Los Derechos Humanos

Meditación. ¿Dónde está Dios?.

Por: Pedro García, Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net

No resulta nada fácil el querer poner remedio a los males del mundo cuando no se cuenta con Dios expresamente. Es la consecuencia que vamos a sacar al final de este mensaje. A ver si tendremos o no tendremos razón…

En la Edad Moderna hemos tenido que lamentar muchos males. Las tragedias que ha padecido la Humanidad en nuestros días no tienen cuento.

Sin embargo, tanta desgracia ha ido despertando en los hombres unas ansias incontenibles de paz, de justicia, de respeto mutuo, de bienestar para todos y no solamente para unos pocos privilegiados.
Para que esos bienes sean de todos, y para que nadie en adelante padezca injustamente, los hombres de buena voluntad no cesan de escoger medios y más medios que estén a su alcance.

Son hombres y mujeres que merecen un respeto grande, sean de la creencia que sean, porque se esfuerzan generosa y desinteresadamente en traer paz y bienestar a todos los hombres, denunciando injusticias y procurando por todos los medios a su alcance que la Humanidad sea más buena y haya más grande bienestar en todos los pueblos de la tierra.

Pero entre todos esos medios escogidos para colmar los anhelos de la sociedad, ocupa el primer lugar la formulación de los llamados Derechos Humanos. Las Naciones Unidas los han proclamado y los siguen pregonando siempre. Sin embargo, ¿cuáles son los resultados?… ¿Y a qué se debe que, ante la buena voluntad de muchos, sigan avanzando tantos males en la Humanidad?…

Como ejemplo, vamos a traer ahora a cuento cinco derechos humanos elementales, tal como los proclamaron las Naciones Unidas y que siguen en todo su vigor.

Primero. Toda persona tiene derecho al trabajo.
– ¿Estupendo, verdad? Entonces, ¿cómo hay tantos millones de desempleados en el mundo, por culpa de unos y de otros? ¿Calculamos la tragedia de tantos hogares en los que no entra un centavo, porque nadie da ocupación a quien la está buscando con desespero?…

Segundo. Toda persona tiene derecho a una alimentación suficiente.
– Estamos todos de acuerdo, ¡no faltaba más! ¿Por qué, entonces, dos terceras partes de la humanidad padece hambre verdadera, la cual desaparecería con sólo asignar muchos gastos de armamento inútil al desarrollo de la tierra, lo mismo que regulando con más generosidad el comercio de las naciones?…

Tercero. Todo el mundo tiene derecho a la educación.
– Sin embargo, ¿estamos enterados de que pasan, y con mucho, de mil millones los analfabetos? Esto es un mal enorme, porque el que no sabe ni leer ni escribir alcanza sólo un desarrollo ínfimo, y se queda para siempre con una personalidad totalmente disminuida.

Cuarto. Toda persona tiene derecho a una vivienda decente.
– ¡Pues, vaya con qué nos encontramos cuando levantamos la vista a nuestro alrededor en nuestras tierras latinoamericanas!… Y podríamos erradicar tantos de esos tugurios, donde se hacinan millones de personas en condiciones infrahumanas, con sólo que los Gobiernos aplicasen una planificación adecuada.

Quinto. Todos los seres humanos nacen iguales en dignidad y derechos.
– ¿Vivimos esta verdad? ¿Vive lo mismo un pobre que un rico, uno de un color y otro de otro color en la piel?… Las distinciones raciales, las divergencias nacidas de la religión naturalmente, que ahora hacemos alusión nada más que los integristas musulmanes no hay manera de superarlas en muchas naciones. Y, hasta que esto se supere, avanzaremos muy poco en la paz de los pueblos.

Podríamos seguir enumerando derechos humanos, proclamados y admitidos tan solemnemente por todos, porque todos estamos acordes con ellos. Pero bastan estos cinco que hemos citado para darnos cuenta de la mentira en que vive nuestra sociedad.
¿Dónde estará el fallo principal de estos Derechos en que tanto hemos confiado y seguimos confiando? Desde un principio, cuando se proclamaron estos Derechos Humanos, se les señaló un mal: ¿dónde aparecía Dios? En ninguna parte. ¿Se omitió por respeto a las creencias de todos? No; porque bastaba no expresar una religión determinada y aceptar la fe de cada pueblo.

¿Se calló porque allí estaba la Rusia de entonces, dominada por el comunismo, por el ateísmo militante? Quizá. Pero no justifica una omisión tan grave.

¡Contemos ante todo con Dios, fundamento de todo derecho! Es la única manera de no equivocarse. Es la única manera de caminar seguros, los pueblos igual que los individuos. Nosotros, creyentes y creyentes católicos sobre todo aportamos a la Humanidad el testimonio de nuestra fe. Una Humanidad creyente, necesitaría menos programas internacionales para alcanzar lo que tantos esfuerzos humanos no acaban de conseguir, a pesar de tanta buena voluntad de muchos. .

¿Dónde radica, en definitiva, tanto mal como lamentamos, y tanto quebrantamiento de esos derechos humanos elementales, por los que suspiran tantos hermanos nuestros?… Todo se debe a que nos hemos empeñado en no cumplir el gran precepto de Jesucristo: Amaos los unos a los otros.

