No podemos desertar

Meditación sobre el lugar de los cristianos

Por: P. Marcelino de Andrés, y P Juan Pablo Ledesma, | Fuente: Catholic.net

Hoy estuve saboreando la lectura una antiquísima página, de esas de solera. Se trata de una carta anónima dirigida a un tal Diogneto, que para la mayoría de nosotros es casi tan desconocido como el que la escribió. En ella, con gran sencillez, pero con trazos de artista, el autor reproduce la semblanza del auténtico cristiano. De ese cristiano primigenio, original, recién salido de las manos y el corazón de Cristo.

He de confesar que mientras avanzaba en mi sabrosa lectura, a la vez se me desgarraba un poco el alma a cada párrafo. Porque, a primera vista, me parecía evidente lo lejos que estamos los cristianos actuales de parecernos a aquellos primeros seguidores del Maestro. Y para darse cuenta de que esto es así bastaría entresacar algunas frases y comparar lo que expresan con la realidad del cristianismo actual. Es lo que me propongo ahora. Y no será teoría. La realidad y los hechos son como son.

La carta afirma de los cristianos que “siguen las costumbres de los habitantes del país, tanto en el vestir como en todo su estilo de vida y, sin embargo, dan muestras de un tenor de vida admirable y, a juicio de todos, increíble.” Y resulta que sí, hoy día los cristianos aún siguen las costumbres del propio país, pero sólo las que les convienen y agradan. Lo que persiguen siempre, con los ojos cerrados y a toda costa, es la moda, sea la que sea, les guste o no. Además, no de todos los cristianos se puede hoy admirar su tenor de vida; de algunos lo de verdad increíble es el que, viviendo como viven, se sigan llamando cristianos.

El antiguo texto añade que los seguidores de Cristo, “igual que todos, se casan y engendran hijos, pero no se deshacen de los hijos que conciben. Tienen la mesa en común, pero no el lecho.” Pues hoy da la impresión de que todo eso es tristemente al revés. Entre los cristianos ya no todos se casan; muchos conviven. Y cada vez son más raros los que quieren engendrar hijos (en plural); uno les basta y a veces hasta parecería que les sobra. Incuso los hay que se deshacen de sus niños con el aborto. Y asimismo, ¿quién lo puede negar?, un buen número no comparten el pan, pero sí el lecho.

En la epístola se asegura también que los cristianos “viven en la carne, pero no según la carne. Viven en la tierra, pero su ciudadanía está en el cielo…” Y sin embargo, hoy, cuántos cristianos viven como si de espíritu no les quedase ni una pizca. Cuántos cultivan el cuerpo casi hasta adorarlo, mientras su alma se les muere de inanición. Y cuántos se esfuerzan por echar raíces en esta tierra como si olvidasen del barro de qué están hechos, como si no fueran a morir y no tuvieran que merecer la eternidad desde aquí con su vida.

En fin, no podemos negar todo lo anterior; basta asomarse al mundo para ver que es cierto. Pero dejar las cosas así, no sería plenamente justo ni haría honor a la verdad completa. Puesto que realmente hay también hoy -como los ha habido en todos los tiempos- cristianos auténticos, empapados de Cristo hasta los tuétanos, como aquellos, los primeros. Y los hay en cantidad. Muchos más de los que a veces imaginamos.

Porque tenemos un Papa así. Tenemos muchísimos obispos y sacerdotes así. Temenos montones de religiosos, misioneros y monjas así. Tenemos cantidad de hombres y mujeres y niños así. Todos conocemos y convivimos no con uno, sino con varios cristianos de vida y no sólo de nombre. Cristianos a lo Jesucristo, como deben ser. Y también aquí los hechos hablan y lo demuestran.

Hechos como uno recientísimo, del que acabo de tener noticia y que al menos a mí me ha inundado el alma de alegría y me ha hecho constatar de nuevo que el cristianismo sigue vivo en los cristianos. Me enteré de que una inmigrante musulmana procedente de Albania, se ha convertido al cristianismo. ¿Los motivos? Uno solo: por encontrarse con algunos cristianos de verdad y haberse visto acogida por ellos al estilo de Cristo.

Ella se llama Shquipe y algunas de las expresiones de su relato son estupendas: “Desde que he encontrado a los amigos de Jesús, mi vida y mi corazón han cambiado. La fe enriquece mi existencia. Ver a personas que te ayudan, un sacerdote que se gasta por ti sin conocerte y sin pedirte nada a cambio, te hace reflexionar.” “Cuando luego comprendes -sigue comentando Shquipe- que todo esto lo hacen porque se esfuerzan en vivir en su vida el amor a un Dios que primero ha amado al hombre, te das cuenta que dentro de ti falta algo, o mejor, Alguien. He encontrado a Jesús gracias a estas personas.”

¡Claro que hay cristianos cristianos! Y hechos como el de la conversión de esa joven lo comprueban. Hechos como ese -que son muchos- nos hacen mirar al futuro con la esperanza de que algún día también se pueda decir de todo cristiano lo que Shquipe pudo afirmar de los que ella encontró.

¡Qué efecto transformador se produciría en el mundo si cada uno de nosotros se tomase el cristianismo un poco más en serio!

