Pon tu corazón en manos de Aquel gran solitario

Meditación. Encontrar una fuerza para vencer

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Por: Bruno Tolentino/cristiandad.org | Fuente: Catholic.net

Criticar al mundo moderno en nombre de un mundo que pasó, por mejor que haya sido, es literalmente una forma de culto de la Historia, tan condenable en cuanto al culto que le prestan progresistas de toda suerte. Por esto yo no creo en la crítica al mundo moderno en nombre de la Iglesia Católica o de un tiempo pasado, sino solamente en nombre de la verdad, tenida en la conciencia individual, su única portadora. Ella es la que fundamentará cualquier afirmación, en favor o en contra de cualquier cosa.

Un mundo antiguo no era bueno porque su organización social era mejor que la del actual, o porque la cultura era diferente, o porque las tecnologías eran otras; éste era mejor o peor conforme a la santidad y el deseo de verdad de cada individuo en particular. Y no podemos restaurar, de un mundo pasado, sus instituciones, sus leyes o su cultura; pero podemos restaurar, dentro de nosotros mismos, su esencia cristiana, la misma que ya sustentó a sociedades tan diferentes a través de los últimos dos mil años, y tener con nosotros “la única cosa necesaria”, inclusive para nuestra felicidad.

Si no deseásemos primero eso, estaremos confundiendo e Cristianismo con un determinado momento de la historia cristiana a la cual nos apegamos particularmente. Pentecostales y miembros de la “Renovación Carismática” se apegan a una imagen de la “Iglesia primitiva”; conservadores franceses se apegan a los tiempos monárquicos, partidarios de la Sociedad San Pío X, también, muchas veces se apegan al Concilio de Trento. Sin embargo, la crítica de cualquier cosa en nombre de un mundo pasado o incluso de una institución, aún cuando sea la Iglesia Católica, no vale mucho, así como no vale la pena ser católico si no se portan, íntimamente, los fundamentos del catolicismo. Si cada uno no porta en sí mismo, personalmente, las verdades de la religión, ella corre el riesgo de volverse en tan sólo un legalismo de fariseos, un “pasadismo” insoportable, o un ridícula e imaginaria nostalgia de la Edad Media.

Lo que debemos buscar, por encima de los muchos momentos de la Iglesia, es el Espíritu que les confiere unidad, el Espíritu que nos muestra a Cristo tan presente en Pentecostés como en el Magisterio, el Espíritu que permite que, dos mil años después de la Revelación, ella esté tan próxima como el primer día. En nombre de este Espíritu las montañas son movidas; por este Espíritu viene la santidad.

Tal vez, para mi generación – tengo 23 años – sea más fácil comprender que la cuestión no es luchar por la restauración de “como las cosas eran antes de tales o cuales eventos”, porque ya nacimos en un mundo tan minado, tan vaciado de Cristianismo, que no podemos sentir nostalgias de algún tiempo en que hayamos vivido, como nuestros abuelos o eventualmente nuestros padres. Si por un lado esto nos priva de ciertas facilidades para nuestra educación, al obligarnos a estar dialectizando constantemente las ideas modernas, por otro lado nos da la ventaja de no comprometernos con una cristalización de una posibilidad de un mundo cristiano, confundiéndola con el Cristianismo mismo; a nosotros, jóvenes de hoy, sólo nos es dada la posibilidad de irnos derecho a las cosas mismas, al centro mismo de la realidad, pues es sólo en ella que encontramos a Cristo y no más en el tejido social que debería ser una camino para ella.

Vivimos tan sólo con la justa sensación de que algo se está derrumbando, acabándose; que un mundo desaparece. La cultura que erigió al occidente desmoronado, atacada por aquellos que desean substituirla por una masa políticamente correcta, y la misma Iglesia Católica, que mantenía institucionalmente la unidad de valores del mundo antiguo, está tan contaminada y comprometida con este nuevo orden mundial que no ya no puede ofrecer más una resistencia real – muchas veces, ni una resistencia superficial. No hay porqué querer restaurar el mundo anterior, que fue a terminar en este y que en este terminaría una vez más si restaurado fuese.

Tal vez algún lector imagine que yo estoy proponiendo en estas líneas algo distante de la autoridad, del aspecto institucional de la Iglesia. En verdad, lo que yo propongo no es que miremos no hacia los pecados de la Iglesia en este o en aquel tiempo, sino hacia el centro de donde emana toda la autoridad y virtud de la Iglesia en cualquier tiempo, y que pidamos a Dios que nos conceda esta visión, pues fue con ella que el Cristianismo resistió por dos mil años, y es de ella que depende el futuro del Cristianismo sobre la tierra.

El hecho es que en medio de nuestro mundo decadente no adelanta abrigo o respaldo cultural en un tiempo que pasó. El cristiano, en verdad, siempre fue un solitario; ahora, que una vez más la cultura se vuelve contra el Cristianismo, esta firmeza está apenas evidenciada. Y es en la firmeza de nuestro propio corazón que mucho más fácilmente de lo que antes no consigue complacerse en el mundo, que vamos a encontrar la fe que nos animará.

En el corazón, como dice la Virgen en Fátima, hablando de su propio corazón inmaculado. En Él es que está el triunfo. El triunfo que los hombres tal vez ni siquiera perciban, de tan inconscientes que están. El triunfo de una cosa eterna y fija sobre la transitoriedad y la “agitación feroz y sin finalidad” (en palabras de Manuel Bandeira) del discurso moderno.

Entregando el corazón a Cristo, buscando a Cristo solitario en la Cruz, abandonado por el mundo, sin tener a otros que lo entendiesen aparte del Padre y de maría, así es que encontraremos una fuerza para vencer a las potestades. No buscando un tiempo que pasó, sino haciendo una verdadera revolución, esto es, una vuelta al punto original: la Cruz.

Sólo cuando perdemos completamente el deseo de restaurar un mundo cualquiera, que en verdad no conocimos, y deseemos simplemente instaurar el Reino de Dios en nuestro corazón, entonces nuestra conciencia estará alimentada de palabras que pueden hasta venir a iluminar a otros corazones, como Cristo resucitado hizo con los discípulos de Meaux. Porque sólo cuando morimos para este mundo habremos nacido para la vida eterna.

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