Sensibilidad

¿La sensibilidad, puede ser enseñada?

Por: Pedro García, Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net

Dicen que una de las asignaturas que tienen pendientes nuestras escuelas es la educación de los niños en su sensibilidad. Quien dice de los niños, dice de los jóvenes, y dice de los universitarios, y dice de todos nosotros, por mayores que podamos ser.

¿Y esto, por qué? Pues porque el ver cada día el telediario en la pequeña pantalla, el escuchar el noticiero en la radio o el leer los periódicos va a requerir una educación y una formación especial. Nos traen noticias y escenas tan dolorosas y lamentables, tan llenas de horror, que corremos el peligro de volvernos insensibles. Y esto sería un mal muy grave en nuestras vidas. Si los males que vemos sufrir a otros no nos llegan a decir nada, ¿quién nos moverá a compasión, quién nos hará abrir las manos a la generosidad, quién se prestará a hacer algo por los tantos desgraciados que se quedan sin ninguna esperanza?

Como un autoexamen, y como si fuera una clase de lo que estamos diciendo, vamos a recordar algunos hechos de la Segunda Guerra Mundial, ya que la tenemos todavía relativamente cerca, y después nos vamos a formular algunas preguntas, para ver qué respuestas nos damos a nosotros mismos.

El tren, cargado de inocentes judíos, atravesaba en jornadas interminables los campos de Europa sin que el aire, insuficientísimo, penetrara en los vagones más que por una rendijas estrechas. Los presos, con un esfuerzo heroico, abrieron unas brechas amplias, que los verdugos sin entrañas se encargaron de clavetear rápidamente. Muchos de los cautivos no llegaron al campo de exterminio, porque la falta de aire les había extinguido la vida. Los demás, pararon todos en las cámaras de gas.
Esto, obra de los nazis alemanes.

Otro. Por lo menos unos diez mil oficiales polacos habían desaparecido misteriosamente. Al fin, sólo en las fosas de Katyn, se encontraron los cadáveres de casi cinco mil, ejecutados con un tiro en la nuca.
Esto, obra de los rusos.

Otro más. Alemania, casi ya vencida, y sin remedio alguno, ve cómo tres oleadas de aviones, en un bombardeo sin sentido, hacen desaparecer a Dresde, la ciudad alemana más culta, y mueren unas trescientas mil personas en un solo día.
Esto, obra de los aliados, con Inglaterra al frente.

El último. Por orden expresa del Presidente, y contra el parecer de altos oficiales, se lanzan sobre Hiroshima y Nagashaki en Japón las primeras bombas atómicas, con una destrucción nueva y sin precedentes, ante el asombro de todo el mundo.
Esto, obra de los Estados Unidos.

¿Qué sentimos ante estos hechos?… Es posible que nos digamos: ¡Horrible!…
Pero lo decimos con frialdad. Porque ya queda todo muy lejos, y son cosas de la Historia. Es natural esta reacción. La dis-tancia del espacio y del tiempo mata y borra casi todo sentimiento, por fuerte que sea.
Por eso, para conocer nuestros sentimientos, tenemos que acudir a hechos más cercanos.

Y nos dicen, por ejemplo, que un tornado ha dejado por las naciones del sur del Asia unos doscientos mil muertos y a innumerables personas sin hogar. O bien, nos anuncia la televisión con imágenes tétricas las víctimas innumerables de las guerras tribales en Africa…

¿No sentimos nada? ¿Experimentamos la misma indiferencia que al leer en un libro o ver en una película los anteriores hechos de la Guerra Mundial?…

Esa indiferencia sería fatal. Y es, sin embargo, la que padecen grandes sectores de la sociedad moderna. ¿Cómo vamos a decir que amamos? ¿Cómo vamos a poner remedio? ¿Cómo vamos a prestar ayuda? ¿Cómo vamos a hacer algo por los que sufren si no sentimos sus males?…

La sensibilidad nos es necesaria. Sin ella, al no tener compasión, nos encerraríamos en un egoísmo que sería lo más contrario a la caridad cristiana.

En los Hechos de los Apóstoles y en las cartas de San Pablo nos encontramos con aquel hambre que se echó sobre Judea, y los cristianos de aquella primera comunidad acudieron a las otras Iglesias que habían surgido de la gentilidad:
-¡Que nuestros hermanos tienen hambre!…
Pablo exhorta, pide, organiza, se ofrece él mismo para llevar los donativos a Jerusalén. La generosidad se desborda, se aligeran mucho los padecimientos de los necesitados, y la Palabra de Dios colma de elogios a los generosos donantes.

Es una historia que se repite cada día. Ante tantas calamidades que surgen a nuestro alrededor, se nos tiende la mano ansiosamente. A lo mejor somos pobres en dinero, pero ricos como nadie en amor.
La solidaridad no hace hoy distinción de credos ni de razas. Todos piden a todos para todos. En todos es una acción bella esa de dar a los que se hallan en desgracia. En muchos, que no tienen fe, es un impulso del corazón que les honra y les prepara a la gracia de Dios. Pero nosotros, cristianos y católicos, sabemos hacer que esa filantropía sea caridad, amor de Dios, y por eso nos queremos distinguir más que nadie en nuestra generosidad.

Oímos contar cada día muchas calamidades. Todas nos mueven el corazón. Y nuestra sensibilidad nos enorgullece. Si, encima, nos hace abrir la mano, somos personas de corazón. Somos algo más: somos, como aquellos primeros cristianos, el testimonio más grande del amor de Jesucristo….

(Hech. 11, 28-30. 1Cor. 16,1-4. 2Cor. 8-9.)

 

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