Pacificadores del hogar

Meditación sobre la paz

Por: Pedro García, misionero claretiano | Fuente: Catholic.net

No habrá muchas palabras en el diccionario que se usen tanto modernamente como la palabra Paz, una palabra que ahora la vamos a llevar al seno de nuestras familias, como un regalo de Dios.

¡La paz!… Al oír esta palabra, ya nos estamos figurando una paloma con el ramito de olivo en el pico.
O estamos oyendo a Jesús, que dice:
– ¡Dichosos los que trabajan por la paz!…
O nos ponemos a repetir mentalmente la oración inmortal de Francisco de Asís:
– Señor, hazme un instrumento de tu paz…

La palabra paz nos dice muchas cosas cuando estamos metidos en un mundo destrozado por guerras fratricidas.

Pero no vamos a pensar ahora en la paz mundial.
Vamos a limitar el horizonte de nuestra mirada a un campo de batalla en el que podemos trabajar ardorosamente por la paz.

Si ganamos esa batalla, habremos conseguido la felicidad más grande que se da en este mundo.
¿Está fuera de lugar el pensar en la paz para nuestros hogares? ¿No se libra en ellos ninguna batalla? ¿No creemos que hacer en los hogares la paz, trabajar por la paz en los mismos, vivir en ellos la paz, es una empresa que vale la pena acometer?…

En el hogar, no hay que hacer enmudecer los cañones.
En el hogar, no hay que lanzar discursos como en el foro mundial de las Naciones Unidas.
En el hogar, basta poner corazón y hacer que el fuego del amor no se apague nunca.

Al hablar Jesús de la paz, de los trabajadores de la paz, no se refiere sólo y precisamente a los campos de batalla, sino también a otras guerras: a las guerras domésticas, a las guerras de grupo, a las guerras libradas entre nosotros mismos. Y proclama dichosos y felices, porque son los mejores hijos de Dios, a los que trabajan por la paz de los corazones.

Cuando centramos nuestra mirada en el hogar, vemos lo doloroso que resulta vivir en un hogar en guerra. Así como vemos lo feliz que resulta el vivir donde todos nos amamos, todos rezamos juntos, todos trabajamos, todos velamos por la felicidad de cada uno de los que nos apretamos en el nidito del hogar.

Parece que estas dos palabras: hogar y paz, debieran ser inseparables.
Porque no podemos imaginar un hogar en guerra. Ni podemos imaginar la paz reinando en otro lugar más apropiado que en el hogar.
Si la familia no se siente unida en el amor, el hogar se convierte, tarde o temprano, en un campo de batalla. Y será una batalla que no acabará con la victoria de ninguna de las partes en liza, sino con la derrota de todas las partes. La paz, entonces, será un imposible para siempre en el seno de esa familia. Todos se sentirán dolidos y humillados con la derrota.

Mientras que cuando existe el amor en la familia, se apagan como por ensalmo los primeros ruidos de las armas, a las que se les hace callar siempre con energía y decisión, de modo que no se alcen nunca contra ese don inapreciable de la paz en el hogar.

El hogar de la tierra debe ser tal que nos adelante ya, de algún modo, el hogar en que esperamos pasar nuestra vida eterna, con un Dios por Padre, con María como Madre, con todos los Santos como hermanos, y con la multitud de los Angeles como la mejor compañía…

Encontré por ahí la famosa oración de San Francisco de Asís acomodada al hogar. Me la copié. Me la hice mía con libertad. Y quiero acabar este mensaje de hoy con esa aspiración tan bella, dirigida a Dios en nombre de todos los hogares a los que llegan los mensajes de nuestra Emisora. Que nuestras voces, unidas todas en el amor a nuestras queridas familias, se claven ardorosas en el corazón de Dios:

Haz, Señor, de nuestro hogar un rinconcito de tu amor, un nido acogedor y caliente.
Que no haya en él injuria, porque Tú nos das comprensión.
Que no haya amargura, porque Tú nos bendices con la suavidad de tu gracia.
Que no haya egoísmo, porque Tú nos alientas a ayudarnos unos a otros generosamente.
Que no haya rencor, porque Tú nos enseñas a perdonarnos nuestras diferencias.
Enséñanos a marchar hacia ti en nuestro caminar diario.
Haz que cada amanecer nos encuentre el sol con la ilusión de la entrega y la sonrisa a flor de labios.
Bendice nuestro amor de esposos y padres.
Bendice a nuestros niños pequeños.
Guarda puros e ilusionados a nuestros hijos adolescentes y jóvenes.
Derrama la mejor de tus gracias sobre los ancianos y enfermos de la familia.
Que nos ayudemos todos, que nos consolemos siempre, que vivamos en felicidad ininterrumpida.
¡Virgen nazarena, que nuestro hogar sea como aquel tu hogar bendito!…

Cuando Jesús proclamó como dichosos hijos de Dios a los que trabajan por la paz, ¿tendría ante todo presentes a los que hacen de su hogar un nido de amor?
¿No pensaría también en María su Madre y en el bueno de José?… Pensase o no pensase, lo cierto es que no se ha dado en la tierra una mansión de paz como aquella de Nazaret, en que le tocó vivir a Jesucristo, el Príncipe de la Paz….

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *