¿Dónde invierto mi vida?

La mejor inversión de mis energías, de mi tiempo y de mi vida es: amar a Dios, amar a mis hermanos.

Por: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net

Cada día me presenta diversos retos. Puedo acoger o rechazar. Puedo construir o destruir. Puedo amar u odiar.

¿En qué invierto mi vida? ¿A dónde van mis energías? ¿Qué queda de todo lo que pienso, lo que digo, lo que hago?

El médico trabaja en los cuerpos, pero la vejez o las enfermedades acaban, tarde o temprano, con la vida de sus pacientes.

El arquitecto y los albañiles levantan edificios. Pero basta un terremoto o un incendio para que una casa quede en ruinas.

Los empleados de oficinas transcriben datos y datos, almacenan y clasifican informaciones. Pero un día hay que tirar carpetas inútiles a la basura o borrar los archivos viejos de la computadora.

En la casa, sacudimos el polvo, barremos el suelo, lavamos la vajilla. Al poco tiempo, la suciedad reconquista el terreno perdido y parece que lo realizado no ha servido para nada.

¿Es mi vida un juego, un pasatiempo, una pasión inútil, como decía algún filósofo? ¿Es mi trabajo una inversión sin fondo, un desgaste por levantar torres de arena que sucumben ante el avance de las olas?

Hay un modo distinto de invertir la propia vida. Lo que hacemos por amor, lo que dedicamos para servir al familiar cansando, al amigo angustiado, al desconocido que espera una mano amiga, no se pierde.

Todo acto bueno, todo gesto sencillo de servicio, queda escrito en el corazón de Dios. Porque sabemos que el vaso de agua fresca dado al necesitado recibirá algún día su recompensa (cf. Mt 10,42).

Esa es la mejor inversión de mis energías, de mi tiempo, de mi vida: amar a Dios, amar a mis hermanos. Porque incluso la fe y la esperanza, algún día, dejarán de ser necesarias. Pero el amor dura para siempre, porque viene de Dios, y Dios, Amor, es eterno.

El empuje decisivo

¿Por qué somos tan débiles? ¿Por qué no ponemos en práctica ideales buenos? ¿Por qué dejamos que el pecado carcoma nuestras vidas?

Por: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net

 
Conocemos las normas y entendemos su sentido, pero a veces preferimos el capricho, decidimos vivir a nuestro aire.

Sabemos que existe un castigo para la injusticia, pero no faltan momentos en los que creemos que podremos evitar de algún modo las penas que merecen nuestras faltas.

Creemos que Dios lo ve todo, pero ante un dinero fácil o un placer prohibido escogemos el mal camino, arriesgamos el futuro eterno.

Queremos, incluso, ser honestos, justos, buenos, pero el mal nos aturde de mil maneras y con facilidad dejamos de ayudar a un amigo para disfrutar de un “plato de lentejas” o de tantos gustos que nos ofrece el mundo en el que vivimos.

¿Por qué somos tan débiles? ¿Por qué no ponemos en práctica ideales buenos? ¿Por qué dejamos que el pecado carcoma nuestras vidas? ¿Por qué nos encerramos en pensamientos egoístas, en rencores destructivos, en avaricias que empobrecen nuestras almas?

Hace falta una fuerza enorme para vencer el peso del pecado, la energía de las malas costumbres, la corriente de un mundo desquiciado, el empuje de las pasiones desatadas.

Esa fuerza sólo puede llegar desde una presencia superior, de una mano divina, de un Amor que no tenga miedo a mis miserias, de una Misericordia que pueda lavar mis faltas. Sólo la gracia vence al pecado.

Sí: sólo Dios nos permite romper contra la nube de mal que ciega los corazones de los hombres. Porque Dios es omnipotente y bueno, porque es Padre, porque no puede olvidar que somos hijos suyos, débiles y pobres, y por eso muy necesitados de su gracia.

Si recibimos a Dios, si le dejamos tocar nuestras almas y limpiarlas con el sacramento de la Penitencia, si lo acogemos presente y vivo en la Iglesia, si lo gustamos en la Eucaristía, si entramos en su misterio desde la Sagrada Escritura, recibiremos ese empuje definitivo que tanto necesitamos en el camino de la vida.

