Rema mar adentro

Meditación. Fuimos creados para remar mar adentro

Por: Paulo Monteiro | Fuente: Catholic.net

Novo Millennio Ineunte 1-3
El 6 de enero del presente año, Su Santidad Juan Pablo II firmó su más reciente carta apostólica“Novo Millennio Ineunte”. El objetivo del Santo Padre en esta carta es el de trazar directrices y consignas para que el pueblo de Dios viva de la mejor manera y dentro del plan divino, el nuevo milenio que apenas comienza.

Confieso que a cada día el Santo Padre me sorprende más. Cuando el año jubilar llegó al fin, lo primero que pensé fue mirar hacia atrás y agradecer a Dios todas las gracias recibidas. Y pensando en el pontificado de Juan Pablo II, uno se pregunta qué más resta por hacer. Este santo hombre lleva 23 años liderando la barca de Cristo con eficacia y fecundidad. El Jubileo parecía el culmen, la fase final del pontificado de Juan Pablo II. Pero, para nuestra sorpresa (palabra no extraña en la vida del Santo Padre) el papa elabora un documento qué, si es verdad que agradece a Dios las gracias recibidas, es sobretodo una invitación a mirar hacia adelante.

Esto me hace recordar a un atleta que después de haber ganado el mundial de los 100 mts. planos, lo primero que declaro en una entrevista fue que su objetivo en aquel momento eran las olimpíadas. Esto parece reflejar un aspecto de nuestra naturaleza humana que siempre quiere ir más allá, que necesita siempre progresar. Hay un dicho muy sabio que dice que no avanzar es retroceder. Este ha sido el motto del pontificado de Juan Pablo II.

En la introducción de la carta, el Santo Padre usa una expresión en latín que ilustra muy bien esta necesidad de siempre ir más adelante: “Duc in Altum”. Esa es la expresión que Cristo usó al encontrarse con Pedro y los primeros discípulos. Él subió en la barca de Simón y le ordenó “Duc in Altum”, “Rema mar adentro”. Pedro contestó que había estado toda la noche pescando y no había pescado nada, pero que lo haría de nuevo por tratarse del Maestro. Cuando llegaron al alta mar, pescaron tantos peces que necesitaron ayuda de otras barcas para volver a la orilla.

El Santo Padre nos invita, en este nuevo milenio, a hacer como Pedro, remar mar adentro. Tenemos que pescar nuestro frutos, multiplicar los talentos recibidos. Pero sólo podremos hacerlo si Cristo está en nuestra barca.

En cierta ocasión, un joven reclamaba que en su vida no veía los frutos. Le pregunté cuánto dedicaba a la oración, a lo que me contestó: “no suelo rezar”. ¿Cómo podemos esperar tener éxito en nuestra vida si Cristo es un extraño? Es como salir a pescar en un mar turbulento. Una vez salí a pescar con un grupo de amigos en la cuesta del pacífico. El clima no favorecía nuestra iniciativa. Comenzaba a llover cuando salimos y la capitanía no recomendaba la pesca. Pero, tercos e imprudentes, insistimos en salir. Dos horas después de nuestra partida, nos encontrábamos luchando contra olas que jamás había visto tan grandes. Me encomendé a Dios pues pensaba que mi vida llegaba al fin. La lucha duró otras 3 horas y gracias a Dios pudimos llegar de regreso con vida al puerto. Pero experimentamos lo que es estar en una barca a la deriva en medios a una tempestad.

Empezar este milenio sin poner a Cristo en el centro de nuestras vidas es salir a pescar en un día de tempestad. Cuando Él no está en la barca, no hay cómo enfrentar las enormes olas que la vida nos trae. Pero cuando dejamos a Cristo subir en nuestra barca, los frutos están garantizados, podemos estar seguros de que la pesca será un éxito.

Juan Pablo II nos invita a remar mar adentro en este nuevo milenio con Cristo en nuestra barca. Con Él, no hay qué temer. ¿Por qué tener miedo si Él es nuestro redentor? Él conquistó la victoria para nosotros con su muerte en la cruz. “El poder de la cruz de Cristo y de su resurrección es más grande que todo el mal del que el hombre podría y debería tener miedo”. (Juan Pablo II, Cruzando el Umbral de la Esperanza)

“No tengáis miedo”, nos decía el Papa hace 23 años. Ahora nos invita de nuevo a no tener miedo, a empezar este nuevo milenio con la confianza puesta en el Maestro (“en tu nombre, Señor, echaré las redes”). “Duc in altum!” Nos esperan los peces, los frutos de una vida vivida junto a Cristo. Si nos abandonamos en Él, el miedo desaparecerá y empezaremos este nuevo milenio con la seguridad de quien sabe que en su barca va el Señor de la historia. “Duc in altum!” porque nuestro lugar no es la orilla, porque fuimos creados para remar mar adentro, en la lucha por construir un mundo nuevo en dónde Cristo sea el Rey y el amor la gran ley de los hombres.

