Camino infalible

Meditación. Amar es entregarse generosamente, olvidándose de sí,buscando exclusivamente el bien ajeno.

Por: P. Marcelino de Andrés | Fuente: Catholic.net

Prepárate. Nos encontramos ante la última etapa de nuestra expedición. Se presenta ante nuestros ojos el camino infalible hacia la cima de la verdadera felicidad. Llega el momento de dar una respuesta definitiva a la inquietud que quizá te ha motivado a tomar este libro y a resistir en su lectura hasta esta línea.

Pero, se trata de una cumbre. Lo que queda será todo subida. Así que, mucho ánimo. Cuanto más empinado es el sendero, tanto más rápido sube hasta la cúspide.

¿Por qué “verdadera”?

He colocado a la felicidad la etiqueta de “verdadera”. ¿Por qué? No es que haya un motivo especial. Podría muy bien -y quizá con mayor propiedad y exactitud- denominarla con otros calificativos como: auténtica, genuina, máxima, suma, completa, total, plena, etc. Lo mismo da.

Le he puesto “verdadera” en oposición a las “falsas felicidades” (droga, alcohol y sexo); y también por contener el fundamento inconmovible capaz de ofrecer sostén firme a esos “caminos certeros pero inseguros”.

Precisemos un poco…

Al tratar de “verdadera” a la felicidad no sólo la opongo a la falsedad, sino sobre todo la entiendo adornada con otras muchas cualidades. La dicha a la que me estoy refiriendo presume -y con todo derecho- de profunda, duradera, invadente, plenamente satisfactoria.

No se trata de un fuego de artificio, sino de un horno incandescente. No de unas migajas de pan rancio, sino de un suculento banquete de deliciosos manjares. No de una salpicadura de agua estancada, sino de un manantial cristalino y rebosante. No de un charca inmunda, sino de un océano inmenso y profundo.

Una felicidad honda que permea toda nuestra persona y no un gustillo efímero que se queda en la piel. Una dicha permanente que perdura sin pausa, irreducible a un placer de segundos. Un gozo enorme y penetrante que hace rebosar de satisfacción, no un sentimiento de bienestar ligero y huidizo que abandona en el hastío. Un estado interior que colma y se transpira por fuera, no una superficial mueca en los labios que se las da de sonrisa sincera. Un venero íntimo de gozo y no una catarata de carcajadas huecas.

Así es como entiendo la verdadera felicidad.

Preparamos la escalada
El tramo que nos separa de la cumbre ya es relativamente corto aunque -como te advertí- más bien arduo. Requerirá un último y especial esfuerzo. Yo, por mi parte, estoy dispuesto a hacerlo. Confío vivamente que tú lo estés también… (hasta ahora no he dudado ni un solo instante de tu valentía).

En este momento nos interesa aprestar todo lo necesario para la escalada final. Lo inclinado de las pendientes, lo puro del aire de la cumbre altísima, lo elevado de la temperatura, requerirán de nosotros unos comportamientos y utensilios indispensables.

Es decir, ha llegado el momento de saber cuáles son esos materiales únicos con los que hemos de preparar el cimiento indestructible y perenne de nuestra auténtica felicidad. Veamos cuáles.

Amor

Lo primero y fundamental es el amor. Resulta indispensable. Para lograr alcanzar la cima de la felicidad verdadera, las mochilas de nuestro corazón deben rebosar de amor. No florece el gozo auténtico, la satisfacción plena y profunda sin amor. Nunca se despertará en nosotros la dicha a poseer algo si antes no lo amamos de verdad.

El amor constituye, en consecuencia, el elemento esencial de la felicidad. De él depende toda dicha. En él se funda y consolida, en él se fragua, en él se construye. En él -como veremos- radica el secreto de la verdadera y plena felicidad.

Amor de veras

Pero, atento: amor de veras, no de mentira o de juguete. Amor auténtico, no un sucedáneo del amor. Amor puro, desinteresado y respetuoso, no egoísmo solapado o brutal. Amor sincero, no engaño del otro para el provecho personal. Amor íntimo y profundo, no instinto de placer carnal.
¡Qué lástima constatar que hoy la palabra “amor” la tengamos ya tan manoseada, desgastada y vacía de contenido! ¡Con lo que ese acto encierra en sí…! ¡Qué pena percibir cómo hemos despojado de su riqueza y valor a algo tan sublime!

