Mar adentro

Meditación. Vivir con pasión el presente

Por: Enrique Cases | Fuente: Catholic.net

Después del jubileo nada será igual, ha dicho el Papa después de la fiesta de Epifanía en que ha concluido este año tan lleno de sucesos que debemos asimilar. Es natural que después de una época de gran actividad venga como un decaimiento, o cansancio, por lo mucho que se ha hecho, como al finalizar una dura tarea; pero Juan Pablo II no ceja y pone a la Iglesia ante el reto de un nuevo milenio que comienza. Ninguno de los que hemos empezado el siglo XXI llegaremos al final del milenio, pero todos dejaremos huella en los años que nos siguen. El Papa anima a vivir con intensidad estos años, pues se cumplirán los decretos salvadores de Dios con los hombres, pero no sin nosotros.

La carta Novo Millenio ineunte comienza y acaba con una frase de Jesús pronunciada poco antes de la primera pesca milagrosa: remad mar adentro y utiliza la versión latina de duc in altum. Poco podían pensar aquellos pescadores, incipientes discípulos, que tras su obediencia y su generosidad vendría el milagro de la pesca abundante y su seguimiento definitivo al Maestro. “Duc in altum! Esta palabra resuena también hoy para nosotros y nos invita a recordar con gratitud el pasado, a vivir con pasión el presente y a abrirnos con confianza al futuro: « Jesucristo es el mismo, ayer, hoy y siempre » (Hb 13,8)”(NMI 1).

Pienso que este remad mar adentro tiene muchas interpretaciones, pero se puede unir a la frase inicial del pontificado de Juan Pablo II que ha repetido muchas veces: “No tengáis miedo”. Pues se trata de adentrarse en situaciones que parecen difíciles y tumultuosas, pero a las que se puede transformar, con la gracia de Dios, en fuente de bien y de salvación. Se trata de decidirse de verdad en la lucha por la santidad, sin miedos ni cobardías, con todo lo que lleva consigo de generosidad, de fe, de confianza, de amor. Se trata de ser almas de oración, con oración continua en medio del mundo, si Dios nos concede ese gran don. Se trata de sembrar el mundo de paz y de alegría a través de un apostolado comprometido, de santificar los caminos divinos de la tierra: la familia, la sociedad civil, los estados, las ocupaciones profesionales, la diversión, y hasta el descanso. Se trata de llegar a nuevos ambientes y culturas sin evangelizar en un mundo globalizado en algunos aspectos, pero aún no en la llegada del mensaje de Cristo. Se trata de recrear una nueva cultura sanada de los orgullos humanos y abierta a la verdad. Se trata de crear la civilización del amor tantas veces predicada.

Remar para adentro llevará a que se repita la eficacia pescadora de los primeros. Recordemos las palabras de Juan Pablo II al final de su carta apostólica: “¡Caminemos con esperanza! Un nuevo milenio se abre ante la Iglesia como un océano inmenso en el cual hay que aventurarse, contando con la ayuda de Cristo. El Hijo de Dios, que se encarnó hace dos mil años por amor al hombre, realiza también hoy su obra. Hemos de aguzar la vista para verla y, sobre todo, tener un gran corazón para convertirnos nosotros mismos en sus instrumentos. ¿No ha sido quizás para tomar contacto con este manantial vivo de nuestra esperanza, por lo que hemos celebrado el Año jubilar? El Cristo contemplado y amado ahora nos invita una vez más a ponernos en camino: « Id pues y haced discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo » (Mt 28,19). El mandato misionero nos introduce en el tercer milenio invitándonos a tener el mismo entusiasmo de los cristianos de los primeros tiempos. Para ello podemos contar con la fuerza del mismo Espíritu, que fue enviado en Pentecostés y que nos empuja hoy a partir animados por la esperanza « que no defrauda » (Rm 5,5)” (NMI 58).

Un alma observadora

Meditación. Tomar el gran riesgo de la fe

Por: P. José Luis Richard | Fuente: Catholic.net

El preso era un ladrón, un malhechor. No sabemos qué hizo ni qué robó, pero sin duda fue algo grave, pues estaba condenado a la muerte. Ahí, en la cárcel, este ladrón a quien llamamos “el bueno” aguardaba su crucifixión.

Dios en su misericordia infinita siempre ofrece una oportunidad, una puerta para el rescate. Y a este ladrón le da la gracia de ser crucificado con Cristo.

En la cárcel el ladrón pudo seguir el drama de Cristo, desde su llegada, su primera audiencia con Pilato, los azotes, (que quizás él había ya experimentado), la cruel coronación de espinas, el juicio, la liberación de Barrabás, y su preparación inmediata para ser crucificado con él. Tal vez conocía a Cristo y su ministerio público en Jerusalén. Quizás lo había escuchado predicar, o había visto alguno de sus milagros. Y todo el tiempo se preguntaría: “¿Por qué van a crucificar a éste? ¿Qué ha hecho éste de malo?”

Comienza a seguir los pasos de Cristo hacia el Calvario. Observa.

Los condenados se abren paso entre la muchedumbre que se agolpa a cada lado del camino y los cubre con insultos. Los dos ladrones van detrás de Cristo, también con el pesado madero a cuestas, pisando el ardoroso y duro camino. Ven a Cristo caerse, y cómo tambalea para levantarse y continuar. Lo ven pararse y dirigir la mirada a su dolorida Madre. Cuando Cristo cae una vez más, los soldados obligan a un hombre a que lleve la cruz. El buen ladrón mira de cerca a Cristo, que se apoya en una rodilla en el suelo. La cara está cubierta con sudor y polvo, y la sangre que fluye a causa de las espinas escurre sobre la frente y las mejillas. Y Cristo, con determinación heroica, se levanta y emprende de nuevo el camino, como quien tiene una meta por alcanzar.

En la cumbre de la colina se detiene la comitiva. El buen ladrón mira cómo crucifican a Cristo. Lo levantan y clavan los pies al tablero vertical de la cruz. El ladrón se fija que rehúye la bebida de mirra. Admira su aspecto sereno y seguro. Le parece que quiere sufrir al máximo, como si tuviera una gran razón para ello. Y mientras el ladrón sufre la misma tortura, oye que Cristo perdona a sus verdugos, a sus jueces, a todos. ¿Cómo es posible perdonar mientras le están torturando? ¿Quién es este Cristo? ¿No será el Mesías? Pero, entonces, ¿por qué no nos salva de la cruz?”

