¿Cómo orar en momentos de depresión?

¡Oren constantemente! También cuando estamos en desánimo y depresión podemos orar

Por: Padre Pedro Barrajón, L.C. | Fuente: La-Oracion.com

La depresión es una enfermedad o una situación anímica negativa de la que se habla cada vez más. El ritmo moderno de la vida conlleva exceso en el esfuerzo que luego se puede traducir en un bajón generalizado de nuestra tonalidad anímica. ¿Cómo orar entonces en momentos de depresión, de desánimo, de desesperanzas? ¿Hay algún secreto para orar en estas circunstancias?

Una simplemente una vida competitiva y llena de exigencias múltiples en muchos sentidos hacen difícil la concentración para la oración, crean nuevas ansias y temores, conducen a altibajos emotivos y afectivos que causan si no una verdadera depresión, sí estados anímicos negativos en los que se nos hace difícil y pesada la vida.

Las personas se pueden preguntar si en estos momentos de depresión se puede rezar o el normal esfuerzo que requiere la oración es demasiado elevado para quien parece no tener fuerzas ni siquiera para llevar una vida normal.

San Pablo en la conclusión de la primera carta a los Tesalonicenses, una de las primeras comunidades cristianas europeas, exhorta a estos discípulos de Cristo en esa ciudad griega: “Oren constantemente”. (1 Tes 5, 17) Aquí San Pablo pide algo que parecería casi imposible.

Hay que entender esta exhortación como: oren siempre, en toda ocasión, en toda circunstancia. Por lo tanto, también cuando el estado interior está en desánimo, oprimido por un pena o en depresión anímica. Por lo tanto está claro que también hay que orar en momentos de depresión,

¿Cómo orar ante circunstancias de desánimos?

En cada momento de la vida, nuestra oración debe acoplarse a la realidad interior o exterior que tenemos que vivir.

Se puede orar en la alegría o en la tristeza, se puede orar cuando todo marcha viento en popa o cuando todo parece ir contra lo que habíamos planeado, cuando nos sentimos queridos por los demás o abandonados por todos.

También podemos rezar cuando nuestro estado anímico es positivo o, por el contrario, cuando se ve afligido por lo que hoy se llama depresión.

¿Qué podemos orar cuando estamos en un estado negativo?

En primer lugar se puede orar pidiendo al Señor que, si es su voluntad, nos haga salir de ese estado que nos oprime. Se puede pedir que nos ayude a soportar esa prueba que no se había buscado, ni sospechado y que sin embargo hace tan duro y lento el caminar por la vida.

Quizás en estas circunstancias puede nacer espontánea del alma alguna oración parecida a la de Job que en forma dramática maldice el día de su nacimiento (Job 3, 3-4) aunque luego, esclarecido por la revelación divina reconoce: “yo te conocía sólo de oídas, mas ahora te han visto mis ojos” (Job 42, 5)

Cristo oró en la cruz, invocando al Padre para que escuchara su oración y acogiera su espíritu (Lc 23, 46) Los evangelistas nos han dejado también una invocación de Jesús en la cruz que parece desgarradora: “!Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?” (Mt 26, 46) que probablemente es la recitación de un salmo (Salmo 22) que concluye luego lleno de esperanza.

Cómo orar ante la depresión

En la depresión como en cualquier circunstancia de la vida humana, podemos y debemos orar, no del mismo modo como oramos normalmente. No será una oración discursiva o racional, pero no menos intensa y verdadera.

La oración interpreta los deseos de nuestro espíritu. Y nuestro espíritu siempre busca el amor.

También en la depresión podemos amar y por ello podemos orar, podemos implorar el amor y ofrecer el sufrimiento de nuestro ser como parte de nuestra ofrenda de amor al Señor.

Cada uno encontrará las fórmulas o los métodos que más le ayuden a orar, pero no caigamos en la tentación de dejar la oración cuando más la necesitamos para nutrir nuestro espíritu de las fuerzas que le faltan a la parte emotiva y afectiva de nuestro ser.

Artículo originalmente publicado en La-Oracion.com

La Gracia

Por: Pedro García, Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net

Quiero comenzar hoy con las palabras de un Sacerdote muy autorizado, que escribe:
– Hablar de la Gracia ha dejado de ser hoy privativo de los sacerdotes, que discutíamos sobre cuestiones insolubles, mientras ella permanecía inactiva en los manuales de Teología.

Han sido los seglares, en sus movimientos de apostolado, los que han captado a la primera su valor. La Gracia, así, sin más, se ha convertido en un punto central y en el motor de toda la espiritualidad de los seglares.

Miran a Jesucristo como fuente de la Gracia.
Ven al Espíritu Santo como la misma Gracia y Don de Dios.

Acuden a los Sacramentos para acrecentar la Gracia.
Su temor consiste en el miedo a perder la Gracia.
Así, de un salto, han sabido ascender a la cumbre de la vida cristiana.
¡Gracias a este Sacerdote, que así valora nuestra espiritualidad!

En los mensajes que estamos iniciando, la Gracia tendrá un puesto de honor. Con ello no haremos más que seguir la trayectoria de San Pablo, que al principio de la carta a los de Éfeso entona el himno más grandioso a la Gracia.
– ¡Bendito Dios, que en Cristo nos ha colmado de toda bendición celestial! Porque la Gracia es Dios mismo que se nos da en Jesucristo; Dios que se vuelca en nosotros, sin reservarse nada; Dios que se empeña en meternos dentro de su misma gloria.
– Nos ha predestinado a ser sus hijos adoptivos, en Cristo Jesús. Porque en Jesús, el Hijo de Dios, somos nosotros también hijos de Dios.
– Marcados por el sello del Espíritu Santo, prenda de la herencia eterna. Porque sólo en el Cielo se consumará esa vida de Dios, que Él ha metido en nosotros.
– Merced a la riqueza de su Gracia, tenemos la remisión de los pecados por la sangre de Cristo. Nuestra antigua fealdad se ha convertido en una hermosura que hechiza al mismo Dios.
– Porque nos ha hecho santos, inmaculados, amantes. ¿Soñar en algo más divino y celestial?…
– ¿Todo esto, para qué? ¡Para alabanza y gloria de su Gracia!… Nuestra vida y nuestra eternidad no serán más que un himno de agradecimiento a quien ha realizado en nosotros auténticas maravillas con su fuerza poderosa, como en María, la primera colmada de Gracia.

