El caer de las hojas nos recuerda la muerte

Para quien está en el camino de la vida, es esencial preguntarse ¿qué sentido tiene mi presencia en este mundo?

Por: Llucià Pou i Sabaté | Fuente: Catholic.net

Este tiempo de otoño está cargado de emociones, parece que la naturaleza llora con el caerse las hojas de los árboles, que aparecen en toda su desnudez.

Los paisajes adquieren un tono melancólico, lleno de colorido que hace pensar que la gente se muere.

Para quien piensa que el fallecer es el fin de trayecto, es un tema tabú del que no se habla, pues todo consiste en gozar de los placeres de la vida y la distracción del trabajo para no pensar en este final que suena a fracaso, pues todo acaba unos palmos bajo el suelo. Para quien está abierto al más allá, hay un sabor de victoria, después de consumar una carrera.

Lo diré con una historieta sobre un sabiondo que subió a una barca que cruzaba la gente de una parte a otra de un ancho río. Le dice al barquero: -¿sabes matemáticas?
– No. ¿Es grave?
– Es muy grave. Has malgastado al menos una cuarta parte de tu vida. ¿Conoces por lo menos la astronomía?
– ¿Esto es algo que se come o que?
– ¡Tonto! Has perdido al menos la mitad de tu vida. ¿Y la física, la conoces?
– Tampoco…
– Eres un pobre perdedor. Has desperdiciado las tres cuartas partes de tu vida.

En aquel momento, el barco golpeó unas rocas y se hundió. El barquero, viendo al sabiondo que se lo llevaba la corriente, le gritó:
-“¡Eh, sabio, ¿sabes nadar?!”
-“¡No!”, contestó medio ahogándose…
-“Entonces acabas de perder las cuatro cuartas partes de tu vida… ¡toda tu vida!”.

Es bueno conocer lo esencial. Para quien va en un barco, saber nadar es esencial. Y para quien está en el camino de la vida esencial es preguntarse ¿qué sentido tiene todo y qué pinto yo en la vida? ¿y después, qué?

Este mes que comienza con “panellets”, castañas y boniatos en la fiesta de todos los santos y la memoria de los difuntos, hay algo que invita a pensar en estas preguntas esenciales, yo diría que con noviembre comienza un tiempo anual que invita a leer cosas serias, como los grandes novelistas… y así como los piñones y almendra picada, azucar y limón (y algo de harina) son ingredientes de la pasta de “penellets”, el gran ingrediente de nuestra historia es un “sentido de la vida” que es el amor.

Y es necesario incluir todo en este sentido o proyecto de vida, pues sólo a la luz de él tiene explicación la muerte, la gran misteriosa (“en la vida todo es amor o muerte”, dirá Gertrud, la protagonista de la gran película de Dreyer). Y el sentido del dolor, que como decía “Héroes del silencio” es un ensayo de la muerte.

No es masoquismo sufrir, si el sufrimiento tiene un sentido de amor. Entonces, cuando el amor lleva al sacrificio, el dolor –por ejemplo ante los seres queridos que han fallecido- adquiere un valor, no sólo como recuerdo, sino actualización del amor que no desaparece: el amor que no ha nacido para ser eterno no ha existido nunca.

Esta memoria de los difuntos nos ayuda a portarnos mejor y así en los momentos de desfallecimiento el pensamiento puede ser: “¿qué le pondría contento a…?” y esto anima a luchar: “he de hacerlo por mí y por él, por ella…” se adquiere una madurez y sentido de responsabilidad.

En el diálogo de la película de “El Rey león” cuando el hijo le pregunta si estarán siempre juntos, le dice el padre: “allá en las estrellas están los reyes que nos miran… cuando yo esté allí estaré mirándote, no te dejaré…”

Hay una comunicación entre los de aquí y los que han cruzado el río de la vida, y podemos ayudarles con nuestros esfuerzos y sacrificios (el sentido profundo de los sufragios por los difuntos) y ellos nos animan como espectadores que están viendo nuestro partido, pues estamos corriendo en el campo y ellos desde la grada: “¡venga, ánimo… mete este gol!” Y aquella sonrisa o detalle de servicio será un ingrediente para este manjar que se amasa con amor.