Parece mentira -y cuesta decirlo-, pero hemos restringido tan excelsa virtud a una mera sensación epidérmica. Hemos reducido la actividad más prominente de que es capaz una persona, a la raquítica expresión de un comportamiento puramente instintivo y, por lo tanto, animal.

Yo creo que precisamente por eso hay tanta gente infeliz. Porque no sabe o quizá no le viene en gana amar de verdad.

Amar es…

El amor verdadero no son caricias, ni besitos, ni bonitas palabras o promesas en un romántico atardecer junto a la orilla del mar. Amar no consiste en repetir a otra persona cada cinco minutos: “Te quiero, te quiero, te quiero”.

Le he dado mil vueltas, lo he pensado y repensado y no he encontrado mejor definición del amor: amar es entregarse generosamente, olvidándose de sí, buscando exclusivamente el bien ajeno, lo que al otro puede hacer feliz.

“Obras son amores y no buenas razones”. Qué sabio refrán aquél. Porque amar no es decirlo, sino hacerlo. Amar es dar, donar, entregar sin esperar nada a cambio. O más exactamente, darse, donarse, entregarse uno mismo en obras y hechos concretos. El amor platónico, sin obras, no es amor, sino puro idealismo.

Donde hay amor sincero reluce la generosidad con rayos de acogida y respeto, de comprensión y perdón, de atención y servicio. Un amor intachable y cristalino se hace patente a través de los vivos destellos del saber escuchar, dialogar y aconsejar; del ofrecer consuelo, protección y plena disponibilidad.

¡Cuidado con el egoísmo, antónimo del amor! Te conviene permanecer siempre alerta ante ese acérrimo enemigo del verdadero amor. No permitas que esa substancia venenosa se filtre y se cuele sutilmente entre los componentes de tu felicidad. El egoísmo intoxica el amor y con él toda posible dicha. Seca de raíz todo brote de generosidad en nuestro corazón. Agosta el tallo por el que circula la sabia que debería formar y madurar los frutos de nuestra dicha.

¡Ah! Pero el amor auténtico no es tan fácil. El darse a otro exige renuncia personal. Pero ese sacrificio que conlleva toda renuncia en la entrega no mengua la felicidad; la hace más auténtica. El sufrimiento que supone todo amor es el precio de la dicha, precisamente porque el dolor pone a prueba el amor y le permite desarrollarse al máximo y llegar a plenitud.
De aquí que, aunque cueste, “hay más alegría en dar que en recibir” (Hch. 20, 35). ¡Claro que sí!

El goce supremo del amor nace primeramente de ser don, don de sí mismo, don mutuo, de la persona toda entera. ¿No te lo crees? Haz la prueba y lo verás…

A tal amor, tal felicidad

Siembra un amor falso y por más que lo riegues y abones con diversión y juerga, cosecharás una felicidad igualmente falsa. Plántalo superficial, mediocre, insincero y de ese mismo talante será el gozo que recojas. A tal amor tal felicidad.

¡Ponte listo! Si al preparar la mezcla de los ingredientes de tu felicidad introduces un sucedáneo del amor, obtendrás una fruición o satisfacción adulterada e impura, que puede llegar a envenenarte.

Requisito para amar

Para llegar a amar -bien lo sabemos todos- hay que conocer primero el objeto de nuestro amor. El amor mana en nosotros sólo tras haber conocido, apreciado y valorado un determinado bien. Nadie puede amar aquello que no conoce.

Qué dirías de uno que para enamorarse de alguien, toma la guía telefónica, encuentra un nombre que le resulta simpático y dice: “Me encanta el nombre; me enamoro de esta persona”. Esto no es normal.

