¿Santo yo?…

Llegar a la cima, o rendirse.

santo

Por: Pedro García, misionero claretiano | Fuente: Catholic.net

Sabemos lo que el Concilio Vaticano II dijo de la santidad, por los seglares: que la santidad es para todos; que todos estamos llamados a la santidad; que tenemos obligación de ser santos.

Porque Cristo nos ha hecho a los bautizados uno con Él, que es el Santo, y la santidad de Jesucristo se comunica a todos los cristianos, como la vida que desciende de la cabeza a los miembros.

Porque así es la santidad de Jesucristo: se distribuye sobre todos y cada uno de los cristianos, y nosotros respondemos a esta gracia de Dios siendo santos de verdad. ¿Cómo? Conduciendo el tractor, guisando la comida, luciendo el saco y la corbata, o saliendo bien preciosas del salón de belleza… La santidad es para nosotros, para los seglares.

Digo esto, porque ha caído en mis manos el recordatorio de un muchacho norteamericano –la verdad es que nunca lo había oído nombrar–, que me ha llamado la atención. Estudiante de dos Universidades, arquitecto de gusto muy refinado, y, por encima de todo, un cristiano en verdad escogido.
Para convencerse, basta mirar el recordatorio que se hizo para sí mismo, al ver que ese cáncer diagnosticado en el cerebro le conducía irremisiblemente al fin. Trazado el recordatorio con pulso firme y con exquisitez de arquitecto, nos hace esta confidencia.
– Se me preguntó una vez: Pablo, ¿por qué sirves a Dios aquí, en esta Institución?
Hay que saber que Pablo pertenecía a una Institución Secular de Perfección y Apostolado, y había emitido en él los votos privados de su consagración. Ante esa pregunta, él mismo se cuestiona:
¿Por qué sirvo a Dios aquí?
¿Para ayudar a los pobres? No.
¿Para entregarme al servicio del pueblo? No.
¿Para ser sacerdote? No.
¿Para ser maestro, o misionero, o ingeniero? No.
Para nada de esto estoy aquí. Estoy aquí sirviendo a Dios, ¡porque lo amo!
Porque amo a JESUS.
Porque amo a MARIA.
JESUS me revela su amor infinito y su bondad. Me perdona mis pecados y me ofrece la eternidad.
MARIA es la la amada de mi alma, mi intercesora delante de su Hijo divino, y mi Madre y una Madre sin par.
Un joven de esta categoría espiritual tenía que sobresalir por fuerza entre los compañeros de las Universidades y entre los profesionales con que trabajaba. Su lema era claro:
– DIOS, para bien del mundo.
Cuanto más amara a Dios y mejor le sirviera, mejor servía al mundo y se daría a los demás.
Sus compañeros se preguntaron más de una vez:
-¿Qué tiene de especial Pablo Miguel, que atrae tanto?
El secreto estaba en la pureza de su vida, en medio de un mundo seductor que le tentaba con fuerza.
Pero su carácter suave era también de hierro cuando llegaba la prueba. Un día le dice resuelto al Director General de la Institución:
– ¿Si se marcharan todos? Me daría igual. Aquí quedaríamos usted y yo. No estoy por ningún hombre, sino por Dios.
Su vida estaba centrada en el amor. Dios volcaba sobre él su gracia. Y Paul Michael era un santo.
Ante un testimonio como éste –y hemos de decir que como él hay muchos en la Iglesia–, pocas razones necesitamos para convencernos de esta exigencia que nos impone el Bautismo.
Está bien que se nos recuerde siempre a los seglares nuestra condición de escogidos, ya que ser santos no es una cosa cualquiera… No viene de nosotros una vocación tan alta, sino del Dios que nos llama.
Dios se nos revela como el Amor absoluto, y sólo para Dios vale la pena vivir. Los que así aman a Dios son los santos de verdad, y son también los que salvan al mundo.
El ejemplo de Paul Michael que nos ha inspirado el mensaje de hoy nos hace ver el doble aspecto de la santidad que el mundo espera de nosotros. Es indudable que el amor de Dios es lo primero. Hablemos mejor: sin el amor de Dios que se nos da y sin el amor nuestro con que nos damos a Dios, es imposible la santidad. De ahí que el crecer en el amor a Dios es lo primero que anhelamos y lo primero en que nos empeña-mos. El fin de nuestra oración y de cualquier trabajo que hacemos mira ante todo y sobre todo a hacernos crecer en el amor divino.
¿Descuidamos al mundo por eso? Todo lo contrario. La salvación del mundo nos arrastra impetuosamente como la corriente del río en crecida. Tanto más amamos al mundo, y tanto más nos damos a él, cuanto más amamos a Dios. Nadie como un santo hace tanto por el mundo…
Ser santos y santas de categoría: ¡ésta es nuestra llamada! Sobresalir entre la vulgaridad: ¡ésta es nuestra decisión! ¿Que es éste un gran ideal?… ¡Naturalmente! Como propuesto por el mismo Jesucristo, que, señalando las alturas, nos dice:
-¡A ver quién llega hasta la cima, donde está Dios, el Perfecto, el Santo! ¡A ver quién es tan valiente que no se rinde en el camino!….

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