Sólo por ser hombre

Meditación sobre el fundamento del respeto

ro García, Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net

A cualquiera que lee el Evangelio le llama poderosamente la atención cómo Jesucristo trata a todas las personas por igual: a todas con el mismo amor, con el mismo respeto, sin hacer nunca una distinción odiosa entre ricos y pobres, entre grandes y pequeños. Más todavía, si alguna preferencia tiene es precisamente con los más humildes y los desechados por la sociedad.

Incluso, Jesús mismo ha optado por ser pobre, cuando en la providencia de Dios podía haber escogido ser grande y distinguido. Y, si ha sido el más grande entre los hombres, su grandeza no se ha basado en el dinero o en el poder, sino en las cualidades humanas y divinas que le han hecho sobresalir tan por encima de todos los demás.

Jesucristo fue así el gran valorizador del hombre, de la persona humana. Ante sus ojos no había más grandeza que la de ser un hombre y un hijo de Dios.

Este ejemplo de Jesucristo y este juicio sobre el hombre serán perennes en la Iglesia y en el mundo.

Pero hoy han cobrado una relevancia mucho mayor. Porque están respondiendo a una exigencia de nuestros días, cuando en la mente de todos está muy metida la idea de la fundamental igualdad que existe entre todas las personas.

No podemos negar que durante muchos tiempos ha sido la posesión de bienes materiales y o los títulos de dignidades la causa determinante del mayor o menor respeto que se le tenía a una persona. Todos debían inclinarse ante el rico y ante quien ostentaba un cargo de altura. El pobre y el plebeyo quedaban muy relegados en la sociedad.

Esto lo expresó con feroz humor aquella coplilla, ya muy vieja, que igual nos hacía reír lo mismo que nos podía enfurecer, y que cantaba así:
Cuando tenía dinero
me llamaban Don Tomás;
ahora que no lo tengo,
me llaman Tomás no más.
Nos reímos, pero más bien nos deberíamos rebelar.

¿De modo que se me respeta, sólo porque tengo buena reserva en el banco?
¿Se me deja de respetar, sólo porque soy un simple obrero?
¿Vuela mi nombre por las alturas, porque siempre llevo delante un rimbombante Don o un ampuloso Excelentísimo?…
¿Corre mi nombre por el suelo, mi nombre a secas, porque a lo mejor soy un ser defectuoso, sin relieve alguno, y, como suele decirse, porque no he tenido suerte en la vida?…

Otro versificador popular respondió a esa copla en cuestión con estos otros versos, llenos de digno desprecio:
Si me llamas Don Tomás
sólo por tener dinero,
quédate el Don y el dinero
y dime a secas Tomás,
pues vale mi nombre más
que se tu hablar zalamero.

El respeto que se merece una persona tiene fundamentos más sólidos y valederos que el dinero fugaz, el título universitario o el papel en la política.

Ciertamente que respetamos la autoridad en los superiores, la virtud en los santos, la ciencia en los sabios, la tenacidad en los hombres de negocio, y el valor de los tipos de carácter.

Pero no podemos olvidar que el hombre, todo hombre, cualquier persona, sea quien sea, hasta la de menos suerte en la vida, merece todo nuestro respeto y veneración por el solo hecho de ser una persona, una imagen del Creador, un semejante mío, y un ser con destino eterno en el seno de Dios.

No podemos infravalorar un cuadro del Artista más genial. Y el Autor del hombre más humilde y más pobre es Dios.

No podemos menospreciar a quien recibió en su frente el beso de Dios. Y Dios le dio su beso al pobrecito que está tumbado en la acera o vive bajo el puente.

