Dios te escucha

Meditación. Amar como Él

Por: César Funes | Fuente: Catholic.net

A veces parece que Dios no escucha; le ruegas una y otra vez que te libre de la tentación, que te dé fuerzas en la enfermedad, que te permita gozar de los hijos que no llegan, que ponga paz en tu familia, que te envíe trabajo. Tantas y tantas cosas que necesitas y que Dios parece olvidar, o desoir mientras mira fríamente desde la distancia.

¡Pero qué confundido estás! Dios es tu Padre. No perdonó a su Hijo para que tengas vida eterna ¿y luego se va a olvidar de ti o va a observarte desde lejos? ¡No! Dios está junto a ti, desea amorosamente hacer morada en tu espíritu, derramar en tu alma dones que ni siquiera imaginas y colmar tus necesidades y deseos. Y te escucha como si no hubiera nadie más en el mundo, porque te ama y porque tiene el oído más atento y el corazón más sensible de todos los padres.

Pero al orar a Dios debes tener presente dos cosas.

La primera, que Él siempre va a reclamar tu ayuda. Dios no te planta el huerto, te da semillas y te envía la lluvia; Dios no te escribe la novela, te da lápiz y papel y te envía la inspiración; Dios no te parchea el camino comarcal por el que vas, te da un mapa para salgas a la autopista y te llena de gasolina el coche.

La segunda, que “vuestros caminos no son mis caminos”, nos dice el Señor. Y es que Él no te ha preparado dones buenos; te ha preparado lo mejor. ¡Ay! Cuán infeliz eres porque esperas lo que no da hartura y te afanas en lo que se pierde pronto y para siempre. Si las bienaventuranzas hablan del Reino que viene, la gloria la consigues en tu calvario presente. Si en el banquete celeste vestirás vestiduras blancas, ahora tienes túnica y sandalias. Has de gloriarte en la cruz de Cristo y al final le presentarás lo que por Él has amado, sufrido y abandonado. Eso es lo que has de pedirle: renegar de tus terrenas apetencias, amar como Él te amó, hacer en todo su voluntad… ¡y el Espíritu Santo!

Y ten siempre a María presente en tu oración. Ella es la mediadora de todas las gracias ante Dios. ¡Bendito sea!

 

 

 

Cuando tu cumplas, cumpliré yo

Meditación.¨Para que el amor vuelva a florecer

Por: P. Mariano de Blas | Fuente: Catholic.net

Con frecuencia se escuchan entre esposos expresiones como estas: “Cuando él se comporte como debe, entonces yo también cumpliré con mi obligación”. Lógicamente el piensa y dice lo mismo: “Cuando ella se comporte como debe, yo también cumpliré con lo que debo”.

Cuando esto sucede es que el amor se ha enfriado bastante y está ya en proceso de desaparición. Cuando se casaron ardían de amor, no decían ni pensaban en cosas semejantes, pensaban amarse toda la vida, en ser felices, en hacer feliz a la otra parte. Pero el enamoramiento que el día de la boda se encontraba en su máximo esplendor, pudo haberse convertido en desenamoramiento.
Cuando uno se enamora todos son detalles de ternura, de preocupación por la persona amada. No piensa uno en sí mismo sino en cómo hacer feliz al otro. Disfruta viendo las cualidades que tiene, lo bueno que es; los defectos no se ven o no se quieren ver. Sus cosas buenas son tantas y tan preciosas que los pequeños defectos se pasan por alto. Como consecuencia la otra persona reacciona de forma semejante hacia uno.

El desenamoramiento hace todo lo contrario: uno achaca al otro que no cumple con su deber, que no es el mismo o la misma, que ha cambiado. Efectivamente puede haber cambiado pero ¿Por qué? Se casaron por amor y ahora están peleándose como si hubieran hecho un contrato laboral en el que no están cumpliendo las condiciones.

Este proceso de echarse en cara el no cumplir, suele ir agravándose y cavar una fosa cada vez más profunda entre los dos. El corazón, por otra parte, asesorado por el orgullo, se va convirtiendo en caja fuerte de resentimientos, rencores, de pequeñas venganzas que van en aumento. Si esto no se soluciona, el resultado final será la separación definitiva, con la posible unión compensatoria con otra persona encontrada en el camino.

¿Qué hacer? El echarse en cara las faltas, aunque sea cierto que uno de los dos o los dos hayan cometido errores e injusticias ciertas, no va a solucionar nada. Uno de los dos, el que sea más humilde o el que más desee que la situación cambie, que empiece a cumplir lo mejor que pueda y con la mejor voluntad su 50% sin pensar, y menos decir a la otra parte que cumpla con la suya.

