Meditación sobre a bondad del vino y la mujer para el hombre actual

Por: Pedro García, Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net

Es una verdad elemental de nuestra fe que Jesucristo vino a renovar todas las cosas, a volver todo al plan primero de Dios, a rehacer lo que el pecado había deshecho.

Jesucristo se convirtió entonces en el Hombre Nuevo, en el modelo e ideal que Dios proponía a la Humanidad.

Empiezo con esta observación sobre Jesucristo porque, al detectar un mal, hemos de pensar en seguida en el remedio mejor. Y el mejor remedio para un mal grave que sufren muchos hogares lo tenemos en Jesucristo.

Cuando queremos señalar los males que más amenazan a nuestros hogares americanos, siempre se nos va el pensamiento y la palabra al licor y a la infidelidad conyugal del hombre. Quizá no nos falta un poco de razón, aunque al señalar esos dos vicios no hay que pensar que los tenemos solamente en nuestros países. Son doloroso patrimonio de todas partes.

Pero, por el hecho de que entre nosotros son muy frecuentes los fallos en este campo, no queda fuera de lugar el que nos entretengamos un momento hablando sobre ellos.

Ese mal que nos preocupa lo expresan muy bien unos versitos algo maliciosos, y que dicen así:
El buen vino y las mujeres
tienen la misma intención:
mata el uno la cabeza,
las otras el corazón.

No creo que sean muchos los que digan que esto es una exageración. Porque todos estamos convencidos de que, desaparecido el abuso del licor y guardada la fidelidad del amor, estaría bien asegurada también la felicidad de nuestros hogares.

Pero, cabe preguntar ante todo:
-¿Es que el licor y las mujeres son criaturas malas, o qué? ¿Tan mal hizo Dios las cosas, que esas obras de sus manos sirven sólo para perdernos?

No; lo que Dios hizo está muy bien y es muy bueno. Somos nosotros quienes aprovechamos mal los dones de Dios y los que convertimos los bienes en males.

Miramos a Jesucristo, el Hombre Nuevo, y vemos cómo se porta ante estas dos criaturas de Dios. Es el mismo Jesús quien nos cuenta lo que de Él dicen sus enemigos:
– ¡Miradlo cómo toma ése, y cómo se rodea de gente pecadora!

Porque Jesús es el hombre más normal, toma vino con moderación y trata a la mujer con delicadeza exquisita.

En un banquete de bodas cambia Jesús seiscientos litros de agua en vino generoso para que la fiesta siga y siga… Y otro día aprovechará el vino durante una cena para convertirlo en sacramento de su Sangre redentora.

En cuanto a la mujer, la eleva a la altura más excelsa a que ha podido subirla, cuando ha hecho Madre suya a María. Valora a la Samaritana, regenera a la prostituta y a la adúltera, y tiene en la Magdalena y en las amigas de Betania la compañía más limpia y encantadora.

Si nuestra sociedad mirara así, como los miraba Jesucristo, tanto el licor como a la mujer, ¿a qué quedarían reducidos los males del hogar? A bien poca cosa. Porque habríamos eliminado la causa de la mayoría de nuestras desgracias familiares.

Vale la pena mirar en un plan positivo eso que es causa de tanto problema. Sabríamos entonces disfrutar del bien sin marearnos con el mal.

En cuanto al vino –y como el vino cualquier licor–, dice la Biblia que Dios lo creó para que alegrase al hombre. Y el apóstol San Pablo encarga a su discípulo Timoteo que, en atención a su salud, tome vino moderadamente.

Si el vino es criatura buena de Dios, regalada por Dios para nuestra alegría y nuestra salud, ¿por qué lo vamos a mirar nosotros mal o con recelo?…

¿Y en cuanto a la mujer? Esa criatura, que tanto tiene de ángel, ¿está hecha para matar al hombre, o es al revés?… Junto al varón, y con la misma dignidad que él, la novia le guarda el corazón; la esposa se lo llena; la madre se lo forma. Muchos jóvenes serían unos locos si no fuera por esa novia que les colma de ilusión. El marido con mujer buena se siente el hombre más feliz. El hijo con madre cariñosa y solícita tiene en su vida el apoyo más firme y seguro.

¿Dónde está entonces el mal? Como siempre, en el mal uso que de los bienes hacemos los hombres. El mal uso del licor y de las mujeres es casi tan antiguo como la Humanidad. Acudimos a la Biblia, y nos encontramos al primer polígamo, Lamec, que amenaza de muerte a quien le toque una de sus hembras. Noé, inconscientemente, inaugura la hilera interminable de los borrachos, que formarán legión. Holofernes, ebrio de vino y de lujuria, muere a manos de una mujer seductora. ¿Es todo esto obra de Dios, o es perversión de los hombres?…

¡Vino generoso y mujer encantadora! Sí, os hablo a vosotros, vino y mujer… La Palabra de Dios no está conforme con esos versitos que os han tratado tan mal. Que Jesucristo, el Hombre Nuevo, nos enseñe a miraros, oh vino y oh mujer, como os miraba y os trataba El. ¡Nos haríais felices de verdad!….

Luc. 7,34. 1Tim. 5,23. Eccli. 26,3. Gen. 4, 19-23 y 9, 21. Jdt. 12 y 13.

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