1. Homilias diarias del Papa Francisco

Homilías para meditar durante la semana.

Por: SS Francisco | Fuente: Catholic.net

En esta semana el Papa Francisco nos habló sobre las actitudes que a veces tomamos los católicos donde los ídolos, la sabiduría que pensamos tener sobre los demás, el cumplir con la “ley” … pero al final «se hacen necios y cambian la gloria de Dios, incorruptible, con una imagen: el propio yo», con las propias ideas, con la propia comodidad.

Lo más importante es amar, a Dios y al prójimo, con humildad y misericordia.
Meditemos cada día durante esta semana sobre estas homilías:

Discípulos de Cristo y no de la ideología
Amor a Dios y al prójimo
El síndrome de Jonás
Cómo se vence al demonio
La valentía de la oración
Quien elige la mejor parte

2. Homilías diarias del Papa Francisco

Homilías para meditar durante la semana.

Por: SS Francisco | Fuente: L’Osservatore Romano

En esta semana el Papa Francisco nos habló de dejarnos encontrar por Jesús, para que Él pueda renovarnos desde lo profundo de nuestra alma. Es una invitación durante el tiempo de Adviento.
Nos habla también de la oración, que debemos pedirle a Dios con insistencia, la gracia de consolaros en nuestras necesidades.

Meditemos cada día durante esta semana sobre estas homilías:

Con la guardia baja al encuentro de Jesús
Esa paz rumorosa
Palabras enloquecidas
El grito que molesta
Cuando Dios nos recrea

3. Homilías diarias del Papa Francisco

Homilías para meditar durante la semana.

Por: SS Francisco | Fuente: L’Osservatore Romano

En esta semana el Papa Francisco hablandonos sobre la Epifanía, nos pide que a ejemplo de los Magos, levantemos los ojos a la estrella y a seguir los grandes deseos de nuestro corazón. Nos enseñan a no contentarnos con una vida mediocre. También el Papa nos recuerda lo que es el amor cristiano: el dar a los demás y sobre todo a los que más lo necesiten.

Meditemos cada día durante esta semana sobre estas homilías:


Dios que nos ama, Dios que camina con nosotros
Siguiendo una luz, buscan la Luz
Conocer qué sucede en el propio corazón
El amor cristiano es altruista o servicial

Homilías del Papa Francisco

Meditar las homilás de las misas diarias en Santa Martha.

Por: SS Francisco | Fuente: Catholic.net

5. Homilías diarias del Papa Francisco

Homilías para meditar durante la semana.

Por: SS Francisco | Fuente: Radio Vaticana

En esta semana el Papa Francisco nos dice que debemos estar siempre preparados a acoger la “novedad” del Evangelio y las “sorpresas de Dios”. Y Dios habla con nosotros de forma personal, por eso siempre debemos ser pequeños, ante la grandeza de Dios.
También nos habló sobre la unidad de los cristianos que nuestras comunidades siguen viviendo divisiones, muchas veces por los celos y la envidia. Y siempre construir puentes y no muros entre nosotros, buscando siempre la paz.

Meditemos cada día durante esta semana sobre estas homilías:


Acojamos las sorpresas de Dios
El Señor tiene una relación personal con nosotros
Semana de oración por la unidad de los cristianos
Los celos y murmuraciones destruyen a las comunidades cristianas
Construir puentes y no muros

6. Homilías diarias del Papa Francisco

Homilías para meditar durante la semana.

Por: SS Francisco | Fuente: Radio Vaticana

En esta semana el Papa Francisco nos dice que los obispos no son elegidos solamente para llevar adelante una organización, que se llama Iglesia, son ungidos, tienen la unción y el Espíritu del Señor está con ellos. Nos recuerda que no se puede amar a Cristo sin amar a la Iglesia.
También nos cuestiona sobre cómo va mi oración de alabanza? ¿Sé alabar al Señor? ¿Sé alabar al Señor o lo hago solamente con la boca y no con todo el corazón?´

Meditemos cada día durante esta semana sobre estas homilías:


La unción de los sacerdotes
¿Eres capaz de cantar alabanzas al Señor?
No se puede amar a Cristo sin amar a la Iglesia
Cuando el amor de Dios disminuye, se pierde el sentido del pecado

Volved a mí con todo el corazón

Homilía del Papa en el Miércoles de Ceniza. Marzo 2014.