Este es el mejor camino del reenamoramiento. Camino difícil, pero posible. Redescubre a aquel hombre o aquella mujer de la que te enamoraste, redescubre otra vez sus buenas cualidades, que las tiene, y olvida sus defectos e injusticias. No pongas límite de tiempo a este reenamoramiento. No digas: ” ya lo he intentado quince días y él o ella no ha cambiado”.

Sigue con firmeza, adelante, cumple, busca los detalles, aunque al principio no te salgan espontáneos, trata de forzarte a ti mismo. Si uno se esfuerza suficiente tiempo y con suficiente empeño se observará que la otra parte comienza a cumplir lo suyo, comienza a reaccionar de forma parecida al que comenzó. Y entonces el amor puede volver a florecer.

Es el cuento de nunca acabar. “Yo cumplo sin condiciones”, es la formula mágica para que la otra parte se sienta amorosamente obligada a decir “Yo también cumplo”.

Carta a Dios

Meditación. El amor ya es, por sí solo, la felicidad

Por: José Martín Descalzo | Fuente: www.interrogantes.net

GRACIAS. CON ESTA PALABRA PODRÍA CONCLUIR ESTA CARTA, DIOS MÍO, AMOR MÍO. Porque eso es todo lo que tengo que decirte: gracias, gracias. Sí, desde la altura de mis cincuenta y cinco años, vuelvo mi vista atrás, ¿qué encuentro sino la interminable cordillera de tu amor? No hay rincón en mi historia en el que no fulgiera tu misericordia sobre mi. No ha existido una hora en que no haya experimentado tu presencia amorosa y paternal acariciando mi alma.

Ayer mismo recibía la carta de una amiga que acaba de enterarse de mis problemas de salud, y me escribe furiosa: «Una gran carga de rabia invade todo mi ser y me rebelo una vez y otra vez contra ese Dios que permite que personas como tú sufran.» ¡Pobrecita! Su cariño no le deja ver la verdad. Porque -aparte de que yo no soy más importante que nadie- toda mi vida es testimonio de dos cosas: en mis cincuenta años he sufrido no pocas veces de manos de los hombres. De ellos he recibido arañazos y desagradecimientos, soledad e incomprensiones. Pero de ti nada he recibido sino una interminable siembra de gestos de cariño. Mi última enfermedad es uno de ellos.

Me diste primero el ser. Esta maravilla de ser hombre. El gozo de respirar la belleza del mundo. El de encontrarme a gusto en la familia humana. El de saber que, a fin de cuentas, si pongo en una balanza todos esos arañazos y zancadillas recibidos serán siempre muchísimo menores que el gran amor que esos mismos hombres pusieron en el otro platino de la balanza de mi vida. ¿He sido acaso un hombre afortunado y fuera de lo normal? Probablemente. Pero ¿en nombre de qué podría yo ahora fingirme un mártir de la condición humana si sé que, en definitiva, he tenido más ayudas y comprensión que dificultades?

Y, además, tú acompañaste el don de ser con el de la fe. En mi infancia yo palpé tu presencia a todas horas. Para mí, tu imagen fue la de un Dios sencillo. Jamás me aterrorizaron con tu nombre. Y me sembraron en el alma esa fabulosa capacidad: la de saberme amado, la de experimentar tu presencia cotidiana en el correr de las horas.

Hay entre los hombres -lo sé- quienes maldicen el día de su nacimiento, quienes te gritan que ellos no pidieron nacer. Tampoco yo lo pedí, porque antes no existía. Pero de haber sabido lo que sería mi vida, con qué gritos te habría implorado la existencia, y ésta, precisamente, que de hecho me diste.

Absolutamente decisivo el nacer en la familia que tú me elegiste. Hoy daría todo cuanto después he conseguido sólo por tener los padres y hermanos que tuve. Todos fueron testigos vivos de la presencia de tu amor. En ellos aprendí -¡qué fácilmente!- quién eras y cómo eres. Desde entonces amarte -y amar, por tanto, a todos y a todo- me empezó a resultar cuesta abajo. Lo absurdo habría sido no quererte. Lo difícil habría sido vivir en la amargura. La felicidad, la fe, la confianza en la vida fueron, para mí, como el plato de natillas que mamá pondría, infallablemente, a la hora de comer. Algo que vendría con toda seguridad. Y que si no venía, era simplemente porque aquel día estaban más caros los huevos, no porque hubiera escaseado el amor. Entonces aprendí también que el dolor era parte del juego. No una maldición, sino algo que entraba en el sueldo de vivir; algo que, en todo caso, siempre sería insuficiente para quitarnos la alegría.

