Los caminos a Cristo

Elige un santo que te represente, con el que te sientas especialmente identificado, y ámalo. Conócelo, aprende sobre su vida, pídele su intercesión ante Dios.

Por: Oscar Schmidt | Fuente: Catholic.net

 
Todos tenemos dentro una fuerza que nos lleva a Dios. Pero esa fuerza, misteriosa y poderosa, toca nuestras almas en los lugares donde más provecho se puede obtener para beneficio de nuestra propia salvación, creando el camino que nos abre a la gracia y a la luz. ¿Existe entonces un sólo camino para llegar a Jesús?. Si, y no. Si, porque el camino del amor es el único sendero que nos lleva al Reino. Angosto y empinado, ondulante y lleno de dificultades, pero luminoso y claro para quienes buscan hacer la Voluntad del Creador. Y también no, porque cada uno de nosotros tiene una esencia que le indica distintos modos de manifestar su espiritualidad.

De este modo vemos claramente que existen distintos tipos de espiritualidad, distintos modos de manifestar nuestro deseo de hacer la Voluntad de Dios. ¿Dónde podemos ver claramente manifestadas estas distintas espiritualidades, en su plena diversidad?. ¡En la vida de los santos!.

La espiritualidad de los que se aproximaron a la perfección que Dios nos pide, nuestros amados santos, se muestra variada e iridiscente. Como una joya que brilla en sus diversas tonalidades, pero siempre hermoso a los ojos de Dios. Rubíes, diamantes, amatistas, esmeraldas, zafiros. Todas estas distintas formas de manifestar la gloria de Dios nos muestran los caminos que se nos ofrecen como ejemplo a imitar. ¿Quién puede decir que el Padre Pío (¡San Pío!), o que Santa Rita, o Santa Teresita, o San Francisco, o el Santo Cura de Ars, o San Pablo son idénticos?. No lo son, y sin embargo todos ellos son hermosos y fascinantes a los ojos de los que los admiran en su santidad. Algunos impetuosos y llenos de fuerza evangelizadora, otros humildes y pequeños en su entrega a Dios, unos buenos y caritativos hasta el infinito, otros abnegados y entregados en su sufrimiento a los dolores que Dios les dio como misión de vida. Todos tienen puntos de comparación con algún aspecto de la vida de Cristo, pero ninguno es tan perfecto como el propio Hijo de Dios lo fue en Su vida de Hombre-Dios.

De este modo, podemos ver que las distintas espiritualidades que los santos nos han enseñado y nos enseñan (porque santos han habido siempre y los hay en nuestro tiempo), son espejos en los que cada uno de nosotros se puede buscar. Es muy importante encontrar cual es la espiritualidad que mejor se adapta a los dones que Dios nos ha dado, a la esencia de nuestra alma. Y si podemos amar al santo que representa esa espiritualidad, tendremos un punto de apoyo y un mapa que facilitará nuestro crecimiento en la fe y el amor. Ese santo representará la meta que debemos buscar, como camino de llegada a Cristo. Pero también es importante comprender y respetar la existencia de otras espiritualidades, otras formas de santidad que conviven en armonía en la gracia de Dios.

El Señor se adapta a nosotros, porque Su Amor es infinito. El es el amor, y en su inmensa caridad se amolda a nuestras necesidades y debilidades. Porque nuestras fortalezas (nuestras virtudes naturales) también acarrean nuestras debilidades. Si tuviéramos un balance perfecto entre todas las virtudes Divinas, seríamos como Cristo. Pero sólo El puede lograrlo.

Elige un santo que te represente, con el que te sientas especialmente identificado, y ámalo. Conócelo, aprende sobre su vida, pídele su intercesión ante Dios, no te apartes de el. Dios lo ha enviado para ayudarte y socorrerte cuando la tempestad del mundo te sacuda como una hoja en el viento. El es tu ancla, tu brújula y tu vela. Deja que su viento te lleve a tierras de paz espiritual y amor fraterno. Si lo haces bien, te encontrarás en el Reino con todas las demás espiritualidades, con todos los santos que han llegado a merecer contemplar la Luz del Rostro de Dios.

 

 

 

 

 

Una fe que cambia el mundo

Habrá que dejar lo malo, esa “nada” que ahoga y destruye, que encierra y que atemoriza; para optar por lo bueno, lo bello, noble y justo.

Por: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net

 
Nos quejamos de que el mundo está mal. Matrimonios que naufragan, abortos que destruyen a miles de hijos y a miles de madres, pobreza que amordaza y mata las ilusiones y los cuerpos, opresión de dictaduras sutiles o manifiestas, mentiras que dominan las conciencias anestesiadas en los mal llamados países desarrollados.

¿Existe una fórmula sencilla, clara, aplicable, para cambiar el mundo? ¿Podemos emprender un camino que rompa con esta situación de injusticias, de pecados, de egoísmo, de cansancio y desesperanza?

No hay fórmulas mágicas para controlar la libertad humana. Sólo existen verdades que, acogidas seriamente, provocan una revolución en los corazones y en las sociedades.

La verdad más importante, la más profunda, la más completa, está en Dios y en su amor hacia el hombre. Sólo cuando abrimos los corazones a Cristo, sólo cuando acogemos su Evangelio, sólo cuando le dejamos iluminar nuestras sociedades, nuestra historia, el mundo avanza en el camino hacia la salvación, hacia la justicia, hacia la paz.

Es entonces cuando la fe ilumina la propia vida. Dejamos las tinieblas y pasamos a la luz. Nos dejamos coger por Cristo, y despertamos. “Despierta tú que duermes, y levántate de entre los muertos, y te iluminará Cristo” (Ef 5,14).

Es entonces cuando tomamos en serio a Cristo y lo acogemos plenamente, sin miedo. Desde la voz de Juan Pablo II y de Benedicto XVI, nos llega la invitación a quitar miedos: “ ¡No tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo. Quien se da a Él, recibe el ciento por uno. Sí, abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo, y encontraréis la verdadera vida” (Benedicto XVI, 24 de abril de 2005).

Habrá que dejar lo malo, esa “nada” que ahoga y destruye, que encierra y que atemoriza. Pero será para optar por lo bueno, por lo bello, por lo noble, por lo justo.

Entonces empezaremos a vivir “en Cristo”, desde una fe que provoca reformas, que lleva a la auténtica revolución, la de tantos santos que, como explicaba Benedicto XVI a miles de jóvenes, “son los verdaderos reformadores. Ahora quisiera expresarlo de manera más radical aún: sólo de los santos, sólo de Dios, proviene la verdadera revolución, el cambio decisivo del mundo” (20 de agosto de 2005).

 

 

 

 

De nuevo, perdón

No fui capaz de poner un freno a mi corazón ni a mis palabras. Desprecié al otro, y me destrocé a mí mismo.

Por: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net

 
Otra vez falté a la caridad. Dejé que la pasión creciera en mi alma. Miré solo en el otro lo que para mí eran faltas, ofensas, insultos. Pensé que era el momento para responder, para defender mi “fama”, para rebelarme contra lo que yo consideraba una injusticia.

Respondí con dureza. El ambiente se calentó más y más. Y cuando el otro, herido por mis palabras, alzó la voz, yo también opté por gritar, por insultar, por hundirme en la rabia.

El fracaso ha sido grave. He ofendido a un hermano, a un familiar, a un amigo. He sido un necio, un miserable, un cobarde. No fui capaz de poner un freno a mi corazón ni a mis palabras. Desprecié al otro, y me destrocé a mí mismo.

No es el momento para una lamentación vacía, para un falso sentimiento de culpa, para una autocompasión como si yo fuera la víctima cuando fui el verdugo.

Es el momento para pedir, desde Dios y con Dios, perdón. Perdón porque no fui humilde. Perdón porque preferí la “justicia” a la misericordia. Perdón porque me faltó paciencia. Perdón, sobre todo, porque pensé más en mis sentimientos que en el corazón de mi hermano.

