Pon tu corazón en manos de Aquel gran solitario

Meditación. Encontrar una fuerza para vencer

Por: Bruno Tolentino/cristiandad.org | Fuente: Catholic.net

Criticar al mundo moderno en nombre de un mundo que pasó, por mejor que haya sido, es literalmente una forma de culto de la Historia, tan condenable en cuanto al culto que le prestan progresistas de toda suerte. Por esto yo no creo en la crítica al mundo moderno en nombre de la Iglesia Católica o de un tiempo pasado, sino solamente en nombre de la verdad, tenida en la conciencia individual, su única portadora. Ella es la que fundamentará cualquier afirmación, en favor o en contra de cualquier cosa.

Un mundo antiguo no era bueno porque su organización social era mejor que la del actual, o porque la cultura era diferente, o porque las tecnologías eran otras; éste era mejor o peor conforme a la santidad y el deseo de verdad de cada individuo en particular. Y no podemos restaurar, de un mundo pasado, sus instituciones, sus leyes o su cultura; pero podemos restaurar, dentro de nosotros mismos, su esencia cristiana, la misma que ya sustentó a sociedades tan diferentes a través de los últimos dos mil años, y tener con nosotros “la única cosa necesaria”, inclusive para nuestra felicidad.

Si no deseásemos primero eso, estaremos confundiendo e Cristianismo con un determinado momento de la historia cristiana a la cual nos apegamos particularmente. Pentecostales y miembros de la “Renovación Carismática” se apegan a una imagen de la “Iglesia primitiva”; conservadores franceses se apegan a los tiempos monárquicos, partidarios de la Sociedad San Pío X, también, muchas veces se apegan al Concilio de Trento. Sin embargo, la crítica de cualquier cosa en nombre de un mundo pasado o incluso de una institución, aún cuando sea la Iglesia Católica, no vale mucho, así como no vale la pena ser católico si no se portan, íntimamente, los fundamentos del catolicismo. Si cada uno no porta en sí mismo, personalmente, las verdades de la religión, ella corre el riesgo de volverse en tan sólo un legalismo de fariseos, un “pasadismo” insoportable, o un ridícula e imaginaria nostalgia de la Edad Media.

Lo que debemos buscar, por encima de los muchos momentos de la Iglesia, es el Espíritu que les confiere unidad, el Espíritu que nos muestra a Cristo tan presente en Pentecostés como en el Magisterio, el Espíritu que permite que, dos mil años después de la Revelación, ella esté tan próxima como el primer día. En nombre de este Espíritu las montañas son movidas; por este Espíritu viene la santidad.

Tal vez, para mi generación – tengo 23 años – sea más fácil comprender que la cuestión no es luchar por la restauración de “como las cosas eran antes de tales o cuales eventos”, porque ya nacimos en un mundo tan minado, tan vaciado de Cristianismo, que no podemos sentir nostalgias de algún tiempo en que hayamos vivido, como nuestros abuelos o eventualmente nuestros padres. Si por un lado esto nos priva de ciertas facilidades para nuestra educación, al obligarnos a estar dialectizando constantemente las ideas modernas, por otro lado nos da la ventaja de no comprometernos con una cristalización de una posibilidad de un mundo cristiano, confundiéndola con el Cristianismo mismo; a nosotros, jóvenes de hoy, sólo nos es dada la posibilidad de irnos derecho a las cosas mismas, al centro mismo de la realidad, pues es sólo en ella que encontramos a Cristo y no más en el tejido social que debería ser una camino para ella.

Vivimos tan sólo con la justa sensación de que algo se está derrumbando, acabándose; que un mundo desaparece. La cultura que erigió al occidente desmoronado, atacada por aquellos que desean substituirla por una masa políticamente correcta, y la misma Iglesia Católica, que mantenía institucionalmente la unidad de valores del mundo antiguo, está tan contaminada y comprometida con este nuevo orden mundial que no ya no puede ofrecer más una resistencia real – muchas veces, ni una resistencia superficial. No hay porqué querer restaurar el mundo anterior, que fue a terminar en este y que en este terminaría una vez más si restaurado fuese.