Con esta página, Pablo nos hace entender, o vislumbrar al menos, lo que es la Gracia.
Es Dios que se nos da.
Es Dios que nos transforma en Dios.
Es Dios que nos hace hijos en su Hijo Jesucristo.
Es Dios Espíritu Santo, que se derrama en nuestros corazones.
Es Dios que nos hace llevar una vida divina.
Es Dios que nos glorifica eternamente en su Gloria…

Los que han practicado un Cursillo de Cristiandad tienen una fórmula escueta, lacónica, pero de un contenido riquísimo, para situarnos debidamente ante el don de Dios.

¿Cómo hay que vivir la Gracia? Y nos dicen ellos que la Gracia debe ser consciente, creciente y compartida.

¿Consciente?… Entonces, queremos saber lo que es la Gracia. La queremos valorar, para no venderla por un plato de lentejas, peor que Esaú. Iremos por el mundo sabiendo que somos del Cielo.

¿Creciente?… Entonces, ¡a llegar hasta el tope! ¡A ser unos santos! ¡A hacer que el capital produzca intereses altísimos, hasta llegar a ser mañana los multimillonarios de la Gloria!… Y los Sacramentos, la oración, el trabajo santificado, la enfermedad llevada con amor, todo ha de hacernos crecer en esa vida divina que Dios ha volcado en nosotros. ¡No conocemos la pereza espiritual!…

¿Compartida, finalmente? Entonces, sabremos llevarla a los demás, a muchos hermanos nuestros que viven sin ella. Nos ponemos a disposición de Jesucristo, que quiere repartir los dones de la salvación a los hermanos por medio nuestro.

Vivimos un tiempo feliz, porque nos ha tocado ser conscientes de la realidad de la Gracia. Ya no somos aquellos cristianos que no sabían lo que llevaban en la mano…
Aquel rey del siglo quince perdió en la batalla una joya preciosísima. La encuentra un soldado, y la tira por tierra:
– ¡Vah! Un trozo de cristal…

Otro soldado tampoco la valora, y la vende por unas monedas tontas. De mano en mano, la joya para al fin en el Papa, que la incrusta en la tiara pontifica…

La joya del cuento encierra más valor doctrinal del que aparenta. Son muchos los que agarran con la mano tesoros divinos sin darse cuenta de lo que Dios prodiga a montones. Al no ser conscientes de ellos los dejan para otros más avispados…

Los cristianos de hoy nos hemos vuelto bastante listos con la Gracia.

Porque la valoramos, no queremos perderla en la batalla de la vida, pues sabemos que esta joya es, nada más y nada menos, que la misma Vida eterna…..

Meditación sobre a bondad del vino y la mujer para el hombre actual

Por: Pedro García, Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net

Es una verdad elemental de nuestra fe que Jesucristo vino a renovar todas las cosas, a volver todo al plan primero de Dios, a rehacer lo que el pecado había deshecho.

Jesucristo se convirtió entonces en el Hombre Nuevo, en el modelo e ideal que Dios proponía a la Humanidad.

Empiezo con esta observación sobre Jesucristo porque, al detectar un mal, hemos de pensar en seguida en el remedio mejor. Y el mejor remedio para un mal grave que sufren muchos hogares lo tenemos en Jesucristo.

Cuando queremos señalar los males que más amenazan a nuestros hogares americanos, siempre se nos va el pensamiento y la palabra al licor y a la infidelidad conyugal del hombre. Quizá no nos falta un poco de razón, aunque al señalar esos dos vicios no hay que pensar que los tenemos solamente en nuestros países. Son doloroso patrimonio de todas partes.

Pero, por el hecho de que entre nosotros son muy frecuentes los fallos en este campo, no queda fuera de lugar el que nos entretengamos un momento hablando sobre ellos.

Ese mal que nos preocupa lo expresan muy bien unos versitos algo maliciosos, y que dicen así:
El buen vino y las mujeres
tienen la misma intención:
mata el uno la cabeza,
las otras el corazón.

No creo que sean muchos los que digan que esto es una exageración. Porque todos estamos convencidos de que, desaparecido el abuso del licor y guardada la fidelidad del amor, estaría bien asegurada también la felicidad de nuestros hogares.

Pero, cabe preguntar ante todo:
-¿Es que el licor y las mujeres son criaturas malas, o qué? ¿Tan mal hizo Dios las cosas, que esas obras de sus manos sirven sólo para perdernos?

No; lo que Dios hizo está muy bien y es muy bueno. Somos nosotros quienes aprovechamos mal los dones de Dios y los que convertimos los bienes en males.

Miramos a Jesucristo, el Hombre Nuevo, y vemos cómo se porta ante estas dos criaturas de Dios. Es el mismo Jesús quien nos cuenta lo que de Él dicen sus enemigos:
– ¡Miradlo cómo toma ése, y cómo se rodea de gente pecadora!

Porque Jesús es el hombre más normal, toma vino con moderación y trata a la mujer con delicadeza exquisita.

En un banquete de bodas cambia Jesús seiscientos litros de agua en vino generoso para que la fiesta siga y siga… Y otro día aprovechará el vino durante una cena para convertirlo en sacramento de su Sangre redentora.

En cuanto a la mujer, la eleva a la altura más excelsa a que ha podido subirla, cuando ha hecho Madre suya a María. Valora a la Samaritana, regenera a la prostituta y a la adúltera, y tiene en la Magdalena y en las amigas de Betania la compañía más limpia y encantadora.

Si nuestra sociedad mirara así, como los miraba Jesucristo, tanto el licor como a la mujer, ¿a qué quedarían reducidos los males del hogar? A bien poca cosa. Porque habríamos eliminado la causa de la mayoría de nuestras desgracias familiares.

Vale la pena mirar en un plan positivo eso que es causa de tanto problema. Sabríamos entonces disfrutar del bien sin marearnos con el mal.

En cuanto al vino –y como el vino cualquier licor–, dice la Biblia que Dios lo creó para que alegrase al hombre. Y el apóstol San Pablo encarga a su discípulo Timoteo que, en atención a su salud, tome vino moderadamente.

Si el vino es criatura buena de Dios, regalada por Dios para nuestra alegría y nuestra salud, ¿por qué lo vamos a mirar nosotros mal o con recelo?…

¿Y en cuanto a la mujer? Esa criatura, que tanto tiene de ángel, ¿está hecha para matar al hombre, o es al revés?… Junto al varón, y con la misma dignidad que él, la novia le guarda el corazón; la esposa se lo llena; la madre se lo forma. Muchos jóvenes serían unos locos si no fuera por esa novia que les colma de ilusión. El marido con mujer buena se siente el hombre más feliz. El hijo con madre cariñosa y solícita tiene en su vida el apoyo más firme y seguro.