Es cierto que hay muchos hombres de buena voluntad y organismos internacionales que trabajan con tesón por remediar tanto mal. Y todos podemos aportar nuestro granito de arena. Todos podemos remediar, al menos en parte, algún mal de esos que vemos alrededor nuestro. Todo dependerá de que tengamos o no amor cristiano en nuestros corazones….

Jn. 13, 34

Los milagros de siempre

Hoy el mundo necesita milagros para creer. Pero el gran milagro es nuestra vida.

Por: Pedro García, misionero claretiano | Fuente: Catholic.net

Necesitamos un poco de imaginación para figurarnos lo que era el Templo de Jerusalén en los tiempos de Jesús y de los Apóstoles. No debemos compararlo con una de nuestras iglesias.

Delante del santuario, donde estaba también el santísimo, lugar reservado para el Sumo Sacerdote en el Día de la Expiación, lo demás de que nos hablan los Evangelios eran unas enormes explanadas, rodeadas de suntuosos pórticos, divididos para hombres, mujeres, gentiles, y público en general. Estaban siempre atestados de gente.

Hoy nos vamos a meter en él por la puerta llamada Hermosa, en el costado oriental. Acompañamos a dos de los apóstoles, Pedro y Juan, que se dirigen a él para la oración de las tres de la tarde.

Gente, mucha gente. Y tendido junto a la puerta, un paralítico de nacimiento. Estos dos hombres que ahora entran en el templo le inspiran al pordiosero cierta confianza, le parecen buenos, les extiende como puede la mano y, mirándolos lastimosamente, les dice:

– ¡Ayúdenme con una limosna, por favor!
– Si no llevamos nada…
– Algo tendrán… ¡Ayúdenme!…

Pedro siente un impulso interior, que le empuja: ¡actúa!… Clava los ojos en el enfermo, y le dice:

– ¡Míranos!… Yo no tengo ni oro ni plata. Pero tengo otra cosa…

El paralítico se muestra incrédulo, y piensa:

– ¿Cómo no van a llevar éstos nada? ¿y qué será eso otro que éste me quiere dar?…
Sigue mirando con ansia a Pedro, que prosigue:

– No; yo no llevo dinero. Pero te doy lo que tengo: en el nombre de Jesucristo, el Nazareno, ¡levántate y echa a andar!
Le tiende la mano, y lo alza. El paralítico siente como una corriente eléctrica por todo el cuerpo. Se levanta de un brinco, y se lanza entre la gente gritando como un loco:

– ¡Estoy curado! ¡Estoy curado!… ¡Esos dos hombres de allí me han levantado! ¡Aleluya! ¡Alabad al Señor!…

La gente, que lo ha visto desde años tumbado en la misma camilla pidiendo limosna, no sale de su asombro. Estupefactos, rodean a los dos apóstoles, y Pedro les arenga, feliz por el testimonio que les puede dar de Jesús:

– Pero, ¿por qué os maravilláis de esto? ¿Pensáis que lo hemos hecho por nuestra cuenta, o qué? No es nuestra fuerza ni nuestra propia compasión la que hace caminar a este hombre. ¡Es la fe en el nombre de Jesús, el crucificado por vosotros y resucitado por Dios, quien ha dado a este hombre la salud perfecta a la vista de todos vosotros!…

Esta declaración de Pedro resulta fantástica. No hay interrupción entre los milagros que Jesús hacía en vida mortal y éstos que se realizan ahora. ¡Harto lo entendieron los jefes de los judíos! Ante el hecho que tenían ante la vista, se limitaban a decir:

– El milagro es evidente.

Y Pedro aseguraba que había sido hecho en el Nombre de Jesús, es decir, en la Persona de Jesús.

O sea, que el milagro lo hizo el mismo Jesús. Así ayer, y así hoy también.

¿Quién realiza los milagros de Lourdes o de Fátima?… Jesús, y sólo Jesús el Resucitado.

¿Quién realiza los milagros que el Papa exige, como una firma de Dios, para declarar a una persona santo o santa, dignos de los altares?… Jesús, y sólo Jesús el Resucitado.

Pero, al hablar de milagros, siempre pensamos en curaciones físicas. Miramos el cuerpo, lo visible, y nunca tendemos la mirada a lo invisible.

¿Quién realiza esos otros milagros morales mucho mayores, y de los cuales solemos hacer muy poco caso?

 

 

  • Es un milagro grande la resignación cristiana de los enfermos.
  • Es un milagro grande la castidad valiente de muchos jóvenes estupendos.
  • Es un milagro grande la entrega heroica de misioneros y misioneras en los puestos más difíciles.
  • Es un milagro grande la aceptación serena de la muerte, a veces violenta.
  • Es un milagro grande la fidelidad de tantos cristianos que son esclavos de su conciencia en el cumplimiento callado de su deber.

    ¿Quién realiza todos estos milagros? Jesús, y sólo Jesús el Resucitado.
    ¿Quién realiza el mayor milagro de todos, como es la conversión del pecador, que rechaza la culpa y se abraza con la Gracia de Dios, derramada en su corazón por el Espíritu Santo?… Jesús, y sólo Jesús el Resucitado, el que murió por nuestros pecados y resucitó para nuestra santificación.

    Hoy el mundo necesita milagros para creer. Pero el gran milagro es nuestra vida cristiana. Éste es el milagro que cada uno hace a la faz del mundo.