Tal vez algún lector imagine que yo estoy proponiendo en estas líneas algo distante de la autoridad, del aspecto institucional de la Iglesia. En verdad, lo que yo propongo no es que miremos no hacia los pecados de la Iglesia en este o en aquel tiempo, sino hacia el centro de donde emana toda la autoridad y virtud de la Iglesia en cualquier tiempo, y que pidamos a Dios que nos conceda esta visión, pues fue con ella que el Cristianismo resistió por dos mil años, y es de ella que depende el futuro del Cristianismo sobre la tierra.

El hecho es que en medio de nuestro mundo decadente no adelanta abrigo o respaldo cultural en un tiempo que pasó. El cristiano, en verdad, siempre fue un solitario; ahora, que una vez más la cultura se vuelve contra el Cristianismo, esta firmeza está apenas evidenciada. Y es en la firmeza de nuestro propio corazón que mucho más fácilmente de lo que antes no consigue complacerse en el mundo, que vamos a encontrar la fe que nos animará.

En el corazón, como dice la Virgen en Fátima, hablando de su propio corazón inmaculado. En Él es que está el triunfo. El triunfo que los hombres tal vez ni siquiera perciban, de tan inconscientes que están. El triunfo de una cosa eterna y fija sobre la transitoriedad y la “agitación feroz y sin finalidad” (en palabras de Manuel Bandeira) del discurso moderno.

Entregando el corazón a Cristo, buscando a Cristo solitario en la Cruz, abandonado por el mundo, sin tener a otros que lo entendiesen aparte del Padre y de maría, así es que encontraremos una fuerza para vencer a las potestades. No buscando un tiempo que pasó, sino haciendo una verdadera revolución, esto es, una vuelta al punto original: la Cruz.

Sólo cuando perdemos completamente el deseo de restaurar un mundo cualquiera, que en verdad no conocimos, y deseemos simplemente instaurar el Reino de Dios en nuestro corazón, entonces nuestra conciencia estará alimentada de palabras que pueden hasta venir a iluminar a otros corazones, como Cristo resucitado hizo con los discípulos de Meaux. Porque sólo cuando morimos para este mundo habremos nacido para la vida eterna.

Como curarse de la melancolía en 14 días

Meditación. Terapia para el corazón triste

Por: P. Mariano de Blas | Fuente: Catholic.net

La siguiente receta es de un gran psicólogo, Alfred Adler, discípulo de Freud:
“Procure pensar cada día el modo en que pueda agradar a alguien. Realizar una buena acción es lo que provoca una sonrisa de alegría en el rostro de alguien;” ¿Por qué una buena acción, produce bienestar? Por una razón sencilla: Cuando uno se preocupa de su prójimo deja de pensar en el miedo y la melancolía.

El mismo autor dice en otro lugar: “El individuo que no se interesa por sus semejantes es el que tiene las mayores dificultades en la vida y causa las mayores heridas a los demás; de esos individuos surgen todos los fracasos humanos”. Decía un sabio: “Hacer el bien a los demás no es un deber, es una alegría; porque aumenta tu propia salud y tu propia felicidad”. Y Benjamín Franklin: “Cuando eres bueno para los demás, eres mejor para ti mismo”. O, si quieres una expresión un poco más poética, dice un proverbio chino: “Siempre queda un poco de fragancia en la mano que te da rosas”.

El consejo del psicólogo es eficaz, cura la melancolía. Quienes han probado muchos medios para liberase de ella sin resultado, no pierden nada con intentar este método, que consiste en ayudar al prójimo, hacer una acción buena cada día, durante 14 días. ¿Quién iba a pensar que aquellas palabras: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”, son el recurso psicológico más eficaz para curar la tristeza del corazón humano?.

Por otra parte, no es difícil hallar ocasiones de hacer el bien, porque el mundo está lleno de problemas y necesidades de todo tipo. Puedes empezar por tu propia casa, y seguir luego, por fuera; ten la seguridad de que el 75 por ciento de las personas con que te encuentras cada día tienen necesidad de cariño, de alegría, de algo tuyo. Dales algo y saldrás beneficiado. Una buena acción, por ejemplo: ayudar al que se quedó tirado en la carretera, dar una limosna a ese niño que tiene cara de hambre, una sonrisa franca, una felicitación sincera, ceder el asiento en el autobús. En fin, tantas cosas.