¿Dónde está entonces el mal? Como siempre, en el mal uso que de los bienes hacemos los hombres. El mal uso del licor y de las mujeres es casi tan antiguo como la Humanidad. Acudimos a la Biblia, y nos encontramos al primer polígamo, Lamec, que amenaza de muerte a quien le toque una de sus hembras. Noé, inconscientemente, inaugura la hilera interminable de los borrachos, que formarán legión. Holofernes, ebrio de vino y de lujuria, muere a manos de una mujer seductora. ¿Es todo esto obra de Dios, o es perversión de los hombres?…

¡Vino generoso y mujer encantadora! Sí, os hablo a vosotros, vino y mujer… La Palabra de Dios no está conforme con esos versitos que os han tratado tan mal. Que Jesucristo, el Hombre Nuevo, nos enseñe a miraros, oh vino y oh mujer, como os miraba y os trataba El. ¡Nos haríais felices de verdad!….

Luc. 7,34. 1Tim. 5,23. Eccli. 26,3. Gen. 4, 19-23 y 9, 21. Jdt. 12 y 13.

Lengua de oro

Meditación sobre la importancia de decir la verdad

Por: Pedro García, Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net

Muchas veces tributamos a una persona el elogio de decirle que tiene una lengua de oro, que es un piquito de oro. ¿Qué queremos decir con ello? Sencillamente, que habla muy bien, que da gusto oírle cómo habla.

Pero, ¿quién es el que merece semejante piropo?… Porque nos encontramos quizá con una contradicción: esa persona que habla tan correctamente según la gramática y todas las reglas de la dicción y de la oratoria, a lo mejor es una lengua despiadada, que no perdona a nadie ni nada, destroza vidas y se levanta contra el mismo Dios. ¿Es ésa una lengua de oro?…

Es Dios mismo el que nos ha señalado con el dedo quién tiene esa la lengua de oro que cautiva a todos: es aquella persona que dice siempre la verdad, que es incapaz de un testimonio falso, y jamás detracta la vida ajena. Tan importante es esto, que Dios lo defiende con una mandamiento de su divina ley.

Al recordarnos hoy el Catecismo de la Iglesia Católica este precepto divino, se remonta a la misma fuente y nos dice que es una vocación del pueblo de Dios a ser testigo de su Dios, que es y quiere la verdad.

Esto es magnífico. El Octavo Mandamiento se nos dicta de esta manera:
– No mentirás, no darás falso testimonio, no denigrarás a nadie…

Pareciera esto muy negativo, pero en realidad nos pide algo muy bueno y muy grande: este Mandamiento quiere que seamos como Dios, que es fuente de toda verdad, porque es el Veraz.

Quiera que seamos como Jesús, que se proclama a Sí mismo:
– Yo soy la Verdad…. y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad.

Por eso Dios nos pide el decir siempre la verdad, ya que la mentira es una infidelidad al Dios de la Alianza. Desde el momento que Dios es fiel a la palabra que nos ha dado, nosotros somos fieles a la palabra que le hemos dado a Dios, y le tributamos el culto de servirlo en Espíritu y en verdad.

En el Santoral católico tenemos un ejemplo admirable del poder de la verdad. Un abogado brillante –se llamaba Andrés Avelino– defendía con calor ante el tribunal una causa difícil. Llevado del entusiasmo en su oratoria, lanzó una afirmación inexacta, que podríamos decir no llegaba ni a mentira. Avelino se dio cuenta, y empezaron los remordimientos de conciencia:
– ¿Qué he dicho? ¿Una mentira en mis labios? ¡Esto no puede ser! ¡Esto no puede ser!…
Y para no verse otra vez en situación semejante, abandonó decidido su magnífica profesión y abrazó la vida de sacerdote para servir con humildad a los demás, sin peligros de ir contra Dios con una sola mentira y para proclamar a todos la Verdad del mismo Dios.

Pero este culto a la verdad es también una exigencia de la convivencia humana. ¿Quién se fiaría de quién si el trato mutuo entre los hombres se basara en la mentira, en la hipocresía y en la doble cara?… Si no pudiéramos fiarnos de los demás, cada uno de nosotros se metería en su guarida como una fiera, siempre a la defensiva, sin prestar a nadie la más pequeña confianza.

La Biblia, que sabe esto muy bien, se hace despiadada cuando describe al mentiroso y al difamador, del que nos previene diciendo que tiene el corazón lleno de perfidia, que su garganta es un sepulcro abierto y la lengua adulación descarada…

El culto a la verdad ha contado con muchos mártires en la Historia de la Iglesia. Como aquel Párroco en la revolución Francesa. El alcalde lo quiere librar y le aconseja que diga simplemente que ha prestado el juramento civil. El Sacerdote se mantiene firme:
¿Librarme de la condena diciendo una mentira? ¡Eso no lo haré jamás! Y si ustedes lo dicen por mí en el tribunal, sepan que yo les desmentiré a todos.

Y en cuanto a la murmuración y chismorreo, siempre se ha tenido por falta muy indigna del cristiano.

Es curioso a este propósito lo que le ocurrió a Francisca Romana, una Santa a la que dedicamos uno de nuestros mensajes. Ya lo contamos entonces, pero no viene mal el recordar lo que le pasó aquel día.

Además de santa, Francisca era una dama distinguida que no permitía en su presencia una mentira ni una difamación. Había hecho el pacto con su Angel Custodio de que le avisaría cuando iba a comenzar una murmuración. Una vez tenía invitados en su casa del Foro Romano cuando, cansada y distraía, no gobernó la conversación de los otros, que degeneró en buenos bocados a la fama ajena… El Angel Custodio cumplió el pacto y le propinó un sonoro bofetón, que le dejó a Francisca la cara roja como una guinda y tuvo que esforzarse para orientar la conversación por otros derroteros…

El culto a la verdad es algo que honra a cualquier persona y la dignifica mucho ante los demás. Ante ella todos sabemos que no se nos miente y que nuestras espaldas están bien defendidas. A esa persona se la respeta, se la ama y en ella se confía plenamente.

Cuando reina la verdad en nuestras relaciones mutuas, sin chismes destructores, y la verdad es la norma de nuestra vida, entonces se disfruta de esa paz que hace las delicias en la vida social, porque la verdad nos hace libres, como proclamó Jesús.