El amor es más fuerte

Meditación. Conviene superar los propios planteamientos egoístas

Por: Adrián Pérez Navarro | Fuente: Catholic.net

De las palabras que más han permanecido en nuestra memoria histórica tras la visita del Santo Padre a nuestra patria se encuentra esta: “el amor es más fuerte”. Nadie podría haber olvidado aquel semblante convencido de lo que pronunciaban sus labios, tremendamente embebido en el pensamiento de tal concepto, alguien para el que decir amor no era ni es palabra vacía sino proyecto de vida, fuerza de Dios, realización de la propia existencia.

Parecía, pues, natural que ante tan sugestiva palabra no pudiésemos no haberla conservado en el alma nacional. Porque, ¿qué hay de más íntimo, de más intuitivo que el amor? El amor, en efecto, es lo que hace que un hombre llegue a la existencia, en amor vive sus primeros años de vida, por amor siente el ansia de superarse en la vida para asegurarse una presencia eterna, por amor deja a su padre y a su madre para formar una familia o para entregarse con totalidad al amor de Jesucristo, como el Santo Padre. Por amor, en fin, se ha construido una existencia tal que mire con añorados ojos la llegada de la otra vida, de la que colmará con creces el eterno deseo de amor que siente cada corazón humano.

Bien lo conoció san Agustín cuando resumía al amador: “ama y haz lo que quieras”. Sabía las implicaciones del amor que están bien lejos de los estados románticos, sentimentales que no llevan a nada, por lo menos no han llevado ni llevarán a un matrimonio feliz ni a una realización plena en la vida ni a nada digno del nombre del amor. Porque si amásemos de veras no nos resultaría nada imposible perdonar los ultrajes de los que nos insultan ni reconstruirnos de las cenizas del odio de nuestro hermano. Al contrario no podría no inundar la paz lo eterno que en el corazón del hombre se esconde, una paz que está en las entrañas mismas del amor, algo así como uno de sus frutos más dulces y deleitosos al paladar del alma.

Por eso no es banal hablar del amor, ni puede serlo. Cierto que lamentablemente hemos estado acostumbrados a escucharla y le hemos quitado, a fuerza de egoísmo encubrido, su irresistible belleza. Pero también es cierto que el hombre se resiste a olvidarla porque en nuestra carne está inscrito el anhelo de amor y de un amor que vuela alto, muy alto.

El amor es más fuerte. De alguna manera las palabras del rey de Jordania, Abdalá II lo han recordado y lo han confirmado en este imposible pero milagroso viaje papal a Tierra Santa: “el poder del amor es más fuerte que los conflictos”, dijo en su discurso inaugural. ¿No lo ha confirmado la presencia del Santo Padre allí donde hablar de paz carece de sentido, en donde no hay amor para el del otro barrio? ¿No lo fue también entre nosotros cuando con voz fuerte lo gritó a la juventud, a una juventud demasiado dividida por prejuicios ideológicos? Quizás ahora sintamos con mayor peso el peso y precio del amor, ahora cuando conviene superar los propios planteamientos egoístas y abrirse al otro simplemente porque el amor cristiano lo exige.

Quizás también nosotros estemos viviendo en una Tierra Santa en donde pasar de un barrio a otro esté significando la eterna intolerancia e incomprensión, en donde la capital no esté siendo lugar de convivencia pacífica sino de odios siempre a flor de piel, en donde las piedras corran a causa de un amor que se pudrió por no haberse dado a los demás.

Que las palabras de Juan Pablo II sean verdaderamente fuente de luz también para esta nuestra otra Jerusalén. Que la rectitud de pensamiento del rey de Jordania nos lleve a hablar del amor sin temores a fin de conseguir esa paz y esa reconciliación nacional que tanta falta nos hace y que tanto añoramos. Que como el Papa el amor nos haga realizar imposibles y seamos testigos de lo que puede el amor lograr en los corazones, en las sociedades: lo imposible hecho realidad, hecho vida.

 

 

El arca sin Noé

Meditación. ¿Usted que haría?

Por: Arquímedes Sánchez | Fuente: Catholic.net

Se imagina usted un nuevo diluvio universal. Los periódicos lo calificarían como la catástrofe del milenio, los geólogos dirían que superaría al “niño” y llamarían a este colosal fenómeno el “abuelo”, dado que sus estudios al parecer, sólo sirven para nominar catástrofes.

Imbuidos en este contexto, Dios nuevamente con su infinita misericordia se dispondría a salvar al hombre,esta vez se adaptaría a las circunstancias de los tiempo y se lo pondría más fácil.

Les proporcionaría un submarino nuclear, del tamaño de un portaviones de esos de los Estados Unidos, con sus correspondientes divisiones para cada una de las parejas de animales de todo el mundo, con su ventilación asistida, control digital de grados ambiental, con su pasto artificial para crear ambiente, maceteros bien iluminados con riego a goteo etc.Y el así llamado arca no podría estar a la deriva con una paloma como medio de comunicación, para eso están los satélites, claro. Pues el hombre ha creado con su inteligencia cosas justas ¿Para qué impedírselo?

Para llamar y buscar a todas las clases de animales, lo haría de una manera rápida y eficaz, bastaría con dejar una reseña de las direcciones de internet de los mayores zoológicos del mundo y en cuestión de minutos su pedido está hecho. La técnica hoy día hace maravillas.

Ahora sólo queda encontrar a un hombre justo, claro está, con su correspondiente familia justa. Cosa fácil. En la tierra hoy abundan los derechos del hombre, las cartas magnas, la ONU, el Fondo Monetario Internacional, cientos de organizaciones y fundaciones que trabajan por respaldar al hombre justo por medio de sus decálogos, pocos deberes y muchos derechos.

Confrontando a un hombre con las leyes que hoy día se dan para que sea justo, se lo ponemos muy difícil a Dios para que el género humano se salve del diluvio. Según estos parámetros el Noé de hoy día (con su respectiva familia) que podría albergar nuestro arca, podría ser desde un hombre normal en el sentido clásico y natural de la palabra con su esposa e hijos hasta un homosexual con su pareja de hecho, con derecho a abortar, a dar la dulce muerte al suegro o al abuelo cuando este se vea sin fuerzas, a divorciarse y quedarse a convivir con la “amiga”, y ser calificado de justo ante el mundo por haber sido digno usuario de los “derechos” concedidos a la humanidad.

¿Se imagina el aprieto en que estaría metido Dios, en países como España o ahora recientemente en Francia? Porque los derechos naturales en la jurisdicción del arca, todos los animales sin excepción lo cumplen y eso que tienen menos cerebro que el hombre. Una de dos, o se cambia la naturaleza de todo ser viviente sobre el planeta, racional como irracional, o el arca se queda sin Noé. ¿Usted que haría?.

 

Confesiones

En el fondo lo que más nos cuesta es reconocer que somos pecadores y que tenemos que cambiar de vida.

Por: Máximo Alvarez Rodriguez | Fuente: Catholic.net

 
Por estas fechas tienen lugar en las distintas parroquias las confesiones. Es evidente que hay mucha gente que ya no se confiesa. Y, como decía un cura, de entre toda la gente que va apenas hay algún pecado decente. Unos van convencidos, otros un poco por cumpli-miento y muchos dicen que no quieren o no necesitan confesarse. Siempre se buscan disculpas. Aunque en el fondo lo que más nos cuesta es reconocer que somos pecadores y que tenemos que cambiar de vida.

Una de las razones que más se suelen aducir para no ir a confesarse es el “tener que contarle al cura la vida”. Pero tampoco se trata de contar la vida a nadie. No obstante puede ser que haya quien sienta reparo o vergüenza en manifestar sus pecados. Pero esto no es más que una disculpa. Porque fuera de la confesión a la gente no le da vergüenza pecar ni siquiera manifestarse como pecadores. Por ejemplo:

 

 

 

  • Son muchos los que abiertamente se manifiestan como agnósticos o ateos, los que manifiestan claramente su desinterés por las cosas de Dios. Y no les da vergüenza ninguna que se note.
  • Se oye blasfemar a todas horas. La gente no se recata en decir las mayores groserías contra Dios en público. No les importa que todo el mundo les oiga.
  • Las ausencias a la misa dominical y el desprecio de las prácticas religiosas son algo palpable.
  • Las relaciones familiares deterioradas y las desavenencias están a la orden del día. Incluso a la gente no le da reparo salir a la tele o a la radio a pregonarlo.
  • El adulterio u otros tipos de desórdenes sexuales son conductas cada vez más extendidas, son un hecho público. Y en muchos casos, sobre todo si es gente famosa, están presentes en los medios de comunicación.
  • Que se roba o se miente no hace falta ser ningún lince para adivinarlo. La corrupción en estos órdenes es tan generalizada que difícilmente se puede ocultar.

