¡Dios lo sabe!

Meditación. ¿fatalidad, casualidad o Providencia?

Por: Pedro García, Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net

Nuestros pueblos creyentes tienen en su lenguaje esta expresión que no se les cae de los labios: Dios lo sabe… Y con estas dos palabras –¡Dios lo sabe!– hacen la profesión de fe en un atributo divino que, si es una glorificación grande de Dios, es también para nosotros una fuente de seguridad, de esperanza, de paz. Es un juramento discreto, a la vez que firme, con el cual nuestra gente confiesa
– que Dios es sabio, sapientísimo;
– que conoce todas las cosas, toda nuestra vida, que no le engañamos, que es el mejor testigo;
– que todo lo ordena con una providencia amorosa, con la cual vela siempre por nosotros.

La Palabra de Dios en la Biblia lo repite continuamente:
– La sabiduría de Dios es grande… El Señor es el que con su sabiduría ordenó el mundo y extendió los cielos con su inteligencia…
Tantas expresiones como éstas, se resumen en la gran alabanza del apóstol San Pablo:
– ¡Oh profundidad de los tesoros de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán incomprensibles son sus juicios, cuán inapelables sus caminos!
Y Dios, que nos quiere sabios como Él, con la sabiduría suya, nos dice finalmente:
– Mira, la verdadera sabiduría consiste en honrar al Señor, y la inteligencia en apartarse del mal.
¿A qué vienen estas citas de la Biblia? Pues, a esto: a confiar en Dios, que nos ama, y ante cuyos ojos está desnuda nuestra vida entera. Porque Él es sabio y ordena todas nuestras cosas para nuestro bien; nos defiende de todos cuantos pretenden hacernos un mal; y nos invita a verlo con un corazón limpio, en medio de un mundo que lo desconoce porque ensucia voluntariamente el corazón.
Vemos, ante todo, la necedad de los que niegan a Dios. Pero, ¿es que no ven en todas partes la sabiduría de Dios? Uno de los mayores sabios que ha tenido el mundo estaba contemplando embobado una maqueta extraordinaria del firmamento, cuando se presenta un incrédulo, que pregunta admirado:
– ¿Quién ha hecho esta maravilla?
Y el sabio creyente responde con una sola palabra:
– Nadie.
Ante la contestación maliciosa, seca y malhumorada del sabio creyente, el presumido descreído se calló para siempre.
No descubrir a Dios en todas las cosas es de gente necia, aparte de impía, que ven el reloj y son capaces de decir que no ha existido el relojero, ordenador de las piezas…

Pero no es esto lo que nos interesa ahora, sino las consecuencias que tiene en nuestra vida el creer o no creer en la sabiduría de Dios.

Y comprobamos, antes que nada, el ningún fundamento que tiene eso de creer en el acaso, en la casualidad, en el destino, en la fatalidad, creencia que lleva a la práctica, por ejemplo, del horóscopo, de las cartas, igual que el horror al número trece o la confianza en la herradura.

Y así tantas cosas más que, para llamarlas de la manera más suave, hemos de decir que son una necedad o un error lamentable.
Muchas personas, por niñerías semejantes, dejan de creer en la providencia de Dios, el cual conoce todas las cosas y las dispone o permite sabia y amorosamente para nuestro bien.

Puede venir también en la vida una tentación dolorosa cuando no entendemos muchas cosas que nos suceden. ¿Ha de fallar entonces la fe? ¿Hay que dudar de que Dios nos ama? ¿Hay que pensar que Dios se ha ausentado? ¿Hay que sospechar de que Dios no está al tanto de todo?…

No hablamos de los que se quejan de Dios y hasta quisieran corregirle la plana de las cosas que Él hace. En eso no caemos nosotros, gracias a Dios.
Los que pretenden corregir a Dios, se parecen al zapatero que sabía su oficio pero no entendía nada de arte. El más famoso pintor de la antigua Grecia exhibió un cuadro que llamaba poderosamente la atención. Admitió gustoso las críticas e iba corrigiendo detalles según las observaciones que se le hacían. El zapatero en cuestión, orgulloso y tonto a la vez, criticó lo más bello de la pintura genial, y el artista le dio una respuesta que se ha convertido en un refrán muy sabio:
– Zapatero, a tus zapatos…

Pero, si nosotros no nos quejamos de lo que Dios hace con nosotros, sí que a lo mejor nos falta confianza para fiarnos de Él de manera absoluta y sin miedos. Dios tiene sus caminos, y nosotros hacemos bien en dejarnos llevar por Él. Dios hace las cosas más disparatadas e incomprensibles para nosotros, pero están dirigidas por una inteligencia que sabe hacia donde va, que no es otra cosa que nuestra salvación.

Y, finalmente, la gran sabiduría nuestra es ser sabios con la sabiduría de Dios. La cual es tener el corazón limpio, para descubrir a Dios en todo y que todo nos haga ver claramente a Dios. Es la gran bienaventuranza de Jesús:
– ¡Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios!
¡Dios lo sabe! es una expresión muy sabia de nuestro pueblo. ¡Y Dios quiera que nosotros seamos tan sabios que sepamos todo con la sabiduría del mismo Dios, el cual confía sus secretos a los humildes que de Él se fían!….
Eccli. 15,19. Jer. 10,12. Rom. 11,33. Job 28,28. – Newton. – Apeles.

¿Santo yo?…

Llegar a la cima, o rendirse.

Por: Pedro García, misionero claretiano | Fuente: Catholic.net

Sabemos lo que el Concilio Vaticano II dijo de la santidad, por los seglares: que la santidad es para todos; que todos estamos llamados a la santidad; que tenemos obligación de ser santos.