Por: SS Francisco | Fuente: Zenit

 

 
Rasgad los corazones y no las vestiduras

Con estas penetrantes palabras del profeta Joel, la liturgia nos introduce en la Cuaresma,(Jl 2, 12-18) indicando en la conversión del corazón la característica de este tiempo de gracia. El llamamiento profético constituye un desafío para todos nosotros, ninguno excluido, y nos recuerda que la conversión no se reduce a formas exteriores o a propósitos vagos, sino que implica y transforma toda la existencia a partir del centro de la persona, de la conciencia. Estamos invitados a emprender un camino en el cual, desafiando la rutina, nos esforzamos en abrir los ojos y los oídos, pero sobre todo el corazón, para ir más allá de nuestro pequeño huerto.

Abrirse a Dios y a los hermanos. Sabemos que en un mundo cada vez más artificial, nos hace vivir en una cultura del “hacer”, del “útil”, donde sin darnos cuentas excluimos a Dios de nuestro horizonte. Y excluímos el horizonte mismo.

La Cuaresma nos llama a “despertarnos”, a recordarnos que somos criaturas, simplemente que no somos Dios. Cuando yo miro el pequeño ambiente cotidiano y veo una lucha de poder por espacios pienso: esta gente juega a Dios creador, y aún no se han dado cuenta que no son Dios.

Y también hacia los otros arriesgamos cerrarnos, olvidarlos. Pero solo cuando las dificultades y los sufrimientos de nuestros hermanos nos interpelan, solamente entonces podemos iniciar nuestro camino de conversión hacia la Pascua.

Es un itinerario que incluye la cruz y la renuncia. El Evangelio de hoy ( Mt 6,1-6. 16-18)indica los elementos de este camino espiritual: la oración, el ayuno y la limosna. Los tres implican la necesidad de no dejarse dominar de las cosas que aparecen: lo que cuenta no es la apariencia; el valor de la vida no depende de la aprobación de los otros o del éxito, sino de lo que tenemos dentro.

 

 

 

 

  • El primer elemento es la oración. La oración es la fuerza del cristiano y de cada persona creyente. En la debilidad y en la fragilidad de nuestra vida, podemos dirigirnos a Dios con confianza de hijos y entrar en comunión con Él.

    Delante de tantas heridas que nos hacen mal y que nos podrían endurecer el corazón, estamos llamados a zambullirnos en el mar de la oración, que es el mar del amor sin límites de Dios, para disfrutar de su ternura.

    La Cuaresma es tiempo de oración, de una oración más intensa, más asidua, más capaz de hacerse cargo de las necesidades de los hermanos, de interceder delante de Dios por tantas situaciones de pobreza y de sufrimiento.

  • El segundo elemento calificador del camino cuaresmal es el ayuno. Debemos estar atentos para no practicar un ayuno formal, o que en verdad nos “sacia” porque nos hace sentir bien. El ayuno tiene sentido si verdaderamente afecta a nuestra seguridad, y también si se consigue un beneficio para los otros, si nos ayuda a cultivar el estilo del Buen Samaritano, que se arrodilla ante su hermano en dificultad y se encarga de él. El ayuno implica la elección de una vida sobria, que no desecha, que no “descarta”. Ayunar nos ayuda a entrenar el corazón en la esencialidad y el compartir. Es un signo de toma de conciencia y de responsabilidad frente a las injusticias, a los acosos, especialmente en lo relacionado con los pobres y los pequeños, y es signo de la confianza que ponemos en Dios y en su providencia.
  • El tercer elemento es la limosna: ésta indica la gratuidad, porque en la limosna se da a alguien del que no se espera recibir nada a cambio. La gratuidad debería ser una de las características del cristiano, que consciente de haber recibido todo de Dios gratuitamente, es decir sin ningún mérito, aprende a donar a los otros gratuitamente.

    Hoy a menudo la gratuidad no forma parte de la vida cotidiana, donde todo se vende y se compra. Todo es calculado y medido. La limosna nos ayuda a vivir la gratuidad del don, que es libertad de la obsesión de posesión, del miedo a perder lo que se tiene, de la tristeza de quien no quiere compartir con los otros el propio bienestar.

    Con sus invitaciones a la conversión, la Cuaresma viene providencialmente a despertarnos, a sacudirnos del letargo, del riesgo de ir adelante por inercia. La exhortación que el Señor nos dirige por medio del profeta Joel es fuerte y clara: “Volved a mí con todo el corazón”.

    ¿Por qué debemos volver a Dios? ¡Porque algo no va bien en nosotros, no va bien en la sociedad, en la Iglesia y necesitamos cambiar, dar un cambio, y esto se llama tener necesidad de convertirnos! Una vez más la Cuaresma viene a dirigir su llamada profética, para recordarnos que es posible realizar algo nuevo en nosotros mismos y en torno a nosotros, sencillamente porque Dios es fiel, Él es siempre fiel porque no puede renegar de sí mismo, y porque es fiel continúa a ser rico en bondad y misericordia, y está siempre preparado para perdonar y comenzar de nuevo.