Libres ante Dios, cuya sentencia no nos dará miedo alguno.
Libres con nosotros mismos, con una conciencia recta que no se tortura..
Libres ante los demás, que nos honran porque se pueden fiar de nosotros..

CIC, 2464. Sal. 5,10. El Párroco de Clermont

Los dogmas no esclavizan

Meditación sobre los dogmas

Por: Pedro García, Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net

Entre las muchas críticas que hoy se hacen a la Iglesia Católica está ésa de que La Iglesia es muy dogmática, es decir, que las enseñanzas de la Iglesia no tienen vuelta de hoja, y que por eso nos hacen esclavos del pensamiento de la misma Iglesia.

Esta crítica nace de la autosuficiencia del hombre moderno, que no quiere a nadie sobre sí mismo y no acepta ni el mandato ni la enseñanza de nadie, a no ser lo que él capta por su misma razón o lo que quiere hacer por propia voluntad.

Pero, ¿se puede admitir esta actitud ante la Iglesia, instituida por Jesucristo, enseñada por Jesucristo, gobernada por Jesucristo, el cual mandó el Espíritu Santo para que enseñase a la Iglesia toda verdad?…

No nos damos cuenta tal vez de que los Pastores, que enseñan y gobiernan en nombre de Jesucristo, deben ser los primeros creyentes y los primeros en obedecer al único Maestro y al único Señor que es Jesucristo. El Papa y los Obispos no se pueden inventar ninguna verdad para declararla dogma. Ellos no tienen más doctrina que la Palabra de Dios, tal como está en la Biblia y en la Tradición viva de la Iglesia.

Entendemos por dogma aquella verdad que la Iglesia propone con magisterio solemne como revelada por Dios, y que, por lo mismo, debe ser creída. No puede ser dejada a la interpretación ni al gusto de cada uno. Si Dios ha hablado, a Dios se le cree. Si la Iglesia, depositaria de la revelación de Dios, propone una verdad como revelada por Dios, la Iglesia tiene la última palabra y la cuestión –antes a lo mejor debatida porque se quería aclarar su sentido– ha quedado zanjada para siempre.

El dogma, así mirado, no es una esclavitud que nos oprime, sino la libertad más grande al saber con plena seguridad lo que Dios nos ha dicho para nuestra salvación.

Una anécdota curiosa va a ser la mejor explicación de lo que es un dogma. Ocurrió con el Papa San Pío X, en los principios del siglo XX. Recibe en audiencia a un Colegio de niñas, y una de ellas, muy avispada, le echa un discurso entusiasta pidiéndole que definiera el dogma de la Asunción de la Virgen en cuerpo y alma al Cielo. El Papa, tan cariñoso y tan querido de todos, le contestó que sí, que el Papa se dejaría guiar por el Espíritu Santo y haría lo que Él le inspirase. Acabada la audiencia, les dice el Papa riendo a sus colaboradores:
-¿Os habéis dado cuenta en qué se ha metido esta chiquilla? No pide medallas, estampas o bendiciones, ¡sino nada menos que un dogma!… Es la primera vez que se me pide un dogma.

Pasaron treinta años, y otro Papa, Pío XII, quiso definir como dogma precisamente la verdad de la Asunción de María. ¿Qué hizo? El Papa no se podía inventar nada. Tenía que mirar a ver si esa verdad estaba en la Iglesia. María, la llena de gracia según la Biblia, ¿tuvo también esta gracia de la resurrección anticipada? El Papa, aparte del impulso del Espíritu Santo, siguió el camino de la prudencia e hizo a todos los Obispos de la Iglesia esta doble pregunta:
– ¿Qué piensa vuestro pueblo y qué piensas tú sobre la Asunción de María?

Y todos los Obispos del mundo respondieron unánimemente:
– Mis fieles diocesanos creen todos en la Asunción de María en cuerpo y alma al Cielo, y yo, como Obispo, creo también lo mismo.
Al Papa no le quedaban dudas. Si toda la Iglesia no se puede equivocar, ni tampoco todos los Pastores, esa verdad había sido revelada por Dios a los Apóstoles y estaba en la Tradición fiel de la Iglesia.

La encuesta la hizo el Papa el año 1946. En 1950, el día de Todos los Santos, proclamaba como verdad revelada por Dios, y como dogma de la Iglesia Católica, que la Virgen María está en cuerpo y alma en el Cielo. Quien dijera lo contrario, quedaría en adelante fuera de la Iglesia, al no aceptar una verdad revelada por Dios.

Con este ejemplo hemos entendido lo que es un dogma: es una verdad que el Magisterio de la Iglesia — el Papa, o los Obispos en Concilio con el Papa– proponen como revelada por Dios.

Ahora este Magisterio extraordinario es muy raro, pero en los primeros siglos de la Iglesia fue muy necesario. Todo lo que decimos en el Credo es dogma de fe, aparte de otras verdades que se definieron después de formularse el Credo.

El dogma nos da en la Iglesia una seguridad total. Sabemos de qué fiarnos. Lo expresó muy bien y con humor un convertido inglés, que a primera hora del día tenía en sus manos el periódico más prestigioso de Londres. Lo leía con afán, como buen ciudadano. Pero, acordándose de su condición cristiana, añadía al acabar:
– Quisiera recibir cada mañana para el desayuno, juntamente con el Times, una encíclica dogmática del Papa.

Decía muy bien. Por serio que sea un periódico, ¿nos fiamos de todas sus noticias? ¿Y nos fiamos de todo lo que nos enseñan algunos predicadores, aunque lleven la Biblia en la mano?…

Solamente la Iglesia no nos puede engañar ni puede ella equivocarse. El dogma, como dispuesto por el Espíritu Santo, es infalible y durará hasta el fin del mundo.

¡Las gracias que damos a Dios por la seguridad que nos infunden los dogmas!

Lo que todos nos envidian, nosotros lo guardamos como una riqueza singular de nuestra Iglesia Católica, apostólica y romana!….

Ward, discípulo de Newman.

Lema para una gran causa

Descubre el ideal verdadero del hombre, que no acaba ni se esfuma: descubre la Verdad.

Por: Pedro García, misionera claretiano | Fuente: Catholic.net

Resulta doloroso comprobar cómo algunos hombres han desviado a veces a multitudes enteras, precipitándolas en el abismo, por haberles propuesto ideales equivocados y exigido esfuerzos inútiles del todo.
Por ejemplo, el dictador italiano propuso a la juventud fascista este lema encendido:
– Creer, obedecer, luchar.

