El hombre, ¿una pregunta sin respuestas?

Sólo resolveremos el misterio de lo que somos cuando descubramos cuánto hemos sido amados.

Por: P. Fernando Pascual | Fuente: Catholic.net

San Agustín se admiraba de que los hombres hiciesen viajes para ver montañas, monumentos, mares o ríos, y se olvidasen de contemplar y maravillarse de ese inmenso mundo que es el propio corazón, la propia alma. Y es que nunca dejaremos de asombrarnos de modo suficiente de lo que significa existir como personas, vivir y pensar, amar y trabajar con una energía, con unas capacidades, con un entusiasmo, que deberían sorprendernos cada día más.

Desde luego, nuestra curiosidad nos lanza a conocer siempre más y más cosas. Desde los planetas más lejanos hasta las bacterias y los virus más pequeños. Incluso queremos saber qué hsy detrás de las partículas que componen los ya minúsculos átomos. Todo puede entrar en los distintos campos de trabajo de los investigadores. Pero esta curiosidad debería ser mucho mayor cuando contemplamos a un niño de pocos meses que nos sonríe con cariño y nos lleva a preguntarnos: ¿quién eres tú? ¿quién soy yo? ¿cuál es nuestro destino?

La medicina ha logrado alcanzar muchos conocimientos sobre el funcionamiento de este o de aquel órgano, pero todavía no acaba de “dominar” a ese ser que nace, vive, trabaja, llora, ama y muere bajo un sol que todas las mañanas barre las estrellas del cielo para acostarse después de haber calentado un poco el suelo que pisamos. La psicología ha elaborado muchas, muchísimas teorías para comprender los motivos de los actos más extraños o más sensatos que cometen muchos hombres, y todavía no es capaz (quizá no lo será nunca) de predecir lo que cada hombre libre pueda decidir en esta o en aquella situación. La pedagogía sigue profundizando en las mil maneras de educar a un niño, pero ¡qué distinto es el pedagogo cuando, después de dar consejos en su despacho llega a casa y se encuentra al propio hijo de 2, 7 ó 15 años con sus mayores o menores problemas de desarrollo! La economía estudia leyes para desarrollar los mercados, para orientar las inversiones, para planear los sistemas de créditos, pero es incapaz de explicar por qué puede sentirse inmensamente feliz un pobre que juega a cartas con sus amigos, mientras un nuevo rico, al que no le falta “casi” nada, se agobia en su estrés de trabajo y de viajes…

Las ciencias que tienen por objeto el hombre y lo humano siguen creciendo continuamente. Ninguna, sin embargo, llega hasta el fondo del problema central: ¿qué es el hombre? Y, sin embargo, tenemos que dar alguna respuesta a esa pregunta, pues, de lo contrario, no sabremos qué hacer con los demás ni con nosotros mismos.

Podemos esbozar algunas pistas de respuesta, a pesar de lo difícil de la pregunta. La primera nos viene de la vida familiar: el hombre es un hijo y un padre, un esposo o una esposa, un hermano o una hermana, un suegro o una suegra, un abuelo o una abuela. Cada uno de nosotros nace de una familia, se coloca en el corazón de la relación entre unos padres que se aman, y puede llegar a ser el inicio de un nuevo núcleo familiar. Esta verdad, desde luego, no cubre todas las situaciones, pues no podemos olvidar a los miles de niños huérfanos que caminan por nuestro mundo. Pero incluso todos estamos de acuerdo en que esos niños merecen recibir los cuidados y el cariño de unos padres adoptivos que puedan, así, ayudarles en el camino de la vida.

La segunda pista nos viene de la historia: el hombre es capaz de hacer el bien o el mal, de construir la paz o desencadenar la guerra, de edificar o de destruir, de robar o de producir, de amar o de odiar, de matar o de defender al débil ante la fuerza del explotador. Cada acto que cometemos escribe una página en ese libro de la historia que deja consecuencias que pueden hacer al mundo más hermoso o pueden iniciar cadenas de dolor y de lágrimas.

La tercera pista nos viene de nosotros mismos: somos un manojo de contradicciones. Hoy prometemos una cosa y mañana ya no nos acordamos de ella. Hoy juramos “amor hasta la muerte” y mañana somos capaces de traicionar hasta a los seres más queridos. Hoy cometemos un pequeño (o gran) fraude que daña a un amigo o socio de trabajo, y mañana tomamos del brazo a una anciana para ayudarle a cruzar la calle. Hoy terminamos una fiesta completamente borrachos y mañana gastamos todo un día de nuestra existencia en el hospital para estar con un pariente enfermo que desea algo de compañía…

La cuarta pista nos viene de la fe: el hombre es un ser que ha sido tan amado por Dios que el mismo Cristo nació, hace más de 2000 años, en un lugar perdido de nuestro planeta, para que todos pudiésemos superar las cadenas del pecado y entrar así a participar de la amistad con Dios. Es una verdad radiante, luminosa, consoladora, que no puede ser captada por ningún microscopio electrónico. Es una verdad que toca hasta lo más profundo de nuestro corazón, y nos hace levantar los ojos para mirar hacia el cielo en donde nos espera un Padre que nos ama.

Sólo resolveremos el misterio de lo que somos cuando descubramos cuánto hemos sido amados. Entonces nos daremos cuenta de que, en el fondo, el amor es aquello que más nos satisface, que más nos enriquece, que más nos hace sonreír.

Quizá sea el momento de que todos nos dejemos tocar por ese amor de Dios. Y entonces habrá más luz y claridad para comprender los muchos misterios que nos rodean, y, de modo especial, el misterio más grande: nosotros mismos.

Amar y ser amados

Meditación. El ansia de amar y de ser amados

Por: Pedro García, Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net

Todos llevamos dentro, muy adentro, en lo más hondo de nuestro ser, dos ansias incontenibles: el ansia de amar y, más aún, el ansia de ser amados.

El amor es algo constitutivo de nuestro ser. No podemos decir que somos únicamente cuerpo y alma… No podemos decir que nuestro cuerpo es solamente carne, huesos, sangre, linfa, hierro, calcio, potasio y no sé cuántas cosas más… Ni digamos que nuestra alma es sólo espíritu…

Todo eso es verdad. Pero, habríamos de añadir: somos eso, y, llenándolo todo, impregnándolo todo, invadiéndolo todo, moviéndolo todo, está además el amor. Somos AMOR porque Dios, que es amor, nos ha hecho semejantes a Él y, más que nada, nos ha hecho semejantes a Él en el amor.

El amor es sentimiento y es donación. Es conquista, es entrega y es posesión. Y todo eso junto, al ser disfrutado, crea en la persona una satisfacción tan especial, tan honda y única, que puede ciertamente sentirse, experimentarse y gozarse, pero resulta imposible quererla explicar.

Por eso, no se puede comprender cómo ha habido hombres que han tenido a honra el ser odiados. Han constatado el hecho, y han preferido mantenerse en su orgullo, antes que doblegarlo, para ganar a cambio un poco de temor.

Así, por ejemplo, un gran estadista solía decir: Soy el hombre más odiado de Europa.
El tigre de la selva no se gloriaría de otra cosa…

Jesucristo se gloriaba de todo lo contrario. Dijo de Sí mismo que, al ser levantado de la tierra en la cruz, atraería todas las miradas y todos los corazones hacia Sí.