A fin de cuentas, depende de cada uno ser lo que es. Y ojalá que alguien pueda también escribir de nosotros, los cristianos de ahora, lo mismo que aquel anónimo escribió a Diogneto en esa carta que termina admirablemente así: “Para decirlo en pocas palabras: los cristianos son en el mundo lo que el alma es en el cuerpo… Tan importante es el puesto que Dios les ha asignado, del que no les es lícito desertar.”

Rezar y hacer rezar

Meditación sobre la oración

Por: Pedro García, Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net

Nos encontramos en un momento grandioso de la Historia del mundo, y Dios nos encarga a los creyentes una tarea que nos debe entusiasmar. El mundo nuevo del Tercer Milenio, ¿va a ser creyente o ateo? ¿pagano, o más cristiano que nunca?…

En los siglos dieciocho y diecinueve empezaron los grandes descubrimientos, y el hombre sacó una consecuencia muy tonta. Por creerse un dios, el hombre infatuado desplazó a Dios, y entre los que se creían algo sabios –como ocurría con muchos profesionales– se desarrolló la moda pedante de negar la existencia del Ser Supremo.

En este ambiente encaja la anécdota de uno de los mayores filósofos de entonces, que, enfrascado en los libros, levantó su vista cansada, y, a través de la ventana, contempló la montaña gigantesca que domina toda la región. Y exclamó entusiasmado, en un exabrupto sublime:
– Pero, ¿cómo es posible ver esta montaña y no creer en Dios?
Si tenemos la curiosidad de leer libros sobre religión de esos siglos dieciocho y diecinueve, vemos cómo en los escritores de la Iglesia hay un verdadero afán apologista, es decir, de defender la fe y la religión de tantos ataques y de demostrar por todos los medios posibles que sí, que Dios existe, y que el ser creyentes no es de gente poco instruida, sino que los mayores sabios han creído en Dios y han sabido vivir su fe cristiana.

Las cosas cambiaron mucho en el siglo veinte y ojalá cambien más en el veintiuno. El avance increíble de la técnica, después de unos inventos increíbles, ha llevado a los científicos a creer en Dios mucho más que antes. Pero ese bienestar que ha seguido a tales progresos ha hecho que los hombres se olviden de Dios, porque no lo necesitan…

Detrás de un bien muy grande, está apuntando un mal muy grave.

Para que no avance ese olvido de Dios, ¿qué debemos hacer? Podemos pensar en muchos medios, pero no hallaremos ninguno más eficaz que el rezar y hacer rezar. Si una persona no reza, su fe se amortigua hasta desaparecer. Pero si reza, su fe se convierte en un incendio incontenible.

¿Queremos, entonces, que el mundo crea? Empecemos por orar y hagamos que en el mundo se ore fuerte. Si nos obligamos a rezar nosotros mismos y desarrollamos un fuerte apostolado de la oración, habremos prestado un servicio inapreciable al mundo moderno.
El que ora se eleva sobre el mundo material que le rodea y se mete en el mundo supremo de Dios.

El que no ora, por el contrario, desciende de nivel y reniega casi de su ser de hombre, porque no consigue ni mantenerse dentro de su vocación humana.

Se hizo célebre la anécdota de aquel oficial francés que cayó prisionero en el Norte de Africa. Su guardián, un moro mahometano, adoraba a Dios cada día al salir el sol, al mediodía y al atardecer, ante las risas del francés, descreído del todo. Hasta que un día le suelta el moro:
– No te rías, perro francés. Eres perro porque no rezas.
Otro francés, que llenó con su santidad el siglo diecinueve, decía lo mismo de otra manera:
– Hay dentro de nosotros dos gritos: el del ángel y el de la bestia. Si el ángel calla, la bestia grita.
Un famoso descreído salió en defensa de las monjas y religiosos que consumen su día en la oración dentro de conventos de clausura, y dijo:
– Sólo un espíritu ligero es capaz de decir que esos hombres y mujeres pierden la vida. Es necesario que haya quienes recen siempre por los que no rezan nunca.

Al mismo tiempo que él, un político, orador, y célebre congresista, afirmaba:
– Creo que los que oran hacen por el mundo más que los que combaten, y que si el mundo va de mal en peor es porque hay más batallas que oraciones. Creo que si hubiera una sola hora de un día en la cual la tierra no enviase ninguna oración al Cielo, este día y esta hora serían el último día y la última hora del universo.

Citemos finalmente a un Papa de la talla de Juan Pablo II:
– La oración es la única cosa necesaria…

Por eso deberíamos repetir continuamente a Dios: Señor, enséñanos esta ciencia divina, y ella sola nos basta.

Siempre nos ha preocupado a los creyentes la suerte del mundo. Y, al decir el mundo en nuestro sentido cristiano, ya se ve que nos referimos a tantos hermanos nuestros cuya salvación nos preocupa, pues queremos, como el mismo Dios, que todos lleguen al conocimiento de la verdad y se salven.

Convencidos de esta verdad y de la nobleza y santidad de nuestro sentimiento, nos esforzamos en hacer algo por la salvación de esos hermanos. Estamos convencidos de que lo primero es la oración. La Virgen nos lo recodó en Fátima: Son muchas las almas que se pierden porque no hay quien ore por ellas…

No hace falta seguir con más testimonios.
La oración es la palanca que mueve el mundo de los espíritus, y es, a su vez, la palanca con que los espíritus mueven el corazón del mismo Dios.

