La Búsqueda del Todopoderoso

Meditación. ¿Quién busca a quién?

Por: Francisco Baena | Fuente: Catholic.net

En la andadura existencial de cada ser humano está marcada, aún sin saberlo, por la búsqueda de la perfección y la felicidad.

La búsqueda de mayores cotas de realización y el anhelo de la satisfacción en las circunstancias más diversas son síntomas evidentes de la “dimensión espiritual” de todo ser humano que busca al Dios Todopoderoso.

Pero en cada búsqueda de sentido global para nuestra propia realidad hay un convencimiento básico, certificado por la experiencia de muchos hombres y mujeres que sus vidas quedaron marcadas por el encuentro con el Nazareno: Que es siempre Dios el que nos busca y a menudo se hace el encontradizo por aquel que no le busca.

Vengan a mí

Meditación. En Él resplandece un amor probado y victorioso

Por: Guillermo Ortiz, S.J./Reflexiones Siglo XXI | Fuente: Catholic.net

¿Sentiste alguna vez cansancio y aflicción? Según usted, ¿qué es lo que más nos agobia y nos cansa?

Quizá lo que más cansa es la lucha cotidiana contra el mal, que parece que siempre nos gana. El mal quiere masacrar nuestros amores, y con la muerte de nuestros seres queridos nos golpea hondo, con intención de vaciarnos del sentido de la vida…

Jesús, Hijo de Dios, nos llama: ‘Vengan a mí todos los que están cansados y afligidos, y yo los aliviaré.’

Pero podrías pensar, ¿qué tipo de alivio puede ofrecerte Jesús?

Si miramos hoy a Jesús, vemos que lleva las marcas de su lucha con la muerte, en sus manos, en sus pies, en su corazón, pero está de pie. Jesús es el crucificado resucitado; el que estaba muerto y ha vuelto a la vida; es el Hijo de Dios que ha vencido a la muerte, y nos busca con un amor más poderoso que el mal y más fiel que la muerte.

Por eso, si miramos a Jesús resucitado, su imagen nos cura del desaliento, del cansancio, de la aflicción que provoca en nosotros la imagen deprimente de la muerte…

Mirar a Jesús nos mueve a creer que si nos unimos a Él, triunfaremos con Él y como Él. (Cfr. Rom. 6,8 2°Cor.13,4 Tim2,11)

Por eso, Jesús nos dice con razón y verdad: “Vengan a mí todos los que están cansados y afligidos que yo los aliviaré’, porque en Él resplandece un amor probado y victorioso, más fuerte que el mal y que la muert

La abnegación, camino de formación

meditación. Lucha, trabaja, sacrifícate

Por: P. Antonio Izquierdo | Fuente: Catholic.net

Al profeta Jeremías le tocó vivir el momento más difícil en la historia del pueblo de Israel: el momento en que Jerusalén fue atacada por las tropas babilónicas, asediada y, después de un tiempo, tomada. El profeta Jeremías, siguiendo la voz de Dios, iba diciendo lo que debían hacer y nadie le hacía caso; más aún, lo maltrataron y lo metieron en un pozo encenegado. El profeta Jeremías sufrió mucho y sufrió por ser fiel a la palabra de Dios, a la revelación de Dios. Que los hombres sufran, es una realidad de todos los días; que tengan la actitud de Jeremías, ya es otra cosa.

En el cristianismo Jesucristo primero y después la Iglesia no han cesado de hablar de sufrimiento, de cruz, de renuncia de nosotros mismos para poder vivir como auténticos cristianos. Jesucristo dice en el Evangelio: “El que quiera seguirme que se niegue a sí mismo, que tome su cruz de cada día y que me siga”.

Es a los discípulos a quienes Jesucristo dirigió primeramente estas palabras: “Si tú, Pedro, quieres seguirme, niégate a ti mismo”. Esto le debió costar a Pedro, y que no lo entendía muy bien lo vemos en el Evangelio. Pedro aparece orgulloso, queriendo sobresalir, fanfarrón…Y Jesucristo: “Si quieres seguirme, Pedro, niégate a ti mismo”. Después de la confesión mesiánica, viendo que ya los apóstoles habían entendido que él era el Mesías, Jesús les comienza a decir que va a tener que sufrir, ser maltratado y morir en la cruz. Eso a Pedro no le parece y le dice a Jesús: “Jamás sea eso contigo, Señor”. ¡Quiere darle una lección a Jesucristo de cómo debe comportarse! Jesucristo llamó a Pedro ´satanás´, nombre que jamás dio a ningún otro.

A Juan lo suelen representar joven y modosito. Pero el Evangelio lo llama ´hijo del trueno´. ¡Debió tener un carácter tremendo! Cuando los samaritanos no los quisieron recibir, él y su hermano Santiago, le dicen a Jesús: “Señor, ¿quieres que mandemos fuego sobre éstos?”. Respuesta de Jesús: “No sabéis lo que estáis diciendo”.

También fue invitando oportunamente a abnegarse a sí mismos a otros discípulos, a todos. Tomás era un racionalista, y un empirista. “Si no veo, no creo”, decía. Y Jesús: “Niégate a ti mismo, cree aunque no veas”. Felipe no había sido capaz de ver en Jesucristo a Dios. Jesús le dice: “Quien me ve a mí, ve a mi padre”. Como si le dijera: “Vence tu sensibilidad, edúcala para que a través de tu sensibilidad des el salto a la fe”. Jesús pasó tres años formando a los discípulos, mediante la palabra y el ejemplo.

La abnegación, camino de formación

La formación no termina a los veintidós o veinticuatro años. Tal vez, eso era factible en el pasado, hoy hay que estar en una continua formación. La vida ordinaria es un constante estar formándonos a nosotros mismos, y es precisamente por eso un constante ejercicio de abnegación.

¿Qué significa formarse? Significa adquirir una forma. ¿Cuál es nuestra forma? Nuestra forma es el ideal humano y cristiano, el humanismo cristiano. Esa forma la tenemos que estar día a día adquiriendo, perfeccionando. Y eso exige abnegarnos.

Hoy en la educación familiar, escolar, en la misma mentalidad común, se piensa y se actúa como si formar fuese dejar que el niño o el adolescente sigan su inclinación natural. ¿Para qué decirle: “Esto no se debe hacer”? ¿Por qué ponerle trabas?… ¿Qué es lo que resulta? Que el concepto de abnegación y sobre todo la realidad de la misma se están perdiendo. Es una pena, porque el que no sabe negarse a sí mismo no tiene voluntad. Si ha hecho siempre lo que quiere y querrá hacer siempre lo que quiera, cuando en la vida tenga que enfrentarse con alguna dificultad, no sabrá qué hacer y se derrumbará. La falta de abnegación produce hombres débiles, mujeres débiles. Esa es la pena y la desgracia de una educación que no tiene en cuenta la abnegación, como un elemento importante en el formación del hombre y de la mujer.

Algunos campos para el ejercicio de la abnegación

1.-La disciplina:

La disciplina existe en la casa, en la escuela o en la universidad, en el deporte, en cualquier institución…Toda disciplina nos pide negarnos, aunque sea en pocas cosas. Se trata de la disciplina externa, pero existe una disciplina interior que es la disciplina de nosotros mismos. Disciplinar nuestros deseos, nuestras pasiones, nuestros sentimientos, nuestra afectividad, nuestros pensamientos, nuestra imaginación. Esa disciplina interna exige abnegarnos mucho más. Quien se abniega, va adquiriendo la facilidad para la disciplina, va formando el hábito. Santo Tomás dice que un hábito es el modo normal, frecuente, ordinario que lleva a la facilidad de aquello que nos proponemos. Si tengo el hábito de obediencia, por ejemplo, no tengo que hacer un esfuerzo titánico en cada acto de obediencia.

Los hombres han inventado grandes cosas, tenemos que estarles muy agradecidos. Pero hay también esos inventos pequeños, insignificantes, que tanto han facilitado al hombre la vida y el trabajo ordinario: el papel aluminio, el bolígrafo bic, el plástico… Son pequeños inventos, que nos parecen lo más natural, y por eso no los valoramos, ni pensamos en ellos. Nos puede suceder en la disciplina lo mismo: Que a las cosas importantes, a las cosas “gordas” de la disciplina les demos valor…Pero de los pequeños detalles ni nos demos cuenta, ni les prestemos atención porque no los valoramos. Tenemos que valorar esas pequeñas disciplinas de cada día.

2.-El frenesí o hiperactivismo.

Hiperactiva es esa persona que no piensa, sino que hace; y haciendo cosas sin pensar, con frecuencia las hace mal. ¡Lo importante no es pensar sino hacer! En la vida personal, en la formación, en la vida familiar, tenemos el tremendo peligro de caer en el activismo. No está mal hacer el bien, hacer cosas, sino el frenesí en hacerlas. Y es ese frenesí el que nosotros tenemos que sacrificar. No convirtamos el frenesí en un pequeño ídolo. Inmolemos la inclinación temperamental al frenesí en aras de la serenidad. Hacer el bien, pero hacerlo con serenidad. Los hiperactivos, por el contrario, fabrican cosas, montan cosas, se agitan, no paran, pero no hacen sino multiplicar sus nervios y los de los que les rodean.

Para conseguir esa abnegación del activismo, quisiera leerles cinco consejos para la serenidad:

A. Sólo por hoy trataré de vivir exclusivamente al día, sin querer resolver los problemas de toda la vida.
B. Sólo por hoy seré feliz en la certeza de que he sido
creado para la felicidad no sólo en el otro mundo sino también en éste.
C. Sólo por hoy me adaptaré a las circunstancias sin pretender que las circunstancias se adapten todas a mis deseos.
D. Sólo por hoy me haré un programa detallado y me guardaré de dos calamidades: la prisa y la indecisión.
E. Sólo por hoy creeré firmemente, aunque las circunstancias demuestren lo contrario, que la providencia de Dios se ocupa de mí como si nadie más existiera en el mundo.