Además, no se avergonzó de manifestar sus ansias de amor, cuando dijo a los apóstoles, horas antes de morir:
¡Permaneced en mi amor!…

Jesucristo daba amor, al morir por todos.
Pedía amor, en justa correspondencia.
Y aseguraba que tendría amor, que sería un verdadero conquistador de corazones…

Entre ese estadista el más odiado, según sus palabras y entre Jesucristo, el mayor amador y el más amado de los hombres, ¿quién es el mejor y quién sale ganando?…

Enfrentados a esta realidad del amor, nosotros no renegamos de nuestra condición humana y cristiana, y decimos secretamente, y abiertamente también: quiero amor, pido amor, doy amor.

En modo alguno aceptaríamos el baldón que el apóstol San Pablo echa en cara a los paganos de su tiempo, cuando les dice que son unos seres sin cariño, unos desamorados.

Nosotros, sabedores de todo esto, cantamos, con esas palabras de nuestros muchachos y muchachas de los Encuentros Juveniles, que sentimos anhelo de amar y ser amados.

Este sentimiento es un compromiso serio. ¿A quién amamos? ¿Cómo hemos de amar? ¿De qué manera hay que manifestar el amor del corazón?…

Al formular estas preguntas, nuestra imaginación y nuestro pensamiento se encaminan por muchas direcciones, todas buenas, todas legítimas. Porque, ya se ve, no hablamos ahora de amores torcidos, sino de los amores más puros que pueden existir.

¿Amar al esposo o la esposa, amar al hijito que Dios ha regalado al hogar, amar a papá y mamá, amar al novio o la novia?… Está absolutamente de sobra el proponer amores así. ¡Son tan bellos!… ¡Y los sentimos todos tanto!…

¿Amar al prójimo, a todo prójimo, como nos manda Jesucristo en el Evangelio? Sobra también decirlo, pues, si no lo amáramos, ni seríamos tan siquiera cristianos… El amor al hermano es algo constitutivo del ser cristiano, pues Jesucristo lo impuso como primer mandamiento suyo, paralelo al amor a Dios, y como señal de nuestra pertenencia al mismo Jesucristo.

Podríamos hablar de esos amores humanos tan bellos y tan necesarios. Pero ahora dirigimos la mirada solamente a Dios, que es el que garantiza la legitimidad de todos esos amores.

Amar a Dios, a quien no se ve, parece que puede ser una cosa difícil. Mejor dicho, parece que puede ser algo real, sí, pero que nunca llegará a ilusionarnos, porque no sentimos nada. Decirle a Dios: ¡Te amo! ¡Te quiero!, puede dejarnos indiferentes y hasta fríos… Pero, no. Amar directamente a Dios es una experiencia mística propia de todo cristiano. Le decimos a Dios ese ¡Te quiero! y se nos esponja el corazón.

Porque ese amor no nos nace espontáneamente a nosotros. Es algo que nos viene del mismo Dios. Seríamos incapaces de hacerlo por nuestra cuenta, si el Espíritu Santo no nos pusiera ese sentimiento en el corazón, y no fuera Él quien nos dictara esas palabras.

Nuestra oración puede consistir en muchas expresiones del alma que habla con Dios. Todas son buenas y todas nos santifican. Pero la oración alcanza las alturas más subidas cuando el alma se derrama ante Dios exteriorizando lo que el Espíritu Santo nos dicta como lo más sublime que podemos decir: ¡Dios mío, te amo!… ¡Jesús, te quiero!…

Este amor directo a Dios no roba nada a los otros amores. Al revés, los purifica, los hace mucho más auténticos, los asegura convirtiéndolos en permanentes.

El amor, todo amor legítimo, viene de Dios y lleva a Dios. El amor, entonces, informa la vida entera. Y nos hace eso: amadores y amados. Total, como Jesucristo, como el mismo Dios….

Bismarck, Canciller alemán. Jn. 4, 8. Jn. 15, 9. Rom. 1, 31.

¡Tierra a la vista!

Meditación. La vida siempre tiene algo de misterio

Por: Ignacio Sarre Guerreiro | Fuente: Catholic.net

Somos curiosos por naturaleza. Siempre tenemos algo de exploradores. Hace más de 500 años, Colón salió a dar un paseo por el mar y encontró un nuevo mundo. Vaya revuelo causó la noticia al llegar a Europa. Si hoy decimos “el descubrimiento de…” sin terminar la frase, la mayoría piensa de inmediato en América. Pero Colón no fue el primero, y mucho menos el último.

Siempre hemos tenido este afán de desenmascarar a la naturaleza. El hombre primitivo aprendió a hacer fuego con las piedras. Hace poco se ha identificado el mapa del genoma humano. Y entre estos dos hechos, una lista interminable de hallazgos. Poner al sol en el centro de nuestro sistema solar, conocer el funcionamiento de los más escondidos rincones del cuerpo humano, el aprovechamiento de recursos naturales como el vapor para la industria… ¡Cosas que hoy nos parecen tan obvias!

Los descubrimientos se han hecho tan frecuentes que ya no son noticia. Con algunas excepciones, claro. Cada vez conocemos mejor el mundo que nos rodea. Nos adentramos más y más. La inmensidad del universo ya no nos maravilla. La Luna no está tan lejos como parecía a fines de los sesenta, cuando fuimos por primera vez. El mundo atómico parece un viejo amigo conocido.

Ni siquiera Robinson Crusoe conocía tan bien su isla como nosotros la naturaleza y el cuerpo humano. Por eso, lo que aún queda escondido nos hace cosquillas, incluso nos duele. Porque nos gusta hacerle al “sabelotodo”. Y esa comezón que nos da el misterio de lo desconocido persiste. Proseguimos la búsqueda. Seguimos mirando alrededor. Hacia arriba, a las galaxias lejanas. O a los substratos más profundos del planeta. Y la inquietud no se desvanece.

¿Es que faltan tierras por explorar? ¿Una nueva América por descubrir? Tal vez existe un lugar al que no nos ha llevado ni el mejor navegador de Internet ni el más avanzado microscopio.

Sí. Se nos ha olvidado buscar en el sitio más obvio. Como niños que juegan al escondite y no miran dentro del armario o debajo de la cama. Hemos viajado miles de kilómetros en vano. Ni en la Luna ni en Marte, ni debajo del mar, ni dentro de los volcanes está lo que buscamos. ¿Entonces dónde?

Saint-Exupery lo pone en labios del legendario Principito: “No se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos”. ¡Dentro! No hace falta movernos, ni siquiera girar la cabeza, ni elevar los ojos. Basta un movimiento interior. Tratar de mirar lo invisible.

No buscamos un nuevo mundo. Simplemente queremos encontrar nuestra tierra. Porque conocemos cómo funciona nuestro cuerpo y sabemos que nos sirve para vivir. Pero, ¿para qué nos sirve vivir? Es tiempo de hacernos a la mar en este barco. Descubrirnos, para ver lo grande que es nuestra propia existencia, llena de oportunidades y retos. Descubrir el sentido de tantas situaciones que a veces no comprendemos. Contestar esos “por qué” que nos asaltan con frecuencia. La respuesta está dentro.