No podemos echar a la basura una joya que será engastada en la corona de Jesucristo, el Rey inmortal, y todo hombre o mujer que nos rodea es un candidato de la Gloria.

Se nos presenta la cuestión de esas personas que se han envilecido a sí mismas lanzándose por derroteros muy torcidos en la vida. ¿Esas personas también merecen nuestra aceptación? Puede costar el aceptarlas, pero se lo merecen igual. Y lo que se merecen ciertamente es el cuidado y la solicitud de todos por ayudarles a salir de su situación tan penosa. Ahí se impone la caridad junto con el mayor respeto.

En una reunión de mucho compromiso, y en un país de grandes desigualdades sociales, un orador de renombre acabó aquel día su conferencia con estas palabras que impactaron al auditorio, y que ahora todos hacemos nuestras:
– ¡Hombre o mujer, quienquiera que tú seas, cuánto respeto mereces, cuánto respeto te quiero tributar yo!….

 

Subir mucho más arriba

Meditación sobre la pobreza espiritual

Por: Llucià Pou i Sabaté | Fuente: Catholic.net

Cuenta una historia de unos judíos que morían de curiosidad al ver desaparecer su rabino la vigilia del sábado. Sospecharon que tenía un secreto, quizá con Dios, y confiaron a uno el encargo de seguirlo. Vio el espía que el buen hombre se vestía de campesino y fue tras él, lleno de emoción, hasta dar con la verdad de tanto misterio. Al llegar a una barriada mísera, vio al rabino cocinar y barrer la casa de una mujer: era una paralítica, a la que servía y le preparaba una comida especial para la fiesta. Cuando volvió, le preguntaron al espía: “¿has visto si se iba al cielo, entre las nubes y estrellas?” Y éste contestó: “No, ha subido mucho más arriba”.

Amar con obras a los demás es lo más alto; es donde se manifiesta el talante de una persona, sabiendo servir, ayudar, comprender, disculpar, no querer ser el centro… no estar “ensimismado”, metido dentro de mí, sino “entusiasmado”, descubriendo en el “tú” de cada uno sus necesidades, para servirle mejor (y aprendiendo de los demás, como dice el Beato J. Escrivá:
“Sólo serás bueno, si sabes ver las cosas buenas y las virtudes de los demás”. Que -como dice Pedro Salinas- el hecho más sencillo, el primero y el último del mundo, fue querernos.

Ese valor del altruismo puede alcanzar distintas etapas: si doy lo que tengo, soy generoso (dar mi tiempo, sonreir, alegrarme con los demás, ayudar con dinero al tercer mundo…). Si me doy a mí mismo, entonces amo de veras… Supone no sólo colaborar en cosas altruistas, sino estar directamente implicado en el compromiso. Cuentan de uno que viendo una niña pobre y enferma por la calle, tirada por el suelo, medio desnuda, en
condiciones penosas y muerta de hambre, se encaró con Dios y le dijo en su interior: “¿por qué permites estas cosas? ¿No haces nada para solucionarlo?”

Y no encontró respuesta pero por la noche, de improvisto se despertó pues en su sueño escuchó a Dios decirle: “Claro que he hecho algo: te he creado a ti”.

Es un reto a ofrecer no sólo nuestro dinero sino lo que más nos cuesta: nuestro tiempo, la propia vida. Una invitación a no dejarse llevar por una mirada consumista sino altruista, un dejar lo que sobra -demasiado tiempo dedicado al trabajo, sacrificar nuestros gustos por alcanzar un status
social y una imagen…- y disfrutar de la vida sencilla gastada en servicio generoso a los demás. No perdernos en teorías, pues -decía la Madre Teresa- ante un niño que se muere de hambre sólo vale darle leche, y ante un leproso abandonado en la calle acojerlo… La película “La ciudad de la alegría” refleja bien lo que el poeta Tagore indica en sus versos: “Dormía y soñaba que la vida era alegría. Desperté y vi que la vida era servicio. Comencé a servir y comprobé que el servicio era alegría”.