No hay creyente, de cualquier credo que sea, el cual no esté convencido de que rezar es la primera ocupación, la más importante, la que, al unirnos con Dios, nos eleva sobre todo el universo creado y la que en definitiva salva al mundo.

¿Qué hace falta, pues, para salvar al mundo? Esto: rezar y hacer rezar… .

Balmes, mirando el Montseny. – San Juan Bautista Vianney- Víctor Hugo – Donoso Cortés

 

Dadles vosotros de comer

A medida que el cristiano va madurando en su fe, percibe que Cristo le confía mayor responsabilidad en su Reino

Por: P. Jose Luis Richard | Fuente: Catholic.net

A medida que el cristiano va madurando en su fe, percibe que Cristo le confía mayor responsabilidad en su Reino, como que le va dando confianza. Comienza a escuchar, cada vez con mayor frecuencia, la invitación a dar testimonio de su fe a aquellos que de alguna manera dependen de él o sobre los que puede influir: amigos, familiares, compañeros… Contempla a Cristo que se compadece del dolor de los hombres, que sigue el derrotero de cada uno… y experimenta un fortísimo deseo de colaborar con Él: ayudando al que vacila en su vida de gracia o enseñando a Cristo al que no lo conoce… Siente que Cristo le dirige a él también la palabra: “Dales tú de comer”, igual que a los apóstoles en la multiplicación de los panes.

Como a los apóstoles la tarea le parece desproporcionada, demasiado grande. Hace el recuento de sus reservas espirituales y comprueba lo que ya intuía. Apenas alcanza para sí mismo, ¿cómo va a repartir a los otros?

Le viene la tentación: “ya tengo suficientes problemas con ser buen cristiano yo, ¿para qué me meto en más líos?”

Pero no. Cristo insiste. “Dales tú de comer”. Los apóstoles se quedan boquiabiertos pero reaccionan maravillosamente. Observémosles.

Le llevan a Cristo todo lo que tienen, aunque les pareciese una ridiculez en comparación con su necesidad.

Creen en Él y no temen exponerse al ridículo. Hubiera sido más lógico que Cristo hiciera primero el milagro y después ellos, ya con los panes en la mano, mandaran sentar a la gente. Pero obedecen a Cristo. Se arriesgan con las manos vacías, sin saber cómo les sacará Cristo del atolladero en el que se meten.

Ponen en manos de Cristo sus pocos panes pues sólo Él los puede multiplicar (sólo Él es capaz de convertir a las almas, de tocar el corazón de los amigos a quienes deseamos el bien…)

Y Jesús hace el milagro. Pero, detalle curioso, no reparte Él los panes, sino los discípulos. Ése es su método ordinario para llegar a los hombres: a través de la fidelidad y el celo de sus colaboradores, de nosotros los cristianos.

Mi fe en Ti, Señor, el amor del Espíritu Santo que late en mí no es un asunto estrictamente privado. Debo salir de la órbita de mi egoísmo en busca de mi hermano necesitado de Cristo.

Valorar lo que soy

Meditación. No se valora lo que se tiene

Por: Reflexiones Siglo XXI | Fuente: Catholic.net

Nos contó ‘el peregrino’ que en el cruce de dos calles vio a un hombre sin piernas, en una silla de ruedas, tratando de vender hojas de afeitar a la gente de los automóviles detenidos por el semáforo. “Aunque no podía caminar, el hombre sin piernas trabajaba, mientras yo –confesó ‘el peregrino’- venía caminando desde lejos sin darme cuenta del valor de mis piernas. Frente a este hombre –dijo- sentí vergüenza de mí mismo, porque a veces me quejo de lo que no tengo y no me doy cuenta de lo que tengo, no valoro lo que tengo. ¿Necesito el sufrimiento de los demás para darme cuenta de lo que tengo y valorarlo? Este egoísmo mío me da mucha vergüenza. Los discapacitados y enfermos tienen muchas veces una conciencia mayor del valor de muchas cosas. Yo no valoro lo que tengo porque me parece natural tenerlo” – confesó ‘el peregrino’.

Señor, que el dolor de la gente me ayude a valorar lo que soy y todo lo que me das. En la vida, la inconciencia y el desagradecimiento frente a tantas cosas buenas y lindas que nos das, es algo mucho más grave que cualquier otra enfermedad o discapacidad.

Señor, que no me haga falta el dolor del mundo para darme cuenta de todo lo que vos me das, que no me haga falta el dolor del mundo para ayudar a otros con lo que tengo.

Que aquellos a quienes les falta algo, los ojos, los brazos, las piernas, que sepan descubrir el valor que tienen por sí mismos y todo lo que pueden ayudar con aquello que tienen y también con lo que no tienen, tienen corazón, pueden amar.

La paz del corazón

Meditación para alcanzar la felicidad

Por: Pedro García, Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net

Un hombre célebre pudo decir que la mayoría de las personas son tan felices como deciden serlo. ¿Es esto verdad?

Se seguiría de esto que únicamente no es feliz aquel que no quiere serlo.

Los demás, todos somos felices en la medida que nos viene bien.