    La muestra es suficiente para demostrar cómo la gente no se oculta para pecar ni siquiera para divulgarlo o comentarlo ante quien sea. A la gente no le importa contarlo todo al psicólogo o al psiquiátra o al periodista de turno, pero parece que todo el problema está en hablar con el sacerdote, acostumbrado a conocer las debilidades humanas y a oír y guardar secretos mejor que nadie.

    Quiero terminar con una historia tan real como enternecedora que sucedió en nuestro Arciprestazgo. Una mujer de cuarenta años era consciente de que se moría al dar a luz y mandó ir a buscar al sacerdote que vivía a varios kilómetros y que sólo podía hacer el camino a caballo. Pues bien, como sabía que el cura no iba a llegar a tiempo escribió los pecados en un papel y se los entregó a una vecina para que se los entregara al cura cuando llegase. Ciertamente ya había muerto cuando éste llegó. ¡Qué fe tan grande! ¡Qué amor por el sacramento de la Penitencia!.

    Sería bueno que viéramos la Penitencia no como una carga pesada que nos impone la Iglesia sino como un gesto amoroso de Dios Nuestro Padre.

  • Preguntas o comentarios al autor
  • Máximo Alvarez Rodríguez

 

 

Rezar mucho no cambia las cosas

Somos nosotros los que cambiamos con la oración

Por: P. Juan Carlos Ortega Rodriguez | Fuente: Catholic.net

Un amigo me comentaba el cambio que notaba en su esposa desde que ella había comenzado un trabajo serio en su vida espiritual y personal. En realidad, fuera de dedicar un mayor tiempo a la oración, sus demás costumbres eran las mismas. Lo que había cambiado era el modo positivo con que afrontaba las circunstancias adversas de la vida.

En una de sus últimas catequesis el Papa ha tratado de explicar cómo influye la oración en la vida de cada creyente y, en consecuencia, la necesidad que el fiel tiene de ella. Buscaos dar respuesta a las siguientes preguntas: ¿realmente necesitamos de la oración?, ¿no podemos prescindir de ella sin que nada cambie en la vida?, ¿qué aporta la oración a la vida de un cristiano?

Comentando uno de los salmos de la Biblia, el Santo Padre hace notar cómo en “las súplicas que dirigimos al Señor para ser liberados del mal entran en escena tres personajes” (30 de mayo de 2001).

El primero de todos es el Señor. “Él es el Dios santo y justo que se pone de parte quien recorre los caminos de la verdad y del amor”. Quien ora a Dios sabe que Él conoce muy bien el amor y el deseo de bien que guardamos en el corazón y sabe, que como Él es bueno y justo, siempre estará dispuesto a perdonarnos y a ayudarnos.

El segundo personaje somos nosotros. La característica principal de quien ora a Dios, además de tener una necesidad que superar, es la confianza en el Señor. Precisamente de “la oración el fiel recibe la fuerza interior para afrontar un mundo con frecuencia hostil”.

Y éste es el tercer personaje que entra en juego en la oración. El salmista lo llama con el nombre genérico de “los enemigos de nuestro drama cotidiano”. A lo largo del día se van presentando tantos contratiempos inesperados. Salimos con retraso de casa porque no dejaron la llave del coche en su lugar, en consecuencia se llega tarde a la escuela, pero es la maestra la que no dejó entrar al hijo a la clase. Pasan unas horas y nos avisan que a la tía le han robado el bolso en el mercado. Más tarde nos comentan que fulanita ha dicho de nosotros tal o cual cosa. Para terminar la mañana, los huéspedes llegan a casa pero el esposo no ha regresado del trabajo. Estas diversas circunstancias cotidianas, más o menos banales, se convierten en los enemigos de la vida diaria.

¿Qué puede hacer la oración ante estas circunstancias? Nada. Sí lo repito, nada. Un servidor considera que pensar lo contrario es una de las dificultades que tenemos de cara a la oración. Nuestros rezos buscan y piden que Dios nos quite los problemas y adversidades de la vida; en cambio, el mucho rezar no cambiará las circunstancias que nos rodean. Lo vuelvo a repetir el mucho rezar no cambia las cosas. Somos nosotros quien cambiamos con la oración, de tal modo que afrontamos de un modo diverso las adversidades que se nos presentan.