A todo ello, ahora -siento un poco de vergüenza al decirlo- ni el dolor me duele, ni la amargura me amarga. No porque yo sea un valiente, sino sencillamente porque al haber aprendido desde niño a contemplar ante todo las zonas positivas de la vida y al haber asumido con normalidad las negras, resulta que, cuando éstas llegan, ya no son negras, sino sólo un tanto grises. Otro amigo me escribe en estos días que podré soportar la diálisis «chapuzándome en Dios». Y a mi eso me parece un poco excesivo y melodramático. Porque o no es para tanto o es que de pequeño me «chapuzaron» ya en la presencia «normal» de Dios, y en ti me siento siempre como acorazado contra el sufrimiento. O tal vez es que el verdadero dolor aún no ha llegado.

A veces pienso que he tenido «demasiado buena suerte». Los santos te ofrecían cosas grandes. Yo nunca he tenido nada serio que ofrecerte. Me temo que, a la hora de mi muerte, voy a tener la misma impresión que en ese momento tuvo mi madre: la de morirme con las manos vacías, porque nunca me enviaste nada realmente cuesta arriba para poder ofrecértelo. Ni siquiera la soledad. Ni siquiera esos descensos a la nada con que tú regalas a veces a los que verdaderamente fueron tuyos. Lo siento. Pero ¿qué hago yo si a mi no me has abandonado nunca? A veces me avergüenzo pensando que me moriré sin haber estado nunca a tu lado en el huerto de los olivos, sin haber tenido yo mi agonía de Getsemaní. Pero es que tú -no sé por qué- jamás me sacaste del domingo de Ramos. Incluso alguna vez –en mis sueños heroicos- he pensado que me habría gustado tener yo también una buena crisis de fe para demostrarte a ti y a mi mismo que la tengo. Dicen que la auténtica fe se prueba en el crisol. Y yo no he conocido otro crisol que el de tus manos siempre acariciantes.

Y no es, claro, que yo haya sido mejor que los demás. El pecado ha puesto su guarida en mí y tú y yo sabemos hasta qué profundidades. Pero la verdad es que ni siquiera en las horas de la quemadura he podido experimentar plenamente la llama negra del mal de tanta luz como tú mantenías a mi lado. En la miseria, he seguido siendo tuyo. Y hasta me parece que tu amor era tanto más tierno cuantas más niñerías hacía yo.

Presumir ante ti de persecuciones y dificultades. Pero tú sabes que, aún en lo humano, me rodeó siempre más gente estupenda que traidora y que recibí por cada incomprensión diez sonrisas. Que tuve la fortuna de que el mal nunca me hiciera daño y, sobre todo, que no me dejara amargura dentro. Que incluso de aquello saqué siempre ganas de ser mejor y hasta misteriosas amistades.

Me diste el asombro de mi vocación. Ser cura es imposible, tú lo sabes. Pero también maravilloso, yo lo sé. Hoy no tengo, es cierto, el entusiasmo de enamorado de los primeros días. Pero, por fortuna, no me he acostumbrado aún a decir misa y aún tiemblo cada vez que confieso. Y sé aún lo que es el gozo soberano de poder ayudar a la gente -siempre más de lo que yo personalmente sabría- y el de poder anunciarles tu nombre. Aún lloro -¿sabes?- leyendo la parábola del hijo pródigo. Aún -gracias a ti- no puedo decir sin conmoverme esa parte del Credo que habla de tu pasión y de tu muerte.

Porque, naturalmente, el mayor de tus dones fue tu Hijo, Jesús. Si yo hubiera sido el más desgraciado de los hombres, si las desgracias me hubieran perseguido por todos los rincones de mi vida, sé que me habría bastado recordar a Jesús para superarlas. Que tú hayas sido uno de nosotros me reconcilia con todos nuestros fracasos y vacíos. ¿Cómo se puede estar triste sabiendo que este planeta ha sido pisado por tus pies? ¿Para qué quiero más ternuras que la de pensar en el rostro de María?

He sido felíz, claro. ¿Cómo no iba a serlo? Y he sido felíz ya aquí, sin esperar la gloria del cielo. Mira, tú ya sabes que no tengo miedo a la muerte, pero tampoco tengo ninguna prisa porque llegue. ¿Podré estar allí más en tus brazos de lo que estoy ahora? Porque éste es el asombro: el cielo lo tenemos ya desde el momento en que podemos amarte. Tiene razón mi amigo Cabodevilla: nos vamos a morir sin aclarar cuál es el mayor de tus dones, si el de que tú nos ames o el de que nos permitas amarte.

