¡Tierra a la vista!

Meditación. La vida siempre tiene algo de misterio

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Por: Ignacio Sarre Guerreiro | Fuente: Catholic.net

Somos curiosos por naturaleza. Siempre tenemos algo de exploradores. Hace más de 500 años, Colón salió a dar un paseo por el mar y encontró un nuevo mundo. Vaya revuelo causó la noticia al llegar a Europa. Si hoy decimos “el descubrimiento de…” sin terminar la frase, la mayoría piensa de inmediato en América. Pero Colón no fue el primero, y mucho menos el último.

Siempre hemos tenido este afán de desenmascarar a la naturaleza. El hombre primitivo aprendió a hacer fuego con las piedras. Hace poco se ha identificado el mapa del genoma humano. Y entre estos dos hechos, una lista interminable de hallazgos. Poner al sol en el centro de nuestro sistema solar, conocer el funcionamiento de los más escondidos rincones del cuerpo humano, el aprovechamiento de recursos naturales como el vapor para la industria… ¡Cosas que hoy nos parecen tan obvias!

Los descubrimientos se han hecho tan frecuentes que ya no son noticia. Con algunas excepciones, claro. Cada vez conocemos mejor el mundo que nos rodea. Nos adentramos más y más. La inmensidad del universo ya no nos maravilla. La Luna no está tan lejos como parecía a fines de los sesenta, cuando fuimos por primera vez. El mundo atómico parece un viejo amigo conocido.

Ni siquiera Robinson Crusoe conocía tan bien su isla como nosotros la naturaleza y el cuerpo humano. Por eso, lo que aún queda escondido nos hace cosquillas, incluso nos duele. Porque nos gusta hacerle al “sabelotodo”. Y esa comezón que nos da el misterio de lo desconocido persiste. Proseguimos la búsqueda. Seguimos mirando alrededor. Hacia arriba, a las galaxias lejanas. O a los substratos más profundos del planeta. Y la inquietud no se desvanece.

¿Es que faltan tierras por explorar? ¿Una nueva América por descubrir? Tal vez existe un lugar al que no nos ha llevado ni el mejor navegador de Internet ni el más avanzado microscopio.

Sí. Se nos ha olvidado buscar en el sitio más obvio. Como niños que juegan al escondite y no miran dentro del armario o debajo de la cama. Hemos viajado miles de kilómetros en vano. Ni en la Luna ni en Marte, ni debajo del mar, ni dentro de los volcanes está lo que buscamos. ¿Entonces dónde?

Saint-Exupery lo pone en labios del legendario Principito: “No se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos”. ¡Dentro! No hace falta movernos, ni siquiera girar la cabeza, ni elevar los ojos. Basta un movimiento interior. Tratar de mirar lo invisible.

No buscamos un nuevo mundo. Simplemente queremos encontrar nuestra tierra. Porque conocemos cómo funciona nuestro cuerpo y sabemos que nos sirve para vivir. Pero, ¿para qué nos sirve vivir? Es tiempo de hacernos a la mar en este barco. Descubrirnos, para ver lo grande que es nuestra propia existencia, llena de oportunidades y retos. Descubrir el sentido de tantas situaciones que a veces no comprendemos. Contestar esos “por qué” que nos asaltan con frecuencia. La respuesta está dentro.

Esto no es ninguna novedad. Hace 2,400 años Sócrates ya lo recomendaba a sus contemporáneos: “Conócete a ti mismo”. San Agustín, después de una larga expedición en búsqueda de la verdad, reconocía que cometió este mismo error: buscaba fuera lo que llevaba dentro de sí. Sólo cuando aprendió a “mirar lo invisible”, buscando momentos de silencio y soledad, pudo encontrar a Dios, a quien con tanta pasión anhelaba.

Hay hombres que se han quedado con esta gran duda. O se han detenido a medio camino mientras buscaban. Son esos que vemos por ahí, desorientados, sin saber qué hacer, por qué vivir. Los que pasan los años en un eterno viaje sin destino, sin objetivo. Pero sin duda son muchos más los otros. A quienes vemos andar con paso firme y seguro hacia la felicidad. No es que no tengan dudas. No es que tengan respuestas científicas para todas sus inquietudes. Simplemente saben a dónde quieren llegar. Saben dónde buscar. Quien hace este descubrimiento, ya la hizo. Vale más que mil mapas genéticos y todas las maravillas de la comunicación virtual. Tiene todo para ser feliz.

La vida siempre tiene algo de misterio, de enigma. Ya sabes dónde buscar la respuesta…

Cuando la encuentres, podrás gritar como Rodrigo de Triana cuando vislumbró a lo lejos el nuevo mundo: ¡Tierra a la vista!

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