El leproso agradecido

Meditación. ¿A quién me asemejo?

Por: P. José Luis Richard | Fuente: Catholic.net

Posiblemente lo hayamos sentido alguna vez: después de ofrecer a alguien nuestro tiempo, de acompañarle o regalarle algo, aquella persona ni se enteró de lo que hicimos por ella; o, si se enteró, no dijo ni una palabra ni dio la menor señal de reconocimiento. Ciertamente no buscábamos su gratitud cuando le hicimos el favor y, por eso, volveríamos a obrar de la misma manera, pero… ¡qué pena nos da!

El evangelio que habla de los diez leprosos nos muestra que Nuestro Señor tampoco fue una excepción. Hombre perfecto como era, de exquisita delicadeza y sensibilidad debió de sentir muy hondamente cualquier detalle o cualquier omisión. Por eso le dolió tanto la ingratitud de los nueve leprosos a los que había devuelto la salud. Y seguramente una de sus mayores penas durante la Pasión sería ver entre la multitud de los que pedían su muerte, o entre los que callaban cobardemente, a algunos que Él había curado…

La ingratitud de los demás nos hiere y lastima. Nos da rabia. Puede, incluso humillarnos. Pero también nos es muy útil para entender el daño o la tristeza que a su vez causamos nosotros cuando no agradecemos a Dios, a nuestros padres o a nuestros amigos sus muestras de afecto.

Nos falta una buena dosis de reflexión para percibir lo que recibimos. Necesitamos profundidad interior para darnos cuenta de que nuestra vida no vino por generación espontánea: la hemos recibido. Lo mismo nuestra capacidad de pensar, de amar, de reír. No es casualidad que nuestro cuerpo goce de salud: Alguien nos la conserva. La comida no se cocina por sí sola: ahí está la mano de nuestra madre que con cariño la ha preparado. Llevamos adelante nuestros estudios gracias a un señor que trata de hacernos accesibles las clases y al dinero de papá que las paga…

Hay que estar atentos. No pasar por la vida como una maleta que ni se entera dónde está ni por dónde ha viajado.
Pero ser agradecido no es sinónimo de educación. La gratitud no se limita a un movimiento de la mano o a unas palabras con las que nosotros “pagamos” lo recibido. No se reduce a la mera cortesía. Va mucho más allá y se convierte en una actitud, en una disposición del alma. El hombre agradecido se considera inmerecedor de los dones que recibe de Dios, de los favores y atenciones de sus hermanos y se siente obligado a mostrar su alegría y su reconocimiento por lo que le ofrecen no solamente con gestos externos sino con toda su persona. Es humilde. No teme “abajarse” para dar gracias.

Finalmente, es necesario también un poquito de sentido común. Quizás los nueve leprosos se dieron cuenta y agradecieron “internamente” su curación. Pero no pensaron en la alegría que darían a Jesús hablándole personalmente. No se les ocurrió. Sin mala voluntad quizás, pero su omisión le causó mucho daño.

* * *

Señor:

Tú pudiste no haberme creado y me creaste…
Tú pudiste crearme cual quisieses y me has creado a tu imagen y semejanza…
Tú pudiste crearme enfermo y me creaste sano…
Tú pudiste permitir que no te conociese y has tenido la singular predilección de hacerme nacer de padres cristianos que me enseñaron a conocerte y amarte. Para que, habiéndote amado, sepa lo que es tu Amor y no pueda dejar de amarte. Y para que, habiéndote conocido, si algún día te perdiera, pueda otra vez hallarte.
Tú pudiste crearme y, después de creado, abandonarme. Y, sin embargo, siento a todas horas el dulce contacto de tu mano divina que no quiere dejarme…
Cantaré, Señor, tus misericordias.
Te amaré en todas las cosas; está mi vida jalonada de tus gracias.
Mil veces brilló sobre mí la espada de tu justicia,
y siempre la detuvo el brazo de tu misericordia.
Nací pecador y me redimiste.
Caí y me levantaste.
Te busqué y me recibiste.
Llamé y me respondiste.
Tuve hambre y me diste de comer. Y fue la comida tu cuerpo.
Tuve sed y me diste de beber. Y fue la bebida tu sangre.
¡Gracias, Señor!

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