    Es un milagro realizado en el Nombre de Jesús. Porque es Jesús el Resucitado, vivo dentro de nosotros, quien sigue obrando maravillas. ¿Le dejamos actuar como Él quiere, para que todos crean cuando nos ven?….

 

 

Mirad, ¡ése es el Cordero de Dios!

Meditación sobre el significado de ser cristiano

Por: Pedro García, Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net

¿Qué es ser cristiano? Dicho en una palabra: ser cristiano es seguir a Jesucristo. El Evangelio nos dice solamente esto: somos cristianos porque seguimos a Jesucristo, porque vivimos con Él, porque intimamos con Él, porque lo amamos, porque estaremos con Jesucristo hasta el fin. Ser cristiano es vivir de Cristo, vivir como Cristo, vivir en Cristo, vivir para Cristo.

Pero vayamos a la escena preciosa que nos narra Juan, precisamente Juan, no sólo testigo del hecho sino también uno de los protagonistas.

Jesús había sido bautizado en las aguas del Jordán. Se había oído la voz del Padre que decía: -¡Éste es mi Hijo queridísimo!, y se había visto al Espíritu Santo descender sobre Jesús en forma de paloma.

Al día siguiente, cerca ya del atardecer, cuando las turbas dejaban en paz a Juan Bautista hasta el día siguiente, estaba el Profeta descansando junto a la orilla del río con dos de sus discípulos, y ve pasar a Jesús por allí. El Bautista clava su mirada en el transeúnte, lo señala con el dedo y les repite a los dos acompañantes lo que ya antes había dicho de Jesús:
– ¡Mirad, ése es el Cordero de Dios!

Andrés y Juan, los dos discípulos del Bautista que oyen estas palabras, se levantan llenos de curiosidad y siguen algo titubeantes al desconocido. Jesús, que oye cerca sus pasos, se gira y les pregunta con la mirada cargada de cariño, más que con los labios:
– ¿Qué queréis? ¿A quién buscáis?
Los dos jóvenes le responden sin más, con audacia simpática:
– Maestro, ¿dónde vives?
Jesús, con una sonrisa cargada de ilusión, les contesta:
– Venid conmigo y lo veréis.
Los lleva hacia una cueva de la montaña cercana o a la cabaña que Él mismo se ha improvisado, y allí se pasan los tres varias horas en conversación amigable hasta que les rinde el sueño. Delicioso todo, vaya… Aquí empieza una amistad de hombres que ya no se romperá nunca.

Amanece, y Andrés tiene prisa por ir a encontrar a su hermano Simón, que ha venido también desde el lago de Galilea hasta Juan el Bautista, y le dice entusiasmado:
– ¡Hemos encontrado al Mesías, al Cristo! ¡Te lo aseguro que sí! ¡Ven conmigo, que te lo voy a presentar!

Jesús, que se ha debido quedar solo con Juan, el muchacho más joven, los ve venir y, antes de que lleguen, ya ha clavado la mirada en el nuevo compañero.
– ¡Hola! ¿Cómo te llamas?
– ¿Yo?… Simón.
– Bien. Tú eres Simón, hijo de Jonás. Pues en adelante te vas a llamar Cefas, Pedro. Otro día de diré por qué…

Jesús ya tiene a los tres primeros discípulos, que serán tan queridos del Maestro.

En el Antiguo Testamento llamaba Dios para una misión, pero no pedía a nadie que se quedara a vivir con Él, en el Templo, pongamos el caso. Le confiaba la misión, pero que se fuese a vivir por su cuenta.
Ahora van a ser las cosas muy diferentes y muy superiores. Mirad, ése es el Cordero de Dios!
A esto nos llama Jesús. Cada uno con su propio estilo de vida, pero todos con el mismo espíritu que el Señor:
mi oración, como la de Jesús;
mi fidelidad al deber, como la de Jesús;
mi trabajo, como el de Jesús;
mi humildad, como la de Jesús;
mi pureza, como la de Jesús;
mi amor a todos, como el de Jesús;
mi fidelidad a la Iglesia, como la de Jesús en las cosas del Padre;
mi celo por la salvación de mis hermanos, como el de Jesús…

Importará lo de menos el ser hombre o mujer, abrazar el matrimonio o la soltería consagrada, desempeñar la medicina o trabajar en el campo… Lo único importante será, una vez escuchada la palabra del Señor que nos llama, seguir fielmente a Jesús, hacerle compañía, llenarse de su piedad para con el Padre, de su fidelidad al Espíritu, de su amor al hermano, de su entrega a la Iglesia, de su cariño filial a María, confiada por el mismo Jesús como Madre a toda la Iglesia y a cada uno de nosotros…

Todo se reducirá a poder decir con verdad lo del apóstol San Pablo: -Mi vivir es Cristo… Porque vivo yo, pero ya no soy yo quien vivo, sino que Cristo es quien vive en mí.

¡Señor Jesús! ¿Tú me llamas? A tu disposición estoy. Juntos compartiremos la mesa y el trabajo, las alegrías como las penas. ¿Después? Podrás mandarme a mis hermanos para llevarles tu salvación, como enviaste a Andrés, a Juan y a Pedro. Mi ideal será sólo estar contigo, Jesús, y hacer algo por ti….