Un lema como éste no sirvió más que para lanzar a toda la nación a una guerra inútil, de la que salió derrotada después de haber jugado un papel muy triste ante todo el mundo.

Semejante lema sólo se puede proponer al hombre por una causa noble y con la visión de un triunfo seguro.

Y, puestos a discurrir, cabe pensar únicamente en Jesucristo y en el Reino que Él proclamaba.

Si desentrañamos esas tres palabras casi mágicas, pronto nos damos cuenta de que no hay hombre que las pueda proponer por ningún ideal meramente humano.

Creer, creer infaliblemente, ¿a quién? ¿A un hombre como cualquiera de nosotros?…
Obedecer, obedecer a ciegas, ¿a quién? ¿A un simple hombre como nosotros?…
Luchar, luchar hasta morir, ¿por quién? ¿Por un hombre, al fin y al cabo, como nosotros?…

Sólo Jesucristo puede ofrecerse para pedir y exigirnos FE ciega en su Persona, OBEDIENCIA rendida a su voluntad, y LUCHA denodada por el Reino de Dios.

Jesucristo es el único que no se equivoca ni engaña, el único que puede mandar, el único que ofrece victoria segura en el empeño más noble, aunque hubiera de costar la vida.

Entendió esto muy bien un capellán militar, precisamente en aquella absurda guerra mundial.

El sacerdote se había ofrecido voluntario para el frente. Asistía a un pobre soldado moribundo, que había luchado sin saber por qué, y que ahora agonizaba con estas palabras en los labios:
– ¡Maldita guerra! ¡Maldita guerra!…
El valiente sacerdote se repitió después muchas veces: ¡Maldita guerra! ¡Maldita guerra!… Pero añadía a continuación, como su propósito más firme, manifestado en una carta confidencial:
– Yo no me muevo de mi puesto. Aquí he venido para servir a Jesucristo en estos pobres soldados, alejados de sus familias, a fin de consolarlos y de ayudarlos a morir cristianamente, si les llega la hora. Ayudando a Jesucristo en estos muchachos, esperaré el día de la licencia. Sólo por Jesucristo me juego la vida.

Una bomba, que estalló a su lado en aquel agosto caluroso, lo lanzó para siempre hasta el Cielo.

Creer, obedecer, luchar, era para el pobre soldado de la trinchera un lema sin sentido, aunque le dijeran que era por la patria.

Mientras que para el sacerdote, voluntario en el frente, era la cifra del heroísmo más grande y la ofrenda más valiosa que hacía a Jesucristo, el único en quien creía, el único a quien obedecía, el único por quien luchaba y por quien iba a morir…

Todo esto puede sonar a literatura muy espiritual, pero también muy barata, y quedarse solamente en palabras bonitas. Pero nosotros, cristianos, sabemos dar a todo esto un sentido profundo en nuestra vida cotidiana. Sabemos hacerlo IDEAL de nuestra existencia.

¿Creer? ¿A quién?… Ante tantas cosas como se nos dicen, ante tantos maestros que nos hablan, ante tantas dudas como nos asaltan, solamente creemos en Jesucristo, y sólo podemos fiarnos con seguridad de lo que nos enseña la Iglesia de Jesucristo por sus Pastores.

Lo demás…, falla siempre. Jesucristo es la VERDAD. Las modas del pensamiento pasan, como las modas del vestido… De la Palabra de Dios nos dice la misma Biblia: -La palabra del Señor dura por siempre. De ahí que nosotros, para no dejarnos engañar, acudimos siempre a la Palabra de Dios, tal como Él mismo la confió a su Iglesia, la única que no la adultera y la guarda con fidelidad al Señor.

¿Obedecer? ¿A quién?… Obedecemos, por lo mismo, solamente a Jesucristo, que, cuando nos manda, nos manda para nuestro bien.
Él es el único que nos indica por dónde hemos de ir, ya que el CAMINO que no desvía es únicamente Jesucristo. Por eso nosotros aceptamos todo lo que nos encarga cumplir, en la letra del Evangelio como por mandato de los Pastores que Él mismo ha dejado en su Iglesia para regir el Pueblo de Dios.

¿Luchar? ¿Luchar?… Luchamos en las pruebas de cada día sólo por Jesucristo, porque es el único que merece nuestro amor.

Si hubiéramos de morir en el empeño, no importaría, porque nos encontraríamos definitivamente con la VIDA, que es Jesucristo. Y el morir por Cristo no significa precisamente irse a lejanas tierras a predicar el Evangelio o ser ultimados de un balazo por el enemigo. Significa dar cada día a Jesucristo la prueba de nuestro amor en el cumplimiento fiel del deber o en el sufrir las pruebas de la vida, pequeñas o grandes. Jesucristo ve la lucha, y anima, y aplaude, y espera el momento de premiar al triunfador…

Cada jornada es un campo de batalla para cualquier persona.
Para el cristiano, también.
Pero, si muchos no saben por qué ni por quién luchan, el cristiano lo tiene muy claro: sólo por el Señor Jesús… .

Los Derechos Humanos

Meditación. ¿Dónde está Dios?.

Por: Pedro García, Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net

No resulta nada fácil el querer poner remedio a los males del mundo cuando no se cuenta con Dios expresamente. Es la consecuencia que vamos a sacar al final de este mensaje. A ver si tendremos o no tendremos razón…

En la Edad Moderna hemos tenido que lamentar muchos males. Las tragedias que ha padecido la Humanidad en nuestros días no tienen cuento.

Sin embargo, tanta desgracia ha ido despertando en los hombres unas ansias incontenibles de paz, de justicia, de respeto mutuo, de bienestar para todos y no solamente para unos pocos privilegiados.
Para que esos bienes sean de todos, y para que nadie en adelante padezca injustamente, los hombres de buena voluntad no cesan de escoger medios y más medios que estén a su alcance.

Son hombres y mujeres que merecen un respeto grande, sean de la creencia que sean, porque se esfuerzan generosa y desinteresadamente en traer paz y bienestar a todos los hombres, denunciando injusticias y procurando por todos los medios a su alcance que la Humanidad sea más buena y haya más grande bienestar en todos los pueblos de la tierra.

Pero entre todos esos medios escogidos para colmar los anhelos de la sociedad, ocupa el primer lugar la formulación de los llamados Derechos Humanos. Las Naciones Unidas los han proclamado y los siguen pregonando siempre. Sin embargo, ¿cuáles son los resultados?… ¿Y a qué se debe que, ante la buena voluntad de muchos, sigan avanzando tantos males en la Humanidad?…

Como ejemplo, vamos a traer ahora a cuento cinco derechos humanos elementales, tal como los proclamaron las Naciones Unidas y que siguen en todo su vigor.

