Sensibilidad

¿La sensibilidad, puede ser enseñada?

Por: Pedro García, Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net

Dicen que una de las asignaturas que tienen pendientes nuestras escuelas es la educación de los niños en su sensibilidad. Quien dice de los niños, dice de los jóvenes, y dice de los universitarios, y dice de todos nosotros, por mayores que podamos ser.

¿Y esto, por qué? Pues porque el ver cada día el telediario en la pequeña pantalla, el escuchar el noticiero en la radio o el leer los periódicos va a requerir una educación y una formación especial. Nos traen noticias y escenas tan dolorosas y lamentables, tan llenas de horror, que corremos el peligro de volvernos insensibles. Y esto sería un mal muy grave en nuestras vidas. Si los males que vemos sufrir a otros no nos llegan a decir nada, ¿quién nos moverá a compasión, quién nos hará abrir las manos a la generosidad, quién se prestará a hacer algo por los tantos desgraciados que se quedan sin ninguna esperanza?

Como un autoexamen, y como si fuera una clase de lo que estamos diciendo, vamos a recordar algunos hechos de la Segunda Guerra Mundial, ya que la tenemos todavía relativamente cerca, y después nos vamos a formular algunas preguntas, para ver qué respuestas nos damos a nosotros mismos.

El tren, cargado de inocentes judíos, atravesaba en jornadas interminables los campos de Europa sin que el aire, insuficientísimo, penetrara en los vagones más que por una rendijas estrechas. Los presos, con un esfuerzo heroico, abrieron unas brechas amplias, que los verdugos sin entrañas se encargaron de clavetear rápidamente. Muchos de los cautivos no llegaron al campo de exterminio, porque la falta de aire les había extinguido la vida. Los demás, pararon todos en las cámaras de gas.
Esto, obra de los nazis alemanes.

Otro. Por lo menos unos diez mil oficiales polacos habían desaparecido misteriosamente. Al fin, sólo en las fosas de Katyn, se encontraron los cadáveres de casi cinco mil, ejecutados con un tiro en la nuca.
Esto, obra de los rusos.

Otro más. Alemania, casi ya vencida, y sin remedio alguno, ve cómo tres oleadas de aviones, en un bombardeo sin sentido, hacen desaparecer a Dresde, la ciudad alemana más culta, y mueren unas trescientas mil personas en un solo día.
Esto, obra de los aliados, con Inglaterra al frente.

El último. Por orden expresa del Presidente, y contra el parecer de altos oficiales, se lanzan sobre Hiroshima y Nagashaki en Japón las primeras bombas atómicas, con una destrucción nueva y sin precedentes, ante el asombro de todo el mundo.
Esto, obra de los Estados Unidos.

¿Qué sentimos ante estos hechos?… Es posible que nos digamos: ¡Horrible!…
Pero lo decimos con frialdad. Porque ya queda todo muy lejos, y son cosas de la Historia. Es natural esta reacción. La dis-tancia del espacio y del tiempo mata y borra casi todo sentimiento, por fuerte que sea.
Por eso, para conocer nuestros sentimientos, tenemos que acudir a hechos más cercanos.

Y nos dicen, por ejemplo, que un tornado ha dejado por las naciones del sur del Asia unos doscientos mil muertos y a innumerables personas sin hogar. O bien, nos anuncia la televisión con imágenes tétricas las víctimas innumerables de las guerras tribales en Africa…

¿No sentimos nada? ¿Experimentamos la misma indiferencia que al leer en un libro o ver en una película los anteriores hechos de la Guerra Mundial?…

Esa indiferencia sería fatal. Y es, sin embargo, la que padecen grandes sectores de la sociedad moderna. ¿Cómo vamos a decir que amamos? ¿Cómo vamos a poner remedio? ¿Cómo vamos a prestar ayuda? ¿Cómo vamos a hacer algo por los que sufren si no sentimos sus males?…

La sensibilidad nos es necesaria. Sin ella, al no tener compasión, nos encerraríamos en un egoísmo que sería lo más contrario a la caridad cristiana.

En los Hechos de los Apóstoles y en las cartas de San Pablo nos encontramos con aquel hambre que se echó sobre Judea, y los cristianos de aquella primera comunidad acudieron a las otras Iglesias que habían surgido de la gentilidad:
-¡Que nuestros hermanos tienen hambre!…
Pablo exhorta, pide, organiza, se ofrece él mismo para llevar los donativos a Jerusalén. La generosidad se desborda, se aligeran mucho los padecimientos de los necesitados, y la Palabra de Dios colma de elogios a los generosos donantes.

