Si eres lo que debes ser, encenderás el mundo

Cada hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, lleva impresas en su alma, las “huellas digitales” de Dios.

mundo

Por: Catholic.net | Fuente: Catholic.net

En el origen de nuestra vida encontramos un acto de amor infinito y omnipotente de Dios que, pronunciando nuestro nombre mucho antes de que nuestros padres lo hicieran por vez primera, nos llamó de la nada al ser: “Antes de haberte formado en el seno materno, te conocía, y antes de que nacieses te tenía consagrado” (Jr 1,5). No fuimos nosotros, por tanto, quienes escogimos vivir ni tampoco lo merecimos, pues ni siquiera tuvimos la oportunidad de hacer algo que provocase su amor. Existimos sencillamente porque Alguien nos quiso y continúa sosteniéndonos en el ser; porque Alguien nos ha amado gratuitamente tal como somos y para siempre.

Por este motivo cada hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, lleva impresas en su alma, por así decir, las “huellas digitales” de Dios. En este amor personal de Dios al hombre reside la grandeza y la dignidad más profunda de cada ser humano.

De este diálogo íntimo de amor entre Dios y el hombre se desprende la realización del hombre que alcanzará la verdadera felicidad, en la medida en que cumpla el fin para el que fue pensado desde toda la eternidad. Amar, pues, es el gran proyecto de nuestra vida, nuestro mayor negocio, la vocación más sublime en la que se resumen todas las demás. Y para nosotros cristianos, el amor como camino, verdad y vida no es una idea vaga o un proyecto filantrópico, sino que tiene un rostro muy concreto, Jesucristo.

La santidad, ser como Cristo, se convierte así en nuestro programa de vida. En Él encontramos el modelo del hombre perfecto, del amor realizado en la entrega y en la donación sincera de sí mismo a los demás.

Dios continúa llamándonos durante toda la vida

Dios continúa llamándonos todos los días; en cada momento va explicitando las exigencias de esa llamada original, que resuena como un eco en nuestro corazón. Cada gracia, cada evento o circunstancia que Él permite en nuestra vida es una ocasión para agradecer, una posibilidad de encuentro personal con Cristo, una nueva llamada a corresponder con generosidad a su amor.

Repasemos delante de Dios las principales gracias que Él nos ha concedido en nuestra vida. ¡Cuántas manifestaciones de su amor! ¡Cuántas llamadas a la conversión y a la correspondencia! El gran regalo de la vida y de la salud, la oportunidad maravillosa de haber crecido en una familia cristiana, etc.

De manera especial, el don del bautismo, que supera con mucho cualquier otro don natural –“tu gracia vale más que la vida” (Sal 62, 4)-, y por el cual podemos llamar a Dios ¡Padre!, puesto que realmente somos sus hijos (cf. IJn 3, 1). Y en consecuencia, también somos llamados a ser hijos de nuestra madre, la Iglesia, entramos a formar parte de la familia de Dios y nos hacemos herederos del cielo, nuestro verdadero y definitivo hogar. ¡Qué maravilloso es el don de la fe!

Como consecuencia de nuestro ser cristiano, gozamos de un verdadero banquete de bendiciones: los sacramentos; el alimento de la palabra de Dios en la Sagrada Escritura, la liturgia, la comunión de los santos; la ayuda de los sacerdotes; las enseñanzas y el ejemplo del Santo Padre, etc.

¡Cuántas voces de Dios, también, a través de la vida de todos los días, del encuentro fortuito con una persona, de una conversación, de una lectura, de una experiencia! ¡Cuántas lecciones Dios nos manda a través del sufrimiento y de las enfermedades, instrumentos especialmente eficaces de purificación y de desprendimiento interior, que nos ayudan a aferrarnos únicamente a Dios y a lo eterno!

Hay un don muy particular, del que no todos somos conscientes. El don del tiempo, como el espacio precioso de vida que Dios nos concede para poder realizar la misión para la que fuimos creados y de la que tendremos que rendir cuentas. Y, sin embargo, ¡cuánta omisión en el uso de este tesoro!

El tiempo del que disponemos no es nuestro, sino que lo hemos recibido de Dios para ponerlo a producir; y que como buenos administradores del mismo se nos pide ser fieles (cf. ICor 4, 2). Esta meditación, lejos de producirnos amargura o tristeza, debe entusiasmarnos y estimularnos a una creciente donación a la Iglesia y a los demás.

“Don recibido que tiende por naturaleza a ser bien dado” (cf. n 2).

a) Si eres padre de familia, Dios te ha regalado el sacramento del matrimonio, a través del cual participas de una manera especial de la intimidad del amor de Dios y por el que cada uno se convierte en un don para el otro.