Entonces, si somos felices, ¿por qué lo somos? ¿Lo somos porque tenemos todo lo que queremos? No; sino porque tenemos dentro la paz.

Quien tiene la paz del corazón es feliz. Quien no tiene la paz del alma, aunque posea el mundo entero, no es feliz.

Hay muchas cosas que no nos han llegado nunca a nuestras manos, por más ilusiones que hayamos puesto en ellas. Quienes nunca han visto realizados sus sueños, es natural que no se sientan felices.

Si hemos logrado tener muchas cosas y hemos visto realizados muchos sueños, pero se ha perdido lamentablemente, ¿somos o no somos felices? Todo dependerá de que nuestro corazón esté en paz o no lo esté. Con la paz del alma, no nos hacen falta. Sin esa paz, todas seguirán siendo una tortura.

Un escritor célebre nos narra la historia de aquella pareja. Los dos esposos eran campesinos acomodados, y trabajando cada vez más fuerte y con ingenio consiguieron una fortuna inmensa. Desgraciadamente, un día la perdieron del todo, y, para sobrevivir, tuvieron que entregarse los dos al servicio doméstico.
– ¡A barrer el piso y lavar los platos!… ¡A tener a punto los carruajes y a cuidar el césped!…
Esto era muy fuerte para ellos, pero así es la vida y así la tuvieron que aceptar. Por su nombre intachable, y por el aprecio de que todavía gozaban en sociedad, un día fueron invitados a un banquete. Uno de los invitados, haciéndose eco de la reprimida curiosidad de los demás, se decide a preguntar al esposo:
– Diga, ¿cómo se sienten en esta situación tan penosa?
El interrogado responde:
– Cedo la palabra a mi esposa. Ella responderá mejor por sí misma y por mí.
La esposa entonces, muy serena:
– Voy a decir la verdad. Durante muchos años nadábamos en comodidades y todo el mundo nos envidiaba. Nos hemos matado por alcanzar la felicidad y no la conseguimos mientras éramos ricos, porque todo eran preocupaciones. Pero ahora que no nos ha quedado nada, y debemos buscar nuestro pan en casa de otros, ahora hemos hallado la dicha y la paz.
Los comensales no están conformes con estas palabras, y algunos hasta esbozan una sonrisa. Entonces interviene el marido, muy serio:
– No se rían. Ella les ha dicho la verdad. Antes fuimos unos locos. La paz la tenemos ahora, no antes. Se lo aseguramos para su bien.

Podríamos hacer aquí ahora todos alarde de erudición citando casos y casos de hombres y mujeres célebres que hacen confesiones desgarradoras. El mundo entero los tenía por la gente más dichosa, y fueron sin embargo los seres más infortunados.

Un filósofo impío, de fama en todo el mundo y mientras llevaba una vida muy cómoda, que confiesa:
– Se pasan momentos bien tristes cuando se nada en la duda.
Y su amigo el rey, tan impío como el filósofo, que confesaba al ver a los católicos salir de la Misa dominical:
– ¡Estos sí que son felices! ¡Estos creen!

Son dos confesiones muy sinceras, hechas mal de su grado, pero que hubieron de rendirlas a la verdad.

La paz está en el alma creyente y en el corazón que ama y espera. Y esta fe, este amor y esta esperanza solamente las da Dios.

Comprobamos por la experiencia de cada día que todos los caminos que alejan de Dios son caminos equivocados. Y entonces vale lo del poeta:
– Camino que no es camino – de más está que se emprenda, – porque más nos descarría – cuanto más lejos nos lleva.

Una vez más, que vamos a parar a la afirmación de siempre: la dicha verdadera sólo está en Dios y en Jesucristo, que nos dio su paz:
– Mi paz os dejo, mi paz os doy. Yo no la doy como el mundo. Mi paz es diferente.

La paz del corazón es la única paz que trae la felicidad, y esa paz del corazón es un don de Dios. Al decir Jesús que nos daba su paz, Él tenía presente las luchas que habríamos de sostener.

Sin embargo, todos los que en la Iglesia han tenido que sufrir por seguir fielmente a Jesucristo, todos con unanimidad confiesan que en medio de tanta tribulación disfrutaban de una paz muy honda, y daban testimonio de ella con la alegría que destilaban siempre sus palabras y brillaba continuamente en sus ojos.

¡La paz de Dios! No queremos más guerras, para que sin ellas haya más paz en muchos corazones que viven destrozados. Y queremos más paz en los corazones para que no haya más guerras, pues corazones en paz no aceptan la guerra de las armas.

¡Danos tu paz, Señor Jesús! La que el mundo no sabe dar y que Tú guardas en tu Corazón….

Jn. 14,27. – Lincoln – Hyass y su esposa, acomodado de Tolstoy – Voltaire y Federico II de Prusia – M. Machado

 

Dedicación y Liderazgo

Lecciones que nos dieron los comunistas para poder cambiar al mundo

Por: Luis Armella | Fuente: Catholic.net

Me he interesado en estos últimos días por un tema que parece ya trasnochado: el éxito del comunismo. He escogido entre muchos libros que descansan en mi biblioteca uno titulado: Dedicación y liderazgo. Una obra de Douglas Hyde escrita en 1967 que contiene útiles lecciones para aquellos que deseen tener influencia en la sociedad. Pienso ahora en nosotros los católicos.