Hay quien piensa que la pobreza más grave está en los millones de personas que dicen las últimas estadísticas sufren pobreza. Pero las hermanas Misioneras de la Caridad se encuentran con la sorpresa de que la gente “lo primero que pedían no era ropa, medicina o alimentos. Se limitaban a pedir:
-Hermana, háblenos de Dios”. Teresa de Calcuta, desde la India afirmaba: “En los países occidentales existe otra clase de pobreza, la del espíritu, que es mucho peor. La gente ya no cree en Dios, no reza… está insatisfecha con lo que tiene; le aterra el sufrimiento y esto le lleva a la desesperación. Es una pobreza del alma, una sequedad del corazón que resulta mucho más difícil de remediar”. Una pobreza más dura porque “el hambre no es sólo de pan. Es mucho peor el hambre de amor. La soledad se extiende cada vez más en Occidente, y la gran pobreza es no ser querido… debemos buscar a los pobres, primero en nuestro hogar; después, entre los vecinos, en el barrio, en nuestra ciudad y en todo el mundo.

 

Jubileo: ¿por qué?

Meditación. Última llamada a la conversión

Por: Nacho Beguistáin | Fuente: Catholic.net

Acabo de regresar de Roma, la ciudad eterna. Una de las cosas que nunca olvido cuando visito la ciudad de mis años universitarios es la de reservar unos minutos de mi agenda para hablar con los taxistas.

Uno de ellos que me llevó desde el Castel Sant’Angelo hasta Santa María la Mayor me decía: “Padre, esto del Jubileo, qué jaleo…” Me refirió el lema que ha estado en boca de muchos romanos: “Dos mil obras para el dos mil”. Resulta difícil encontrar una calle en la que no haya tenido máquinas, desvíos, gente trabajando…

El Gran Jubileo del año 2000 está por cerrar las puertas. Pero no sólo Roma se preparó para el Jubileo. Se vió en el Telediario que, día y noche, trabajan decenas de personas en París, para colocar bombillas conmemorativas del año dos mil en toda la torre Eifel. En todas las capitales europeas se remodelaron edificios. Todo el mundo hablaba del paso al nuevo milenio. En la oficina te asaltaban con todo tipo de teorías acerca del caos informático que provocará el cambio de cifras del mil novecientos noventa y nueve al dos mil. Cada vez que abrías el buzón te encontrabas con dos o tres volantes con una nueva oferta de las agencias de viaje para disfrutar del Jubileo en Roma. Las compañías aéreas te ofrecían la posibilidad de vivir dos o tres veces el inicio del milenio, cómodamente sentado y por un módico precio…

Cuando le pregunté al taxista qué significaba para él el Jubileo, me respondió: “obras, novedad, curiosidad, turistas…”. Y me pregunto: ¿sólo por obras, novedad, curiosidad, turistas, tanto jaleo? El nacimiento de Jesús en Belén no es un hecho que se pueda relegar al pasado. Ante Él se sitúa la historia humana entera: nuestro hoy y el futuro del mundo son iluminados por su presencia. Él es “el que vive” (Ap. 1, 18). Sí, todo este jaleo para celebrar el cumpleaños número 2000 de Jesús.

El tiempo jubilar nos invita a la conversión y a la penitencia como medios para alcanzar la amistad de Dios, su gracia y la vida sobrenatural. Esta conmemoración bimilenaria del misterio central de la fe cristiana debe ser vivido hasta el último momento como camino de reconciliación y como signo de genuina esperanza para quienes miran a Cristo y a su Iglesia.

¡Cuántos acontecimientos históricos evoca la celebración jubilar! Mi pensamiento se remonta al año 1300, cuando el Papa Bonifacio VIII, inauguró solemnemente el primer Jubileo de la historia. Extraigo el recuerdo de mi niñez del Jubileo extraordinario de 1983 convocado por Juan Pablo II con ocasión de los 1950 años de la redención del género humano. Mamá me decía que era un año especial, que tenía que ser especialmente bueno con mis hermanos y obediente.