3.-El realismo:

Es algo de lo que necesitamos constantemente echar mano en nuestra vida. El joven, por naturaleza misma de la juventud, es idealista, y es muy bueno tener grandes ideales. Pero al mismo tiempo el idealismo tiene que estar conjugado con un grande sentido de la realidad.

A veces corremos el peligro de vivir soñando. El otro día leí en una revista “Consejos para cambiar el mundo”. Después de dar muchos que podían ser discutibles, aportaba uno que me pareció imprescindible: “No critiques, no sueñes, haz algo”. Ahí está el realismo. Los jóvenes critican a los mayores: “¡Cosas de viejos!”. ¿Quieres cambiar el mundo? ¿Quieres cambiar la Iglesia? ¿Quieres cambiar a los cristianos? “No critiques, haz algo”. Criticar es fácil, construir es más difícil.

Ser realista y ponerse a construir exige negarnos a nosotros mismos. No critiques, no sueñes un futuro utópico. Lucha, trabaja, sacrifícate en el yunque del presente para mejorar el futuro. Es verdad que conviene soñar un poco, pero no mucho. Sobre todo si se queda uno en el sueño y no se baja a la realidad de la vida. “Sueña, pero haz algo, lucha, trabaja, sufre, ama, entrégate”.

Vivamos la virtud de la abnegación con alegría. La abnegación jamás nos debe poner tristes. Hemos de aceptarla y vivirla con valentía, con atrevimiento, con gozo interior.

 

 

 

 

La oración también es gimnasia

La oración también es gimnasia

Por: Guillermo Ortiz, S.J. | Fuente: Reflexiones Siglo XXI

Algunos hacen gimnasia por la mañana al levantarse, otros por la tarde o por la noche; muchos practican deportes el fin de semana, y para algunos el mismo trabajo es un ejercicio físico más leve o más pesado, y le exigen al cuerpo tanto o más que los deportistas y atletas de profesión…

Pero, ¿cómo va tu gimnasia espiritual? No ves tu espíritu pero lo sentís. Espiritualmente, ¿te sentís en forma o debilucho para andar el camino difícil de la vida, en esa dimensión más honda de la existencia?

Te quiero recordar que siempre tienes a mano la gimnasia espiritual que es la oración y también el templo, la capilla, la Iglesia, que es el gimnasio espiritual para los atletas del espíritu, la clínica para los que necesitan cura y un poco de terapia, el mercado para los que necesitan alimento, porque la vida espiritual no es fruto de un razonamiento, de un silogismo de la inteligencia, a eso podríamos llamarle vida psíquica. La vida espiritual, como la vida del cuerpo se alimenta, se somete a un examen riguroso, recibe medicina, entra en terapia, se cura, se ejercita en el contacto, la relación y el intercambio amoroso con Dios. Este es el campo o la dimensión religiosa de la oración, la liturgia, los sacramentos, el contacto con Dios, la caridad con los hermanos.

¿Tu espíritu está en forma, o medio debilucho?

 

 

Lo que vale la pena

Meditación. El reto sigue en pie

Por: Fernando Pascual | Fuente: Catholic.net

Enseñar ha sido siempre un reto humano. Y todo reto implica que hay algo difícil que conseguir, pero que vale la pena el esfuerzo por lograrlo.

Enseñar algo que valga la pena resulta todavía más difícil que enseñar lo primero que pueda pasarse por nuestra cabeza. Porque “lo que vale la pena” cuesta, y lo que cuesta exige dejar otras cosas que pueden ser más fáciles o más “productivas”, pero menos valiosas.

Hoy vivimos en un mundo en el que algunos de los valores de antes han sido puesto en crisis, en estado de cuarentena. Y cuando no se enseña lo que vale (por eso se habla de “valores”), entonces lo que vale menos o no vale nada ocupa su puesto.

Desde luego, no todos estamos de acuerdo en decir qué es lo que vale y qué es lo que vale menos. Si intentamos establecer una primera lista de cosas más valiosas, podríamos recoger las siguientes: amistad, alegría, paz, justicia, solidaridad, compañerismo, lealtad, sinceridad, familia, vida. La lista base podría ser bastante más larga.

Sin embargo, la discusión comienza respecto de otros valores. Algunos hablan del valor de la salud, otros del dinero, otros de la profesión, otros de la ciencia, otros de la ecología, otros de la industria, otros de la religión, otros del sexo seguro, etc.

La polémica se hace mucho más grande cuando se trata de establecer una jerarquía entre los valores, porque es normal que, entre ellos, surjan conflictos. Si uno, por ejemplo, para defender el valor “justicia” sabe que debe romper una amistad, ¿qué es lo más importante? Si otro, para defender la ecología, debe cerrar una fábrica de la que dependen más de 1000 obreros, ¿qué vale más? Si un tercero, para curarse, debe “comprar” un riñón arrancado contra toda justicia a un niño pobre, ¿qué vale más?