Porque Cristo nos ha hecho a los bautizados uno con Él, que es el Santo, y la santidad de Jesucristo se comunica a todos los cristianos, como la vida que desciende de la cabeza a los miembros.

Porque así es la santidad de Jesucristo: se distribuye sobre todos y cada uno de los cristianos, y nosotros respondemos a esta gracia de Dios siendo santos de verdad. ¿Cómo? Conduciendo el tractor, guisando la comida, luciendo el saco y la corbata, o saliendo bien preciosas del salón de belleza… La santidad es para nosotros, para los seglares.

Digo esto, porque ha caído en mis manos el recordatorio de un muchacho norteamericano –la verdad es que nunca lo había oído nombrar–, que me ha llamado la atención. Estudiante de dos Universidades, arquitecto de gusto muy refinado, y, por encima de todo, un cristiano en verdad escogido.
Para convencerse, basta mirar el recordatorio que se hizo para sí mismo, al ver que ese cáncer diagnosticado en el cerebro le conducía irremisiblemente al fin. Trazado el recordatorio con pulso firme y con exquisitez de arquitecto, nos hace esta confidencia.
– Se me preguntó una vez: Pablo, ¿por qué sirves a Dios aquí, en esta Institución?
Hay que saber que Pablo pertenecía a una Institución Secular de Perfección y Apostolado, y había emitido en él los votos privados de su consagración. Ante esa pregunta, él mismo se cuestiona:
¿Por qué sirvo a Dios aquí?
¿Para ayudar a los pobres? No.
¿Para entregarme al servicio del pueblo? No.
¿Para ser sacerdote? No.
¿Para ser maestro, o misionero, o ingeniero? No.
Para nada de esto estoy aquí. Estoy aquí sirviendo a Dios, ¡porque lo amo!
Porque amo a JESUS.
Porque amo a MARIA.
JESUS me revela su amor infinito y su bondad. Me perdona mis pecados y me ofrece la eternidad.
MARIA es la la amada de mi alma, mi intercesora delante de su Hijo divino, y mi Madre y una Madre sin par.
Un joven de esta categoría espiritual tenía que sobresalir por fuerza entre los compañeros de las Universidades y entre los profesionales con que trabajaba. Su lema era claro:
– DIOS, para bien del mundo.
Cuanto más amara a Dios y mejor le sirviera, mejor servía al mundo y se daría a los demás.
Sus compañeros se preguntaron más de una vez:
-¿Qué tiene de especial Pablo Miguel, que atrae tanto?
El secreto estaba en la pureza de su vida, en medio de un mundo seductor que le tentaba con fuerza.
Pero su carácter suave era también de hierro cuando llegaba la prueba. Un día le dice resuelto al Director General de la Institución:
– ¿Si se marcharan todos? Me daría igual. Aquí quedaríamos usted y yo. No estoy por ningún hombre, sino por Dios.
Su vida estaba centrada en el amor. Dios volcaba sobre él su gracia. Y Paul Michael era un santo.
Ante un testimonio como éste –y hemos de decir que como él hay muchos en la Iglesia–, pocas razones necesitamos para convencernos de esta exigencia que nos impone el Bautismo.
Está bien que se nos recuerde siempre a los seglares nuestra condición de escogidos, ya que ser santos no es una cosa cualquiera… No viene de nosotros una vocación tan alta, sino del Dios que nos llama.
Dios se nos revela como el Amor absoluto, y sólo para Dios vale la pena vivir. Los que así aman a Dios son los santos de verdad, y son también los que salvan al mundo.
El ejemplo de Paul Michael que nos ha inspirado el mensaje de hoy nos hace ver el doble aspecto de la santidad que el mundo espera de nosotros. Es indudable que el amor de Dios es lo primero. Hablemos mejor: sin el amor de Dios que se nos da y sin el amor nuestro con que nos damos a Dios, es imposible la santidad. De ahí que el crecer en el amor a Dios es lo primero que anhelamos y lo primero en que nos empeña-mos. El fin de nuestra oración y de cualquier trabajo que hacemos mira ante todo y sobre todo a hacernos crecer en el amor divino.
¿Descuidamos al mundo por eso? Todo lo contrario. La salvación del mundo nos arrastra impetuosamente como la corriente del río en crecida. Tanto más amamos al mundo, y tanto más nos damos a él, cuanto más amamos a Dios. Nadie como un santo hace tanto por el mundo…
Ser santos y santas de categoría: ¡ésta es nuestra llamada! Sobresalir entre la vulgaridad: ¡ésta es nuestra decisión! ¿Que es éste un gran ideal?… ¡Naturalmente! Como propuesto por el mismo Jesucristo, que, señalando las alturas, nos dice:
-¡A ver quién llega hasta la cima, donde está Dios, el Perfecto, el Santo! ¡A ver quién es tan valiente que no se rinde en el camino!….

Sigue la estrella que brilla para ti

La estrella de nuestra vida es Dios, si lo buscamos, nuestra vida siempre estará iluminada.

Por: Pedro García, Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net

Todos hemos oído contar la leyenda del joven escalador, que aquel fin de semana se echó la mochila a la espalda y se fue a caminar, a caminar lejos… Sube a las alturas y descubre horizontes cada vez más vastos, más lejanos, y también más encantadores y maravillosos. ¡Adelante, adelante!, se dice a sí mismo. Llega ya el anochecer, y se encuentra en la cima de una montaña altísima. A sus pies, un abismo inmenso que le detenía los pasos.