No faltarán momentos de fragilidad, no seremos invulnerables ante el pecado. Pero al menos habremos dado ese paso decisivo que separa al mediocre del cristiano verdadero. Seremos parte de aquellos esforzados que luchan, en serio, por entrar en el Reino de los cielos… (cf. Lc 16,16).

 

Dedicar mi tiempo para Dios

Dios me concede un nuevo día. Con su ayuda, con su gracia, con su amor, puedo emplear bien mi tiempo, puedo gastar mi vida para amar a Dios y a mis hermanos.

Por: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net

 
La vida nos ha llenado de tareas y trabajos. El corazón siente deseos de hacer mil cosas. Para muchos, no queda tiempo para Dios.

El tiempo, es verdad, pasa sin que podamos hacer nada por detener su marcha. Pero también es verdad que el presente está en mis manos, que ahora decido qué hago, qué pienso, en estos instantes fugitivos.

Las obligaciones del trabajo, el necesario cuidado de la salud, la higiene del cuerpo, el deporte equilibrado, las distracciones sanas, la lectura de la prensa, la información que llega continuamente a las puertas de mis ojos: son ocupaciones buenas, tal vez necesarias, pero que no pueden apartarme del centro: existo porque Dios me ama, existo para llegar a Dios.

Por eso, lo mejor de mi tiempo debo destinarlo a Dios. Buscaré, entonces, unos minutos para leer su Evangelio, donde encuentro palabras de vida eterna. Participaré en los sacramentos, especialmente en la misa dominical donde me uno a Cristo desde la fe común de la Iglesia; y en el sacramento de la confesión, donde el perdón limpia mis pecados y me da fuerzas para la lucha de cada día. Rezaré, en la mañana, en la noche, en momentos fugaces en medio de las prisas de la jornada. Serviré al familiar cansado o enfermo, ayudaré al amigo desanimado, enseñaré a un compañero de trabajo las bellezas de la fe católica: lo que hago a mi hermano lo hago al mismo Cristo.

No siempre puedo hacer lo que deseo. Pero muchas veces lo que hago sale de lo más profundo de mi alma. Si mi corazón está inquieto y disperso, haré cosas que me distraigan, que ocupen mi tiempo, pero perderé el rumbo que lleva a lo bueno, a lo eterno, a lo verdadero. Si mi corazón está centrado, si he descubierto lo mucho que Dios me ama y lo mucho que ama a cada ser humano, mis deseos y mis realizaciones irán a lo único importante, me llevarán al cielo verdadero.

Dios me concede un nuevo día. Con su ayuda, con su gracia, con su amor, puedo emplear bien mi tiempo, puedo gastar mi vida para amar a Dios y a mis hermanos.

 

 

 

 

 

 

El sacerdote y el Amor de Dios

Dios escoge, Dios invita, Dios modela, Dios envía a cada sacerdote por amor y para amar.

Por: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net

 
El origen de la humanidad está en el Amor de Dios. Por amor nos creó. Por amor nos sustenta, nos acompaña, nos llama.

El amor no dejó de trabajar cuando empezó la amarga historia del pecado humano. El amor se hizo presencia, se encarnó, porque quiso sacarnos del mal, porque quiso darnos la vida verdadera.

Dios es mucho más grande que el pecado. Por eso Cristo vino al mundo, murió en la Cruz, fundó la Iglesia.

La presencia de Cristo, su acción salvadora, explica la esencia profunda de la Iglesia, actúa en los sacramentos, trabaja en sus ministros.

El Papa, los obispos, los sacerdotes, son simplemente embajadores del amor divino. Cada sacerdote alberga en lo más íntimo de su ser una llamada, una invitación, un grito, que Dios quiere ofrecer a cada ser humano.

El sacerdote tiene una vocación inmensamente grande y bella. Porque lo más hermoso es anunciar la gran noticia, el mensaje de paz y de salvación. Por eso sus pies son dichosos en los montes (cf. Is 52,7). Por eso sus pasos recorren pueblos, aldeas y ciudades para anunciar que el Reino está cerca (cf. Mt 10,7).

Dios escoge, Dios invita, Dios modela, Dios envía a cada sacerdote por amor y para amar.