Es una historia que se repite cada día. Ante tantas calamidades que surgen a nuestro alrededor, se nos tiende la mano ansiosamente. A lo mejor somos pobres en dinero, pero ricos como nadie en amor.
La solidaridad no hace hoy distinción de credos ni de razas. Todos piden a todos para todos. En todos es una acción bella esa de dar a los que se hallan en desgracia. En muchos, que no tienen fe, es un impulso del corazón que les honra y les prepara a la gracia de Dios. Pero nosotros, cristianos y católicos, sabemos hacer que esa filantropía sea caridad, amor de Dios, y por eso nos queremos distinguir más que nadie en nuestra generosidad.

Oímos contar cada día muchas calamidades. Todas nos mueven el corazón. Y nuestra sensibilidad nos enorgullece. Si, encima, nos hace abrir la mano, somos personas de corazón. Somos algo más: somos, como aquellos primeros cristianos, el testimonio más grande del amor de Jesucristo….

(Hech. 11, 28-30. 1Cor. 16,1-4. 2Cor. 8-9.)

 

Trabajar…, ¿por qué?

El trabajo hecho oración, como medio de unión con Dios.

Por: Pedro García, Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net

Nunca insistiremos bastante en lo que significa el trabajo dentro de la vida cristiana. Si preguntásemos a muchos qué piensan de su trabajo, nos llevaríamos respuestas desconcertantes.

Aquel socialista ateo preguntaba despectivo:
– ¿Qué tiene que ver el trabajo con la religión?
Y le respondía otro trabajador de la fábrica:
– Lo mismo que tiene que ver el amor con la novia. Si no la quiero, no me molesto por ella. Si la quiero, por ella me mato. Dios me encarga el trabajo, y por Dios me gasto cada día entre las máquinas…

Para muchos, entre el trabajo y la oración media la misma distancia que de la tierra al cielo, porque la oración pertenece al Cielo y el trabajo sólo a la tierra. Así lo creen ellos.

Pero nosotros, no. Nosotros tenemos ideas muy distintas sobre el trabajo, y lo consideramos tan del Cielo como la oración o como cualquier práctica estrictamente religiosa.

Pienso ahora en aquel mi amigo, el bueno de José, padre de cuatro hijos y excelente cristiano, que se pasaba el día metido en el almacén de granos, removiendo montones de sacos, ajustando cuentas en la caja, y, cuando convenía, discutiendo los precios con los clientes. Estábamos una vez en el negocio y vimos pasar al Sacerdote por la calle, que se metió a saludarnos y a charlar amigablemente con nosotros. José, limpiándose el sudor de la frente, le suelta sin más:
– ¡Qué suerte la suya, Padre! Siempre mirando hacia arriba y trabajando sólo para el Cielo, mientras que yo vivo apegado a la tierra y mirando siempre abajo.

Al sacerdote le costó convencerle de que él, entre los sacos del almacén, vivía en las alturas lo mismo que el cura cuando celebra la Misa, predica o se mete en el confesionario. Su trabajo era tan santo y santificador como el de una religiosa, como el del sacerdote o el del Papa… A lo que José repuso con humor:
– Entonces, Padre, vayan con cuidado. Que, si trabajar es ser santo, a lo mejor les gano yo a ustedes…

Confío que José no olvidó más la lección. Yo al menos, que estaba allí presente, desde allí en adelante la he tenido siempre muy metida en la cabeza…

Hablando en cristiano, el trabajo tiene muchos aspectos, aunque siempre los reducimos a tres fundamentales, que abarcan todo el plan de Dios sobre el hombre como dueño de la creación y, a la vez, como el Dios que busca adoradores en sus criaturas.

El trabajo es, ante todo, el medio de vida. Muchos lo miran sólo así. Trabajar, para vivir. Trabajar, para comer y para vestir. Trabajar, para tener y pasarla algo mejor en el mundo. No pasan de aquí sus aspiraciones. Y nada tenemos que objetar. Porque mirado el trabajo como camino para una vida desahogada y feliz, es digno, es honroso y altamente formativo.

El inmortal Mahatma Gandhi, acabado el más riguroso de sus ayunos, no pudo tomar sino un poco de alimento líquido. Sin embargo, se vio en la obligación de pedir inmediatamente la rueca y ponerse a trabajar. Se la negaban, naturalmente:
– Pero, ¿no ve que no puede, que aún está casi muriendo?
Y su respuesta fue colosal:
– Si he podido comer, puedo y debo también trabajar.

Y Gandhi, que así contestaba, no era un cristiano, ni había aprendido en la escuela de aquel Pablo, que escribió lo que tantas veces repetimos:
– El que no trabaja no tiene derecho a comer.