¡Bueno! Me quedaré aquí. En esta altura pasaré la noche, y mañana veremos.
Desenrolla su tienda de campaña, y a dormir. De repente, al querer despedirse de las estrellas que van a velar su sueño, contempla en la lejanía una estrella de singular belleza. Nunca había visto una estrella semejante. Le pareció que había explotado una estrella novísima, y se dijo:
¡Esa estrella será mía! ¡Yo no me la pierdo! Voy a clavar allí mis pies, mejor que una bandera, y esa estrella no me la quita nadie. ¡Esa estrella será mía, será mía!…

Pero no podía esperar al día siguiente. El camino de una estrella sólo se puede seguir de noche. Y antes había contemplado el abismo inmenso que tenía a sus pies. ¿Quién lo podía saltar? Era un imposible. ¿Qué camino seguir para vadearlo? No se veía ninguno. Y la estrella seguía allí en el horizonte, donde se juntan casi el cielo y la tierra, llamándole como un desafío:
¡Ven! ¡Acércate hacia aquí! Y después, sube, sube…

Ante el imposible, el muchacho empieza a llorar calladito, como si se avergonzara de sus lágrimas. Cuando, de repente, ve a su lado un niño luminoso, que le pregunta:
¿Por qué lloras?

Porque quiero llegar hasta aquella estrella y no puedo, no puedo pasar este abismo y acercarme allí.

¡Si es muy fácil cruzar este abismo! Si quieres, te llevo yo.

¿Tú? ¿Tú, un niño tan pequeño, me llevas hasta aquella estrella? Pues, ¿quién eres tú?

Aquella estrella es Dios, y yo soy la oración ¿Quieres que te lleve yo en un instante?…

La leyenda hermosa no necesita explicación ninguna, porque es clarísima la lección que de ella se desprende.

Dios, ese Dios en quien pensamos como término de todas nuestras ilusiones, se nos presenta, igual que al joven escalador, como algo grande y deslumbrador, de hermosura singular y término de todas nuestras aspiraciones. ¡Dios tiene que ser mío! Hasta que descanse en Él, no estaré nunca en paz, nos decimos tantas veces. Pero, ¿está Dios tan lejos que no lo podremos alcanzar nunca?

Es cierto que entre Dios y nosotros existe un abismo insondable, porque Dios está sobre todas las cosas. Y, sin embargo, en nuestras manos tenemos el poder para agarrarlo, para asirnos a Él, para meternos en Él, para no soltarlo nunca.

La oración, que en nuestros días es un signo inequívoco de renovación en la Iglesia, es para nosotros algo ya tan familiar, que, gracias a Dios, pronto no vamos a saber prescindir de ella.

La oración, que nos puede salir del corazón y de los labios en cada momento, si nosotros queremos, nos une con nuestro Dios y nos hace vivir en Él más que en nosotros mismos.

La oración es la respiración de la vida cristiana. ¿Quién tiene mejor salud que quien respira bien, con unos pulmones siempre oxigenados, con una sangre siempre pura?

La oración es un consuelo singular en medio de las dificultades. ¿Quién triunfa en la vida como aquel que siempre cuenta con Dios?

La oración es unión con Dios. ¿Quién tiene más segura su salvación, que aquel que no hace más que hablar con Dios, y se sumerge de continuo en la vida divina?

La oración, por otra parte, no es privilegio de algunos nada más. La oración es de todos.

Es del niño, que le habla a Dios con candor de ángel.

Es de la persona adulta, que se siente tanto más pequeñita ante Dios cuanto más crece.

Es de esa persona santa, que no sabe vivir sin su Dios día y noche.

Es de esa persona que siente sobre sí toda la carga insoportable de la culpa, y descubre que Dios, y sólo Dios, es quien la comprende, la sigue amando y la quiere salvar.

La oración no es una ciencia misteriosa que necesite de muchas explicaciones. Lo sería, si Dios no la hubiera hecho tan fácil para nosotros. Y digo para nosotros, los cristianos, que desde nuestro Bautismo llevamos dentro el Espíritu Santo, cuya acción dentro del alma se manifiesta precisamente por la oración.

El Espíritu Santo es quien nos enseña a orar, a dirigirnos a Dios nuestro Padre, a clamar continuamente por el Señor Jesús. San Pablo lo dice con palabras que llegan a emocionar, cuando nos asegura que nosotros no sabríamos ciertamente cómo dirigirnos a Dios, pero el Espíritu Santo ora de continuo en lo más secreto del corazón con gemidos inenarrables…

Llevar una vida de oración es llevar una vida escondida en Dios.

Es hacerse con el Dios creador de las estrellas.

Y dirigir una oración a Dios cuesta menos, mucho menos, que escalar una alta montaña y vadear un abismo muy hondo.
Elevar una oracioncita a Dios no cuesta nada, nada.

Ahora mismo lo podemos hacer, y lo hacemos, cada uno de nosotros.

Sobre el amor

meditación. El amor, fuente de felicidad.

Por: Viktor Frankl | Fuente: Catholic.net

Un pensamiento me petrificó: por primera vez en mi vida comprendí la verdad vertida en las canciones de tantos poetas y proclamada en la sabiduría definitiva de tantos pensadores. La verdad de que el amor es la meta última y más alta a la que puede aspirar el hombre. Fue entonces cuando aprendí el significado del mayor de los secretos que la poesía, el pensamiento y el credo humano intentan comunicar: la salvación del hombre está en el amor y a través del amor. Comprendí cómo el hombre, desposeído de todo en este mundo, todavía puede conocer la felicidad – aunque sea sólo momentáneamente- si contempla al ser querido. Cuando el hombre se encuentra en una situación de total desolación, sin poder expresarse por medio de una acción positiva, cuando su único objetivo es limitarse a soportar los sufrimientos correctamente -con dignidad- ese hombre puede, en fin, realizarse en la amorosa contemplación de la imagen del ser querido.