Generalmente nosotros hacemos lo contrario, preocuparnos de nosotros mismos y los demás… ¡que se aguanten!; eso se llama egoísmo, y de eso estamos llenos ¡hasta las orejas! Su resultado, es la tristeza y la amargura; tenemos dentro de nosotros las cosas más contrarias: la felicidad y la tristeza. Seremos nosotros los que construyamos nuestra alegría, o nuestra desdicha, según usemos una de estás dos herramientas: El“egoísmo” o el “amor”.

¡Qué buen programa de vida, sería buscar hacer felices a los demás, sin buscar compensaciones! ¡Inténtalo!, en tu trabajo, en la sociedad. Sucederá algo asombroso, la fórmula es mágica. Me impresiona mucho que un ateo famoso llegara a decir palabras como estas: ‘Si el hombre ha de extraer algo de alegría de su paso, debe pensar en hacer las cosas mejores, no solamente para sí, sino también para los demás; ya que su propia alegría depende de su alegría en los demás y de los demás en él’.

Si hemos de hacer las cosas mejores para los demás, conviene hacerlo pronto; porque el tiempo pasa. Pasaré por este camino una sola vez. Cualquier bien que pueda hacer o cualquier afecto que pueda mostrar, debe ser para hoy, no debo posponerlo o descuidarlo, porque no pasaré de nuevo por este camino.

“Ama a tu prójimo como a ti mismo”. Esto no es sólo un mandamiento; es una terapia increíble para el corazón triste. El esfuerzo por amar aleja de ti la melancolía.

 

La Presencia de Dios en lo pequeño y cotidiano

Meditación. Descubrir la Presencia de Dios donde menos la esperamos

Por: Oscar Schmidt | Fuente: Catholic.net

Tomás de Kempis nos aconseja en su inmortal obra “La imitación de Cristo” (escrita varios siglos atrás): “Atender a qué es lo que se dice y no a quién lo dice”.

Dios se comunica con nosotros de múltiples maneras, solo hay que saber oírlo y verlo en las pequeñas cosas cotidianas. Muchas veces esperamos grandes manifestaciones, cuando en realidad Dios es el Rey de lo pequeño, lo humilde, cuando actúa aquí en la tierra. Toda la Gloria y Omnipotencia de Dios, se transformó en humildad y pequeñez cuando EL se manifestó, hecho hombre, entre nosotros. Una cueva en Belén, el hogar mas humilde, una vida escondida, todo señala la pequeñez como puerta hacia la Santidad. Los hechos, las obras, las más simples expresiones de nuestra voluntad, son el signo de nuestro estado espiritual. Ni grandes manifestaciones, ni una vida extremadamente visible u ostentosa, nada de eso fue enseñado a nosotros a través del ejemplo dado por Jesús, a lo largo de Su vida en la tierra, como Hombre/Dios. Él nos enseñó con los hechos, con Su Palabra. Y quienes lo juzgaron y condenaron, simplemente miraron quien hablaba, olvidando o pasando por alto el mensaje.

¡Murió el mensajero, en la Cruz!.
¿Cuantas veces en este mundo vemos que se hace lo mismo?. Se da valor a las ideas o a las obras a partir del prestigio del autor, y se descartan enormes mensajes para la humanidad, simplemente por no aceptarse a los mensajeros más humildes, más pequeños, más simples. Pero la trampa es más compleja aún, ya que para llegar a ser respetado se debe adherir a las reglas del mundo: vanidad, egocentrismo, corrupción, envidia, poder, etc.

De este modo, se vuelve muy difícil llegar a difundir las buenas obras, desde mensajeros basados en la humildad, la pequeñez, la sinceridad, el amor, la unión verdadera y la entrega.

¿Cuantos casos como la Madre Teresa pueden pasar los filtros que el mundo pone?.
¿Cuantos quedan en el camino?.

Sepamos escuchar a Dios, Él está dentro nuestro, en las cosas pequeñas, en los mensajes de humildad y sencillez. Y sepamos verlo en aquellos a los que el mundo condena por no cumplir con sus estándares, aquellos que solo quieren vivir en la simpleza del día a día. Los modelos a imitar muchas veces están mas cerca de nosotros de lo que pensamos, solo hace falta prestar atención, poner una mirada a nuestro alrededor, y descubrir la Presencia de Dios donde menos la esperamos.