JUAN 1,35-42

Santos a nuestra manera

Meditación. Podemos ser santos de verdad

Por: Pedro García, Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net

Con mucha frecuencia vamos a desarrollar en nuestros mensajes el tema de la Piedad Cristiana, como vivencia y desarrollo de la Gracia. De nada nos serviría tratar asuntos sobre Dios, si no viviéramos intensamente de Dios y para Dios. En otras palabras, si no hiciéramos caso de eso que nos dice tan categóricamente San Pablo:
– Esta es la voluntad de Dios, que seáis santos.

Y para comenzar, me encuentro en un libro con este diálogo entre los obreros de una imprenta alemana. Uno de ellos habla en serio con sus compañeros:
– ¿Qué os perece que me ha dicho el Padre Adolf?
– ¿Ese cura fanático?… Cualquier cosa.
– Pues, sí; tenéis razón. Fanático de veras. Me ha dicho que si quería ser santo.
Todos se echaron a reír, y con buenas carcajadas:
– ¿Tú, un santo? ¿Para arrodillarnos delante de tu imagen en un altar?…
Lo curioso es que el muchacho hablaba en serio. Aquel sacerdote, gran amigo y director de los jóvenes, le proponía al obrero impresor que fuera un santo.
– ¿Yo, santo? ¿Y cómo?…
– La cosa es fácil, muchacho. Tú eres tipógrafo. ¿Cuántos tipos de letra compones en un solo día?
– Muchos, naturalmente. No hago otra cosa durante ocho horas.
– Pues, en adelante, vas a seguir haciendo lo mismo. Pero, modifica el método. En vez de hacerlo todo maquinalmente, vas a poner cada letra por amor a Dios y en honor suyo.

Al mismo tiempo que habrás cumplido con tu trabajo de una manera perfecta, habrás hecho diariamente miles de actos de virtud, que te convertirán en un santo.
– ¿Eso es todo?…, respondió el joven, moviendo escépticamente la cabeza.
– Pruébalo, y ya me lo dirás.
A los pocos días, el joven se le presenta al Padre:
– Me va estupendamente, Padre. Y cada vez me resulta más fácil.
El tipógrafo fue siempre un obrero ejemplar, y llegó a santo componiendo tipos de imprenta.

Nadie pone en duda de que hoy en la Iglesia ha cambiado la concepción de la vida cristiana. Estamos regresando a las fuentes del principio, al tiempo de los Apóstoles.

Eso de ser santos lo dejábamos antes para curas y monjas. Nosotros, los seglares, nos contentábamos con ser simplemente buenos, para lo cual bastaba con no ser malos…

Hoy, no. Hoy los seglares sabemos muy bien que cada uno de nosotros está llamado a ser un santo o una santa de categoría.

Esto es evidente. Y lo comprobamos cuando nos ponemos a pensar:
Si la Iglesia no tuviera más que mártires como Lorenzo, asado en las parrillas a fuego lento;
Si sólo contase con apóstoles gigantes a lo Javier, que recorre incansable toda el Asia;
Si todos deben ser como Teresa de Jesús, de oración subidísima y al parecer inalcanzable;
Si los que practican la caridad tienen que igualar a la Madre Teresa de Calcuta, premio Nobel y con fama internacional…,

Si todos hubiéramos de ser así, habríamos de decir que la Iglesia tiene muy pocos santos.
Y, sin embargo, tiene muchos. Hoy el Magisterio de la Iglesia nos lo enseña de manera inequívoca, y quiere remover con ello nuestras conciencias adormecidas.

Nos dice, sin restricciones y sin atenuantes en el Concilio, que todos los cristianos estamos llamados a la santidad, a la perfección del amor a Dios y al hermano. Y que amando así a Dios y al hermano, y en el cumplimiento de nuestras respectivas obligaciones, debemos llegar y llegamos a la santidad más subida.

Hemos de decir que el Concilio, con estas palabras, nos hizo un honor muy grande a los laicos. Nos dignificó de verdad. Desde entonces, hemos dejado de ser los seglares unos cristianos de segunda o de tercera categoría, para colocarnos de golpe entre los privilegiados. Entendemos muy claramente la doctrina de la Iglesia: cada uno en su puesto, cada uno según su carisma, pero todos unos santos.

En una reciente reunión parroquial, una compañera preguntó sin más:
– Todo eso está muy bonito. Pero, ya en la práctica, ¿a qué podemos reducir los medios para llegar a esa santidad, que Dios nos pide por vocación?…
El sacerdote se puso serio, y fue escueto y tajante.
– ¿Vives en gracia de Dios? Ya eres una santa. ¿Te dedicas a la oración con intensidad, de modo que la oración, elevando a Dios el corazón en medio de los quehaceres, llena tu día entero? Ya eres una santa. ¿Cumples con perfección tus obligaciones de estado y del trabajo? Ya eres una santa…

Ahora el sacerdote se puso a bromear:
– Y escúchame: si me aseguras que haces así todo eso, empiezo a reservar para ti un rinconcito entre los altares de la iglesia… Te canonizamos, seguro.

No deja de ser bien interesante eso de que en el campo o en el taller, en la cocina o en la clase, en la cama de un hospital o en la silla de ruedas, en la cátedra o en el oficio, podamos ser santos de verdad, con tal que actuemos como el simpático impresor alemán….

P. Adolf von Doss S.J., D. 832.

 

Sensibilidad

¿La sensibilidad, puede ser enseñada?

