros discursos, sino por nuestra cercanía y acogida.

Propósito
Transmitir mi alegría, esperanza y amor a Cristo a una persona alejada de la fe.

Diálogo con Cristo
Alabado seas Señor por darme esta experiencia en la oración. Tú eres mi buen pastor, la clave, la fuerza, el motor de mi ser y obrar. Quiero corresponder a tanto amor. No quiero terminar mi oración siendo el mismo. Dame la gracia de asemejarme más a tu santísima Madre el día de hoy. Especialmente permite que sea un buen pastor para los demás al dejar que seas Tú quien guíe toda mi vida.