Esto no es ninguna novedad. Hace 2,400 años Sócrates ya lo recomendaba a sus contemporáneos: “Conócete a ti mismo”. San Agustín, después de una larga expedición en búsqueda de la verdad, reconocía que cometió este mismo error: buscaba fuera lo que llevaba dentro de sí. Sólo cuando aprendió a “mirar lo invisible”, buscando momentos de silencio y soledad, pudo encontrar a Dios, a quien con tanta pasión anhelaba.

Hay hombres que se han quedado con esta gran duda. O se han detenido a medio camino mientras buscaban. Son esos que vemos por ahí, desorientados, sin saber qué hacer, por qué vivir. Los que pasan los años en un eterno viaje sin destino, sin objetivo. Pero sin duda son muchos más los otros. A quienes vemos andar con paso firme y seguro hacia la felicidad. No es que no tengan dudas. No es que tengan respuestas científicas para todas sus inquietudes. Simplemente saben a dónde quieren llegar. Saben dónde buscar. Quien hace este descubrimiento, ya la hizo. Vale más que mil mapas genéticos y todas las maravillas de la comunicación virtual. Tiene todo para ser feliz.

La vida siempre tiene algo de misterio, de enigma. Ya sabes dónde buscar la respuesta…

Cuando la encuentres, podrás gritar como Rodrigo de Triana cuando vislumbró a lo lejos el nuevo mundo: ¡Tierra a la vista!

Camino infalible

Meditación. Amar es entregarse generosamente, olvidándose de sí,buscando exclusivamente el bien ajeno.

Por: P. Marcelino de Andrés | Fuente: Catholic.net

Prepárate. Nos encontramos ante la última etapa de nuestra expedición. Se presenta ante nuestros ojos el camino infalible hacia la cima de la verdadera felicidad. Llega el momento de dar una respuesta definitiva a la inquietud que quizá te ha motivado a tomar este libro y a resistir en su lectura hasta esta línea.

Pero, se trata de una cumbre. Lo que queda será todo subida. Así que, mucho ánimo. Cuanto más empinado es el sendero, tanto más rápido sube hasta la cúspide.

¿Por qué “verdadera”?

He colocado a la felicidad la etiqueta de “verdadera”. ¿Por qué? No es que haya un motivo especial. Podría muy bien -y quizá con mayor propiedad y exactitud- denominarla con otros calificativos como: auténtica, genuina, máxima, suma, completa, total, plena, etc. Lo mismo da.

Le he puesto “verdadera” en oposición a las “falsas felicidades” (droga, alcohol y sexo); y también por contener el fundamento inconmovible capaz de ofrecer sostén firme a esos “caminos certeros pero inseguros”.

Precisemos un poco…

Al tratar de “verdadera” a la felicidad no sólo la opongo a la falsedad, sino sobre todo la entiendo adornada con otras muchas cualidades. La dicha a la que me estoy refiriendo presume -y con todo derecho- de profunda, duradera, invadente, plenamente satisfactoria.

No se trata de un fuego de artificio, sino de un horno incandescente. No de unas migajas de pan rancio, sino de un suculento banquete de deliciosos manjares. No de una salpicadura de agua estancada, sino de un manantial cristalino y rebosante. No de un charca inmunda, sino de un océano inmenso y profundo.

Una felicidad honda que permea toda nuestra persona y no un gustillo efímero que se queda en la piel. Una dicha permanente que perdura sin pausa, irreducible a un placer de segundos. Un gozo enorme y penetrante que hace rebosar de satisfacción, no un sentimiento de bienestar ligero y huidizo que abandona en el hastío. Un estado interior que colma y se transpira por fuera, no una superficial mueca en los labios que se las da de sonrisa sincera. Un venero íntimo de gozo y no una catarata de carcajadas huecas.

Así es como entiendo la verdadera felicidad.

Preparamos la escalada
El tramo que nos separa de la cumbre ya es relativamente corto aunque -como te advertí- más bien arduo. Requerirá un último y especial esfuerzo. Yo, por mi parte, estoy dispuesto a hacerlo. Confío vivamente que tú lo estés también… (hasta ahora no he dudado ni un solo instante de tu valentía).

En este momento nos interesa aprestar todo lo necesario para la escalada final. Lo inclinado de las pendientes, lo puro del aire de la cumbre altísima, lo elevado de la temperatura, requerirán de nosotros unos comportamientos y utensilios indispensables.

Es decir, ha llegado el momento de saber cuáles son esos materiales únicos con los que hemos de preparar el cimiento indestructible y perenne de nuestra auténtica felicidad. Veamos cuáles.

Amor

Lo primero y fundamental es el amor. Resulta indispensable. Para lograr alcanzar la cima de la felicidad verdadera, las mochilas de nuestro corazón deben rebosar de amor. No florece el gozo auténtico, la satisfacción plena y profunda sin amor. Nunca se despertará en nosotros la dicha a poseer algo si antes no lo amamos de verdad.

El amor constituye, en consecuencia, el elemento esencial de la felicidad. De él depende toda dicha. En él se funda y consolida, en él se fragua, en él se construye. En él -como veremos- radica el secreto de la verdadera y plena felicidad.

Amor de veras

Pero, atento: amor de veras, no de mentira o de juguete. Amor auténtico, no un sucedáneo del amor. Amor puro, desinteresado y respetuoso, no egoísmo solapado o brutal. Amor sincero, no engaño del otro para el provecho personal. Amor íntimo y profundo, no instinto de placer carnal.
¡Qué lástima constatar que hoy la palabra “amor” la tengamos ya tan manoseada, desgastada y vacía de contenido! ¡Con lo que ese acto encierra en sí…! ¡Qué pena percibir cómo hemos despojado de su riqueza y valor a algo tan sublime!

Parece mentira -y cuesta decirlo-, pero hemos restringido tan excelsa virtud a una mera sensación epidérmica. Hemos reducido la actividad más prominente de que es capaz una persona, a la raquítica expresión de un comportamiento puramente instintivo y, por lo tanto, animal.

Yo creo que precisamente por eso hay tanta gente infeliz. Porque no sabe o quizá no le viene en gana amar de verdad.

Amar es…

El amor verdadero no son caricias, ni besitos, ni bonitas palabras o promesas en un romántico atardecer junto a la orilla del mar. Amar no consiste en repetir a otra persona cada cinco minutos: “Te quiero, te quiero, te quiero”.

Le he dado mil vueltas, lo he pensado y repensado y no he encontrado mejor definición del amor: amar es entregarse generosamente, olvidándose de sí, buscando exclusivamente el bien ajeno, lo que al otro puede hacer feliz.

“Obras son amores y no buenas razones”. Qué sabio refrán aquél. Porque amar no es decirlo, sino hacerlo. Amar es dar, donar, entregar sin esperar nada a cambio. O más exactamente, darse, donarse, entregarse uno mismo en obras y hechos concretos. El amor platónico, sin obras, no es amor, sino puro idealismo.

Donde hay amor sincero reluce la generosidad con rayos de acogida y respeto, de comprensión y perdón, de atención y servicio. Un amor intachable y cristalino se hace patente a través de los vivos destellos del saber escuchar, dialogar y aconsejar; del ofrecer consuelo, protección y plena disponibilidad.