Por: Pedro García, Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net

Dicen que una de las asignaturas que tienen pendientes nuestras escuelas es la educación de los niños en su sensibilidad. Quien dice de los niños, dice de los jóvenes, y dice de los universitarios, y dice de todos nosotros, por mayores que podamos ser.

¿Y esto, por qué? Pues porque el ver cada día el telediario en la pequeña pantalla, el escuchar el noticiero en la radio o el leer los periódicos va a requerir una educación y una formación especial. Nos traen noticias y escenas tan dolorosas y lamentables, tan llenas de horror, que corremos el peligro de volvernos insensibles. Y esto sería un mal muy grave en nuestras vidas. Si los males que vemos sufrir a otros no nos llegan a decir nada, ¿quién nos moverá a compasión, quién nos hará abrir las manos a la generosidad, quién se prestará a hacer algo por los tantos desgraciados que se quedan sin ninguna esperanza?

Como un autoexamen, y como si fuera una clase de lo que estamos diciendo, vamos a recordar algunos hechos de la Segunda Guerra Mundial, ya que la tenemos todavía relativamente cerca, y después nos vamos a formular algunas preguntas, para ver qué respuestas nos damos a nosotros mismos.

El tren, cargado de inocentes judíos, atravesaba en jornadas interminables los campos de Europa sin que el aire, insuficientísimo, penetrara en los vagones más que por una rendijas estrechas. Los presos, con un esfuerzo heroico, abrieron unas brechas amplias, que los verdugos sin entrañas se encargaron de clavetear rápidamente. Muchos de los cautivos no llegaron al campo de exterminio, porque la falta de aire les había extinguido la vida. Los demás, pararon todos en las cámaras de gas.
Esto, obra de los nazis alemanes.

Otro. Por lo menos unos diez mil oficiales polacos habían desaparecido misteriosamente. Al fin, sólo en las fosas de Katyn, se encontraron los cadáveres de casi cinco mil, ejecutados con un tiro en la nuca.
Esto, obra de los rusos.

Otro más. Alemania, casi ya vencida, y sin remedio alguno, ve cómo tres oleadas de aviones, en un bombardeo sin sentido, hacen desaparecer a Dresde, la ciudad alemana más culta, y mueren unas trescientas mil personas en un solo día.
Esto, obra de los aliados, con Inglaterra al frente.

El último. Por orden expresa del Presidente, y contra el parecer de altos oficiales, se lanzan sobre Hiroshima y Nagashaki en Japón las primeras bombas atómicas, con una destrucción nueva y sin precedentes, ante el asombro de todo el mundo.
Esto, obra de los Estados Unidos.

¿Qué sentimos ante estos hechos?… Es posible que nos digamos: ¡Horrible!…
Pero lo decimos con frialdad. Porque ya queda todo muy lejos, y son cosas de la Historia. Es natural esta reacción. La dis-tancia del espacio y del tiempo mata y borra casi todo sentimiento, por fuerte que sea.
Por eso, para conocer nuestros sentimientos, tenemos que acudir a hechos más cercanos.

Y nos dicen, por ejemplo, que un tornado ha dejado por las naciones del sur del Asia unos doscientos mil muertos y a innumerables personas sin hogar. O bien, nos anuncia la televisión con imágenes tétricas las víctimas innumerables de las guerras tribales en Africa…

¿No sentimos nada? ¿Experimentamos la misma indiferencia que al leer en un libro o ver en una película los anteriores hechos de la Guerra Mundial?…

Esa indiferencia sería fatal. Y es, sin embargo, la que padecen grandes sectores de la sociedad moderna. ¿Cómo vamos a decir que amamos? ¿Cómo vamos a poner remedio? ¿Cómo vamos a prestar ayuda? ¿Cómo vamos a hacer algo por los que sufren si no sentimos sus males?…

La sensibilidad nos es necesaria. Sin ella, al no tener compasión, nos encerraríamos en un egoísmo que sería lo más contrario a la caridad cristiana.

En los Hechos de los Apóstoles y en las cartas de San Pablo nos encontramos con aquel hambre que se echó sobre Judea, y los cristianos de aquella primera comunidad acudieron a las otras Iglesias que habían surgido de la gentilidad:
-¡Que nuestros hermanos tienen hambre!…
Pablo exhorta, pide, organiza, se ofrece él mismo para llevar los donativos a Jerusalén. La generosidad se desborda, se aligeran mucho los padecimientos de los necesitados, y la Palabra de Dios colma de elogios a los generosos donantes.

Es una historia que se repite cada día. Ante tantas calamidades que surgen a nuestro alrededor, se nos tiende la mano ansiosamente. A lo mejor somos pobres en dinero, pero ricos como nadie en amor.
La solidaridad no hace hoy distinción de credos ni de razas. Todos piden a todos para todos. En todos es una acción bella esa de dar a los que se hallan en desgracia. En muchos, que no tienen fe, es un impulso del corazón que les honra y les prepara a la gracia de Dios. Pero nosotros, cristianos y católicos, sabemos hacer que esa filantropía sea caridad, amor de Dios, y por eso nos queremos distinguir más que nadie en nuestra generosidad.

Oímos contar cada día muchas calamidades. Todas nos mueven el corazón. Y nuestra sensibilidad nos enorgullece. Si, encima, nos hace abrir la mano, somos personas de corazón. Somos algo más: somos, como aquellos primeros cristianos, el testimonio más grande del amor de Jesucristo….