¿Qué cambia de nosotros? En primer lugar la oración nos ayuda a comprender que, como personas que somos, tanto nosotros como los demás, tenemos errores y fallos. Este detalle nos ayuda a ser comprensivos con los errores ajenos y a aceptar los propios. Y de este modo no hacemos un problema de lo que es una circunstancia banal.

La oración nos ofrece también la certeza de la presencia de Dios en nuestras vidas. Quien ora sabe que “el Señor mismo lo toma de la mano y lo guía por los caminos de la ciudad”. Cuando una mamá lleva a su niño de la mano, no hace desaparecer las piedras, los escalones o los charcos de la calle, pero sí ayuda al niño a superarlos o esquivarlos. Así el Señor, sin quitarnos las adversidades, nos ayuda a superarlas y a afrontarlas con“serenidad y alegría”.

Les aseguro que no es lo mismo comenzar un día con o sin la oración. Tras la oración de la mañana, “la jornada que se abre ante el creyente, aunque marcada por fatigas y ansias, tendrá siempre sobre sí la bendición divina”.

Éste fue precisamente el cambio que mi amigo notó en su esposa. No fueron las actividades y actos externos, sino la actitud con que sobrellevaba cada circunstancia fruto de su oración dia

¿Cristo sin Iglesia?

¿Se puede ser un fiel seguidor de Jesucristo prescindiendo de la Iglesia?

Por: Máximo Alvarez Rodriguez | Fuente: Catholic.net

Hace poco en una reunión con padres de niños de primera comunión abordamos el tema de la Iglesia. Otros días habíamos hablado de Dios creador y de Jesucristo. Correspondía hablar en la última reunión de la Iglesia como comunidad de los seguidores de Jesús y continuadora de su misión. En estos casos es muy importante el diálogo, el oír opiniones, aclarar dudas, compartir vivencias, etc… Y hoy aunque mucha gente no tenga idea de nada siempre hay quien opina de todo llegando incluso a decir barbaridades como esta: “¿por qué la Iglesia no respeta la libertad de las personas y nos obliga a creer en Jesucristo?”. Como pueden ver la pregunta ya no necesita respuesta ni comentario.

Pero, sobre todo, una de las cosas que con frecuencia hay que constatar es la agresividad de muchos padres/madres con relación a la Iglesia. Así, por ejemplo, a la pregunta “¿se puede ser un fiel seguidor de Jesucristo prescindiendo de la Iglesia?”, muchos respondían que “por supuesto que sí”.

Quiero pensar que tienen un concepto muy pobre de Iglesia, que no saben lo que dicen o que están llenos de prejuicios… o tal vez que sea una manera de justificar la comodidad y la falta de compromiso. Ciertamente no solo estos padres, sino otra mucha gente piensa lo mismo.

Lo más triste es que no hayan tenido la suerte de vivir de cerca la gozosa experiencia que supone participar de la inmensa riqueza espiritual que se recibe a través de la Iglesia (doctrina, amor, gracia….). Los numerosos y graves fallos que se puedan reprochar a la Iglesia en cuanto institución formada por seres humanos en nada empaña todo lo bueno y santo que en ella se encuentra.

Hay inmensidad de obras buenas, de iniciativas hermosas en favor de los demás, incluidos los más débiles… que difícilmente habrían surgido sin ese caldo de cultivo que es la comunidad de creyentes. Y todo ello no solo desde un punto de vista espiritual, sino también material, cultural, social, asistencial…

Imaginemos por un momento que la Iglesia no hubiera existido o que desapareciera totalmente y veríamos el inmenso vacío que esto produciría en todos los órdenes.

Convendría recordar aquella frase de nuestros Obispos en el Documento Testigos del Dios vivo: “En un mundo como el nuestro, quienes creen en Dios y en Jesucristo, pero viven alejados de la Iglesia, corren en riesgo de perder la fe en el Dios vivo y la esperanza en la salvación cristiana”.

 

 

 

 

 

Sacrificio

Meditación. Todo lo que vale la pena hacer, exige esfuerzo

Por: P. Fintan Kelly | Fuente: Catholic.net

Parábola: Edificando una torre Lc 14,25-33

“Se le juntó numerosa muchedumbre, y, vuelto a ella, les decía: Si alguno viene a mí y no aborrece a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas y aun a su propia vida, no puede ser mi discípulo. El que no toma su cruz y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo. ¿Quién de vosotros, si quiere edificar una torre, no se sienta primero y calcula los gastos, a ver si tiene para terminarlas? No sea que, echados los cimientos y no pudiendo acabarla, todos cuantos los vean comiencen a burlarse de él, diciendo: Este hombre comenzó a edificar y no pudo acabar. ¿O qué rey, saliendo a campaña para guerrear con otro rey, no consideraba primero y delibera si puede hacer frente con diez mil al que viene contra él con veinte mil? Si no, hallándose aún lejos aquél, le envía una embajada haciéndole proposiciones de paz. Así, pues, cualquiera de vosotros que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser mi discípulo”.