¡Cuidado con el egoísmo, antónimo del amor! Te conviene permanecer siempre alerta ante ese acérrimo enemigo del verdadero amor. No permitas que esa substancia venenosa se filtre y se cuele sutilmente entre los componentes de tu felicidad. El egoísmo intoxica el amor y con él toda posible dicha. Seca de raíz todo brote de generosidad en nuestro corazón. Agosta el tallo por el que circula la sabia que debería formar y madurar los frutos de nuestra dicha.

¡Ah! Pero el amor auténtico no es tan fácil. El darse a otro exige renuncia personal. Pero ese sacrificio que conlleva toda renuncia en la entrega no mengua la felicidad; la hace más auténtica. El sufrimiento que supone todo amor es el precio de la dicha, precisamente porque el dolor pone a prueba el amor y le permite desarrollarse al máximo y llegar a plenitud.
De aquí que, aunque cueste, “hay más alegría en dar que en recibir” (Hch. 20, 35). ¡Claro que sí!

El goce supremo del amor nace primeramente de ser don, don de sí mismo, don mutuo, de la persona toda entera. ¿No te lo crees? Haz la prueba y lo verás…

A tal amor, tal felicidad

Siembra un amor falso y por más que lo riegues y abones con diversión y juerga, cosecharás una felicidad igualmente falsa. Plántalo superficial, mediocre, insincero y de ese mismo talante será el gozo que recojas. A tal amor tal felicidad.

¡Ponte listo! Si al preparar la mezcla de los ingredientes de tu felicidad introduces un sucedáneo del amor, obtendrás una fruición o satisfacción adulterada e impura, que puede llegar a envenenarte.

Requisito para amar

Para llegar a amar -bien lo sabemos todos- hay que conocer primero el objeto de nuestro amor. El amor mana en nosotros sólo tras haber conocido, apreciado y valorado un determinado bien. Nadie puede amar aquello que no conoce.

Qué dirías de uno que para enamorarse de alguien, toma la guía telefónica, encuentra un nombre que le resulta simpático y dice: “Me encanta el nombre; me enamoro de esta persona”. Esto no es normal.

Si cualquiera de nosotros quiere llegar a amar, a enamorarse de alguien, lo primero es conocerlo. Y para conocerse, lo normal es verse con frecuencia, tratarse con naturalidad, estar juntos con confianza, compartir experiencias una y otra vez…

Cuanto más y con más profundidad conozcamos a alguien, tanto más y más profundamente podremos llegar a amarlo. Y, en consecuencia, tanto más abundante y profunda será la felicidad que surja de ese amor.

Amar hasta el extremo

Si no quieres que te considere “menos valiente” o como quien se conforma con alcanzar una simple felicidad mediocre y recortada, has de estar dispuesto a amar hasta el extremo. Y el extremo del amor es darse totalmente. Una felicidad ilimitada sólo manará en un corazón cuya generosidad en el amor carezca de confines egoístas. Ya lo sabes: a tal amor tal felicidad.

¿Amor limitado, raquítico, mezquino? Pues -tenlo por seguro- felicidad limitada, raquítica, mezquina.

El amor más puro y genuino es capaz de todo y no tiene reparo en pasar incluso por el crisol purificador de los sufrimientos más hondos. No escatima siquiera el sacrificio más sublime: el de la propia vida. “Nadie tiene amor más grande que aquel que da la vida por el amigo” (Jn. 15, 13). Y, por consiguiente, nadie poseerá felicidad mayor que aquel que ame en tal medida.

Y que esto es verdad, te lo pueden decir todos los que alguna vez han amado de verdad, con un amor desinteresado y capaz de todo por la persona que aman.

Déjame contarte una experiencia de mi niñez. No se me olvidará nunca. Era un día de excursión. Íbamos caminando por la orilla de una carretera. Entre juegos y gritos, se me ocurrió cruzar hacia el otro lado sin darme cuenta de que por detrás venía un coche bastante rápido. Uno de mis compañeros alcanzó a empujarme por la espalda. Evitó que el coche me alcanzara a mí. Pero el impacto lo recibió él. Le costó una pierna y unas cuantas costillas, aunque podía haberle costado la vida. Ese día descubrí lo que es el amor verdadero de un compañero.

Aquel amigo, poco después me decía con un gozo enorme: “Perdona el empujón que te di, pero, ya ves, después de todo, creo que valió la pena ¿no te parece?”. No pude menos que darle un abrazo. Y al hacerlo, me pareció estrechar un corazón que desbordaba de amor y de una felicidad envidiable.

Generosidad
Ahora bien, un amor de tal calidad tiene su precio. El oro, cuanto más puro y genuino, tanto más valor alcanza y más cuesta hacerse con él. Un amor tan precioso, sin escorias, cuesta adquirirlo y el purificarlo exige otro tanto. De aquí que te diga ahora una palabra acerca de la generosidad.

Si lo primordial para la felicidad radica en el amor, y si amar equivale a entregarse, resulta ilusorio pretender que la donación de sí mismo brote en alguien no generoso. Porque precisamente lo que define a una persona generosa es su capacidad de donación y de entrega.

Por eso nos admira tanto la generosidad de un niño que, habiendo comprado con sus propios ahorros una bolsa de chucherías, no tiene reparo en compartirlas con sus compañeros en el recreo.

Por eso nos conmueve la acción heroica en generosidad de aquel compañero mío de clase que arriesgó su vida por mí. O aquella otra heroicidad de la que tuve noticia recientemente.

Te lo cuento.
Se trataba de un caballero que, en pleno invierno, yendo de paso, vio cómo un coche se precipitaba al río desde un puente. Ni corto ni perezoso, se bajó de su coche y se tiró al agua semicongelada para ayudar a salvar la vida de los accidentados. Cuando ya había ayudado a salvarse a todos (eran cinco), no alcanzó a salvarse él. Murió de congelación.

Eso es generosidad. Eso es amor de verdad, totalmente desinteresado.

En el darse generosamente se evidencia la calidad del amor que anida en el corazón de una persona. Las llamaradas potentes y luminosas de cada acto de generosidad revelan un interior en el que la hoguera del amor sigue aún viva.

El que pasa por esta vida sin generosidad señal es de que ama muy poco. Y donde el amor brilla por su ausencia, la felicidad verdadera también.

¿Es buena la curiosidad?

Meditación. Virtud propia de las almas grandes.

Por: Pedro García, Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net

Comienzo con una pregunta curiosa: ¿Es buena la curiosidad?…

Muchas veces reprendemos a las personas curiosas. Nos caen mal. Entrometidas en todo, no dejan una vida bien parada. Todos estamos con miedo a su lado, porque sabemos que un día u otro saldrán a relucir en público nuestros asuntos más personales. La curiosidad, así entendida, es desagradable, es mala, y no la podemos aceptar. La vida privada nos interesa mucho, y siempre corre peligro cuando una persona se mete a curiosear donde no le llaman…

Pero hay una curiosidad muy distinta, de la que han nacido muchos sabios. Ponemos el caso del niño a quien se le compra un juguete caro, y al pequeño no le dura más que dos días porque lo ha destripado para ver qué tiene dentro y cómo funciona. A los papás les duele haber gastado el dinero en ese juguete, pero a lo mejor no se dan cuenta de que su niño ha demostrado ser un chico muy inteligente y que su sana curiosidad le va a llevar muy lejos en la vida.