 

 

 

Ora y labora

Meditación. Todo lo que se hace es un diálogo permanente con el Señor

Por: Oscar Schmidt | Fuente: Catholic.net

La oración y el trabajo son la forma en que Dios nos pide vivir la vida, en términos prácticos. Pero es importante ampliar el sentido de ambos términos, ya que llegado un punto oración y trabajo se funden hasta formar un mismo dialogo con Dios.

Orar no es sólo el acto de dedicar un espacio de nuestra vida diaria para dialogar con Dios en forma directa, o por medio de sus intercesores (la Virgen María, los ángeles y los santos). Si bien es cierto que las oraciones que cada uno de nosotros realiza son la base del diálogo con Dios, no olvidemos que la Santa Misa es la oración perfecta. Tener la Presencia Eucarística del Señor es un regalo que no podemos desaprovechar: debemos buscar expandir nuestra necesidad del Cuerpo de Jesús más allá del día domingo, ya que El no nos pone limitaciones a darse en forma diaria a nosotros.

Pero orar tiene un sentido más amplio aún: Dios espera que tengamos conciencia práctica de Su Presencia durante todo nuestro día, ya que El se manifiesta desde lo pequeño hasta lo grande. Cuando tomamos conciencia durante el día de que una tentación se apodera de nosotros (¡y ocurre muy a menudo!) debemos detenernos y ver la situación desde los ojos de Dios. Ese simple gesto es una poderosa oración al Señor. Si además podemos hacer en ese instante una oración interior (yo suelo rezar un Ave María, la oración a San Miguel Arcángel o una invocación a la ayuda del Padre Pío o San Benito), entonces tendremos un doble gesto de unión con la Voluntad Divina, la Voluntad de Dios.

¿Cuantas veces al día podemos, de este modo, pensar en Dios?. Una vez más, Dios no nos pone límites, somos nosotros los que acotamos nuestras acciones. Si llegamos al extremo de poder vivir repitiendo muchas veces al día los pensamientos hacia Dios, o las invocaciones a Su ayuda, nos daremos cuenta que empezamos a vivir en unión con Dios. Y de a poco nuestra vida empezará naturalmente a cambiar, ya que será muy difícil caer en las tentaciones que irreversiblemente el mundo nos pone en el camino, como prueba. De este modo, tendremos una vida de completa oración, ya que tener a Dios presente es orar, y es una oración muy poderosa para nuestra sanación interior,

¿Pero que hacemos primordialmente nosotros durante el día?. ¡Trabajamos!. Nuestra vida cotidiana es trabajo. De este modo, si tenemos a Dios presente, orar se transforma en trabajar y trabajar se transforma en orar.

Para aquellos a quienes por sus responsabilidades de trabajo o estudio no quedan muchos momentos disponibles para la oración formal, va la tranquilidad de saber que trabajar con Dios presente, ¡es orar también!.

Y para aquellos que dedican varias horas del día a la oración, y sienten que contribuyen poco a las cosas cotidianas del mundo, va la tranquilidad de saber que orar con el corazón es trabajar. ¡y nada menos que para la Viña del Señor!.

De este modo se unen el trabajo y la oración, ya que cuando se vive para y por Dios, conscientes de Su Presencia en lo cotidiano, entregándonos totalmente a El, todo lo que se hace es un diálogo permanente con el Señor.

Así, conscientes vivamente de la acción sensible de Dios en cada acto de nuestra vida, orar es trabajar y trabajar es orar.

¡Ora y labora, la unión perfecta de nuestra vida a la Voluntad de Dios, la unión indisoluble a los corazones de Jesús y María!.

La meta

Meditación. El sentido trascendente

Por: Miguel Rivilla San Martín. Alcorcón | Fuente: Catholic.net

La humanidad camina imparable hacia su futuro. El futuro definitivo no es otro que Dios. Todos vamos día a día caminando hacia la Casa del Padre. He aquí el sentido último de nuestra existencia.

La Iglesia celebra el día de la Ascensión el triunfo glorioso de Cristo, nuestra cabeza. Él es nuestra meta y el punto Omega de nuestra peregrinación terrena.

La fe en las promesas de Cristo nos asegura y garantiza que todo tiene sentido. No es puro verbalismo ni tampoco ideología proclamar y creer en la trascendencia. Podemos designarla de muy diversas maneras: Más allá, Paraíso, Cielo, Casa del Padre, Nueva Dimensión, Vida Eterna, Gloria, Bienaventuranza..etc.