No se puede vivir sin conflictos. Cada opción humana implica dejar de lado una serie de posibilidades y escoger otras. Lo sabe muy bien el niño que a veces duda entre elegir tal o cual programa de televisión. Lo sabe bien el adolescente que ha comprendido lo que importa estudiar pero también quiere participar en un equipo de baseball que le ocupa no pocas tardes del mes. Lo sabe el adulto que dice amar a su esposo o a su esposa, pero quiere “disfrutar” una pequeña vacación sexual con otra persona encontrada en el camino de la vida… Lo sabe quien dice creer en Dios pero luego actúa según lo que la situación de cada instante va pidiendo…

Conviene, de vez en cuando, sentarse y pensar qué es lo que realmente “vale la pena” por antonomasia, por encima de otras cosas que también valen, pero valen menos. La respuesta puede parecer difícil, pero no lo es. Vale la pena lo que dura, lo que no pasa, lo que no se puede acabar. Vale la pena lo que no se puede perder ni nos pueden quitar. Vale la pena lo que construye. Vale la pena lo que nos une, no lo que nos divide. Vale la pena lo que dejas a otros para que ellos puedan tener más. Vale la pena lo que produce paz. Vale la pena lo que lleva al cielo. Vale la pena lo que es verdad, aunque no lo parezca a la mayoría. Vale la pena lo que responde a las exigencias éticas más profundas del hombre, y no lo que sólo satisface al instinto del momento. Vale la pena la fidelidad a la propia palabra, al esposo o a la esposa, a los hijos o a los padres, porque el amor es el tesoro más grande del mundo.

La pena de lo que vale la pena vale la pena. No es un juego de palabras. Lo que vale cuesta, nos produce una pena. Pero ese es el precio que se paga por lo que vale. Y quien ha logrado lo que vale la pena, se olvida de la pena y agradece el haber logrado eso que tanto quería. Agradece y es feliz. Quien se sacrifica poco consigue poco. Quien pena mucho logrará muchas veces lo que quiere en lo más hondo de su corazón. Pero eso que se logra con tantos sacrificios debe ser algo que valga, que no se acabe, que nos introduzca en lo eterno, que nos lleve a amar más y mejor.

Decíamos al inicio que educar ha sido siempre algo difícil. Educar en los valores lo es más, porque no basta con decir qué es lo importante. Aquí se trata de empujar y de mover a cada uno para que se ponga en marcha, para que sufra por lo que vale, precisamente porque vale. Y ello será posible sólo si de verdad enseñamos a descubrir lo que más vale, y si mostramos que es posible lograrlo con el ejemplo de la propia alegría y satisfacción. Así nos miran los niños y los adolescentes: como modelos de lo que hay que hacer. Y sólo seguirán nuestros pasos cuando vean que “valió la pena” el lograr lo que hemos logrado. El reto sigue en pie. Y vale, de verdad, la pen

De la confianza en Dios

Meditación. La confianza en Dios es la mayor prueba que podemos dar en el ejercicio del Amor de Dios

Por: Cristiandad.org | Fuente: Catholic.net

La confianza es una entrega sin reservas a la acción de la Providencia Divina, es un abandono de sí mismo y de nuestros medios para esperar únicamente en la Bondad y Sabiduría del Sagrado Corazón.

Se nos encarece en la Fe, pero la Confianza es más que un acto simple de fe, es una fe inconmovible, tan firme que nada, ni las mayores tormentas y huracanes podrían hacerla tambalear, aunque su única base sea la de creer en un Dios que no vemos y que en ocasiones pareciera – solo pareciera – darnos la espalda y olvidarse de nosotros, en un Dios que aparentemente contempla indiferente el triunfo del mal, en un Dios que pareciera sordo a nuestros llamados de auxilio cuando nuestra barca parece, cuando todo conspira en nuestra contra.

La confianza roba a los Sagrados Corazones sus mayores y mejores gracias, de las que casi se podría decir que guardan para estas almas valerosas e intrépidas. Porque si obran de la más magnífica manera con almas que guardan reservas en su entrega y amor, tratándolas como no se comportaría ni el más generoso y paternal de los reyes, ¡cómo no hemos de esperar que el Rey de Reyes trate aún más regiamente, aun más generosamente con quienes se abandonan a su protección!

Si este Rey soberano lo abandonó todo, lo entregó todo, no ahorró ningún sacrificio ni humillación para rescatar a sus súbditos de la vergonzosa servidumbre del Príncipe de las Tinieblas, para vencer aún a la propia muerte, todo por amor a nosotros, ¡cómo no habremos de confiar en Él, si no pudo hacer más para demostrarnos Su amor!

Pero a pesar de que contemplemos esta entrega sin reservas, este holocausto divino, guardamos reservas respecto a Su amor, dudamos de su bondad y sabiduría.

Un acto de confianza debe “desconfiar” de dos factores: de sí mismo y de los medios… ¡locura para los ojos y los corazones del mundo!
Para una cultura hecha toda en base al culto de sí mismo y de los medios todopoderosos de la técnica y de los conocimientos omnisapientes de la ciencia, ¿no es la mayor de las insensateces?