Por eso me da tanta pena la gente que no valora sus vidas. Pero ¡sí estamos haciendo algo que es infinitamente más grande que nuestra naturaleza: amarte, colaborar contigo en la construcción del gran edificio del amor!

Me cuesta decir que aquí te damos gloria. ¡Eso sería demasiado! Yo me contento con creer que mi cabeza reposando en tus manos te da la oportunidad de quererme. Y me da un poco de risa eso de que nos vas a dar el cielo como premio. ¿Como premio de qué? Eres un tramposo: nos regalas tu cielo y encima nos das la impresión de haberlo merecido. El amor, tú lo sabes muy bien, es él solo su propia recompensa. Y no es que la felicidad sea la consecuencia o el fruto del amor. El amor ya es, por sí solo, la felicidad. Saberte Padre es el cielo. Claro que no me tienes que dar porque te quiera. Quererte ya es un don. No podrás darme más.

He querido hablar de ti y contigo en esta página final de mis Razones para el amor. Tú eres la última y la única razón de mi amor. No tengo otras. ¿Cómo tendría alguna esperanza sin ti? ¿En qué se apoyaría mi alegría si nos faltases tú? ¿En qué vino insípido se tornarían todos mis amores si no fueran reflejo de tu amor? Eres tú quien da fuerza y vigor a todo. Y yo sé sobradamente que toda mi tarea de hombre es repetir y repetir tu nombre. Y retirarme.

Del libro “Razones para el amor”; Biblioteca Básica del Creyente; Madrid, España.
Tomado de www.interrogantes.net

José Luis Martín Descalzo falleció pocos días después.

Dios perdona siempre

Meditación. La diferencia entre Pedro y Judas

Por: P. Mariano de Blas | Fuente: Catholic.net

Todos recordamos aquella escena en la que una gran muchedumbre traía a una mujer sorprendida en adulterio. Venían con piedras en las manos, dispuestas a apedrearla. Jesús les dijo retándoles: “El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra”. Y ese Jesús, al ver que nadie le tiraba piedras, le dice: “¿Nadie te ha condenado, mujer? Yo tampoco te condeno”.
Agradecemos inmensamente a San Lucas que nos haya hecho este reportaje trágico y estupendo al mismo tiempo, que podría titularse: “Cómo condenan los Hombres. Cómo perdona Dios”.

Por experiencia sabemos que los hombres no perdonan, ni olvidan. Pero es un alivio oír de labios de Jesús aquellas palabras: “Yo tampoco te condeno”, porque todos sentimos en lo más hondo del alma la necesidad grande y dolorosa de que Dios nos perdone.

No es difícil aparentar ante los demás ser hombre de bien o mujer honesta, pero ante Dios, no queramos guardar las apariencias, porque no podemos.

En el fondo Dios nos asusta. Y algunas veces nos preguntamos seriamente: ¿Podrá Dios perdonarme a mí? Hay algunos que ya no se lo preguntan, sino que se dicen a sí mismos con una tremenda seriedad: “Yo no tengo perdón de Dios”.

Es la misma frase que debió decir Judas cuando vio que su traición le costó la vida a Jesús; “He pecado entregando sangre inocente”. ¡Muy bien dicho!.

Entró en el templo y arrojó 30 monedas en la cara de los sacerdotes y escribas, ¡muy bien hecho!.
Judas todavía conservaba algo bueno. Esa frase y esas monedas fueron dos hechos grandes dignos de un santo. Pero en ese momento en que pudo cambiar totalmente su vida, se atravesó en su mente una desesperada y terrible convicción: ¡No tengo perdón de Dios, no tengo perdón de Dios!. Y fue y se ahorcó.

En vez de volver a ver a Cristo, a pedir perdón, nos vamos ahorcando poco a poco en la desesperación, seguimos los mismos pasos y los mismos pensamientos: “He pecado muchas veces, ya no me puede perdonar Dios”.

Quizá también tiramos las monedas a la cara del demonio o de una persona, pero nos falta el paso más importante, el mismo que le faltó a Judas, el que salvó a Pedro: las lágrimas de arrepentimiento.

El error del traidor fue pensar que Cristo no lo quería perdonar, que era demasiado. Pero se equivocó. Aquella misma noche Cristo lo había invitado a su mesa, a cenar con Él. Le lavó los pies con delicadeza y lo llamó amigo en el mismo momento que lo vendía.