Un muy conocido escritor dejó dicho: Cuando el niño destroza su juguete, parece que le anda buscando el alma.

El niño, y cualquiera de todos nosotros. Porque todos tenemos nuestros juguetes. Son esas aficiones que nos llenan la vida. Y queremos conocerlas bien, desentrañar todos los misterios que esconden. Que para nosotros no guarden ningún secreto. Lo mismo en todo lo que se refiere a nuestro oficio o profesión como a la Palabra de Dios, la cual queremos conocer en sus mínimos detalles.
Hemos puesto el ejemplo del niño como tipo de la curiosidad, y quiero contar la historia de un niño.

El pequeño en cuestión era tan pobre que no podía ir a ninguna escuela. Envidiaba a los compañeritos que entraban en la clase, y con frío, con calor, con lluvia –había que aguantar todo– se apegaba a la ventana para escuchar las lecciones que recibían los demás. Se quejaron los niños de dentro, pero el maestro, inteligente y bueno, habló con el niño curioso:
– ¿Qué haces aquí?
– Escuchar lo que usted enseña. Me gusta mucho.
– A ver, ¿qué he dicho hoy?
El muchachito responde a perfección. Había entendido todo.
– ¿Y qué es lo que expliqué ayer? ¿y anteayer?…

El chico lo repetía todo maravillosamente. Y el maestro, sin más, introdujo en la escuela al niño pobrecito que no podía pagar las clases. Sin aquella curiosidad no contaríamos hoy con uno de los más famosos investigadores italianos modernos… Como tampoco sabríamos la ley fundamental de la Naturaleza como es la gravitación universal, si un sabio inglés no hubiera sido tan curioso al observar cómo la manzana caía en tierra desde el árbol…

Esta curiosidad es buena, es óptima, y ojalá tuviéramos todos mucha de esta curiosidad. ¡Dichosos los niños curiosos, dichosas las personas que siempre están preguntando y leyendo!…

Sobre esta curiosidad tan envidiable, hay todavía otra curiosidad que nos puede llevar muy lejos en la vida.

Esa curiosidad es la de querer descubrir los secretos de Dios. ¿Qué ha pretendido Dios al crear el mundo? ¿Cómo es la Historia de la Salvación? ¿Cómo es la vida del mismo Dios? ¿Cómo va a ser esa eternidad a la cual nos encaminamos y en la que vamos a parar al término de la vida?…

Quien se hace estas preguntas es una persona de gran valer. Sin que ella misma se dé cuenta, su curiosidad le cambia toda su manera de ser, de pensar, de vivir.

Y para satisfacer esa curiosidad, la veremos siempre con libros en la mano que le hablen de Dios: con la Biblia, con la Historia de la Iglesia, con los escritos de los Santos más eminentes y de los hijos más ilustres de la Iglesia Católica.

La veremos siempre asidua en la escucha de la Palabra de Dios, transmitida por los ministros autorizados en la celebración litúrgica, especialmente en la Misa dominical.

Veremos cómo asiste con afán a reuniones y clases donde pueda aprender siempre algo nuevo que la lleve a Dios. Todo ha nacido de esa curiosidad tan excelente que no la deja parar.

Pero hay todavía otra curiosidad mucho más profunda y valiosa, que se deriva de la anterior, y es la que nos lleva a descubrir los secretos del propio corazón, a conocernos a fondo, a querer descubrir lo que Dios quiere de nosotros en cada momento, a rastrear los caminos que nos llevan a la propia salvación.

Y como este conocimiento se consigue sobre todo con la oración, esa curiosidad divina nos llevará al trato íntimo con Dios, que descubre sus secretos a quien está siempre con ansia de conocerlos.

Es magnífica la curiosidad que nos empuja a conocer los secretos de la Creación.
Es magnífica la curiosidad que nos hace investigar en el propio corazón.
Es sobremanera provechosa y santa la curiosidad que nos lleva a meternos en la intimidad de Dios.

Criticamos con todo derecho la curiosidad mala, tan molesta en la vida social.
Pero no se paga con millones esa otra curiosidad fomentada con el estudio, la reflexión y la oración, que nos hace descubrir todos los secretos de la Naturaleza y de Dios.

Esa curiosidad, en fin, propia de todas las almas grandes….

Víctor Hugo – Muratori y Newton

Su Reino no tendrá fin

El Reino de Cristo empieza y está dentro de nosotros

Por: Catholic.net | Fuente: Catholic.net

Nuestra época presume orgullosa de grandes logros y progresos en todos los campos. Hoy, por ejemplo, a muchos se les llena la boca al hablar de apertura a la democracia; de libertad de expresión, de creencia o de culto. Pero en numerosos lugares del globo terráqueo todo eso no son más que palabras huecas. Sigue habiendo países bajo un régimen abierta o veladamente totalitario. En muchas partes se asfixia y apaga toda voz en disonancia con la ideología de los que en el poder, monopolizan y controlan los medios de comunicación. Continúa brillando por su ausencia en algunas naciones el respeto a los derechos humanos y la posibilidad de vivir abiertamente la propia fe religiosa.

Todavía en nuestros días hay gente que parece tener alergia a todo lo que hace referencia al cristianismo. Sí, aún hoy los hay que quieren cancelar a Cristo de la faz de la tierra como desde hace más de 2000 años se ha venido intentando. Pero hasta ahora, desde el tirano Herodes hasta el último que hoy se dice enemigo de Cristo, nadie lo ha conseguido. Y nadie lo conseguirá. La Iglesia ha enterrado uno a uno a todos sus enemigos, mientras ella se mantiene viva. Y continuará viva viendo morir a todos los que deseen y busquen verla muerta.

La misma historia confirma a los cristianos que el Reino de Cristo no tendrá fin.

Sin embargo, no olvidemos que el Reino de Cristo empieza y está dentro de nosotros. Cada cristiano, dentro de la Iglesia, debe serlo de verdad, para que ella también lo sea.

Porque me temo que muchos cristianos actuales, consciente o inconscientemente, ya se han dejado arrancar a Cristo del alma y de su entorno familiar y social. Muchos ya han cedido, o están por ceder, las fronteras del Reino de Cristo en su propia vida, ante los enemigos de su fe.

Hace falta, por tanto, que cada uno resista sus embestidas y defienda con arrojo el tesoro de su fe cristiana y católica ante los asaltos directos o sutiles de los adversarios de Cristo y de su Iglesia. Pero para ello se ha de comenzar conociendo esa fe para poder hacerla propia y amarla hasta tal punto de dar la propia vida -si fuera necesario- por ella.

No hay por que temer ni a nada ni a nadie. Tenemos garantías más que de sobra para confiar en la victoria de Cristo también en lo que a nuestra vida personal se refiere. Cristo está vivo. Cristo ha vencido a la muerte y al mal. Cristo ha vencido al mundo y al pecado. Cristo estará con nosotros hasta la consumación de los siglos. Y por todo eso su Reino no tendrá fin.

Hacer y padecer injusticia

Meditación. ¿Es mejor sufrir la injusticia o cometerla?