Pasan las horas y poco a poco el misterio de la cruz empieza a penetrar en el corazón del buen ladrón. En el sufrimiento ha ido conociendo a Cristo. Reprocha al otro condenado cuando éste lo ultraja. Reconoce en Cristo al Inocente que sufre por nosotros y al Rey del universo. Reconoce su propio pecado, su debilidad y su necesidad de Cristo. Toma el gran riesgo de la fe y apela desde su cruz al trono de Cristo. Acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino. Sólo pide la misericordia de este Rey, sin excusas, sin justificaciones. Con una fe y una humildad totales y unido, desde su cruz, a la de Cristo. Y Cristo le responde con una generosidad incomparable. Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso.

Así es la vida del hombre: un árbol cuyas hojas muchas veces impiden ver el cielo. Pero el misterioso designio de Dios guarda para cada hombre un momento misterioso en el que se desvela a Sí mismo a través de las ramas ya desnudas de sus años, experiencias y deseos, que ha sentido estériles y cansados sin Él.

La irrupción de Dios en nuestras vidas

Meditación. La respuesta al llamado

Por: P. Carlos M. Buela | Fuente: Catholic.net

Una de las cosas de las que los hombres no quieren darse cuenta es cómo Dios interviene poderosamente en la historia de los hombres. ¡Tantas personas a las que pareciera que Dios les molesta y que, por tanto, no les importa darse cuenta de esa realidad! Pero Dios es Dios y Él es grande, y Él interviene en la historia de los hombres a pesar de que sean tantos los que no lo perciben.

Hay también un problema que –por estar uno mezclado en el asunto– no llega a darse cuenta, porque “nadie es buen juez en su propia causa”. Y por eso puede llegar a darse que nos olvidemos de cómo Dios irrumpe en nuestra vida personal, de una manera insoslayable. Es el caso de cuando Cristo irrumpe en la historia personal de Pedro, Andrés, Santiago y Juan, llamándoles a seguirle. Pero bastaría recordar cómo, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, Dios irrumpió en la historia de tantos personajes. Por ejemplo, en la historia personal de Abraham, «nuestro padre en la fe»: «Vete de tu tierra, y de tu patria, y de la casa de tu padre, a la tierra que yo te mostraré. De ti haré una nación grande y te bendeciré. Engrandeceré tu nombre; y serás tú una bendición. Bendeciré a quienes te bendigan y maldeciré a quienes te maldigan. Por ti se bendecirán todos los linajes de la tierra» (Gn 12, 1-3).

Dios irrumpe en la historia personal de Moisés: «Cuando vio Yahveh que Moisés se acercaba para mirar, le llamó de en medio de la zarza, diciendo: “¡Moisés, Moisés!” El respondió: “Heme aquí”. Y añadió: “Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. (…) Bien vista tengo la aflicción de mi pueblo en Egipto, y he escuchado su clamor en presencia de sus opresores; pues ya conozco sus sufrimientos. (…) Ahora, pues, ve; yo te envío a Faraón, para que saques a mi pueblo, los israelitas, de Egipto”. Dijo Moisés a Dios: “¿Quién soy yo para ir a Faraón y sacar de Egipto a los israelitas?” Respondió: “Yo estaré contigo…”» (cf. Ex 3, 4-12).

Dios irrumpe en la historia personal de todos los profetas del Antiguo Testamento, en la vida de los grandes Profetas Isaías, Jeremías, Ezequiel, Daniel –los llamados “Profetas Mayores”–, y en la vida de los profetas menores, como Jonás, Amós, Joel… Baste como ejemplo, la intervención de Dios en la vida del profeta Jeremías que le hace exclamar: «Tú me sedujiste, Señor, y yo me dejé seducir» (20, 7).

Pero no sólo los profetas y los grandes del Antiguo Testamento fueron llamados. ¡Cuántos lo fueron en el Nuevo Testamento! Los Apóstoles fueron llamados, los primeros discípulos fueron llamados, y a través de los siglos, una multitud de hombres y mujeres, niños, jóvenes y ancianos son llamados por Dios a la salvación eterna, son llamados a la santidad, son llamados a participar de la bienaventuranza eterna. Pero hay un llamado muy especial, una vocación del todo particular, que es el caso de nosotros, que somos llamados para ser sacerdotes del Altísimo. «Y nadie se arroga tal dignidad –la del sacerdocio– sino el llamado por Dios, como lo fue Aarón» (Hb 5, 4), enseña San Pablo. Y esto es aplicable tanto al sacerdocio ministerial como al sacerdocio común de los fieles: todos son llamados. Pero en el caso del sacerdocio ministerial, nuestra llamada es distinta de la llamada de los sacerdotes del Antiguo Testamento. Aquel sacerdocio era de tipo carnal, pues era hereditario, y entonces, era algo que se transmitía de padres a hijos. En cambio, en el Nuevo Testamento, el sacerdocio no es hereditario. En el Nuevo Testamento como Cristo trajo la «ley de la libertad», esa ley nueva que consiste principalmente en la gracia del Espíritu Santo, el sacerdocio no puede ser hereditario sino que los que son llamados a participar del mismo, son llamados libremente y libre debe ser la respuesta: debe ser llamado «como Aarón» (Cf. Hb 5, 4).

¿Y por qué Dios elige a éste sí y a éste no? ¡Andá a pregúntale a Dios! Así es una estupidez decir: «Este va perseverar porque tenía inclinación desde chiquito y entró al Seminario Menor», como he escuchado decir. Es cierto que son muchísimos los casos que son llamados desde muy pequeños. Yo recuerdo que le pregunté al padre Meinvielle específicamente: «Padre, ¿desde cuando tiene Ud. vocación?», y me respondió: «Dss… desde siempre». Pero no es la llamada en temprana edad la que da la perseverancia en la vocación. Quien piense que la vocación es algo natural, que le viene por cierta inclinación connatural a lo religioso, es un tonto, no va a perseverar. Quien tiene el deseo de consagrarse a Dios, debe saber, como enseña Santo Tomás de Aquino, que la vocación es algo que excede la naturaleza humana: es una intervención de Dios en la historia personal de cada uno de los que son llamados.