El leproso agradecido

Meditación. ¿A quién me asemejo?

Por: P. José Luis Richard | Fuente: Catholic.net

Posiblemente lo hayamos sentido alguna vez: después de ofrecer a alguien nuestro tiempo, de acompañarle o regalarle algo, aquella persona ni se enteró de lo que hicimos por ella; o, si se enteró, no dijo ni una palabra ni dio la menor señal de reconocimiento. Ciertamente no buscábamos su gratitud cuando le hicimos el favor y, por eso, volveríamos a obrar de la misma manera, pero… ¡qué pena nos da!

El evangelio que habla de los diez leprosos nos muestra que Nuestro Señor tampoco fue una excepción. Hombre perfecto como era, de exquisita delicadeza y sensibilidad debió de sentir muy hondamente cualquier detalle o cualquier omisión. Por eso le dolió tanto la ingratitud de los nueve leprosos a los que había devuelto la salud. Y seguramente una de sus mayores penas durante la Pasión sería ver entre la multitud de los que pedían su muerte, o entre los que callaban cobardemente, a algunos que Él había curado…

La ingratitud de los demás nos hiere y lastima. Nos da rabia. Puede, incluso humillarnos. Pero también nos es muy útil para entender el daño o la tristeza que a su vez causamos nosotros cuando no agradecemos a Dios, a nuestros padres o a nuestros amigos sus muestras de afecto.

Nos falta una buena dosis de reflexión para percibir lo que recibimos. Necesitamos profundidad interior para darnos cuenta de que nuestra vida no vino por generación espontánea: la hemos recibido. Lo mismo nuestra capacidad de pensar, de amar, de reír. No es casualidad que nuestro cuerpo goce de salud: Alguien nos la conserva. La comida no se cocina por sí sola: ahí está la mano de nuestra madre que con cariño la ha preparado. Llevamos adelante nuestros estudios gracias a un señor que trata de hacernos accesibles las clases y al dinero de papá que las paga…

Hay que estar atentos. No pasar por la vida como una maleta que ni se entera dónde está ni por dónde ha viajado.
Pero ser agradecido no es sinónimo de educación. La gratitud no se limita a un movimiento de la mano o a unas palabras con las que nosotros “pagamos” lo recibido. No se reduce a la mera cortesía. Va mucho más allá y se convierte en una actitud, en una disposición del alma. El hombre agradecido se considera inmerecedor de los dones que recibe de Dios, de los favores y atenciones de sus hermanos y se siente obligado a mostrar su alegría y su reconocimiento por lo que le ofrecen no solamente con gestos externos sino con toda su persona. Es humilde. No teme “abajarse” para dar gracias.

Finalmente, es necesario también un poquito de sentido común. Quizás los nueve leprosos se dieron cuenta y agradecieron “internamente” su curación. Pero no pensaron en la alegría que darían a Jesús hablándole personalmente. No se les ocurrió. Sin mala voluntad quizás, pero su omisión le causó mucho daño.

* * *

Señor:

Tú pudiste no haberme creado y me creaste…
Tú pudiste crearme cual quisieses y me has creado a tu imagen y semejanza…
Tú pudiste crearme enfermo y me creaste sano…
Tú pudiste permitir que no te conociese y has tenido la singular predilección de hacerme nacer de padres cristianos que me enseñaron a conocerte y amarte. Para que, habiéndote amado, sepa lo que es tu Amor y no pueda dejar de amarte. Y para que, habiéndote conocido, si algún día te perdiera, pueda otra vez hallarte.
Tú pudiste crearme y, después de creado, abandonarme. Y, sin embargo, siento a todas horas el dulce contacto de tu mano divina que no quiere dejarme…
Cantaré, Señor, tus misericordias.
Te amaré en todas las cosas; está mi vida jalonada de tus gracias.
Mil veces brilló sobre mí la espada de tu justicia,
y siempre la detuvo el brazo de tu misericordia.
Nací pecador y me redimiste.
Caí y me levantaste.
Te busqué y me recibiste.
Llamé y me respondiste.
Tuve hambre y me diste de comer. Y fue la comida tu cuerpo.
Tuve sed y me diste de beber. Y fue la bebida tu sangre.
¡Gracias, Señor!

La música es lo importante

Meditación. Las expectativas de felicidad

Por: Llucià Pou i Sabaté | Fuente: Catholic.net

Cuentan de un pescador que vivía feliz en un pueblecito costero, y un día al volver temprano de su jornada marinera le dijo un amigo empresario que si volvía más tarde y trabajaba más horas que las necesarias para vivir al día podría, con el beneficio de las ganancias, poder comprar otro barco y ganar más, y así ir montando una factoría para que un día, después de trabajar mucho muchos años, dedicarse a poder vivir pacíficamente en un pueblecito costero, pescar cuando quisiera y poder estar con la familia y los hijos y salir al bar y pasear con los amigos al anochecer, y charlar y disfrutar de una noche estrellada… –“¿Para qué tanto esfuerzo y tantos años malviviendo, si es lo que hago ya aquí?” La contesta del pescador no dejaba opción de réplica.