Si cualquiera de nosotros quiere llegar a amar, a enamorarse de alguien, lo primero es conocerlo. Y para conocerse, lo normal es verse con frecuencia, tratarse con naturalidad, estar juntos con confianza, compartir experiencias una y otra vez…

Cuanto más y con más profundidad conozcamos a alguien, tanto más y más profundamente podremos llegar a amarlo. Y, en consecuencia, tanto más abundante y profunda será la felicidad que surja de ese amor.

Amar hasta el extremo

Si no quieres que te considere “menos valiente” o como quien se conforma con alcanzar una simple felicidad mediocre y recortada, has de estar dispuesto a amar hasta el extremo. Y el extremo del amor es darse totalmente. Una felicidad ilimitada sólo manará en un corazón cuya generosidad en el amor carezca de confines egoístas. Ya lo sabes: a tal amor tal felicidad.

¿Amor limitado, raquítico, mezquino? Pues -tenlo por seguro- felicidad limitada, raquítica, mezquina.

El amor más puro y genuino es capaz de todo y no tiene reparo en pasar incluso por el crisol purificador de los sufrimientos más hondos. No escatima siquiera el sacrificio más sublime: el de la propia vida. “Nadie tiene amor más grande que aquel que da la vida por el amigo” (Jn. 15, 13). Y, por consiguiente, nadie poseerá felicidad mayor que aquel que ame en tal medida.

Y que esto es verdad, te lo pueden decir todos los que alguna vez han amado de verdad, con un amor desinteresado y capaz de todo por la persona que aman.

Déjame contarte una experiencia de mi niñez. No se me olvidará nunca. Era un día de excursión. Íbamos caminando por la orilla de una carretera. Entre juegos y gritos, se me ocurrió cruzar hacia el otro lado sin darme cuenta de que por detrás venía un coche bastante rápido. Uno de mis compañeros alcanzó a empujarme por la espalda. Evitó que el coche me alcanzara a mí. Pero el impacto lo recibió él. Le costó una pierna y unas cuantas costillas, aunque podía haberle costado la vida. Ese día descubrí lo que es el amor verdadero de un compañero.

Aquel amigo, poco después me decía con un gozo enorme: “Perdona el empujón que te di, pero, ya ves, después de todo, creo que valió la pena ¿no te parece?”. No pude menos que darle un abrazo. Y al hacerlo, me pareció estrechar un corazón que desbordaba de amor y de una felicidad envidiable.

Generosidad
Ahora bien, un amor de tal calidad tiene su precio. El oro, cuanto más puro y genuino, tanto más valor alcanza y más cuesta hacerse con él. Un amor tan precioso, sin escorias, cuesta adquirirlo y el purificarlo exige otro tanto. De aquí que te diga ahora una palabra acerca de la generosidad.

Si lo primordial para la felicidad radica en el amor, y si amar equivale a entregarse, resulta ilusorio pretender que la donación de sí mismo brote en alguien no generoso. Porque precisamente lo que define a una persona generosa es su capacidad de donación y de entrega.

Por eso nos admira tanto la generosidad de un niño que, habiendo comprado con sus propios ahorros una bolsa de chucherías, no tiene reparo en compartirlas con sus compañeros en el recreo.

Por eso nos conmueve la acción heroica en generosidad de aquel compañero mío de clase que arriesgó su vida por mí. O aquella otra heroicidad de la que tuve noticia recientemente.

Te lo cuento.
Se trataba de un caballero que, en pleno invierno, yendo de paso, vio cómo un coche se precipitaba al río desde un puente. Ni corto ni perezoso, se bajó de su coche y se tiró al agua semicongelada para ayudar a salvar la vida de los accidentados. Cuando ya había ayudado a salvarse a todos (eran cinco), no alcanzó a salvarse él. Murió de congelación.

Eso es generosidad. Eso es amor de verdad, totalmente desinteresado.

En el darse generosamente se evidencia la calidad del amor que anida en el corazón de una persona. Las llamaradas potentes y luminosas de cada acto de generosidad revelan un interior en el que la hoguera del amor sigue aún viva.

El que pasa por esta vida sin generosidad señal es de que ama muy poco. Y donde el amor brilla por su ausencia, la felicidad verdadera también.

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