Primero. Toda persona tiene derecho al trabajo.
– ¿Estupendo, verdad? Entonces, ¿cómo hay tantos millones de desempleados en el mundo, por culpa de unos y de otros? ¿Calculamos la tragedia de tantos hogares en los que no entra un centavo, porque nadie da ocupación a quien la está buscando con desespero?…

Segundo. Toda persona tiene derecho a una alimentación suficiente.
– Estamos todos de acuerdo, ¡no faltaba más! ¿Por qué, entonces, dos terceras partes de la humanidad padece hambre verdadera, la cual desaparecería con sólo asignar muchos gastos de armamento inútil al desarrollo de la tierra, lo mismo que regulando con más generosidad el comercio de las naciones?…

Tercero. Todo el mundo tiene derecho a la educación.
– Sin embargo, ¿estamos enterados de que pasan, y con mucho, de mil millones los analfabetos? Esto es un mal enorme, porque el que no sabe ni leer ni escribir alcanza sólo un desarrollo ínfimo, y se queda para siempre con una personalidad totalmente disminuida.

Cuarto. Toda persona tiene derecho a una vivienda decente.
– ¡Pues, vaya con qué nos encontramos cuando levantamos la vista a nuestro alrededor en nuestras tierras latinoamericanas!… Y podríamos erradicar tantos de esos tugurios, donde se hacinan millones de personas en condiciones infrahumanas, con sólo que los Gobiernos aplicasen una planificación adecuada.

Quinto. Todos los seres humanos nacen iguales en dignidad y derechos.
– ¿Vivimos esta verdad? ¿Vive lo mismo un pobre que un rico, uno de un color y otro de otro color en la piel?… Las distinciones raciales, las divergencias nacidas de la religión naturalmente, que ahora hacemos alusión nada más que los integristas musulmanes no hay manera de superarlas en muchas naciones. Y, hasta que esto se supere, avanzaremos muy poco en la paz de los pueblos.

Podríamos seguir enumerando derechos humanos, proclamados y admitidos tan solemnemente por todos, porque todos estamos acordes con ellos. Pero bastan estos cinco que hemos citado para darnos cuenta de la mentira en que vive nuestra sociedad.
¿Dónde estará el fallo principal de estos Derechos en que tanto hemos confiado y seguimos confiando? Desde un principio, cuando se proclamaron estos Derechos Humanos, se les señaló un mal: ¿dónde aparecía Dios? En ninguna parte. ¿Se omitió por respeto a las creencias de todos? No; porque bastaba no expresar una religión determinada y aceptar la fe de cada pueblo.

¿Se calló porque allí estaba la Rusia de entonces, dominada por el comunismo, por el ateísmo militante? Quizá. Pero no justifica una omisión tan grave.

¡Contemos ante todo con Dios, fundamento de todo derecho! Es la única manera de no equivocarse. Es la única manera de caminar seguros, los pueblos igual que los individuos. Nosotros, creyentes y creyentes católicos sobre todo aportamos a la Humanidad el testimonio de nuestra fe. Una Humanidad creyente, necesitaría menos programas internacionales para alcanzar lo que tantos esfuerzos humanos no acaban de conseguir, a pesar de tanta buena voluntad de muchos. .

¿Dónde radica, en definitiva, tanto mal como lamentamos, y tanto quebrantamiento de esos derechos humanos elementales, por los que suspiran tantos hermanos nuestros?… Todo se debe a que nos hemos empeñado en no cumplir el gran precepto de Jesucristo: Amaos los unos a los otros.

Es cierto que hay muchos hombres de buena voluntad y organismos internacionales que trabajan con tesón por remediar tanto mal. Y todos podemos aportar nuestro granito de arena. Todos podemos remediar, al menos en parte, algún mal de esos que vemos alrededor nuestro. Todo dependerá de que tengamos o no amor cristiano en nuestros corazones….

Jn. 13, 34

Los milagros de siempre

Hoy el mundo necesita milagros para creer. Pero el gran milagro es nuestra vida.

Por: Pedro García, misionero claretiano | Fuente: Catholic.net

Necesitamos un poco de imaginación para figurarnos lo que era el Templo de Jerusalén en los tiempos de Jesús y de los Apóstoles. No debemos compararlo con una de nuestras iglesias.

Delante del santuario, donde estaba también el santísimo, lugar reservado para el Sumo Sacerdote en el Día de la Expiación, lo demás de que nos hablan los Evangelios eran unas enormes explanadas, rodeadas de suntuosos pórticos, divididos para hombres, mujeres, gentiles, y público en general. Estaban siempre atestados de gente.

Hoy nos vamos a meter en él por la puerta llamada Hermosa, en el costado oriental. Acompañamos a dos de los apóstoles, Pedro y Juan, que se dirigen a él para la oración de las tres de la tarde.

Gente, mucha gente. Y tendido junto a la puerta, un paralítico de nacimiento. Estos dos hombres que ahora entran en el templo le inspiran al pordiosero cierta confianza, le parecen buenos, les extiende como puede la mano y, mirándolos lastimosamente, les dice:

– ¡Ayúdenme con una limosna, por favor!
– Si no llevamos nada…
– Algo tendrán… ¡Ayúdenme!…

Pedro siente un impulso interior, que le empuja: ¡actúa!… Clava los ojos en el enfermo, y le dice:

– ¡Míranos!… Yo no tengo ni oro ni plata. Pero tengo otra cosa…

El paralítico se muestra incrédulo, y piensa:

– ¿Cómo no van a llevar éstos nada? ¿y qué será eso otro que éste me quiere dar?…
Sigue mirando con ansia a Pedro, que prosigue:

– No; yo no llevo dinero. Pero te doy lo que tengo: en el nombre de Jesucristo, el Nazareno, ¡levántate y echa a andar!
Le tiende la mano, y lo alza. El paralítico siente como una corriente eléctrica por todo el cuerpo. Se levanta de un brinco, y se lanza entre la gente gritando como un loco:

– ¡Estoy curado! ¡Estoy curado!… ¡Esos dos hombres de allí me han levantado! ¡Aleluya! ¡Alabad al Señor!…

La gente, que lo ha visto desde años tumbado en la misma camilla pidiendo limosna, no sale de su asombro. Estupefactos, rodean a los dos apóstoles, y Pedro les arenga, feliz por el testimonio que les puede dar de Jesús:

– Pero, ¿por qué os maravilláis de esto? ¿Pensáis que lo hemos hecho por nuestra cuenta, o qué? No es nuestra fuerza ni nuestra propia compasión la que hace caminar a este hombre. ¡Es la fe en el nombre de Jesús, el crucificado por vosotros y resucitado por Dios, quien ha dado a este hombre la salud perfecta a la vista de todos vosotros!…

Esta declaración de Pedro resulta fantástica. No hay interrupción entre los milagros que Jesús hacía en vida mortal y éstos que se realizan ahora. ¡Harto lo entendieron los jefes de los judíos! Ante el hecho que tenían ante la vista, se limitaban a decir:

– El milagro es evidente.