    ¡Con esta confianza filial, pongámonos en camino!

 

¡Verdaderamente ha resucitado!

Dejemos que el estupor gozoso de la Resurrección,se irradie en los pensamientos, las miradas, las actitudes, los gestos y en las palabras.

Por: SS Benedicto XVI | Fuente: vatican.va

Palabras previas del Papa Francisco al rezo del Regina Coeli en el Lunes del Ángel, 21 de Abril 2014

Queridos hermanos y hermanas,

¡Felices Pascuas! Cristòs anèsti! – Alethòs anèsti!, ¡Cristo ha resucitado! –

¡Verdaderamente ha resucitado!

¡Está entre nosotros aquí!

En esta semana podemos seguir intercambiándonos la felicitación pascual, como si fuera un único día. Es el gran día que hizo el Señor.

El sentimiento dominante que transluce de los relatos evangélicos de la Resurrección es la alegría llena de estupor; pero un estupor grande, pero la alegría que viene desde adentro; y en la Liturgia nosotros revivimos el estado de ánimo de los discípulos por la noticia que las mujeres habían dado: ¡Jesús ha resucitado! Nosotros lo hemos visto.

Dejemos que esta experiencia, impresa en el Evangelio, se imprima también en nuestros corazones y se vea en nuestra vida. Dejemos que el estupor gozoso del Domingo de Pascua se irradie en los pensamientos, en las miradas, en las actitudes, en los gestos y en las palabras… ojalá seamos así luminosos.

¡Pero esto no es un maquillaje! Viene desde dentro, de un corazón inmerso en la fuente de esta alegría, como el de María Magdalena, que lloró por la pérdida de su Señor y no creía a sus ojos viéndolo resucitado.

Quien hace esta experiencia se convierte en testigo de la Resurrección, porque en cierto sentido ha resucitado él mismo, ha resucitado ella misma. Entonces es capaz de llevar un “rayo” de la luz del Resucitado en las diversas situaciones: en las felices, haciéndolas más bellas y preservándolas del egoísmo; y en las dolorosas, llevando serenidad y esperanza.

En esta semana, nos hará bien tomar el libro del Evangelio y leer aquellos capítulos que hablan de la resurrección de Jesús; nos hará tanto bien tomar el libro y buscar los capítulos y leer aquello.

También nos hará bien, esta semana, pensar en la alegría de María, la Madre de Jesús. Así como su dolor fue tan íntimo, tanto que le traspasó su alma, del mismo modo su alegría fue íntima y profunda, y de ella los discípulos podían tomar. Habiendo pasado, a través de la experiencia de la muerte y de la resurrección de su Hijo, viste, en la fe, como la expresión suprema del amor de Dios, y el corazón de María se ha convertido en una fuente de paz, de consuelo, de esperanza y de misericordia.

Todas las prerrogativas de nuestra Madre derivan de aquí, de su participación en la Pascua de Jesús. Desde la mañana del viernes hasta la mañana del domingo, Ella no perdió la esperanza: la hemos contemplado como Madre de los dolores, pero, al mismo tiempo, como Madre llena de esperanza. Ella, la Madre de todos los discípulos, la Madre de la Iglesia y Madre de esperanza.

A Ella, testigo silencioso de la muerte y de la resurrección de Jesús, le pedimos que nos introduzca en la alegría pascual. Lo haremos con el rezo del Regina Coeli, que en el tiempo pascual sustituye la oración del Ángelus.

La esperanza y el gozo de los dos papas santos

La misericordia divina siempre espera, siempre perdona, porque siempre ama.

Por: SS Francisco | Fuente: Catholic.net

Homilía del Papa Francisco en la misa de canonización del Papa Juan XXIII y Juan pablo II

En el centro de este domingo, con el que se termina la octava de pascua, y que san Juan Pablo II quiso dedicar a la Divina Misericordia, están las llagas gloriosas de Cristo resucitado.

Él ya las enseñó la primera vez que se apareció a los apóstoles la misma tarde del primer día de la semana, el día de la resurrección. Pero Tomás aquella tarde, como hemos escuchado, no estaba; y, cuando los demás le dijeron que habían visto al Señor, respondió que, mientras no viera y tocara aquellas llagas, no lo creería. Ocho días después, Jesús se apareció de nuevo en el cenáculo, en medio de los discípulos: Tomás también estaba; se dirigió a él y lo invitó a tocar sus llagas. Y entonces, aquel hombre sincero, aquel hombre acostumbrado a comprobar personalmente las cosas, se arrodilló delante de Jesús y dijo: «Señor mío y Dios mío» (Jn 20,28).