Por: Fernando Pascual | Fuente: Catholic.net

Es bueno ser justo y no sufrir ninguna injusticia. Es terrible ser injusto y, además, sufrir injusticias. Seguramente en esto estamos de acuerdo. Sin embargo, resulta más difícil determinar qué sea mejor: ser justo y padecer injusticias, o ser injusto y no sufrir ninguna injusticia.

Para quien considera que lo mejor es no sufrir nunca, a cualquier precio, podrá ser aceptable el cometer de vez en cuando alguna injusticia con tal de evitar el convertirse en víctima de las injusticias de otros. Si por conservar un puesto de trabajo ganado honradamente uno “necesita” hacer alguna trampa, aunque perjudique al jefe o a algunos compañeros, no son pocos los que aceptan esa trampa, a pesar de que, en su corazón, algo les diga que no todo va bien.

En cambio, ¡qué extraña resulta, muchas veces, la actitud de quien está dispuesto a perderlo todo con tal de mantenerse en sus principios! Para él, la justicia vale más que la propia vida. No tiene miedo a ser abandonado por los amigos, a ser despedido del trabajo, a verse criticado por el esposo o la esposa. Sabe que nunca se puede hacer el mal, cometer una injusticia, y acepta todos los riesgos con tal de ser fiel a su conciencia.

De nuevo, la pregunta, ¿es mejor sufrir la injusticia o cometerla? En un mundo global esta pregunta puede significar, por ejemplo, perder la competividad de una fábrica, o quedar fuera de una brillante carrera médica, o ser excluido de un puesto en los tribunales, en el ejército o en la administración pública. La tentación de una pequeña trampa es tan fuerte que muchos, muchos, ceden. Sin embargo…

También a nivel de la vida cotidiana los conflictos se presentan con toda su agudeza. Una madre joven, con niños pequeños, que vive la angustia de la pobreza porque su marido se emborracha, puede sentir la tentación de un ingreso fácil de dinero. Seguramente pensará que todo se hace para el bien de los niños, y quizá encuentre a un “amigo” que por un poco de dinero “compra” unos momentos de la vida de esta mujer angustiada. De nuevo, la pregunta: ¿es mejor ser madre pobre y esposa honrada, a pesar de las traiciones del marido, o madre “menos pobre”, que pueda dar algo más a sus hijos, con un dinero ganado a costa de “venderse” y perder la fidelidad a la propia conciencia?

No siempre es fácil establecer el límite entre lo justo y lo injusto, entre lo éticamente correcto y lo que implica cometer un mal que hiere profundamente a la conciencia. Pero siempre será necesario intentar hacer el bien, vivir la justicia.

Hace 2400 años Sócrates fue acusado ante el tribunal de Atenas. Tenía 70 años. Sus acusadores pidieron contra él la pena de muerte. Y ganaron el juicio. Los amigos de Sócrates le prepararon una fuga rápida: todo estaba listo, la barca, el dinero, el lugar donde se podría esconder lejos del odio de sus enemigos. Sócrates rechazó la propuesta. Prefirió aceptar una condena injusta que no mancharse con la cobardía de quien huye y busca un poco más de vida a costa de traicionar a su conciencia. Valía más, para él, la muerte con honra que la vida del fugitivo y del cobarde. Sabía que era inocente, pero el modo para luchar contra una condena injusta no era el fugarse de la cárcel, sino el pedir la revisión judicial de la condena. Se quedó entre los barrotes, y el día previsto aceptó la ejecución.

Sócrates es, para unos, el ejemplo de un perdedor, de un hombre agarrado a sus convicciones y fracasado por no saber entrar en los mecanismos de la “lucha por la vida”. Sócrates, para otros, es el ejemplo de la fidelidad a la conciencia, aunque esto implique la ruina personal. Es un testimonio del valor de la verdad y la justicia. Lo son todos los hombres y mujeres que han sabido morir por defender sus ideales y la justicia en un mundo en el que, por desgracia, muchas veces se impone la ley de la utilidad sobre los principios de la verdad y del bien.

En el milenio que inicia, la figura de Sócrates vuelve a repetirnos, con el sello de su sangre, que “es mejor padecer la injusticia que cometerla”. Una afirmación que horroriza a muchos promotores de la victoria a cualquier precio. Una afirmación que llena de esperanza a los millones de víctimas de todos los siglos que han sido fieles a sus conciencias. Porque en la otra vida el verdadero perdedor será el que aquí fue injusto, mientras que el derrotado en la tierra será quien reciba la corona de la vida.

Rebajas en la Iglesia

Lo importante es descubrir el tesoro que se encuentra en la Ella.

Por: Máximo Alvarez Rodríguez | Fuente: Catholic.net

Al terminar las Navidades, subiendo la cuesta de enero, cuando la cartera está más floja y se vende peor, vienen las rebajas. Así la gente se anima de nuevo a comprar y las tiendas pueden dar salida a sus productos.

Alguien podría pensar que también la Iglesia podría hacer sus rebajas para tener más clientela. Por ejemplo, quitar un par de mandamientos, algún pecado capital u obra de misericordia, eliminar alguna bienaventuranza, reducir el precepto dominical a las fiestas de guardar eliminando los domingos y establecer como única forma del sacramento de la Penitencia la absolución general para no tener que dar la cara ante el cura. Y por supuesto rebajar las penitencias, quitar viernes de cuaresma y, no faltaría más, suprimir los aranceles; eliminar cursillos prematrimoniales y reducir a escasos meses las distintas catequesis de comunión y confirmación y así sucesivamente… Así mismo, quitar las misas que son demasiado temprano, reducir su duración a un cuarto de hora y que el sermón no pase de los tres minutos.

Puede parecer un poco exagerado todo esto, que no deja de ser una caricatura, pero más de una vez hemos oído alguna queja que va por estos caminos de menor exigencia y en el fondo, tiene muchos visos de realidad. Y sin embargo, el cristianismo es mucho más atractivo cuando es exigente que cuando se torna facilón. De poco servirían las rebajas.

Cuentan de alguien que tenía un perro de gran valor y que publicó un anuncio diciendo que lo regalaba. Nadie preguntaba por él. Alguien le sugirió que le pusiera un alto precio. A partir de ese momento eran muchas las llamadas interesándose por el animal.

No tiene sentido poner cargas insoportables e innecesarias ni presentar la vivencia de la fe como algo complicado y difícil. Como no tiene sentido que un profesor presente su asignatura como poco atractiva y desagradable, pero de ahí a abdicar de la exigencia hay un abismo. Al final el alumno estará contento de la exigencia, si es mucho lo que ha aprendido. Un deportista se siente tanto más feliz cuanto más difíciles sean las pruebas que haya tenido que superar y para ello no le importan las privaciones.

Sin duda que en los primeros siglos, cuando los cristianos eran perseguidos, o en épocas posteriores de persecución religiosa, ha habido más compromiso cristiano que cuando son menores las dificultades. No es, pues, cuestión de rebajas. Ya lo dijo el Jefe: “el Reino de los Cielos se parece al que encuentra un tesoro escondido en un campo y vende todo lo que tiene para comprarlo”. Lo importante es descubrir el tesoro. Es cierto que un tesoro no se encuentra todos los días. Pero en este caso quien busca encuentra. Ojalá nos molestáramos un poco más en buscar.

Comentarios al autor maximoalva@telefónica.net

Si eres lo que debes ser, encenderás el mundo

Cada hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, lleva impresas en su alma, las “huellas digitales” de Dios.

