El jubileo no ha terminado

Meditación. La alegría del año jubilar

Por: Fernando Pascual | Fuente: Catholic.net

El año jubilar todavía no se acaba. Nos quedan varios meses para disfrutar del Gran Jubileo.

La palabra “jubileo” viene de una palabra hebrea, yobel, que significa “júbilo”, que según el diccionario , es “viva alegría, y especialmente la que se manifiesta con signos exteriores”.

Pero no todos han visto en el año 2000 un año de alegría. Enfermos desesperados, pobres abandonados, ricos amargados, hambrientos enfermizos, ¿son felices? ¿Pueden ser felices sólo porque se encuentran en el año 2000?

Y es que hay dos modos de vivir alegres. El primero, dando nuestra alegría a los demás. El segundo, recibiendo y compartiendo la alegría ajena. El año jubilar que iniciamos indica, precisamente, que Alguien quiso participar su alegría con nosotros. Nos llena de un especial consuelo el ver que una persona querida nos dedica tiempo, nos da su cariño, nos acompaña en un momento de dolor y sufrimiento.

El año 2000 nos dice precisamente que un Alguien divino ha roto los agujeros de nuestra atmósfera para caminar bajo los mismos rayos de sol que nos queman en la playa o nos hacen sudar en una oficina sin aire acondicionado, para beber de las aguas que alegran las fuentes de nuestros pueblos y aldeas, para sufrir, como nosotros, las injusticias y vencerlas con el perdón y el amor de la cruz.

El año 2000 encierra un momento jubilar para todos y cada uno de los que empolvamos nuestros pies en este planeta multicolor. Quien recibe la alegría del verse amado por Dios no puede no contagiar a los que viven amasados junto al carro de la propia vida. El amor es contagioso, como la alegría.

En los primeros siglos de la era cristiana alguien dijo que el bien “se difunde por sí mismo”. En el segundo milenio un autor medieval, Ramón Llull, no dudada en escribir: “Si no supiera qué es amor, sabría qué cosa es trabajo, tristeza y dolor”. Y es que sólo cuando no se ama todo comienza a ser pesado, y el “júbilo” no puede entrar en nuestras vidas.

En el siglo XX ha habido mucho trabajo, mucha tristeza, mucho dolor. Quizá no hemos aprendido a amar. Pero quien se ha lanzado por el camino del amor, ha podido correr, volar, difundir un fuego que difícilmente se podía detener.

Cada noche se ven en el cielo millones de estrellas que brillan. Cada día susurran sobre nuestras cabezas miles de pequeños insectos que vienen y van, alocados, para conseguir un segundo más de existencia. Cada minuto tomamos decisiones que nos dejan satisfechos o descontentos, felices o amargados.

En el año jubilar deberíamos poder orientarlo todo con la mirada puesta en esa estrella que no gira, por más que cambien las demás constelaciones de sitio cada noche. Cristo sigue allí, con su paz infinita, con el señorío de la Cruz, con la esperanza de la Resurrección.

No es un sueño. Por una ilusión no se da la vida. Por Cristo hasta la muerte, la calumnia, el fracaso, la enfermedad, puede recibir una nueva luz, una nueva forma, una sonrisa jubilar.

El año 2000, desde luego, acabará. Pero Cristo seguirá en todos aquellos corazones que le hayan dejado el lugar de honor. Y así el júbilo del jubileo continuará, quiéralo Dios, durante muchos días, meses y años del milenio que iniciaremos bajo el signo de la cruz de Cristo.

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