Así lo vivía, así lo entendía san Juan María Vianney. El santo cura de Ars lo explicaba con palabras sencillas y emotivas: “Si comprendiéramos bien lo que representa un sacerdote sobre la tierra, moriríamos: no de pavor, sino de amor. Sin el sacerdote, la muerte y la pasión de Nuestro Señor no servirían de nada. El sacerdote continúa la obra de la redención sobre la tierra. ¿De qué nos serviría una casa llena de oro si no hubiera nadie que nos abriera la puerta? El sacerdote tiene la llave de los tesoros del cielo: él es quien abre la puerta; es el administrador del buen Dios; el administrador de sus bienes” (citado por Benedicto XVI en la carta de inicio del año sacerdotal, 16 de junio de 2009).

Esa es la explicación y el sentido propio de la vida de cada sacerdote: hacer presente la redención, la victoria del amor, por encima del pecado y de la muerte.

Vale la pena recordarlo, para rezar por los sacerdotes, para acompañarlos en su incomparable misión; y para no dejar de dar gracias a Dios por seguir llamando a miles de hombres para trabajar en su viña como ministros de la misericordia, como testigos del amor eterno de un Padre bueno.

 

 

 

Decisiones grandes, decisiones pequeñas

Si decido bien, si dejo que el amor dirija mis pasos, me habré convertido en un pequeño obrero en la gran misión de la misericordia.

Por: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net

 
Hay decisiones “grandes” que imprimen un rumbo decisivo en la marcha de la vida.

La decisión por la carrera, por el trabajo, por el esposo o la esposa, por el modo de ahorrar, por la manera de organizar la casa… Cada una de esas decisiones configura buena parte de mi vida, orienta mi manera concreta de relacionarme con familiares y amigos, con conocidos y con extraños.

Otras decisiones son “pequeñas”. Parecen no tener importancia en el conjunto, porque se refieren a aspectos “marginales” o irrelevantes en la propia vida y en las vidas de quienes están a nuestro lado.

En realidad, cualquier acto mío influye en otros de maneras a veces insospechadas. Una sonrisa en la escalera puede cambiar el corazón de un vecino. Un gesto de gratitud al vendedor de fruta llega a ser la ocasión para que inicie una amistad sincera. Una carta o un mensaje electrónico a un profesor anciano llega a tener un valor muy grande para quien afronta los últimos años de su vida.

Es cierto que a la hora de tomar decisiones me miro muchas veces a mí mismo: qué me gusta, qué me “funciona”, qué me crea problemas, qué me descansa, qué rinde más.

Pero también es cierto que las decisiones no afectan sólo la propia vida, sino que llegan a muchos otros, incluso a personas nunca conocidas.

Por eso vale la pena reflexionar a la hora de tomar decisiones no sólo según la lógica del gusto personal, ni según el beneficio inmediato, sino según la lógica del encuentro, de la ayuda, del servicio, de la solidaridad.

No somos islas que flotan en el universo sin relaciones. Somos, más bien, parecidos a pequeños puntos que influyen en otros y que son influidos por lo que los otros hagan o dejen de hacer.

Este día, estos momentos que tengo ahora ante mis ojos, pueden ser decisivos para un amigo o para un extraño. Está en mis manos la decisión (grande o pequeña) de lo que hago o de lo que deje de hacer.

Dios, para quien soy “importante”, ha puesto en mis manos tesoros de inteligencia y voluntad. Ahora “espera” y mira. Si decido bien, si dejo que el amor dirija mis pasos, me habré convertido en un pequeño obrero en la gran misión de la misericordia, habré colaborado un poco en el proyecto de Dios Padre que busca llevar amor a cada uno de sus hijos.

 

 

 

 

¿En qué he fallado?

Vale la pena lanzar la pregunta con serenidad, delante de Dios y de la propia conciencia.

Por: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net

 
La pregunta surge en lo más íntimo del alma ante un fracaso familiar, personal, en el trabajo o en otros ámbitos: ¿en qué he fallado?

La pregunta está en el corazón de padres de familia que buscaron dar una buena educación a los hijos, que transmitieron principios sanos, que les llevaron a la iglesia para rezar y recibir los sacramentos. De modo inesperado, un hijo o una hija rompe con los valores recibidos y se marcha, quizá no de casa, pero sí lejos de mucho de lo que sus padres quisieron transmitirle. ¿En qué fallaron?