Dios interviene en la historia de los hombres, por tanto, Dios interviene en mi vida. Eso es algo –repito– que excede las fuerzas de la naturaleza humana. Y por eso añade Santo Tomás que «eso es obra de Dios que conduce por caminos rectos». Luego, cuando ya se ha dado el paso de seguir el llamado de la vocación, los que tienen que mirar son los superiores: a ver si hay idoneidad, si hay rectitud de intención, etc. Pero no le compete a ellos dar la vocación sino juzgar si realmente existe.

En el Evangelio vemos a Pedro y Andrés, a Santiago y a Juan, en las playas de Cafarnaúm, a orillas del Mar de Galilea, donde hoy hay descubrimientos arqueológicos extraordinarios. En 1976, el padre Vigilio Corbo descubrió una Iglesia bizantina que comenzó a construirse hacia finales del siglo IV (d. C.) y fue terminada poco después de mediados del siglo V (d. C.), y bajo ella una casa del siglo primero convertida en Iglesia: ¡nada menos que la casa de San Pedro, donde tantas veces se albergó Nuestro Señor Jesucristo!. Pues bien: allí, en esa costa, Jesucristo les dijo estas palabras a Pedro y Andrés: «Seguidme y yo os haré pescadores de hombres» (Mt 4, 19; Mc 1, 17). Los llamó a una “vocación” particular como también nos ha llamado a nosotros. Y esta vocación es algo tan espiritual y sobrenatural, de ninguna manera falsificable por los hombres, que exige dos cosas que muy difícilmente llegan a comprender nuestros familiares. Son dos elementos que generalmente no suelen comprender algunos. ¿Cuáles son esas dos cosas que nos exige la vocación?

1º. Prontitud.

Si Dios llama, el hombre debe responder, y por eso la respuesta debe ser pronta. Como aparece dos veces en la llamada a los Apóstoles: «Y ellos al instante, dejando las redes, le siguieron» (Mt 4, 20); «Y ellos al instante, dejando la barca y a su padre, le siguieron» (Mt 4, 22). Lo siguieron inmediatamente, con prontitud, «sin consultar a la carne ni a la sangre», como aparece en la llamada del Apóstol San Pablo: «cuando Aquel que me separó desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia, tuvo a bien revelar en mí a su Hijo, para que le anunciase entre los gentiles, al punto, sin pedir consejo ni a la carne ni a la sangre…» (Gal 1, 15-16). El gran San Ambrosio, cuando glosa en su Comentario a Lucas la ida de María Santísima a la casa de Santa Isabel, al explicar por qué «se levantó María y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá» (Lc 1, 39), tiene una hermosa expresión aplicable a la gracia de la vocación: «la gracia del Espíritu Santo es una gracia presurosa».

Por eso, hay que darse cuenta de que Dios irrumpe en nuestra historia y por eso mismo la respuesta debe ser con prontitud. Es nada menos que Dios quien está llamando. Y esto vale no sólo para entrar al Seminario, es decir, para dar el primer paso en concreto en el seguimiento del llamado, sino que la prontitud es una cosa de todos los días. El llamado al servicio de Dios continúa cada día, y por ello exige rapidez y prontitud en el servicio del Señor. ¿Por qué vienen las crisis vocacionales? Porque se deja de percibir y de darse cuenta que Dios irrumpe de manera personal en la propia historia y que esa respuesta ha de tener una respuesta pronta porque es Dios el que llama.

2. Abandono de todas las cosas que no son Dios.

Generalmente Dios elige lo más inservible. ¡Miren sino…! Siempre se sigue cumpliendo lo del Apóstol San Pablo: «¡Mirad, hermanos, quiénes habéis sido llamados! No hay muchos sabios según la carne ni muchos poderosos ni muchos de la nobleza. Ha escogido Dios más bien lo necio del mundo para confundir a los sabios. Y ha escogido Dios lo débil del mundo, para confundir lo fuerte. Lo plebeyo y despreciable del mundo ha escogido Dios; lo que no es, para reducir a la nada lo que es. Para que ningún mortal se gloríe en la presencia de Dios» (1Co 1, 26-29).

No deja de cumplirse lo del padre Nicolás Mascardi, mártir jesuita en nuestra Patagonia: «Dios elige los instrumentos más viles –nosotros– para que más luzca el poder de la divina mano». ¡Para que más brille el poder de Dios! Pues bien, ese llamado requiere de mi parte el abandono de todas las cosas, como hicieron los Apóstoles: «Y ellos al instante, dejando las redes, le siguieron» (Mt 4, 20); y a continuación: «Caminando adelante, vio a otros dos hermanos, Santiago el de Zebedeo y su hermano Juan, que estaban en la barca con su padre Zebedeo arreglando sus redes; y los llamó. Y ellos al instante, dejando la barca y a su padre, le siguieron» (Mt 4, 21-22). Aquí están expresadas los dos elementos: la prontitud en la respuesta y el abandono de todas las cosas. San Lucas expresa la entrega total: «Llevaron a tierra las barcas y, dejándolo todo, le siguieron» (Lc 5, 11).

Podría uno opinar: «¿qué es lo que dejaron? ¡Apenas unas redes, que estarían podridas…!» Pero no es eso lo importante. ¿Qué es lo que importa? Lo que importa es la disposición espiritual: ¡Dios llama…! Hijito, ¡quemá todo!

Ese es el gran trabajo. No es solamente el gran trabajo de dejar las cosas, sino el trabajo de tener siempre la disposición de abandonarlo todo, ¡todo!, absolutamente todo por Dios. Por eso yo pienso que en cada vocación hay como un «desgarrón místico». Sería algo para estudiar mejor, pero pienso que hay elementos místicos en el abandonar la familia, el trabajo, los amigos, las costumbres, ¡el barrio!, la patria, la inclinación natural a formar una familia, los propios hijos… por seguir a Cristo. Y ese «desgarrón» puede que continúe durante toda la vida; cuando uno se encuentra cosas que son cosas a las que uno a renunciado, pero uno se las encuentra… Y si el sacerdote no presta atención, el diablo podría llevarlo hasta la pérdida del sacerdocio. No la pérdida del sacerdocio en cuanto tal, que imprime carácter y por tanto es un sacramento imborrable, pero si la pérdida del ejercicio del ministerio, como tantos casos que se ven en nuestros días.