El otro día hablábamos un grupo de amigos sobre las expectativas de felicidad que tenemos en la vida, y de las posibilidades que ofrece la educación para enseñar a aprender a ser felices. Quizá la primera cosa que tendríamos que saber enseñar es que no nacemos felices o desgraciados, sino que aprendemos a ser una cosa u otra, dependiendo de nuestras elecciones personales y no de las circunstancias externas.

Decía uno de los contertulios que estamos todos enganchados como en la película “Matrix” a una esclavitud: Hemos de estar todo el santo día produciendo (subir, tener éxito, un nivel de vida adecuado, para alimentar la vaca sagrada del Estado del bienestar, que nos dice que nos matemos trabajando (como una Multinacional, nos paga viajes y un buen coche y una buena casa para después chuparnos todo lo que puede y devolvernos la cáscara de nosotros mismos cuando ya no les hacemos falta) y entonces seremos felices (mientras, quizá hemos perdido la salud a causa del estrés o se ha separado la familia por falta de dedicación). Y alimentados con estos proyectos temporales que se toman como metas absolutas (perdido del horizonte la trascendencia y el amor para siempre, que da sentido a la vida), nos dejamos deslumbrar por eslóganes publicitarios (aspiramos comprar un coche que –como anuncia la modelo de turno- si lo tienes “flipas” de gozo, y así entre productos y “momentos Nescafé”, “sonrisa Profident”, y “cuerpos Danone” vamos poniendo en ellos el objetivo de nuestros amores). Y uno se deja llevar por las cosas que ofrece el mercado de consumo, pues si no se produce se ha de consumir, y así seguimos enganchados al sistema, con un frenesí por consumir productos o entretenimientos que nos ofrece el marketing de las empresas y seguimos alimentando la vaca sagrada. Si viene una depresión como consecuencia de la frustración continua de no encontrar lo que buscamos, de sentirnos engañados por la publicidad, podemos siempre aliviarnos con las vías de escape que se nos ofrecen (sexo, alcohol y drogas) o las pastillas descritas por A. Huxley en “Un mundo feliz” (allá se llamaban “soma”, nosotros tenemos el Prozac o cualquier otro generador de serotonina).

Muchas penalidades, por no decir todas, nos vienen por buscar de manera equivocada la alegría, y mucha gente necesita recuperar “el gusto de la felicidad”. Es verdad que no será nunca completa en esta vida, aunque hay razones más que suficientes de alegría para estar contentos, y la clave es saberla descubrir en cada momento y en cada circunstancia. No hay recetas. Pero sirven algunas cosas, como por ejemplo valorar las fuerzas positivas de nuestra alma, lo bueno que hay en todo (con agradecimiento por las cosas que tenemos, como levantarnos cada día gozando de ver tantas maravillas, poder aprender de tanta gente que nos rodea…). O bien no cerrarnos en nuestros errores sino asumirlos y transformar el fracaso en victoria aprendiendo, transformándolo en experiencia. No cerrarnos sino abrirnos a los demás sin desconfianzas, comprendiendo a cada uno tal como es y buscando no lo que separa sino lo que une. En definitiva, hay que tener un ideal, alguien a quien amar y que centre nuestra existencia y hacia donde dirigir nuestras mejores energías, y dar cada día un paso.

Decía el beato J. Escrivá que quizá no hay nada más trágico en la vida de los hombres que los engaños sufridos por la corrupción o falsificación de la esperanza; y que lo que importa para ser feliz no es una vida cómoda sino tener un corazón enamorado. El amor es preocuparse por buscar el bien del amado y esto es lo que hace feliz: lo que cuenta no es tanto lo que hacemos, sino el amor con el que lo hacemos. La vida se convierte así en una canción que tiene una letra y una música. La letra puede volverse cansina y monótona si no fuera por la música que es el amor que ponemos en todo, y así de algo que sería rutina se hace una canción entusiasmante, nuestra vida entera es una canción de amor.

La fuerza de la fe

Meditación. La fe de Bartimeo

Por: P. Jose Luis Richard | Fuente: Catholic.net

El Evangelio es rico en ejemplos de hombres que se acercaron a Cristo y quedaron transformados. Bartimeo es uno de ellos. Analicemos su experiencia de Cristo considerando quién era, lo que hace para llegar a Cristo y los frutos que alcanza.

Cristo sale de Jericó. Ahí ha logrado la conversión de Zaqueo. Ahora se aleja de la ciudad por la calzada que lleva a Jerusalén. Toda la ciudad lo conoce y una muchedumbre considerable le sigue. Esa gente no va precisamente en orden y silencio. Cerca de la calzada por donde va pasando el Maestro un pobre ciego que pedía limosna junto al camino escucha el tumulto. Pregunta a alguien de qué se trata. “Jesús Nazareno, el Profeta de Galilea” le responden. Jesús. Seguramente habría escuchado ya todo lo que los hombres decían sobre Él: Predica una doctrina nueva y con autoridad. Cura a los enfermos, ha dado de comer a las multitudes. Incluso ha resucitado a algún muerto…

Bartimeo llevaba una vida sumido en la tiniebla. La ceguera lo arruinó y le había obligado a pedir limosna. Llevaba una existencia miserable, humillante, no podía valerse por sí mismo. Pobre, ciego, humillado. Necesitaba de alguien que le llevara, alguien que le diera algo de comer, alguien que le limpiara… ¡Cuántas veces le habrían hecho notar que era una carga, una molestia, un estorbo! El dolor moral de la ceguera le mordía el alma. Y así un día, y otro, y otro… toda una vida.