Desconfianza de sí mismo, al contemplar nuestras múltiples limitaciones e imperfecciones, y desconfianza de los medios al ver la finitud de sus resultados, y la improbabilidad siempre presente de sus logros.

Ciertos siempre de que nosotros y los medios que empleamos lo conseguiremos todo, y venceremos todos los obstáculos, vemos derrumbarse una y otra vez estas torres de Babel modernas.

Hagamos de cada acto una entrega perfecta de nosotros, por amor de Dios, valiéndonos de todos los talentos que el Señor depositó en nosotros y contando con todos los medios que la prudencia nos muestre, pero que este acto sea un acto principalmente de confianza en Dios.

La historia está repleta de hechos grandes y pequeños en los que por cortos e insuficientes que fuesen los medios, por toscas y poco preparadas que fuesen las personas, los resultados brillan en el firmamento de la gloria.

La Israel perdida y sometida que volvía los ojos a su Señor y brillaba por sus victorias; doce rudos pescadores a la conquista del universo; sangre de vencidos por el Imperio que se volvió su ruina y que regó las bases de un nuevo Imperio que abarca hasta los últimos confines del Universo y que reina no sólo sobre los cuerpos de sus hijos sino aún sobre sus propias almas; un puñado de hombres que cruzan un océano desconocido y otro puñado que se lanza a la conquista temporal y espiritual de un Continente desconocido, venciendo imperios y domesticando a la misma naturaleza; otros puñados de hombres enfrentando los diferentes ataques que el mal ha lanzado contra la Cristiandad… Pero no sólo las grandes gestas brillan por el poder de Dios, sino que el obrero, el ama de casa, el empresario, la autoridad, el militar, el médico, el religioso, entre otros, ¿no ven día a día la impotencia de sí mismos y de sus recursos, y la Omnipotencia del Creador que los sostiene?

Dios se complace en mostrarnos nuestra impotencia orgullosa para regalarnos con infinita generosidad si nos ve humildes y confiados…

Puesto de rodillas

Meditación. Mi mal es ser un pobre pecador

Por: Cristianda.org | Fuente: Catholic.net

Y apartándose de ellos como la distancia de un tiro de piedra, puesto de rodillas, hacía oración, diciendo: Padre mío, si es de tu agrado, aleja de mí este cáliz. No obstante, no se haga mi voluntad, sino la tuya (Lucas, XXII, 41-42)

Los hombres no aman fácilmente la Verdad por sí misma, y como los salvajes o los niños, huyen cuando la ven venir, no sabiendo si les permitirá vivir a su antojo, y continuar con sus pequeños tráficos, y se refugian en los bosques.

Mira, Señor, que estoy cansado de huir ante esa Verdad paciente, tenaz, inevitable. Sé muy bien que un día saldrá a mi encuentro, en la hora en que, bloqueado por la muerte y cortadas todas las retiradas, la veré ganar terreno, y agarrarme para pedirme cuentas. Estoy cansado de esta estrategia pueril que para conservar la libertad de la fantasía y del capricho rehúsa la disciplina y las sujeciones saludables. Y como todos esos a quienes tu gracia acaba por acorralar, yo también caigo de rodillas no pudiendo substraerme más, ni huir de ti.

Positis genibus – En esta actitud es en la que tu pueblo fiel te espera en la iglesia, y en ella también es en la que ora en secreto. Y cuando faltan las palabras y las frases y las ideas, para demostrarte bien que te pertenece, te ofrece espontáneamente el homenaje de sus rodillas dobladas. He repetido este gesto millares de veces, tal vez sin comprenderlo bien, por imitación, por rutina, como se saluda descubriéndose, como se estrecha la mano, como se piden excusas. No he parado mientes en las muchas lecciones saludables que contenía este humilde gesto tradicional, desde aquel atardecer de Getsemaní, en que Cristo por todos nosotros se puso de rodillas – positis genibus -. Si lo hubiese comprendido bien, si aun hoy penetrase su sentido, no diría nunca que me abandona la oración y que han sido cortados los pasajes entre Dios y yo.

De rodillas, sin intentar huir, me dejo agarrar por el que me alcanza. Señor, mis espaldas están demasiado cargadas; ¿cómo podría, pues, echarme a correr por el desierto y escaparme todavía de ti? Mira que el peso de mis mentiras gravita sobre mi debilidad. ¡Es tan penoso llevar consigo errores fabricados trabajosamente; es tan difícil correr cuando se está embarazado con los ídolos, y se tienen los brazos cargados de falsos dioses! ¡Es sobre todo tan imposible arrastrar un corazón pesado – gravi corde -, un alma abrumada de reiterados deseos, que yo mismo te pido de rodillas, Rey pacífico, que me libres! Las bestias de carga orientales, los camellos del desierto, de los que tú hablabas a tus discípulos, se ponen también de rodillas cuando llega la hora de ser descargados de su albarda. Mi fatiga sucumbe también bajo el peso de mis errores. Al arrodillarme, me pongo a tu disposición. Ten piedad de mí.