Al gran patriarca de la India le bastaba la razón, la dignidad personal, y el ver la multitud de hambrientos que poblaban su patria. ¡Qué no hubieran dado los pobres para trabajar y poder comer!…

Además, el sentido cristiano, lo mismo que el judío antes de Cristo, ha tomado el trabajo como la mejor penitencia por la culpa. Nuestras infidelidades diarias a Dios quedan saldadas con el trabajo, impuesto por Dios a Adán pecador. Por eso nosotros le decimos a Dios con el cantar:
Bendice Tú mi sudor,
y, pues cumplo mi sentencia,
haz que el trabajo, Señor,
me sirva de penitencia.

La Iglesia sigue hoy inculcándonos la penitencia como lo podía hacer y exigir en la austera Edad Media. Las formas de esa penitencia requerida por el espíritu cristiano pueden ser muy variadas. Pero no encontraremos ninguna que iguale en valor santificador al trabajo de cada día realizado con espíritu sobrenatural. Es la penitencia señalada a dedo por Dios en el paraíso, y no creemos que Dios haya cambiado de táctica con los pecadores de nuestro tiempo…

Finalmente, el cristiano mira a Jesucristo en su taller de carpintería o entre las sementeras de los campos, y se da cuenta de que santidad y trabajo, trabajo y santidad, vienen a ser la misma cosa, cuando el quehacer diario se eleva a las alturas de Dios.

¡Trabajo, bendito trabajo que encallece las manos, o quema las cejas y rinde los cuerpos! Dichoso el que sabe tributarle un culto razonable y obsequioso, como lo hacían la Mujer más buena y aquel muchachote fornido de Nazaret… .

El pozo del desánimo

Meditación sobre el desánimo

Por: Reflexiones Siglo 21 | Fuente: Catholic.net

‘El desánimo es como un pozo, pero mientras más hondo es el pozo, más cumbres son sus bordes, y nadie se salva del precipicio mirando para abajo. Para salir del pozo hay que mirar para arriba.’

¿Qué piensa usted de esto?
La verdad es que a veces tenemos razones para estar “boquiabajo”, como se dice. Este camino largo de la vida es a veces difícil. Tan difícil que parece imposible. Y parece más imposible todavía cuando estamos desanimados, deprimidos, desilusionados. Y cuando estamos desilusionados de nosotros mismos, golpeados por la impotencia de no poder superar los obstáculos, el pozo del desánimo es un abismo como la misma muerte.

Sin embargo, a veces hay que tocar fondo para poder subir, y aquello que nos hunde puede convertirse en cimiento que nos eleva, si cambiamos el modo de mirar las cosas, si nos damos vuelta, si decidimos salir; si rechazamos el hundirnos con lo malo y elegimos lo bueno.

Si nos desatamos del lastre que nos hunde, ese lastre que nosotros mismos alguna vez elegimos pensando que era algo bueno; si nos liberamos de aquello que nos tira para abajo, tenemos que tener esperanza.

A veces el peso es grande pero lo que nos ata no es una cadena, o una cadena fácil de cortar, desde el momento que decidimos salir y miramos hacia arriba.

Y cuando digo mirar para arriba estoy diciendo mirar a Dios que es el único y verdadero Salvador, el único que puede tendernos su mano cariñosa, ésa que nos da fuerza para salir del pozo.

Por eso cuando digo que mientras más hondo es el pozo, más cumbres son sus bordes, no es para graficar la dificultad, sino para decir todo lo bueno y lindo que se ve desde las altas cumbres.

Miremos para arriba, y con la fuerza de Dios salgamos del pozo y gocemos del aire puro y la belleza que se contempla desde los bordes del alma esperanzada.

¿Qué pedimos en la oración?

Pedimos la gracia más importante: la conversión de los corazones, la victoria sobre el pecado, el crecimiento en el amo

Por: ¿Qué pedimos en la oración? | Fuente: es.catholic.net

Las oraciones surgen desde la fe: creemos en Dios y confiamos en su Amor providente. Entre esas oraciones, muchas tienen como meta una petición.

¿Qué pedimos en la oración? Pedimos la gracia más importante: la conversión de los corazones, la victoria sobre el pecado, el crecimiento en el amor.

Pedimos también por necesidades concretas: que haya comida en la mesa, que haya trabajo para todos, que haya serenidad en la familia.

Pedimos por la paz: la paz interior, que permite convivir como hermanos. La paz exterior, que nace de la justicia, de buenas leyes y de gobernantes honestos.

Pedimos por la lluvia y por el tiempo favorable a las cosechas, por el aire limpio y por un poco menos de calor (o de frío).

Pedimos por los que están encadenados por la tibieza y la apatía, por la desgana y por la cobardía, por el miedo y por el respeto humano.

Pedimos por quienes sufren a causa de las tentaciones de la carne, de la avaricia, de la envidia, de la soberbia, del rencor.

Pedimos por los pobres y los enfermos, por los abandonados y los excluidos, por los perseguidos y los discriminados, por los huérfanos y las viudas.

Pedimos por los niños, los jóvenes, los adultos y los ancianos. También por los hijos antes de nacer y por las madres en dificultad.

