Por las alturas

Meditación. El llamado a la santidad y nuestro actuar.

Por: Pedro García, misionero claretiano | Fuente: Catholic.net

Con bastante frecuencia sacamos en nuestros mensajes la idea y hasta el precepto del Concilio Vaticano II, que nos recuerda a los seglares la obligación de tender a la perfección de la santidad.
La santidad no es un consejo opcional, sino una obligación imperiosa.

Nosotros, hombres y mujeres que llevamos vida de hogar, de trabajo en la oficina, en el almacén o en el campo, somos llamados por Dios a alcanzar las cimas de la santidad.

No voy a hacer ahora una disertación sobre este punto, del cual se nos habla tanto en la Iglesia, especialmente cuando tenemos la oportunidad y la suerte de practicar algún retiro espiritual. Sólo quiero transmitir a nuestros radiooyentes el mensaje que una revista popular lanzó a sus lectores.

Se trata de la pregunta y de la respuesta aparecidas en la sección de consultas de la revista. Decía la pregunta:
– No soy una santa, pero me esfuerzo por ser una buena católica. ¿Cree usted que la Iglesia valora la virtud cristiana de una seglar como yo?

La respuesta de la revista, por medio de una de las redactoras, también seglar, no pudo ser más ingeniosa y certera. La reproduzco al pie de la letra.
* Querida Lety: ¿Quiere que le cuente el cuento de aquellos huevos de gallina y los huevos de águila?… Pues, bien: aquel granjero se encontró con dos huevos de águila que le entusiasmaron. Los mezcló con los de la gallina y los puso a incubar juntos. Se abrieron un día todos, y los dos aguiluchos, mezclados entre tantos pollitos, se vieron absorbidos por ellos en sus costumbres, querían volar, pero sólo atinaban a dar los mismos saltitos de sus compañeros.

El águila madre, entre tanto, buscaba desde el cielo azul con angustia los huevos perdidos. Hasta que sus ojos avizores se fijaron en la granja y vio allí a los dos aguiluchos pequeños.
– ¡Son míos!…, gritó en los cielos.
Se lanza entonces como una flecha hacia abajo, burla al granjero ladrón, los sujeta bien con sus garras, los eleva hasta su nido en las rocas empinadas, y les dice:
– Pero, ¿cómo os contentáis con dar saltitos si debéis volar como vuestra madre?…
Agarra sin compasión a uno, lo lanza fuera del nido, lo sigue vigilante, regresa con él, repite la operación con el otro, y en la siguiente salida volaban los tres juntos con audacia sobre los montes más empinados. *

La respuesta de la revista podía haber acabado aquí, porque todos entendemos la acertada comparación. Pero la consulta proseguía:
* Amiga Lety, ¿le he contestado?… ¡Por favor, no diga que no es una santa! Porque lo es usted y su marido y tantos lectores de nuestra revista. Lo único que me atrevo a decirle como amiga es que no se contente con dar saltos de pollito a ras de tierra, pues está llamada a volar por los cielos espaciosos.

Y, si quiere, le recuerdo lo que he escrito más de una vez. Aquel atrevido entrevistador le preguntó a la Madre Teresa de Calcuta:
– Madre Teresa, usted lleva fama de santa. ¿Es realmente una santa?
Y la célebre monja, sin un pelo de tonta, le respondió tranquila:
– La santidad no es un privilegio, es una obligación. Usted, ¿es santo?…
Y el periodista se marchó dando una vuelta rápida, para no verse en un compromiso peligroso… Lástima que no se quedó, para replicar tranquilo:
– Si, Madre Teresa. Yo procuro ser santo como reportero para los periódicos, igual que usted es santa entre la miseria de los más pobres entre los pobres… *

Bueno, dejamos lo de la revista, aunque seguimos con el mismo pensamiento de la colega escritora.
Nosotros los seglares hemos sido revalorizados en nuestros días dentro de la Iglesia. Siempre había sido así, aunque las maneras de hablar y también nuestras formas de actuar fueron por otros rumbos. Eso no nos favorecía y nos restaba energías para alcanzar un ideal propuesto por el mismo Dios.

Pero esto de sentirnos llamados a la santidad es un honor que se convierte en deber, porque nuestra vida y nuestro actuar han de corresponder a nuestra vocación cristiana.

La fe es una gracia grande de Dios.

Los Sacramentos que Jesucristo dejó en su Iglesia como medio de santificación son otra gracia muy grande también, porque Dios, que nos llama a realizar una gran tarea, pone las herramientas y los instrumentos en nuestras manos.

La oración nos pone en unión continua con Dios, que así trasvasa su santidad a nuestras almas.

El trabajo de cada día y nuestra vida familiar los santificó para siempre con su ejemplo cotidiano durante su vida oculta en Nazaret.

Ante el ejemplo de Jesucristo, nos podemos preguntar:
– ¿Qué nos falta?…
Y nos responderemos:
– Nada. Que no sigamos dando saltos de pollito, cuando nuestro deber es volar audazmente como las águilas….

 

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