Pero hoy pasaba cerca de él el Maestro de Galilea. ¿Podría ese Jesús…? ¿Le ayudaría? ¿Cuándo se había escuchado que alguien curara a un ciego? Seguramente un ciego estaba condenado a vivir envuelto en sombras hasta su muerte, sin ninguna esperanza. Sin embargo, ¿no había este Profeta curado también a otros enfermos incurables? Y si era el Cristo, ¿no tendría un poder especial, de Dios? Y empezó a gritar y a decir: “¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí! Lo primero que hace Bartimeo es reconocer su situación. Sabe que necesita ayuda y la pide. Se da cuenta de que está cubierto de males, pero no quiere encerrarse en sí mismo. Pide con humildad un favor. Empezó a gritar. Su grito no es un lamento inútil ni un alarido de desesperación. Grita confiadamente. De lo profundo de su alma surgen con fuerza las palabras, sencillas, breves, doloridas. Palabras transformadas en oración sincera y suplicante a la que Dios no puede resistirse.

Su grito no era una simple petición de ayuda. Era mucho más. Estaba gritando una auténtica profesión de fe: ¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí! Le está dando a Jesús el título mesiánico de Hijo de David. No por adulación, sino porque está convencido de que sólo el Mesías tendría suficiente poder divino para abrir los ojos a un ciego. Y esa fe es una fe probada. Es difícil que Cristo lo escuchara desde el inicio, ya que estaba rodeado de una numerosa muchedumbre. Y, por si el ruido armado por la turba fuera poco, la gente, con esa maldad y desprecio tan propios de las masas, lo amonestaba a que guardara silencio. Pero no se desanima. La dificultad le estimula y le enardece: Pero él gritaba más fuerte.

No había terminado de escuchar que Cristo lo llamaba, cuando arrojando a un lado su manto, dio un salto y llegó a Jesús. No se pone a pensar que como está ciego tiene que caminar con cuidado para no caerse, que necesita un lazarillo, que por qué no viene Jesús en lugar de llamarlo… Actúa. Escucha la voz de Cristo y la sigue con confianza. Ésta es la fe que Cristo nos pide: que arrojemos a un lado el manto de nuestra limitada y raquítica “lógica” humana y con un salto firme, generoso, valiente y confiado lleguemos hasta Él, que está para salvarnos, pero no sin nuestro esfuerzo.

Cristo escucha complacido al pobre ciego. Llena con plenitud sus esperanzas. No sólo las que tenía de recobrar la vista, sino todas las esperanzas que Bartimeo tenía como hombre. Por eso, después de recibir el don de la vista, lleno de gratitud y amor a Cristo, como quien ha encontrado a quien da sentido a su vida, le seguía por el camino.

Para mí la fe no es un mero sentimiento de la presencia de Dios o de la Voluntad de Dios en mi vida. Para mí creer es darme, ofrecerme a Dios, entregarme a Él ciegamente. Para mí creer es dejarme conquistar por su Amor para su causa sin ofrecerle reparos. Para mí creer es caminar, sufrir, luchar, caer y levantarme, tratando de ser fiel a un Dios que me llama y a quien no veo. Para mí creer es lanzarme en la oscuridad de la noche, siguiendo una estrella que un día vi aunque no sepa a dónde me va a llevar. Para mí creer es sobrellevar con alegría las confusiones, las sorpresas, las fatigas y los sobresaltos de mi fidelidad. Para mí creer es fiarme de Dios y confiar en Él.

Colores

El ideal de un hombre no puede ser llegar a viejo.

Por: Marcelino de Andrés y Juan Pablo Ledesma | Fuente: Catholic.net

Un renombrado pintor italiano, con 98 años de edad a cuestas, firmaba de un solo trazo en la esquina inferior de su lienzo: Tiziano. Daba así por concluida La batalla de Lepanto. Otro artista, también de Italia, el así llamado Tintoretto, emplazaba una última pincelada de color a una obra portentosa de dimensiones inusitadas: 24 metros de longitud por 10 de altura. El cuadro se bautizó con el nombre de Paraíso. Tenía en ese momento 74 años.

¿Quién se atrevería a insinuarles a estos dos genios de la pintura que su vida ha sido insulsa? ¿Qué motivo podría arrinconarlos y declararlos cacharros inútiles al rebasar el listón de los sesentas? ¡Ay, eso de vivir es demasiado hermoso! La edad, antes que enturbiar los días, los llena de color y de fantasía. A los humanos nos pasa lo que al vino: cuanto más añejo, mayor es la calidad y el sabor.

El ideal de un hombre no puede ser llegar a viejo. Eso sería vivir en blanco y negro, en un tablero de ajedrez, arriesgándose a ser comido por cualquier pieza asesina. Hay que vivir a colores: con profundidad, con optimismo, a brazadas entre el día y la noche. Por eso me enorgullezco al hablar de esos “viejos jóvenes” que exprimen sus habilidades y virtudes hasta que…

El famoso sabio de la antigüedad Catón comenzó a estudiar griego a los 80 años. A la misma edad Goethe acababa su obra maestra el Fausto. Si se hubiera retirado, si hubiera obedecido a las sugerencias de tantos amigos: “A tu edad es mejor viajar; no exageres, ya has escrito mucho; puedes sentirte orgulloso…”, ¿qué hubiera sucedido? Que hoy en día nos privaríamos quizás de la obra cumbre de la literatura alemana y nadie mencionaría el nombre de Goethe. Si a los sesenta hubiera dejado de escribir sería un segundón, un don nadie.

Y los ejemplos son tantos… Me viene a la memoria el caso del compositor José Verdi. A sus 74 años regaló al mundo de la música el archiconocido Otello. Años más tarde, rozando los 80 continúa su producción y da a luz al Falstaff. No era suficiente. Los años pesan, pero ¿de qué serviría ahorrar vida y energías? A los 85 de edad corona su vida con el Ave Maria, el Stabat Mater y el Te Deum.