El autor de la obra ha vivido veinte años en el Partido Comunista Británico y, después de su conversión al catolicismo, pretende ofrecernos algunas lecciones que podemos aprender de los comunistas. ¿Tienen ellos algo que enseñarnos? Parece que sí.

Los comunistas, a pesar de sus errores y fracasos, han triunfado en el modo de encender y lanzar a sus seguidores a la empresa de “cambiar el mundo”. La clave parece radicar, según Hyde, en la dedicación de sus miembros y en la formación que han recibido hasta llegar a convertirse en líderes en medio de la sociedad.

Nunca en la historia de la humanidad un grupo tan pequeño ha ganado un mundo en tan poco tiempo. Ahora han cambiado un poco las cosas pero la realidad ha sido así y no podemos ocultarla. Ya quedan pocos bastiones del comunismo pero las huellas tardarán en borrarse. Y parece que algunos países desean dar marcha atrás.

Al inicio del libro Hyde nos ofrece algunas pistas para descubrir cuál ha sido la causa de un éxito tan fulgurante y eficaz: el trabajo con las minorías en la lucha por conquistar los corazones, las mentes y las almas de los hombres.

Hay que reconocer con el autor que en este siglo, la minoría comunista ha influido más que mayorías tan notorias como el catolicismo y los musulmanes. Han sabido cómo encender el corazón de sus seguidores y les han enviado a una efectiva y significativa acción. Da pena a veces, ver a tantos y tantos jóvenes católicos que viven al margen de la causa de la evangelización. Tal vez nadie les ha sabido motivar o nadie les ha dado la confianza que merecen. ¡Qué pena! ¡Cuánto bien podrían hacer!

Por otra parte, un comunista nunca permitiría que el comunismo quedara en el anonimato y, por ello, lo promovería a través de los medios más eficaces como son, hoy en día, la radio, la televisión y la prensa.

La fortaleza del Comunismo no yace tanto en sus ideas, sino más bien en su gente, y vaya que si la han empleado bien. Según una constatación de Douglas Hyde, muchos de los que solían ingresar en las filas del comunismo habían sido antes católicos. ¿Por qué los comunistas triunfaron con las mismas personas con las que el catolicismo fracasó?

Una de las características claves de los comunistas es la voluntad de sacrificio, el celo y la dedicación. Han aprovechado el idealismo de los jóvenes. Les han ofrecido un cauce para su idealismo. Aprendieron bien que si a un joven se le exige poco, dará poco. Si se le exige mucho, da mucho.

Lo más importante de un líder no es tanto su preparación sino su dedicación. Aunque a la dedicación haya que añadirle obviamente preparación, entrenamiento e instrucción. Me gustaría que los educadores cristianos y los directores de grupos juveniles católicos se tomaran eso muy a pecho.

Las últimas palabras del Ludwig Feuerbach de Frederick Engels son éstas: “Los filósofos solamente han tratado de explicar el mundo; la tarea, sin embargo, es cambiarlo”. Un eslogan muy dinámico: “Cambiar el mundo”.

Marx concluyó su manifiesto comunista con: “Tienes un mundo que ganar”.

Parece que los católicos, a veces, permanecemos mudos y paralíticos en comparación con esos comunistas convencidos. ¿Qué hacemos con el tesoro de nuestra fe, de los sacramentos, del evangelio? Sería bueno que lo compartiéramos con los demás, ¿no?

Las nuevas células comunistas solían venir del contacto con comunistas dedicados o del contacto con el Partido en acción. Las palabras mueven, pero el ejemplo arrastra, como dice la frase popular. Y es muy triste constatar cuántas almas se alejan a diario de las filas de la Iglesia. ¿Por qué? Tal vez faltan católicos convencidos, capaces de atraer a otros.

Los profesores que dan instrucción a los nuevos miembros ponen especial énfasis en la aplicación de esas materias a la vida de cada uno. Su mayor preocupación no es pasar información a otra gente sino formar líderes, prepararles para la acción.

Dice el autor en breve: “Para el cristiano y para muchos otros, el trabajo está divorciado de la creencia. Esto no es verdad en el caso del comunista”.

A cada comunista se le exigía que fuera el mejor en su trabajo, carrera, grupo. Así tendría acceso a muchos lugares y atraería a otros con su ejemplo.

El lema para la propaganda escrita de los comunistas consistía en decir ideas profundas con lenguaje sencillo. El primer paso diario de un periodista comunista debería ser leer la prensa contraria y luego tratar de mejorarla. Se pueden elencar tres objetivos de toda publicación comunista: educar, agitar y organizar.

Estas son algunas de las ideas que Douglas Hyde ha dejado claras en su libro. Me gustaría ver un empeño fulgurante de los católicos por cambiar el mundo, por hacerlo más humano, más evangélico. Y aquí hay algunas pistas para dar los primeros pasos. ¿Quién se apunta?

Un gozo inexplicable

Meditación. Conocer un gozo y experimentar la alegría de la vida apostólica en la Iglesia

Por: Pedro García, misionero claretiano | Fuente: Catholic.net

Hay en el capítulo quinto de los Hechos de los Apóstoles una escena simpática y aleccionadora. Simpática, porque da gusto contemplar a los apóstoles de Jesús en situaciones como aquélla. Y aleccionadora, porque nos ha enseñado para siempre en la Iglesia a mirar las contradicciones como una bendición de Dios, por la alegría que nos causa el poder dar testimonio de Jesucristo cuando el mundo nos persigue o no está conforme con nosotros.