Positis genibus – No pasaré adelante. Aquí es donde tu gracia tiene que venir a buscarme. No me levantaré hasta que no hayas cambiado mi nombre de infiel, y me hayas devuelto tu luz. – Non dimitiam te donec benedixeris mihi (1) -. Cada vez que doblo las rodillas, te pongo humildemente en el trance de escucharme. Es la única manera que tengo de obligarte, y hay en ella algo que no puedes rehusarme, cuando con todos mis hermanos me pongo de rodillas sobre el suelo. Esta actitud, tan humilde, es omnipotente, no por vil, sino por verdadera. Tú nunca has fulminado al hombre que está de rodillas; nunca le has hablado con severidad: el flagellum de funiculis, el azote de cuerdas de fino mordente, lo han experimentado solamente los grandes mercaderes ante sus mesas, y los traficantes ocupados en sus pingües negocios. El hombre que está de rodillas se halla protegido por tu misericordia, y la mirada que echas sobre él es una promesa y una resurrección.

Porque en realidad de verdad – positis genibus – el hombre arrodillado se convierte casi en tu dueño, y la criatura que te llama silenciosamente para convertirse en más sincera y en menos débil, siempre triunfará. La bendición que te pido de rodillas no es la de los hijos de Jacob. No merezco tales privilegios, y no sé si la opulencia no me haría esclavo de una turba de deseos infieles: los Filisteos invadirían mi alma, y sus gritos profanarían su santuario. No te pido que me eximas de las cargas comunes, ni que me dispenses de las grandes fatigas humanas, ni que acortes mis jornadas de trabajo, ni que permitas que ande vagando, cuando los demás están desangrándose y muriendo. No te pido que no envejezca, ni que suprimas el invierno, ni que me ahorres las tempestades y las ruinas, y ese sufrimiento íntimo de la vida empleada en tareas de poca importancia y de los días devorados por legiones de importunos. Acepto todo lo anejo a mi rudo oficio de hombre; quiero cumplir mi parte en la labor común, y no quiero derramar compañeros de viaje y lucha. Acepto que me sacudan violentamente, me resigno de corazón a sufrir, pero, Dios mío, te pido de rodillas que me libres de lo malo que hay en mí. – Libera nos a malo! – Tú mismo no nos habrías enseñado esta oración, si no hubieses querido escucharla sin reservas.

Sé muy bien que todos los días debo ponerme de rodillas, y que por lo tanto cada día, en cada hora, tú me librarás de un mal que pulula incesantemente. Bien sé que no es de un golpe, como cuando se saca una muela, como vas a librarme de mi miseria; sé que esa miseria es condición de mi virtud, y que a través de las resistencias es como crecen y se elevan mis energías sobrenaturales.

Por eso, sin pedirte que me transformes por un milagro repentino, te suplico que me protejas contra mí mismo, que te acuerdes de que mi enfermedad de nacimiento consiste en llevar en mi alma una voluntad herida y loca, que se contradice sin saber por qué, que huye sin decir adónde, y que cambia sin decir cómo. Mi mal de nacimiento consiste en hastiarme de lo bueno y desear siempre lo mediocre; es ser deslumbrado, como los niños, por todo lo que brilla y absorbido por ridículos pasatiempos. Mi mal es ser un pobre pecador sin consistencia y sin mérito.

Y cuando me veas de rodillas, silencioso, no atreviéndome a continuar el inventario de mi penuria, ni a echar la cuenta de mis desastres; cuando delante de ti, con los ojos cerrados y las manos juntas, no esté más que yo, sin frases y sin gestos, con mi alma vestida de miseria, dime, Dios mío, que entonces vas a acordarte de que eres mi Salvador, y que si yo fuese alguna cosa por mí mismo, en la medida exacta en que lo fuese, no tendría necesidad de ti.

Pecado

Meditación. El corazón que optó por el egoísmo

Por: P. Fernando Pascual | Fuente: Catholic.net

Un niño coge entre sus manos un diamante. Sus papás sonríen. Tras la lluvia de reflejos del cristal se esconde un regalo precioso, fruto de muchos años de trabajo. El niño se acerca a unas brasas, deposita el precioso objeto, y… en pocos instantes se pierden, en los aires de la casa, unos cuantos miles de dólares…

Un adulto coge entre sus manos lo más precioso que ha recibido de Dios: la libertad. Mira, entre los cuartos de su corazón, dónde esconderla. Olvida a su Padre y opta. Entre las calles camina, sombrío, quien, con su pecado, ha dejado de amar por un puñado de barro hueco.

El pecado es una realidad que nos acompaña, que nos sigue, que nos acorrala. El pecado salta a cada esquina, se agazapa en cada zapato, se insinúa en una computadora o en una azada, en una tarde triste de invierno o entre las palmeras de una playa tropical.

El pecado muerde y huye y traiciona. El pecador queda allí, con la herida, sin recibir el consuelo de quien prometía un gozo pasajero. Tras un trago engañosamente dulce se esconde la acidez de la mentira.

No hay psicólogo que pueda perdonar un pecado. No hay pastillas contra el remordimiento. No hay un bálsamo que cierre una herida del espíritu. El pecado nos pone desnudos, ante Dios y ante nuestra conciencia, con toda nuestra pequeñez, nuestra miseria y nuestra nada.