Sí, es la hora de pedir perdón, porque Dios me perdonó primero. Porque Dios tuvo paciencia conmigo. Porque Dios no está siempre condenando. Porque Dios desea, casi suplica, que vuelva a estar en paz con el familiar o el amigo ofendido.

Pido, de nuevo, perdón. No lo merezco, por la falta que he cometido. Pero precisamente es ahora, según dicen, cuando más lo necesito.

Ojalá mi mano tendida se una a la tuya. Entonces podremos recitar, los dos juntos, desde lo más profundo del alma, las palabras del Padrenuestro: “perdónanos… como también perdonamos…”.

 

 

 

 

Una mano tendida

En este día puedo tender la mano a alguien, ver al otro con ojos abiertos y disponibles, con esperanza y con alegría, con amor y con dulzura.

Por: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net

 
Tender la mano es simplemente eso: dejar una oportunidad para el diálogo.

Vivimos en un mundo de tensiones y de choques, de rencores y de críticas, de etiquetas y de miedos.

Pasamos junto a personas a las que no saludamos, no miramos, no amamos. En ocasiones, ponemos etiquetas a las personas, las calificamos cuando ni siquiera sabemos cómo se llaman.

El panorama cambia profundamente cuando empezamos a ver al otro con ojos abiertos y disponibles, con esperanza y con alegría, con amor y con dulzura.

En este día puedo tender la mano a alguien. Quizá al vecino, con el que normalmente me cruzo por la escalera sin dirigir una palabra. O al vendedor de frutas, al que hasta ahora sólo miraba furtivamente al llegar la hora de pagar. O al funcionario de una oficina del gobierno, que manosea los papeles sin alzar los ojos, pero que tal vez espera sin decirlo que alguien le dé las gracias.

Con la mano tendida quiero, simplemente, dejarte un espacio en mi vida. Y pedirte, con respeto, que me permitas ser, al menos por unos instantes, un compañero de camino en esta aventura de la existencia humana, que empieza en esta tierra y que culmina, si supimos amar y dejarnos invadir por el amor, en el Reino de los cielos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La tierra del amor

Los fuertes y los débiles, bien cultivados, pueden crecer y ayudarse mutuamente en el camino del existir humano.

Por: P. Fernando Pascual L.C. | Fuente: Catholic.net

 
Esta es la historia de dos garbanzos. Uno era genéticamente deforme, débil, enclenque, destinado a un futuro incierto, quizá a una muerte prematura. El otro era fuerte, lleno de vida, con un DNA lleno de perfecciones y conquistas evolutivas. Un supergarbanzo, en pocas palabras.

La cosa es que el primer garbanzo cayó en manos de un campesino atento, que reconoció en seguida los defectos de su semilla. No quiso lanzarlo sin más; decidió darle el cuidado conveniente. Lo sembró en un invernadero de calidad, le dio fosfatos y vitaminas, lo regó con más atención que a las demás plantas, y lo sacó al aire puro en el momento más propicio del año.

El “supergarbanzo”, sin embargo, con ser tan bueno, cayó en manos de un campesino despistado, que se confió en la potencialidad de aquella semilla extraordinaria. La sembró en el primer rincón de su campo, la regó poco, no la protegió de los caprichos del tiempo, ni le dedicó un dólar para abonos o sustancias estimulantes.

Los resultados, como era de esperar, “contradijeron” los datos de partida. El garbanzo deficiente se desarrolló en una planta no extraordinariamente bella, pero lo suficientemente fecunda como para premiar los esfuerzos del campesino previsor. El otro, debido a dos granizadas y a no pocos inconvenientes, quedó tan herido que daba más pena que descendencia fecunda…

Desde luego, la historia podría ser invertida totalmente. Lo que nos pueden enseñar estos garbanzos, sin embargo, transciende con mucho las leyes de la biología, desde luego sin contradecirla, cuando lo aplicamos al mundo de los hombres.

Platón, antes de que se descubriesen las leyes de la genética o se empezase a soñar en el control del genoma humano, ya había intuido que una naturaleza humana dotada de cualidades excepcionales en un ambiente de corrupción, podría dar lugar a personas pervertidas, dañinas, quizá incluso criminales o delincuentes.