Todos estos nombres expresan la misma realidad. que nos asegura la firme esperanza en las promesas de Cristo:²Me voy a prepararos sitio, para que donde estoy yo, estéis también vosotros. En la Casa de mi Padre hay muchas moradas,,,No temáis, que yo estoy con vosotros²..

Los creyentes debemos proclamar oportuna e importunamente el sentido trascendente de la vida, frente a tanta indiferencia religiosa, tanta desesperanza, tanto pesimismo, materialismo e increencia que hay a nuestro alrededor. El que da sentido pleno a nuestra vida, es Cristo el Señor. “En sus manos están los destinos de los pueblos” porque Él es el Señor de la Historia.

El señorío de Cristo sobre todo y sobre todos cuestiona y pone en tela de juicio la inconsistencia y vacuidad de tantos ídolos como se erigen en nuestro mundo, en la propia vida y en el corazón de los hombr

La fe y sus cómos

Meditación. Cualquier cristiano sin estudios, puede tener más fe que un teólogo

Por: Miguel Rivilla San Martìn. Alcorcòn. Madrid | Fuente: Catholic.net

Algunos cristianos viven angustiados porque piensan no tener verdadera fe. Les atormentan un sin fin de dudas que nunca acaban de esclarecer. En un intento frustrado, por racionalizar lo que la santa Iglesia les propone como dogmas, con frecuencia se hallan perplejos y hasta exteriorizan su malestar y rebeldía.

Me refiero a aquellas personas, que van buscando en la fe los cómos y porqués, que nadie les puede explicar satisfactoriamente, ya que la fe trasciende el ámbito natural de la razón, aunque no la contradiga. El hecho de que un cristiano no comprenda el cómo de una verdad, no quiere decir que no sea verdadero creyente o no tenga fe.

Dios, cuando se revela o nos revela alguna verdad sobrenatural, no lo hace tanto para que le comprendamos o para satisfacer nuestra natural curiosidad humana, como para que nos fiemos plenamente de él, que ni puede ni quiere engañarnos. A título ilustrativo, valgan unos cuantos ejemplos de lo dicho. Son dogmas de fe: la creencia en la vida eterna, la presencia real de Cristo en la Eucaristía, la Santísima Trinidad, la existencia del infierno, la doble naturaleza de Cristo etc..

Pretender comprender el “cómo” de estas verdades de fe, será siempre intento vano. El asentimiento humilde y respetuoso de nuestro intelecto, es la postura correcta de todo creyente, ante la autoridad de Dios que nos habla. De hecho, cualquier cristiano sin estudios, puede tener más fe que el más sabio de los teólogos.

¿Cómo se ven las cosas desde el otro lado?

Meditación. Es inútil querer eternizar lo pasajero

Por: P. Mariano de Blas | Fuente: Catholic.net

A veces uno asiste a la muerte de hombres y mujeres por los que no deberíamos de llorar, porque su salida de este mundo es una salida triunfante, por lo que habría que lanzar las campanas al viento. Yo quisiera preguntarle a estos hombres y mujeres: ¿Cómo se ven las cosas desde el otro lado? Su mensaje podría comenzar así:

No lloren por mi, porque ya estoy con Dios que es la meta de la vida. No lloren, porque me he salvado, lo demás no importa ya. No lloren porque he muerto, simplemente he cambiado de vida. No lloren porque no me he marchado para siempre, nos volveremos a ver. No lloren por mi. Cuando nos volvamos a ver, todo será distinto, todo eternamente feliz.

Lloren más bien por ustedes y por sus hijos, porque muchas veces uno no ve el cielo, sino la tierra y sus cosas. Lloren porque muchas veces se olvidan de Dios, desconfían de Él, lo pierden, incluso. Lloren por ustedes y por sus hijos, porque pueden perderse, perder la vida eterna y con ello lo más importante de todo.

Crean ¡por favor!, en las cosas que en la tierra no se creen, no se quieren creer por el simple hecho de que aún no se han visto; yo he comenzado a vivir lo que, como ustedes, creí un día por la fe.