(Hech. 11, 28-30. 1Cor. 16,1-4. 2Cor. 8-9.)

 

Trabajar…, ¿por qué?

El trabajo hecho oración, como medio de unión con Dios.

Por: Pedro García, Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net

Nunca insistiremos bastante en lo que significa el trabajo dentro de la vida cristiana. Si preguntásemos a muchos qué piensan de su trabajo, nos llevaríamos respuestas desconcertantes.

Aquel socialista ateo preguntaba despectivo:
– ¿Qué tiene que ver el trabajo con la religión?
Y le respondía otro trabajador de la fábrica:
– Lo mismo que tiene que ver el amor con la novia. Si no la quiero, no me molesto por ella. Si la quiero, por ella me mato. Dios me encarga el trabajo, y por Dios me gasto cada día entre las máquinas…

Para muchos, entre el trabajo y la oración media la misma distancia que de la tierra al cielo, porque la oración pertenece al Cielo y el trabajo sólo a la tierra. Así lo creen ellos.

Pero nosotros, no. Nosotros tenemos ideas muy distintas sobre el trabajo, y lo consideramos tan del Cielo como la oración o como cualquier práctica estrictamente religiosa.

Pienso ahora en aquel mi amigo, el bueno de José, padre de cuatro hijos y excelente cristiano, que se pasaba el día metido en el almacén de granos, removiendo montones de sacos, ajustando cuentas en la caja, y, cuando convenía, discutiendo los precios con los clientes. Estábamos una vez en el negocio y vimos pasar al Sacerdote por la calle, que se metió a saludarnos y a charlar amigablemente con nosotros. José, limpiándose el sudor de la frente, le suelta sin más:
– ¡Qué suerte la suya, Padre! Siempre mirando hacia arriba y trabajando sólo para el Cielo, mientras que yo vivo apegado a la tierra y mirando siempre abajo.

Al sacerdote le costó convencerle de que él, entre los sacos del almacén, vivía en las alturas lo mismo que el cura cuando celebra la Misa, predica o se mete en el confesionario. Su trabajo era tan santo y santificador como el de una religiosa, como el del sacerdote o el del Papa… A lo que José repuso con humor:
– Entonces, Padre, vayan con cuidado. Que, si trabajar es ser santo, a lo mejor les gano yo a ustedes…

Confío que José no olvidó más la lección. Yo al menos, que estaba allí presente, desde allí en adelante la he tenido siempre muy metida en la cabeza…

Hablando en cristiano, el trabajo tiene muchos aspectos, aunque siempre los reducimos a tres fundamentales, que abarcan todo el plan de Dios sobre el hombre como dueño de la creación y, a la vez, como el Dios que busca adoradores en sus criaturas.

El trabajo es, ante todo, el medio de vida. Muchos lo miran sólo así. Trabajar, para vivir. Trabajar, para comer y para vestir. Trabajar, para tener y pasarla algo mejor en el mundo. No pasan de aquí sus aspiraciones. Y nada tenemos que objetar. Porque mirado el trabajo como camino para una vida desahogada y feliz, es digno, es honroso y altamente formativo.

El inmortal Mahatma Gandhi, acabado el más riguroso de sus ayunos, no pudo tomar sino un poco de alimento líquido. Sin embargo, se vio en la obligación de pedir inmediatamente la rueca y ponerse a trabajar. Se la negaban, naturalmente:
– Pero, ¿no ve que no puede, que aún está casi muriendo?
Y su respuesta fue colosal:
– Si he podido comer, puedo y debo también trabajar.

Y Gandhi, que así contestaba, no era un cristiano, ni había aprendido en la escuela de aquel Pablo, que escribió lo que tantas veces repetimos:
– El que no trabaja no tiene derecho a comer.

Al gran patriarca de la India le bastaba la razón, la dignidad personal, y el ver la multitud de hambrientos que poblaban su patria. ¡Qué no hubieran dado los pobres para trabajar y poder comer!…

Además, el sentido cristiano, lo mismo que el judío antes de Cristo, ha tomado el trabajo como la mejor penitencia por la culpa. Nuestras infidelidades diarias a Dios quedan saldadas con el trabajo, impuesto por Dios a Adán pecador. Por eso nosotros le decimos a Dios con el cantar:
Bendice Tú mi sudor,
y, pues cumplo mi sentencia,
haz que el trabajo, Señor,
me sirva de penitencia.

La Iglesia sigue hoy inculcándonos la penitencia como lo podía hacer y exigir en la austera Edad Media. Las formas de esa penitencia requerida por el espíritu cristiano pueden ser muy variadas. Pero no encontraremos ninguna que iguale en valor santificador al trabajo de cada día realizado con espíritu sobrenatural. Es la penitencia señalada a dedo por Dios en el paraíso, y no creemos que Dios haya cambiado de táctica con los pecadores de nuestro tiempo…

Finalmente, el cristiano mira a Jesucristo en su taller de carpintería o entre las sementeras de los campos, y se da cuenta de que santidad y trabajo, trabajo y santidad, vienen a ser la misma cosa, cuando el quehacer diario se eleva a las alturas de Dios.

¡Trabajo, bendito trabajo que encallece las manos, o quema las cejas y rinde los cuerpos! Dichoso el que sabe tributarle un culto razonable y obsequioso, como lo hacían la Mujer más buena y aquel muchachote fornido de Nazaret… .