Este Jubileo del 2000 acoge también a los seguidores de otras religiones, así como los que están lejos de la fe en Dios.

Todo comenzó con la Navidad de 1999. La época del año que más me ha gustado desde niño. Esta palabra me sabe a familia, a perdón, a caridad a renovación. El Jubileo incluye el signo de la peregrinación, recordándonos que somos homo viator desde el nacimiento hasta la muerte. La puerta santa evoca el paso que cada cristiano está llamado a dar del pecado a la gracia. El amor de Dios se manifiesta en su misericordia. Por ello, la indulgencia es la extensión de ese amor y perdón del Padre hacia todos los hombres.

Una de las cosas que más admiro de este Papa es su valor y apertura. Hablando sobre los signos del Jubileo en la introducción a la Bula de convocación al Gran Jubileo del 2000, en el número 11 escribe: “Ante todo, el signo de la purificación de la memoria, que pide a todos un acto de valentía y humildad para reconocer las faltas cometidas por quienes han llevado y llevan el nombre de cristianos. Como Sucesor de Pedro, pido que en este año de misericordia la Iglesia, persuadida de la santidad que recibe de su Señor, se postre ante Dios e implore perdón por los pecados pasados y presentes de sus hijos. Todos han pecado y nadie puede considerarse justo ante Dios (Cf. 1 Reyes 8, 46). Que se repita sin temor: Hemos pecado (Jer. 3, 25), pero manteniendo firme la certeza de que donde abundó el pecado sobreabundó la gracia (Rom. 5, 20)”. Y vaya que es difícil reconocer que rompimos el cristal del vecino con el balón. Que sin querer golpeamos su coche al aparcar la noche anterior, distraídos escuchando la Gaceta de los deportes de mi buen amigo José María García. Que no era nuestra intención herirle con ese saludo frío o seco de la semana pasada….

El Jubileo significa una nueva llamada a la conversión del corazón mediante un cambio de vida. La caridad es un buen termómetro para medir la temperatura de nuestro corazón. ¡Qué antes que termine, este año de gracia sea tocado el corazón de cuantos tienen en sus manos los destinos de los pueblos!

Ojalá que todas las preocupaciones de estos días no nos impida ese cambio de corazón, de vida, cruzando ese umbral de la esperanza, esa puerta santa que nos devuelva la verdadera felicidad en el nuevo milenio.

Un verdadero espectacular del 2000

Meditación. Dios quiere perdonar todos los pecados del mundo

Por: Rafael Cabria | Fuente: Catholic.net

Siempre me han llamado la atención esos super-espectaculares carteles de publicidad que se ven en las autopistas de las grandes ciudades. Hace poco vi uno bien curioso. Era la imagen de una grande montaña y anunciaba: la ropa mega-galáctica de unos pantalones del 2000 son los pantalones que aguantan un milenio. Los pantalones del jubileo.

Me pregunté si realmente tenía sentido anunciar unos pantalones para un jubileo como era el 2000. Investigué esa misma palabra y descubrí que había que conseguir algo más que pantalones. Por lo pronto jubileo, significa trompeta o cuerno de carnero que suena como trompeta y que, en el primer jubileo anunciado por Dios en un libro Sagrado llamado Levítico (Lev. 25,9), tenía que sonar en toda la tierra. Me imaginaba esto y se transparentaba claramente que no bastaban unos pantalones.

Me di cuenta, leyendo este libro sagrado, que era una idea genial la del jubileo. Algo sorprendente, a todos se les devolvería la tierra – eso decía – y además las deudas serían condonadas y nadie trabajaría… Realmente todo estupendo, pero humanamente incomprensible. Es como si viniese Papa Noël por todo un año y todos los días fueran Navidad. Un sueño de niño hecho realidad y eso no sólo concedido a mí, sino a todos.