Pedro hizo algo más grave que Judas, renegó tres veces de Él, del mismo Dios, pero no desesperó; aquella mirada de Cristo se lo aseguró. Mientras Judas se suicidaba abriéndose las entrañas, así lo dice el Evangelio, el rudo pescador de Galilea, lloraba como un niño a las puertas de la casa de Caifás.

Han pasado 20 siglos de historia desde aquel día. Han existido muchos imitadores de Judas y Pedro. ¿A quién de los dos prefieres imitar?
Confía en Dios y acertarás. Hace mucho tiempo que Cristo te espera. Es una cita de perdón, para decirte con un amor tan inmerecido como cierto: “Yo tampoco te condeno, ve y no vuelvas a pecar…”

Pedro y Judas representan a dos clases de hombres: todos pecamos como ellos: Judas vendiéndolo, Pedro negándolo. Pero Judas se ahorcó de un árbol y Pedro lloró confiadamente su pecado. Esa es la diferencia.

 

El símbolo de la fe

Meditación. Te pedirán cuentas

Por: Miguel Rivilla San Martín. Pbro. | Fuente: Catholic.net

Dios ha querido manifestarse al hombre de muchas maneras a lo largo de la historia .El conjunto de verdades, llamado Revelación, se encuentra en la Biblia y en la Tradición . Ambas forman el depósito de la Palabra de Dios, que se ha confiado en custodia a la Iglesia para que llegue íntegra a cada persona.

Los fieles cristianos, bajo la guía del magisterio eclesial, reciben la verdadera Palabra de Dios y no palabras humanas .Sólo al magisterio vivo de la Iglesia, cuya autoridad se ejerce en nombre de Cristo, se le ha dado la misión de interpretar auténticamente la Palabra de Dios. Los auténticos maestros de la fe en la Iglesia son el Papa y los obispos, quienes asistidos por el Espíritu Santo, no pueden equivocarse al profesar la verdad revelada.

LA CONFESIÒN DE FE EN LA IGLESIA.

Oficialmente se dan dos credos dentro de la Iglesia: El apostólico y el niceno-constantinopolitano, ambos usados en la liturgia de la misa. El credo es un resumen de la Sagrada Escritura y de la enseñanza oficial de la Iglesia.

SAN CIRILO DE JERUSALÈN

He aquí como se expresa el santo en una de sus preciosas Catequesis acerca del Símbolo de la fe. “Al aprender y profesar la fe, adhiérete y conserva solamente la que ahora te entrega la Iglesia, la única que las Santas Escrituras acreditan y defienden. Como sea que no todos pueden conocer las santas Escrituras, unos porque no saben leer, otros porque sus ocupaciones se lo impiden, para que ningún alma perezca por ignorancia, hemos resumido, en los pocos versículos del símbolo, el conjunto de los dogmas de la fe.

Procura, pues, que esta fe sea para ti como un viático que te sirva toda la vida y de ahora en adelante, no admitas ninguna otra, aunque fuera yo mismo quien cambiase de opinión, te dijera lo contrario o aunque un ángel caído se presentara ante ti disfrazado de ángel de luz y te enseñara otras cosas para inducirte al error. Pues, “si alguien os predica un Evangelio distinto del que os hemos predicado seamos nosotros mismos o un ángel del cielo-¡sea maldito”!.

Esta fe que estáis oyendo con palabras sencillas, retenedla ahora en la memoria y, en el momento oportuno, comprenderéis, por medio de las sagradas Escrituras, lo que significa claramente cada una de sus afirmaciones.

Porque tenéis que saber que el símbolo de la fe no lo han compuesto los hombres según su capricho, sino que las afirmaciones que en él se contienen han sido entresacadas del conjunto de las Sagradas Escrituras y resumen toda la doctrina de la fe. Y, a la manera de la semilla de mostaza, que a pesar de ser un grano tan pequeño, contiene ya en sí la magnitud de todas sus ramas, así también, las pocas palabras del símbolo de la fe, resumen y contienen, como en una síntesis, todo lo que nos da a conocer el antiguo y el nuevo Testamento.

Velad, pues, hermanos, y conservad celosamente la tradición que ahora recibís y grabadla en lo profundo de vuestro corazón. Poned todo cuidado, no sea que el enemigo, encontrando a alguno de vosotros desprevenido y remiso, le robe este tesoro, o bien se presente algún hereje, que con sus errores contamine la verdad que os hemos entregado. Recibir la fe es como poner en el banco el dinero que os hemos entregado. Dios os pedirá cuenta de este depósito.

“Os recomiendo-como dice el apóstol- en presencia de Dios, que da la vida al universo, y de Cristo que dio testimonio ante Poncio Pilato, con tan noble profesión”, que guardéis sin mancha la fe, que habéis recibido ante el día de la manifestación de Cristo-Jesús.