Pedimos tantas cosas. La lista parece interminable. Llevamos nuestras súplicas al Padre, en el nombre de su Hijo Jesucristo, por el Espíritu Santo

Parece que Dios no escucha mi plegaria

Será que no somos perseverantes en la plegaria o no pedimos como debemos.

Por: P. Sergio Córdova LC | Fuente: Catholic.net

Se cuenta que el emperador romano Alejandro Severo, pagano, pero naturalmente honesto, tuvo un día entre sus manos un pergamino en donde se hallaba escrito el Padrenuestro. Lo leyó lleno de curiosidad y tanto le gustó que ordenó a los orfebres de su corte fundir una estatua de Jesucristo, de oro purísimo, para colocarla en su propio oratorio doméstico, entre las demás estatuas de sus dioses, ordenando pregonar en la vía pública las palabras de aquella oración. Una oración tan bella sólo podía venir del mismo Dios.

Se han escrito muchísimos comentarios sobre el Padrenuestro, y creo que nunca terminaríamos de agotar su contenido. No en vano fue la oración que Jesucristo mismo nos enseñó y que, con toda razón, se ha llamado la “oración del Señor”. Es la plegaria de los cristianos por antonomasia y la que, desde nuestra más tierna infancia, aprendemos a recitar de memoria, de los labios de nuestra propia madre.

En una iglesia de Palencia, España, se escribió hace unos años esta exigente admonición:

No digas “Padre”, si cada día no te portas como hijo.
No digas “nuestro”, si vives aislado en tu egoísmo.
No digas “que estás en los cielos”, si sólo piensas en cosas terrenas.
No digas “santificado sea tu nombre”, si no lo honras.
No digas “venga a nosotros tu Reino”, si lo confundes con el éxito material.
No digas “hágase tu voluntad”, si no la aceptas cuando es dolorosa.
No digas “el pan nuestro dánosle hoy”, si no te preocupas por la gente con hambre.
No digas “perdona nuestras ofensas”, si guardas rencor a tu hermano.
No digas “no nos dejes caer en la tentación”, si tienes intención de seguir pecando.
No digas “líbranos del mal”, si no tomas partido contra el mal.
No digas “amén”, si no has tomado en serio las palabras de esta oración.

La parábola del amigo inoportuno, tan breve como tan bella, nos revela la necesidad de orar con insistencia y perseverancia a nuestro Padre Dios. Es sumamente elocuente: “Yo os digo que si aquel hombre no se levanta de la cama y le da los panes por ser su amigo –nos dice Jesús— os aseguro que, al menos por su inoportunidad, se levantará y le dará cuanto necesite”. Son impresionantes estas consideraciones. Nuestro Señor nos hacen entender que, si nosotros atendemos las peticiones de los demás al menos para que nos dejen en paz, sin tener en cuenta las exigencias de la amistad hacia nuestros amigos, ¡con cuánta mayor razón escuchará Dios nuestras plegarias, siendo Él nuestro Padre amantísimo e infinitamente bueno y cariñoso!

Por eso, Cristo nos dice: “Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá”. Si oramos con fe y confianza a Dios nuestro Señor, tenemos la plena seguridad de que Él escuchará nuestras súplicas. Y si muchas veces no obtenemos lo que pedimos en la oración es porque no oramos con la suficiente fe, no somos perseverantes en la plegaria o no pedimos como debemos; es decir, que se cumpla, por encima de todo, la voluntad santísima de Dios en nuestra vida. Orar no es exigir a Dios nuestros propios gustos o caprichos, sino que se haga su voluntad y que sepamos acogerla con amor y genrosidad. Y, aun cuando no siempre nos conceda exactamente lo que le pedimos, Él siempre nos dará lo que más nos conviene.

Es obvio que una mamá no dará un cuchillo o una pistola a su niñito de cinco años, aunque llore y patalee, porque ella sabe que eso no le conviene.

¿No será que también nosotros a veces le pedimos a Dios algo que nos puede llevar a nuestra ruina espiritual? Y Él, que es infinitamente sabio y misericordioso, sabe muchísimo mejor que nosotros lo que es más provechoso para nuestra salvación eterna y la de nuestros seres queridos. Pero estemos seguros de que Dios siempre obra milagros cuando le pedimos con total fe, confianza filial, perseverancia y pureza de intención. ¡La oración es omnipotente!

Y, para demostrarnos lo que nos acaba de enseñar, añade: “¿Qué padre entre vosotros, si el hijo le pide un pan, le dará una piedra? ¿O, si le pide un pez, le dará una serpiente? ¿O, si le pide un huevo, le dará un escorpión? Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo piden?”