No podía explicármelo. Al igual que les ocurrió a unos turistas que estaban visitando una iglesia católica. Uno de ellos se me queda mirando un poco perplejo, también por la pregunta que iba a hacer y me dice: – Pero es verdad que el Papa va a perdonar todos los pecados en el año jubilar del 2000 ¿Cómo es posible? Yo sonreí, no por su ignorancia, sino por su admiración que denotaba credulidad y eso me hacía feliz, porque me hacía reparar que todavía se cree en la omnipotencia de Dios.

Le expliqué un poco la gran maravilla que es el jubileo, un volcarse de Dios, de gracias, que realmente ese año Dios se encargaba de todo. No era el Papa, el Papa digamos era el anunciador, pero Dios era el que iba a hacer realidad el jubileo. Por supuesto que Dios quiere perdonar todos los pecados del mundo, pero por mucho año super-jubilar que haya, si no hay esa generosidad de poner nuestra voluntad, poco podrá Dios contra nuestra terquedad.

La realidad parece otra. Los precios para este año jubilar han subido más que nunca. ¿Han ido a ver al comerciante más grande? ¿Al comerciante de la gracia? Imagínense un anuncio como este: “En el aeropuerto se dan los aviones gratis, solamente hace falta poner tu nombre en el papel”. El aeropuerto seguiría igual, nadie se creería esto, nadie se cree que un avión se puede dar gratis. El que lo leyese diría: típica tomadura de pelo son aviones de papel, a mí no me meten gato por liebre. Una felicidad eterna que depende de nuestra amistad con Dios, con Nuestro Creador, de la gracia se da todos los días en la confesión y pocos se lo creen, realmente no podemos creer en la generosidad de alguien ni aún siendo éste Dios. Este año jubilar no solamente nos ha invitando a esto, sino que además ha exclamado: no sólo te perdono los pecados sino que además tu intercesión puede llevar a un alma del purgatorio al cielo, un viaje en línea directa.

Volviendo otra vez a la imagen del cartel en la carretera, pienso en la imagen de la puerta Santa y de una persona, pasando, Podría ser cualquiera de nosotros y una frase así: Llegó el jubileo… cuántas almas se van a llevar al cielo.

La paz desarmada

Meditación. Si quieres la paz, no prepares la guerra

Por: Fernando Pascual | Fuente: Catholic.net

Todo el mundo habla de la paz. No todos viven en paz. Si lo pensamos bien, la gran paz, esa que se construye día a día, caricia a caricia, paso a paso, exige algo más que la intervención de los Cascos Azules de la ONU o los poderosos cazas de la OTAN.

Hay quienes viven en paz con todos, y hay quienes no conocen la paz ni para ellos ni para los demás. Hay quienes sueñan en la paz pero fabrican armas de guerra. Y hay quienes combaten guerras con la única ilusión de terminar pronto y volver, en paz, al hogar.

¿Cómo definir lo que es la paz? San Agustín decía que era la “tranquilidad del orden”: una situación en la que cada cosa, cada persona, cada esquina, ocupa su lugar y no se entromete ni estorba a los demás. Así de fácil, y así de difícil. Porque no siempre todos saben (ni sabemos) cuál es su lugar, y los problemas empiezan cuando dos señores, dos señoras, dos niños o dos mosquitos quieren ocupar la misma esquina a la misma hora…