Ahora, si se te entrega el tesoro de la vida, pero el Señor el día de su manifestación, te pedirá cuenta de él, cuando aparezca como el bienaventurado y único Soberano, Rey de los reyes y Señor de los señores, el único poseedor de la inmortalidad, que habita en una luz inaccesible, a quien ningún hombre ha visto ni puede ver. A él la gloria, el honor y el imperio por los siglos de los siglos. Amèn”

 

 

 

Autodisculpa y mediocridad

Meditación. Vivir es apostar y mantener la apuesta

Por: Alfonso Aguiló | Fuente: www.interrogantes.net

La exigencia cuesta

«A mí no me gusta exigir tanto a mis hijos… me decía en cierta ocasión una madre durante una conversación sobre la incierta trayectoria de uno de ellos.

»Me conformo con que aprueben, aunque sea a trancas y barrancas. No les pido que se compliquen la vida, ni que hagan ninguna maravilla. Ni yo ni ellos somos perfectos. Somos humanos. Y yo no quiero amargarles la existencia…»

“Somos humanos…”

Bien. De acuerdo. Pero…, me pregunto, ¿por qué equiparar eso de amargarse la existencia con tener unos ideales más altos? ¿Por qué ante cualquier fallo nuestro o ajeno -sobre todo nuestro- enseguida lo justificamos diciendo que es algo muy humano?

Somos humanos: parece como si lo propio del hombre fuera lo bajo, lo vulgar, lo vicioso, lo mezquino; cuando lo propiamente humano es la razón, la fuerza de voluntad, la verdad, el esfuerzo, el trabajo, el bien. Para ser verdaderos hombres hemos de empezar por no autodisculparnos siempre con la excusa de que somos humanos.

No confundamos los términos

Es una excusa que tiene apariencia de humildad y, sin embargo, oculta habitualmente una cómoda apuesta por la mediocridad.

Hay que inculcar en los hijos un inconformismo natural ante lo mediocre, porque resulta mucho mayor el número de chicos y chicas que se acaban deslizando por la pendiente de la mediocridad que por la pendiente del mal.

Son muchos los que llenaron su juventud de grandes sueños, de grandes planes, de grandes metas que iban a conquistar; pero que en cuanto vieron que la cuesta de la vida era empinada, en cuanto descubrieron que todo lo valioso resultaba difícil de alcanzar, y que, mirando a su alrededor, la inmensa mayoría de la gente estaba tranquila en su mediocridad, entonces decidieron dejarse llevar ellos también.

Arrugarse antes de tiempo

La mediocridad es una enfermedad sin dolores, sin apenas síntomas visibles. Los mediocres parecen, si no felices, al menos tranquilos. Suelen presumir de la sencilla filosofía con que se toman la vida, y les resulta difícil darse cuenta de que consumen tontamente su existencia.

Todos tenemos que hacer un esfuerzo para salir de la vulgaridad y no regresar a ella de nuevo. Tenemos que ir llenando la vida de algo que le dé sentido, apostar por una existencia útil para los demás y para nosotros mismos, y no por una vida arrastrada y vulgar.

Porque, además, como dice el clásico castellano: no hay quien mal su tiempo emplee, que el tiempo no le castigue.

La vida está llena de alternativas. Vivir es apostar y mantener la apuesta. Apostar y retirarse al primer contratiempo sería morir por adelantado.

Decálogo para vacaciones

Meditación. Una guía muy útil

Por: Evangelizadores de Tiempo Completo Monterrey | Fuente: Catholic.net

1. Vive la naturaleza. En la playa, en la montaña, en la serranía, descubre la presencia de Dios. Alábale por haber hecho la naturaleza tan hermosa.

2. Vive tu nombre y condición de cristiano. No te avergüences en verano de ser cristiano. Falsearías tu identidad.

3. Vive el domingo, que en vacaciones sigue siendo el Día del Señor. Dios no se va de vacaciones. Tienes más tiempo libre, acude a la Eucaristía dominical.

4. Vive la familia. Dialoga, juega, goza con ellos sin prisas. Reza en familia. Asiste al templo también con ellos.

5. Vive la vida. La vida es el gran don de Dios, no hagas peligrar tu propia vida, y evita riesgos a la vida de los demás.

6. Vive la amistad. Desde la escucha, la confianza, la ayuda, el diálogo, el enriquecimiento y el respeto a la dignidad sagrada de las demás personas.