Podemos añadir nosotros que también una naturaleza “mediocre”, puesta en condiciones educativas adecuadas (una buena familia, una escuela con maestros y compañeros honestos y solidarios) puede llegar a resultados no sólo “aceptables”, sino buenos en lo que se refiere a la educación de un ciudadano honesto, de un esposo o esposa fiel, de un padre o madre de familia entregado a sus hijos y de un profesionista cualificado.

Por desgracia, hoy se está difundiendo una mentalidad que busca la mejora “genética” de la especie humana, que llega incluso a proponer el aborto y el infanticidio de quienes tienen graves deformaciones cromosómicas o físicas, como si el ser hombre se redujese al tener una buena dotación de ADN (DNA en inglés).

El hombre, es verdad, depende de la estructura corporal, pero es mucho más que eso. Con amor y con un seguimiento educativo adecuado, es posible que personas que podrían vivir relegadas lleguen a integrarse en la sociedad como seres profundamente “útiles” y fecundos. No ofrecerán siempre prestaciones materiales: habrá discapacidades que impidan realizar cualquier trabajo productivo o cultural. Pero el testimonio de una vida de sufrimiento interpela, llama a todas las conciencias, y nos pone ante el misterio del vivir.

¿Es que no hay personas sanas que sufren psicológica o afectivamente mucho más que otros seres que viven buena parte de su existencia entre hospitales y sillas de ruedas? ¿Es que no hay artistas que viven, incluso en la cumbre del éxito y del clamor popular, una extraña soledad y vacío profundo, en esos momentos en los que consideran el valor de su existencia?

Una vida social no puede prescindir de la virtud de la solidaridad. Esta virtud tiene siempre una doble dirección, también ante el dolor y la discapacidad: del “fuerte” hacia el “débil”, y del “débil” hacia el “fuerte”.

Hace falta reconocer que los “fuertes” necesitan el apoyo de los “débiles”, pues no tiene precio el cariño que un ser humano puede otorgar a otros. También el enfermo puede y debe amar. Impedírselo “en nombre de la piedad” es señal de no haber entendido lo que significa ser hombre.

Por eso resulta urgente permitir que cualquier vida, sana o enferma, blanca o negra, rica o pobre, pueda crecer en buena tierra, pueda desarrollarse en la tierra del amor. Así será posible que tanto el garbanzo “perfecto” como el garbanzo “defectuoso” sean tratados de modo correcto, y cada uno contribuirá a la maravillosa armonía de un mundo abierto a todos.

¿Por qué tanta prisa?

Me gustaría detenerme en este mismo instante. ¿Por qué tanta agitación? Ya no se detenerme. Me he olvidado de rezar, se me olvida que estás ahí.

Por: Ma. Esther De Ariño | Fuente: Catholic.net

Un día y otro día regreso a Ti, Señor. A veces no es continuo mi acercamiento porque hay “otras cosas” que me entretienen, que me ocupan y me olvido de Ti. Y hay ando queriendo ser yo la que arregla las cosas, ser yo la que les doy solución a los problemas pero sin tu ayuda….porque me creo suficiente.

Paso por momentos difíciles , me entra la angustia, el miedo, la tristeza, me veo débil, vulnerable, y es entonces que me acuerdo de Ti y se que tu siempre me estás esperando. Por fin, rendida de mis afanes, de mis luchas y muchas veces de mis equivocaciones… regreso a Ti. Vuelvo a recordar tus palabras: “ Vengan a mi, todos los que estén fatigados y agobiados por la carga, que yo les daré alivio” Mt.11, 28.

Hay días que todo parece hecho para sacarnos de quicio! Hay días que uno y mil detalles, pequeños quizá, nos ponen con los nervios de punta y sentimos que la paciencia se nos termina ante tanta contrariedad.

Hoy, Señor, es uno de esos días…. Necesito que me ayudes, que des sosiego a mi alma, paz a mi mente que parece caballo desbocado y esa impaciencia me hace mucho daño.