Pienso que lo más triste sea un viejo que se cree muerto, inservible, una chatarra. Entonces los días palidecen, pierden su color y se escapan como arena entre los dedos. No se puede perder la ilusión y el optimismo. Debería estar prohibido. La vida es un continuo quehacer. Siempre se puede ayudar, aconsejar, escribir, pintar, estudiar y producir en todos los campos de la cultura y del saber.

A 78 años el científico Juan Bautista Lamarck ponía punto final a sus investigaciones en el campo de la zoología, con una obra maestra, todavía reconocida y estudiada en nuestros días: La Historia natural de los invertebrados. También el renombrado Manuel Kant deja a la posteridad filosófica una obra ingente: Antropología y Metafísica de las Éticas y Conflicto de las facultades. Acababa de festejar sus 70 cumpleaños.

No hay peor enfermedad que la desconfianza. Desgraciadamente los seres humanos somos los únicos que caemos en ella. Parece que la edad inocula gérmenes nocivos y nos sentimos inservibles, baúles de recuerdos o piezas de museo. ¡No puede ser así! ¡No podemos resignarnos! Hay que dejar el mundo mejor de lo que lo encontramos. La vida es una tarea, una asignatura que dura hasta el final.

Ese pensamiento fue el que animó al político Adenauer a tomar las riendas de su país. Contaba en su haber 77 años y Alemania era nación derrotada por la guerra. No se bajó del caballo y estuvo en la presidencia hasta sus 88 años de edad, soportando las inclemencias de los tiempos modernos. También a los 77 años de edad fue elegido Papa el cardenal Roncalli. Se pensaba quizás en una rápida transición. Por cinco años guió la Iglesia universal y tuvo tiempo para convocar -nada más y nada menos- un Concilio ecuménico.

Estos son algunos de los grandes de nuestra historia de quienes me siento orgulloso. Hay muchos más. Lo sé. Ellos merecen todos los “Óscares”, los premios Nobel. Los felicito y al mismo tiempo pienso en los otros. ¿Qué será de nosotros mañana? Lo que seamos hoy. No sólo se drogan los jóvenes. Hay muchas personas mayores que se inyectan nostalgia del pasado o morfina ante el futuro, porque se han olvidado de que en la vida, además de blanco y negro, hay muchos colores.

Esconder los talentos

Meditación. Los talentos que Dios concede

Por: P. José Luis Richard | Fuente: Catholic.net

Los talentos, es decir, los dones de la vida, aquello que somos, los podemos considerar como una fortuna. Pero haremos bien en no olvidar nuestra responsabilidad: del uso que hagamos de ellos dependerá nuestra salvación.

Así lo manifiesta el Evangelio. Al siervo negligente lo condena no por lo que hizo, sino por lo que dejó de hacer. No porque perdió el dinero, sino porque no lo usó: y a ese siervo inútil, arrojadle a las tinieblas. En el juicio final, no acusa a los que están a su izquierda de haberle golpeado, insultado o robado. Cristo no les reprocha alguna acción deshonesta que hayan cometido. Sólo les echa en cara el bien que no le hicieron: cuando no lo hicisteis a mis hermanos, tampoco a mí me lo hicisteis.

Malvado llama Cristo al siervo perezoso. ¿Por qué?

Porque el talento que había recibido no le pertenecía. Era de Dios. El mismo lo confiesa: Señor, aquí tienes tu talento. A él le correspondía administrarlo conforme al deseo de su dueño.

Pero es que, además, cuando Dios concede a alguien un talento, está pensando en todos aquellos a quienes beneficiará cuando ese talento produzca. De ahí que el pecado de omisión, el no producir intereses con el talento recibido, se convierta en un auténtico robo, en traición a los hermanos para quienes estaba destinado.

Nos escandaliza y duele la traición de Judas. La Iglesia naciente chorreó sangre y se estremeció en sus cimientos ante ella. Pero salió victoriosa por la fidelidad militante y operosa de los once apóstoles. Si éstos no hubieran trabajado hasta la muerte por el triunfo de la Iglesia, ¿no hubieran sido ellos los auténticos traidores, mil veces más culpables que el mismo Judas?

Nuestra tarea como cristianos es similar a la de los once. Dios en su designio misterioso ha querido ligar la salvación de los hombres a nuestra fidelidad y a nuestro celo apostólico de cada cristiano. Ahí está el gran talento que coloca con cuidado en nuestras manos. ¡Qué misterio de bondad por parte de Dios pero qué inmensa responsabilidad para cada uno de nosotros!

No omitamos, pues, ni la más pequeña ocasión para hacer el bien. Cuesta poco y da mucho fruto saludar con una sonrisa al vecino, felicitar al compañero de trabajo cuando le ha salido bien su tarea, defender al Papa en una conversación, visitar a tal enferma que se encuentra enferma o sola…

Valoremos nuestros talentos. Seamos conscientes de las inmensas oportunidades que Dios nos da durante el día para colaborar con Él en la extensión de su Reino. Así podremos escuchar de sus labios aquellas otras palabras tan consoladoras: “Animo, siervo bueno y fiel…”

Gracias, Señor, por los talentos que me has dado y la confianza que me muestras. Lucharé con celo por hacerlos fructificar. Pero sin angustia: lo esencial para Ti no es la cantidad conseguida, sino el amor y el esfuerzo.

Creo en la vida eterna

Meditación. Llamado a compartir la esperanza.