La pregunta está en la mente de sacerdotes y catequistas que trabajaron en serio para comunicar la fe a niños, jóvenes y adultos, para enseñarles a orar, para animarles a la confesión y a la misa. Luego, tras la primera comunión, o tras la confirmación, o después de la boda, muchos desaparecen. ¿Dónde estuvo el fallo?

La pregunta está en educadores que, día tras día, buscan transmitir la ciencia y los valores en las aulas de la escuela o de la universidad. Un día llega la noticia de la muerte de un alumno por sobredosis de droga. ¿Quién falló?

La pregunta llega a ser algo sumamente personal cuando, después de tantos estudios, trabajos, sacrificios, oraciones, uno mira su propio corazón y se siente vacío, cansado, sin fuerzas, sin ilusiones, sin triunfos, sin buenos hábitos, sin esperanza. ¿En qué he fallado?

A veces lo que ha ocurrido es por culpa directa de quien se hace la pregunta. No supo poner medios eficaces, no captó la importancia de ciertas situaciones, no percibió que era la hora de cambiar de método, no buscó momentos de diálogo con el hijo o con el alumno para ofrecerle una ayuda más concreta.

Pero otras veces la culpa no es ni de los padres ni de los educadores. El hijo puede tener padres santos, pero tiene un corazón libre y en grado de dar un portazo a su pasado por un capricho del momento. El alumno puede haber recibido una educación óptima con profesores excelentes, pero su curiosidad es capaz de llevarle a la ruina en pocos días.

Además, nadie tiene garantizado, en esta vida, triunfos concretos en lo que depende de otros. No todos los jefes de trabajo serán justos, por más que uno tenga “méritos” para no ser despedido. Ni todas las dietas y consejos médicos son suficientes para impedir un cáncer de origen genético. Ni las oraciones se convierten en una garantía automática para recibir lo que uno pide: muchas veces Dios permite una prueba para luego darnos algo mucho mejor.

¿En qué he fallado? Vale la pena lanzar la pregunta con serenidad, delante de Dios y de la propia conciencia. Será entonces posible reconocer errores reales y actitudes que han provocado mucho daño. O también será justo reconocer, en los límites ineliminables de la vida humana, que uno hizo lo que pudo y con la mejor voluntad del mundo, pero que Dios ha permitido un dolor debido a las decisiones de otros o a circunstancias que no podemos controlar.

En ese segundo caso vale la pena recordar que no tenemos aquí morada permanente (cf. Hb 13,14), que somos peregrinos hacia la patria definitiva.

Dios, no lo olvidemos, no dejará de estar a nuestro lado para mantener viva una llama de esperanza. Nos dará las fuerzas necesarias para poner, de nuevo, la mano en el arado. Nos animará a seguir, quizá entre lágrimas, en el trabajo sencillo por vivir el Evangelio y hacer el bien a quienes viven a nuestro lado.

 

 

 

 

 

¡Gracias por ser sacerdote!

Gracias al sacerdote miles de hombres y mujeres han escuchado la Palabra, y han recibido el Cuerpo y la Sangre de Cristo.

Por: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net

 

No resulta fácil ser sacerdote. Por las críticas de algunos familiares, que no comprenden por qué un joven deja la carrera o el trabajo para ir al seminario. Por la sonrisa compasiva de amigos, que ven cómo queda “arruinado” un futuro que parecía prometedor. Por la mirada de gente anónima, que espera el día en que la Iglesia deje de existir sobre la tierra…

Pero hay y habrá sacerdotes porque hay y habrá hombres dispuestos a responder a un Amor más grande. Cada una de sus historias se explican desde la llamada del Dios que vino al mundo para curar heridas, para limpiar pecados, para encender esperanzas, para enseñar senderos de cariño verdadero.

Miles y miles de sacerdotes han seguido y siguen las huellas del Maestro. Con su mirada y su palabra, con su silencio y su sonrisa, con sus manos temblorosas al tomar el pan y decir palabras divinas, con sus pies cansados tras recorrer caminos polvorientos o ciudades llenas de bombillas y vacías de ilusiones verdaderas.