Al abrir los ojos ante un nuevo día lo primero que debí hacer es poner mi mente y mi corazón para darte gracias, después pedirte. Pedirte sin temor de abrumarte. Es la manera de involucrarte en nuestro diario vivir. Tu como Padre bueno nos escuchas y sabes de todas nuestras necesidades, aún mejor que nosotros, pero quieres que te lo pidamos y así hacemos un diálogo directo contigo. “Pedid y recibiréis , llamad y se os abrirá”- nos dices.

No siempre se cumplen nuestros deseos al pie de la letra pero hemos de estar seguros que alguna gracia nos llegará en lugar de aquello que pedimos con todo el corazón y no se nos dio porque los planes de Dios no siempre coinciden con los nuestros. Lo que siempre debemos de pedir con gran fe es que nos llene de paciencia para vivir el nuevo día que se abre ante nosotros.

La paciencia es una virtud que hace que soportemos los males con mucha más aceptación. Dicen que la paciencia es más útil que el valor. Nos da la cualidad de saber esperar con tranquilidad las cosas que tardan en llegar y nos hace más llevadero todo aquello que nos alcanza y nos hace sufrir: enfermedades, reveses de fortuna, momentos de dolor y prueba, impotencia ante una amarga situación, etcétera. Todo esto con paciencia será mejor llevado y dará a nuestro diario vivir la paz anhelada.

Mil cosas vendrán que pondrán a prueba nuestra dosis de paciencia. Por eso hay que tener un verdadero caudal, fuente inagotable de la que siempre podamos beber. ¡Qué no se nos acabe la paciencia! porque si ella se nos termina rápidamente ocupará su lugar en nuestra alma la desesperación, la irritación, el mal modo, el abatimiento, el enojo y tal vez la ira. La ira es uno de los pecados capitales que más nos desgarra el alma, nos convulsiona, nos enloquece hasta perder toda dignidad y compostura. Voy a ejercitar en todas las cosas mi paciencia.

En este mundo actual es una de las virtudes más difíciles de poseer y sin embargo es de las más necesitadas precisamente por la forma de vivir tan compulsiva y apremiante que tenemos.

La paciencia y la paz van siempre unidas. En mi caminar por la vida, si tu me ayudas Jesús, voy a encontrar y poseer una paciencia a prueba de todo y la paz se me dará por añadidura. Sé que no es fácil, ante ciertas circunstancias y personas tener paciencia, pero hay que pedírtela.

Señor ¿por qué a veces se me olvida que estás ahí? Todo el día corriendo para acá y para allá. Debo detenerme…

“ Señor, me gustaría detenerme en este mismo instante. ¿Por qué tanta agitación? ¿Para qué tanto frenesí?. Ya no se detenerme. Me he olvidado de rezar. Cierro ahora mis ojos. Quiero hablar contigo, Señor. Quiero abrirme a tu universo pero mis ojos se resisten a permanecer cerrados. Siento que una agitación frenética invade todo mi cuerpo, se agita, esclavo de la prisa. Señor, me gustaría detenerme ahora mismo. ¿Por qué tanta prisa? ¿Por qué tanta agitación?. (Hasta aquí una parte de su escrito para terminar así). Mi corazón continua latiendo pero de una manera diferente. No estoy haciendo nada, no estoy apurándome. Simplemente, estoy ante Ti, Señor. Y qué bueno es estar delante de TI. Amén.” P. Ignacio Larrañaga

Ayúdame mi Señor, en todas las pruebas que me salgan al paso.

Para los que se fueron…el mejor de los recuerdos

Dios conoce el corazón del ser humano, sabe de ese sufrir originado por la pérdida de un ser querido.

Por: Ma Esther de Ariño | Fuente: Catholic.net

La próxima semana conmemoraremos a los fieles difuntos, a nuestroa seres queridos que se han ido.

Qué gratificante y consolador es poder pensar, por el don de la fe y la virtud de la esperanza, que aunque ya no estén a nuestro lado los seres queridos, ellos viven con su propia identidad en la presencia de Dios y abogan por nosotros.