Fruto:
Salir con la convicción de que la cruz no es un fin en sí misma, sino un medio para alcanzar un fin, que es nuestra transformación en Cristo.

El construir el Reino dentro de nosotros es una empresa empeñativa. Pero todo lo que vale la pena hacer, exige esfuerzo. Jesucristo compara el seguirlo con construir una torre o con hacer la guerra contra alguien. Lo que se debe pagar para construir el Reino, que es seguir a Jesucristo, es el sacrificio invertido. Es como si Jesucristo dijera:“¿Quieres construir el Reino dentro de ti? Entonces la inversión o presupuesto va a consistir en sacrificarse totalmente”. Él habla de “renunciar a todos sus bienes”, significa el tener una jerarquía de valores. Jesucristo nos pide no anteponer nada al Reino, ni el amor humano a los parientes ni el apego a los bienes materiales.

Toda jerarquía de valores exige una opción y esto implica sacrificar algo. Jesucristo lo describe como llevar la cruz. Comenzamos a rechazar la cruz cuando perdemos de vista de que es sólo un medio para alcanzar un fin. El que siembra la semilla con el sudor de su frente sueña en la cosecha rica y amarilla. Así debemos llevar la cruz, pensando en el fruto que nos va a aportar: nuestra transformación en Jesucristo.

La cruz es el precio que hay que pagar por conquistar el Reino. Si uno ve la cruz de esta manera tiene bastante sentido e incluso es mucho más llevadera. El problema comienza cuando no vemos el sentido de la cruz y sólo la toleramos o la rechazamos totalmente. Pero la cruz siempre estará allí, pues nos sigue como nuestra sombra. Lo razonable es tratar de darle un sentido.

Propósito:
Llevar mi cruz con sentido sobrenatural.

Mientras muchos credos, ideologías, proyectos políticos, sociológicos o psicológicos, y aún la misma ciencia médica prometen vanamente al hombre la supresión del dolor, la revelación cristiana muestra que el dolor, pese a su paradójica consistencia, es también camino de humanización y elevación de la persona. No lo engaña con falsas promesas. Y en cambio le da la entereza y la fortaleza que necesita para sobrellevar con gozo, no con resignación, las fatigas del camino.

 

 

 

 

 

El amor es más fuerte

Meditación. Un mundo con nada, absolutamente nada de amor, es impensable e irrealizable

Por: Marcelino de Andrés Núñez | Fuente: Catholic.net

No hace mucho comentaba al final de uno de mis artículos que me parecía una verdadera lástima el que los hombres de hoy se propongan ser y sean de hecho tan egoístas, y mucho más si llegan incluso a enorgullecerse de serlo. Pues, bien, hace escasas semanas, la lectura de un reportaje titulado “soy egoísta y me glorío de serlo”, me roció y encharcó el alma de esa lástima.

Se trataba de un estudio estadístico sobre el egoísmo y el altruismo de la sociedad italiana actual. Los resultados arrojados me han dejado de piedra. Resulta que el 63 % de los italianos se reconoce egoísta y “a mucha honra”. No sienten ni una pizca de vergüenza al afirmarlo. Y de ese 63 % la mitad hay que considerarlos egoístas totales: es decir, totalmente desinteresados a comprometerse en favor de los demás y a los que ni siquiera les interesa que otros lo hagan. En pocas palabras, que les importa un comino todo lo que no sea ellos mismos.

Sinceramente, a mí me asusta el pensar que cada vez me encuentro más rodeado de gente que empieza a gloriarse de comportamientos y actitudes de los que más bien debería sentir vergüenza. Me preocupa percibir cómo ese egoísmo a ultranza está acercando peligrosamente nuestras sociedades a vivir bajo la ley de la selva. Me aterra constatar que las nuevas generaciones están creciendo en un ambiente de egocentrismo exasperado y se están empapando de él hasta los tuétanos. Y el resultado final no puede ser otro que el estar crear algo más parecido a salvajes que a personas humanas.