Efectivamente, con un Dios tan bueno y que, además, es todopoderoso, ¡no hay nada imposible!
Termino con esta breve historia. En una ocasión, un niño muy pequeño hacía grandes esfuerzos por levantar un objeto muy pesado. Su papá, al ver la lucha tan desigual que sostenía su hijito, le preguntó:
– “¿Estás usando todas tus fuerzas?”
– “¡Claro que sí!” -contestó malhumorado el pequeño.
– “No es cierto –le respondió su padre— no me has pedido que te ayude”.

Pidamos ayuda a nuestro Padre Dios…. ¡¡y todo será infinitamente más sencillo en nuestra vida!!

¿Por qué orar?

Si tuviera que desearte el don más bello, y pedirlo para ti a Dios, no dudaría en pedirle el don de la oración.

Por: Monseñor Bruno Forte arzobispo de Chieti-Vasto | Fuente: Comisión Teológica Internacional

Sólo del encuentro diario con Dios, el creyente puede hallar la fuerza para vivir y aprender a amar a los demás.

“Si tuviera que desearte el don más bello, si quisiera pedirlo para ti a Dios, no dudaría en pedirle el don de la oración.”

Orando se vive. Orando se ama. Orando se alaba.

Como la planta que no hace brotar su fruto si no es alcanzada por los rayos del sol, así el corazón humano no se entreabre a la vida verdadera y plena si no es tocado por el amor.

Y es que, quien ora vive, en el tiempo y en la eternidad.

Me preguntas: ¿por qué orar? Te respondo: para vivir. De aquí nace la exigencia de indicar el camino para una oración hecha de cotidianeidad: fija tú mismo un tiempo para dar cada día al Señor, de intimidad: recógete en silencio, lleva a Dios tu corazón y de confidencia: no tengas miedo de decirle todo.

Así, cuando vayas a orar con el corazón en alboroto, si perseveras, te darás cuenta de que después de haber orado largamente tus interrogantes se habrán disuelto como nieve al sol.

Un efecto que muchos buscan por otras vías, a menudo bajo la insignia de la ausencia de obstáculos y empeño. La paz que nace de la oración, en cambio, es distinta: «Que sepas, que no faltarán las dificultades. Llegará la hora de la “noche oscura”, en la que todo te parecerá árido y hasta absurdo en las cosas de Dios: no temas. Es esa hora en la que para luchar está Dios mismo contigo».

Pero los momentos oscuros no negarán los frutos de una oración vivida en el corazón: «Un don particular que la fidelidad en la oración te dará es el amor a los demás», y es que «la oración es la escuela del amor».

Una oración por mis hermanos

Hoy no rezo por mí, sino por quienes Te piden ayuda, y también por quienes han olvidado o nunca han sabido descubrirte.

Por: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net

Una esposa y madre reza por el regreso de su marido. A su lado, dos niños pequeños juntan las manos y musitan una plegaria. Esperan el milagro, el cambio de un corazón que un día dejó a los suyos. Déjame unirme a ellos, compartir sus penas y pedirte lo que Te suplican con su amor sincero.

Unos padres rezan por el hijo que vive esclavizado por la droga. Lo educaron en tu ley, le enseñaron la importancia de la vida de gracia. Le llevaron a la iglesia, a la catequesis. Pero un día el hijo, libre y engañado, emprendió el mal camino. Permite que mi oración esté junto a la suya, que llore y suplique por la conversión de una vida joven y necesitada de mil perdones.

Unos hijos piden, en la misa, para que sus padres dejen de pelear en casa, para que vivan unidos en un amor sincero, para que sean de verdad fieles a cuanto prometieron en el día de su boda. Déjame, Señor, compartir esa oración, hacerla mía, para ayudar a muchos esposos a vivir en Tu Amor eterno.

Pero también hay tantos corazones que no rezan, que no esperan, que viven sin mirar al cielo, sin suplicar una ayuda divina. Unos, porque ya no tienen esperanza. Otros, porque hace tiempo que Te dejaron lejos. Otros, porque piensan que todo se alcanza con dinero, con técnica, con medicinas, con libros, con amigos, con medios humanos, a veces eficaces, pero casi siempre provisionales y frágiles.

Son corazones que necesitan, más que nadie, una oración. Permíteme, Señor, pedirte por lo que no piden, sentir que Tú anhelas que Te amen, que Te invoquen, que confíen, que se abran al amor infinito que encontramos en Cristo, tu Hijo.

En este día, en estos momentos, toma esta sencilla oración que te ofrezco por mis hermanos. Sé que yo también necesito ayuda, paciencia, fuerza, esperanza. Sé también que me la estás dando, porque eres bueno, porque eres Padre, porque no puedes dejar abandonados a tus hijos más enfermos. Pero hoy no rezo por mí, sino por quienes Te piden ayuda, y también por quienes han olvidado o nunca han sabido descubrirte como Omnipotente, como Misericordia, como Amor, como Infinito; por quienes no saben que Tú eres el único, el definitivo, el verdadero Salvador.