A ellos podemos acudir en nuestras dificultades para que por su intercesión logremos y alcancemos la paz en las angustias o penas por las que frecuentemente tenemos que atravesar en esta vida.

Por esto y por muchas cosa más es que la religión católica es tan completa y hermosa. Nada de lo que hay en el corazón del hombre deja Dios sin satisfacer.

El mayor de los anhelos de la humanidad es no morir. Permanecer siempre, ser inmortal. Y esto es lo que Cristo nos promete cuando nos dice: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida, el que cree en mi, vivirá para siempre”.

Cristo pasó por la muerte. Murió, pero resucitó.. Vencedor de la muerte, soberano de la Vida. Creer en la resurrección de los muertos ha sido, desde sus comienzos, un elemento esencial de la Fe cristiana. No hay reencarnación. Tenemos una sola vida desde nuestra concepción hasta siempre. “La resurrección de los muertos es la esperanza de los cristianos; somos cristianos por creer en ella” ( Tertuliano. 1-1).

Según la vida va pasando, los seres que amamos van partiendo…. algún día sabemos que nos tocará a nosotros. Como los árboles que en el otoño dejan caer sus hojas, así de los troncos familiares y sus ramas las personas se van. Ya no están con nosotros, los abuelos, los tíos, los padres, el esposo o la esposa, a veces algún retoño fresco y nuevo también le toca irse…tal vez es entonces cuando más duele, cuando más difícil es la disponibilidad para la aceptación.

Dios conoce el corazón del ser humano, sabe de ese sufrir originado por “esa partida”, a veces sorpresiva y si tomando ese dolor se lo entregamos, El ha de poner en nuestro corazón el consuelo sobrenatural, pues de no ser así, hay separaciones tan dolorosas que humanamente no serían soportables.

Un día de noviembre, un día triste y gris, lleno del vacío que dejan los seres queridos cuando se van, leí algo que trajo a mi alma consuelo profundo e inolvidable.

Decía así: “No es que se han muerto, se fueron antes… Lloras a tus muertos con un desconsuelo tal que pareciera que tu eres eterno. Tu impaciencia se agita como loba hambrienta, ansiosa de devorar enigmas. ¿Pues no has de morir tu un poco después y no has de saber por fuerza la clave de todos los problemas que acaso es de una diáfana y deslumbradora sencillez? Déjalos siquiera que sacudan el polvo del camino. Déjalos siquiera que restañen en el regazo del Padre las heridas de los pies andariegos. Déjalos siquiera que apacienten sus ojos en las verdes praderas de la paz… El tren aguarda, ¿por qué no preparas tu equipaje?

Esta será más práctica y eficaz tarea. El ver a tus muertos es de tal manera cercano e inevitable, que no debes alterar con la menor festinación las pocas horas de tu reposo. Ellos en un concepto cabal del tiempo, cuyas barreras transpusieron de un solo ímpetu, también te aguardan tranquilos. Tomaron únicamente uno de los trenes anteriores…. No es que se hayan muerto: se fueron antes”

Se fueron antes y nos dejaron el vacío profundo y doloroso de su partida pero al mismo tiempo la inexorable verdad de que un día también nosotros partiremos y de esa partida lo único y más importante es la imagen que dejaremos a los que se quedan, el recuerdo del testimonio que dimos de nuestro paso por esta vida, de nuestra ternura, de nuestra comprensión, de nuestro amor…

De eso, solamente de eso es de lo que nos debemos de preocupar: del ejemplo de amor a Dios, de honestidad, de misericordia y bondad que dejaremos como el mejor de los recuerdos.

Preguntas o comentarios al autor    Ma. Esther de Ariño

Esa fe que tanto anhelamos

Dios quiere darla a mi corazón, a pesar de mis dudas, de mis caídas, de mis fracasos, si abro mi corazón, si me dejo tocar.

Por: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net

Tienes razón: la fe parece un regalo difícil, que pocos reciben, que resultaría inalcanzable para algunos.

Hay quienes creen con naturalidad, como el pez que nada en el agua. Otros viven en un desierto interior: no encuentran (o no reconocen) señales para saber dónde está el agua, para iniciar el camino que les lleve al encuentro con Dios.