Y Pedro aseguraba que había sido hecho en el Nombre de Jesús, es decir, en la Persona de Jesús.

O sea, que el milagro lo hizo el mismo Jesús. Así ayer, y así hoy también.

¿Quién realiza los milagros de Lourdes o de Fátima?… Jesús, y sólo Jesús el Resucitado.

¿Quién realiza los milagros que el Papa exige, como una firma de Dios, para declarar a una persona santo o santa, dignos de los altares?… Jesús, y sólo Jesús el Resucitado.

Pero, al hablar de milagros, siempre pensamos en curaciones físicas. Miramos el cuerpo, lo visible, y nunca tendemos la mirada a lo invisible.

¿Quién realiza esos otros milagros morales mucho mayores, y de los cuales solemos hacer muy poco caso?

 

 

  • Es un milagro grande la resignación cristiana de los enfermos.
  • Es un milagro grande la castidad valiente de muchos jóvenes estupendos.
  • Es un milagro grande la entrega heroica de misioneros y misioneras en los puestos más difíciles.
  • Es un milagro grande la aceptación serena de la muerte, a veces violenta.
  • Es un milagro grande la fidelidad de tantos cristianos que son esclavos de su conciencia en el cumplimiento callado de su deber.

    ¿Quién realiza todos estos milagros? Jesús, y sólo Jesús el Resucitado.
    ¿Quién realiza el mayor milagro de todos, como es la conversión del pecador, que rechaza la culpa y se abraza con la Gracia de Dios, derramada en su corazón por el Espíritu Santo?… Jesús, y sólo Jesús el Resucitado, el que murió por nuestros pecados y resucitó para nuestra santificación.

    Hoy el mundo necesita milagros para creer. Pero el gran milagro es nuestra vida cristiana. Éste es el milagro que cada uno hace a la faz del mundo.

    Es un milagro realizado en el Nombre de Jesús. Porque es Jesús el Resucitado, vivo dentro de nosotros, quien sigue obrando maravillas. ¿Le dejamos actuar como Él quiere, para que todos crean cuando nos ven?….

 

 

Mirad, ¡ése es el Cordero de Dios!

Meditación sobre el significado de ser cristiano

Por: Pedro García, Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net

¿Qué es ser cristiano? Dicho en una palabra: ser cristiano es seguir a Jesucristo. El Evangelio nos dice solamente esto: somos cristianos porque seguimos a Jesucristo, porque vivimos con Él, porque intimamos con Él, porque lo amamos, porque estaremos con Jesucristo hasta el fin. Ser cristiano es vivir de Cristo, vivir como Cristo, vivir en Cristo, vivir para Cristo.

Pero vayamos a la escena preciosa que nos narra Juan, precisamente Juan, no sólo testigo del hecho sino también uno de los protagonistas.

Jesús había sido bautizado en las aguas del Jordán. Se había oído la voz del Padre que decía: -¡Éste es mi Hijo queridísimo!, y se había visto al Espíritu Santo descender sobre Jesús en forma de paloma.

Al día siguiente, cerca ya del atardecer, cuando las turbas dejaban en paz a Juan Bautista hasta el día siguiente, estaba el Profeta descansando junto a la orilla del río con dos de sus discípulos, y ve pasar a Jesús por allí. El Bautista clava su mirada en el transeúnte, lo señala con el dedo y les repite a los dos acompañantes lo que ya antes había dicho de Jesús:
– ¡Mirad, ése es el Cordero de Dios!

Andrés y Juan, los dos discípulos del Bautista que oyen estas palabras, se levantan llenos de curiosidad y siguen algo titubeantes al desconocido. Jesús, que oye cerca sus pasos, se gira y les pregunta con la mirada cargada de cariño, más que con los labios:
– ¿Qué queréis? ¿A quién buscáis?
Los dos jóvenes le responden sin más, con audacia simpática:
– Maestro, ¿dónde vives?
Jesús, con una sonrisa cargada de ilusión, les contesta:
– Venid conmigo y lo veréis.
Los lleva hacia una cueva de la montaña cercana o a la cabaña que Él mismo se ha improvisado, y allí se pasan los tres varias horas en conversación amigable hasta que les rinde el sueño. Delicioso todo, vaya… Aquí empieza una amistad de hombres que ya no se romperá nunca.

Amanece, y Andrés tiene prisa por ir a encontrar a su hermano Simón, que ha venido también desde el lago de Galilea hasta Juan el Bautista, y le dice entusiasmado:
– ¡Hemos encontrado al Mesías, al Cristo! ¡Te lo aseguro que sí! ¡Ven conmigo, que te lo voy a presentar!

Jesús, que se ha debido quedar solo con Juan, el muchacho más joven, los ve venir y, antes de que lleguen, ya ha clavado la mirada en el nuevo compañero.
– ¡Hola! ¿Cómo te llamas?
– ¿Yo?… Simón.
– Bien. Tú eres Simón, hijo de Jonás. Pues en adelante te vas a llamar Cefas, Pedro. Otro día de diré por qué…

Jesús ya tiene a los tres primeros discípulos, que serán tan queridos del Maestro.

