Palabra de honor

Meditación. La falta de interés por los demás

palabra

Por: Ada Ferrari | Fuente: Catholic.net

¿Comprometemos nuestro honor simplemente con dar nuestra palabra en garantía?

Sería posible en la actualidad, que entre dos personas se pudiera establecer un compromiso irrefutable, con el simple hecho de dar y recibir la palabra de honor?

Se imagina usted en su distribuidora automotriz preferida diciendo lo siguiente al vendedor: “Me llevo el rojo y te lo paso a liquidar el lunes, palabra de hombre”. Creo que sería un tanto difícil imaginarse a uno mismo reproduciendo esas palabras. Y que tal imaginarse escuchar, lo siguiente por parte del distribuidor: “¡Claro señor! Le espero el lunes antes de las 6 de la tarde y que disfrute su rojito”.

¿Por que no? Por que suena tan lejano y hasta chistoso considerar a la persona capaz de comprometerse, sin necesidad de firmar un papel que lo obligue ante la sociedad, a cumplir lo pactado bajo amenaza de castigo grave?.

¿Que es lo que sucede tanto en estos tiempos que no acontecía mayormente en la época de nuestros bisabuelos?. Y digo mayormente porque tengo la certeza que en tiempos pasados, también tuvo que haber vivido el sinvergüenza que perdió el honor al no haber cumplido su palabra, y sé que en estos días encontramos entre nosotros, rarezas humanas (algunos los consideran inocentes, mansos y hasta mensos) que deciden creer en el compromiso que implica el dejar empeñada la palabra.

Al dar la palabra, aquello que deja uno en garantía de cabal cumplimiento es nada más y nada menos que el mismísimo honor.

¿Pero que es el honor?. Buscando en cualquier diccionario usted podrá encontrar la siguiente definición: “Actitud moral que impulsa a las personas a cumplir con sus deberes.”

Para mi polvoso y moderno entendimiento, es preciso indagar un poco más sobre el significado de esas cinco letras, que definitivamente involucran la esencia de toda la persona, lo invito, amable lector a redescubrir qué es honor y por qué en la actualidad decidimos ignorarlo, porque sigue estando ahí, coexistiendo de una forma maravillosa con nuestro ser.

El honor además de ser uno de los bienes fundamentales de la vida social, es el resultado de toda manifestación de consideración y estima expresada por un hombre a otro. Es el premio que resulta de ser grande de espíritu, generoso y de hacer el bien.

En el mundo moderno identificamos el “ser honorable” con el “ser respetable”: la persona que es generosa, hace el bien y es considerada con el prójimo, es un ser que se ha ganado el respeto de los demás y recibe el premio del honor.

Todos, absolutamente todos, hemos realizado actos buenos y generosos con nuestro prójimo, por lo tanto, somos personas honorables, respetables.

¿Pero además de Dios, de nosotros mismos y de las personas con las que directamente tuvimos el gesto magnánimo y bueno, quién más conoce nuestros actos? ¿ Son estos actos lo suficientemente repetidos, como para gritar con nuestro actuar lo que somos y provocar la misma actitud magnánima y generosa en los que nos observan? ¿Nos interesan y les interesamos a las demás personas, como para querer conocerlas?

La dinámica del amor, que propone el Catecismo de la Iglesia Católica se propone con el siguiente esquema:

1.- Conocer
2.- Amar
3.- Comprometerse

Conocer a la persona, de frente y con el corazón abierto, nos lleva a amarla, gratuita y desinteresadamente. El amor de esta manera, desemboca irremediablemente en el compromiso hacia los demás: “Querer ser grande de espíritu, generoso y a hacer el bien”

En esta pequeña dinámica se desvela de forma asombrosa, la triste causa por la cual, decidimos voluntariamente no mostrar lo honorable que somos y por consiguiente no aceptar lo que de honorable existe en los demás: la falta de interés por los demás, no queremos conocer a nadie.

En la actualidad no tenemos ni las ganas, ni el tiempo o la sensibilidad del disfrute compartido que resulta de conocerse las personas. Es pura indiferencia.

No en balde somos incapaces de reconocer el compromiso de nuestra persona por medio de nuestra palabra… Pero está ahí, lo tenemos, lo realizamos diariamente varias veces al día: En casa con nuestros esposos, con nuestros hijos. En la escuela, en la oficina, en la calle. Con una simple sonrisa y hasta con un lacónico gracias…

Apreciemos nuestra imagen frente al espejo, (no existe espejo más reflejante que nuestro prójimo), seamos capaces de brindarnos la más hermosa de nuestras sonrisas, y aceptemos como regalo, el eterno reflejo de lo Divino manifestado en los demás. Así, haciendo de esta forma de mirar una virtud, que se presente al otro apetitosamente, desencadenará el movimiento incontrolable de la voluntad por conocer, amar y comprometerse con los demás. ¡Se los aseguro, Palabra de Honor!

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