Alguna vez he tratado de imaginarme un mundo donde impere soberana y exclusivamente el egoísmo y el individualismo, un mundo donde la egolatría sea la única palabra de orden, un mundo donde el amor ya no tenga cabida. Nunca he podido ir demasiado lejos en mis imaginaciones, pues siempre ha terminado por imponerse en mí la certeza de que un mundo así no puede subsistir. Se desintegraría al instante. Un mundo con nada, absolutamente nada de amor, es impensable e irrealizable. Pues significaría que Dios ha dejado de estar en él, de sostenerlo. Se evaporaría de inmediato.

Así que, si el mundo y los hombres existen todavía es porque aún hay amor palpitando en ellos, a pesar de tanto egoísta engreído o camuflado. Sí, aún hay, en medio de esta epidemia egolátrica, corazones que saben aman, que se entregan y se donan a los demás olvidándose de sí mismos. Aún hay gente altruista, generosa, humana. Hombres y mujeres que no presumen de amar aún haciéndolo a pleno corazón. Y gracias a ellos y a los efectos de su amor, nuestro mundo es aún habitable y el ambiente de nuestras sociedades puede seguir respirándose.

Por eso yo prefiero mil veces soñar con un mundo donde reine la paz, la justicia y el amor. Y prefiero, además de soñarlo, empeñarme en primera persona haciendo lo que esté de mi parte para que así vaya siendo en la realidad.

A pesar de todo, quiero ser de los que siguen creyendo en el amor y confiando en la capacidad de amar enraizada en todo corazón humano. Quiero gritar a todo el que esté dispuesto a comprobarlo, que es una verdad como una catedral aquello que escribió San Juan de la Cruz: “donde no hay amor, siembra amor y cosecharás amor”. Porque el amor es y seguirá siempre siendo más fuerte.

 

 

La moral y las leyes

Meditación. El mundo está discutiendo hoy sobre los temas más fundamentales: la vida y la muerte

Por: Fernando Pascual | Fuente: Catholic.net

Cuando una sociedad debe legislar sobre la vida y la muerte pone en juego todos sus valores y energías. No es indiferente admitir o no admitir el aborto. No es indiferente prohibir o permitir el infanticidio de niños que nacen con grandes deformaciones. No es indiferente decidir sobre lo que se hace en un hospital con un anciano que ve llegar la muerte en pocas semanas o días.

Hay quienes creen que, en temas como estos, la sociedad debería dejar de lado cualquier “prejuicio” de tipo religioso o moral para iniciar una discusión serena y abierta, sin trabas ni enfrentamientos sin sentido, y decidir de este modo lo que sea más oportuno en cada momento. Cuando se alzó la voz en casi todo el mundo en contra de la clonación humana como algo indigno del hombre, hubo quienes hicieron notar que, antes de condenar una nueva posibilidad de la ciencia, convendría dejar de lado los “anatemas” para considerar, con “frialdad” y calma, las ventajas o inconvenientes que puedan darse del aplicar la clonación entre los individuos de la especie humana…

En afirmaciones de este tipo hay un error de perspectivas. Creer que es posible no tener presente ningún sistema de valores a la hora de discutir los problemas más fundamentales de la vida y de la muerte es algo así como querer nadar sin mover ni brazos ni piernas… Si incluso a la hora de comprar o vender un coche o unos plátanos dependemos de una visión sobre el bien y sobre el mal (“ahora puedo hacer esta compra, ahora puedo hacer esta venta”), ¿cómo podemos prescindir del propio punto de vista en temas mucho más importantes? Hasta el ciudadano más “descafeinado”que crea poder hablar del aborto y de la eutanasia “sin ningún prejuicio moral”considera que es un “deber moral” hablar sin ninguna moral: tiene por moral el discutir así, y, por lo mismo, está intentando imponer su punto de vista cuando dice que no hay que entrar en la discusión sin ningún punto de vista previo…

Hay que salir de esta paradoja con una no pequeña audacia intelectual. Todos las personas que creen en los valores han de darse cuenta de que una postura ética no es un interés “de grupo” que se intenta imponer a la sociedad. Cuando uno dice que el robo está bien o está mal, que puede ser legalizado o prohibido, lo hace porque cree sinceramente que lo que afirma puede ser aceptado por otros, sencillamente porque le parece que es verdad. De lo contrario, dejamos de hablar y cada uno se dedica a hacer lo que le pasa por su cabeza. O, lo que es lo mismo, renunciamos a vivir en sociedad.

