La fuerza de la fe

Meditación. La fe de Bartimeo

Por: P. Jose Luis Richard | Fuente: Catholic.net

El Evangelio es rico en ejemplos de hombres que se acercaron a Cristo y quedaron transformados. Bartimeo es uno de ellos. Analicemos su experiencia de Cristo considerando quién era, lo que hace para llegar a Cristo y los frutos que alcanza.

Cristo sale de Jericó. Ahí ha logrado la conversión de Zaqueo. Ahora se aleja de la ciudad por la calzada que lleva a Jerusalén. Toda la ciudad lo conoce y una muchedumbre considerable le sigue. Esa gente no va precisamente en orden y silencio. Cerca de la calzada por donde va pasando el Maestro un pobre ciego que pedía limosna junto al camino escucha el tumulto. Pregunta a alguien de qué se trata. “Jesús Nazareno, el Profeta de Galilea” le responden. Jesús. Seguramente habría escuchado ya todo lo que los hombres decían sobre Él: Predica una doctrina nueva y con autoridad. Cura a los enfermos, ha dado de comer a las multitudes. Incluso ha resucitado a algún muerto…

Bartimeo llevaba una vida sumido en la tiniebla. La ceguera lo arruinó y le había obligado a pedir limosna. Llevaba una existencia miserable, humillante, no podía valerse por sí mismo. Pobre, ciego, humillado. Necesitaba de alguien que le llevara, alguien que le diera algo de comer, alguien que le limpiara… ¡Cuántas veces le habrían hecho notar que era una carga, una molestia, un estorbo! El dolor moral de la ceguera le mordía el alma. Y así un día, y otro, y otro… toda una vida.

Pero hoy pasaba cerca de él el Maestro de Galilea. ¿Podría ese Jesús…? ¿Le ayudaría? ¿Cuándo se había escuchado que alguien curara a un ciego? Seguramente un ciego estaba condenado a vivir envuelto en sombras hasta su muerte, sin ninguna esperanza. Sin embargo, ¿no había este Profeta curado también a otros enfermos incurables? Y si era el Cristo, ¿no tendría un poder especial, de Dios? Y empezó a gritar y a decir: “¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí! Lo primero que hace Bartimeo es reconocer su situación. Sabe que necesita ayuda y la pide. Se da cuenta de que está cubierto de males, pero no quiere encerrarse en sí mismo. Pide con humildad un favor. Empezó a gritar. Su grito no es un lamento inútil ni un alarido de desesperación. Grita confiadamente. De lo profundo de su alma surgen con fuerza las palabras, sencillas, breves, doloridas. Palabras transformadas en oración sincera y suplicante a la que Dios no puede resistirse.

Su grito no era una simple petición de ayuda. Era mucho más. Estaba gritando una auténtica profesión de fe: ¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí! Le está dando a Jesús el título mesiánico de Hijo de David. No por adulación, sino porque está convencido de que sólo el Mesías tendría suficiente poder divino para abrir los ojos a un ciego. Y esa fe es una fe probada. Es difícil que Cristo lo escuchara desde el inicio, ya que estaba rodeado de una numerosa muchedumbre. Y, por si el ruido armado por la turba fuera poco, la gente, con esa maldad y desprecio tan propios de las masas, lo amonestaba a que guardara silencio. Pero no se desanima. La dificultad le estimula y le enardece: Pero él gritaba más fuerte.

No había terminado de escuchar que Cristo lo llamaba, cuando arrojando a un lado su manto, dio un salto y llegó a Jesús. No se pone a pensar que como está ciego tiene que caminar con cuidado para no caerse, que necesita un lazarillo, que por qué no viene Jesús en lugar de llamarlo… Actúa. Escucha la voz de Cristo y la sigue con confianza. Ésta es la fe que Cristo nos pide: que arrojemos a un lado el manto de nuestra limitada y raquítica “lógica” humana y con un salto firme, generoso, valiente y confiado lleguemos hasta Él, que está para salvarnos, pero no sin nuestro esfuerzo.

Cristo escucha complacido al pobre ciego. Llena con plenitud sus esperanzas. No sólo las que tenía de recobrar la vista, sino todas las esperanzas que Bartimeo tenía como hombre. Por eso, después de recibir el don de la vista, lleno de gratitud y amor a Cristo, como quien ha encontrado a quien da sentido a su vida, le seguía por el camino.

Para mí la fe no es un mero sentimiento de la presencia de Dios o de la Voluntad de Dios en mi vida. Para mí creer es darme, ofrecerme a Dios, entregarme a Él ciegamente. Para mí creer es dejarme conquistar por su Amor para su causa sin ofrecerle reparos. Para mí creer es caminar, sufrir, luchar, caer y levantarme, tratando de ser fiel a un Dios que me llama y a quien no veo. Para mí creer es lanzarme en la oscuridad de la noche, siguiendo una estrella que un día vi aunque no sepa a dónde me va a llevar. Para mí creer es sobrellevar con alegría las confusiones, las sorpresas, las fatigas y los sobresaltos de mi fidelidad. Para mí creer es fiarme de Dios y confiar en Él.

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