Es cierto que duele vivir sin fe. Pero también es cierto que Dios quiere dar la fe a todos, pues de lo contrario no sería ni justo ni bueno.

La quiere dar a mi corazón, a pesar de mis dudas, de mis caídas, de mis fracasos. La quiere dar al tuyo, al de todos, si nos abrimos, si nos dejamos tocar, si quitamos andamios de racionalismo y empezamos a mirar las cosas con ojos nuevos.

Es fácil decirlo, pero el camino a veces se hace largo. Además, hay tantos obstáculos… El primero, quizá el más difícil, es ese egoísmo que exige agarraderas firmes y satisfacciones inmediatas, cuando la fe me pide que deje lo fácil y lo seguro para empezar un camino hacia lo desconocido, como Abraham, como Moisés, como Elías, como María de Nazaret.

La mentalidad moderna, además, nos dice que la fe pertenece a un mundo superado, a corazones débiles, a personalidades inmaduras y manipulables. En realidad, como explicaban los Padres de la Iglesia, quien renuncia a servir a Dios, el Señor, termina encadenado a muchos “señores” (dinero, alcohol, aplausos, poder, sexo, triunfos profesionales, técnicas psicológicas, medicinas y consultorios, dietas y métodos de relajación).

Al final, uno que deseaba ser independiente, maduro, realizado, acaba por vivir atento a la báscula, a la cuenta del banco, a los niveles de colesterol. Como si todo fuese bueno mientras las cosas están en los cauces que esperamos, y como si todo perdiese su sentido cuando inicia el declive o cuando un golpe de la vida (accidente, crisis económica, fracaso familiar) nos hace descubrir que no éramos invulnerables.

No sé si con estas líneas te pueda abrir un horizonte a la esperanza y un camino para la fe. Estoy seguro de que Dios ya está tras tus huellas, como lo está tras las mías, con un respeto y un cariño que no imaginamos. Porque también Dios, en modos que para nosotros son desconocidos, “espera”, sin límites de lugares, de tiempo, de historias personales.

Te dejo así estas ideas, un poco incompletas y pobres. Estoy seguro de que Dios hará el resto. Rezaré por ti. No dejes de pedir por mí, pues todos somos del mismo barro: tarde o temprano nos llegan momentos de oscuridad y de tristeza, y necesitamos ese apoyo sincero del hermano, del amigo, del compañero de viaje.

El resto, y siempre es lo más importante (es todo), lo hará Dios, en quien creo, en quien espero, a quien amo, con mis heridas y mi flaqueza. Ojalá que pronto lo descubras también tú, y podamos, entonces, decir juntos, pausadamente, “Padre nuestro.

Para no dejar de hacer lo bueno

No podemos dejar escapar una ocasión inmediata de hacer el bien con el engaño de que miramos a cosas más grandes y más buenas.

Por: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net

 
Deseamos mejorar el mundo, extirpar las injusticias, aliviar dolores, eliminar el hambre, curar la malaria, y tantas otras cosas buenas.

Soñamos muchas cosas buenas. Pero luego, en la vida cotidiana, no somos capaces de barrer el pasillo de casa, limpiar los platos, ayudar a recoger la comida, llamar por teléfono a un familiar o amigo necesitado de consuelo.

Es un peligro que nos acecha a todos: queremos hacer grandes cosas, pero no somos capaces de empezar cosas pequeñas.

Desde luego, vale la pena todo esfuerzo por participar en proyectos grandes. Pero lo grande inicia con actos de voluntad en lo pequeño. Como decían los antiguos: nada se convierte en alto de modo repentino, los edificios altos se levantan poco a poco.

No podemos vivir de sueños ni de buenas intenciones. Hay que ir a lo concreto, a lo cercano, a lo que está en nuestras manos.

No podemos dejar escapar una ocasión inmediata de hacer el bien con el engaño de que miramos a cosas más grandes y más buenas. Al final, como advierte santa Teresa de Jesús, no haremos ni lo uno ni lo otro.