Mientras los apóstoles se sienten felices, los dirigentes del pueblo están que no pueden consigo mismos de tanta rabia como llevan dentro.

El sumo sacerdote y los asambleístas, recomidos de la envidia y del odio, hacen apresar a los apóstoles, los encierran bien durante la noche, y a la mañana siguiente los mandan a buscar para juzgarlos y acabar con ellos.

Mandan a los guardias del Templo a buscarlos, abren las puertas de la cárcel, y la encuentran totalmente vacía. ¿Qué ha pasado? A mitad de la noche, un ángel bajado del Cielo les ha soltado los grillos, los levanta, y les dice:
– Salid fuera, y no dejéis de predicar estas palabras de vida del Señor Jesús.

Echa el ángel las barras de nuevo, sin que los guardias se den cuenta de nada, y, apenas amanece, ya están los Doce en las explanadas del Templo enseñando con entusiasmo a la gente. El capitán de la guardia del Templo manda aviso a los de la Asamblea:
– Aquellos hombres, los que ayer metisteis en la cárcel, siguen enseñando tranquilos al pueblo.
Sin saber qué hacerse, mandan los jefes traerlos sin violencia, porque temen al pueblo. Ya ante sí, les recriminan, disimulando su propio miedo:
– Os habíamos prohibido expresamente predicar en nombre de “ése”, cuya sangre queréis hacer caer sobre nosotros. Toda Jerusalén está revuelta por culpa vuestra…

Pedro, con una gran tranquilidad y muy sereno, les contesta:
– Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. Dios resucitó a Jesús, al que vosotros colgasteis en la cruz. Nosotros somos testigos de todo, y lo es el Espíritu Santo, que Dios da a los que le obedecen. ¡No nos callaremos!

Furiosos, los quieren matar allí mismo, pero interviene Gamaliel, un rabino famoso y respetadísimo, que les hace pensar:
– ¡Cuidado con lo que vais a hacer! Yo os aconsejo que los dejéis en paz. Si lo que predican y hacen es cosa de los hombres, se dispersará y acabará por sí mismo. Pero, si viene de Dios, no podréis vencerlo, y os exponéis a luchar contra Dios. Pensadlo bien.

Gamaliel habla con una sensatez que se ha hecho proverbial, y a cuyas palabras no saben los demás qué responder.

Los asambleístas aceptan la razón, aunque no por eso se van a corregir.

Llaman de nuevo a los apóstoles, a los que han hecho salir para deliberar, y les hacen azotar con los cuarenta latigazos judíos bien dados… Acabada la flagelación, les intiman:
– Podéis marchar libres. Pero, ¡cuidado con seguir predicando en adelante ese nombre de Jesús! Como autoridad del pueblo, os lo prohibimos terminantemente.

Y viene lo gracioso, además de admirable. A la vista de sus jueces, los apóstoles salen dando brincos de alegría, porque han podido sufrir algo por amor a Jesús.

Desde ese mismo momento, desobedeciendo a los jefes, vuelven a la explanada del Templo y se reparten por las casas, a enseñar y a evangelizar la alegría del nombre de Jesús.

Este hecho, tan simpático y singular, nos ha impartido dos lecciones que la Iglesia aprendió bien desde un principio y no las ha olvidado nunca.

La primera, es bien sabida: ¿Acabará algún día la Iglesia, por más que la persigan? Todos los profetas de la defunción de la Iglesia van desfilando por la Historia haciendo cada vez más el ridículo…

Ese obelisco imponente que se alza en la Plaza de San Pedro en Roma, con letras esculpidas hace siglos, lo proclama sin ser desmentido nunca ni por nadie:
– Huid, enemigos. Vence el León de la tribu de Judá… Cristo vence, Cristo reina, Cristo impera.

Han caído los imperios, han caído reyes, han caído dictadores omnipotentes… Sólo Pedro, la cabeza de estos Doce acusados, sigue todavía en pie… Y la Iglesia no se presenta como luchadora con aires de triunfo, sino como servidora humilde del mundo. Pero es que Jesucristo, triunfador de Satanás en la cruz y de la muerte en el sepulcro vacío, infunde a su Iglesia valor, paciencia, constancia…, y la Iglesia se siente segura en quien es su Fundador invencible.

La segunda lección es divina. ¿Cómo es posible alegrarse precisamente cuando llega la hora del dolor?… Es lo que hicieron los apóstoles: salir contentos y felicitándose porque habían podido demostrar a Jesús con la persecución, con el dolor, con el sufrimiento, lo mucho que le amaban. De aquí han nacido esas frases ininteligibles de los gigantes de la Iglesia: O padecer o morir… No morir, sino padecer. Es alegrarse de llevar la cruz con Jesús, para ser como Él y reinar después con Él.

¿Quién puede entonces con la alegría del cristiano? Si el mismo dolor, sufrido con amor por Cristo, nos hace sonreír, y teniendo segura la victoria, ¿cómo no vamos a estar siempre alegres?… .