Por eso, puesto que estamos inmersos en ese misterio, el misterio de la vocación, sabiendo que la iniciativa ha sido Él, debemos corresponder al mismo con prontitud y abandonando todas las cosas que Él nos pida. Ese llamado exige rapidez, prontitud de respuesta y de generosidad.

Termino con esto: ¿Dónde podemos ver de un modo espléndido este misterio del llamado de Dios? ¡En la Misa!, en la Misa que es una cosa de locos…, si se me permite la expresión, ya que allí Cristo actualiza la locura de amor de su sacrificio en la cruz. ¿Y por qué se ve el misterio de la vocación en la Santa Misa? Principalmente porque en la Misa se hace presente la Iglesia una, santa, católica, apostólica. La Iglesia es la «Convocada», la «Llamada» por excelencia. En la Misa se da esa llamada de Dios que nos ha llamado a participar del sacrificio de Cristo en la cruz. Aquí trabaja de una manera del todo particular el Espíritu Santo con cada uno de nosotros. Debemos aprender nosotros a escuchar este llamado y a saber responder con prontitud y generosidad, y aprenderlo en la Misa por mediación de María.

Contemplar el rostro de Cristo

Meditación acerca del mensaje de la Novo Millenio Ineunte

Por: Juan Carlos Ortega | Fuente: Catholic.net

“En mi negocio, prefiero emplear a personas de otras creencias pues son más puntuales, responsables y honestas que los católicos”. A duras penas logré, después de una larga conversación, convencer a un empresario que su afirmación no era del todo cierta. Pero tal diálogo me dejó una inquietud a la que el Papa responde en la carta apostólica “Al comienzo del nuevo milenio”. La celebración del jubileo nos ha dejado una certeza: Jesucristo, al igual que hace dos mil años, sale al encuentro del hombre de hoy con sus alegrías, ansias y dolores. Si a los hombres “se les presenta a Cristo con su verdadero rostro, ellos lo experimentan como una respuesta convincente y son capaces de acoger el mensaje, incluso si es exigente y marcado por la Cruz” (n.9). En este sentido la misión de la Iglesia y de cada uno de los católicos se convierte en mostrar el verdadero rostro de Jesús a los demás.

Hoy, como aquellos griegos que se acercaron al apóstol Felipe, los hombres preguntan: “Queremos ver a Jesús” (Jn 12,21). En efecto, “los hombres de nuestro tiempo, quizás no siempre conscientemente, piden a los creyentes de hoy no sólo ´hablar´ de Cristo, sino en cierto modo, hacérselos ´ver´” (n.16). Esto es lo que el empresario pedía a sus empleados católicos.

“Ciertamente no es fácil creer” (n.19). En la actualidad muchos hablan de Jesucristo, pero lo que realmente necesita el mundo de hoy no son palabras sino testimonio, es decir, reflejar en nuestro actuar el modo de pensar, hablar y comportarse de Cristo. ¿Cómo podemos hacer para que los hombres vean en nuestro actuar a Jesús, y no solamente nos oigan hablar de Él? El Papa nos ofrece una pista: “nuestro testimonio sería enormemente deficiente si nosotros no fuésemos los primeros contempladores de su rostro”. Por lo tanto, si queremos que los demás encuentren en nosotros a Cristo es necesario que primero lo conozcamos nosotros. El camino del conocimiento del Señor no es fácil y no siempre se alcanza. Muchos hombres y mujeres conocieron a Jesús de Nazaret durante sus años de vida terrena. Pero, ¿qué descubrieron en Él? Al preguntarles su opinión sobre Jesucristo respondieron: “Unos que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que Jeremías o uno de los profetas” (Mt 16,14). El Papa anota: “Respuesta elevada, pero distante – ¡y cuánto! – de la verdad” (n.19). En cambio, Pedro responde algo muy diverso: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16,16). Si todos contemplaron al mismo Jesús, ¿por qué responden de modo diverso? El Papa nos sigue ayudando: “Las palabras con que Jesús acoge la confesión de Pedro nos da una indicación clarificadora: ´No te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos´ (Mt 16,17). La expresión ´carne y sangre´ evoca al hombre y el modo común de conocer. Esto, en el caso de Jesús, no basta.” (n.20). Si nos fijamos bien, la respuesta de la gente incluye elementos positivos, pero no alcanza la verdad. “El pueblo llega a entrever la dimensión religiosa realmente excepcional de este rabí que habla de manera fascinante pero no consiguen encuadrarlo más allá de los hombres de Dios que marcaron la historia de Israel. En realidad, ¡Jesús es muy distinto!” (n.19). No basta un conocimiento meramente humano para conocer la verdad de Jesucristo y de su doctrina. A nosotros nos puede pasar lo mismo. Hemos oído hablar del Señor, de sus obras y su doctrina. Nuestras palabras reflejan elementos positivos:
un Señor justiciero, o por el contrario muy bonachón; o un Cristo social y político. Éstos aspectos encierran elementos de valor pero no son la verdad sobre el Hijo de Dios. ¿Qué nos falta?

El evangelio ofrece otro dato cuando anota que “el diálogo con los discípulos se desarrolló mientras Jesús ´estaba orando a solas´ (Lc 9,18)” (n.20). El Papa comenta: debemos “tomar conciencia del hecho de que a la contemplación plena del rostro del Señor no llegamos sólo con nuestras fuerzas, sino dejándonos guiar por la gracia.

Sólo la experiencia del silencio y de la oración ofrece el horizonte adecuado en el que puede madurar y desarrollarse el conocimiento más auténtico, fiel y coherente del misterio del Hijo de Dios”. Nuestra capacidad humana alcanza algunos elementos del misterio del Salvador.

Estos pocos elementos nos puede encandilar y pensar que ya conocemos a Cristo, pero no es así. Sólo el don de la fe nos permite alcanzar al único y verdadero Señor y, en consecuencia, vivir con coherencia y autenticidad nuestra vida cristiana, reflejando el rostro de Jesucrist

 

Para un Mundo Mejor

Meditación. Juan Pablo II dice: “La construcción de un mundo nuevo es responsabilidad de los seglares”

Por: Pedro García, Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net

Al declinar el siglo XX, y asomarse el Tercer Milenio con el siglo XXI, el Papa Juan Pablo II recibió a los Obispos de Namibia, una pequeña nación africana, pero que ofrece grandes esperanzas para la Iglesia. Y les marcó unas rutas que bien podrían ser un programa de acción para todos los seglares que nos sentimos comprometidos con la misma Iglesia en la construcción de un mundo nuevo, de un mundo mejor.