En el Reino de los cielos no entra el que llena su boca de grandes exclamaciones y repite “¡Señor, Señor!”, sino el que pone en práctica los consejos que nos ofrece Jesucristo y se pone a trabajar (cf. Lc 6,46-49).

Con uno, cinco o diez talentos (no importa si podemos poco o si podemos mucho) hoy tenemos ante nosotros un día magnífico, lleno de ocasiones concretas para vivir el Evangelio, para aprender que el primero en el Reino de los cielos es aquel que vive como servidor alegre y generoso, en lo grande y en lo pequeño (cf. Mt 25,14-30).

 

 

 

 

 

¿Está de moda la humildad?

Cada uno podemos mirarnos el corazón y preguntar: ¿soy humilde? ¿Reconozco mis debilidades, mis flaquezas, mis fracasos?

Por: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net

 
¿Está de moda la humildad? Quizá deberíamos preguntarnos: ¿lo ha estado alguna vez?

El siglo XX ha habido pensadores que se dedicaron a levantar la tela que cubría mil miserias humanas. Nos han dicho que somos un casual y no muy perfecto producto de la evolución, un puntito en el universo, muy débiles ante la acción de virus y bacterias microscópicas, llenos de cobardía y de complejos, con una fuerte tendencia a la traición e incapaces de respetar nuestras promesas.

A pesar del trabajo demoledor y crítico de psicoanalistas, sociólogos y antropólogos, en todos los seres humanos se esconden restos de orgullo, de vanidad, de egoísmo. Tendríamos que reconocer que algunos pensadores dedicados a desenmascarar lo más bajo del hombre estaban llenos de esa soberbia que querían destruir en los demás, porque creían saber más, porque se sentían superiores respecto de sus pacientes, de las pobres personas psicópatas y enfermos…

Cada uno podemos mirarnos el corazón y preguntar: ¿soy humilde? ¿Reconozco mis debilidades, mis flaquezas, mis fracasos? A la vez, ¿soy capaz de ver los puntos positivos, las cualidades, los gestos de amor y de entrega con los que a veces quiero mejorar mi vida y la vida de los que viven a mi lado?

Es cierto que algunos proyectos educativos no promueven la humildad. Piden un esfuerzo por ser mejores, por destacar por encima de los otros. A veces incluso quienes piensan llevar una profunda vida cristiana se sienten superiores a los demás, desprecian a quien no va a misa, se divorcia o se deja arrastrar por el amor al dinero.

Un sano espíritu de superación es siempre útil. Pero caemos en pequeños o grandes estados de soberbia cuando todo lo buscamos para ponernos por encima de los demás, para sentirnos superiores por haber conquistado metas que, pensamos a veces con demasiada presunción, muchos otros ni siquiera han pretendido para sus vidas.

Hay que redescubrir y defender el valor de la verdadera humildad, su sentido profundamente cristiano. La humildad nos pone delante de Dios. Desde su mirada somos capaces de ver nuestra vida de modo distinto, pleno, verdadero. Descubriremos mucho barro, mucha debilidad, mucho pecado. A la vez, nos daremos cuenta de que Dios no condena ni desprecia, sino que acepta y acoge a todos los hijos que, con un corazón contrito y humilde, piden perdón y confiesan sus faltas con sinceridad y con amor.

Dios nos llama a la humildad, a reconocer con sencillez nuestra riqueza y nuestro barro, a acoger a todos, a ser buenos, a dar gracias por sus dones y a pedir, a veces desde lo más profundo del pecado, que nos perdone, que nos levante, que nos acoja como hijos pródigos. Quien es humilde sabrá rezar con sencillez, mirará a todos con ojos buenos: los que viven a nuestro lado también tienen barro mezclado con una llama divina.

Todos estamos invitados a caminar, desde los éxitos y los fracasos de cada día, hacia el Dios Padre de todos. Un Dios que se hizo Hombre humilde, un sencillo carpintero, que no condenó, sino que ofreció, a quien se acercaba al Maestro, un gesto de respeto, de cariño, de salvación profunda.