En la tierra se lucha por tantas cosas que valen mucho menos: el dinero, la posición, el prestigio. Aquí eso no sirve de nada. Ven que en mi viaje a la eternidad me he llevado bien poco. Las buenas obras: las que hice de niño, de joven, de mayor; mis actos de amor a Dios y al prójimo; mis oraciones y sufrimientos ofrecidos a Él; las horas de vida que cumplí su Voluntad.

Me duele sólo una cosa y mucho : contemplar tantas horas y días perdidos y desaprovechados para siempre. No me lo puedo perdonar. Pero nunca me arrepentiré de mi fe y de mi bautimo; Estoy con Dios felizmente y para siempre, y lucharé para que ustedes un día lo posean también eternamente.

Pero, no lloren por mi, lloren más bien por ustedes y sus hijos.

Si amamos mucho esta vida, más debemos amar la otra. Porque ésta es transitoria y aquella eterna. Es inútil querer eternizar lo pasajero, mejor es cultivar las cosas que uno puede llevar consigo a la eternidad

Hoy, si escuchas la voz de Dios …..

Meditación. Que no se quede sin respuesta.

Por: P. Ramón Suero | Fuente: Catholic.net

HOY, SI ESCUCHAS LA VOZ DE DIOS, NO ENDUREZCAS EL CORAZÓN

 
Dios Padre quiere entrar en contacto con los hombres, desea dialogar con ellos a fin de realizar la historia de la salvación comunicándole su vida divina. A esta iniciativa de Dios Padre la llamamos “revelación”. Por medio de la revelación Dios se manifiesta al ser humano, indicándole quién es El y cuál es su plan y proyecto sobre toda la humanidad.

Desde el principio de la creación Dios ha estado llamando a los hombres a un encuentro personal con él: “Yavé Dios llamó al hombre y le dijo: ¿Dónde estás? (Gn 3,9). Abraham, padre de la fe, estuvo atento a escuchar la voz de Dios: “Yavé Dios dijo a Abraham: Deja tu país, a los de tu raza y a la familia de tu padre, y anda a la tierra que yo te mostraré” (Gn 12, 1-3). Moisés también experimentó la escucha de la voz de Dios Padre: ” Moisés, Moisés… No te acerques más” (Ex 3,4 5).

Dios no cesa de llamar a sus hijos. Por eso, sigue llevando a la plenitud, el Diálogo entre El y su creación más perfecta, “El Hombre”, imagen y semejanza de Dios. ¿Qué grandeza fue la que tuvo aquella jovencita de Nazaret al escuchar al enviado de Dios? : “Alégrate, llena de gracia; el Señor está contigo” ( Lc. 1,28). Esta grandeza se hace realidad por medio de la disponibilidad de entrar en relación con el Creador: “Yo soy la esclava del Señor; hágase en mí lo que has dicho”(Lc 1, 38). Estar disponible a la escucha de la voz de Dios Padre, nos hace ver que aquello que es imposible para el ser humano es posible para nuestro Padre Dios (Lc 1, 37).

En esta misma disponibilidad nos podríamos imaginar el regocijo del Hijo de Dios al escuchar la voz de su Padre: “Y, mientras estaba orando, se abrieron los cielos; el Espíritu Santo bajo sobre El… Y del cielo llegó una voz: ” Tú eres Hijo, el Amado; tú eres mi Elegido” (Lc 3,21-22). El Hijo de Dios nos inspira confianza para que también estemos en disponibilidad de escuchar la voz de nuestro Padre Dios: “Este es mi Hijo Amado: a él han de escuchar” (Mc. 9, 7).

La experiencia de escuchar la voz de Dios Padre no se ha terminado en el diálogo con su Hijo Amado, sino que lo siguen experimentando aquellos forman parte del discipulado de Jesús, pues El les prometió que no los dejaría solos.

El mundo de hoy nos brinda todas las posibilidades para cerrar nuestra puerta a la voz de Dios Padre, nuestro Creador. Los afanes de cada día no nos dan oportunidad de estar disponibles para indagar los misterios de Dios, pero esto no nos puede desanimar. Sólo tenemos que hacer lo mismo que han hecho nuestros antepasados. Ellos, en los afanes de la vida cotidiana, supieron encontrar espacios para dialogar con Dios Padre: “Habla, Señor, que tu siervo escucha” (1Sam 3, 10). Es en esos momentos de silencio y quietud cuando tenemos más posibilidades de escuchar la voz de nuestro Padre Dios, que siempre esta dispuesto a dialogar con sus hijos. ¿Por qué no buscamos esos momentos más a menudo? Así podríamos estar preparado para escuchar Su voz.