El Concilio nos dijo que a nosotros, los seglares, nos toca ser el fermento dentro de la masa. La sociedad nos la ha encomendado Dios especialmente a nosotros, que trabajamos dentro de ella. Nosotros somos los que debemos consagrar el mundo para Jesucristo.

Con este pensamiento bien claro en su mente, el Papa les dictaba a aquellos obispos:
Animad a vuestros fieles, los laicos,
– en el testimonio de honestidad que deben dar dentro de la administración pública;
– en el respeto a la ley;
– en la solidaridad con los pobres;
– en la promoción de la igual dignidad de la mujer;
– y en la defensa de la vida humana, desde la concepción hasta el momento de la muerte natural.

Cualquiera diría que el Papa no dice nada… , y nos está trazando un programa que es capaz de convertir al mundo en un paraíso. Nos permitimos una observación sobre cada uno de estos puntos.

Nuestra América Latina, continente de tan grandes esperanzas, tiene planteados también unos problemas que requieren la máxima atención.

El primero es el de la pobreza que sufren grandes masas en nuestras repúblicas. Ha estado muy de moda el echar la culpa a la desigualdad en la distribución de la riqueza, y este ha sido el latiguillo que ha esgrimido la tan traída y tan llevada Teología de la Liberación.

Pero, voces muy autorizadas de organismos internacionales, y no de la Iglesia, señalan el verdadero mal cuando dicen que se debe a la corrupción administrativa. Podemos estar plenamente de acuerdo con este juicio.

Si la producción nacional sirve para hinchar los bolsillos y las cuentas corrientes de una burocracia interminable, los bienes de la nación no resolverán nunca la situación de los ciudadanos menos favorecidos.

Entonces, se impone la honestidad en los ciudadanos. No se puede admitir la corrupción. Y los cristianos somos los primeros en querer dar el ejemplo debido.

Todo se basa en el respeto a la ley. A la ley entera. Porque no hay legislación legítima -como es la Constitución de la República- que no se fundamente en Dios, en esos Diez Mandamientos que nos sabemos de memoria.

Un ciudadano de Suecia, ni creyente cristiano ni practicante de ninguna religión, va a un país católico y, para evadir el impuesto en un gran negocio, le insinúan que haga una doble factura, la verdadera y una falsa. Persona muy honesta, aquel no creyente responde al empresario católico:
– Pero, obrando ustedes así, es imposible gobernar. La ley merece respeto.

La lección no la dio el que sabía el Evangelio, sino el que lo practicaba sin conocerlo…

La solidaridad con los pobres ha venido a ser hoy día una feliz obsesión dentro de la Iglesia.

Los pobres se han convertido en la niña de los ojos de cuantos aman el Reino de Dios.
Hoy la palabra caridad se traduce ante todo por justicia: con el trabajador, con el necesitado, con el marginado en la sociedad.

Si Jesucristo puso sus preferencias en los pobres, los pobres se llevan también los mimos y los cuidados solícitos de los seguidores de Jesucristo.

La mujer está hoy más de moda que nunca. ¡Gracias a Dios! Porque la sociedad -y más que nadie la Iglesia- se da cuenta de que no puede seguir una diferencia intolerable allí donde Jesucristo dio igualdad plena de derechos.

La diferenciación de sexos podrá establecer diversidad de funciones, pero no podrá permitir ninguna esclavitud allí donde existe la misma dignidad personal.

Finalmente, la paz es el sueño dorado de las naciones.

Pero nos podemos preguntar: ¿cómo podrá el mundo soñar en la paz, cuando está jugando de la manera más irresponsable con la vida de los más inocentes e indefensos? Los no nacidos y los enfermos terminales están pendientes de manos ajenas. Y las manos en las cuales han caído son muchas veces manos asesinas, en vez de manos salvadoras… del aborto y de la eutanasia. Dirá el mundo lo que quiera, pero la palabra la tiene Aquel que legisló con autoridad suprema: ¡No matarás!…

Todos estamos acordes en que necesitamos un mundo nuevo, un mundo mejor del que hemos heredado. Y nos hemos empeñado en trabajar por ese mundo que Dios quiere. Dios bendice nuestros esfuerzos y los de tantos hombres de buena voluntad. Ninguno de esos esfuerzos se pierde y todos están contados en la presencia de Dios.

Podemos repetir: Cualquiera diría que el Papa no dijo nada a los obispos de una pequeña nación… Pero, si las Naciones Unidas lo tomaran como programa propio, seguro que el Tercer Milenio alumbraría de verdad el tantas veces soñado Mundo Mejor.

 

Los pozos de la vida

Meditación. Queriendo o sin querer nos metemos en el pozo, caemos en el pozo

Por: Reflexiones Siglo XXI | Fuente: Catholic.net

-‘La vida es un camino con pozos’, dice Pereira. ‘Y en el pozo dejamos de ver el horizonte. La vida es un camino con pozos y a veces queriendo o sin querer nos metemos en el pozo, caemos en el pozo. En el pozo las paredes no tienen ni puertas ni ventanas y el horizonte de la vida se estrecha a cosas pequeñas en las que nos encerramos.’

¿Acaso no se habla de ‘ahogarse en un vaso de agua’? ‘Lo que pasa que a veces en el pozo nos ahogamos con gusto –dice José Ignacio Pereira- distraídos en cosas intensas pero pequeñas y pasajeras. Cosas que nos distraen de la angustia por la oscuridad y la hondura del pozo sin salida.’

Sólo una luz verdadera y no un destello artificial y fugaz puede sacarnos del pozo. Sólo el Sol de Justicia que es Jesucristo, puede conjurar la oscuridad de la muerte, sacarnos del pozo del egoísmo, la mentira, la agresión; implantar el amor y la paz en el mundo. Porque Jesús es Sol de Justicia por eso, porque su mandamiento del amor nos rescata del pozo del egoísmo y nos pone en camino, en el camino hacia el horizonte de Dios.