El pozo del desánimo

Meditación sobre el desánimo

Por: Reflexiones Siglo 21 | Fuente: Catholic.net

‘El desánimo es como un pozo, pero mientras más hondo es el pozo, más cumbres son sus bordes, y nadie se salva del precipicio mirando para abajo. Para salir del pozo hay que mirar para arriba.’

¿Qué piensa usted de esto?
La verdad es que a veces tenemos razones para estar “boquiabajo”, como se dice. Este camino largo de la vida es a veces difícil. Tan difícil que parece imposible. Y parece más imposible todavía cuando estamos desanimados, deprimidos, desilusionados. Y cuando estamos desilusionados de nosotros mismos, golpeados por la impotencia de no poder superar los obstáculos, el pozo del desánimo es un abismo como la misma muerte.

Sin embargo, a veces hay que tocar fondo para poder subir, y aquello que nos hunde puede convertirse en cimiento que nos eleva, si cambiamos el modo de mirar las cosas, si nos damos vuelta, si decidimos salir; si rechazamos el hundirnos con lo malo y elegimos lo bueno.

Si nos desatamos del lastre que nos hunde, ese lastre que nosotros mismos alguna vez elegimos pensando que era algo bueno; si nos liberamos de aquello que nos tira para abajo, tenemos que tener esperanza.

A veces el peso es grande pero lo que nos ata no es una cadena, o una cadena fácil de cortar, desde el momento que decidimos salir y miramos hacia arriba.

Y cuando digo mirar para arriba estoy diciendo mirar a Dios que es el único y verdadero Salvador, el único que puede tendernos su mano cariñosa, ésa que nos da fuerza para salir del pozo.

Por eso cuando digo que mientras más hondo es el pozo, más cumbres son sus bordes, no es para graficar la dificultad, sino para decir todo lo bueno y lindo que se ve desde las altas cumbres.

Miremos para arriba, y con la fuerza de Dios salgamos del pozo y gocemos del aire puro y la belleza que se contempla desde los bordes del alma esperanzada.

¿Qué pedimos en la oración?

Pedimos la gracia más importante: la conversión de los corazones, la victoria sobre el pecado, el crecimiento en el amo

Por: ¿Qué pedimos en la oración? | Fuente: es.catholic.net

Las oraciones surgen desde la fe: creemos en Dios y confiamos en su Amor providente. Entre esas oraciones, muchas tienen como meta una petición.

¿Qué pedimos en la oración? Pedimos la gracia más importante: la conversión de los corazones, la victoria sobre el pecado, el crecimiento en el amor.

Pedimos también por necesidades concretas: que haya comida en la mesa, que haya trabajo para todos, que haya serenidad en la familia.

Pedimos por la paz: la paz interior, que permite convivir como hermanos. La paz exterior, que nace de la justicia, de buenas leyes y de gobernantes honestos.

Pedimos por la lluvia y por el tiempo favorable a las cosechas, por el aire limpio y por un poco menos de calor (o de frío).

Pedimos por los que están encadenados por la tibieza y la apatía, por la desgana y por la cobardía, por el miedo y por el respeto humano.

Pedimos por quienes sufren a causa de las tentaciones de la carne, de la avaricia, de la envidia, de la soberbia, del rencor.

Pedimos por los pobres y los enfermos, por los abandonados y los excluidos, por los perseguidos y los discriminados, por los huérfanos y las viudas.

Pedimos por los niños, los jóvenes, los adultos y los ancianos. También por los hijos antes de nacer y por las madres en dificultad.

Pedimos tantas cosas. La lista parece interminable. Llevamos nuestras súplicas al Padre, en el nombre de su Hijo Jesucristo, por el Espíritu Santo

Parece que Dios no escucha mi plegaria

Será que no somos perseverantes en la plegaria o no pedimos como debemos.

Por: P. Sergio Córdova LC | Fuente: Catholic.net

Se cuenta que el emperador romano Alejandro Severo, pagano, pero naturalmente honesto, tuvo un día entre sus manos un pergamino en donde se hallaba escrito el Padrenuestro. Lo leyó lleno de curiosidad y tanto le gustó que ordenó a los orfebres de su corte fundir una estatua de Jesucristo, de oro purísimo, para colocarla en su propio oratorio doméstico, entre las demás estatuas de sus dioses, ordenando pregonar en la vía pública las palabras de aquella oración. Una oración tan bella sólo podía venir del mismo Dios.

Se han escrito muchísimos comentarios sobre el Padrenuestro, y creo que nunca terminaríamos de agotar su contenido. No en vano fue la oración que Jesucristo mismo nos enseñó y que, con toda razón, se ha llamado la “oración del Señor”. Es la plegaria de los cristianos por antonomasia y la que, desde nuestra más tierna infancia, aprendemos a recitar de memoria, de los labios de nuestra propia madre.

En una iglesia de Palencia, España, se escribió hace unos años esta exigente admonición:

No digas “Padre”, si cada día no te portas como hijo.
No digas “nuestro”, si vives aislado en tu egoísmo.
No digas “que estás en los cielos”, si sólo piensas en cosas terrenas.
No digas “santificado sea tu nombre”, si no lo honras.
No digas “venga a nosotros tu Reino”, si lo confundes con el éxito material.
No digas “hágase tu voluntad”, si no la aceptas cuando es dolorosa.
No digas “el pan nuestro dánosle hoy”, si no te preocupas por la gente con hambre.
No digas “perdona nuestras ofensas”, si guardas rencor a tu hermano.
No digas “no nos dejes caer en la tentación”, si tienes intención de seguir pecando.
No digas “líbranos del mal”, si no tomas partido contra el mal.
No digas “amén”, si no has tomado en serio las palabras de esta oración.