Si seguimos con la vieja definición agustiniana, nos daremos cuenta de que el orden se construye cada día cuando no sólo se establecen fronteras claras para los distintos objetos y personas, sino cuando existe un cierto cariño, aprecio, respeto recíproco entre las dos personas que podrían llegar a iniciar un conflicto. Que papá y mamá quieran sentarse en el mismo momento en el mismo sofá puede ser algo no imposible. Pero si entre los dos reina un poco de paciencia y un mucho de cariño, este “conflicto” no sólo no será el inicio de una disputa acalorada, sino, quizá, un motivo para una muestra de cariño que parecería más propia de novios que de dos esposos que ya ven aparecer las primeras canas sobre su cabeza… Igualmente, Pancho y Lupita pueden querer, a la misma hora, ver un programa de televisión distinto. Pero, si entre los dos hay un poco de respeto y un mucho de amor de hermanos, se evitarán esos choques por la posesión del telecomando para dejar al otro o a la otra la decisión última sobre las imágenes que ayudarán (esperamos) a pasar un rato tranquilo en una tarde de invierno.

Desde luego, no puede haber paz donde existe ese gran desorden que llamamos injusticia. Aunque aparentemente no se crucen los balazos de un lado al otro de nuestras calles, basta con que uno quiera robar al prójimo (a la luz del día, con guante blanco, o en la noche, con todo y antifaz) para que se inicien esas espirales de tensiones que pueden explotar en cualquier momento. Por ello urge construir un mundo más justo. Mejor, urge construir la justicia allí donde uno vive, trabaja, estudia, pasea o simplemente entra para tomarse unas copas.

Con el compromiso de cada uno será posible iniciar una paz que no se funde en el miedo (si yo disparo puede ser que el otro me dispare más recio, si es que no llega a asesinar a alguno de mis familiares más queridos), sino en un respeto mutuo que sepa crear relaciones justas y, si justas, también relaciones de afecto y de mutuo aprecio.

Aristóteles dijo hace mucho tiempo que hacemos la guerra para lograr la paz: la guerra nunca es querida por sí misma, sino sólo como medio para ese fin tan estupendo que desean ardientemente todos los soldados y todos sus angustiados padres. Ojalá un día se pueda decir: ya no hay más guerras, porque todos hemos logrado construir un mundo justo, no fundado en la dialéctica de los puños y de las pistolas, sino en la armonía del amor que sabe limar las asperezas en los problemas más complejos.

Si se nos permite, deberíamos corregir la famosa frase de Cicerón “si quieres la paz, prepara la guerra” por esta otra: “Si quieres la paz, no prepares la guerra: construye la civilización de la justicia y del amo

 

¿Por quién doblan las uvas?

Meditación para el Año Nuevo

Por: Catholic.net | Fuente: Catholic.net

Campanas y uvas. Año nuevo. Un gentío incalculable, desbordante, apretado como racimos de uvas. 2001. Campanas, ¿las escuchas? Doce campanadas. Doce uvas. Petardos y algarabía, gritos de gozo, pupilas de ilusión. Enterrado el 2000, nace la aurora y la estrella de un nuevo año.

Doce uvas. Doce gotas carnosas y verdes, abigarradas, que estallan en los paladares, como la lluvia en tierra seca. Las doce uvas de los últimos doce segundos se evaporan sin dejar huella.

Es expresivo y cambiante el lenguaje de las campanas. Son doce vibraciones capaces de acentos hondos y graves, de tonos agudos y sombríos. Y cuando cantan nunca lo hacen de la misma manera. El frío de sus vibraciones se transmite a los estratos de la tierra, a las raíces de las plantas, a los huesos de los hombres y al corazón de los niños, incluso de los recién nacidos.

Campanas del mundo entero. Las que cantan y se doblegan al tiempo. Las campanas penetran por los oídos y su sonido agujerea el alma. Las campanas entonan las melodías de la vida. Se asoman a la vida y a la muerte. Son esas compañeras de ilusión y de bienvenida.

Campanas de Nochevieja. Campanas echadas al vuelo, como la música, como los pañuelos de despedida. Hay en esa noche, escondida en el oscuro corazón de diciembre, unos sones muy peculiares. Las campanas, como los corazones de todos los hombres, doblan de alegría. Es la hora de un nuevo comienzo. Borrón y cuenta nueva. Días frescos, blancos, instantes por llenar.