Y, de repente, lo que ningún hombre puede hacer, Dios lo hizo. El Padre de los cielos, ofendido por la culpa, desciende, acoge, perdona, ama. No puede dejar a quienes le dejamos por un puñado de cenizas. No puede abandonar a los hijos de sus sueños. Hijos errabundos, tristes, pecadores, pero hijos.

El pecado no es, por tanto, el último acto de nuestra historia. El corazón que optó por su egoísmo puede alzar los ojos y mirar al Crucificado, al Dios de los brazos abiertos y de la sangre al pecho. Puede llorar con amargura, como Pedro, por no haber sabido amar a su mejor Maestro. Porque Dios es bueno, puede esperar que un día, quizás hoy, quizás en la esquina de una calle, las manos de un sacerdote tracen, al viento, una cruz, mientras en sus labios escapan palabras que sólo un Dios pudo haber dicho: “Yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”.

A imagen y semejanza

Meditación. Cuando los hombres prescindimos de Dios, hacemos el ridículo

Por: Manuel Ma Domenech I. | Fuente: cristiandad.org

Dedicada a mi hijo Ignacio
en el día de su Confirmación,
el 10 de junio del 2000

En una de sus homilías oí decir al P. Pizarro, insigne predicador de la Orden de Santo Domingo, que los hombres, cuando prescindimos de Dios, hacemos el ridículo. Tengo un diccionario bíblico que al explicar el significado de la palabra “imagen” en las Sagradas Escrituras dice: “evidentemente, imagen y semejanza significan lo mismo”.

Sin embargo, en el libro “El Espíritu del Señor”, publicado por la Santa Sede para preparación del jubileo, podemos leer: “Uno de los conceptos típicos de los Padres de la Iglesia es la distinción entre «imagen y semejanza», cuando la imagen se refiere al ser y la semejanza al actuar. (…) Mientras con el Bautismo el Espíritu reconstruye en el hombre la imagen de Dios, deformada por el pecado, con la Confirmación le confiere la semejanza. Éste es el motivo por el cual puede definirse como sacramento de la «plenitud», porque confiere el don de la perfección y de la santidad. Adentrados en el ser divino, gracias al primer sacramento, se está ahora habilitados para la acción divina, gracias a la fuerza del Espíritu”.

Todas las cosas tienen su teoría y su práctica. La teoría va del ser a la palabra que lo expresa como imagen. La práctica de la palabra al ser, cuando se hace lo que dice, a semejanza del ser que la pronunció. La palabra es la concepción del artista y la obra de arte es la realización de su idea. Y es el amor el que hace, primero, hablar al ser y después hace cumplir lo que prometen las palabras. El ser, la palabra, y el amor, están, de alguna manera, en todas las cosas, porque todo se parece al Dios trino que las ha creado.

Nos dice el profeta Isaías (55,10-11) que la Palabra de Dios hace lo que dice: “Como bajan la lluvia y la nieve del cielo, y no vuelven allá, sin haber empapado y fecundado la tierra y haberla hecho germinar, dando semilla para el que planta y pan para el que come, así la Palabra que sale de mi boca, no vuelve a mí baldía, sino que hace lo que yo quiero y cumple su misión”.

También nosotros, a semejanza suya, tenemos que cumplir lo que decimos. Hemos de vivir nuestra Fe. Jesucristo mismo nos enseña que no todo el que dice `Señor, Señor´, entrará en el reino de los cielos, sino los que cumplen la voluntad de su Padre celestial. Esos son los que edifican sobre roca. Esos son los hermanos, y hermanas, y padres del Señor. Esos son la tierra buena sobre la que cae la semilla y da fruto.

Madre y modelo de esa actitud es María. Ella dijo: “Hágase en mí según tu palabra”, y la Palabra se cumplió tanto en ella, que, por obra del Espíritu Santo, el Verbo se le hizo carne y habitó entre nosotros.

Como imagen de este modelo, el Bautismo engendró en nosotros otro Cristo, con el mismo soplo divino que engendró a Cristo de María, y ese mismo Espíritu, que recibimos en la Confirmación, hará que, si nos dejamos llevar por el viento de sus dones, seamos también, a semejanza divina, padres de obras cristianas y de los otros cristos, con los que se hace la Iglesia, cuerpo de Cristo cabeza, para gloria de Dios Padre.

 

 

 

 

¿En qué consiste la tibieza?

Meditación. No haber sembrado en los surcos

Por: cristiandad.org | Fuente: Catholic.net

Dios mío, yo quisiera saber bien en qué consiste la tibieza, de que con tanta frecuencia se me habla en son de amenaza; quisiera saber bien si me encuentro yo, débil como soy, entre esos mediocres que te desagradan, entre esos heridos vulgares, víctimas de disputas fútiles, de tenebrosos conflictos callejeros y de encrucijadas.