Por: Pedro García, Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net

Un domingo cualquiera asistí a la Misa en una iglesia donde me tocó oír a un cura encantador, que nos decía entusiasmado en la homilía:
– ¡Sí, hermanos, un día moriremos! ¡Un día tendremos la dicha de morir!…
El Padre lo decía muy convencido, pero yo me dije para mis adentros:
– ¡Bueno! Allá él si quiere morirse. A mí que me deje disfrutar bien de la vida…
Aquel cura simpático, que chorreaba santidad por todos sus poros, ya murió y está disfrutando del logro de todas sus ilusiones. Yo sigo con mucho apego a la vida, lo reconozco. Pero, aquellas palabras de su homilía, ininteligibles entonces para mí me han hecho pensar muchas veces: -¿Y no tendría razón el buen cura?…

Es cierto que la vida es un don grande de Dios. Y nos la da para que la disfrutemos. A Dios no le gusta el lagrimeo de tantas personas amargadas y tristes. Si ha puesto en el mundo tanta hermosura y placer es para que lo disfrutemos todo y para ganarnos el corazón. ¡La vida es bella, y vale la pena vivirla!…

Pero es ciertamente un error el poner el corazón en lo que pasa y forzosamente se ha de dejar.

Así como es otro error el espantarse por las molestias inevitables de la vida y dejarse vencer por ellas.

La prudencia y el equilibrio son condición indispensable para valorar las cosas que son provisionales.

Si toda la felicidad en que ahora soñamos, y que tal vez disfrutamos, no la sabemos convertir en duradera para siempre, nos equivocamos de medio a medio. Porque es tener el juguete entre las manos, como el niño, y ver que se nos rompe o nos lo quitan. Se disfrutaba, para llorar después…

Cuando gozamos de las cosas y las debemos gozar con gusto cuando Dios nos las da nos va muy bien tener la frialdad de aquel contemplativo hindú, como nos cuenta una hermosa parábola. El monje solitario recibió una tarde a un joven, el cual llegaba rendido de tanto caminar.
– Dime, ¿qué quieres?
– Vengo porque Dios se me apareció el otro día y me dijo que viniera aquí. Me aseguró que tú me podías dar una piedra preciosa, la cual me haría rico para siempre.
– ¡Ah, sí! Debía referirse a ésta que encontré por casualidad en el bosque. Puedes quedarte con ella, si es que te gusta.
El joven se quedó loco de felicidad con aquel diamante, quizá el mayor del mundo. Se fue a dormir al caer el sol, pero pasó la noche entera dando vueltas y más vueltas en la cama.
– ¡Al fin soy rico para siempre!, se decía y se repetía de continuo, sin poder conciliar el sueño.
Al amanecer fue a despertar al hombre solitario, que seguía durmiendo tan tranquilo y feliz, y le suplica con insistencia:
– Hombre de Dios, toma tu diamante. Pero dame, dame esa riqueza que te permite desprenderte con tanta facilidad de esta piedra preciosa, la más grande de la India.

Aquí está el secreto de todo. La esperanza en una vida eterna es una riqueza muy superior a todos los valores de esta vida. Quien la posee, vive más feliz que nadie. El que espera, goza como nadie de la felicidad que Dios nos da ya aquí, la cual se cambiará en una felicidad mucho mayor y que no pasará jamás.

Pensamos muy rectamente que la fe cristiana nunca nos amargará la vida; al revés, hace de nosotros los seres más dichosos que existen. Quienes tenemos fe en una vida futura, damos envidia a los muchos que van a tientas entre las sombras…

Aquí es donde los que tenemos fe debemos jugar un gran papel en el mundo que nos rodea.

Somos ricos, sin darnos cuenta de la pobreza que tenemos a nuestro alrededor. Y así como hay egoístas con el dinero, que abundan en él y no sueltan nada al pobre que a su lado se muere de hambre, así también hay muchos ricos en el espíritu, que no comunican a otros desesperados la esperanza en la que ellos abundan dichosamente.

Nuestra esperanza la esparcimos a de mil maneras. Aunque nunca habrá modo alguno de comunicar optimismo y confianza como el que nos vea siempre con la sonrisa a flor de labios. El que no piensa en un más allá, porque no cree ni espera, se pregunta forzosamente al vernos sonreír en medio de nuestras preocupaciones, igual que las suyas o mayores: -¿No estará escondido Dios debajo de esa sonrisa? ¿No será cierto que después de lo de aquí hay algo más?…

Este aire de esperanza se manifiesta actualmente dentro de la Iglesia de un modo especial. Por ejemplo, hemos cambiado nuestra manera de expresarnos cuando fallece alguno de nuestros seres queridos. Antes, el funeral era algo triste, y los recordatorios bastante sombríos. Hoy les damos un aire pascual, y decimos y escribimos, con alegría en medio del dolor: ¡Ha pasado a la Casa del Padre!…

Un viejecito, al que visitábamos los del grupo y al que ayudábamos con nuestros pequeños ahorros, nos daba siempre la misma lección, y con una sonrisa que ni por casualidad se le caía de los labios, nos decía:
– Ustedes son jóvenes y tienen que disfrutar de la vida, como la disfruté antes yo. Para mí todo se acaba, pero yo sé que Dios me espera.

Viendo un caso así, pienso que el curita que sentía ganas de morir a lo mejor tenía mucha razón, aunque yo no lo quisiera entender; y así, le sigo diciendo a Dios, aún ahora: -Señor, para mí, espera, espera un poquito más… Aunque he aprendido a decirle también: -Señor y Padre mío, para ir a tu Casa, cuando Tu quieras …..