Las llagas de Jesús son un escándalo para la fe, pero son también la comprobación de la fe. Por eso, en el cuerpo de Cristo resucitado las llagas no desaparecen, permanecen, porque aquellas llagas son el signo permanente del amor de Dios por nosotros, y son indispensables para creer en Dios. No para creer que Dios existe, sino para creer que Dios es amor, misericordia, fidelidad. San Pedro, citando a Isaías, escribe a los cristianos: «Sus heridas nos han curado» (1 P 2,24; cf. Is 53,5).

San Juan XXIII y san Juan Pablo II tuvieron el valor de mirar las heridas de Jesús, de tocar sus manos llagadas y su costado traspasado. No se avergonzaron de la carne de Cristo, no se escandalizaron de él, de su cruz; no se avergonzaron de la carne del hermano (cf. Is 58,7), porque en cada persona que sufría veían a Jesús. Fueron dos hombres valerosos, llenos de la parresia del Espíritu Santo, y dieron testimonio ante la Iglesia y el mundo de la bondad de Dios, de su misericordia.

Fueron sacerdotes y obispos y papas del siglo XX. Conocieron sus tragedias, pero no se abrumaron. En ellos, Dios fue más fuerte; fue más fuerte la fe en Jesucristo Redentor del hombre y Señor de la historia; en ellos fue más fuerte la misericordia de Dios que se manifiesta en estas cinco llagas; más fuerte, la cercanía materna de María.

En estos dos hombres contemplativos de las llagas de Cristo y testigos de su misericordia había «una esperanza viva», junto a un «gozo inefable y radiante» (1 P 1,3.8). La esperanza y el gozo que Cristo resucitado da a sus discípulos, y de los que nada ni nadie les podrá privar. La esperanza y el gozo pascual, purificados en el crisol de la humillación, del vaciamiento, de la cercanía a los pecadores hasta el extremo, hasta la náusea a causa de la amargura de aquel cáliz. Ésta es la esperanza y el gozo que los dos papas santos recibieron como un don del Señor resucitado, y que a su vez dieron abundantemente al Pueblo de Dios, recibiendo de él un reconocimiento eterno.

Esta esperanza y esta alegría se respiraba en la primera comunidad de los creyentes, en Jerusalén, de la que hablan los Hechos de los Apóstoles (cf. 2,42-47), como hemos escuchado en la segunda Lectura. Es una comunidad en la que se vive la esencia del Evangelio, esto es, el amor, la misericordia, con simplicidad y fraternidad.

Y ésta es la imagen de la Iglesia que el Concilio Vaticano II tuvo ante sí. Juan XXIII yJuan Pablo II colaboraron con el Espíritu Santo para restaurar y actualizar la Iglesia según su fisionomía originaria, la fisionomía que le dieron los santos a lo largo de los siglos. No olvidemos que son precisamente los santos quienes llevan adelante y hacen crecer la Iglesia. En la convocatoria del Concilio, san Juan XXIII demostró una delicada docilidad al Espíritu Santo, se dejó conducir y fue para la Iglesia un pastor, un guía-guiado, guiado por el Espíritu. Éste fue su gran servicio a la Iglesia; por eso me gusta pensar en él como el Papa de la docilidad al Espíritu santo.

En este servicio al Pueblo de Dios, san Juan Pablo II fue el Papa de la familia. Él mismo, una vez, dijo que así le habría gustado ser recordado, como el Papa de la familia. Me gusta subrayarlo ahora que estamos viviendo un camino sinodal sobre la familia y con las familias, un camino que él, desde el Cielo, ciertamente acompaña y sostiene.

Que estos dos nuevos santos pastores del Pueblo de Dios intercedan por la Iglesia, para que, durante estos dos años de camino sinodal, sea dócil al Espíritu Santo en el servicio pastoral a la familia. Que ambos nos enseñen a no escandalizarnos de las llagas de Cristo, a adentrarnos en el misterio de la misericordia divina que siempre espera, siempre perdona, porque siempre ama.

¿Por qué buscas entre los muertos al que vive?

Esta pregunta nos hace superar la tentación de mirar hacia atrás, a lo que pasó ayer, y nos impulsa hacia adelante, hacia el futuro.