Que la luz del sol de Justicia, Jesucristo, que la estrella de la mañana Santa María nos entrega, ilumine lo más hondo del pozo, ese pozo nuestro de cada día, el pozo personal de la vida, para que la luz del sol de Dios nos anime a salir del pozo, para que podamos andar sobre el camino del amor hacia el horizonte de Dios.

¿No le parece?

Reina con entrada libre

Meditación. La oración es la fuerza del hombre y la debilidad de Dios.

Por: Pedro García, Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net

Una vez más que hablamos de un tema fundamental de la vida cristiana como es la oración. Con oración rebosamos de la gracia de Dios, y sin oración seríamos unas almas medio muertas.

La oración nos introduce con la facilidad máxima en la presencia de Dios, y Dios, por la oración, nos llena de su favor y de su gracia.

Nos cuenta el libro de Ester cómo Asuero permanecía de tal manera en las estancias reales de su palacio que nadie podía acercarse a él, bajo pena de muerte, sin ser convocado expresamente. Ni la misma reina Ester se le podía acercar sin ser llamada o sin solicitar audiencia. Llevaban más de treinta días sin verse, porque el rey se había entretenido a gusto con sus muchas concubinas…

Sin embargo, el asunto urgía. Era cuestión de vida o muerte para todo el pueblo judío, y Ester era judía. Como no había tiempo que perder, la joven esposa se decide a todo.
El rey estaba sentado en el trono del salón con toda majestad, y la valiente Ester se le presenta sin más.

De momento, Asuero pone una cara de furia; pero se enternece, extiende el cetro en signo de benevolencia, y Ester consiguió todo lo que quería y se había propuesto alcanzar.

Aludiendo a este caso, dice Santa Teresa del Niño Jesús:
– ¿Queremos saber lo que es la oración? Es como una reina que tiene siempre entrada en el palacio del Rey, y consigue todo lo que quiere.

Siguiendo el pensamiento de Teresa, vemos las enormes diferencias entre un rey de aquellos tiempos de la Biblia y Dios, el Rey del Cielo, cuando se trata de acercarnos a Él por la oración.

La audiencia con el rey estaba sujeta a su capricho. Eso de que ni la reina esposa pudiera hablar al monarca sin autorización previa nos resulta a nosotros la cosa más divertida… Y fue milagro de Dios que no llegó la pena de muerte para la atrevida Ester.

¿Es así Dios en sus audiencias con nosotros? No; el Rey del Cielo hace todo lo contrario: llama continuamente, nos urge a acudir a Él, y, si de algo se queja, es de que nos acercamos muy poco a verle, a conversar con Él y a pedirle favores. No somos nosotros los que pedimos audiencia, sino que es Dios quien nos llama a gritos: ¡A ver! ¡A ver cuándo vienes para que podamos hablar!…

Aquel rey de la Biblia se escondía en su gran salón. ¿Va a hacer Dios lo mismo? ¿Se va a ocultar para que no lo encontremos y evitar así la molestia de nuestra conversación?… No, eso no lo hace Dios. Nosotros no lo vemos, pero sentimos su presencia. Dios dice por Isaías que es un Dios misterioso y oculto. Sin embargo, nos damos cuenta de su abrazo. Más que el cetro real, estamos besando su mano que nos estrecha contra su corazón.

El Dios oculto a la vista corporal, es un Dios plenamente abierto a los ojos de la fe. Las puertas de su palacio no están nunca cerradas, sino que las podemos franquear con libertad absoluta a todas horas del día o de la noche, sin que ningún guardia o centinela nos eche el alto.

Las disposiciones de ánimo de Dios difieren totalmente de las de aquel rey de Persia. ¿Enojado Dios? ¡Eso nunca! Dios no conoce más que un enojo: el que usa con el soberbio cuando, agotados todos los recursos de su amor, se ve en la precisión de condenarlo en un castigo que Dios es el primero en no querer… Pero, enojarse con nosotros, aunque pecadores, eso no entra nunca en Dios.

Cuando acudimos a Dios en la oración, nuestra garantía mayor es nuestra pobreza y humildad, el carecer de todo y el pedirlo todo como mendigos. Entonces Dios se enternece y nos llena de su favor.

Esto lo sabemos muy bien. Y el hablar con Dios y con Jesucristo, el Rey-Esposo de la Iglesia, es la ocupación primera del cristiano, que muestra su consagración bautismal con la oración, con ese hablar continuo con Dios, el cual vuelca sobre nosotros sus favores cuando nos acercamos a su trono para pedirle todo lo que se nos ocurra…

A la reina Ester le prometía Asuero darle hasta la mitad de su reino. Dios, como nos dice Jesús, nos da más, mucho más, como es darse Él mismo, pues nos da su Espíritu Santo a los que se lo piden.

Le pedimos a Dios todo lo que necesitamos y queremos.
Le pedimos a Dios que disfrutemos de salud y que no nos falte el trabajo…
Le pedimos a Dios que haya paz en la familia…
Le pedimos a Dios que salgan bien los exámenes nuestros o los de los hijos…
Le pedimos a Dios que nos libere de la tortura de la conciencia, si nos hemos portado mal…
Le pedimos a Dios que nos mantenga en su gracia…
Le pedimos a Dios que nos llene de su Espíritu Santo…
Le pedimos a Dios que nos dé la salvación definitiva y eterna…

A Dios le pedimos todo esto, y no se enoja. Se enojará de lo contrario: se molestará si no se lo pedimos.

Se nos ha dicho muchas veces que la oración es la fuerza del hombre y la debilidad de Dios. En confirmación de esta verdad tenemos la palabra de Jesús en el Evangelio: Pedid y recibiréis; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. El que ora demuestra ante Dios que es pobre y por eso acude al rico. Esto es un acto de humildad que rinde a Dios a favor nuestro.

Y nos presentamos ante Dios sin pedir audiencia, que no la tenemos precisamente concedida, sino que la tenemos mandada. ¡Bendita oración, que así nos abre el corazón de Dios!

 

La familia, escuela de amor

Enseñar a amar no por lo que se recibe sino por lo que es la persona amada

Por: P. Juan Carlos Ortega | Fuente: Catholic.ne

De poco sirven los actos de caridad externos, si no están movidos por una actitud interna de amor hacia los hombres.