Vivir en sociedad significa, por el contrario, creer que podemos confrontar lealmente los distintos puntos de vista no para llegar a un mínimo común múltiple”, sino para rectificar aquellas posiciones que puedan estar equivocada, o para defender con decisión lo que es un auténtico valor moral. No es posible ceder, “por el bien de la paz”, ante quienes piensan y actúan de un modo para nosotros inmoral e injusto. Una paz basada en la imposición de unos valores que no lo son no puede llamarse paz, sino injusticia “legalizada”.

El mundo está discutiendo hoy sobre los temas más fundamentales: la vida y la muerte. La respuesta que se dé a los mismos marcará el rumbo de la historia del milenio que inicia su alborada. Nadie puede ser ajeno a la discusión, si es que es verdad de que nadie puede ser indiferente ante la vida y la justicia que merecen los demás. Entraremos al diálogo con un claro respeto hacia quien piense de modo distinto del nuestro. Pero no dejaremos de rechazar aquellas propuestas “in-morales” que vayan contra la libertad y la vida de los más débiles.

Hay que defender, por lo tanto, al niño no nacido, a la mujer abandonada en su embarazo, al trabajador que no recibe un salario justo, al empresario que ve con dolor cómo hay obreros que explotan con su pereza a otros compañeros, al anciano que se siente abandonado en su enfermedad, al minusválido que no encuentra su puesto en un mundo “eficientista”. Hay que luchar por un mundo más justo y más “humano”, donde no sólo haya un aire para respirar y unos campos para pasear, sino, sobre todo, donde nadie sea abandonado a su suerte ante la indiferencia y el egoísmo de los demás. Un mundo de solidaridad será un mundo de paz. Y un mundo de paz será el resultado de unos valores asumidos y aceptados por todos y para todos, sin exclusiones.

 

Creer o no creer en Dios

Aunque para algunos Dios les resulte indiferente, ellos no son indiferentes para Dios.

Por: Máximo Alvarez Rodríguez | Fuente: Catholic.net

Si se hiciera una encuesta nos encontraríamos con que hay mucha gente que cree en Dios, pero también con otros que dicen no creer o que “pasan”. No vamos a decir que unos sean mejores y otros peores, porque puede haber creyentes cuya vida deje bastante que desear y no creyentes que son excelentes personas. Pero eso no quiere decir que resulte indiferente la existencia o no-existencia de Dios.

Desde niño tuve la suerte de considerar a Dios como un ser cercano, como alguien de la familia, como alguien real; algo tan normal como tener padres o hermanos o amigos. Y esa experiencia de Dios es siempre muy gratificante. Te inspira confianza, seguridad, te da ánimo. Aunque eso no significa que desaparezcan los problemas o las pruebas en la vida. Por eso me da mucha pena cuando me encuentro con gente sin fe. Es mucho lo que pierden. Porque en el fondo vivir sin fe equivale también a vivir sin esperanza. Si Dios no existe se supone que tampoco habrá vida más allá de la muerte, que la vida no tiene sentido.

Entiendo que cualquier ser humano pueda tener dudas sobre Dios o que diga que no entiende nada. Pero de ahí a negar su existencia hay un abismo. ¿No parece demasiado atrevimiento que un hombre afirme categóricamente que Dios no existe? Concedamos que pueda decir que no encuentra pruebas para demostrar su existencia, pero tampoco de su no-existencia.

Nadie nace ateo ni agnóstico. Incluso los ateos más destacados han sido en alguna etapa de su vida creyentes. ¿Puede depender la existencia de Dios de su cambio de ideas? ¿o de su estado de ánimo? Si Dios existe no depende de que yo crea o deje de creer. Yo no puedo inventarlo ni destruirlo.

Pero tampoco puedo pretender ser más que Él, ni pedirle cuentas, ni querer abarcar sus planes. Hay quien deja de creer porque las cosas no le salen como él quisiera, porque no nos concede todo lo que le pedimos o porque se hace presente el sufrimiento. Si Dios atendiera todos nuestros caprichos o deseos, si nada en la vida nos hiciera sufrir, poco mérito tendría creer en Él; nos quitaría la oportunidad de demostrarle que lo queremos de verdad. Supongamos que alguien nos da un millón de pesetas y nosotros en consecuencia le manifestamos nuestro agradecimiento. Eso no tendría ningún mérito. Pero si nosotros entregáramos parte de nuestros bienes a alguien que no nos va a dar nada a cambio, eso sí sería meritorio.

Me duele pensar que haya gente pasa de Dios, pero tampoco es mérito de uno el creer, por eso deseo vivamente que todos tengan esa suerte, que Dios les dé ese don y que les ayude a abrirse a él. En todo caso, sepan que aunque para ellos Dios les resulte indiferente, ellos no son indiferentes para Dios.