Esta es mi oración sencilla, desde lo más profundo de mi alma. Acógela, Señor, junto a los ruegos de María, Madre tuya y Madre mía. Y concédeme que eso que Te pido se realice, según Tu Voluntad, y para el bien de todos mis hermanos sufrientes, abatidos, cansados en los mil caminos de nuestro peregrinar terreno.

¿Cuántas veces hay que orar? Jesús responde: ¡Siempre!

La oración, como el amor, no soporta el cálculo de las veces. El que ama lo dice en la oración.

Por: P. Raniero Cantalamessa | Fuente: Catholic.net

En aquel tiempo, Jesús les decía una parábola a sus discípulos para inculcarles que era preciso orar siempre sin desfallecer. La parábola es la de la viuda inoportuna. A la pregunta: «¿Cuántas veces hay que orar?», Jesús responde: ¡Siempre!

La oración, como el amor, no soporta el cálculo de las veces. ¿Hay que preguntarse tal vez cuántas veces al día una mamá ama a su niño, o un amigo a su amigo? Se puede amar con grandes diferencias de conciencia, pero no a intervalos más o menos regulares. Así es también la oración.

Este ideal de oración continua se ha llevado cabo, en diversas formas, tanto en Oriente como en Occidente. La espiritualidad oriental la ha practicado con la llamada oración de Jesús: «Señor Jesucristo, ¡ten piedad de mí!». Occidente ha formulado el principio de una oración continua, pero de forma más dúctil, tanto como para poderse proponer a todos, no sólo a aquellos que hacen profesión explícita de vida monástica. San Agustín dice que la esencia de la oración es el deseo. Si continuo es el deseo de Dios, continua es también la oración, mientras que si falta el deseo interior, se puede gritar cuanto se quiera; para Dios estamos mudos. Este deseo secreto de Dios, hecho de recuerdo, de necesidad de infinito, de nostalgia de Dios, puede permanecer vivo incluso mientras se está obligado a realizar otras cosas: «Orar largamente no equivale a estar mucho tiempo de rodillas o con las manos juntas o diciendo muchas palabras. Consiste más bien en suscitar un continuo y devoto impulso del corazón hacia Aquél a quien invocamos».

Jesús nos ha dado Él mismo el ejemplo de la oración incesante. De Él se dice en los evangelios que oraba de día, al caer de la tarde, por la mañana temprano y que pasaba a veces toda la noche en oración. La oración era el tejido conectivo de toda su vida.

Pero el ejemplo de Cristo nos dice también otra cosa importante. Es ilusorio pensar que se puede orar siempre, hacer de la oración una especie de respiración constante del alma incluso en medio de las actividades cotidianas, si no reservamos también tiempos fijos en los que se espera a la oración, libres de cualquier otra preocupación. Aquel Jesús a quien vemos orar siempre es el mismo que, como todo judío de su tiempo, tres veces al día –al salir el sol, en la tarde durante los sacrificios del templo y en la puesta de sol– se detenía, se orientaba hacia el templo de Jerusalén y recitaba las oraciones rituales, entre ellas el Shema Israel, Escucha Israel. El Sábado participa también Él, con los discípulos, en el culto de la sinagoga y varios episodios evangélicos suceden precisamente en este contexto.

La Iglesia igualmente ha fijado, se puede decir que desde el primer momento de vida, un día especial para dedicar al culto y a la oración, el domingo. Todos sabemos en qué se ha convertido, lamentablemente, el domingo en nuestra sociedad; el deporte, en particular el fútbol, de ser un factor de entretenimiento y distensión, se ha transformado en algo que con frecuencia envenena el domingo… Debemos hacer lo posible para que este día vuelva a ser, como estaba en la intención de Dios al mandar el descanso festivo, una jornada de serena alegría que consolida nuestra comunión con Dios y entre nosotros, en la familia y en la sociedad.

Es un estímulo para nosotros, cristianos modernos, recordar las palabras que los mártires Saturnino y sus compañeros dirigieron, en el año 305, al juez romano que les había mandado arrestar por haber participado en la reunión dominical: «El cristiano no puede vivir sin la Eucaristía dominical. ¿No sabes que el cristiano existe para la Eucaristía y la Eucaristía para el cristiano?».
 