Por: Catholic.net | Fuente: Catholic.net

En el origen de nuestra vida encontramos un acto de amor infinito y omnipotente de Dios que, pronunciando nuestro nombre mucho antes de que nuestros padres lo hicieran por vez primera, nos llamó de la nada al ser: “Antes de haberte formado en el seno materno, te conocía, y antes de que nacieses te tenía consagrado” (Jr 1,5). No fuimos nosotros, por tanto, quienes escogimos vivir ni tampoco lo merecimos, pues ni siquiera tuvimos la oportunidad de hacer algo que provocase su amor. Existimos sencillamente porque Alguien nos quiso y continúa sosteniéndonos en el ser; porque Alguien nos ha amado gratuitamente tal como somos y para siempre.

Por este motivo cada hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, lleva impresas en su alma, por así decir, las “huellas digitales” de Dios. En este amor personal de Dios al hombre reside la grandeza y la dignidad más profunda de cada ser humano.

De este diálogo íntimo de amor entre Dios y el hombre se desprende la realización del hombre que alcanzará la verdadera felicidad, en la medida en que cumpla el fin para el que fue pensado desde toda la eternidad. Amar, pues, es el gran proyecto de nuestra vida, nuestro mayor negocio, la vocación más sublime en la que se resumen todas las demás. Y para nosotros cristianos, el amor como camino, verdad y vida no es una idea vaga o un proyecto filantrópico, sino que tiene un rostro muy concreto, Jesucristo.

La santidad, ser como Cristo, se convierte así en nuestro programa de vida. En Él encontramos el modelo del hombre perfecto, del amor realizado en la entrega y en la donación sincera de sí mismo a los demás.

Dios continúa llamándonos durante toda la vida

Dios continúa llamándonos todos los días; en cada momento va explicitando las exigencias de esa llamada original, que resuena como un eco en nuestro corazón. Cada gracia, cada evento o circunstancia que Él permite en nuestra vida es una ocasión para agradecer, una posibilidad de encuentro personal con Cristo, una nueva llamada a corresponder con generosidad a su amor.

Repasemos delante de Dios las principales gracias que Él nos ha concedido en nuestra vida. ¡Cuántas manifestaciones de su amor! ¡Cuántas llamadas a la conversión y a la correspondencia! El gran regalo de la vida y de la salud, la oportunidad maravillosa de haber crecido en una familia cristiana, etc.

De manera especial, el don del bautismo, que supera con mucho cualquier otro don natural –“tu gracia vale más que la vida” (Sal 62, 4)-, y por el cual podemos llamar a Dios ¡Padre!, puesto que realmente somos sus hijos (cf. IJn 3, 1). Y en consecuencia, también somos llamados a ser hijos de nuestra madre, la Iglesia, entramos a formar parte de la familia de Dios y nos hacemos herederos del cielo, nuestro verdadero y definitivo hogar. ¡Qué maravilloso es el don de la fe!

Como consecuencia de nuestro ser cristiano, gozamos de un verdadero banquete de bendiciones: los sacramentos; el alimento de la palabra de Dios en la Sagrada Escritura, la liturgia, la comunión de los santos; la ayuda de los sacerdotes; las enseñanzas y el ejemplo del Santo Padre, etc.

¡Cuántas voces de Dios, también, a través de la vida de todos los días, del encuentro fortuito con una persona, de una conversación, de una lectura, de una experiencia! ¡Cuántas lecciones Dios nos manda a través del sufrimiento y de las enfermedades, instrumentos especialmente eficaces de purificación y de desprendimiento interior, que nos ayudan a aferrarnos únicamente a Dios y a lo eterno!

Hay un don muy particular, del que no todos somos conscientes. El don del tiempo, como el espacio precioso de vida que Dios nos concede para poder realizar la misión para la que fuimos creados y de la que tendremos que rendir cuentas. Y, sin embargo, ¡cuánta omisión en el uso de este tesoro!

El tiempo del que disponemos no es nuestro, sino que lo hemos recibido de Dios para ponerlo a producir; y que como buenos administradores del mismo se nos pide ser fieles (cf. ICor 4, 2). Esta meditación, lejos de producirnos amargura o tristeza, debe entusiasmarnos y estimularnos a una creciente donación a la Iglesia y a los demás.

“Don recibido que tiende por naturaleza a ser bien dado” (cf. n 2).

a) Si eres padre de familia, Dios te ha regalado el sacramento del matrimonio, a través del cual participas de una manera especial de la intimidad del amor de Dios y por el que cada uno se convierte en un don para el otro.

La fidelidad a tu vocación de esposo(a) y padre cristiano, te exigirá en ocasiones el martirio callado e incruento de la vivencia genuina del Evangelio. No es fácil luchar todos los días contra el ambiente del mundo, que trata con insidiosa ferocidad, de atraparte con sus tentáculos de hedonismo y de materialismo, y que se filtra, casi imperceptiblemente, por las rendijas del propio hogar, sobre todo en el caso de las parejas jóvenes. No es fácil, tampoco, perseverar fieles a las enseñanzas de Cristo y de la Iglesia, que te implicará el heroísmo en tu amor para no vender la
integridad de tu conciencia y de tu corazón a los mercaderes de la sociedad posmoderna, que pretenden por todos los medios imponer nuevos modelos de vida matrimonial y familiar, incompatibles con el Evangelio y con el designio de Dios para el hombre; y que tachan de intransigentes a quienes no se suman a su modo de pensar y de actuar. Quizás por esto mismo, la vida familiar se presenta en algunos aspectos más costosa y ardua que en épocas pasadas. Pero cuentas, también como antes, con el auxilio poderoso de la gracia de Cristo y con el testimonio
de muchos matrimonios y familias auténticamente cristianos.

Forma a tus hijos en la fe, enséñales a amar a su madre, la Iglesia. Edúcalos en una
conciencia recta y en una equilibrada jerarquía de valores conforme con la civilización del ser y no del tener. Sé generoso para ayudar y apoyar a tus hijos en los momentos en que tienen que tomar sus grandes decisiones. Deja que sigan el camino por el que Dios les llama a realizarse, (cf. n 5), ya sea en el matrimonio, o en la vida consagrada o sacerdotal.

b) Si eres joven y te encuentras en la edad maravillosa en la que tienes que poner los cimientos sólidos que sostendrán el edificio de tu vida; que quieres imprimir un rumbo seguro a tu existencia, y que buscas con anhelo tu felicidad, deja que Cristo entre en tu mundo personal, que se convierta en el punto de referencia de todas tus decisiones, ábrele tu corazón, busca conocerlo y amarlo cada día más. Estás en la etapa decisiva de tu camino, la edad de la escucha y del discernimiento de la llamada: ¿qué es lo que Dios quiere de mí? ¿Cómo realizarme y ser feliz? Ten la seguridad de que la respuesta nunca podrás hallarla fuera de la voluntad de Dios, al margen de Jesucristo.