Las campanas son voz, sólo voz y reclamo. Su misión consiste en anunciar. Las campanas del reloj anuncian el paso del tiempo; las del campanario, la cercanía de la eternidad. Son la voz de Dios que habla, la voz de la Iglesia que llama. Las campanas hablan a los corazones y a las conciencias, por eso a veces las amordazamos.

Las campanas doblan cuando sucede algo importante, en esos momentos inolvidables de todo cristiano. Acompañan al hombre en su nacimiento y en su último viaje, cuando las uvas nacen y cuando las pisa el lagar de la vida.

La misión de las campanas no es la de asustar. Nos avisan de la presencia viva y cercana de Dios. De un Dios que, con su voz, transforma las uvas en vino, y el vino en su sangre.

¿Qué sientes al escuchar las campan

 

La cuesta de enero

Meditación acerca del aprovechamiento del tiempo

Por: Catholic.net | Fuente: Catholic.net

El famoso general Wellington, después de su victoria en Waterloo, volvió a Inglaterra. Quiso visitar la academia militar donde había transcurrido los mejores años de su vida. En una gran sala, atravesado por las miradas de los cadetes más jóvenes, les dijo: “Mirad, aquí, entre estos muros se ganó la batalla de Waterloo”. El aplauso cerró el discurso.

Todo éxito requiere esfuerzo, preparación, tiempo y paciencia. Nunca mejor dicho: “Zamora no se ganó en una hora”. Alguien me preguntó una vez: ¿Cómo se escribe triunfar? La respuesta fue: “con tiempo”. No viene al mundo un ser humano sino después de un largo y maravilloso proceso que dura entre 7 y 9 meses?

Ay el tiempo! Nos falta como el dinero. El tiempo, dónde, dónde está?

Hemos enterrado uno más. El 2000 se nos ha ido. Le han cerrado los ojos con un lienzo muy blanco. Y como decía Bécquer: “Dios mío, ¡qué solos se quedan los muertos!”. El 2000 se ha muerto, pero a nosotros, (que no nos quiten lo “bailao”). Ahí quedó. Con intereses o en números rojos, con un montón de cosas buenas y quizás muchos garabatos. Pero ahí está, como un testamento, escrito.

Estrenamos un nuevo calendario. La primera hoja tiene 31 días y se llama enero. ¿Enero? Y nos llega un zumbido: la cuesta de enero. Necesitamos tiempo para digerirlo y para engordar las billeteras. ¿Por qué a este mes, el primogénito del año, le hemos colgado ese sambenito? ¿Acaso es un mes para “ciclistas”?

No hay que tenerle miedo. Necesitamos tiempo y lo tenemos. El tiempo es la pelea del hombre contra la soledad. El tiempo es esfuerzo. “Soy yo y mi circunstancia”, sentenció Ortega.

No podemos galopar solos. El ciclista que se escapa, no siempre encuentra al final el paraíso del triunfo. Y si no, que se lo pregunten a Indurain. Es necesario darle tiempo al tiempo; escuchar el pistoletazo del nuevo año, permitirse unos kilómetros de “siesta” con ese pelotón que forman nuestros amigos, la propia familia y los hijos. No escaparse de esos que comparten tu circunstancia y tu tiempo.

2001. Estamos a tiempo de hacer algo, de escribir las páginas vírgenes de este año. Vivimos. El tiempo es favorable. Cuenta los segundos: uno, dos,… los días que nacen, que crecen, que declinan y que acaban. Como en un lago profundo, los minutos van cayendo y se enredan en círculos concéntricos.

Todos los días son importantes. Todos los días valen. Recuerda que tu tiempo pertenece a los demás. Tu esposa, tus hijos, tus amigos te están cronometrando. El tiempo que les dediques es lo que ellos pesan en tu corazón. Así que, en esta cuesta de enero, a pedalear. Y al final de la cuesta de la vida podremos lucir nuestro “mallot amarillo”.