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Raniero Cantalamessa, de la Orden de los Frailes Menores Capuchinos, nació en Colli del Tronto (AP) el 22 de julio del año 1934. Ordenado sacerdote en el año 1958, se doctoró en Teología en Friburgo (Suiza), y en Letras clásicas en la Universidad Católica de Milán.
Ex profesor ordinario de Historia de los orígenes del cristianismo y Director del Departamento de ciencias religiosas de la Universidad del Sagrado Corazón de Milán, fue miembro de la Comisión Teológica Internacional desde el año 1975 hasta el año 1981 y, durante doce años, miembro de la delegación católica para el diálogo con las Iglesias Pentecostales.
En el año 1979 abandonó la docencia para dedicarse a tiempo completo al ministerio de la Palabra. Juan Pablo II lo nombró Predicador de la Casa Pontificia en el año 1980 y Benedicto XVI lo confirmó en dicho cargo en 2005. En calidad de predicador dirige cada semana, en Adviento y en Cuaresma, una meditación en presencia del Papa, de los cardenales, obispos, prelados y superiores generales de órdenes religiosos. Se le llama a hablar en muchos países del mundo, a menudo también por hermanos de otras denominaciones cristianas.
Ha recibido el Doctorado Honoris Causa en Ciencias del Derecho, en la Universidad Notre Dame de South Bend (Indiana); en Ciencias de la comunicación, en la Universidad de Macerata y en Teología en la Universidad Franciscana de Steubenville (Ohio).
Además de los libros científicos escritos como historiador de los orígenes del cristianismo, sobre la cristología de los Padres, la Pascua en la Iglesia antigua y otros temas, ha publicado otros numerosos libros de espiritualidad, fruto de su predicación en la Casa Pontificia, traducidos a una veintena de lenguas.
Desde el año 1994 hasta el 2010, cada sábado por la tarde tuvo en la cadena de televisión pública italiana «Rai Uno» el programa de explicación del evangelio del domingo «Las razones de la esperanza».
Desde el año 2009, cuando no está ocupado en la predicación en la Casa Pontificia y en otras partes del mundo, vive en el Eremo del Amor Misericordioso de Cittaducale (RI), prestando su servicio sacerdotal a una pequeña comunidad de monjas de clausura.
El día 18 de Julio 2013 el ha sido confirmado por el papa Francisco en su papel de Predicador de la Casa Pontificia.

¿Hay oraciones no escuchadas?

¿Es posible que Jesús nos haya enseñado que si pedimos, conseguiremos, pero luego vemos que las cosas suceden de una manera muy distinta?

Por: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net

Hemos rezado, hemos suplicado, hemos invocado la ayuda de Dios. Por un familiar, por un amigo, por la Iglesia, por el párroco, por los agonizantes, por la patria, por los enemigos, por los pobres, por el mundo entero.

También hemos pedido por las propias necesidades: para vencer un pecado que nos debilita, para limpiar el corazón de rencores profundos, para conseguir un empleo, para descubrir cuál sea la Voluntad de Dios en nuestra vida.

Escuchamos o leemos casos muy hermosos de oraciones acogidas por Dios. Un enfermo que se cura desde las súplicas de familiares y de amigos. Un pecador que se convierte antes de morir gracias a las oraciones de santa Teresa del Niño Jesús y de otras almas buenas. Una victoria “política” a favor de la vida después de superar dificultades que parecían graníticas.

Pero otras veces, miles, millones de personas, sienten que sus peticiones no fueron escuchadas. No consiguen que Dios detenga una ley inicua que permitirá el aborto de miles de hijos. No logran que se supere una fuerte crisis ni que encuentren trabajo tantas personas necesitadas. No llevan a un matrimonio en conflicto a superar sus continuos choques. No alcanzan la salud de un hijo muy querido que muere ante las lágrimas de sus padres, familiares y amigos.

En el Antiguo Testamento encontramos varios relatos de oraciones “no escuchadas”. Uno nos presenta al pueblo de Israel antes de una batalla con los filisteos. Tras una primera derrota militar, Israel no sabía qué hacer. Decidieron traer al campamento el Arca de la Alianza. Los filisteos temieron, pero optaron por trabar batalla, y derrotaron a los judíos. Incluso el Arca fue capturada (cf. 1Sam 4,1-11).

Otro relato es el que nos presenta cómo el rey David suplica y ayuna por la vida del niño que ha tenido tras su adulterio con Betsabé. El hijo, tras varios días de enfermedad, muere, como si Dios no hubiera atendido las oraciones del famoso rey de Israel (cf. 2Sam 12,15-23).

El Nuevo Testamento ofrece numerosos relatos de oraciones escuchadas. Cristo actúa con el dedo de Dios, y con sus curaciones y milagros atestigua la llegada del Mesías. Por eso, ante la pregunta de los enviados de Juan el Bautista que desean saber si es o no es el que tenía que llegar, Jesús responde: “Id y contad a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, se anuncia a los pobres la Buena Nueva; ¡y dichoso aquel que no halle escándalo en mí!” (Lc 7,22-23).