Gracias a tantos sacerdotes hay novios que maduran en su amor fresco y tierno, hay esposos que crecen en el camino de la vida, hay ancianos que miran al cielo mientras se apoyan en un nieto inquieto, hay niños que sonríen porque empiezan a conocer la historia de Jesús el Nazareno.

Gracias al sacerdote miles de hombres y mujeres han escuchado la Palabra, y han recibido el Cuerpo del Hijo Amado. El Amor se hizo Pan tierno, la esperanza surgió con nuevas fuerzas, la fe quedó nuevamente iluminada, la justicia se hizo presente en un mundo hambriento y dolorido.

Gracias a un sacerdote fui acogido en la Iglesia con las aguas del bautismo. Gracias a muchos sacerdotes recibí el perdón en confesiones sencillas e infantiles, o más profundas mientras crecía en estatura y problemas. Gracias a muchos sacerdotes encontré palabras de consuelo, luz para las dudas, reflexión para tomar opciones decisivas, invitaciones a dejar egoísmos y a compartir mis bienes y mi tiempo con tantos hermanos deseosos de encontrarse con Jesús el Nazareno.

Muchos sacerdotes, en los casi 2000 años de nuestra Iglesia, ya están con Dios. Fueron misioneros, como Francisco Javier. Fueron amigos de esclavos, como Pedro Claver. Fueron confesores apasionados, como el cura de Ars o el Padre Pío. Fueron consejeros de almas, como Francisco de Sales. Fueron soldados del Evangelio y defensores del Papa, como Ignacio de Loyola. Fueron callados testigos de Dios en el desierto, como Charles de Foucauld.

A los sacerdotes de ayer y los de hoy, a los que yacen enfermos y a los entusiastas por su juventud perenne, a los que trabajan entre libros y a los que no paran de ir de casa en casa… A tantos sacerdotes enamorados de Cristo, testigos de amor y compañeros de esperanza, de corazón, ¡gracias, gracias, gracias!

 

¿Por qué estoy en el mundo?

Cada día es una nueva vida que me ofrece Dios al despertar. Gracias debiera ser la primera palabra con la que abrimos los ojos.

Por: P. Mariano de Blas LC | Fuente: Catholic.net

Estoy en este mundo porque Dios me creó, porque me quiere. Y así he vivido 20, 30, 40 o más años, envuelto, cobijado por su amor. Me creó para algo importante, no para el egoísmo. No para la mediocridad, menos todavía para la desdicha. Me creó para ser feliz aquí y allá, para ser útil, para hacer algo útil.

A estas alturas de la vida, ¿cómo habré realizado el sueño de Dios? ¿Qué sentido tiene para mi la vida? Soy su criatura, todo es regalo de Dios en mí, existo de favor y de cariño de un Creador, y los siguientes días de mí vida seguiré viviendo por el cariño de mi Creador.

Hay un Ser que mantiene en movimiento mi corazón, que tiene encendida mi inteligencia, que mueve mi voluntad.

Decía un famoso convertido: “Desde hace 25 años la realidad mas radiante de mi vida es esta: Dios existe y me ama”. Eso, tu y yo lo podemos decir con idéntica razón.

Hoy quiero doblar mi rodilla ante mi Hacedor, y recordarme a mí mismo lo que quizá tenía olvidado: “No tengo nada, no soy dueño de nada, ni de mi cuerpo, ni de mi inteligencia, ni del día que estoy viviendo, ni de la tierra que piso. Todo esto es “made en heaven”, todo esto es don del Cielo, todo es regalo”.

¡Gracias! tendría que ser una de las palabras más repetidas, más maravillosas que debería decir todos los días, todas las horas; gracias al amanecer, gracias al medio día, gracias al atardecer, gracias por este día, por los días que están por venir.

Quiero agradecerte dentro de ese templo hermosísimo, impresionante que es tu Creación: “El mundo”.

“Sabemos que el universo es el mejor libro para estudiar a Dios, sabemos que la bóveda del cielo en una noche estrellada es el mejor claustro para hacer oración, hemos escuchado la infinitamente bella sinfonía de las flores, de las estrellas, del paisaje, de los amaneceres, de las noches de luna precedidas por crepúsculos perfumados por la pureza de las flores silvestres; a los que poseemos el don de la fe, todo esto nos da un auténtico sentido de seguridad personal, un equilibrio y una armonía casi perfecta en ese otro pequeño infinito universo de nuestro humilde ser.