La parábola del amigo inoportuno, tan breve como tan bella, nos revela la necesidad de orar con insistencia y perseverancia a nuestro Padre Dios. Es sumamente elocuente: “Yo os digo que si aquel hombre no se levanta de la cama y le da los panes por ser su amigo –nos dice Jesús— os aseguro que, al menos por su inoportunidad, se levantará y le dará cuanto necesite”. Son impresionantes estas consideraciones. Nuestro Señor nos hacen entender que, si nosotros atendemos las peticiones de los demás al menos para que nos dejen en paz, sin tener en cuenta las exigencias de la amistad hacia nuestros amigos, ¡con cuánta mayor razón escuchará Dios nuestras plegarias, siendo Él nuestro Padre amantísimo e infinitamente bueno y cariñoso!

Por eso, Cristo nos dice: “Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá”. Si oramos con fe y confianza a Dios nuestro Señor, tenemos la plena seguridad de que Él escuchará nuestras súplicas. Y si muchas veces no obtenemos lo que pedimos en la oración es porque no oramos con la suficiente fe, no somos perseverantes en la plegaria o no pedimos como debemos; es decir, que se cumpla, por encima de todo, la voluntad santísima de Dios en nuestra vida. Orar no es exigir a Dios nuestros propios gustos o caprichos, sino que se haga su voluntad y que sepamos acogerla con amor y genrosidad. Y, aun cuando no siempre nos conceda exactamente lo que le pedimos, Él siempre nos dará lo que más nos conviene.

Es obvio que una mamá no dará un cuchillo o una pistola a su niñito de cinco años, aunque llore y patalee, porque ella sabe que eso no le conviene.

¿No será que también nosotros a veces le pedimos a Dios algo que nos puede llevar a nuestra ruina espiritual? Y Él, que es infinitamente sabio y misericordioso, sabe muchísimo mejor que nosotros lo que es más provechoso para nuestra salvación eterna y la de nuestros seres queridos. Pero estemos seguros de que Dios siempre obra milagros cuando le pedimos con total fe, confianza filial, perseverancia y pureza de intención. ¡La oración es omnipotente!

Y, para demostrarnos lo que nos acaba de enseñar, añade: “¿Qué padre entre vosotros, si el hijo le pide un pan, le dará una piedra? ¿O, si le pide un pez, le dará una serpiente? ¿O, si le pide un huevo, le dará un escorpión? Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo piden?”

Efectivamente, con un Dios tan bueno y que, además, es todopoderoso, ¡no hay nada imposible!
Termino con esta breve historia. En una ocasión, un niño muy pequeño hacía grandes esfuerzos por levantar un objeto muy pesado. Su papá, al ver la lucha tan desigual que sostenía su hijito, le preguntó:
– “¿Estás usando todas tus fuerzas?”
– “¡Claro que sí!” -contestó malhumorado el pequeño.
– “No es cierto –le respondió su padre— no me has pedido que te ayude”.

Pidamos ayuda a nuestro Padre Dios…. ¡¡y todo será infinitamente más sencillo en nuestra vida!!

¿Por qué orar?

Si tuviera que desearte el don más bello, y pedirlo para ti a Dios, no dudaría en pedirle el don de la oración.

Por: Monseñor Bruno Forte arzobispo de Chieti-Vasto | Fuente: Comisión Teológica Internacional

Sólo del encuentro diario con Dios, el creyente puede hallar la fuerza para vivir y aprender a amar a los demás.

“Si tuviera que desearte el don más bello, si quisiera pedirlo para ti a Dios, no dudaría en pedirle el don de la oración.”

Orando se vive. Orando se ama. Orando se alaba.

Como la planta que no hace brotar su fruto si no es alcanzada por los rayos del sol, así el corazón humano no se entreabre a la vida verdadera y plena si no es tocado por el amor.

Y es que, quien ora vive, en el tiempo y en la eternidad.

Me preguntas: ¿por qué orar? Te respondo: para vivir. De aquí nace la exigencia de indicar el camino para una oración hecha de cotidianeidad: fija tú mismo un tiempo para dar cada día al Señor, de intimidad: recógete en silencio, lleva a Dios tu corazón y de confidencia: no tengas miedo de decirle todo.

Así, cuando vayas a orar con el corazón en alboroto, si perseveras, te darás cuenta de que después de haber orado largamente tus interrogantes se habrán disuelto como nieve al sol.

Un efecto que muchos buscan por otras vías, a menudo bajo la insignia de la ausencia de obstáculos y empeño. La paz que nace de la oración, en cambio, es distinta: «Que sepas, que no faltarán las dificultades. Llegará la hora de la “noche oscura”, en la que todo te parecerá árido y hasta absurdo en las cosas de Dios: no temas. Es esa hora en la que para luchar está Dios mismo contigo».

Pero los momentos oscuros no negarán los frutos de una oración vivida en el corazón: «Un don particular que la fidelidad en la oración te dará es el amor a los demás», y es que «la oración es la escuela del amor».