Que la voz de Dios Padre, no se quede hoy sin una respuesta: ¿A quién enviaré, y quién irá por mí? (Is. 6,8). Él necesita de Ti y de Mí para seguir construyendo el Reino de Dios en medio de cada uno de nosotros, pues todavía Su mensaje y Su palabra no ha llegado a todos los hombres que habitamos el planeta Tierra. Que su voz no se quede sin respuesta, que pueda llegar a tantos jóvenes, niños y adultos que en nuestro mundo de hoy no han encontrado quién les hable del proyecto de salvación. Hoy podemos decir, como el profeta Isaías: “Aquí me tienes, mándame a mí” (Is. 6, 8).

 

 

 

 

 

 

Todo poder viene de Dios

Meditación. Multiplicar los talentos recibido

Por: Oscar Schmidt | Fuente: Catholic.net

Dios, en su infinita Misericordia, nos juzgará considerando lo bueno que hemos recibido y lo malo que hemos sufrido a lo largo de la vida. Esto se explica muy claramente en la trascendental parábola de los talentos: nuestra vida será vista por el Justo Juez en base a los dones, gracias o dolores por los que hemos atravesado, sopesando nuestras respuestas frente a los claroscuros que atravesamos en nuestro paso por la tierra. A quien más se le da, más se le pide. Pero quienes poco recibieron, serán considerados de modo distinto también. Debemos rendir cuenta de los muchos o pocos talentos recibidos.

¿Pero como administra Jesús esos talentos?. Muchísimas veces, son otras criaturas las que dan o quitan dones o dolores a las almas. Y una parte importante de esta forma particular en que Dios realiza Su Voluntad, es poniéndonos a cargo de otros, en forma parcial o total, a lo largo de nuestra vida.

Si soy padre o madre, doy o quito talentos a mis hijos. Si mi hijo se vuelve drogadicto como directa o indirecta consecuencia de la mala formación que le doy, Jesús será Misericordioso con él en la contemplación de su caída, pero Su Justicia pondrá los ojos en mi, ya que el rol paterno o materno me dio talentos para que se los dé o quite a mis propios hijos. ¿Que hice con ellos?.

Del mismo modo, si mi hijo se santifica en una vida plena de gracia, Dios mirará con gozo no sólo la propia santidad de mi hijo, sino mi trabajo paterno/materno que colaboró a llevarlo a tan glorioso lugar.

Si soy jefe o estoy a cargo laboralmente de alguien, doy o quito talentos también. Si mi empleado se corrompe porque yo promoví la corrupción en él, Jesús considerará este hecho en Su Juicio sobre su vida. Por supuesto que la persona debió optar por corromperse o apartarse de la mala influencia del jefe, pero mi liderazgo negativo empujó en gran medida a un alma a quebrar sus principios morales. Y Jesús me juzgará como líder negativo, que produjo un efecto multiplicador del mal sobre quienes puso a mi cargo. Si, en cambio, mi liderazgo laboral lleva a las personas al bien y la honestidad, será que todos recibimos la mirada agradable del Señor.

Podríamos expandir los ejemplos a los Sacerdotes con sus fieles, a los maestros con sus alumnos, a los lideres deportivos o artísticos con su influencia sobre la juventud, a los referentes visibles frente a la opinión pública, los políticos frente a su pueblo, los jueces administrando justicia, el niño líder admirado por sus amiguitos, una ama de casa que tiene una empleada doméstica a su cargo, y así casi hasta el infinito.

La salvación o condenación de mi propia alma, entonces, tiene mucho que ver con los actos de quienes estuvieron bajo mi tutela, como directa consecuencia de mis actos sobre ellos. Lo bueno que ellos hacen producto de mis enseñanzas, o de mi ejemplo, nos beneficia a ambos. Y lo malo, nos perjudica a ambos, pero cae sobre quien estuvo a cargo con un peso mayor por haber administrado mal, frente a otros, los talentos que Dios dio.

Cuantas más personas Dios pone a mi cargo, mayor será el efecto multiplicador de santificación o condenación que mis actos sobre los demás generan sobre mi propia alma.