 

Demacrada por la injusticia

No consideremos descartables a los seres humanos

Por: Reflexiones del Siglo XXI | Fuente: Catholic.net

La mujer de aspecto delicado y como “de buena familia”, está sentada junto a la puerta de una casa, muy desarreglada y demacrada.

Hace tiempo que no consigue trabajo y vive en la calle, porque no puede viajar a la ciudad todos los días desde su casa que ya no sabe cómo está. La calle y el hambre corroen su aspecto delicado, y cuánto más por dentro se irá derrumbando el ánimo por no encontrar trabajo. Con todo esto, su mismo aspecto exterior va cambiando, y este mismo aspecto exterior desarreglado y demacrado por el hambre le impiden conseguir trabajo como en un círculo que se va cerrando sobre su vida. Es cada vez más difícil que la escuchen, que la atiendan, que la entiendan, que no la crean loca.

El amor, la caridad cristiana, no son algo secundario, algo lindo, algo más…, el amor y la caridad cristiana son algo necesario, algo necesario para poder vivir. ¿Qué será de nosotros? ¿Cómo haremos entre nosotros, si no tenemos caridad?

El mínimo de caridad es la solidaridad. Esa solidaridad con la que nos ayudamos unos con otros. ¿Quién puede valerse absolutamente solo en la vida? Qué pasa si no nos ayudamos unos con otros, qué pasa si no tenemos en cuenta el problema, la dificultad del otro… La vida se hace dura, difícil, y vemos cómo algunos pocos viven bien y muchos muchos viven mal, porque nos falta caridad.

El Señor, que nos ha dado el mandamiento del amor, nos dice también que pidamos al Padre, en su nombre, lo que necesitamos. Pidamos que el mismo Señor nos abra y nos ensanche el corazón para ser solidarios y buenos con los demás. “Amaos los unos a los otros”, es el mandamiento de Jesús, y lleva ya 2000 años.

Cuando la tecnología nos permite reciclar todo, no consideremos descartables a los seres humanos.

 

Radiografía de la perversión moral

Meditación. Llamarle malo a lo bueno

Por: Dr. Óscar A. Acosta Camacho | Fuente: Catholic.net

Hoy por la mañana realizamos con éxito la operación de un joven. Llegó hace apenas unas horas al hospital. Sufrió un accidente. La moto quedó destrozada, y también su rodilla.

Lo recibimos en urgencias y casi sin moverlo de la camilla donde venía, lo llevamos a toda prisa a la sala de rayos X, le sacamos radiografías de todo el cuerpo, pues se quejaba mucho de su espalda y de su rodilla.

Después de analizar las radiografías descubrimos que sus dolores se debían a los fuertes golpes del accidente, ya que sólo tenía una fractura en la rodilla. La hinchazón de la pierna se debía a la hemorragia interna. La operación fue rápida: cuestión de coser unos ligamentos y reacomodar un par de huesos.

Al salir del quirófano, mi secretaria me entregó un folder con una inscripción que decía: “Radiografía de la perversión moral” de un tal Eulogio López. Y me dijo: ¡esto si que está grave, doctor! Y se fue.

Yo me sobresalté, y en seguida pensé en lo peor que le puede pasar a un médico, la muerte de un paciente. Leí nuevamente la inscripción: “Radiografía de la perversión moral”, de Eulogio López. Caí en la cuenta de lo que se trataba y murmuré: “pues si se le rompió la moral, eso sí que nadie lo puede curar”.

Abrí el folder y me tranquilicé. Se trataba de un artículo breve donde el autor exponía el hecho de la perversión moral y de los pasos por lo que se llega a ella.

Leí pausadamente todo el artículo. Me llamó mucho la atención una de las primeras frases, que decía: “La perversión moral no consiste en hacer nada, sino en llamarle bueno a lo malo y malo a lo bueno”, sobre todo esto último, llamarle malo a lo bueno.

Y para llegar a esa situación el camino es fácil y sencillo. Se comienza por violentar un principio, una norma ética, es decir, hacer algo malo conscientemente.

El segundo paso es aceptar el mal, sentirse a gusto conviviendo con el mal.

Y el tercer y último paso, que es el más dañino, se da cuando comenzamos a justificarnos, es decir, cuando comenzamos a decir que “no es para tanto”, que “mi intención era buena” y por lo mismo comenzamos a llamarle bueno a lo malo.

En ese momento, aún con las imágenes frescas de la operación, en mi mente, pensé en las radiografías del joven de la moto. Repetí para mis adentros: “menos mal que su problema era sólo la rodilla, pues eso sí tenía solución”.

Pero si este joven hubiera dicho: “no tengo nada, sólo fue un raspón”, “me duele, pero ya se me pasará”, y no hubiera permitido que lo trajeran al hospital, quizás con el tiempo se le pudiera haber soldado mal los huesos de la rodilla. Eso en el mejor de los casos, porque si se le hubiera infectado el derrame interno, terminarían por amputarle la pierna.

Sin embargo, cuando se corrompe la conciencia, cuando la moral se pervierte, ahí ya no hay solución, pues se piensa que “sólo se trata de un raspón que ya pasará”.