El Papa, al indicar las prioridades de los cristianos, ha sido muy claro en este punto: “No nos hagamos ilusiones: sin este camino espiritual, de poco servirían los instrumentos externos de la comunión. Se convertirían en medios sin alma, máscaras de comunión más que sus modos de expresión y crecimiento” Novo Millennio Inuente (n. 43).

Sería un error oponer las dos dimensiones del amor. Ambas, la interior y la exterior, son necesarias. Pero claramente el Santo Padre subraya la prioridad de la primera respecto a las manifestaciones externas. Es decir, debemos fundar nuestro amor en el amor de Dios a los hombres, responsabilizándonos de ellos como de uno mismo, descubriendo lo bueno que en ellos hay y sobrellevando sus debilidades. En este sentido, la vida familiar es una escuela de amor interior.

Para perdurar en el amor matrimonial se requiere alimentar constantemente la caridad interior. Si todo cristiano debe descubrir la luz de Dios “en el rostro de los hermanos que están a nuestro lado”, con cuánta más razón los esposos reconocerán la belleza de la Trinidad en sus cónyuges.

La belleza sobrenatural de Dios presente en el otro supera el paso de los años y refuerza el amor cuando se marchitan los bellos rasgos externos del noviazgo y de los primeros años del matrimonio.

¿Quiénes mejor que los esposos pueden decir que el otro me pertenece? Una posesión que me responsabiliza del otro “para saber compartir sus alegrías y sus sufrimientos, para intuir sus deseos y atender a sus necesidades”. El auténtico y verdadero amor conyugal no requiere de la petición externa, sino que interiormente intuye lo que el corazón del amado desea.

Los enamorados, cuando experimentan su mutua atracción y amor, afirman que han sido creados el uno para el otro. La complementariedad de los esposos permanece en la medida que se fomenta la “capacidad de ver ante todo lo que hay de positivo en el otro, para acogerlo y valorarlo como regalo de Dios: ´un don para mí´”.

Todo lo anterior es relativamente fácil de entender para cualquier persona que ha experimentado en alguna ocasión el amor. Las dificultades comienzan cuando nos enfrentamos a los defectos del compañero. Nos hemos acostumbrado a usar los errores ajenos como bandera que justifican nuestra entrega en el amor, cuando debería ser lo contrario. Los defectos y equivocaciones del otro deben ser un estímulo. Son momentos para medir la autenticidad de nuestro amor, “llevando mutuamente la carga de los otros y rechazando las tentaciones egoístas” que experimentamos.

El amor conyugal convierte la familia en educadora de la espiritualidad del amor. Hay que formar a los hijos en la dimensión interior del amor. Junto a verdaderos testimonios de hijos que renuncian a logros personales por atender a sus padres ancianos y de hermanos que perduran en el amor mutuo y generoso, encontramos a hijos que abandonan a sus padres o hermanos que litigan fuertemente cuando son adultos. ¿Por qué estas diferencias si cuando eran pequeños todos manifestaban gran cariño y
afecto hacia hermanos y progenitores?

Las causas pueden ser múltiples, pero no dudo que una de ellas es una falta de formación en el caridad interior. Si, cuando niños, el vínculo de unión con los miembros de la familia se basaba en lo que se recibía de los otros, al crecer y no necesitar de los padres ni de los hermanos, ¿qué queda de ese amor? Los padres, si desean en el futuro mantener unido su hogar, deberán enseñar a los hijos a amar no por lo que se recibe sino por lo que es la persona amada.

Explicar a los niños que Dios ama a sus papás, a sus hermanitos es garantía de amor perdurable.

Ayudar a los hijos a descubrir las cualidades que Dios les ha concedido es importante, pero también lo es el reconocer los dones y todo lo que de positivo hay en sus progenitores y hermanos. De este modo enseñamos a amar, no sólo por la circunstancia de habitar en el mismo hogar, sino por lo que cada uno es en su interior. Llegará el tiempo en que los hijos saldrán del hogar, pero el amor permanecerá.

Importante también es acostumbrar a los niños a no quejarse de los defectos de sus hermanitos y compañeros. Habrá que ayudarles a discernir lo que está bien de lo que es malo, pero también a suplir y sobrellevar las cargas de los demás. Se llamará la atención a la hija que toma, sin avisar, una pulsera o un vestido de la hermana, pero también se enseñará a compartir y prestar lo propio a los demás. Se corregirá al pequeño que interrumpe el juego o el estudio del mayor, pero se motivará e éste para que ayude a su hermanito en las tareas y le invite a participar de sus juegos.

Cuando hemos creado esta actitud de ayuda, las circunstancias externas cambiarán, pero permanece el amor y la unidad familiar.

Un batallón de corazones jóvenes

Un encuentro jubilar que merece especial atención por su dimensión y significación

Por: Paulo Monteiro | Fuente: Catholic.net

El Santo Padre, en la primera parte de su carta,Novo Millennio Ineunte recuerda algunos de los momentos más importantes del jubileo. Entre ellos, están: la petición de perdón por los pecados de la Iglesia celebrada en la liturgia del 12 de marzo; la celebración por los mártires, el 7 de mayo; los diversos peregrinos que visitaron el vaticano y cruzaron la Puerta Santa, los diversos jubileos de profesionistas, artitas etc., el congreso eucarístico internacional, los encuentros ecuménicos, la peregrinación a la Tierra Santa, entre otros.

Pero hay un encuentro que el Santo Padre menciona que merece especial atención por su dimensión y significación. Me refiero a la jornada mundial de la juventud.

En agosto del año jubilar (mes conocido en Roma por su intenso calor, razón que provoca normalmente un éxodo masivo de la ciudad eterna), Roma fue literalmente invadida por un batallón de 2 millones de jóvenes. Chicos y chicas de todas las clases, de diversos países y culturas, dispuestos a escuchar el mensaje del Santo Padre, y a la vez a dar ellos mismos un mensaje al mundo.

Curiosamente no vi una sola noticia de tal evento en la prensa secular. Si alguien hubiera disparado unos cuantos tiros y matado a un puñado de personas, esto pasaría a ser noticia. O tal vez un terremoto en Roma hubiera salido en la primera plana de los principales periódicos del mundo. Pero a la prensa mundial no le interesa este otro tipo de terremoto, el que es provocado por la fuerza de la verdad del mensaje cristiano.