Por: SS Francisco | Fuente: Catholic.net

 
Estracto de la Audiencia General. Miércoles 23 de abril de 2014. Papa Francisco

Seguimos en la Pascua, y a veces parece que nos olvidamos que Jesús resucitó… volvemos a la tristeza, la desesperanza… Recordemos laspala bras del Papa Francisco :

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

La Resurrección de Jesús es una alegría auténtica, profunda, basada en la certeza que Cristo resucitado ya no muere más, sino que está vivo y operante en la Iglesia y en el mundo. Tal certeza habita en el corazón de los creyentes desde esa mañana de Pascua, cuando las mujeres fueron al sepulcro de Jesús y los ángeles les dijeron: ¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? (Lc 24, 5).

{…] Cuántas veces, en nuestro camino cotidiano, necesitamos que nos digan: ¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?. Cuántas veces buscamos la vida entre las cosas muertas, entre las cosas que no pueden dar vida, entre las cosas que hoy están y mañana ya no estarán, las cosas que pasan…

¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?.

Lo necesitamos cuando:

 

 

  • Nos encerramos en cualquier forma de egoísmo o de auto-complacencia.
  • Cuando nos dejamos seducir por los poderes terrenos y por las cosas de este mundo, olvidando a Dios y al prójimo;
  • Cuando ponemos nuestras esperanzas en vanidades mundanas, en el dinero, en el éxito.

    Entonces la Palabra de Dios nos dice: ¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?.

    ¿Por qué lo estás buscando allí? Eso no te puede dar vida. Sí, tal vez te dará una alegría de un minuto, de un día, de una semana, de un mes… ¿y luego?

    ¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?.

    Esta frase debe entrar en el corazón y debemos repetirla. Digámosla desde el corazón, en silencio, y hagámonos esta pregunta: ¿por qué yo en la vida busco entre los muertos a aquél que vive?.

    No es fácil estar abiertos a Jesús. No se da por descontado aceptar la vida del Resucitado y su presencia en medio de nosotros.

    El Evangelio nos hace ver diversas reacciones y nos hace bien confrontarnos con ellos:

  • La del apóstol Tomás pone una condición a la fe, pide tocar la evidencia, las llagas;
  • La de María Magdalena llora, lo ve pero no lo reconoce, se da cuenta de que es Jesús sólo cuando Él la llama por su nombre;
  • Los discípulos de Emaús, deprimidos y con sentimientos de fracaso, llegan al encuentro con Jesús dejándose acompañar por ese misterioso caminante

    Cada uno por caminos distintos, buscaban entre los muertos al que vive y fue el Señor mismo quien corrigió la ruta. Y yo, ¿qué hago? ¿Qué ruta sigo para encontrar a Cristo vivo? Èl estará siempre cerca de nosotros para corregir la ruta si nos equivocamos.

    ¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?

    Esta pregunta nos hace superar la tentación de mirar hacia atrás, a lo que pasó ayer, y nos impulsa hacia adelante, hacia el futuro.

    Jesús no está en el sepulcro, es el Resucitado. Él es el Viviente, Aquel que siempre renueva su cuerpo que es la Iglesia y le hace caminar atrayéndolo hacia Él.

    Ayer era la tumba de Jesús y la tumba de la Iglesia, el sepulcro de la verdad y de la justicia; hoy es la resurrección perenne hacia la que nos impulsa el Espíritu Santo, donándonos la plena libertad.

    Hoy se dirige también a nosotros este interrogativo:

  • Tú, ¿por qué buscas entre los muertos al que vive, tú que te cierras en ti mismo después de un fracaso y tú que no tienes ya la fuerza para rezar?
  • ¿Por qué buscas entre los muertos al que está vivo, tú que te sientes solo, abandonado por los amigos o tal vez también por Dios?
  • ¿Por qué buscas entre los muertos al que está vivo, tú que has perdido la esperanza y tú que te sientes encarcelado por tus pecados?
  • ¿Por qué buscas entre los muertos al que está vivo, tú que aspiras a la belleza, a la perfección espiritual, a la justicia, a la paz?

    Tenemos necesidad de escuchar y recordarnos recíprocamente la pregunta del ángel. Esta pregunta, nos ayuda a salir de nuestros espacios de tristeza y nos abre a los horizontes de la alegría y de la esperanza. Esa esperanza que mueve las piedras de los sepulcros y alienta a anunciar la Buena Noticia, capaz de generar vida nueva para los demás.

    Repitamos esta frase del ángel para tenerla en el corazón y en la memoria. ¡Repitámosla!

    Él está vivo, está con nosotros. No vayamos a los numerosos sepulcros que hoy te prometen algo, belleza, y luego no te dan nada. ¡Él está vivo! ¡No busquemos entre los muertos al que vive!