De tal modo:

TODO PODER, LIDERAZGO O INFLUENCIA SOBRE OTROS, VIENE DE DIOS.

Toda autoridad o poder de referencia que tengamos sobre los demás es una responsabilidad enorme frente a nuestra propia salvación o condenación. El poder multiplicador del bien o del mal actúa en directa proporción a lo que hagamos con nuestra capacidad de influir sobre quienes, de un modo u otro, están a nuestro cargo o bajo nuestra influencia.

¿Tienes en claro quienes están a tu cargo o bajo tu influencia?. ¿Eres consciente de quienes te tienen como modelo, quienes te miran para imitarte o seguir tus instrucciones?. Si a ellos les va bien o mal frente a Dios, con su propia alma, es algo que debiera importarte, y mucho.

Dios te ha dado mucho para que dés a los demás. ¿Lo estás dando realmente como Dios espera?. ¿Notas los efectos benéficos o adversos de tus actos u omisiones de hacer?.

¡Cuida y multiplica los talentos que el Señor te ha dado y te da día a día, llegará la hora de rendir cuentas por ell

 

Cristianismo de bolsillo

Tu crees en Dios y vives tan amargado como yo…¿de qué te sirve creer en Dios?

Por: P. Mariano de Blas lc | Fuente: Catholic.net

Yo me pregunto: ¿De qué sirve una religión – cualquiera que sea -, si no es capaz de ofrecer a sus seguidores lo que ellos tienen derecho a esperar? : Respuesta a sus dudas, soluciones a sus problemas, profunda felicidad, un sentido a sus vidas, etc. ¿De qué sirve una religión si no hace mejores a sus seguidores? ¿De qué sirve – por ejemplo – ser católico, si el serlo no te hace ser más feliz, ni te hace sentirte fuerte, valiente ante las dificultades?. Si no eres mejor que los que no son católicos – repito -, ¿de qué te sirve tu religión?

Los hombres sin religión tienen derecho a decirte: “Demuéstrame que el tener una religión – por ejemplo, la católica -, me reporta bienes y me hace mejor”. Antiguamente se decía de los cristianos: “Mirad, cómo se aman”. ¿Se puede hoy decir esto también? Alguien con muy mala intención decía estas palabras: ‘Si ves que alguien va a los templos y despelleja con su lengua a su vecino, sospecha que es un cristiano’; y por desgracia muchas veces sucede así. Tu crees en Dios y vives tan amargado como yo; ¿de qué te sirve creer en Dios?. Vas a Misa los domingos y eres igual, si no peor que yo. ¿De qué te sirven tus Misas y tus rezos?

Son preguntas muy duras, pero tienen su punto de verdad. Los jóvenes, por ejemplo, que recibieron una formación religiosa e iban, o mejor dicho, eran llevados a Misa los domingos y les enseñaban a rezar, al llegar a esa edad en que todo se analiza y de todo se pregunta por qué, efectivamente, se preguntan: ¿Por qué tengo que ir a Misa, confesarme y rezar, etc.?

Si no tienen respuesta convincente dejan la religión como algo inservible, inútil, infantil, etc., y buscan como sustituto de sus creencias otras cosas, alguna teoría filosófica o psicológica, o lo que esté de moda en el pensamiento; si encuentran respuesta, entonces aceptan su fe con mayor madurez porque la ven útil, necesaria, enriquecedora.

Puede, incluso, ocurrir otra cosa, que se cambie de religión como si se tratase del cambio de un abrigo, o de una camisa; De esa manera demuestra qué hondas raíces tenía su anterior religión. El que cambia su fe de un día para otro, mala señal. Y quisiera decir una cosa para aclarar está cuestión: ¿Vale la pena seguir una religión? Depende. Si se vive a medias, ¡no!, si se vive en serio, ¡sí!; Claro que, si el problema de muchos es que ha reducido su religión a un cristianismo de Misa dominguera, a un cristianismo de bolsillo, sin exigencias, claro que esa forma de vivir no da nada, ni respuestas, ni felicidad, ni fortaleza, ¡nada!. Pero, hay otra forma de ser cristianos, que sí llena y ayuda y fortalece, que es ser cristianos de verdad.

El cristianismo es una religión que vuelve a los hombre felices, valientes realizados, pero con una condición, que tomen el cristianismo en serio. Miles lo toman en broma