La esencia del cristianismo

La santidad no es un pastel que se alcanza con un número determinado de rezos y jaculatorias

Por: P. José Luis Richard | Fuente: Catholic.net

En la parábola del Buen Samaritano, el sacerdote y el levita, “los malos de la película”: no los escogió Cristo al azar. Quiso presentar a las dos clases sociales más nobles de Israel, las más dignas y “puras”. Las dos pertenecían al grupo separado por Dios para su servicio personal. Participaban en todas las ceremonias religiosas, ofrecían los sacrificios, leían su Palabra, predicaban a los fieles… en definitiva, se pasaban una buena parte de su vida rezando en el templo.

Cristo, no obstante, pone en evidencia su dureza de corazón frente al samaritano malherido: después de haberlo visto, dieron un rodeo y pasaron de largo. Quizás para aclararnos que la santidad no es un pastel que se alcanza con un número determinado de rezos y jaculatorias. No es algo que se pega por estar mucho tiempo en el reclinatorio. Ser cristiano auténtico consiste, esencialmente, en una cosa: amar a Dios y al prójimo por amor a Él.

Basta haber leído el Nuevo Testamento para darnos cuenta de la importancia categórica, inequívoca, del gran precepto de la caridad (Jn 13, 34-35). Se puede advertir perfectamente que Cristo no habla de consejo, sino de mandato. De SU mandato. No se trata, pues, de sugerencia de perfección sino de deber, no de posibilidad sino de necesidad hasta el punto de equiparar el amor al prójimo con el amor a Dios, luz universal para todos los hombres.

¡Qué claro y preciso aparece ser una quimera el imaginar que podemos amar a Jesús sin amar sinceramente a nuestros hermanos a costa de nuestro propio egoísmo! El cristiano, el sacerdote, el religioso que no logra ambientar su vida en una atmósfera de caridad, haciéndose todo a todos, puede creerse piadoso, místico, santo, pero no será en realidad sino un iluso porque está fuera del evangelio.

Si pudieran hablarnos, quizás los dos pobres personajes nos aducirían sus “buenas razones” por las que no pudieron detenerse a ayudar al hombre herido. Es posible que uno tuviera prisa por llegar al templo. O a lo mejor el otro creyó que se podía tratar de una persona que estuviese fingiendo. Quizás les pareció que ya estaba demasiado grave y que no valía la pena molestarse…

Yo creo que nosotros seríamos más sinceros en nuestro examen ante las faltas de caridad que cometemos. Reconoceríamos que, en el fondo, la única razón válida es nuestro egoísmo. Por envidiosos, hablamos mal de los demás. Por vanidad, discutimos y no queremos ceder. Nuestra cerrazón nos vuelve insensibles ante las necesidades de las personas que nos rodean. Envidia, cerrazón, vanidad… es decir, por egoísmo. He ahí al culpable. Ahí está esa maldita fuerza de gravedad que nos ata a tierra, la ley por la que todo debe girar en torno a él como un satélite.

Esa resistencia -que es de por sí completamente natural- no se vence con buenas intenciones. Para que la nave espacial supere la fuerza gravitatoria no basta recitar la cuenta atrás y llevar en la mano un plan maravilloso. Necesita quemar depósitos inmensos de carburante antes de atravesar la capa atmosférica. Nosotros también superaremos las dificultades que presente nuestro egoísmo con un gran amor y con un firme y constante trabajo.

Así, aunque la persona que tengo delante me caiga mal, me resulte el retrato fidedigno de la antipatía o me deba alguna… yo actúo mi fe:

Al encarnarse Cristo se ha unido místicamente a la humanidad, de modo que no amar a todos los que pertenecen o pueden pertenecer a su Cuerpo Místico, por medio de la gracia, es no amar a Cristo mismo.

¿Amo a Jesús? ¿Creo en Jesús? Pues debo actuar mi fe y mi amor pensando que Jesús se identifica con los hombres, con cada uno de ellos, de manera que cualquier servicio u ofensa hecho al más despreciable lo considera como hecho a Sí…

En segundo lugar, es preciso un firme trabajo. Vencer el mal con el bien no es tarea de un día. Requiere un ejercicio constante.

Para ello, el buen samaritano nos dio unas buenas pistas:

Se compadeció. No es fácil: a fuerza de ver sufrir, llegamos a acostumbrarnos. O nos parece que nuestro dolor -por ser nuestro- siempre es único o más grande.

Él se acercó. De lejos todo pierde importancia pero cuando sentimos de cerca la necesidad o el dolor de nuestro hermano descubrimos que nuestro amor aún tiene muchas más reservas que nuestro egoísmo.

Le vendó las heridas… le colocó encima de su propio jumento, le llevó a la hospedería y le cuidó… El buen samaritano no se conformó con dar al pobre hombre los primeros auxilios sino que se ocupó plenamente de él, se hizo cargo de todo. Jesús, que fue -no lo olvidemos- el autor de la parábola, nos muestra así, con disimulo, cómo desea que amemos: no más o menos, sino con detalle. No solamente lo estrictamente necesario.

Hay que llegar al detalle y no despreciar las pequeñas ocasiones de sacrificarse dando una muestra de atención, un rostro alegre, una palabra de aliento, una condescendencia en la conversación. Pequeñeces, sí, pero, ¡con cuánta frecuencia, soñando dar la vida por nuestros hermanos, no somos capaces de tomarnos estas insignificantes molestias!