7. Vive la justicia. No esperes que todo te lo den hecho. Otros trabajan para que tú tengas vacaciones. Ellos también tienen sus derechos. Respétalos y respeta sus bienes.

8. Vive la verdad. Evita la hipocresía, la mentira, la crítica, la presunción engañosa e interesada o la vanagloria.

9. Vive la limpieza de corazón. Supera la codicia, el egoísmo y el hedonismo. Vacación no equivale a permisividad.

10. Vive la solidaridad. No lo quieras todo para ti. Piensa en quienes no tienen vacaciones, porque ni siquiera tienen el pan de cada día. La caridad tampoco toma vacaciones.

Estos diez puntos se resumen en dos: En vacaciones, sigue acordándote de Dios y del prójimo.

 

 

 

Aprender a equivocarse

Lo más difícil no es el de no caerse nunca, sino el de saber levantarse y seguir el camino emprendido.

Por: José Luis Martín Descalzo | Fuente: Catholic.net

Una de las virtudes-defecto más cuestionables: el perfeccionismo. Virtud, porque evidentemente, lo es el tender a hacer todas las cosas perfectas. Y es un defecto porque no suele contar con la realidad: que lo perfecto no existe en este mundo, que los fracasos son parte de toda la vida, que todo el que se mueve se equivoca alguna vez.

He conocido en mi vida muchos perfeccionistas. Son, desde luego, gente estupenda. Creen en el trabajo bien hecho, se entregan apasionadamente a hacer bien las cosas e incluso llegan a hacer magníficamente la mayor parte de las tareas que emprenden.

Pero son también gente un poco neurótica. Viven tensos. Se vuelven cruelmente exigentes con quienes no son como ellos. Y sufren espectacularmente cuando llega la realidad con la rebaja y ven que muchas de sus obras -a pesar de todo su interés- se quedan a mitad de camino.

Por eso me parece que una de las primeras cosas que deberían enseñarnos de niños es a equivocarnos. El error, el fallo, es parte inevitable de la condición humana. Hagamos lo que hagamos habrá siempre un coeficiente de error en nuestras obras. No se puede ser sublime a todas horas. El genio más genial pone un borrón y hasta el buen Homero dormita de vez en cuando.

Así es como, según decía Maxwel Brand. “todo niño debería crecer con convicción de que no es una tragedia ni una catástrofe cometer un error”. Por eso en las persona siempre me ha interesado más el saber cómo se reponen de los fallos que el número de fallos que cometen.

Ya que el arte más difícil no es el de no caerse nunca, sino el de saber levantarse y seguir el camino emprendido.

Temo por eso la educación perfeccionista. Los niños educados para arcángeles se pegan luego unos topetazos que les dejan hundidos por largo tiempo. Y un no pequeño porcentaje de amargados de este mundo surge del clan de los educados para la perfección.

Los pedagogos dicen que por eso es preferible permitir a un niño que rompa alguna vez un plato y enseñarle luego a recoger los pedazos, porque “es mejor un plato roto que un niño roto”.

Es cierto. No existen hombres que nunca hayan roto un plato. No ha nacido el genio que nunca fracase en algo. Lo que sí existe es gente que sabe sacar fuerzas de sus errores y otra gente que de sus errores sólo casa amargura y pesimismo. Y sería estupendo educar a los jóvenes en la idea de que no hay una vida sin problemas, pero lo que hay en todo hombre es capacidad para superarlos.

No vale, realmente, la pena llorar por un plato roto. Se compra otro y ya está. Lo grave es cuando por un afán de perfección imposible se rompe un corazón. Porque de esto no hay repuesto en los mercados.

Tomado de “Cristo Hoy”

Ámalo tal como eres

Meditación. Para entregar al Amor, no esperes a ser un santo

Por: Monjas Trinitarias | Fuente: Catholic.net

Conoce tu miseria, las luchas y tribulaciones de tu alma; la debilidad y las dolencias de tu cuerpo; conoce tu cobardía, tus pecados y tus flaquezas; y a pesar de todo Ámalo tal como eres”.

Si para darle tu amor esperas a ser un ángel, nunca llegarás a amarlo. Aun cuando caigas de nuevo muchas veces en esas faltas que quisieras no cometer jamás, y seas un cobarde para practicar la virtud, no te consiente que dejes de amarlo.

Ámalo tal como eres. Ámalo en todo momento, cualquiera que sea la situación en que te encuentres, de fervor o sequedad, de fidelidad o de traición.