La fidelidad a tu vocación de esposo(a) y padre cristiano, te exigirá en ocasiones el martirio callado e incruento de la vivencia genuina del Evangelio. No es fácil luchar todos los días contra el ambiente del mundo, que trata con insidiosa ferocidad, de atraparte con sus tentáculos de hedonismo y de materialismo, y que se filtra, casi imperceptiblemente, por las rendijas del propio hogar, sobre todo en el caso de las parejas jóvenes. No es fácil, tampoco, perseverar fieles a las enseñanzas de Cristo y de la Iglesia, que te implicará el heroísmo en tu amor para no vender la
integridad de tu conciencia y de tu corazón a los mercaderes de la sociedad posmoderna, que pretenden por todos los medios imponer nuevos modelos de vida matrimonial y familiar, incompatibles con el Evangelio y con el designio de Dios para el hombre; y que tachan de intransigentes a quienes no se suman a su modo de pensar y de actuar. Quizás por esto mismo, la vida familiar se presenta en algunos aspectos más costosa y ardua que en épocas pasadas. Pero cuentas, también como antes, con el auxilio poderoso de la gracia de Cristo y con el testimonio
de muchos matrimonios y familias auténticamente cristianos.

Forma a tus hijos en la fe, enséñales a amar a su madre, la Iglesia. Edúcalos en una
conciencia recta y en una equilibrada jerarquía de valores conforme con la civilización del ser y no del tener. Sé generoso para ayudar y apoyar a tus hijos en los momentos en que tienen que tomar sus grandes decisiones. Deja que sigan el camino por el que Dios les llama a realizarse, (cf. n 5), ya sea en el matrimonio, o en la vida consagrada o sacerdotal.

b) Si eres joven y te encuentras en la edad maravillosa en la que tienes que poner los cimientos sólidos que sostendrán el edificio de tu vida; que quieres imprimir un rumbo seguro a tu existencia, y que buscas con anhelo tu felicidad, deja que Cristo entre en tu mundo personal, que se convierta en el punto de referencia de todas tus decisiones, ábrele tu corazón, busca conocerlo y amarlo cada día más. Estás en la etapa decisiva de tu camino, la edad de la escucha y del discernimiento de la llamada: ¿qué es lo que Dios quiere de mí? ¿Cómo realizarme y ser feliz? Ten la seguridad de que la respuesta nunca podrás hallarla fuera de la voluntad de Dios, al margen de Jesucristo.

No tengas miedo de escuchar la voz de Cristo que te invita a vivir con coherencia su fe, a morir a los criterios del mundo y a tus propias pasiones desordenadas para que Él reine en tu corazón. Lleva el Evangelio a todas partes, no puede haber un lugar que quede fuera del influjo de Cristo. Habla de Él con su testimonio y con sus palabras. Siéntete orgulloso de ser cristiano y de comportarte como tal.

c) Si eres mujer, has recibido una altísima vocación y una delicada misión en el corazón de la sociedad y de la Iglesia, al haber sido llamada por Dios de manera especial a la difícil tarea de reevangelizar la vida (cf. n° 3). Lucha, por vivir en plenitud el ideal de la mujer nueva que Cristo te propone. No te dejes seducir por los slogans fáciles y engañosos de pseudorrealización y de aparente libertad, que el mundo y la cultura tratan de inocularte. Eres, por designio insustituible y maravilloso de Dios, la custodia y el santuario de la vida, la que mejor puede colaborar en la humanización del mundo hasta transformarlo en una grande y única familia. En la Virgen María encontrarás siempre el modelo más auténtico y luminoso de la mujer cristiana.

d) Si ya eres abuelito o abuelita, tienes un papel más importante y decisivo de lo que, a simple vista, podrías imaginar. Tu misión en esta vida aún no ha terminado. Tienes en tus manos el rico patrimonio de tu experiencia de largos años que estás llamado a compartir con tus hijos y nietos, con tus amigos y cuantos te rodean. No renuncies a esta misión tan grande, no omitas ningún esfuerzo por llevarla adelante, con tu consejo acertado en el momento adecuado, siendo promotor entusiasta de la unidad familiar y de la solidaridad. Por medio de tu palabra y de tu testimonio puedes convertirte en el mejor transmisor de la fe cristiana y de los valores imperecederos. Pero esto sólo lo lograrás en la medida en la que pongas tu centro en Dios y en los demás, y no en ti mismo.

De esta manera todos estamos llamados a la santidad, a continuar edificando el Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. Una vocación que no debe quedarse únicamente en pensamientos o bellos deseos, sino que tiene que traducirse en una sincera y real voluntad de colaboración y de mutuo apoyo con la misión de la Iglesia; pues, en definitiva todos buscamos, el mismo fin: la gloria de Dios y la salvación de las almas.

Oración:

¡Gracias Señor por tu infinito amor! Enséñame a amar como tu nos has amado. Ayúdame a vivir la caridad en pensamientos, palabras y obras; aleja de mi corazón, de mi mente y de mi lengua la crítica, la maledicencia, la división. Enséñame a ser generoso y hazme un instrumento de tu amor para que reines en el corazón de todos los hombres.

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