Cuando se me dice que la tibieza es una fatiga, una saciedad, una languidez
del alma, me acuerdo de que he pasado por todos esos estados y se apodera de mí la inquietud. ¿Quizá también para mí, fatigado hasta el hastío, sin bríos, sin
fuego y sin vigor, cuando me siento de mal humor, van a resonar también las
ásperas recriminaciones dirigidas contra todos los cobardes; y debo considerarme como un tibio, cuando me encuentro triste y decaído?

La tibieza no es en primer término un sentimiento, y se la define mal cuando se habla de ella como de un estado afectivo. La tibieza es principalmente una actitud de la voluntad, una decisión consciente, un estado admitido a sabiendas. No consiste en un melancólico decaimiento, sino en un rechazo deliberado de seguir hasta el fin la voluntad del único Maestro. Se encuentra en todas las almas que sin reparos aceptan el pecado venial, y que hacen de él, por lo tanto, una costumbre.

Para conocer si soy tibio, lo primero que debo observar no es el número de mis faltas. Ese número puede aumentar o disminuir sin que se modifique mi disposición interior. Basta que cambien las circunstancias. El más impaciente de los hombres tendrá menos accesos de ira si se le transporta en medio de la pacífica Sión, y si no se halla rodeado más que de benévola docilidad. Su impaciencia, aunque se manifieste menos, no por eso ha disminuido, y la mirada que escudriña los corazones no reconoce progresos en él. Puede incluso decirse que la gravedad de las faltas no es absoluta e inmediatamente indicio seguro de tibieza. San Pedro no era tibio la tarde de la negación, y hay caídas profundas y bruscas, que las almas fervorosas han de temer lo mismo que los demás.

En cambio, la facilidad con que se peca revela una complicidad antecedente con el enemigo de las almas, y el que el mal entre en nosotros dejándonos insensibles muestra a las claras que nuestra voluntad lo había secretamente aceptado de antemano. El que puede decir sinceramente a Dios: Señor, estoy decidido a no rehusarte nada; quiero cumplir todos mis
deberes y todos tu deseos; no me reservo nada, nada disimulo, te hago entrega de toda mi capacidad de querer, ese tal es un buen servidor y un fiel discípulo. No es, no puede ser un tibio, y sin embargo, caerá aún. Sus caídas serán, empero, accidentes locales, infidelidades pasajeras a sus buenas disposiciones anteriores; para repararlas le bastará restaurar, con la gracia de Dios, la voluntad inicial, y cerrar, por decirlo así, el paréntesis que había abierto en su vida la caída.

El tibio, por el contrario, no quiere pronunciar sinceramente la palabra del abandono absoluto. Dará, pero hasta tal límite; se someterá, excepto en tales casos; prevé y acepta su déficit espiritual, y se decide a no renunciar a tal cosa que el precepto divino, aunque no con obligación grave, le ordena que deje. El apego puede ser en sí de ninguna importancia:
una pereza consentida, un rencor mantenido, una irregularidad que llega a arraigar en nosotros como algo permanente, el objeto preciso no importa; lo que hace de un alma cristiana un alma tibia es el cautiverio voluntario en manos de un tirano terrestre.

Dos hombres pasean por un camino. El primero marcha derecho, pero tropieza en un obstáculo y cae. Una vez levantado continúa caminando derecho; el principio de la marcha no está viciado en él. El otro es cojo; no tropieza contra ninguna piedra, ni cae gravemente, pero ninguno de sus pasos es correcto; el principio de la marcha de este tal es defectuoso. Ahora bien: el principio de nuestras acciones morales es nuestra libre voluntad. Cuando esta voluntad es correcta, obedece a su ley suprema y se somete deliberada y totalmente a
sólo Dios. Esta sumisión no suprime los defectos, pero los desaprueba; no hace imposibles las caídas, pero las convierte en ilógicas. Este hombre puede caer, pero no cojea, y levantando marcha aún derecho.

Cuando, por el contrario, la voluntad es incorrecta, y deliberadamente rehusa a Dios la total sumisión, cualesquiera que sean las obediencias parciales, esa voluntad es la de un alma coja e imperfecta, y las malas acciones que de ella procedan se seguirán lógicamente. No está quitado el defecto, ni siquiera desaprobado.

Por eso, Dios mío, quiero echar una mirada sobre mí mismo. Puede ser que sea
yo uno de esos adormecidos que nunca han pensado en tomar una resolución respecto de tu voluntad; puede ser que mi conciencia esté profundamente aletargada – gravi corde – e incapaz de enderezarse, si tu trueno no la despierta. Hazme salir de mi tumba. Pero quizá
he hecho yo también a sabiendas, como Ananías y Safira, dos partes de hacienda, y guardando tal vez en mi mano codiciosa una porción de mi voluntad, no estoy dispuesto a ofrecerte más que una mentida sumisión. Puede ser que te haya dicho: todo, pero esto no; imaginándome que tenía derechos que debía hacer valer, y bienes personales que defender, temiendo de parte de Dios un despojo excesivo. Si así fuera, me encuentro verdaderamente entre esos tibios cuya absurda cobardía te disgusta, y no me he dado cuenta de no haber sembrado en mis surcos más que la nada.