No tengas miedo de escuchar la voz de Cristo que te invita a vivir con coherencia su fe, a morir a los criterios del mundo y a tus propias pasiones desordenadas para que Él reine en tu corazón. Lleva el Evangelio a todas partes, no puede haber un lugar que quede fuera del influjo de Cristo. Habla de Él con su testimonio y con sus palabras. Siéntete orgulloso de ser cristiano y de comportarte como tal.

c) Si eres mujer, has recibido una altísima vocación y una delicada misión en el corazón de la sociedad y de la Iglesia, al haber sido llamada por Dios de manera especial a la difícil tarea de reevangelizar la vida (cf. n° 3). Lucha, por vivir en plenitud el ideal de la mujer nueva que Cristo te propone. No te dejes seducir por los slogans fáciles y engañosos de pseudorrealización y de aparente libertad, que el mundo y la cultura tratan de inocularte. Eres, por designio insustituible y maravilloso de Dios, la custodia y el santuario de la vida, la que mejor puede colaborar en la humanización del mundo hasta transformarlo en una grande y única familia. En la Virgen María encontrarás siempre el modelo más auténtico y luminoso de la mujer cristiana.

d) Si ya eres abuelito o abuelita, tienes un papel más importante y decisivo de lo que, a simple vista, podrías imaginar. Tu misión en esta vida aún no ha terminado. Tienes en tus manos el rico patrimonio de tu experiencia de largos años que estás llamado a compartir con tus hijos y nietos, con tus amigos y cuantos te rodean. No renuncies a esta misión tan grande, no omitas ningún esfuerzo por llevarla adelante, con tu consejo acertado en el momento adecuado, siendo promotor entusiasta de la unidad familiar y de la solidaridad. Por medio de tu palabra y de tu testimonio puedes convertirte en el mejor transmisor de la fe cristiana y de los valores imperecederos. Pero esto sólo lo lograrás en la medida en la que pongas tu centro en Dios y en los demás, y no en ti mismo.

De esta manera todos estamos llamados a la santidad, a continuar edificando el Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. Una vocación que no debe quedarse únicamente en pensamientos o bellos deseos, sino que tiene que traducirse en una sincera y real voluntad de colaboración y de mutuo apoyo con la misión de la Iglesia; pues, en definitiva todos buscamos, el mismo fin: la gloria de Dios y la salvación de las almas.

Oración:

¡Gracias Señor por tu infinito amor! Enséñame a amar como tu nos has amado. Ayúdame a vivir la caridad en pensamientos, palabras y obras; aleja de mi corazón, de mi mente y de mi lengua la crítica, la maledicencia, la división. Enséñame a ser generoso y hazme un instrumento de tu amor para que reines en el corazón de todos los hombres.

Palabra de honor

Meditación. La falta de interés por los demás

Por: Ada Ferrari | Fuente: Catholic.net

¿Comprometemos nuestro honor simplemente con dar nuestra palabra en garantía?

Sería posible en la actualidad, que entre dos personas se pudiera establecer un compromiso irrefutable, con el simple hecho de dar y recibir la palabra de honor?

Se imagina usted en su distribuidora automotriz preferida diciendo lo siguiente al vendedor: “Me llevo el rojo y te lo paso a liquidar el lunes, palabra de hombre”. Creo que sería un tanto difícil imaginarse a uno mismo reproduciendo esas palabras. Y que tal imaginarse escuchar, lo siguiente por parte del distribuidor: “¡Claro señor! Le espero el lunes antes de las 6 de la tarde y que disfrute su rojito”.

¿Por que no? Por que suena tan lejano y hasta chistoso considerar a la persona capaz de comprometerse, sin necesidad de firmar un papel que lo obligue ante la sociedad, a cumplir lo pactado bajo amenaza de castigo grave?.

¿Que es lo que sucede tanto en estos tiempos que no acontecía mayormente en la época de nuestros bisabuelos?. Y digo mayormente porque tengo la certeza que en tiempos pasados, también tuvo que haber vivido el sinvergüenza que perdió el honor al no haber cumplido su palabra, y sé que en estos días encontramos entre nosotros, rarezas humanas (algunos los consideran inocentes, mansos y hasta mensos) que deciden creer en el compromiso que implica el dejar empeñada la palabra.

Al dar la palabra, aquello que deja uno en garantía de cabal cumplimiento es nada más y nada menos que el mismísimo honor.

¿Pero que es el honor?. Buscando en cualquier diccionario usted podrá encontrar la siguiente definición: “Actitud moral que impulsa a las personas a cumplir con sus deberes.”

Para mi polvoso y moderno entendimiento, es preciso indagar un poco más sobre el significado de esas cinco letras, que definitivamente involucran la esencia de toda la persona, lo invito, amable lector a redescubrir qué es honor y por qué en la actualidad decidimos ignorarlo, porque sigue estando ahí, coexistiendo de una forma maravillosa con nuestro ser.

El honor además de ser uno de los bienes fundamentales de la vida social, es el resultado de toda manifestación de consideración y estima expresada por un hombre a otro. Es el premio que resulta de ser grande de espíritu, generoso y de hacer el bien.

En el mundo moderno identificamos el “ser honorable” con el “ser respetable”: la persona que es generosa, hace el bien y es considerada con el prójimo, es un ser que se ha ganado el respeto de los demás y recibe el premio del honor.

Todos, absolutamente todos, hemos realizado actos buenos y generosos con nuestro prójimo, por lo tanto, somos personas honorables, respetables.

¿Pero además de Dios, de nosotros mismos y de las personas con las que directamente tuvimos el gesto magnánimo y bueno, quién más conoce nuestros actos? ¿ Son estos actos lo suficientemente repetidos, como para gritar con nuestro actuar lo que somos y provocar la misma actitud magnánima y generosa en los que nos observan? ¿Nos interesan y les interesamos a las demás personas, como para querer conocerlas?

La dinámica del amor, que propone el Catecismo de la Iglesia Católica se propone con el siguiente esquema:

1.- Conocer
2.- Amar
3.- Comprometerse

Conocer a la persona, de frente y con el corazón abierto, nos lleva a amarla, gratuita y desinteresadamente. El amor de esta manera, desemboca irremediablemente en el compromiso hacia los demás: “Querer ser grande de espíritu, generoso y a hacer el bien”

En esta pequeña dinámica se desvela de forma asombrosa, la triste causa por la cual, decidimos voluntariamente no mostrar lo honorable que somos y por consiguiente no aceptar lo que de honorable existe en los demás: la falta de interés por los demás, no queremos conocer a nadie.

En la actualidad no tenemos ni las ganas, ni el tiempo o la sensibilidad del disfrute compartido que resulta de conocerse las personas. Es pura indiferencia.

No en balde somos incapaces de reconocer el compromiso de nuestra persona por medio de nuestra palabra… Pero está ahí, lo tenemos, lo realizamos diariamente varias veces al día: En casa con nuestros esposos, con nuestros hijos. En la escuela, en la oficina, en la calle. Con una simple sonrisa y hasta con un lacónico gracias…

Apreciemos nuestra imagen frente al espejo, (no existe espejo más reflejante que nuestro prójimo), seamos capaces de brindarnos la más hermosa de nuestras sonrisas, y aceptemos como regalo, el eterno reflejo de lo Divino manifestado en los demás. Así, haciendo de esta forma de mirar una virtud, que se presente al otro apetitosamente, desencadenará el movimiento incontrolable de la voluntad por conocer, amar y comprometerse con los demás. ¡Se los aseguro, Palabra de Honor!