Pero, con qué mirada tan diversa miran el mundo lo que viven sin fe. Ni las estrellas, ni el paisaje, ni la aurora, ni el crepúsculo, ni las noches de luna, dicen nada a su alma; viven soñando en su grandeza, poseídos de su autosuficiencia, esforzándose por crear cada día su felicidad personal, hasta que una mañana, o una noche, se dan cuenta que no son verdaderamente felices, porque en el universo de su ser, hay algo que rompe la armonía dejándolos con un vacío inconmensurable.

No pueden apoyarse en su inteligencia, ni en su belleza, ni en sus placeres, porque todo es una sombra inconsistente. Ríen y ríen… pero nada más, porque la risa no solo es símbolo de felicidad sino también máscara de tragedia; contemplan sin cambio de ritmo los días y las noches, las estaciones y los años. Su alma creada para el infinito no tiene más salida que anclarse en la monotonía existencial, el descanso aparente, la indiferencia, la pasividad, el disgusto y la íntima amargura”.

Cada día es una nueva vida. Una nueva vida me ofrece Dios al despertar. Gracias debiera ser la primera palabra con la que abrimos los ojos.

Hacia nuestra propia ascensión

Las tristezas y alegrías en este mundo, son pasajeras

Por: Padre Nicolás Schwizer | Fuente: Retiros y homilías del Padre Nicolás Schwizer

¿Cómo está Cristo con nosotros, en nuestra tierra?

Cristo está presente. Cristo está aquí, en la tierra, con nosotros, y ya no nos abandonará jamás. Está presente en los sacramentos, sobre todo en la Eucaristía. Está presente en la comunidad cristiana. Está presente en nuestro corazón que es un templo de Cristo y del Dios Trino

La Ascensión del Señor, nos quiere revelar algo más que su presencia invisible en medio de nosotros. Nos revela cómo se va a acabar nuestro destino, nuestra vida terrenal. Creo que ésta es una pregunta que nos inquieta a todos. Y la fiesta de la Ascensión del Señor nos da la respuesta: nuestro final será una ascensión.

Algún día nos encontraremos en el cielo, lo mismo que ahora estamos reunidos en la tierra. Nuestra presencia en cada misa dominical, no hace más que prefigurar, anunciar y preparar esa gran asamblea final en torno al Señor. Al final de la misa la vida nos dispersará; pero será solo algo transitorio, hasta que llegue la hora de nuestra ascensión final.

Todo es transitorio: alegrías, tristezas, bienes…
Porque todo lo que pasa aquí abajo en esta tierra es transitorio. Cuántas veces nos desanimamos por cualquier contrariedad, cualquier sufrimiento y cruz, diciendo: no es posible que Dios exista y permita estas cosas; no es posible que Dios dirija nuestra vida y que la transforme de esta manera. Sí, es verdad que las cosas no nos resultan siempre fáciles. Pero esperemos, tengamos paciencia, no juzguemos hasta haber visto el final. Porque sabemos ya por experiencia que después de la Pasión y del Calvario viene siempre la Resurrección y la Ascensión.

Por eso, toda tristeza es transitoria. Somos desgraciados, pero solamente por un tiempo breve.

¿Por qué recé y no me escuchó Dios? Porque Dios se reserva el derecho de darme muchas cosas y mucho mejores que las que yo me atreví a pedirle.
¿Por qué sigo enfermo, sin fuerzas? Porque pronto quedaré curado para siempre.
¿Por qué tengo que lamentar la muerte de una persona querida?

¿O por qué la vida me separa de los únicos con quienes me gusta vivir? Porque pronto me encontraré reunido para siempre.

También la alegría, toda alegría de este mundo, es pasajera. Los hijos saben que no pueden tener siempre consigo a sus padres. Los padres saben también que no guardarán para siempre a sus pequeños. Y lo mismo la mujer a su marido, el marido a su mujer, y así todas las personas que se aman. No existe más que un solo lugar definitivo en el que nos juntaremos para siempre, y este sitio no está aquí abajo en esta tierra.

Lo mismo con nuestros bienes: No podemos llevarlos con nosotros: los perderemos todos. Algún día, nuestras manos se abrirán para entregarlos todo. Hoy todavía estamos a tiempo de abrirlas para ofrecerlos libremente. Porque todo lo que no ofrezcamos a Dios, lo vamos a perder.