Ámalo tal como eres. Quiere el amor de tu corazón indigente; si esperas a ser perfecto para amarlo, nunca llegarás a amarlo…

…déjate amar, quiere tu corazón. En sus planes está el moldearte, pero mientras eso llega, te ama tal como eres. Y quiere que tú hagas lo mismo; desea ver tu amor que se levanta desde lo profundo de tu miseria. Ama en ti incluso tu debilidad. Le gusta el amor de los pobres; quiere que, desde la indigencia, se levante incesantemente este grito: Te amo, Señor. Lo que le importa es el canto de tu corazón. ¿Para qué necesita tu ciencia o tus talentos? No te pide virtudes; y aun cuando te las diera, eres tan débil que siempre se mezclaría en ellas el amor propio; pero no te preocupes por eso… Preocúpate sólo de llenar con tu amor el momento presente.

Hoy lo tienes a la puerta de tu corazón, como un mendigo, a Él que es el Señor de los señores.

Llama a tu puerta y espera, apresúrate a abrirle. No alegues tu miseria. Si conocieras plenamente la condición de tu indigencia, morirías de dolor. Una sola cosa podría herirle el corazón: ver que dudas y que te falta confianza.

Quiere que pienses en Él todas las horas del día y de la noche, no quiere que realices ni siquiera la acción más insignificante por un motivo que no sea el amor. Cuando te toque sufrir, te dará fuerzas: tú le diste amor a É, te hará amar a ti más de lo que hayas podido soñar. Pero recuerda esto: “Ámalo tal como eres. Para entregar al Amor, no esperes a ser un santo,: si esperas a eso, nunca llegarás a amar”.

La gente se muere de tristeza

Estoy desengañado de Dios. … es que no lo conoces. Puedes estar de los demás, de la vida, pero no de Dios.

Por: Mariano de Blas | Fuente: Catholic.net

Hay una gran insatisfacción en la gente porque muchos desean ser alguien en la vida, desean hacer algo grande, desean ser felices y valer para algo, pero sienten que siguen siendo mediocres, que sueñan en lo grande, pero realizan lo vulgar, lo pequeño.

Piensan que la felicidad es muy raquítica y además pasajera, y poco profunda. Sienten que no sirven para nada, y así abunda el tipo insatisfecho, harto, hastiado. Yo quiero más, mucho más, no puedo seguir igual, si mi vida va a ser como hasta hoy, ya me harté, no la quiero.

Hay gente enferma del espíritu, enferma de gravedad, gente que se cree incurable. Hay enfermedades crónicas, habituales, por las constantes recaídas en el vicio, en el pecado, en la mediocridad.

Hay gente desengañada de si misma; han intentado tantas veces cambiar y no lo han logrado que piensan no tener remedio. Podríamos decir, “intenta otra vez, aun no lo has intentado con todas tus fuerzas”.

Cuentan de Gengis kan, el gran conquistador de China, que después de una gran derrota, estaba en su tienda mirando con los ojos al horizonte, y por el hilo de la tienda, subía una hormiguita tratando de llegar a la cima; al no conseguirlo, caía una y otra vez al suelo, pero volvía a intentarlo y así la décima vez, logró por fin su objetivo, que era llegar a la cima de la tienda. Gengis kan, aprendió la lección de la hormiguita, volvió a intentarlo y se hizo el conquistador de China.

Estoy desengañado de Dios. Si piensas así, es que no lo conoces. Puedes estar desengañado de los demás, de la vida, pero no de Dios. ¿Sabías tú, que la vida sonríe, a quien sonríe a la vida?. Los años insatisfechos por la vaciedad de la vida, por esa mediocridad que les produce nauseas, son una insatisfacción muy aprovechable. Malo si estuvieras tranquilo. De una gran insatisfacción pueden surgir grandes cosas.

Los hay atormentados, por dudas, por remordimientos, por el egoísmo, por miedo a la vida. Los hay temerosos de enfrentarse a Dios y reconocer que han sido hipócritas, cuentistas, habladores. Tienen miedo de enfrentarse a si mismos, de ver su vida manchada, mediocre, vacía. Ellos que se tienen en un concepto tan alto, que son admirados, tienen que reconocer que son tan miserables y pequeños.

Puede el hombre sentirse enfermo, desengañado, insatisfecho, atormentado, temeroso, pero no importa, repito, no importa si quiere cambiar. El día que un hombre desea cambiar, desea con toda su alma un cambio radical en su vida, es un gran día, y ese gran día puede llegar en cualquier momento.

Vacío, rencor, tristeza, desesperanza, son los virus que están enfermando y matando, más que el cáncer y el sida, a los jóvenes y hombres de nuestro tiempo.

 
Comentarios al autor P Mariano de Blas LC