Cuando la prensa se pronuncia con relación a algún evento religioso, es sólo para provocar intrigas y esparcir mentiras. Pasó en 93, en la jornada mundial en Denver. La prensa insistía en que no pasaría de sesenta mil participantes. La misa en el Cherry Park tuvo más de quinientos mil participantes. Hubo silencio de la prensa después del evento. En Paris la novela se repitió. Una prensa escéptica decía que no pasarían de doscientos mil. El resultado final fue de un millón de jóvenes. De nuevo hubo silencio.

Parece ser que los medios de comunicación se interesan por los jóvenes sólo como consumidores, como objetos de manipulación, y no como sujetos y protagonistas de un mundo mejor. Cuando se trata de sexo o de materialismo, ahí está la tele, la radio, el cine, muy “interesados” en los jóvenes. Pero cuando presenciamos un evento histórico como este, ¿dónde están los medios de comunicación?

Volviendo a la jornada, podemos preguntar qué lecciones aprendemos de tal evento. En primer lugar nos enseña que los jóvenes católicos no quieren el mundo que Hollywood ofrece, que están hartos de slogans banales y de tanta superficialidad.

Dos millones de jóvenes fueron a Tor Vergata en agosto del 2000 gritar al mundo que quieren ser protagonistas de una verdadera revolución, que nos basta apuntar a los problemas del mundo y preguntarse dónde vamos a parar, sino que hay que actuar y ellos quieren actuar.

Este evento nos enseña que hay un batallón de jóvenes dispuestos a ser instrumentos de una transformación radical, y que se ponen a disposición de su jefe máximo, su verdadero ídolo, Juan Pablo II, para construir la nueva civilización, la civilización del amor, que ya empezó en el umbral de este nuevo milenio.

Qué pena que el mundo de los mass media opte por ignorar este fenómeno y prefieran las noticias escandalosas, los programas eróticos y violentos.

Pero no importa, la última Jornada Mundial de la Juventud habla por sí misma y demuestra que a pesar de toda la presión del ambiente hedonista, materialista y superficial del mundo, la palabra final la tiene los jóvenes católicos. En cuanto haya en el mundo jóvenes dispuestos a luchar por la verdad a cualquier precio, en cuanto haya corazones juveniles dispuestos a nada contra corriente y demostrar que es posible vivir el mensaje del evangelio, no hay motivos para pesimismos. Al contrario, ante un fenómeno como este sólo hay lugar para esperanza porque hemos testimoniado un milagro, un milagro de 2 millones de corazones jóvenes que fueron a Roma para decir que ya han empezado la aventura de cambiar el mundo a un lugar de amor y paz.

¡Alegraos!

Meditación. ¡Cristo está vivo!

Por: Pedro García, misionero claretiano | Fuente: Catholic.net

¡Alegría! ¡Alegría! ¡Alegría!… ¡Cristo ha resucitado! Como dice el profeta:
– ¡Iglesia santa, disfruta, goza, alégrate con todo el corazón! Y nos lo repite Pablo:
– Alegraos siempre en el Señor. Os lo repito: ¡alegraos!…

Es esto un anuncio espléndido. Nos dice que Dios ama a la Iglesia, la nueva Jerusalén. Y los cristianos, amándonos todos los unos a los otros, sabemos comunicarnos la felicidad que cada uno lleva dentro, recibida del Dios que mora en nuestros corazones. La felicidad de Cristo vivo.

Hacemos una realidad aquello de Teresa de Jesús, cuando hablaba de sus humildes y felices conventos de Carmelitas:
– Tristeza y melancolía no las quiero en casa mía.

Sencillamente, porque en el corazón del cristiano no cabe más que la alegría de sentirse salvado por un Dios que le ama. Esta alegría cristiana tiene un precio. ¿Qué debemos hacer para conquistarla, para poseerla, para que perdure en medio del Pueblo de Dios? ¿Qué debemos hacer?…
– Practicar el amor y la misericordia. Está bien claro. Es un imposible disfrutar la alegría que Dios nos ha traído al mundo si no tenemos un amor efectivo a todos, basado en la honestidad de la vida propia y en el respeto a los demás.

Como en aquellos tiempos, hoy nos pide Dios limpieza del corazón. Conciencia tranquila, porque sabemos rechazar con violencia el pecado: así, como suena, ese pecado del cual el mundo moderno ha perdido la noción. Hoy nadie quiere oír esa palabra fatídica, porque trae a la memoria un juicio posterior de Dios.

Pero el grito de la propia conciencia no lo puede acallar nadie, y la alegría es un imposible cuando la conciencia no está en paz. Si en el mundo se observase mejor la Ley de Dios, habría mucha más alegría en todos nuestros pueblos. La alegría nos haría pasar la vida como en una fiesta ininterrumpida.

Habiendo sido bautizados en el Espíritu Santo, o conservamos al Espíritu Divino dentro de nosotros, o la alegría del Cielo habrá huido de nosotros quizá para siempre…
A esta condición ―diríamos personal de cada uno―, se añade la obligación respecto de los demás.

El Evangelio en muchas ocasiones nos recuerda a todos que la justicia y el respeto a la persona son condiciones indispensables para que haya alegría en la sociedad.

No diremos que esto no es bien actual en nuestros países. Mientras muchos vivan sumidos en una pobreza injusta, y mientras exista la violencia, venga de donde venga, resultarán inútiles todos los esfuerzos que muchos hacen para implantar la felicidad y la alegría en el pueblo.

Ni la opresión ni la guerrilla tienen la palabra, sino el amor que abraza a todos y da a cada uno lo que le pertenece.

¿Qué tenemos que hacer? Lo principal, renovar nuestro Bautismo, el de Jesucristo, que derramó dentro de nosotros su Espíritu Santo, el cual nos mete ya en esperanza dentro de la alegría del Cielo.

Con ese Espíritu Divino en el corazón, y con la redención que nos obtuvo Cristo ¿qué nos falta para nuestra felicidad? No quedarnos en la Cruz, sino pasar con Cristo a la resurrección. Este es un tiempo de alegría, de vivir intensamente el triunfo de Nuestro Señor Jesucristo.

Cristo está vivo, ¡Alegraos!