Pero también leemos cómo la oración en el Huerto de los Olivos, en la que el Hijo pide al Padre que le libre del cáliz, parecería no haber sido escuchada (cf. Lc 22,40-46). Jesús experimenta así, en su Humanidad santa, lo que significa desear y pedir algo y no “conseguirlo”.

Entonces, ¿hay oraciones que no son escuchadas? ¿Es posible que Jesús nos haya enseñado que si pedimos, conseguiremos (cf. Lc 11,1-13), pero luego vemos que las cosas suceden de una manera muy distinta?

En la carta de Santiago encontramos una pista de respuesta: “Pedís y no recibís porque pedís mal, con la intención de malgastarlo en vuestras pasiones” (Sant 4,3). Esta respuesta, sin embargo, sirve para aquellas peticiones que nacen no de deseos buenos, sino de la avaricia, de la esclavitud de las pasiones. ¿Cómo puede escuchar Dios la oración de quien reza para ganar la lotería para vivir holgadamente y con todos sus caprichos satisfechos?

Pero hay muchos casos en los que pedimos cosas buenas. ¿Por qué una madre y un padre que rezan para que el hijo deje la droga no perciben ningún cambio aparente? ¿Por qué unos niños que rezan un día sí y otro también no logran que sus padres se reconcilien, y tienen que llorar amargamente porque un día se divorcian? ¿Por qué un político bueno y honesto reza por la paz para su patria y ve un día que la conquistan los ejércitos de un tirano opresor?

Las situaciones de “no escucha” ante peticiones buenas son muchísimas. El corazón puede sentir, entonces, una pena profunda, un desánimo intenso, ante el silencio aparente de un Dios que no defiende a los inocentes ni da el castigo adecuado a los culpables.

Hay momentos en los que preguntamos, como el salmista: “¿Se ha agotado para siempre su amor? / ¿Se acabó la Palabra para todas las edades? / ¿Se habrá olvidado Dios de ser clemente, / habrá cerrado de ira sus entrañas?” (Sal 77,9-11).

Sin embargo, el “silencio de Dios” que permite el avance aparente del mal en el mundo, ha sido ya superado por la gran respuesta de la Pascua. Si es verdad que Cristo pasó por la Cruz mientras su Padre guardaba silencio, también es verdad que por su obediencia Cristo fue escuchado y ha vencido a la muerte, al dolor, al mal, al pecado (cf. Heb 5,7-10).

Nos cuesta entrar en ese misterio de la oración “no escuchada”. Se trata de confiar hasta el heroísmo, cuando el dolor penetra en lo más hondo del alma porque vemos cómo el sufrimiento hiere nuestra vida o la vida de aquellos seres que más amamos.

En esas ocasiones necesitamos recordar que no hay lágrimas perdidas para el corazón del Padre que sabe lo que es mejor para cada uno de sus hijos. El momento del “silencio de Dios” se convierte, desde la gracia de Cristo, en el momento del sí del creyente que confía más allá de la prueba.

Entonces se produce un milagro quizá mayor que el de una curación muy deseada: el del alma que acepta la Voluntad del Padre y que repite, como Jesús, las palabras que decidieron la salvación del mundo: “no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc 22,42).
Preguntas o comentarios al autor

P. Fernando Pascual LC

¿Cómo orar en momentos de depresión?

¡Oren constantemente! También cuando estamos en desánimo y depresión podemos orar

Por: Padre Pedro Barrajón, L.C. | Fuente: La-Oracion.com

La depresión es una enfermedad o una situación anímica negativa de la que se habla cada vez más. El ritmo moderno de la vida conlleva exceso en el esfuerzo que luego se puede traducir en un bajón generalizado de nuestra tonalidad anímica. ¿Cómo orar entonces en momentos de depresión, de desánimo, de desesperanzas? ¿Hay algún secreto para orar en estas circunstancias?

Una simplemente una vida competitiva y llena de exigencias múltiples en muchos sentidos hacen difícil la concentración para la oración, crean nuevas ansias y temores, conducen a altibajos emotivos y afectivos que causan si no una verdadera depresión, sí estados anímicos negativos en los que se nos hace difícil y pesada la vida.

Las personas se pueden preguntar si en estos momentos de depresión se puede rezar o el normal esfuerzo que requiere la oración es demasiado elevado para quien parece no tener fuerzas ni siquiera para llevar una vida normal.

San Pablo en la conclusión de la primera carta a los Tesalonicenses, una de las primeras comunidades cristianas europeas, exhorta a estos discípulos de Cristo en esa ciudad griega: “Oren constantemente”. (1 Tes 5, 17) Aquí San Pablo pide algo que parecería casi imposible.

Hay que entender esta exhortación como: oren siempre, en toda ocasión, en toda circunstancia. Por lo tanto, también cuando el estado interior está en desánimo, oprimido por un pena o en depresión anímica. Por lo tanto está claro que también hay que orar en momentos de depresión,