Llevar el mundo a Dios. En todas las Misas, ofrecemos un poco de pan, un poco de vino – en representación de nosotros mismos, de nuestras vidas, de nuestros trabajos, de nuestros bienes. Y el sacerdote tomará todo esto y luego lo consagrará llevándolo al mundo de Dios.

 Así en cada una de nuestras Misas, un poco de nuestro mundo pasa a formar parte del mundo del otro mundo.
 En cada una de las Misas, tiene lugar la ascensión de un poco de tierra al cielo.
 En cada una de las Misas, los cristianos, estamos invitados a elevarnos, a separarnos un poco de la tierra, a dar un paso hacia el mundo de Dios.

Preguntas para la reflexión

1. ¿He pensado en mi propia ascensión?
2. ¿Qué me costaría dejar hoy: mis bienes…?
3. ¿Vivo como si nunca fuera a dejar este mundo?

La vida es demasiado breve para ser mediocre

La vida es breve, para ti, para mi, para todos… ¿Cuál es tu prisa? es ahora o nunca.

Por: P. Mariano de Blas LC | Fuente: Catholic.net

Que la vida es breve, lo sabemos todos; quizá los jóvenes se imaginan que sí es larga, pero a la medida que pasan los años va penetrando en la mente la irrefutable sensación de que los años pasan, vuelan y no retornan.

Cuando una persona es abuelo por primera vez, es agridulce sorpresa, dulce por el nieto, agrio por lo de abuelo; pero… no hay más remedio que aceptarlo.

Ante esta realidad de la brevedad de la vida, muchos toman sus precauciones, se apresuran desde la juventud a sacarle jugo a la vida; creen con fe ciega que esa es la mejor forma de aprovechar la juventud; y en realidad hacen una sola cosa, dedicar los primeros años de la vida a hacer infeliz el resto de ella, hacen alianza con el vicio: la botella, la droga, el sexo, uno de ellos o los tres a la vez…, mejor los tres que uno; se triplica el placer.

No es infrecuente en estos jóvenes la pereza y el abandono en el estudio, la ligereza e inmadurez en el amor con toda clase de experiencias y el abandono de los restos de fe y valores morales de la infancia. La “ley”, es el “placer”; a más placer más vida. Si uno es avanzado en años suele apresurarse aun más que los jóvenes, porque piensa: Estoy haciéndome viejo y no he disfrutado lo suficiente; comamos y bebamos, que mañana moriremos’, en el famoso adagio latino “Carpe diem”: “Sácale jugo a la vida”… Y dicho y hecho, se dan prisa en apurar las copas, porque la fiesta se acaba.

Pero algunos piensan que la vida es demasiado breve para ser pequeña, para ser mediocre; ellos también tienen prisa, pero otra clase de prisa y afán, y por eso, desde la misma juventud ponen las bases para hacer constructivo el resto de esa vida. No esperan a ser adultos para sentar cabeza y así: Aprietan en el estudio, aunque les llamen mataditos; no juegan con el amor, porque saben que se queman; no dan un puntapié a sus valores morales, porque saben que los necesitan. Si al llegar a la madurez se percatan de que van rezagados, aprietan el paso porque les queda menos tiempo para hacer algo grande en este mundo.
Y si han llegado a la tercera edad, y ven su tarea bastante incumplida en esta vida, se apresuran a hacer y completar lo que no hicieron en la juventud y en la madurez, porque saben, porque ven que ya no tendrán más tiempo y que, ahora o nunca.

Cuando llegan al final de la vida lo que se dieron prisa en divertirse y nada más, y los que se dieron prisa en cumplir su misión, ambos, miran hacia atrás; uno para decirse a sí mismo: Más me valiera no haber nacido, el otro para decir: Valió la pena vivir’

La vida es breve, para ti, para mi, para todos… ¿Cuál es tu prisa? ¿”Carpe diem” o “aprovecha el tiempo” porque la vida es demasiado breve para ser mediocre.?

Si la vida es breve y además la maltratas, eres un pobre hombre. Se vive una vez, se cumplen quince años sólo una vez. Tu sabrás lo que haces con esa pequeña vida.