En el Antiguo Testamento llamaba Dios para una misión, pero no pedía a nadie que se quedara a vivir con Él, en el Templo, pongamos el caso. Le confiaba la misión, pero que se fuese a vivir por su cuenta.
Ahora van a ser las cosas muy diferentes y muy superiores. Mirad, ése es el Cordero de Dios!
A esto nos llama Jesús. Cada uno con su propio estilo de vida, pero todos con el mismo espíritu que el Señor:
mi oración, como la de Jesús;
mi fidelidad al deber, como la de Jesús;
mi trabajo, como el de Jesús;
mi humildad, como la de Jesús;
mi pureza, como la de Jesús;
mi amor a todos, como el de Jesús;
mi fidelidad a la Iglesia, como la de Jesús en las cosas del Padre;
mi celo por la salvación de mis hermanos, como el de Jesús…

Importará lo de menos el ser hombre o mujer, abrazar el matrimonio o la soltería consagrada, desempeñar la medicina o trabajar en el campo… Lo único importante será, una vez escuchada la palabra del Señor que nos llama, seguir fielmente a Jesús, hacerle compañía, llenarse de su piedad para con el Padre, de su fidelidad al Espíritu, de su amor al hermano, de su entrega a la Iglesia, de su cariño filial a María, confiada por el mismo Jesús como Madre a toda la Iglesia y a cada uno de nosotros…

Todo se reducirá a poder decir con verdad lo del apóstol San Pablo: -Mi vivir es Cristo… Porque vivo yo, pero ya no soy yo quien vivo, sino que Cristo es quien vive en mí.

¡Señor Jesús! ¿Tú me llamas? A tu disposición estoy. Juntos compartiremos la mesa y el trabajo, las alegrías como las penas. ¿Después? Podrás mandarme a mis hermanos para llevarles tu salvación, como enviaste a Andrés, a Juan y a Pedro. Mi ideal será sólo estar contigo, Jesús, y hacer algo por ti….

JUAN 1,35-42

Santos a nuestra manera

Meditación. Podemos ser santos de verdad

Por: Pedro García, Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net

Con mucha frecuencia vamos a desarrollar en nuestros mensajes el tema de la Piedad Cristiana, como vivencia y desarrollo de la Gracia. De nada nos serviría tratar asuntos sobre Dios, si no viviéramos intensamente de Dios y para Dios. En otras palabras, si no hiciéramos caso de eso que nos dice tan categóricamente San Pablo:
– Esta es la voluntad de Dios, que seáis santos.

Y para comenzar, me encuentro en un libro con este diálogo entre los obreros de una imprenta alemana. Uno de ellos habla en serio con sus compañeros:
– ¿Qué os perece que me ha dicho el Padre Adolf?
– ¿Ese cura fanático?… Cualquier cosa.
– Pues, sí; tenéis razón. Fanático de veras. Me ha dicho que si quería ser santo.
Todos se echaron a reír, y con buenas carcajadas:
– ¿Tú, un santo? ¿Para arrodillarnos delante de tu imagen en un altar?…
Lo curioso es que el muchacho hablaba en serio. Aquel sacerdote, gran amigo y director de los jóvenes, le proponía al obrero impresor que fuera un santo.
– ¿Yo, santo? ¿Y cómo?…
– La cosa es fácil, muchacho. Tú eres tipógrafo. ¿Cuántos tipos de letra compones en un solo día?
– Muchos, naturalmente. No hago otra cosa durante ocho horas.
– Pues, en adelante, vas a seguir haciendo lo mismo. Pero, modifica el método. En vez de hacerlo todo maquinalmente, vas a poner cada letra por amor a Dios y en honor suyo.

Al mismo tiempo que habrás cumplido con tu trabajo de una manera perfecta, habrás hecho diariamente miles de actos de virtud, que te convertirán en un santo.
– ¿Eso es todo?…, respondió el joven, moviendo escépticamente la cabeza.
– Pruébalo, y ya me lo dirás.
A los pocos días, el joven se le presenta al Padre:
– Me va estupendamente, Padre. Y cada vez me resulta más fácil.
El tipógrafo fue siempre un obrero ejemplar, y llegó a santo componiendo tipos de imprenta.

Nadie pone en duda de que hoy en la Iglesia ha cambiado la concepción de la vida cristiana. Estamos regresando a las fuentes del principio, al tiempo de los Apóstoles.

Eso de ser santos lo dejábamos antes para curas y monjas. Nosotros, los seglares, nos contentábamos con ser simplemente buenos, para lo cual bastaba con no ser malos…

Hoy, no. Hoy los seglares sabemos muy bien que cada uno de nosotros está llamado a ser un santo o una santa de categoría.

Esto es evidente. Y lo comprobamos cuando nos ponemos a pensar:
Si la Iglesia no tuviera más que mártires como Lorenzo, asado en las parrillas a fuego lento;
Si sólo contase con apóstoles gigantes a lo Javier, que recorre incansable toda el Asia;
Si todos deben ser como Teresa de Jesús, de oración subidísima y al parecer inalcanzable;
Si los que practican la caridad tienen que igualar a la Madre Teresa de Calcuta, premio Nobel y con fama internacional…,

Si todos hubiéramos de ser así, habríamos de decir que la Iglesia tiene muy pocos santos.
Y, sin embargo, tiene muchos. Hoy el Magisterio de la Iglesia nos lo enseña de manera inequívoca, y quiere remover con ello nuestras conciencias adormecidas.

Nos dice, sin restricciones y sin atenuantes en el Concilio, que todos los cristianos estamos llamados a la santidad, a la perfección del amor a Dios y al hermano. Y que amando así a Dios y al hermano, y en el cumplimiento de nuestras respectivas obligaciones, debemos llegar y llegamos a la santidad más subida.

Hemos de decir que el Concilio, con estas palabras, nos hizo un honor muy grande a los laicos. Nos dignificó de verdad. Desde entonces, hemos dejado de ser los seglares unos cristianos de segunda o de tercera categoría, para colocarnos de golpe entre los privilegiados. Entendemos muy claramente la doctrina de la Iglesia: cada uno en su puesto, cada uno según su carisma, pero todos unos santos.

En una reciente reunión parroquial, una compañera preguntó sin más:
– Todo eso está muy bonito. Pero, ya en la práctica, ¿a qué podemos reducir los medios para llegar a esa santidad, que Dios nos pide por vocación?…
El sacerdote se puso serio, y fue escueto y tajante.
– ¿Vives en gracia de Dios? Ya eres una santa. ¿Te dedicas a la oración con intensidad, de modo que la oración, elevando a Dios el corazón en medio de los quehaceres, llena tu día entero? Ya eres una santa. ¿Cumples con perfección tus obligaciones de estado y del trabajo? Ya eres una santa…

Ahora el sacerdote se puso a bromear:
– Y escúchame: si me aseguras que haces así todo eso, empiezo a reservar para ti un rinconcito entre los altares de la iglesia… Te canonizamos, seguro.

No deja de ser bien interesante eso de que en el campo o en el taller, en la cocina o en la clase, en la cama de un hospital o en la silla de ruedas, en la cátedra o en el oficio, podamos ser santos de verdad, con tal que actuemos como el simpático impresor alemán….

P. Adolf von Doss S.J., D. 832.